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Un sastre llamado Mustafá vivía en la capital de un reino de la China. Pero el hombre era tan pobre que casi no podía mantener a su esposa y a su hijo, llamado Aladino.

Este muchacho andaba siempre vagabundeando por las calles. Y aunque su padre quiso enseñarle su oficio de sastre, no pudo conseguirlo, por lo que el pobre Mustafá, apenado por la inutilidad y malas inclinaciones de su hijo, no tardó en morir.

Al ver que nada podía esperar de Aladino, su madre vendió los utensilios de la sastrería y cerró el estableci­miento, dedicándose a hilar para poder alimentarse.

Aladino, entretanto, a sus quince años, era el mucha­cho más travieso y menos trabajador de la ciudad.

Cierto día que estaba jugando por la plaza, conoció a un mago africano que, fingiendo ser hermano de su padre, le prometió convertirle en hombre de provecho si se iba con él.

—Te pondré al frente de una tienda de telas —le di­jo—, con lo que podrás llegar a ser un acaudalado co­merciante.

Y como el muchacho vio que aquella proposición le venía como anillo al dedo, aceptó encantado.

En los días siguientes, el mago fue enseñando al muchacho cosas maravillosas y extraordinarias, aunque ninguna de ellas relacionada con la tienda que le había prometido. Pero como el fingido tío viera que Aladino se quedaba admirado con cuanto veía, le dijo:

—Mañana verás algo nunca visto.

Hora es ya de saber que el mago africano no era hermano del sastre Mustafá, sino un aventurero que había llegado a aquellas tierras de China, atraído por la noticia de que existía una lámpara maravillosa con la que era posible obtener todas las cosas. Y si utilizaba a Aladino para buscarla, era porque sabía que solo un muchacho de su edad podía hacerlo sin peligro de muerte.

Así, pues, al día siguiente, el mago y Aladino se pu­sieron en marcha, hasta que al cabo de varias horas de andar llegaron cerca de un magnífico palacio rodeado de jardines, fuentes y frondosos árboles.

El mago prendió fuego a unas malezas y derramó un perfume sobre las llamas al tiempo que pronunciaba unas palabras mágicas. Y, ante el asombro y temor de Aladino, con un ligero temblor de tierra se abrió súbitamente una grieta en el suelo, dejando al descu­bierto una losa con una argolla de hierro oxidado.

—Aladino, tira de ella a la vez que pronuncias los nombres de tu padre y de tu abuelo —dijo el mago—. Verás con qué facilidad lo haces.

El muchacho tuvo miedo e intentó huir, pero su fin­gido tío le abofeteó diciéndole:

—Esto lo hago por tu bien, pues ahí dentro se escon­de un tesoro que te hará el hombre más rico del mundo.

Al fin hizo Aladino to que se le ordenaba. Y entonces vio que bajo la piedra aparecían una escalera y una puerta.

—Por ahí se entra a la gruta —dijo el mago—. Toma este anillo y baja. Con él evitarás cualquier mal que te pueda sobrevenir en el interior de la cueva.

Aladino descendió por las escaleras y no tardó en encontrar tres espaciosas salas llenas de jarrones de oro y plata colocados a los lados. Luego salió a un jardín y subió a una azotea, donde había un nicho que el muchacho abrió, siguiendo las indicaciones del mago.

Dentro había una lámpara, de la que se apoderó Aladi­no. Después de guardársela en el seno, el muchacho re­gresó de nuevo hacia la abertura.

Al pasar por el jardín, vio que los frutos que había en los árboles no eran sino perlas, brillantes, esmeral­das, etc. Codicioso de tanta riqueza, se Ilenó de joyas los bolsillos pero, como al llegar a la estrecha abertura le fue imposible salir por culpa de su rico cargamento, pidió al mago:

—Ayúdeme a salir de aquí.

—Dame la lámpara primero, hijo mío —replicó su falso tío.

Pero como Aladino se negara a entregársela a pesar de las insistentes amenazas del mago, éste, irritado, arro­jó unos polvos que tuvieron la virtud de cerrar inme­diatamente la abertura, dejando al muchacho sin posi­ble salida al exterior.

Pasado un rato, el mago intentó abrir nuevamente la grieta, pero todo fue en vano. Entonces fue presa de Ia mayor desesperación, ya que reconocía que por haberse dejado llevar de la ira, acababa de perder la mejor oportunidad de enriquecerse que había tenido en su vida. Finalmente, al ver que todos sus esfuerzos eran en balde, emprendió el camino de regreso y se dirigió hacia el corazón de África, donde estaba su pa­tria de origen.

Mientras tanto, Aladino llamaba en vano a su tío, implorando que le ayudara a salir de allí. Ya estaba desesperado y casi muerto de hambre, cuando se acordó del anillo mágico que llevaba. No hizo más que pedirle que le sacara de allí, cuando se abrió la tierra y Aladino quedó en libertad.

