Categoría: México

El relato de “La Saurina del Zacatón” o mejor conocida como la niña vidente del triunfo, es una leyenda ampliamente conocida por todo el estado de Baja California Sur, la primera vez que se le dio forma escrita a todos estos testimonios fue en 1979 por el reconocido escritor Carlos Domínguez Tapia, con el cual gano el primer lugar en los juegos florales celebrados en Mulege el mismo año.
Primero empezaremos a definir que es una saurina, en el ámbito esotérico, Persona que lloró en el vientre de su madre. Saurino: Persona que tiene un don energético de sanación, Es una palabra que proviene de la palabra árabe Zuharí que significa adivino y persona que puede manipular la energía. En principio eran personas que podían detectar donde había reservorios de agua, mediante el uso de una varita de madera en forma de y invertida. Saurino es aquella persona que ve el presente pasado o futuro en cualquiera de las circunstancias, puede tomar cualquier objeto seña o gesto como mapa para saber con exactitud, que decir, donde tocar. Tienen don de ver, oir, tocar, saber, curar, en el norte de nuestra república mexicana se escucha todavía esta palabra… ellos la entienden como…. ADIVINO…o… clarividente.
La pequeña Irenea había nacido 2 meses antes de lo previsto, hija de un licenciado en armas y una mujer de avanzada edad, lo cual había sido causa para muchos comentarios negativos de la comunidad hacia ellos.
Incluso los comentarios negativos se dieron durante la misma boda en la iglesia del triunfo, donde se escuchaban los murmullos “Se casó con ella solo por su dinero y animales”, “Solo agarre confianza, le quitara el dinero y se ira”, entre muchos otros.
En cuestión de edades la diferencia era muy grande mientras Gregorio era un joven de unos 20 años, y doña ramona era una señora muy grande ya con hijos mayores, y tenía varios años que había perdido a su segundo esposo en batallas revolucionarias.
La señora Ramona dio a luz una niña muy blanca de ojos verdes y cabello rubio, lo cual altero mucho a la comadrona o partera ya que eran características físicas muy diferentes a sus padres.
Irenea era una niña muy avanzada e inteligente, a la edad de un año actuaba como si tuviera 5, los ojos verdes y cabellos rubios que tenía la blanca niña contrastaban mucho con el color de piel de sus padres y hermanos, ya que ellos eran de cabello negro y piel morena.
La superstición no se hizo esperar, incluso al médico de la localidad le daba curiosidad tal caso, y debido a la falta de información de la época, los habitantes del pueblo llegaron a pensar que hasta podría ser hija del mismo demonio.
En el mismo templo de la localidad del triunfo se dio el primer indicio de las habilidades de clarividencia de la pequeña niña, cuando un 12 de diciembre, cuando se celebraban las festividades del patrono de la localidad, Irenea toma de sus faldas a su madre y llena de terror le dice que todo se va a caer, gracias a esa advertencia doña ramona alcanza salir junto con su familia, pero desgraciadamente más de veinte personas murieron aplastadas por la caída de parte del techo de la iglesia.
Al ser Irenea y su familia los únicos salir con bien de esa desgracia, aumento el temor por la condición de la niña. Al día siguiente en el cementerio durante el entierro de las víctimas, al señora ramona con gusto revelo que ella y su familia se habían salvado por un milagro de la virgen, pero la muchedumbre furiosa y temerosa comenzó a culpar a la niña extraña del suceso, y afirmando que era el mismísimo diablo.
Tuvieron que huir ante los insultos y agresiones de la gente, y al ver el peligro la familia decidió llevar a la pequeña Irena con su abuela al rancho Arroyo Hondo donde estaría más segura.

A pesar que en pueblo el sacerdote llamo a la cordura y evitar especulaciones respecto a la desgracia, asegurando que él mismo había advertido del peligro del techo hace tiempo, y que fue una coincidencia que la niña se encontrara en el lugar del accidente ese día, el pueblo no dejaba de acusar a Irenea, y planearon ir al rancho el Zacatón donde asesinaron y quemaron a los padres y hermanastras de la niña, solo logrando sobrevivir dos hermanos que habían huido. La turba al quemar todo el rancho dio por hecho que la niña estaba dentro durmiendo, y las autoridades no pudieron culpar a nadie de tan horrible masacre.
Pasaron unos meses, y la población pareció olvidar todo lo sucedido, una mañana de abril, los hermanos de Irenea llevaron a la niña al Triunfo a comprarle ropa ( ellos ignoraban que la masacre había sido a causa de la linda niña) , frente al templo la niña soltó la mano de sus hermanos y corrió al templo, donde encontró al sacerdote, quien la reconoció pero no sintió temor, entonces Irenea le dijo: “Hace ocho años (en ese momento la niña solo tenía cuatro) unos soldados enterraron ahí cuatro tibores llenos de dinero, barritas de oro y mucha joyas que recogieron de las familias más ricas del pueblo, ¿Por qué no excava para que con eso arregle el techo de la iglesia?. Diciendo eso y señalando el lugar la niña fue llamada por sus hermanos y abandono el pueblo.

