Categoría: Colombia

Guatavita era la ciudad más populosa y la plaza de armas mejor fortificada del reino chibcha. Allí tenía su corte el cacique del mismo nombre, señor rico y poderoso.

Los habitantes de Guatavita eran inteligentes e industriosos; se les consideraba los orfebres más hábiles del reino.

Ellos eran quienes tallaban las imágenes de los dioses y los que fundían y labraban las mitras de los jefes. Para el atavío de los reyes engarzaban en sus diademas de oro las piedras verdes traídas de Muzo y Somondoco.

El príncipe de estas tierras tenía una esposa a la que prefería sobre sus demás mujeres, hermosa como un sol. Para ella eran las galas más ricas y las joyas más apreciadas, pues la amaba con locura.

Y aconteció que su maravillosa hermosura despertó un fuego ardoroso en el corazón de uno de los más va­lientes guerreros. Tan fascinado quedó por la belleza de la princesa, que apenas podía separar la mirada de su rostro.

La princesa se dio cuenta inmediatamente de la admiración que había despertado en su vasallo. También vio que era esforzado y arrogante, y que las plumas de papagayo que adornaban su frente estaban enriquecidas con piedras maravillosas que lanzaban verdes destellos. Y supo que era noble, porque de las orejas y de la na­riz le pendían magníficos aros de oro.

El enamorado guerrero era fuerte y hermoso como Sua, y de sus ojos se desprendían rayos que calentaban el corazón.

Una noche, mientras reinaba la animación y el bu­llicio en palacio, la princesa le dio a su marido una totuma rebosante de turbadora bebida, y luego otra, y aún otra, hasta que la embriaguez lo venció.

El vasallo, en cambio, no estaba bebido. Estaba contemplándola. Y cuando ella se acercó silenciosamente a su lado, la tomó en sus brazos vigorosos y la llevó a su bohío. Tras ellos cayó la cortinilla de juncos que tapaba la entrada.

Lo mismo sucedió durante tres noches. A la cuarta… De nuevo le dio a su marido la totuma llena de be­bida para embriagarlo, y una vez más la cortina de juncos cayó tras los amantes.

Sin embargo, la más antigua de las mujeres del rey, celosa de la hermosura de la princesa y del favor que le dispensaba el soberano, supo lo que ocurría y deci­dió vengarse. Despertó al monarca y lo condujo al bohío donde se ocultaban los dos amantes, diciendo:

—Ven y verás cómo to engaña tu mujer.

Durante unos instantes, el rey quedo agobiado bajo el peso del dolor. Pero luego se irguió furibundo, y su diestra se crispó sobre la empuñadura del cuchillo. Lleno de cólera, lanzó un grito que resonó como un ru­gido en el silencio de la noche. Acudió la guardia, y allí mismo dictó órdenes tan severas que hasta sus fieros guerreros quedaron petrificados de horror.

Al día siguiente, a la salida del sol, la ciudad de Guatavita fue testigo de un terrorífico espectáculo. Ata­do a un poste pintado de rojo estaba el joven guerrero rodeado de cien soldados armados. Y a dos pasos de la víctima, dos esclavos sujetaban a la favorita adúltera, a la que el rey había obligado a presenciar el castigo.

Entonces, con los ojos desorbitados, transfigurada por el terror, la princesa vio como le cortaban a su amante las orejas, la nariz, los labios… Le sacaron los ojos, le rompieron uno a uno los miembros, le vaciaron las entrañas… La sangre le tiro la frente y las vesti­duras.

Por último, del cuerpo palpitante arrancaron el corazón, lo asaron allí mismo y la obligaron a comérselo.

Para mayor castigo de la culpable y con el fin de que sirviera de lección a las demás mujeres, el jefe dis­puso que en las fiestas públicas se relatase el delito de la adúltera, y que trovadores asalariados fuesen todas las noches al pie de la ventana a cantar la historia del suplicio.

¡Cuántas lagrimas brotaron de los hermosos ojos de la princesa! Noche tras noche oía los cantos de los tro­vadores. Y noche tras noche recordaba el suplicio de aquel que no podría olvidar jamás.