Lo malo fue que el muchacho, para poder salir de su encierro, tuvo que dejar todas las joyas que llevaba, por lo que llegó, a su casa tan solo con la lámpara.

Un día, la madre de Aladino, apurada por carecer en absoluto de dinero, pensó en vender aquella lámpara que había traído su hijo. Y como estaba bastante sucia de polvo, la frotó con un trapo antes de llevársela al trapero. Pero, al hacerlo, salió de ella un enorme gigan­te de aspecto andrajoso.

—¿Que deseas? —dijo—. He de obedecer ciegamente a quien posea la lámpara.

Al ver aquello, la madre de Aladino cayó desmayada, y cuando llego su hijo le contó todo lo ocurrido. El muchacho frotó nuevamente la lámpara y cuando vio aparecer al gigante, le dijo, temeroso:

—Tengo hambre. Dame de comer.

El genio partió al oír esto y no tardó en regresar con una fuente repleta de los más suculentos alimentos y platos, vasos y cubiertos de oro y plata.

A partir de entonces, la lámpara fue la solución de Aladino y de su buena, madre. Pero solo Ia utilizaban para cubrir las necesidades más perentorias.

Un día, sin embargo, Aladino vio a la hermosa prin­cesa Brudulbudura, hija del rey de la ciudad, y tan pren­dado quedó de ella que al instante concibió la idea de hacerla su esposa. Para ello pensaba valerse, natural­mente, de su mágica lámpara.

La madre de Aladino, aunque a regañadientes, fue a pedir al rey la mano de su hija, pero le fue denegada.  ¿Cómo podía una vieja miserable pretender semejante cosa?

Pero tantas joyas y regalos valiosos presentó la mu­jer, gracias al gigante, que, al fin, el monarca accedió a casar su hija con Aladino. También éste, por su parte, deslumbró a la princesa con tantas riquezas como ja­más hubiera podido soñar. Incluso hizo levantar al mago en una sola noche un magnífico palacio, en el que los nuevos esposos fueron a vivir.

Pero ocurrió que tantas maravillas llegaron a oídos del propio mago que un día se fingió tío de Aladino y le reveló el secreto de la lámpara al joven. Y lleno de ira y envidia decidió regresar a China para vengarse del muchacho.

Inmediatamente empezó a rondar por el palacio donde vivía Aladino. Y un día, aprovechando la ausencia de éste, se presentó como comprador de lámparas vie­jas. La princesa Brudulbudura, que sentía aversión hacia aquella lámpara anticuada y astrosa que su marido re­tenía, al parecer por puro capricho, decidió deshacerse de ella.

—Vendédsela a ese hombre —ordenó a sus criados.

Tan pronto como el mago se vio en posesión de la lámpara, la frotó y le pidió al gigante, que se puso a su disposición:

—Trasládame al corazón de África junto con el pala­cio de Aladino y su esposa.

Aladino quedó muy consternado al saber lo ocurrido. Y aunque todos creían que era obra suya to de haber hecho desaparecer el palacio, él sabía muy Bien que aquello era obra de su falso tío.

Y ocurrió que al frotarse las manos con desespera­ción, restregó, al hacerlo, el anillo mágico que le habla dado el mago y que ahora siempre llevaba en un dedo. Inmediatamente apareció el genio de la lámpara.

— ¿Que deseas de mí? —le dijo.

—Que me transportes al lugar donde se encuentra mi esposa.

En un santiamén, Aladino fue conducido al África, a los mismos jardines de su palacio, donde encontró a la princesa. Después de abrazarse con alegría, busca­ron la forma de recuperar la lámpara, que el mago llevaba siempre oculta en el seno.

Todo fue muy fácil. Mientras comían, la princesa echó disimuladamente en la bebida del nigromante unos polvos que le privaron por completo del conocimiento. Inmediatamente, salió Aladino de su escondite, le quitó la lámpara y pidió a continuación al gigante:

—Trasládanos a nuestro país.

Y en un abrir y cerrar de ojos, el palacio volvió a apa­recer en el sitio donde había sido colocado la primera vez. Pero cuando todos estaban otra vez felices y con­tentos, surgió una nueva desdicha, esta vez par culpa de un hermano del mago, hombre de instintos perversos y también muy ducho en cosas de magia.

Al saber lo ocurrido a su hermano, se trasladó al lugar donde vivía Aladino y con engaños y ardides, disfrazado de falsa vieja, intentó, finalmente, asesinar al joven con un puñal; pero éste le arrebató el arma homicida, y, en defensa propia, mató al hermano del mago.

Después todo fue felicidad en aquel reino. Y al morir el rey, Aladino ocupó el trono junto con su esposa Bru­dulbudura. Las crónicas dicen que se mostraron siempre como soberanos buenos y justos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

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