Categoría: Guatemala

Noche de perros – asi la definio mi acompañante – fue la noche en que hallamos, con las manos férreamente sijeyas a una mata de escubilla, a Chon Zelada, botado en la quebrada de Orotapa.

Las fuertes y pertinaces lluvias de octubre caian de tal forma sobre nosotros, que ni siquiera respetaban nuestros ponchos de hule, llegando hasta colarnos los huesos.

  • Lo mejor será, patrón – insinuo mi acompañante, en tan triste estado – que lo levantemos y que nos lo llevemos pa´lahacienda.
  • Eso mesmo pienso yo, vos Lupe, hagamoslo…ayúdame a levantarlo, queres…
  • Gueno…

Entre los dos levantamos a su pesado cuerpo sin sentido, que quien sabe cuanto rato llevaba de estar allí en esa posición. Lo subimos sobre su yegua que fiel no lo había abandonado ni un momento. Lo atamos sobre la montura con el pial. Y emprendimos, seguidos por la bestia que llevaba encima el cuerpo sin sentido de su dueño. La caminata de siete leguas largas que teníamos que recorrer para llegar a la hacienda.

Durante la trágica travesia, solamente nos hicieron compañía, el ruido de los grandes goterones de lluvia, las pisadas de las bestias sobre el enfangado camino, y los tapacaminos que haciendo cabriolas frente a los caballos los hacían ponerse pajareros. ¡oh, soledad sobrecogedora de las noches de lluvia, en las que los hombresnos sentimos solos, infinitamente solos….¡

Al pasar frente a la criz de paloencalado, colocada a la vera del camino para recordar que allí aplicaron la “ley fuga” al Chema Lopez, famoso revolucionario de la época de los “lucios”, Lupe salio de su mutismo, y me saco del mio, diciéndome:

  • ¡A mi se me figura, patrón, que en este lio de la caída del Chonanda de por medio La Ciguanaba…!¡A mi se me imagina que´es ansina!no ve que la fianda Chepa, mi mairina, que Dios tenga en su santa gloria, nos contaba que si´aparecia en esos lugares en la forma de la traída d´uno pa´despues llevárselo a caminos en que lo deja a uno perdido…
  • ¡Qué Ciguanaba ni que nada, vos Lupe! El Chon se cayó de piro bolo que ha de haber venido. ¿No le sentiste, pues, el tufo a guaro que despedia…?

Y nos volvimos a quedar silenciosos. Muy entrada la noche, tan entrada que en la casa todo el mundo dormia, llegamos a la hacienda…

Y ansina como se le figuraba al Lupe, pasaron las cosas. El mesmo Chon, al volverle al día siguiente el “alma al cuerpo”, nos hizo el relato de todo lo que le había pasado. ¡Por un puro milagro era que podía contar el cuento!

Todo el día lo pasó chupando ricos y largos tragos de “olla de San Chomo” en el estanco “Aquí se olvidan las penas”. La goma que le dejó el mucho guaro bebido en un velorio le obligó “a seguirla” en compañía de unos cuantos amigos. La goma es bien fregada y el flato que ella causa no se va si no es con más guaro.

A las seis de la tarde se sintió como nuevo. Se despidió de sus amigos. Se hechó al cuerpo la última cuarta y se fue para la hacienda.

“No te vayás, vos Chon – le dijeron sus amigos- mirá que el tiempo está muy requeté perro y te puede pasar algo. Quédate con nosotros y te vas mañana de alba”.

No les hizo caso, fustigó a su yegua en la que se mentó de un brinco, y se fue como ventarrón para la hacienda.

Entre obscuro y claro pasó por la quebrada, en ella divisó, como a dos varas de distancia, a la Cholita, que haciéndole dengues la llamaba para que se acercara a donde ella estaba.

“Mujeres del diablo – nos contaba el que pensó – anoche tan retrechera que estaba conmigo en el velorio y aura se me viene a ofrecer…”

Se bajó de la bestia. La dejó al lado del cerco. Y se fue derechito a donde estaba la Cholita.

Sin decirle agua va, se le fue encima, para darle un abrazo, meterle zancadilla y “hacer una de las suyas…” Pero al estrechar su cuerpo, sintió que este era como de plumas notando al mismo tiempo que la cara de la que creía que era la Cholita, se transformaba en la faz horrorosa de la ciguanaba, que ya principiaba llevárselo hacia los caminos en que pierde a los infelices que caen en sus redes. Tuvo tiempo aún para agarrarse a una manta de escubilla, y no supo más de el. ¡Perdió el sentido!

“El agarrarme de la manta de escubilla me salvó, patrón. No ve, pues, que cuando el malo hizo a la ciguanaba le faltaba pelo que ponerle y se lo puso de lo primero que encontró en los caminos de escubilla, y por eso el único medio de que ella lo suelte a uno cuando se l’iaparece, es agarrarse de una mata de escubilla y halarla fuertemente, pues entonces ella siente que le hala uno el pelo y lo suelta…”

¡Y esa fue la causa de que encontráramos a Chon Zelada, con las manos férreamente sujetas a una mata de escubilla, botado en la quebrada de Orotapa…!

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

Lo que me han contado se remonta a tiempos antañosos. El escenario, un sitio que todos conocemos y que siempre luce tan romántico como legendario, el Cerrito del Carmen. Juan Corz, el religioso ermitaño fue el que con su templo complementó la belleza sin par que ostenta y que a pesar de los años da la impresión que el tiempo allí se detuvo; nada ha cambiado, sólo la ciudad que principia en sus faldas y se extiende hacia los cuatro puntos cardinales. Varias leyendas me han narrado del Cerrito del Carmen, pero hay una que me ha puesto en que pensar; una que yo dejo a la estimable consideración de ustedes para que saquen conclusiones. Son estas leyendas que han pasado de abuelos a nietos; de padres a hijos y así sucesivamente, flotan en nuestro ambiente que a pesar del modernismo y de la poca creencia en algunos acontecimientos, hechos y demás consejas, persisten y aún se comentan con mucho interés. Nuestra leyenda se inicia en un año perdido en el almanaque, cuando las miserables rancherías circunvalaban la llamada Ermita del Carmen y en lo que con el tiempo fuera el Potrero de Corona el ganado pastaba silencioso y los pastorcillos con sus manadas de cabras se perdían en la lejanía verde del amplio valle.

El balar de algunas ovejas y el rebuzno del burro rompía la monotonía del apacible lugar. Había cierto malestar entre los indígenas y mestizos porque, según comentaban en voz baja, uno de los miembros de la cofradía, ya con sus tragos, había blasfemado contra la Virgen del Carmen en vísperas de su celebración. Aquel campesino lanzaba oprobios contra la imagen que inerte recibía las andadas de palabrotas, y todo porque no le había salvado a su hijo de una enfermedad que le consumió poco a poco.

Todos habían quedado pasmados ante la actitud de José María Aqzín Coyoc; sabían de su religiosidad y respeto y no creían en lo que decía.

-Algo grave va a pasar, causa del Chema Aqzín- decían los humildes artesanos. Unos sólo se persignaban y le encomendaban a Dios por sus desacatos. Aquello sí que era grave. Años antes las sequías y el cólera se había ensañado con los habitantes de otras pequeñas provincias por las mismas cosas y algo sucedería; quizá no tardaría mucho.

Las fiestas de la Virgen del Carmen se celebraron con la pompa que los pocos vecinos le daban; la campana sonaba y aquellos humildes hombres con sus mujeres, niños y perros concurrieron al templo a escuchar la misa; aquellas celebraciones fueron solemnes y al final todos guardaron sus mejores galas para el año entrante.

Siempre se seguía pensando en lo que el Chema había hecho y el castigo que sobrevendría de un momento a otro. Algunos de aquellos hombres cegados más por el fanatismo que por la realidad, habían pensado incluso linchar al pobre indígena. Uno de los religiosos hubo de intervenir a fin de que no se cometiera un crimen con aquel infeliz.

Una tarde cuando ya se había realizado la oración, ante la expectación de ladinos e indígenas vieron cómo una luz potente salía justamente del centro del templo de los ermitaños en la parte superior del Cerrito del Carmen. La deducción fue colectiva todos pensaron que el castigo ya estaba en marcha. Los gritos de “¡Santo Dios! ¡Santo Fuerte!”, se escucharon en la pequeña ranchería de las faldas del Cerrito del Carmen.

El acabóse fue cuando la bola de fuego sobrevoló los alrededores del cerro y con su flúido incendió algunos de los ranchos colindantes del sitio; aquello quemaba el pasto reseco. Religiosos y vecinos salieron corriendo buscando los montes cercanos para guarecerse del peligro, viendo desde esos escondites cómo la luz rojiza se alejaba y se perdía en el espacio obscuro y silencioso.

En la mentalidad de nuestras gentes sencillas todo se debió a un castigo de la Virgen por las blasfemias de José María Aqzín Coyoc.

Cuentan las leyendas que el pobre indígena arrepentido de las ofensas no cesó en su intento de desagraviar ala virgencita, hasta que según él obtuvo el perdón deseado. De generación en generación el caso de Chema fue comentado en una y otra forma. El año de 1620 no se olvidaría fácilmente, los padres seguirían contando a sus hijos lo acontecido después de las fiestas de la Virgen del Carmen.

