Autor: superleyendas

Camino de tinieblas – en las creencias de diferentes culturas, estos reinos de los muertos o inframundos han representado un papel de suma importancia porque se piensa que aminoran el temor a lo desconocido. Para el Imperio egipcio, por ejemplo, morir era un importante acontecimiento, una etapa de transición a una vida eterna; sin embargo, el camino en el “valle” de los no vivos presentaba pruebas difíciles, donde fuego y seres terribles debían enfrentarse. Por tal motivo se crearon manuales de sortilegios como el conocido Libro de los muertos (o libro para salir al día, utilizado hacia 1550 a. C.). Una vez superado este reto, seguía un juicio en el que la deidad superior Osiris, pesaba los corazones en una balanza. Si los pecados no eran relevantes, se podía acceder al “Campo de los Juncos”, sitio donde se disfrutaba de la eternidad e incluso se podía renacer. Por el contrario, las mentiras, asesinatos o el robo, daban más peso a los corazones, por lo que sus dueños eran ofrecidos a Ammit, la Devoradora, que “mataba por segunda vez” y eliminaba para siempre a los indignos.

Este enfoque sombrío corresponde también a la visión que los sumerios y babiloneos tenían sobre la muerte. Para ellos se trataba de un lugar tenebroso del que no se vuelve jamas; ni siquiera los dioses más poderosos, como Inanna, eran capaces de regresar por sí mismos de esa oscura región. Ahí, los rangos sociales, los pecados o las virtudes no tenían cabida, pues todos se volvían iguales ante la pareja del inframundo, Nergal y Ereshkigal.

Gritos bajo la tierra – El Hades, el inframundo de los mitos griegos, tenía reservados sitios de descanso y retribución como los egipcios: por una parte, las almas de los héroes y las personas virtuosas podían alcanzar los Campos Eliseos y las islas de los Bienaventurados; por otra parte, aquellos que encendían la ira de los dioses o cometían grandes crímenes iban al Tartaro, la zona más profunda de aquel submundo, un sitio de dolor y sufrimiento sin límites. Personajes como el mentiroso y asesino Sísifo, o Ixión, el mortal que intentó seducir a Hera, convivía con monstruos como los Titanes y los Hecatónquiros, gigantes con 50 cabezas y un centenar de brazos. Las almas que no correspondían a uno u otro sitio – que era la mayoría – habitaban en alguna de las regiones del Hades, a través de las cuales surcaban cinco ríos que llegaban hasta las fronteras con la tierra de los vivos y que sólo Caronte, el barquero espectral, podía cruzar. Hades reinaba sobre aquel lugar junto con Perséfone, su esposa, en tanto Radamantis, Éaco y Minos dictaba con justicia el destino de los muertos. Una regla reinaba por sobre las demás: todos entraban al Hades, pero nadie salía, y el guardián Cerbero se encargaba de cumplir la consigna. Normas similares existieron en otras culturas, pues es aceptado que nadie vuelve de la muerte – aunque se pueden contar unas cuantas excepciones, por lo general héroes o personajes semidivinos -.

Terror aquí – Pese a las marcadas diferencias culturales y temporales, los inframundos, sobre todo en lo referente al infierno, muestran características similares, como su naturaleza ígnea y el que han sido ubicados al interior de la tierra. Varios pueblos han creído que el reino de los muertos existió de verdad, y que ciertos cráteres o cuevas servían como sus entradas. Una de las más famosas fue la localizada en el cráter Averno, al sur de Italia, por el cual, según la leyenda, Heracles ingresó para atrapar a Cerbero, la última de sus legendarias pruebas o “doce trabajos”. Otro sitio es la cueva (o pozo) de la isla Lough Derg, en Irlanda del Norte, donde se supone que Jesucristo mostró a San Patricio la puerta del purgatorio. Los conquistadores españoles, por su parte, creyeron encontrar en Centroamérica un acceso más, pues los indígenas que habitaban cerca del volcán Masaya, en Nicaragua, les habían dicho que ahí residían los muertos. Para mantener tranquilos a los habitantes de ese otro mundo, se hacían sacrificios lanzando hombres, mujeres y niños al cráter.