Siguiendo su instinto el sacerdote con ayuda de más personas busco tal tesoro, el cual encontró, tal suceso se dio a conocer rápido, incluso por los periódicos de la época.
El 12 de diciembre a un año de la tragedia, se celebró una misa donde el sacerdote emocionado dijo: “Hijos míos hace un año culparon a una inocente niña del desplome del templo y manos criminales acudieron al rancho a incendiar a sus familiares con la seguridad de que la pequeña moriría con ellos, la creyeron una encarnación de Satanás y la difamaron. Hace algunos meses la pequeña niña estuvo aquí y fue la que me señalo el lugar del tesoro del cual todos ustedes conocen fue extraído del subsuelo de este templo. Una niña demonio, hijos míos no entra a la casa de Dios ni descubre tesoros para ponerlos en manos de la iglesia. La he traído desde el Arroyo Hondo donde vive con sus abuelitos, para que juntos recemos por las infamias pasadas, por la sangre derramada injustamente, por sus padres y hermanos, y por los que murieron hace un año en esa terrible desgracia.
La vida de Irenea transcurrió con normalidad hasta que el mes de septiembre fue cuando la niña se volvió a hacer notar, cuando al ver como el suero de la leche para elaboración de queso de su abuela se tiraba y arrastraba unas hormigas le hizo una terrible advertencia: “Me quede viendo las hormigas que se ahogaban, y siento que dentro de algunos días va a correr tanta agua en San Antonio y el Triunfo, que mucha gente va a morir.
La abuela tomo a la pequeña y en su mula fue advertir al sacerdote del pueblo, a pesar de que el cielo se mostraba despejado y tranquilo.
Como está registrado históricamente el 17 comenzó a soplar el fuerte viento, y para la mañana del 18 volaban techos de las casas, caían árboles y una terrible lluvia, la cual no solo afecto al triunfo y san Antonio, sino arraso totalmente Cabo San Lucas y produjo graves consecuencias en La Paz.
Tiempo después la abuela visito al doctor en compañía de su nieta, al terminar la consulta la señora prometió volver al día siguiente para continuar el tratamiento, pero la niña dijo delante del médico “No vas a poder volver nunca”. La abuela no dio importancia al hecho, y le dio las gracias al doctor y volvió al Arroyo Hondo, donde la señora se puso muy mala por la noche y falleció.

Pasaron varios meses, y un ranchero en estado de ebriedad volvía a la comunidad del Salto, la norte del arroyo Hondo, quien dice que de un enorme árbol le salto a la cara un enorme gato montés al cual dio muerte con su machete para posteriormente huir.
A la mañana siguiente al no encontrar en su cama a la niña salieron a buscarla, y la encontraron totalmente descuartizada, junto a un charco de sangre y un machete de cacha negra.
La pequeña fue enterrada y se levantó una capilla, la cual a pesar de tener más de 100 años está bien cuidada, mucha gente asegura que todavía se puede ver el fantasma de la niña jugando por esos lugares.
Los ranchos del Zacatón y Arroyo Hondo ya no existen, y los pueblos del triunfo y san Antonio se han visto disminuidos por la salida de sus habitantes en busca de mejores oportunidades a La Paz o los Cabos.
Pero aun así siendo un pueblo característico de nuestro estado, recibe visitantes para disfrutar de algunas historias, y comida tradicional.
La leyenda de la Saurina del Zacatón o la Niña vidente del triunfo, sin duda es parte muy importante del folklor y cultura de Baja California Sur, con esa mezcla mágica de eventos reales y algunos increíbles que recorren la voz de los habitantes a veces tocando la fantasía.

Esta versión de la muchas veces contada leyenda fue consultada en la publicación llamada “Nosotras” numero 13 noviembre de 1979, resguardada en el Archivo Histórico Pablo L. Martinez.

Compartida por: Gilberto Manuel Ortega Aviles

Una de esas leyendas del México antiguo que bastante tiene de horripilante: El origen de la Luna. Se refiere “al primer crimen, a la primera sangre del hombre bueno derramada sobre la tierra”, y un prosista mexicano, contemporáneo nuestro, Francisco A. Loayaza, comienza a relatar así: “Es el caer de la tarde, en los primitivos tiempos de los que, a duras penas, recuerda la memoria de los hombres.

En un sitio descampado del bosque, lejos de las chozas del poblado, los hermanos de Baipira le degüellan a machetazos, siendo el más pacífico y el más bueno de la tribu kachinawa.

Su cuerpo cae de espaladas. La cabeza desprendida rueda por el suelo, enrojeciéndolo con pequeños charcos de sangre. Y mira, fijamente, con los ojos desorbitados, a los fratricidas. Y llora. Y el viento le agita los cabellos, que le enjugan las postreras lágrimas.

En el rostro lívido de la cabeza degollada, las líneas simbólicas del tatuaje bicolor se animan y ondulan como ofidios, o se contraen, semejando garras moribundas.

Y tiemblan de pavor y de asombro los asesinos.