29 años más tarde, nuevamente el fenómeno extraño regresa al mismo sitio y el pánico cunde otra vez en las rancherías; era el 14 de abril de 1649, aún se pensaba en las blasfemias de Chema, pero algunos se resistían a creer en el castigo ya que había muerto hacía algunos años. Pero aún no salían de su asombro a pesar de los años. El caso seguía comentando y el 25 de marzo de 1680 el fenómeno vuelve al mismo sitio y siembra el temor nuevamente entre el vecindario. Una vez más fue desapareciendo poco a poco sin dejar huella; sólo el fluido había quemado el pasto seco y algunos ranchos en los sitios aledaños al Cerro del Carmen.

Con el tiempo todo se fue olvidando y algunos menos ingenuos ya no creían en la leyenda de los abuelos; aquel viejo cuento de las blasfemias de Chema había quedado como eso, como un cuento que se narraba por las tardes o por las noches, cuando la abuela era el centro de atracción de los nietos.

Aquello tomó proporciones alarmantes cuando el fenómeno fue visto otra vez el 20 de enero de 1681. Siempre el mismo susto, las mismas formas de pensar en relación con un hecho que no se explicaban cómo llegaba y se iba flotando en el espacio. Todos vieron alarmados en la noche fría de enero cómo el fenómeno se alejaba en la obscuridad de la noche solitaria.

La noche el 18 de septiembre del año 1691 aparece otra vez más la luz en el infinito y se va acercando poco a poco, hasta posarse en la parte superior del Cerro del Carmen. Una vez más arrasa con todo, con las rancherías y con los pastizales húmedos. Por espacio de unas horas los asustados habitantes vieron todo sin poder hacer absolutamente nada por defenderse y sin comprender el porqué del fenómeno. Finalmente, y como siempre se fue perdiendo en el espacio hasta desaparecer completamente en las sombras de la noche. Mientras tanto los campesinos fueron saliendo de sus escondites dando infinitas gracias a Dios que ya todo había pasado.

Al otro día los sacerdotes de la Ermita del Cerro del Carmen hicieron construir una cruz de Caravaca, que los antiguos exorcistas usaban contra los demonios y demás espíritus malignos.

Fue la última vez que nuestros paisanos vieron aquel extraño cuerpo en el espacio; la fecha quedó grabada en los archivos de la Iglesia, y marcaba el día 18 de septiembre del año de 1691. A 297 años de distancia y leyendo estos valiosos documentos que se asocian con las leyendas que nuestro pueblo ha mantenido, creemos que en Guatemala el comentario de los objetos voladores no identificados es tan viejo como las leyendas que las abuelas han narrado. ¿Ahora bien, fueron éstos en realidad platillos voladores o alucinaciones de nuestros pacíficos paisanos? Como se dice comúnmente en nuestro medio, a ese respecto hay mucha tela que cortar, y consecuentemente dejamos a su criterio el comentario de lo escrito.

Bibliografía

Gaitán, Héctor. La calle donde tu vives. Guatemala: Librería Artemis y Edinter.

Fatigados los nervios y cansado el cuerpo por el excesivo trabajo cotidiano, dispuse ir a restaurar unos y a reponer el otro dándome unas vacaciones de descanso en una finca de la costa sur. Allí trabé conocimiento con la simpática persona del doctor Alexis Frank, quien prestaba sus servicios en calidad de Médico-Jefe en la oficina que en ese lugar tiene instalada la Institución Rockefeller para combatir la malaria, la uncinariasis y las demás enfermedades tropicales que en las tierras bajas de Guatemala son una verdadera plaga.

En las calurosas tardes nos tendíamos los dos en sendas hamacas, y, fumando un delicioso y rico habano, cuyas volutas espantaban el je-jén y al zancudo, nos enfrascábamos en las más amenas y variadas charlas. Charlando con él, que era un conversador maravilloso, nos sorprendía la caída de la tarde, a la que seguía la hora de comer las sabrosas tortillas de maíz que preparaba, como ninguna mujer las prepara, el ama de la finca. Muchas y variadas fueron, como vuelvo a repetir, mis conversaciones con el doctor Frank, pero hay una de ellas que no la he olvidado jamás y que es la que voy a trasladar a mis lectores procurando hacerlo con las mismas palabras –hasta donde en esta labor de reconstrucción me acompañe la memoria- con que la escuché de sus labios:

“De las muchas enfermedades tropicales –me dijo en esa ocasión el doctor Frank- que hay, una de las más peligrosas, aunque a simple vista no lo parezca, es el paludismo o malaria. En el individuo atacado por ese mal, que, como usted sabe, se contagia por el piquete del anofeles maculipenis, se llegan a producir, afortunadamente en muy contados casos, a más de los escalofríos intensos y de las altas fiebres o calenturas –como se las llama vulgarmente -, “Impulsiones homicidas o suicidas” de origen específicamente palúdico. Estas “impulsiones”, mi amigo, se presentan, como un síntoma grave, a la misma hora del ataque terciario palúdico y en el curso de un delirio febril malárico; o bien, aparecen en medio de una psicosis verdadera y más o menos oculta hasta entonces. En este último caso, obedecen a ideas de persecución o a una actitud paranoide, soliendo ser también una reacción motivada por la angustia, el miedo del paciente acosado por alucinaciones, por una inquietud vaga, por una sensación del peligro inminente del que trata de librarse mediante el homicidio o el suicidio, lo que, a la postre, si el mal no es conocido y atacado a tiempo, convierte al sujeto, o en un criminal, o en un loco peligroso. Caso típico de esa impulsión homicida o suicida, como consecuencia de un delirio febril palúdico, es el ocurrido a uno de los mozos de esta finca y el cual me tocó constatar personalmente, después de ocurrido, cuando me hice cargo de nuevo, tras unas cortas vacaciones de descanso, del Servicio que atiendo en esta finca. Vehementes son mis deseos de dárselo a conocer; pero pongo resistencia a ellos por temor a robarle a usted las horas que ha decidido dedicar al descanso y no a escuchar la relación de fastidiosos temas médicos que, a la postre, tal vez sólo tiene interés para nosotros…”

-De ninguna manera, doctor –le interrumpí-, haría usted tal cosa. Al contrario, quien saldría ganando sería yo, pues el conocimiento de esos casos patológicos viene a aumentar mi pobre caudal de conocimientos de índole científica. Por favor, relátemelo usted, soy todo oídos.

-Siendo así, mi amigo, se lo referiré lo más escuetamente posible:

-El caso a que me vengo refiriendo tuvo lugar en una época cercana a cuando el Servicio a mi cargo cumplía un año de haberse establecido. Nos tocaba entonces, pues la gente ya se había dado cuenta con un año de experiencia de la importancia de él, observar a diario los más interesantes y complicados casos. Sin embargo, el que más llamó mi atención como médico y como hombre, por los alarmantes caracteres que revistió, fue el del indígena mozo de esta finca, Juan Xacur. Conocí a este buen sujeto a mi llegada a estas tierras –el mismo fue nada menos que el encargado de ir a llevarme el caballo hasta Escuintla-, y era un magnífico hombre, que vivía dedicado solamente a su trabajo y  que tenía la rarísima cualidad por estas tierras, de no beber. Para pintárselo bien, le diré que era de esos seres a quien la vox populi califica de “incapaces de matar ni a una mosca”.

Durante las vacaciones de este año me ausenté de la finca por espacio de un mes. Volví al cabo de este tiempo, y cuando me hube encarrilado nuevamente en mi trabajo, tuve la sorpresa de enterarme de que Juan Xacur no sólo ya no era colono de la finca, sino que se encontraba en calidad de reo en la cárcel pública del departamento de Escuintla. Grandes fueron mi sorpresa y mi asombro al conocer tal noticia; e inmediatamente inquirí las causas por las cuales se había tomado tal medida con él. Lo único que pude sacar como fruto de mis investigaciones fue que todos me dieron esta contestación:

-“Juan Xacur está preso por haber degollado a una culebra…”.

Y esta respuesta venía siempre seguida de una sonrisa socarrona y enigmática. Ante tales respuestas mi asombro subía como sube el mercurio en un termómetro, pues hasta entonces no había yo sabido que en ningún país del mundo se encarcelara a un hombre por haber dado muerte a un bicho tan asqueroso y tan dañino como lo es una culebra.

Debo advertir a usted que la tenacidad hasta averiguar algo por mí desconocido y que me interesa, ha sido una de las modalidades de mi temperamento; la cual esta vez se vio acicateada, a su vez, por la natural simpatía que siempre me había inspirado aquel pobre sujeto, que tal vez en esta ocasión era víctima de alguna injusticia. Así, pues, decidí trasladarme a Escuintla e ir en persona a la cárcel en donde obtendría, estaba yo seguro, los datos verídicos que necesitaba.

Los servicios que desde mi puesto he prestado a los empleados de ella fueron llave suficiente para abrirme las puertas de la cárcel y poder ponerme en contacto con Juan Xacur, a quien encontré confundido entre un verdadero hacinamiento de reos como él, tomando el sol en el patio de la cárcel. Pero el Juan Xacur que encontré, ya no era el mismo Juan Xacur de otros tiempos. Era un Juan Xacur melancólico, pálido, mudo y herático, que más bien parecía un monolito de Quiriguá que un ser viviente. Le hablé una, dos, tres y más veces, siempre con el mismo resultado negativo de su silencio absoluto. Iba ya a retirarme, dándome por vencido ante un mutismo tan grande, cuando la circunstancia de haber sacado mi cortaplumas para pelar un mango, operó el milagro que no pudieron hacer operar mis cariñosas frases:

-Por favor, doctor –me dijo-, esconda esa arma… no quiero volver a degollar a la culebra…

-A qué culebra te refieres –le respondí asustado-, cuando aquí no hay ninguna.