Hasta ahora no se han conseguido evidencias científicas de que exista la vida después de la muerte, y por tanto es improbable que las visiones terroríficas y sublimes de ese plano existencial tengan un dejo de realidad. Como menciona el filósofo inglés Francis Bacon (1561 – 1626), el miedo natural que se experimenta ante la muerte quizá sea aumentando precisamente por las historias que se cuentan sobre ella.

Bibliografía

Extractos sacados de Muy Interesante (2016). Mitos y Leyendas.  Editorial GyJ Televisa S.A. DE C.V.

Una de esas leyendas del México antiguo que bastante tiene de horripilante: El origen de la Luna. Se refiere “al primer crimen, a la primera sangre del hombre bueno derramada sobre la tierra”, y un prosista mexicano, contemporáneo nuestro, Francisco A. Loayaza, comienza a relatar así: “Es el caer de la tarde, en los primitivos tiempos de los que, a duras penas, recuerda la memoria de los hombres.

En un sitio descampado del bosque, lejos de las chozas del poblado, los hermanos de Baipira le degüellan a machetazos, siendo el más pacífico y el más bueno de la tribu kachinawa.

Su cuerpo cae de espaladas. La cabeza desprendida rueda por el suelo, enrojeciéndolo con pequeños charcos de sangre. Y mira, fijamente, con los ojos desorbitados, a los fratricidas. Y llora. Y el viento le agita los cabellos, que le enjugan las postreras lágrimas.

En el rostro lívido de la cabeza degollada, las líneas simbólicas del tatuaje bicolor se animan y ondulan como ofidios, o se contraen, semejando garras moribundas.

Y tiemblan de pavor y de asombro los asesinos.

La cabeza degollada sonríe, entonces una sonrisa negra. Esa sonrisa temible de las tribus amazónicas, que acostumbran a teñirse los dientes con negros barnices.

Los matadores, rompiendo las malezas, cavan apresuradamente un hoyo. Arrojan adentro primeramente el cuerpo y después la cabeza de Baipira. Y echan encima tierra, mucha tierra, y troncos de árboles. Y luego tornan a sus cabañas, siguiendo la ruta del Sol que ya declina.

Pero…al volver la cara atrás, ven que brota de su entierro la cabeza de Baipira, y que, rodando de un lado para otro, sigue tras ellos.

Y se internan en el bosque. Y se arrojan al río nadando presurosos. Y al llegar a la otra orilla ven, aterrorizados, que allí también está la cabeza perseguidora con su sonrisa negra”.

Para abreviar me limitaré a decir ahora que cuando los asesinos, huyendo siempre aterrorizados de aquella cabeza que anda y habla, se refugian en las chozas de su tribu, reclamando a gritos el auxilio de todos sus habitantes, la cabeza parlante les dice: “¡Oh, kachinawas! Me han muerto injustamente. Me han degollado, envidiosos y cobardes. Y por eso he adquirido el poder de transformarme según mi voluntad. ¿Y en qué te transformaras? – irrumpe el más viejo y tatuado de la tribu.

Y responde la cabeza: “Si me transformo en pez, me pescarían para alimentarse; si en agua, me beberían para calmar la sed; si en el Sol, me aprovecharían para calentarse en las estaciones frías. Pero no será así. ¡Los fratricidas no merecen beneficios, sino terribles castigos!

¡Voy a transformarme en Luna…! ¡Ay de los kachinawas fratricidas! Por sus culpas las serpientes se multiplicarán; los ríos saldrán de cauce, y arrasarán  las sementeras; las maderas de las canoas se pudrirán; las semillas en los sembríos no germinarán. Y vendrá una plaga más fuerte y más terrible. La plaga de unos hombres blancos. ¡Ellos robarán vuestros hijos, violarán vuestras mujeres y os matarán sin misericordia!

Y diciendo esto, grita suplicante – Denme un rollo de hilo -. Y lo que ha pedido le alcanza una anciana. Luego la cabeza lanza un silbido. Y se oye como si una flecha emplumada atravesase el espacio. Aparece, batiendo las alas, el urubú, el ave divina. Y toma con el pico un extremo del hilo, del rollo que trajo la anciana, y vuela hacia el cielo desenrollándolo.

Después la cabeza de Baipira toma el otro extremo con los dientes y lo engulle poco a poco. La delgada cuerda sale por entre el cuello cercenado que aun gotea sangre.