No pudo resistirlo. Y mientras su esposo estaba profundamente dormido, se deslizó hasta la cuna de su hijita, una niña de corta edad, hija suya y del rey, y tomándola en sus brazos huyó hacia las montañas.

Mientras Chía, la dulce Chía, iluminaba con su blanca luz el camino, la princesa corría afanosa hacia el páramo. Ya en la cumbre de un cerro que se alzaba sobre el lago, se detuvo. Soplaba un viento frio y la niebla se arremolinaba en las alturas.

Un árbol cuyo tronco estaba engarzado con lianas de flores rojas se asomaba al abismo. A él se agarró la princesa, inclinándose, miró las tranquilas aguas que parecían bruñidas como un espejo.

De pronto, se rasgaron las nieblas y la luna se reflejó en las aguas. La princesa, por tres veces, se encomen­dó a Bachúe. Después apretó a su hijita contra su corazón y se arrojó al vacío. Y las ondas cristalinas se abrieron amorosas para dar refugio a tan hermosa mu­jer y tan linda niña.

Entretanto, el cacique se había despertado, dándose cuenta de que su esposa no estaba junto a él. Buscaron a la princesa por todas partes sin poderla encontrar.

Al fin corrieron hacia el lago. Pero ya no alcanzaron a ver más que unos círculos concéntricos, formados al caer los cuerpos, que se iban ensanchando más y más, hasta llegar a los juncales de la orilla.

Por orden del rey, que aun amaba a su adúltera mu­jer con locura, uno de los jeques se zambulló en el lago. Y al reaparecer de nuevo a la superficie al cabo de poco rato, contó:

—La princesa y su hija viven felices en la morada del dios Guahaloque, un espléndido palacio rodeado de hermosos jardines.

— ¿Y no volverá a salir nunca? —pregunto el rey.

—No —respondió el jeque—. Por mandato del dios vivirá siempre en el fondo del lago, desde donde se ocupara de remediar las necesidades de Guatavita.

Desde esos tiempos remotos, de todos los confines del reino chibcha venían los peregrinos a traer sus dádivas al genio del lago.

Y cortaban los sacerdotes que en noches estrelladas y luminosas solía mostrarse la hermosa princesa sobre el cristal de las aguas.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Las tierras de la actual Colombia central, donde habitaban los chibchas, estaban en tiempos inundadas. Sobre la Sábana, el agua parecía infinita. La niebla cubría los alias picos de las montañas como un sudario. La oscuridad reinaba en el espacio.

El Omnipotente, que era la Luz y aquel en quien la Luz estaba, al ver la soledad de la tierra de los chib­chas, envió unos pájaros vigorosos y enormes para que con el batir de sus alas y el resoplar de sus potentes picos, ahuyentaran la niebla y llenaran el espacio de aire transparente y diáfano.

El Todopoderoso creó luego un ser radiante, inmenso, que rasgó las tinieblas, atravesó el espacio y calentó la Tierra, llenándola de luz. A este ser luminoso y bien­hechor, el Omnipotente le dio el nombre de Sua.

Sin embargo, Sua tostaba con demasiado ardor la tierra de los chibchas. Entonces, el Señor ordenó que se hundiera tras las montañas y creó otra criatura dul­ce y melancólica para que iluminase la Tierra cuando Sua se retirara. Esta fue Chia (la Luna).

Aun así, la tierra seguía desnuda. No había peces, ni pájaros, ni bestias, ni hombres.

El Señor se apiadó. De la laguna de Iguaque, allá donde moran las nieblas eternas, salió una mujer a la que llamó Bachúe (la fecunda). Y Bachúe saco de las aguas a un niño que apenas tendría tres años. Juntos fueron a los llanos, y allí edificaron su vivienda. El niño creció y se hizo hombre. Entonces Bachúe lo tomo por esposo y tuvo con él numerosos hijos.

Entonces el Omnipotente creó las bestias que pacen y las aves que vuelan en el firmamento.