-¡Es verdad que el doctor no sabe que aquí m’han traído por haber degollado una animala d’esas!

-Cómo es eso, Juan, cuéntamelo, para que yo interponga mis buenos oficios, te saque de la cárcel y te lleve de nuevo a la finca.

Y, entonces, me contó en su media lengua lo siguiente:

-Un día cuando yo regresaba de darle vuelta a mis terrenitos para sembrar en ellos la milpa, vide frente a la quebrada del Sanjón, parada, como esperándome, a la más grande de las culebras que haya visto cristiano alguno en su vida. Como soy valiente no mi’asusté, le di un planazo con mi vizcaíno y me juí corriendo pa’mi rancho a darle su pozol a la cocha parida. A los tres días justos de haberme encontrado con la culebra en la quebrada, se me volvió a aparecer la maldita animala. Estos mesmos ojos que si’han de comer los gusanos la veían, doctor. No sé por qué me’afiguró que algunos envidiosos mi’habían ojiado y se lo dije al mesmo patrón, que, por precaución, me dijo que yo no juera a trabajar a ese lugar, sino qui’a otro, al potrero de los Jocotes. Sin embargo, a animala, por diosito se lo juro qu’es cierto, me seguía y me seguía fregando la paciencia cada tres días.

“Una noche llegué molido por el trabajo a mi rancho. Llegué tan molido y tan retarde que ni siquiera me comí el totopoxte que mi’había dejado la mujer, y me tiré al tapexco… No’harían dos segundos que mi’había acostado cuando sentí que mi cuerpo era rozado por una cosa fría como la mesma muerte. Tiré pa’run lado la chara y, ¿sabe qué jué lo que vida?, la mesma culebra que ahora me tenía abrazado y que con su boca mi’hablaba. Como pude me desprendí de la animala. Como alma que se lleva el diablo me juí a buscar mi corvo y di’un solo machetazo me la degollé, doctor. Vos no te podés imaginar, doctor, lo alegre que me puse cuando le vide la cabeza colgando y chorriando sangre….

-Realmente, doctor Frank –interrumpí-, que el caso es muy interesante. Pero no alcanzo a darme cuenta por qué llevaron a este infeliz a la cárcel y no a la casa de orates o a una clínica de enfermedades nerviosas, como debían haberlo hecho.

-Paciencia, amigo, paciencia. No me ha dejado usted terminar el relato. La culebra que aquel desgraciado veía en sus alucinaciones producidas por el delirio febril palúdico, no era tal culebra: era nada menos que su desgraciada mujer, a quien el delirio hizo ver en forma de tal, y quién, a la hora en que el delirio le sobrevenía, llevaba el bastimento, y la que esa noche estaba acostado a lado del infeliz Xacur, el cual, después de un tratamiento racional, está ahora bueno y sano, sin acordarse siquiera del acontecimiento que lo hizo criminal sin querer serlo”.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

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EXTRAÑA mujer fue La Tatuana! ¡Llegó al Reyno de Goathemala en un barco que no arribó a ninguna de sus playas!

Paró en el Mesón de San Agustín, como era costumbre lo hicieran los forasteros en esos tiempos. Luego paseó su arrogancia y su belleza por las calles de la segunda ciudad colonial de América, en las cuales le formaba valla la admiración de empolvados marqueses y condes que la colmaron de piropos y galanterías, Y después, como una avara, la fue a encerrar tras las cuatro paredes de una casita del barrio de La Parroquia Vieja.

El vecindario la recibió con rayana indiferencia. Indiferencia que se tornó en el más acendrado de los odios el día en que los que lo formaban se dieron cuenta de que la misteriosa extranjera había convertido su mansión en templo de placer y de vicio.

¡Y era cierto que la había convertido en tal! Los umbrales de su casa eran atravesados todos los días, a la hora en que el cielo principia a tachonar de lentejuelas su bello manto azul, por esbozados y misteriosos caballeros, y por alegres mujerzuelas, que no se reitraban de ella, sin hasta que las tímidas luces del alba caían sobre Santiago de los Caballeros, tras una noche entregada a la música, al vino y al amor…

Pero un día, en lugar de los esbozados caballeros y de las alegres mujerzuelas, llegaron a la casa del Barrio de La Parroquia Vieja dos corchetes. Cautelosamente golpearon con los nudillos las puertas que siempre se franqueaban a la gente alegre. Esperaron un instante. Y al cabo de la espera salió a hacerlos pasar la extraña mujer que con sus escándalos y fiestas tenía alarmado a todo el vecindario.

La belleza enigmática de La Tatuana les hizo enmudecer. Y, sin cruzar con ella una sola palabra, pusieron en sus manos, blancas como los sagrados corporales, una orden que leyó sin inmutarse. Se le conminaba en ella a darse presa en virtud de que el Tribunal del Santo Oficio había acogido una acusación en su contra por el gravísimo delito de hechicería. La Santa Inquisición daba por cierto el delito, fundándose en una sola prueba: ¡Que La Tatuana había llegado al Reyno de Goathemala en un barco que no arribó a ninguna de sus playas!

Por sus labios sensuales no pasó la menor voz de protesta. Cuenta la leyenda que por todo comentario dijeron:

-¡Esto tenía que pasar! ¡Son los resultados de que esta mañana cuando volvía de Chinautla el picbe me haya cantado por atrás!

¡Y se dejó prender! Y la noche de ese día, y las noches de los siguientes, ya no las pasó rodeada de apuestos y libertinos caballeros, ni de música, ni de vino, ni de alegría; sino de la soledad, que junto con ella estaba encerrada en un lóbrego calabozo de la Casa de Recogidas.

***

Es 24 de diciembre de 16… Hace ya mucho rato que los indígenas de Mixco y Chinautla han llegado al atrio de la Catedral Metropolitana, trayendo desde sus montañas, para que la cristiandad los ofrezca al Dios Niño, el rojo Pie de Gallo, las verdes hojas de Pacaya, las aromadas ramas de pino, las amarillas sartas de manzanilla, las piñuelas provocativas como sensuales labios, y los chinchines, pitos y tortugas…

¡Esta noche es Nochebuena…!

¡Nochebuena para todos los habitantes del Reyno. Noche mala para La Tatuana, cuyo cuerpo blanco y bello ha ordenado el Tribunal del Santo Oficio arda mañana en la hoguera!

Mientras el pueblo se desborda por las calles adyacentes a la Metropolitana, en demanda de una ofrenda, de las que han traído los indígenas, que brindar al Dios Niño, una larga y alta figura, envuelta en un manto negro, llega a la Casa de Recogidas. Es el Comisario del Santo Oficio que va a poner la sentencia fatal en conocimiento de la infeliz mujer que morirá el mismo día en que el mundo celebra el nacimiento del que nos enseñó a perdonar a los pecadores.

El de la alta figura se da a conocer. E inmediatamente que le son franqueadas las puertas de la cárcel, se hace conducir el calabozo que ha sido fiel guardián de la hechicera.

Ya en él, sin saludarla siquiera, su voz gangosa principia a leer, uno tras otro, los pliegos que contienen la larga sentencia, cuya lectura es escuchada por la desgraciada mujer sin que su rostro acuse la mayor inquietud.

Terminada aquélla, el clérigo, que velado por la penumbra de la celda, parece un fantasma, manifiesta a la reo que la justicia por su medio le manifiesta que está llana a concederle la última gracia.

-Muchas son las que me adornan, señor Inquisidor –fue la jactanciosa respuesta de la condenada a muerte-, según me lo decían mis numerosos admiradores. ¡Lamento que no hayáis reparado en ellas! Pero como no es mi ánimo desairaros, os voy a pedir una. Que ordene vuestra paternidad me sea traído un trozo de carbón. Es mi deseo pasar las últimas horas de mi vida entregada al arte del dibujo, que siempre ha sido muy de mi agrado. No os pido lienzo, pues en lugar de él emplearé las blancas paredes de mi celda. Quiero dejar en ellas un recuerdo de mi paso por la vida.

-Os será concedido –respondió el Comisario.

Y se marchó del calabozo, sin haber brindado a La Tatuana, que mañana sería pasto de la hoguera, ni una sola palabra de consuelo.

***

A las diez de la noche le llevaron el trozo de carbón. El júbilo más grande la embargó cuando lo tuvo entre sus manos. Jugueteó con la negra barrita unos momentos. La acarició con la misma finura con que sus manos acariciaban a sus amantes. Y pasados los primeros transportes de su infantil alegría, principió a dibujar.

Sus delicadas y finas manos, que para dibujar eran tan sabias como para prodigar caricias, dibujaron un tranquilo mar, sin tempestades que lo embravecieran, porque tenía suficientes en su alma. Y sobre el mar, navegando con proa hacia el norte, un barco diminuto y perfecto…

Terminada la obra, se puso a contemplarla con la misma unción con que un artista contempla la suya. Le dio uno, dos, tres y más retoques. Y cuando estuvo ya segura de que en ella no faltaba ni el más leve detalle, se embarcó en el velero que maravillosamente habían dibujado sus manos blancas como los sagrados corporales…

¡Y así se fue La Tatuana del Reyno de Goathemala! ¡En el mismo barco en que llegó! ¡En el barco que no arribó a ninguna de sus playas…!

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

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Dabale a Juan Mayén –caporal de la hacienda “El Caimito” y, según el decir “tres piedras” de todos los contornos desde Escuintla a Chiquimulilla- las últimas órdenes relativas a las faenas del día, cuando una mariposa negra, grande, de una dimensión aproximada a los veinte centímetros, pasó tan cerca de mí que rozó el ala gacha, como se usa en esas tierras, de mi sombrero tejano. Como un avión que llega al término de su viaje, la mariposa se introdujo a su hangar improvisado, que vino a ser el cuarto de mi abuelo Chema que estaba situado, precisamente, a espaldas mías, en el corredor en que me hallaba.