Y así, entre el asombro de la tribu, la cabeza de Baipira va alzándose lentamente, engullendo la cuerda, rumbo hacia las nubes. Y más arriba, muy arriba, se transforma en la Luna. Sus ojos se desprenden y se convierten en dos estrellas. Y las gotas de sangre de su cuello se extienden y se esfuman en la inmensidad de los cielos hasta formar un arco iris”.

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

Aquella mañana, de un dulce color de miel, era magnifica. El cielo estaba de fiesta. La tierra estaba de fiesta. Era primavera.

Pero Ahmed, el alfarero, no podía ver esa belleza. En su alfarería, entre cantaros, platos y vasijas, meditaba amargamente. Pasando aquella puerta, en la pieza contigua, su hermano agonizaba. Ya nada había que hacer. Y Ahmed pensaba, desesperado, en su destino adverso, que le había hecho pasar siempre una vida de duro trabajo y eterna pobreza, y que ahora le arrancaba a su hermano.

Una plegaria férvida aleteo en sus labios, pidiendo a Alá la vida de su hermano, nada más que la vida de su hermano. Podía ponerle a la vista todos los tesoros, que él no titubearía.

De pronto, los ojos de Ahmed se abrieron desmesuradamente. ¡Qué veía! Todos los cántaros, todas las vasijas, modelados en greda y arcilla se habían transformado en cántaros de plata y en vasijas de oro. Y aparecían adornados por las más claras esmeraldas, los más ardientes rubíes, los zafiros más soñadores…

Pensó Ahmed en todo lo que representaba aquello: podía, al fin, descansar, viajar, cuidar su salud abatida. Pero no dudó. En su pequeña y humilde alfarería resonaron dos gritos suyos: ¡No!, ¡No!

Él prefería la vida de su hermano. Ya lo había dicho: sólo la vida de su hermano, más preciosa para él que todos los tesoros del mundo.

Y, según dicen, su amor fraternal – luego de pasar por aquella prueba – fue premiado por Alá, quien realizó el deseo del noble alfarero.

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

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Otro papiro interesantísimo para el estudio de las costumbres y creencias, y por la fecha que se le que se le atribuye, que se remonta nada menos que a cerca de diecisiete siglos antes de Jesucristo, es el que se ha titulado El rey Kheops y los magos. Desgraciadamente, no sólo faltan el principio y el final, sino que lo que conocemos casi no tiene que ver con la literatura más que por el recuerdo que suscita su forma con Las mil y una noches. En efecto, el rey Kheops (o Keops) se aburría tanto que un día que, llamando a sus cuatro hijos, les manda que cada uno de ellos le refiera algún cuento maravilloso que logre interesarle. Uno de ellos le dice entonces que va a referirle un prodigio acontecido en tiempos del monarca Nebka cuando éste iba a visitar en Menfis el templo de Ptah, y al propio tiempo el sacerdote – mago Weba – oner. Tenía este mago una esposa que le era infiel, y como el mayordomo de la casa se enterara de los muchos ratos que pasaba con un paje joven y guapo del cual se enamoró perdidamente, denuncio a su amo que había tenido ocasión de ver a los dos bañándose en el lago del jardín, y el amo le contesto: “Tráeme una cajita de ébano y oro.” En seguida, con la cera que de allí extrajo, formó un cocodrilo de siete pulgadas de largo, pronuncio sobre él una fórmula mágica y le dijo al mayordomo: “Coge a cualquiera que venga a bañarse a mi lago, pero a él, cuando lo veas meterse en el agua, échale detrás este cocodrilo.” Así lo hizo el mayordomo, y en cuanto el cocodrilo de cera tocó el agua convirtióse en un cocodrilo de verdad, de siete varas de largo que se tragó al paje. El rey fue invitado a verlo para que se convenciera del poder del mago, y no sólo aprobó el castigo, sino que mandó que la infiel mujer fuera quemada viva y las cenizas se arrojaran a un rio.