Bachúe dictó leyes a sus hijos, los acostumbró a re­verenciar a los dioses y les enseño a creer en Chimini­gagua, hijo de todo Principio.

Los padres del pueblo chibcha habían llegado ya a una edad muy avanzada, y sus espaldas se doblegaban por el peso de la vida. Bachúe tomó de la mano a su esposo y se lo llevó a la laguna de Iguaque, su punto de origen. Y multitud de gentes les siguieron.

Entraron en el agua, y cuando ya estaban sumergi­dos hasta el pecho, Bachúe habló a sus hijos y a los hijos de sus hijos.

—Venerad a los dioses tal como yo os he enseñado —les dijo—. Y amad la paz y la concordia.

También les exhortó a conservar y respetar las leyes. A continuación se despidió de todos en medio de abundantes lágrimas, y las ondas se cerraron dulce­mente sobre sus cabezas.

Al desaparecer bajo las aguas, aparecieron en el mismo lugar de la superficie dos serpientes.

—Eso es que el dios Chiminigagua los ha transfor­mado —dijo el pueblo.

Y desde entonces, las serpientes fueron sagradas para los chibchas.

Por aquel entonces, los chibchas eran buenos agri­cultores e iban de caza armados con arcos y flechas, tiradoras y dardos. Se adornaban con plumas de papa­gayo, hacían sus casas de madera y las techaban con paja. Pero desconocían totalmente la industria del teji­do y no tenían la menor noticia del arte.

Un día, por la llanura de Bacatá, por el lado donde nace el Sol, apareció un anciano venerable. Tenía la piel blanca, la barba crecida hasta la cintura y los cabellos largos, ceñidos a la frente por una cinta. lba descalzo, vestía larga túnica y sobre esta llevaba un manto cuyas puntas se ataban con un nudo en el hombro derecho.

—Es un enviado de Chiminigagua —dijeron los chib­chas al verle.

Y se arrodillaron ante él, deseosos de escuchar sus palabras. Lo llamaron Bochicha, es decir: Manto de Luz. Fue su maestro y civilizador, creador de las artes y de la civilización en general.

Por donde quiera que iba, enseñaba a las gentes el modo de construir sus casas, de labrar la tierra y pre­parar las sementeras, de cosechar el maíz, de hilar el algodón, de tejer mantas y adornarlas con indelebles colores. También les enseñó el modo de trabajar el oro y de fabricar joyas.

En sus predicaciones les dijo que el alma era inmor­tal; que los hombres, después de su resurrección, reciben el castigo o el premio de sus obras. Les ordeno que fueran austeros y puros, buenos y misericordiosos.

Vivió con los chibchas muchos años. Y un buen día, cumplida su misión, desapareció sin dejar rastro.

Pasaron los años y los chibchas empezaron a olvidar las enseñanzas de Bochicha. Llegó entonces una mujer de extraordinaria belleza llamada Huitaca, que fue el genio malo del pueblo. Enseñó el vicio y predicó la sen­sualidad y la venganza. Las señales que dejó de su paso por la tierra fueron el pecado y la disolución.

Bochicha, que velaba desde el cielo, convirtió a esta mujer perversa en lechuza. Desde entonces, sólo se atre­ve a salir de noche.

Sin embargo, Huitaca había destruido ya el germen del bien sembrado por el maestro. Indignado por tan­tos desmanes, Chibchachum, el dios de la Sábana, de­sato sobre la tierra abundantes lluvias. Se desbordaron los ríos y se inundaron las casas. Las gentes tuvieron que huir a los picos más altos de las montañas.

Pero allí, el hambre atormentaba a los hijos de Bachúe, porque ningún alimento había entre las rocas. En su desesperación se acordaron de Bochicha. Y llenos de angustia, elevaron sus preces pidiendo socorro, a la vez que hacían sacrificios y penitencias.

Entonces Bochicha se apiadó de ellos, acabó con el diluvio y se les apareció sobre el Arco Iris con una vara de oro en la mano.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.