No di importancia alguna a incidente tan vulgar en nuestras tierras costeñas y seguí dando mis órdenes:

-Vos, Juan Mayén, te vas con tu cuadrilla a la quebrada del Tigrillo y me la hacés trabajar “macizo”, como me gusta a mí, hasta que quede bien limpia. Ya sabés que los trabajos me los hacen aprisa…

No pude continuar, pues al dirigir mi vista a Juan Mayén, observé, con sorpresa, que tiritaba como si fuera presa de los intensos calofríos que preceden siempre la llegada de las calenturas.

-¿Qué te pasa a vos, Juan Mayén? –le dije-. ¿A vos, Juan Mayén, que no temblás ni cuando montás por primera vez a las potrancas cerreras, que ahora estás temblando con sólo haber visto una mariposa negra? ¡Te estás poniendo viejo, Juan Mayén!. ¡Tené cuidado de seguir así, pues te la va  ganar el Pedro Cansinos! ¡Y vaya que le lleva ganas a ganártela…!

-Si nu’es miedo lo que tengo, patrón, es una simple corazonada: quí va’haber dijunto. Cuando la mariposa negra llega, hay dijunto, patrón. La mesma mariposa negra, como la boca del coyote, pasó por aquí cuando pa’las lluvias de otubre murió la segunda mujer del patrón grande, de su abuelito. .,. La mesma, ansina de grande –con sus manos renegridas por el trabajo y por el sol calcinante de los trópicos, me diseñaba las dimensiones-, llegó al rancho de la Tomasa hace ocho’días, y ya ve que en la quebrada de los Tempsiqués le venadearon ese mesmo día al Efraín, su hombre. No son cuentos ni chiles, patrón, es la pura y santa verdad: cuando la mariposa negra llega, hay dijunto… No vo’asaberio yo qui’hacen treinta años vivo en la costa amansando potrancas y potros cimarrones. .,.

-No seás papo, Juan Mayén. Esas son puras sonseras. A ustedes siempre se los engatusan las viejas con sus chiles. Andáte ligero a trabajar hasta que me dejen limpio el potrero grande, y no pensés más en mariposas negras…

Di media vuelta; lancé una estentórea carcajada. Lo dejé con el estribillo en la boca de “aquí v’haber dijunto”, y grité:

-Vos, Lupe –tal el nombre de mi mozo de confianza-, ensilláme a la “Sapuyula” con la silla mexicana; preparáme el bastimento en las alforjas y prepárate vos también para salir, porque vamos a pasar todo el día en los potreros del Zanjón…

Tres breves momentos de espera, salí , jinete en mi yegua “Sapuyula”, en cuyos sudados ijares hincaba con sádica saña mis espuelas de pura plata de Carrera, corriendo como alma que se lleva el diablo, con dirección a los potreros del Zanjón, y en donde me esperaban un día de rudo trabajo y la cuadrilla que me iba a acompañar en éste.

Todo el día lo pasé gritando:

-¡Para acá me van a arrear las vacas paridas! ¡En aquel potrero van a echar a los toretes…! ¡A este cerco hay que cortarle los chiriviscos. .,..! ¡Al potrero de allá, en el que están las bateas de la sal, hay que echar a los novillos que se van a castrar a fin de la semana…!

¡Oh, alegría sublime de sentirse dueño y señor de la inmensa sabana que compone el llano guatemalteco, verde y prolífero! ¡Verde como el verde de mis montañas; verde como el verde de las plumas del Quetzal; verde como la mancha verde que en el cielo ponen las bandadas de loros que hablando un lenguaje sin sentido pasaban sobre mi; verde como las hojas de la milpa…! ¡Y prolífico como los hombres, y como las mujeres, y como las bestias de estas tierras calientes e mi tierra guatemalteca…! ¡Dueño y señor de este llanto que, palmo a palmo, hasta convertirse en las ciento cincuenta caballerías que hoy forman la finca, fue haciendo suyo la constancia y la recia voluntad de mi abuelo don José María Alarcón y Pirir –raro engendro de un castellano aventurero y de una india nata-, que desde niños nos predicaba el evangelio del trabajo, de la honradez y de la bondad con los semejantes!

Un ramalazo de dominio, una sed de posesión, recorrió todo mi ser y, como un centauro de los trópicos, piqué espuelas a mi bestia y recorrí, perdido entre los verdes zacatonales, ¡quién sabe cuanta extensión de los exuberantes potreros de nuestra hacienda! ¡El llano de la costa guatemalteca embruja a los que viven en íntimo contacto con él!

Fatigado, rendido de tanto trabajar, y con el rostro bañado en esa pasta achocolatada que se forma por la mezcla de sudor con nuestra tierra morena, volvía a la casa de la Hacienda, cumplidas ya todas las labores del día. .,. La tarde caía lentamente, en tanto que yo anudaba horizontes y pensaba. .,. (los hombres del campo también solemos pensar). ¿En qué? ¿Pensaba en que iba a llegar a mi patria? ¿A mi patria? Si, a mi patria, Para nosotros, los costeños, nuestra patria es el campo y su capital es la casa de la Hacienda… ¿Qué nos importa a nosotros la otra patria, la de donde están los gobernantes, si nosotros tampoco les importamos a ellos. .,.? ¡Nuestra patria es la casa de la finca en donde están nuestros hombres, los que nos ayudan en las diarias faenas, y donde tenemos nuestras leyes que son las del trabajo y las de una verdadera confraternidad, que sólo la da la constante lucha, uno al lado del otro, por domeñar a nuestra bravía y enfurecida naturaleza…!

Entonando una canción criolla –como siempre lo hacía- y haciendo  caracolear a mi bestia, hice mi entrada triunfal a los patios de la finca. Siempre que llegaba a ellos encontraba la impresión exquisita de sentir la algarabía peculiar de los campos chapines, entre la cual se confunden los cantos de los vaqueros con el mugido de la vacada… ¡Esta vez había en él un silencio espectacular…! ¡Ni siquiera el mastín de mis afectos salió a recibirme y a lamer el polvo de mis polainas…!

Una inquietud muy grande se apoderó de mí. Salté de la bestia y corrí hacia la casa… De un solo tranco subí los escalones que conducen al corredor e iba ya a dar un grito preguntando a qué se debía este inusitado silencia, cuando la Juana, nuestra vieja ama de llaves, me ahorró la pregunta, diciéndome, con frases entrecortadas y llorosas:

-¡Qué gran desgracia niño Guicho! ¡Al patrón grande, a mi señor don Chema, lo han traído muerto en unas parihuelas…! ¡Los mesmos hijos de don Chilo López, el dueño de la “Sabana”, lo encontraron tirado en el camino de Brito, muerto, y lo trajeron p’acá…! ¡Dicen que a ellos se les afiguraba que la bestia se le encabritó, tumbándolo al suelo, y que con la cáida se debe haber descoyuntado y muerto…! Tan bueno qu’era el patrón! ¡Dios lo’haya perdonado y lo tenga en su santa gloria…! ¡Yo tanto le decía que a sus años ya no debía salir solo; pero como él se créiba patojo, hasta que se quedó con la suya de que le pasara algo…!

Intensamente agitado por la noticia llegué hasta el cuarto de mi abuelo. Allí, tendido en su “catre de tijeras”, que no quiso abandonar nunca, estaba el cuerpo largo y macizo de don José María Alarcón y Pirir, cuya cerviz no se agachó jamás ante nadie, y a quien la muerte, por una terrible ironía, o encontró de bruces.

El gimotear de varias rancheras, y cuatro velas de cera, que como ellas también derramaban lágrimas, eran toda su compañía. Una sábana blanca, tan blanca como la nieve sobre alta cumbre, cubría su cuerpo, y sobre ella se posaba, tranquila, como un emblema bordado ex profeso, el escudo de la muerte, la Mariposa Negra.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

¡Pueblos Quiches! ¡Esta es la primera tradición; ésta es la primera y única verdad; la primera leyenda…! ¡Escuchadla…!

¡Pueblos Quiches! : renovad vuestros sacrificios a Tohil e Ixmucané, para que vuestros oídos se hagan dignos de escucharla… ¡Es la primera relación sobre el Quetzal…!

¡Pueblos Quiches! : cesen vuestras concupiscencias…, cesen de llenar el ambiente los ruidos de vuestros atabales, el llamado de los caracoles, los ronquidos del tun y los lamentos de las chirimías… ;Que solo se oiga en la montaña la música quejumbrosa de los zenzontles, de los Pitos reales y de los guardabarrancas…! ¡Quemad pom ante los tabernáculos de vuestros dioses sempiternos, como nuestra raza, para que su aroma, grato a ellos, llegue hasta los propios rostros de Ixbalam e Ixbalamqué…!

¡Pueblos Quiches! : purificaos…, vais a escuchar la primera relación, la única, la verdadera – postraos de hinojos—, de por qué el cuerpo del Quetzal…

¡Pueblos Quiches! por mi boca hablará el espíritu.

…que sólo habita en las enhiestas cumbres de nuestros montes indios, y que jamás puede vivir en cautiverio y que antes de la llegada de los teules era una esmeralda con alas, tiene ahora el pecho rojo como la sangre que brota de los corazones de las víctimas que sacrificamos a Tohil, «el Corazón de la Guerra…».