Otra de las historias que narra uno de los hijos del rey viene igualmente en apoyo del poder de los magos. Cierto antiguo faraón se aburría también, y para proporcionarle la distracción, el sumo sacerdote y mago ordena, en combinación con él, que se prepare una grande y lujosa barca y se le dé por tripulación veinte de las más hermosas muchachas del harén, que, cubiertas únicamente con finísimas redes, hagan evolucionar la nave por el lago del palacio, remando todas con remos de ébano incrustados de oro y acompañándose con alegres cantos. Así se verifica con gran contento del monarca; mas, de pronto, a una de las bellas remeras se le cae al agua el gran alfiler de malaquita que sujetaba sus trenzas, y la muchacha deja de cantar y de remar, y, lo que es peor, todas sus compañeras la imitan. El monarca se impacienta, quiere averiguar la causa de aquella desobediencia y la causante del paro dice que quiere tanto aquella alhaja que sin ella ha perdido la voz, la alegría y la fuerza para remar debidamente. Entonces el rey ordena al mago que descubra el lugar en que ha quedado el precioso alfiler sepultado en el fondo del lago, y su humildísimo servidor no se sorprende ni apura por tan poca cosa: manda con sus sortilegios que las aguas del lago se abran y una mitad se coloque sobre la otra, y en cuanto esto acontece, se ve allá en el fondo una gran tortuga y sobre su coraza el precioso alfiler de malaquita. El rey queda convencido del inmenso poder de los magos, contentísima la caprichosa muchacha, y volviendo las aguas a su acostumbrado nivel, puede ya toda la nunca vista tripulación femenina seguir remando entre cantos y continuar la fiesta para distracción del monarca.

De los demás que sigue en el papiro, para demostrar que tan buenos magos había en los antiquísimos tiempos como en los que parecían nuevos en la época en que se escribía el relato, creo que bien puedo prescindir sin que en ello pierda nada el incrédulo lector de nuestros días, que habría de ver como, por ejemplo, un ganso al que se le ha cortado la cabeza, que se lleva al lado opuesto de aquel de la sala  en que se coloca el cuerpo del animal, obedeciendo éste al conjuro de un poderoso mago, echa andar a saltitos, como los dos han logrado juntarse, encajando cada pieza en su lugar, como si fueran las de una armadura, el ganso se yergue triunfante y empieza a graznar, como si nada hubiera pasado. Y lo que se dice de un ganso, lo mismo podría decirse de un hombre, y se ve aplicado también a un toro.

 

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

…mi cabeza no me deja…esas dementes y perturbantes imágenes que no me dejan vivir en paz, que me molestan, me visitan, me distraen de mi día a día, los veo, se burlan…cada uno de ustedes por alguna razón tome su vida…interrumpen mi pensar, mi amor, mi pasión…como pude dejar que alguien me hiciera recordar… hacer vivir mi pasado de nuevo… ¿que en algún momento fue quien me definió?…o ¿quién todavía soy?…es pasado eso quiero pensar, eso quiero desear, lo dejo a un lado, necesito de tu ayuda…mi ayuda para cerrar ese capítulo, del cual no quiero recordar…mucho menos regresar…

Esas almas no me dejan de molestar, recuerdo cada momento que estuve con ustedes, y siento su ultimo suspirar, ¿satisfacción?…no lo creo, más tristeza al saber que el hombre está lleno de maldad, y…yo fiel prueba de eso soy, no quiero recordar…

…no quiero sentir ese último aliento, ni el calor de tu sangre caer sobre mi piel, no deseo ver tu rostro vacío, al ver que tu alma se ha ido…no deseo pensar ni recordar, que sentía al devorar tu ser…estoy destruido, mi mente no puede dejar de pensar en ese momento, o esos momentos… ¿dónde voltee mi ser para volverme quien no soy?,… necesito de ti, para que me regreses a mí, y esas almas me dejen de molestar, de perturbar mi sueño, que se vuelven pesadillas, ya no quiero soñar…no puedo descansar…de lo cual cada día estoy más lejos de poder realizar…

…no puedo borrar sus imágenes que luchó por encerrar dentro de mí…y nunca más saber o recordar de donde salí…no me importa olvidar buenos momentos, más si deseo olvidar todos esos malos recuerdos…destruyó esas imágenes, y ahora me visitan estando despierto…tú eres más fuerte que eso y regresa a ser quien últimamente te has estado convirtiendo, lucha con ese demonio…que solo pone a prueba tu buen actuar…

Esas almas que en algún lugar de mi ser, gritan de angustia…pido una disculpa…porque no soy digno…les pido, ochenta y cinco almas…déjenme vivir en paz…

 

Compartido por: Mr. J

Estando en mi habitación de hotel, entro en trance y no entiendo que me sucede, Camino y escucho la voz de alguien llamarme por mi nombre…volteo inmediatamente y mi hija esta recostada en una cama, sin embargo sé que no es Ella la que llama…me vuelven a llamar y no veo a nadie…veo a mi hija en un profundo sueño…volteo a ver por todos lados y encuentro a un bebe tirado en el suelo, corro a ver si está bien, escucho su llanto, lo tomo en mis brazos, lo abrazo con el deseo de reconfortar su pesar, escucho su risa y balbuceo, y cuando le destapo su carita…no logro ver esa inocencia y ternura habitual y en la profundidad de este bello ángel, siento una energía maligna,  más sus ojos se llenan de un negro total, con toda su fuerza y por alguna razón sus manos cubren mi cuello, veo mi cara reflejada en su rostro, ¿es mi igual?…pierdo poco a poco la respiración, estoy por desmayarme, cuando escucho una risa y siento ese escalofrío regresar a mi cuerpo…que me despierta de golpe…me levanto de un salto y busco echarme agua en la cara, no veo mi reflejo en el espejo…como tampoco me sigue mi sombra… siento un golpe en la cabeza, que me hace perder la conciencia…tus marcas amanecen conmigo, alrededor de mi cuello, al despertar tendido en el piso del baño…ahora ya no deseo dormir…no tengo control…no quiero tenerte cerca de mi…sé que eres una parte viva que siempre has estado durmiendo en mi interior, quédate allí…y no regreses…!nunca más¡…aunque no lo niego, si te voy a extrañar…

 

Compartida por: Mr. J

Noche de perros – asi la definio mi acompañante – fue la noche en que hallamos, con las manos férreamente sijeyas a una mata de escubilla, a Chon Zelada, botado en la quebrada de Orotapa.

Las fuertes y pertinaces lluvias de octubre caian de tal forma sobre nosotros, que ni siquiera respetaban nuestros ponchos de hule, llegando hasta colarnos los huesos.

  • Lo mejor será, patrón – insinuo mi acompañante, en tan triste estado – que lo levantemos y que nos lo llevemos pa´lahacienda.
  • Eso mesmo pienso yo, vos Lupe, hagamoslo…ayúdame a levantarlo, queres…
  • Gueno…

Entre los dos levantamos a su pesado cuerpo sin sentido, que quien sabe cuanto rato llevaba de estar allí en esa posición. Lo subimos sobre su yegua que fiel no lo había abandonado ni un momento. Lo atamos sobre la montura con el pial. Y emprendimos, seguidos por la bestia que llevaba encima el cuerpo sin sentido de su dueño. La caminata de siete leguas largas que teníamos que recorrer para llegar a la hacienda.

Durante la trágica travesia, solamente nos hicieron compañía, el ruido de los grandes goterones de lluvia, las pisadas de las bestias sobre el enfangado camino, y los tapacaminos que haciendo cabriolas frente a los caballos los hacían ponerse pajareros. ¡oh, soledad sobrecogedora de las noches de lluvia, en las que los hombresnos sentimos solos, infinitamente solos….¡

Al pasar frente a la criz de paloencalado, colocada a la vera del camino para recordar que allí aplicaron la “ley fuga” al Chema Lopez, famoso revolucionario de la época de los “lucios”, Lupe salio de su mutismo, y me saco del mio, diciéndome:

  • ¡A mi se me figura, patrón, que en este lio de la caída del Chonanda de por medio La Ciguanaba…!¡A mi se me imagina que´es ansina!no ve que la fianda Chepa, mi mairina, que Dios tenga en su santa gloria, nos contaba que si´aparecia en esos lugares en la forma de la traída d´uno pa´despues llevárselo a caminos en que lo deja a uno perdido…
  • ¡Qué Ciguanaba ni que nada, vos Lupe! El Chon se cayó de piro bolo que ha de haber venido. ¿No le sentiste, pues, el tufo a guaro que despedia…?

Y nos volvimos a quedar silenciosos. Muy entrada la noche, tan entrada que en la casa todo el mundo dormia, llegamos a la hacienda…

Y ansina como se le figuraba al Lupe, pasaron las cosas. El mesmo Chon, al volverle al día siguiente el “alma al cuerpo”, nos hizo el relato de todo lo que le había pasado. ¡Por un puro milagro era que podía contar el cuento!