¡Pueblos Quiches! : escuchad; por mi boca os habla «el Corazón del Cielo», Sacol y Bitol, Alom y Cajolom, Tepeu y Gucumatz… Escuchad:

—Antes —de esto hace miles de   años, la Esmeralda con alas, la Orquídea que vuela, el Quetzal, cubría su cuerpo con un plumaje verde, como el verde de las montañas que hacen eco a su voz. Pero un día, sin que nadie los llamara, vinieron a nuestros dominios quichés los teules. Entonces, Tecún Umán, nuestro gran cacique, a quien ungiera como tal el mismo «corazón de la Guerra», Tohil,’ quien puso en su pecho un pedazo de su mismo corazón, dispuso arrojar a los invasores de nuestro suelo, En este bella empresa acompañaba a Tecún el Sagrado, la Esmeralda con Alas, el Quetzal, que era su Nabual, y el cual entonces era verde, como el verde de las montañas, y que no tenía en su pecho la mancha roja como los labios de la Virgen Maya. Tecún, el valiente; Tecún, el heroico, cuyo espíritu aun vive y vela por nosotros, su pueblo, presentó combate a Toniatiuh, el jefe de los teules, en las riberas mismas del rio Xequijel, cuyas aguas se tiñeron de sangre, tal la cantidad de elle derramada (estos mismos volcanes que se pasan unos a otros, mis palabras fueron testigos del combate). Tecún Umán, valiente como el pueblo que capitaneaba, peleó cuerpo a cuerpo con Tonatiuh. Mientras lo hacía, la Esmeralda con Alas, el Quetzal, revoloteaba sobre su cabeza y sus manes dirigían su lanza. Tecún Umán pensaba que Tonatiuh y su caballo —bestia entonces desconocida y qua jamás debéis montar— formaban un solo cuerpo; por lo cual a este último, por ser más grande, dirigió su lanza sagrada. Aprovechó Tonatiuh este instante para hundir su acero en el pecho de Tecún Umán, en cuyo pecho había puesto un pedazo del suyo, Tohil, «el Corazón de la Guerra», cayendo entonces nuestro gran cacique para no levantarse más…

¡Pueblo Quiche! ¡Pueblo Quiche! Escuchad, escuchad, y al hacerlo, llorad como sólo sabe hacerlo el gato de monte Y gemid como el coyote…

…pero una gota de sangre, que es la misma sangre de nuestra invencible raza Maya, saltó de su pecho manchando el- de la Esmarakla con Alas, el del Quetzal, que desde entonces tiene el pecho rojo…

¡Pueblo Quiche! : Repetid hasta la consumación de los siglos, repetidlo a vuestros hijos, y tened fresca la tradición hasta que vuestro pueblo se levante, que ya sabéis por que la Esmeralda con Alas, la Orquídea que vuela, el Quetzal, tiene ahora en el pecho engastado un rubí…

¡Pueblo Quiche, pueblo amado de Ixbalam e Ixbalamque! ¡Ya no escuchareis más mi voz…!

¡Mi boca, por la cual os ha hablado el mismo Corazón del Cielo, callará para siempre. .! ¡Mi voz, que es la voz de Sacol y Bitol, de Alom y Cajolom, de Tepeu y Guzucmatz, se apagará Echen al viento sus notas tristes vuestros atabales, tunes y chirimías para que entre ellas se pierda. Y quemad pom para que entre su humo, que ha de subir hasta los rostros de nuestros dioses sempiternos, como nuestra raza, suba el cuerpo de vuestro brujo por cuya boca habló el Corazón del… Cie…lo…».

Hay un verdadero concierto de atabales, tunes y chirimías, Las resinas del pom, que tienen olor a tierra indígena, embalsarnan el ambiente. El pueblo quiché, hierático; ora y se pasa de boca en boca las palabras del brujo por cuyos labios hablo el mismo Corazón del Cielo. A través de los cbaajs, qua murmullan, se siente el susurro de la voz- de Dios. En tanto que la Esmeralda con Alas, el Quetzal, Vuela sobre nuestras enhiestas montañas luciendo su larga cola, que es arco iris de paz para su pueblo, mostrando su pecho en el cual lleva engastada para siempre; por los; siglos de los siglos, una gota de la sangre del pecho de Tecún Umán, en el cual puso un pedazo del suyo, Tohil, el «Corazón de la Guerra»…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

Solamente Tzacol  Bitol, madres y padres de la vida y de la existencia de los seres animados, saben cuántos baktunes hace que sucedió lo que vamos a relatar…! ¡Sin embargo, sabemos que desde el kin en que esto ocurrió, nuestros Grandes Abuelos, los Mayas, dejaron de ser nómades…!

Fue en Paxil y Cayalá, lugares en que se ven y se producen las cosas agradables, donde nuestros Grandes Abuelos, los Mayas, pusieron fin a la ya larga peregrinación que habían emprendido desde hacía muchísimos años, porque así se los habían ordenado que lo hicieran Tzacol y Bitol, Alom y Cajolom, Tepeu y Gucumatz, los Grandes Formadores y Constructores.

Y fue allí donde terminaron sus andanzas, porque al llegar a ese paraje escucharon, confundida con el murmullo del viento al rozar el follaje de los árboles, la voz de los dioses, diciéndoles:

-“¡Sólo aquí tendréis vuestras montañas y vuestros valles, ocupadlos!”.

Grande fue su emoción al hallarse en tan bello paraje, que estaba regado por un caudaloso río de aguas tan azules que simulaban un trozo del manto de Ixmucané, ¡La Gran Abuela!

¡Y había razón para que se emocionaran en esta forma! Porque en él encontraron árboles, bestias y aves hasta entonces desconocidos para ellos. Árboles cuyos frutos jugosos y agradables, como el cacao, las anonas y los nances, saciaban su apetito y su sed. Bestias, como la danta que corre entre las zarzas de la selva, sin que sus espinas la hirieran, que les brindaban sus lomos para conducirlos y evitarles las fatigas de las largas caminatas a pie. Y aves como el bello e inigualado Quetzal –orquídea que vuela-, las guacamayas y el zenzontla de agua, cuyos abigarrados colores y melodiosos cantos recreaban su vista y sus oídos.

Pero su gratitud para con los dioses, que le habían donado tan encantador sitio, sobrepasó los límites de lo natural, un día en que Yak (el gato de monte, utiú (el coyote), quel (la cotorra chocy)  joj (el azacuán) les hablaron –porque en ese tiempo los animales todavía hablaban con los hombres-, diciéndoles:

-“¡Seguidnos! ¡Os vamos a enseñar el lugar en donde Tzacol y Bitol os tienen reservado un buen presente!”.

Y los siguieron… Precedidos por Yak y pr utiú, que caminaban sobre la tierra apartando con sus hocicos los barejones del camino, y por quel y joj, que volaban sobre sus cabezas para protegerlos con sus alas de los calcinantes rayos del sol, tomaron un sendero que seguía la misma dirección que el sol, cuando se va por los caminos de Chikín; al final del cual, en efecto, encontraron el presente que los dioses les tenían reservado.

Era éste un rubio y bellísimo niño, que, teniendo por lecho las esmeraldinas malezas, reposaba bajo la sombra protectora de un hermoso zapotal. Y era tan bello ese niño, a quien ello más tarde llamaron Teosinte, porque era el fruto del amor de un rayo de sol con una onda del río que bañaba a Paxil y Cayalá, al cual los dioses habían dado forma humana, para manifestar su amor hacia nuestros Grandes Abuelos.

Esa misma tarde, nuestros Grandes Abuelos, los Mayas, con la vista dirigida hacia Chikín, que es por donde el sol se esconde de nosotros, se prosternaron y oraron. Y ésta fue su oración:

-“Nos prosternamos alzando nuestros brazos ¡Oh Tzacol! ¡Oh, Bitol! ¡Vednos! ¡Oídnos! ¡Para que veáis y escuchéis nuestra gratitud: mirános y oyénos! ¡Tú, el que ve en la sombra, en el cielo y en la tierra! ¡Tú, que nos habéis dado la señal de vuestra palabra! ¡Oíd y ved nuestra inmensa gratitud!”.

Esa misma tarde fue llevado Teosinte, del lugar en que lo hallaron, por nuestros Grandes Abuelos. Siendo objeto por parte de ellos, que eran los bien amados de Tzacol y Bitol, de los más acendrados cariños y cuidados. Se le alojó en la misma mansión del que tenía más edad entre todos ellos, la cual estaba situada en la copa de una enorme ceiba, y dándole éste para compañera de sus juegos a la menor, más bella y más amada de sus hijas, a Ma-Ix.

¡Ma-Ix era bella como la luz opalescente de la luna! Ojos obscuros como la noche. Tez pálida como la cáscara de los plátanos. Boca sensual y jugosa como las piñuelas. Y dentro de esa boca, unos dientes diminutos y blancos como el granizo que cayó sobre nuestros Grandes Abuelos durante una de las etapas de su larga caminata.

***

Muchas veces ha venido el sol desde Likín, y muchas veces se ha ido por Chikín, desde el día en que nuestros Grandes Abuelos recibieron en Paxil y Cayalá el presente de Tzacol y Bitol. Tantas veces ha sucedido esto que Ma-Ix y Teosinte han dejado de ser niños, para convertirse en seres en cuyos corazones ha picado ya la avispa del amor.

El Kin en que volvemos a encontrarnos con ellos han celebrado sus bodas. Y dentro de breves instantes irán a entregarse el uno al otro en el sitio en que los dioses les han ordenado que lo hagan: una escondida ribera del río. Los dioses quieren que tengan ese apartado y bello lugar por lecho nupcial, para que sus caricias y sus dulces palabras de amor se confundan con las quejas del río y no puedan ser escuchadas por nadie.

Nuestros Grandes Abuelos los acompañan, entonando cánticos y alabanzas, hasta el sitio indicado. Y en él los dejan, entregados a las más bellas locuras de amor, en el instante mismo en que Ixmucané, que es el sol yacente en crepúsculo esplendoroso, principia a mostrar las brillantes cuentas y chayes de su divino chacbal

***

A la hora misma en que los cenzontles, guardabarrancos, espumuyes, pitos reales y clarineros principiaron a gorjear, nuestros Grandes Abuelos, los Mayas, elevaron a Tzacol y Bitol sus plegarias:

-“¡Nos hincamos levantando nuestros brazos! ¡Oh, Tzacol! ¡Oh, Bitol! ¡Míranos y óyenos! ¡No nos perdáis ni nos abandonéis, dadnos la señal de vuestra palabra cuando se va el sol y el día, cuando anochezca y cuando amanezca! ¡Guiadnos por el camino azul, dadnos tranquilidad y paz para nosotros y para nuestros descendientes, mostraos y amaneced!”.

Terminada su oración, vieron que se manifestaba en la bóveda azul del cielo la suprema presencia de Tzacol y Bitol, en la forma del más esplendoros de los soles.

Entonces levantaron sus rodillas de la tierra, y se dirigieron al paraje en que habían dejado la noche anterior a Ma-Ix y Teosinte, sus muy amados hijos.

Las aves todas de la montaña vinieron a hacerles compañía, lanzando al viento las notas melodiosas de sus cánticos.

No obstante haberlos buscado hasta en los más apartados rincones, ya no los encontraron. Tzacol y Bitol, los Formadores, habían convertido a los amantes en dos gráciles y esbeltas plantas, en medio de cuyas hojas, que simulaban lanzas verdes, brotaban frutos preñados de diminutos y blanquísimos granos.

Y nuestros Grandes Abuelos, los Mayas, supieron que Tzacol y Bitol habían obrado el milagro de convertirlos en plantas, no solo porque ellos así se los dijeron, sino porque los frutos de esa divina planta mostraban los rubios cabellos de Teosinte y los blancos dientes de Ma-Ix…

Y desde entonces, por mandato de Tzacol y Bitol, de Alom y Cajolom, Tepeu y Gucumatz, los Formadores y Constructores, nuestros Grandes Abuelos, los Mayas, tuvieron por principal alimento los frutos de esa planta, a los cuales dieron el nombre de Ma-Ix, en recuero de la más bella y más amada de sus hijas…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

Un chispazo de alegría, arco iris tras la lluvia, iluminó los sudorosos y cansados rostros de los “unionistas” –entre los defendían la barricada situada en la esquina del Callejón de Jesús, aquella tarde de la semana comprendida entre el 8 y el 15 de abril de 1920, cuando divisaron a un soldado que, montado en un caballo alazán, se dirigía hacia ellos llevando en la diestra una flamante bandera a la par que gritaba:

-¡En nombre de mi jefe el Coronel Milpas Altas, Jefe del Castillo de Matamoros, vengo a rendirme a las fuerzas unionistas, trayendo en prueba de nuestra rendición esta bandera blanca de paz y la propia espada del Coronel que, por intermedio mío, les envía!

¡Había razón para que la alegría los invadiera! Los esforzados muchachos tenían ya varios días, con sus noches, de estar defendiendo la barricada; y durante ellos habían comido poco y dormido menos, alentados sólo por el general anhelo de ver terminada aquella lucha fratricida que ensangrentaba el suelo patrio.

Además, la calidad del jefe que se rendía, era otro justo motivo de júbilo, así como la del fuerte que mandaba, pues éste era el principal arsenal de pertrechos de guerra con que contaban las gubernamentales, sumando a este valor el de su posición estratégica.

El jefe rendido era uno de los jefes más temidos. ¡Era un raro personaje el Coronel Milpas Altas! ¡Era un raro personaje el Coronel Milpas Altas! Debía su pintoresco mote a la circunstancia de haber nacido en el pueblo cercano al de Pinula que lleva este nombre, con el cual era él más conocido que con su nombre de pila. Pertenecía a la categoría de esos raros engendros que se producen con alguna frecuencia en nuestra América bárbara, incipiente y embrionaria raza no se ha podido encontrar hasta ahora: era el fruto de la mezcla de tres sangres: de español, de mestizo y de indio; sangres éstas que no le habían legado nada de lo bueno de cada una, sino sus taras; lo que hacía el coronel hubiera servido más bien para carne de laboratorio psicopático o de manicomio, que para tener en sus manos la suma de poder, como la tenía siendo Jefe de un Castillo de tanta importancia como era el que mandaba. Su psiquis-paranoica estaba de acuerdo con su físico: era bajo de cuerpo; rechoncho; de tez trigueña, tirando más bien a negra, la cual hacía contraste con sus ojos azules –si lo hubiera descrito un hombre del pueblo habría dicho que era de “cara remendada”-, y con un bigote hirsuto que le cubría todo el labio superior y cuyas puntas caían sobre las comisuras de los labios. El Coronel era un bebedor y un fumador empredernido. Cuando se le pasaba la mano bebiendo aguardiente se volvía más sanguinario que de costumbre y a cada instante se le escuchaba proferir frases y palabras groseras.

Antes de que el enviado de Milpas Altas descendiera del caballo, uno de los soldados de la barricada gritó:

-¿Quién vive?

-Patria Libre –respondió el emisario del Coronel.

Cumplimos estos requisitos que ordena la disciplina militar, y después de haberse percatado de la verdad de lo que decía el emisario, el Jefe de la barricada ordenó que diez de los treinta muchachos que había en ella, al mando de uno que ostentaba los galones de sargento, fueran al Fuerte, en calidad de parlamentarios, que el resto se quedara en ella de guardia, y él dispuso ir a dar cuenta de lo sucedido a la Comandancia General del Cuartel revolucionario.

A los diez muchachos enviados se les reunieron en el camino algunos curiosos que supieron la grata noticia del rendimiento, y juntos todos, penetraron, llenos de júbilo, al Castillo. Pero, cuál no sería su sorpresa al darse cuenta de que al entrar el último de ellos, se subían los puentes del Castillo. “Será alguna precaución” –pensaron, e iluminados por el ideal de ver terminada la lucha, siguieron con paso firme hacia adelante.

Salió a recibirlos la asquerosa figura del Coronel, que, en esa ocasión, vestía la más pintoresca de las vestimentas: pantalones de jerga de mostenango aplomados, guerrera militar de parada, con numerosos entorchados, y en la cabeza un sombrero de petate en el que lucía una cucarda con los colores nacionales desteñidos. Por todo recibimiento lanzó una sarcástica carcajada y las siguientes palabras:

-¿No andaban contando por allí que los unionistas eran tan águilas? Ahora lo vamos a ver, chanclecitos aguacateros que les ha dado por jugar a la revolución. ¡A ver, sargento Cojulún!

-¡A sus órdenes, mi Jefe!

-Registre a estos chancles; métalos para mientras al cepo, y después me los hace bañar, porque esta noche van a ser mis invitados de honor en la comida con que voy a celebrar mi santo.

***

Cuando los clarines del Castillo lanzaron al espacio las tristes notas del toque de queda, salió el Coronel, tambaleándose, del cuarto de Banderas, gritando con voz aguardientosa:

¡Sargento Cojulún!

-¡A sus órdenes, mi Jefe!

-¿Están listos los chancles?

-Están listos, mi Jefe.

-Entonces, tráigamelos y siéntelos a cada uno en el puesto que tienen destinado en la mesa. No se olvide de apagar las luces y ponga bastante “guaro”, porque me gusta que mis invitados estén alegres.

La orden fue cumplida con militar precisión. Los otros invitados –los amigos del Coronel- fueron ocupando, a tientas, su puesto, debido a la obscuridad reinante. El Coronel se sentó en el sitio de honor y así, sin verse unos a otros las caras, principiaron a comer y a libar copiosas copas que iban haciendo poco a poco su malévolo efecto. Nadie se atrevía a protestar ni a inquirir por este capricho del Coronel de comer a obscuras, temerosos de despertar sus hasta entonces dormidas iras.

Llegada la hora de los brindis –refinamiento que el Coronel había aprendido en sus visitas a Palacio-, el Coronel, tambaleante por el abuso del alcohol y con los ojos inyectados que relumbraban con la obscuridad, se paró sobre su asiento, llenó una copa hasta rebalsarse de aguardiente, y dijo:

-Voy a beber este trago a la salud de ustedes, mis buenos amigos, por mis nuevos galones de General de Brigada que me llegarán mañana, y porque a estos chanclecitos rejijos de la chin… les vaya bien en el viajecito que van a emprender al otro potrero… A ver, asistente, llénele su copa a ese chanclecito que parece gallina comprada y préndeme las luches, porque quiero ver qué cara ponen estos chancles cando toman olla legítima de San Chomo…

De un tirón arrancaron los asbirros de sus asientos a cuatro de los pobres cuchachos; los amarraron de un poste a cada uno, y sus cuerpos, regados previamente con gasolina, fueron encendidos con un fósforo, siendo las luces que iluminaron la báquica orgía con que el Coronel Milpas Altas celebró sus santo en aquella semana de abril de 1920..