Todo el día lo pasó chupando ricos y largos tragos de “olla de San Chomo” en el estanco “Aquí se olvidan las penas”. La goma que le dejó el mucho guaro bebido en un velorio le obligó “a seguirla” en compañía de unos cuantos amigos. La goma es bien fregada y el flato que ella causa no se va si no es con más guaro.

A las seis de la tarde se sintió como nuevo. Se despidió de sus amigos. Se hechó al cuerpo la última cuarta y se fue para la hacienda.

“No te vayás, vos Chon – le dijeron sus amigos- mirá que el tiempo está muy requeté perro y te puede pasar algo. Quédate con nosotros y te vas mañana de alba”.

No les hizo caso, fustigó a su yegua en la que se mentó de un brinco, y se fue como ventarrón para la hacienda.

Entre obscuro y claro pasó por la quebrada, en ella divisó, como a dos varas de distancia, a la Cholita, que haciéndole dengues la llamaba para que se acercara a donde ella estaba.

“Mujeres del diablo – nos contaba el que pensó – anoche tan retrechera que estaba conmigo en el velorio y aura se me viene a ofrecer…”

Se bajó de la bestia. La dejó al lado del cerco. Y se fue derechito a donde estaba la Cholita.

Sin decirle agua va, se le fue encima, para darle un abrazo, meterle zancadilla y “hacer una de las suyas…” Pero al estrechar su cuerpo, sintió que este era como de plumas notando al mismo tiempo que la cara de la que creía que era la Cholita, se transformaba en la faz horrorosa de la ciguanaba, que ya principiaba llevárselo hacia los caminos en que pierde a los infelices que caen en sus redes. Tuvo tiempo aún para agarrarse a una manta de escubilla, y no supo más de el. ¡Perdió el sentido!

“El agarrarme de la manta de escubilla me salvó, patrón. No ve, pues, que cuando el malo hizo a la ciguanaba le faltaba pelo que ponerle y se lo puso de lo primero que encontró en los caminos de escubilla, y por eso el único medio de que ella lo suelte a uno cuando se l’iaparece, es agarrarse de una mata de escubilla y halarla fuertemente, pues entonces ella siente que le hala uno el pelo y lo suelta…”

¡Y esa fue la causa de que encontráramos a Chon Zelada, con las manos férreamente sujetas a una mata de escubilla, botado en la quebrada de Orotapa…!

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

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Y ahora, como esa complicada y a veces contradictoria mitología, se parece a todas en lo interminable y caprichosa, convendrá que pongamos aquí punto, mas no sin recoger antes una antiquísima leyenda sobre el diluvio, que los Brahmana, o sea, comentarios sobre los Vedas, dan a conocer, y que algunos dicen que es de fuentes semíticas. Tradúcela así G. Prampolini:

“Una mañana le llevaron a Manu (que es una encarnación de manas y por ello está considerado como el caudillo de la humanidad y el primer legislador) el agua que necesitaba para las abluciones. Al lavarse, se le vino a las manos un pececillo que le dijo: – Consérvame vivo y yo te salvare – ¿Y de que me salvaras?, – le pregunto Manu -. A lo que el pez contesto – Nosotros, mientras somos pequeños, estamos con frecuencia en peligro de muerte, porque un pez devora al otro. Al principio me colocas en un vaso; después cuando haya crecido y no quepa en él ya, ponme en un gran hoyo que caves sobre la tierra, y, por fin cuando ni en él quepa, llévame al mar, donde entonces ya estaré seguro de todo peligro”. En efecto, era uno de aquellos peces que creciendo llegan a convertirse en monstruos.

“Después añadió: – En el año tal ocurrirá la gran inundación. Tú entonces construye una nave y espérame: en cuanto empiece la inundación sal en tu barco y yo te salvare.”

“Cuando llego el momento anunciado, Manu siguió exactamente las instrucciones que había recibido: ató una gúmena a la trompa del pez que ya estaba allí presente, y se dejó llevar en su embarcación con rumbo a la montaña septentrional. Al llegar, dijole el pez monstruo: – Ya te he salvado. Ata la nave a un árbol y ten cuidado de que las aguas no se te lleven a ti y a ella a las montañas. Ve bajando después muy despacio, a medida que veas que el agua se retira…”

“Así lo hizo todo exactamente Manu, y he aquí que descubrió, maravillado, que la inundación lo había barrido todo, y que de aquella catástrofe él era el único sobreviviente.”