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

Varias horas habían transcurrido desde el momento en que el Gran Zotz de la noche cubrió con sus alas enormes a Panimaché, cuando del Palacio del Ajau Calel, su padre, salió un joven y apuesto mancebo a quien todos allí conocían con el nombre de Utzil. Aprovechaba éste las sombras de la noche para salir de su patria, en la que gozaba de la reputación de ser el guerrero cuyas flechas habían dado muerte al mayor número de tzutujiles, para que nadie se diera cuenta, incluso su padre, de que salía con rumbo a Kumarkaaj. Los dioses, por boca del Ah-tzité, le habían pronosticado que en esa ciudad quiché tenía que realizar una gran hazaña que daría gloria a su pueblo.

Días antes, como era costumbre hacerlo entre las cakchiqueles cuando llegaban a determinada edad, había consultado al Ah-tzité. Este, después de haber pasado tres días con sus noches en las más latas cumbres, consultando a los astros y escuchando el murmullo de la voz de Dios, le había dicho:

-“Utzil, toma tu arco y tus flechas; y cuando el Gran Zotz de la noche haya cubierto con sus alas a Panimaché, sal de ella y marcha a Kumarkaaj.

Honores y glorias para vos y para nuestro pueblo os esperan allá. ¡Marchad pronto! ¡Chamalcán, que os habla por mi boca, os ordena hacerlo así!”

Y por esta causa salía el joven mancebo cakchiquel aquella noche, sin más avíos que su arco y su flecha.

El camino obligado para ir a Kumarkaaj era por el de Tzololyá. Utzil no podía tomar esta ruta, porque el Ajau de ese lugar era enemigo mortal de su padre. Se vió obligado, pues, a variarla, teniendo que atravesar, para lograr su fin, la árida y larga extensión de terreno que separaba a su patria del lugar a donde los dioses le habían ordenado que fuera.

Días de fatiga y soledad tuvo que soportar durante la travesía del desierto. Caminaba, sin embargo, sobre sus arenas con la paciencia de un iluminado a cuyo ser le daba cada día nuevos ímpetus y brios la secreta voz que le había anunciado días de gloria y de ventura para él y para su pueblo. ¿Qué importaban, pensaba, estas fatigas y esta desolación si en cambio Panimaché iba a ser grande?

Un día sus fuerzas se agotaron. La sed, que en el ser humano parece agigantarse ante la contemplación de los terrenos áridos, se apoderó de él. En la parte de la travesía en donde se hallaba no había un solo sitio en qué apagarla, iba a caer en la más amarga de las desesperaciones, cuando recordó que a pocas leguas de distancia estaba el Quiscap, riachuelo en cuyas aguas bebería hasta saciarse. Nuevos ímpetus se apoderaron de su ser, violentando el paso para llegar pronto al sitio en que se hallaba el riachuelo bienhechor. Mientras caminaba, su vista se entretenía en contemplar el azul maravilloso del cielo, en el cual, en forma de nube, le parecía ver el rostro de Chamalcán instándolo a no desmayar en sus propósitos.

Al caer la tarde llegó al término de la jornada que se había impuesto. Sorprendido quedó al notar que las aguas del Quiscap se habían secado. De ellas, antes límpidas y frescas como el rocío de la mañana, no quedaba más que un bache de agua fétida y nauseabunda. Al darse cuenta de la esterilidad de sus esfuerzos por apagar la sed, sus ojos, que hasta entonces no habían llorado, dejaron caer una lágrima amarga como las flores de pito. De seguir así, por muy animoso que fuera, pronto llegaría el momento en que su carne flaca y agotada no podría resistir por más tiempo la dura prueba a que era sometida.

¡Instantes de vacilación, largos como un kalabactum, vivió en esos momentos el apuesto Utzil! ¡La sed y la fatiga estuvieron a punto de hacer fracasar los designios de los dioses que a él lo habían escogido como su ejecutor!

Unos momentos de descanso, pensó, harán el milagro de darme fuerzas para continuar la marcha, y se sentó sobre una piedra a meditar. Meditando se hallaba cuando fue presa de un sueño que duró quien sabe cuántas horas.

Dulce y apacible fue su sueño. Durante él, confundido entre mil volutas de pom, se le apreció Chamalcán trayendo en sus manos un ánfora preciosa cuyo contenido, un líquido blanquecino y aromado, le invitó a beber. Temeroso al principio, y confiado después al notar que la bebida no le hacía daño, Utzil la apuró hasta dejar el ánfora completamente vacía. Cuando en ella no quedaba ni una sola gota de la deliciosa bebida, sus oídos escucharon la voz del dios que le decía:

-“Has hecho bien, Utzil, en beber el divino nixtamal, pues para vos lo preparó expresamente Ixmucané, la Gran Abuela, que os contempla desde el mismo Corazón del Cielo. Por haberlo bebido, desde hoy vuestros pies tendrán alas; desde hoy vuestras flechas tendrán ojos para caer siempre en el sitio a donde las dirijáis; desde hoy serás tan fuerte como un dios; desde hoy todo cuanto deseéis se realizará; y desde hoy todo lo que vuestras manos hagan será obra hecha por los dioses. ¡Pero que no os vaya a dominar el orgullo…! ¡Y ahora, despertad y continuad vuestra marcha a Kumarkaaj!.

Cuando Utzil volvió en sí, estaba poseído de una fuerza y de un poder extraños. La sed y el cansancio lo habían abandonado por completo. Encontrándose, pues, en tan buenas condiciones dispuso seguir la marcha. Ceñíase a la espalda el arco y el cacaj, e iba a iniciar nuevamente en sus andanzas, cuando escuchó un lamento quejumbroso y triste. Volvió la vista al sitio de donde aquél parecía proceder, tropezando sus ojos con un pobre caimán que, como él horas antes, moría de sed. A Utzil no le habían endurecido el corazón ni las guerras ni las matanzas. Le agradaba ser bueno con sus semejantes y bueno con los animales, porque los dioses toman muchas veces la forma de éstos para venir a la tierra. Así, pues, compadecido, se acercó al sitio en que se hallaba la sedienta bestia. La tomó en sus brazos, depositándola inmediatamente en las aguas del charco. No bien dejó a la bestia allí, las aguas, antes nauseabundas y fétidas, se tornaron azules y principiaron a crecer en forma inusitada.

Entonces fue cuando Utzil se dio cuenta de que en verdad los dioses le había dotado de sobrenaturales poderes. Agradecido por esta nueva bondad de Chamalcán, elevó al cielo sus ojos para darle las gracias, y emprendío la marcha que no cesaría hasta llegar a Kumarkaaj.

Y así fue. Cuando el primer rayo de sol principiaba a dorar con su fino polvo de oro los frisos del templo de Tohil, las plantas del mancebo cakchiquel hollaban por vez primera las sagradas tierras de Kumarkaaj y subían a una colina desde la cual elevó sus oraciones a los dioses:

-“!Tu, mi Dios, Tú, mi Señor Sol –dijo-, qué hermoso y brillante me estás viendo! ¡Eres mejor que el malvado aguacero que no tiene piedad para los pobres y miserables! ¡Tú, mi Señor Sol, cuidas mucho a tus pobres hijos! ¡Salgan pronto todos vuestros rayos, para que su luz me bañe completamente!”.

Terminaba su oración cuando fue tomado preso por dos guerreros de los que cuidaban las fonteras. Su calidad de extranjero fue la causa de que lo tomaran por esía de alguna tribu enemiga, y de que lo llevaran a presencia de Ajau encargado de administrar justicia. Este, al darse cuenta de que Utzil era cakchiquel –tribu enemiga de los quichés-, sin oírlo casi, dispuso que lo encarcelaran mientras el soberano disponía qué se hacía con él.

A una obscura y lóbrega mazmorra, cuyos muros no eran atravesados ni por el más leve rayo de sol, lo llevaron. De no haber sido Utzil hijo de pueblo cakchiquel, que tanto respetaba a sus dioses, habría pensado que esta desventura que le sobrevenía era una mala pasada que ellos le jugaban. Lejos de desesperar, tomó la pérdida de su libertad como un hecho natural que estaba escrito sucediera antes de realizar los desconocidos designios que los dioses le habían ordenado ejecutara.

Una mañana, por fin, penetró a su celda el primer rayo del sol. Llegó a visitarlo al Ajau Porón, acompañado de su hija Zacar, que era más bella que todas las orquídeas que brotan en los chajás quicheleños. Hacía muchos años, cuando quichés y cakchiqueles eran amigos, que el Ajau Calel, padre de Utzil, durante una cacería de trigrillos, había salvado la vida a Porón. Iba éste ahora, pues, a cancelar aquella deuda, manifestándole al cakchiquel que el Gran Ajau Gucumatz le concedía la libertad, a condición de que el mancebo prometira tomar parte en la Danza de la Mazorca, rito sagrado quiché que iba a tener lugar durante las próximas festividades en honor a Tohil.

Este rito del pueblo quiché era celebrado desde tiempos inmemoriales. Consistía en lo siguiente: el Ajau destinado de antemano para hacer tal cosa lanzaba al aire la mejor maazorca del maíz de la cosecha del año anterior, la cual debía ser sostenida en el aire, hasta botarle el último grano, por las flechas que incesantemente lanzaban sobre ella los 13 mejores flecheros, escogidos de antemano, y que eran 13 en honor a las 13 divinidades…

Enterado Utzil de lo que tenía que hacer durante la danza, aceptó participar en ella. Inmediatamente fue puesto en libertad. Pero cuenta la leyenda que ese mismo día cayó prisionero en otra cárcel. En la de los encantos de Zacar, de quien quedó prendado desde el instante en que llegó a la celda.

El día destinado para la celebración de la Danza de la Mazorca, tan esperado por el pueblo quiché que en esta forma pedía la protección de Tohil, llegó por fin. La plaza de Kumarkaaj, en cuyo centro se había colocado un altar sobre el que estaba la imagen de piedra del Dios, hallábase pletórica de gente. En el lugar reservado a los Ajaus, podía verse a Gucumutz, rodeado de toda su corte, a la que daba más brillo y belleza la presencia de Zacar. Minutos antes de que diera principio la ceremonioa, fueron llegando, uno a continuación del otro, los flecheros que iban a tomar parte en el rito. El último en llegar fue Utzil, el cual, después de dar una vuelta a la plaza, como era de ritual, llegó al sition en que se hallaba Gucumatz, ante quien hizo una venia; hecho esto depositó arco y carcaj a los pies de Tohil, dirigiéndose, acto seguido, a ocupar su sitio. Cuando esto hizo lanzó una mirada de fueto a Zacar. Tan entretenidos se hallaban todos los presentes en seguir uno a uno los preparativos de la fiesta, que sólo Chojinel, que amaba a Zacar sin ser correspondido, se dio cuenta de esta mirada que fue retribuida por los ojos de la bella virgen quiché.

Cuando los doce flecheros y Utzil, que contemplaba el 13 ritual, tomaron al colocación que de antemano se les había fijado, el Ajau Porón lanzó al aire la mazorca. Acto continuo fueron cayendo sobre ella doce flechas que la hicieron bailar en los aires. Utzil permaneció en su sitio sin que su arco disparara una sola flecha. Gran indignación produjo su actitud entre los espectadores, quienes no lanzaron ni el más leve  grito de protesta, temerosos de que si lo lanzaban podían distraer la atención de los flecheros y hacer fracasar la danza ritual. Al caer la mazorca completamente desgranada a los pies de la imagen de Tohil, tuvo lugar una protesta general. El pueblo, a coro, pedía que Utzil fuera sacrificado para que las iras del Dios, que seguramente caerían sobre él, se calmaran. Dos de los mismos flecheros tomaron a Utzil, llevándolo a presencia de Gucumatz, quien, ciego de cólera, le dijo:

-Imprudente extranjero, habéis ofendido a nuestros dioses y a nuestro pueblo. La ofensa que a ellos y a nosotros habéis inferido no puede ser perdonada. ¡Voy a dar orden para que os sacrifiquen inmediatamente para que se calmen las iras de Tohil! ¡Apartaos de mi presencia!

-¡Oh, tú, Gucumatz, Gran Ajau de Kumarkaaj- dijo Utzil, cuando el monarca terminó de hablar-, calmad vuestra ira y escuchad a este extranjero a quien llamáis imprudente! ¡Mi intención, al no tomar parte en la danza, no fue la de inferiros agravio a vos, a vuestro pueblo y a vuestros dioses, que también son los míos! ¡Fui guiado por la idea de serles más grato haciendo yo solo lo que han hecho vuestros doce flecheros! ¡Otorgadme la gracia de que rinda a Tohil este homenaje, prometiéndoos que si no soy capaz de realizarlo gustoso daré mi vida!

-Si ésta fue vuestra intención, imprudente extranjero, concedida está la gracia que me solicitáis. Pero, ¡ay de ti y de tu pueblo! Si fracasáis en la prueba.

Se dispuso todo como se había hecho antes; manifestando Utzil al Ajau encargado de lanzar la mazorca que lo único que solicitaba era que los flecheros le pasaran las flechas con presteza. El Ajau ordenó que los mismos doce flecheros fueran los encargados de hacerlo y lanzó nuevamente al aire la mazorca.

Solamente dos o tres granos faltaban por caer de la mazorca, que Utzil con sus flechas había hecho bailar en forma magistral, cuando el flechero destinado a darle la última flecha, que era su rival Chojinel, en lugar de darla a Utzil la dejó caer al suelo. Ciego de cólera el mancebo cakchiquel la recogió hundiéndola, acto seguido, en el pecho de Chojinel, que, bañado en sangre, cayó a los pies del altar de Tohil.

El pueblo y los Ajaus, encolerizados, pedían la vida del imprudente extranjero que se había atrevido a ofender a los dioses, produciéndose una confusión general que fue aprovechada por Utzil para saltar a la tribuna en que se hallaba Zacar, con la cual, tomada entre sus brazos, huyó para siempre de las tierras de Kumarkaaj, la ciudad sagrada de los quichés.

¡Rápido, como un bodoque lanzado por la cerbatana de Hunapuh, el Gran Cerbatanero, cruzó la distancia que mediaba entre Kumarkaaj y sus fronteras! ¡Era cierto que los dioses habían puesto alas en sus pies!

Cuando llegó al sitio en que termianba el señorío de Kumarkaaj, lo esperaba una sorpresa. El desierto que había atravesado días antes, ya no existía. La extensión que antes ocupaba aquél, la ocupaba ahora un lago de aguas tan verdes que simulaban una jadeíta caída a la tierra de la Tierra de Ixmucané, ¡La Gran Abuela!

Decidió atravesarlo a nado, tales eran los poderes sobrenaturales de que se hallaba poseído, para llegar pronto a Panimaché. E iba a lanzarse al agua, cuando le ofreció su lomo para llevarlo sobre él a la otra ribera, el mismo caimán de cuya sed se había compadecido durante la primera etapa de su viaje. Como Zacar y él no podían navegar sobre tan original embarcación, dejó a la ella quiché escondida en una cueva en tanto que él iba a Panimaché en busca de una barca.

Retornó a la mañana siguiente en busca de Zacaar, tripulando una barca totalmente adornada con musgo y flores de Pie de Gallo, rojas como la sangre de su pueblo. Fue a buscarla a la cueva, en la cual encontró solamente los despojos de su amada que la noche anterior había sido devorada por los coyotes.

Loco de espanto, perdido para siempre en el único eslabón que lo ataba a la vida, tomó entre sus brazos el despedazado cuerpo de Zacar, sobre el que depositó las caricias que no le había podido prodigar en vida. Estrechamente unido a sí llevó el cadáver hasta el picacho de la más alta cumbre, desde el cual se arrojo a las aguas del lago, que ese día estuvieron más verdes que nunca.

Cuando sus cuerpos llegaron al fondo del lago, sus almas hacía tiempo que habían entrado a los sitios en que tiene su reino el Corazón del Cielo, quien los recibió sonriente y satisfecho, diciéndoles:

-Habéis cumplido bien la obra que os encargamos realizar en la tierra. Quichés y cakchiqueles, gracias a vuestro amor y a vuestros sacrificios, están ya unidos para siempre. No habrán más guerras entre ellos. Para que esa unión sea conocida por las generaciones futuras, la Gran Abuela ha arrojado a la tierra una jadeíta de su chachal que se ha convertido en un lago que será llamado de Atitlán. ¡Vuelvan vuestras almas a ese lago, porque ése es su reino! ¡Desde hoy os vamos a convertir en viento, para que os sea permitido juguetear sobre sus aguas! Y cada vez que Utzil os persiga a vos, Zacar, para tomaros en sus brazos y llevaros hasta las más altas cumbres, su persecución formará un viento que hará naufragar las embarcaciones que en ese instante naveguen por las ondas del Atitlán. Los dioses, por mi boca, os dicen que han dispuesto que dicho viento los haga naufragar para que sus tripulantes no puedan ser testigos de vuestras íntimas y dulces horas de amor.

Y desde entonces, cuando Utzil, a la hora del crepúsculo, persigue a su amada Zacar, sopla sobre las aguas del Lago de Atitlán el viento que hunde a las embarcaciones y que las cakchiqueles llaman Xocomil.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el rio y solo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.

Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas de maravillas.

Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los Árboles copiados en el rio a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.

Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el fondo del rio sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el sol.

Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.

Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.

Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las 6ulebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.

Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.

Y en los Árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.

— ¡Nido!…

Pió Monte en un Ave.

Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido. Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosa a pescado femenina como dedo meñique.

A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos los bosques, las montañas, el rio que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil… ¡La Tierra de los Árboles!

Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.

Nido calmo a sus compañeros — extrañas plantas móviles—, que miraban sus retratos en el rio sin poder hablar.

— ¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual! ¡Nuestro natal!

La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.

Como si se acabara de retirar el mar, se vela el agua hecha luz en cada hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto…

La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.

Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.

Dos montañas movían los parpados a un paso del río: La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra.

Y la incendió.

La que llamaban Huarakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con la uñas.

El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en el viento, indefensos como los Árboles sobre la tierra tibia.

En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.

Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡que largo escalofrió…! Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.

Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazos para abrirse campo.

Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas…

Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los peces en el rio hirviente; las huellas de la aves en el espacio que alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse, las apagó.

Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro muchos siglos.

Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo sin crepúsculo ni aurora.

— Nido — le dijo el corazón—, al final de este camino…

Y no continuó- porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.

Y en vano espero después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.

Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el de un pan de culebra le llamaba una voz muy honda.

Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.

Anduvo y anduvo…

Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su nombre:

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

Los Árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor, y niño la trinidad le recibía. Y oyó:

¡Nido, quiero que me levantes un templo!

La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en la mano del Santo y sonrisas en la boca del niño.

Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio.

El Volcán apagaba sus entrañas — en su interior había llorado a cantaros la tierra lágrimas recogidas en un lago, y Nido, que era joven, después, de un día que duro muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.

 

Bibliografía

Asturias, M. A. (2006).  Leyendas de Guatemala. Guatemala.