 

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

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Quizá de las más antiguas, al propio tiempo que más populares leyendas del Japón, sea la llamada Urasima, que un tan docto historiador como el inglés W.G. Astom cree que procede nada menos que del siglo VIII o antes de él. Dice así, puesta en prosa, pues está escrita en verso:

“Salió el pescador y estuvo remando siete días, mas allá siempre, hacia el lejano horizonte, hasta que quiso la suerte que se encontrara con una hija del dios del mar. Verse y enamorarse los dos fue cosa de un momento, así que muy pronto se fueron al país de los inmortales. Cogidos de la mano entraron en una soberbia mansión situado dentro del recinto ocupado por el Dios del Mar. Allí hubiera podido quedarse el pescador, disfrutando de completa felicidad, sin envejecer jamás, sin morir nunca; pero el insensato, hombre de este mundo al fin, dijole un día a su esposa: “Quisiera volver a mi casa por corto tiempo y hablar con mis padres: regresaré mañana.” Así le hablo, respondiéndole ella: “Si quieres volver al país inmortal y seguir viviendo conmigo como hasta ahora, toma esta cajita, llévala contigo con mucho cuidado y fíjate bien en que no has de abrirla. Sobre todo, no olvides lo que te digo.” Pero cuando el hombre se hubo marchado hacia su tierra, por más que, al llegar a ella, buscó su casa por todas partes, no acertó a hallarla, y no sólo su casa, sino ni el pueblo en que estaba situada. En extremo sorprendido y disgustado se le ocurrió pensar: “¿Cómo puede ser en el espacio de tres años que he estado ausente haya desaparecido mi casa sin que ni rastro quede de ella? Tal vez si abriera esta cajita mágica que llevo hallaría dentro algún sortilegio que me iluminara un poco y me orientara.” Tal como lo pensó lo hizo, más en cuanto levantó la tapa salió del fondo en seguida una nubecilla blanca que se elevó hacia la región inmortal. Corrió el infeliz intentando detenerla con sus gritos, pateó de furor, arrojóse al suelo revolcándose en él desesperado, y de repente notó que el corazón parecía fundírsele en el pecho; cubrióse de arrugas su rostro, antes de aspecto juvenil; su cabello, tan negro siempre, convirtiéndose en cano, y no tardo en ocurrirle lo irreparable: que dejara de respirar, quedándose sin vida, como un simple mortal más. Y he aquí que en aquel mismo sitio, precisamente, habíase alzado en otro tiempo la casa de aquel pobre hombre, llamado Urasima de Midzunoyé.”

A esta leyenda siguen otros breves versos de comentario o moraleja (una tanka, como se llama en la poética japonesa), que dicen: “En el país inmortal hubiera podido seguir viviendo siempre, feliz y sin envejecer; pero, ¡que estúpido fue el pobre diablo no quedándose en él, y destapando después la cajita que tanto le recomendó que no abriera la hija del dios del mar!”.

 

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

Angustia, amanece conjunta con mi día, al haber soñado tu muerte, y tu recostada sin vida, en mis brazos estas…no soporto el pesar y mi locura instantáneamente florece, mi demonio destruye sin dudar a esa persona que en mis sueños y aún no conozco perturbó mi paz…abrí mis ojos y no te encuentro, te llamo, no una, sino varias veces y no obtengo la repuesta para tranquilizar mi pesar… mis emociones se revuelven en mi corazón que me sofoca y a punto de sentir las lágrimas rodar por mis mejillas me encuentro…cuando…

…te trato de localizar de nuevo, insistentemente…hasta que al final escucho tu balbucear…necesito verte, abrazarte, olerte y nunca soltarte…tú, mi amor, me haces una mejor persona, con tu coquetería diaria, para que te tome en mis brazos, y compartamos el mismo cariño, el mismo amor, la misma felicidad, nuestra felicidad…nos volvamos uno solo, almas destinadas a estar unidas, padre e hija…y si, esto es una realidad…porque mi amor yo a tu lado siempre estaré, siempre te protegeré, y así dejé de vivir o existir me aseguraré que en tu alma y corazón una marca de amor dejaré…por qué por ti estoy hecho y destinado a hacerlo todo y darlo todo…tendrás esa figura que yo nunca tuve jamás, ya que en mí, tú, mi amor, un padre siempre tendrás…te amo, N…

 

Compartida por: Mr. J