La cabeza degollada sonríe, entonces una sonrisa negra. Esa sonrisa temible de las tribus amazónicas, que acostumbran a teñirse los dientes con negros barnices.

Los matadores, rompiendo las malezas, cavan apresuradamente un hoyo. Arrojan adentro primeramente el cuerpo y después la cabeza de Baipira. Y echan encima tierra, mucha tierra, y troncos de árboles. Y luego tornan a sus cabañas, siguiendo la ruta del Sol que ya declina.

Pero…al volver la cara atrás, ven que brota de su entierro la cabeza de Baipira, y que, rodando de un lado para otro, sigue tras ellos.

Y se internan en el bosque. Y se arrojan al río nadando presurosos. Y al llegar a la otra orilla ven, aterrorizados, que allí también está la cabeza perseguidora con su sonrisa negra”.

Para abreviar me limitaré a decir ahora que cuando los asesinos, huyendo siempre aterrorizados de aquella cabeza que anda y habla, se refugian en las chozas de su tribu, reclamando a gritos el auxilio de todos sus habitantes, la cabeza parlante les dice: “¡Oh, kachinawas! Me han muerto injustamente. Me han degollado, envidiosos y cobardes. Y por eso he adquirido el poder de transformarme según mi voluntad. ¿Y en qué te transformaras? – irrumpe el más viejo y tatuado de la tribu.

Y responde la cabeza: “Si me transformo en pez, me pescarían para alimentarse; si en agua, me beberían para calmar la sed; si en el Sol, me aprovecharían para calentarse en las estaciones frías. Pero no será así. ¡Los fratricidas no merecen beneficios, sino terribles castigos!

¡Voy a transformarme en Luna…! ¡Ay de los kachinawas fratricidas! Por sus culpas las serpientes se multiplicarán; los ríos saldrán de cauce, y arrasarán  las sementeras; las maderas de las canoas se pudrirán; las semillas en los sembríos no germinarán. Y vendrá una plaga más fuerte y más terrible. La plaga de unos hombres blancos. ¡Ellos robarán vuestros hijos, violarán vuestras mujeres y os matarán sin misericordia!

Y diciendo esto, grita suplicante – Denme un rollo de hilo -. Y lo que ha pedido le alcanza una anciana. Luego la cabeza lanza un silbido. Y se oye como si una flecha emplumada atravesase el espacio. Aparece, batiendo las alas, el urubú, el ave divina. Y toma con el pico un extremo del hilo, del rollo que trajo la anciana, y vuela hacia el cielo desenrollándolo.

Después la cabeza de Baipira toma el otro extremo con los dientes y lo engulle poco a poco. La delgada cuerda sale por entre el cuello cercenado que aun gotea sangre.

Y así, entre el asombro de la tribu, la cabeza de Baipira va alzándose lentamente, engullendo la cuerda, rumbo hacia las nubes. Y más arriba, muy arriba, se transforma en la Luna. Sus ojos se desprenden y se convierten en dos estrellas. Y las gotas de sangre de su cuello se extienden y se esfuman en la inmensidad de los cielos hasta formar un arco iris”.

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

Las pinturas rupestres de Baja California Sur representan unos de los grandes misterios de la antropología, debido a su altura y tamaño.

Al llegar los Jesuitas a BCS, se encontraron a los indígenas nativos resguardándolas, y afirmando que habían sido hechas por unos gigantes que habían venido de muy lejos, e incluso como se relata en los mismos libros de Historia de Baja California Sur, llevaron a los Jesuitas a lugares donde existían esqueletos de seres humanos enormes, y aunque fue imposible su extracción, quedo registrado en los escritos de exploración de la época.

Una célebre escritora de BCS, plasmo una leyenda en uno de sus libros sobre los gigantes y su origen extraterrestre, basado en lo que las personas le platicaban y lo que había estudiado en libros de historia.
“Las pinturas rupestres” por Dominga G. Vda de Amao”

Las pinturas rupestres no fueron hechas por los nuestros que ni una choza sabían hacer y vivían semisalvajes; veamos lo que hemos encontrado como leyenda. Galaxias lejanas existían donde habitaban seres parecidos a los nuestros, uno de los más lejanos tenían un jefe llamado Mínaxes que ordenaba y supervisaba todo, ordenó que salieran a observar otras galaxias, poseían una tecnología tremenda, tenían armas pero no eran guerreros, éstas las usaban para defenderse en caso necesario, eran invencibles, dominantes, crueles y eran capaces. Estos hombres eran semejantes a nosotros, no eran blanco ni negros, más bien su piel era claro, su altura de más de tres metros y poseían una característica eran portonogenicos es decir ellos carecían de sexo y al ir envejeciendo, se iban cayendo hasta desintegrarse, surgiendo seres nuevos iguales, asi pasaban muchas generaciones, pero seguían sus exploraciones, una explosión de otra galaxia que se fue apagando poco a poco, daba la vuelta alrededor de una grande que permaneció encendida. Todo esto le informaron al jefe, que después de pasar algunos milenios volvieron a visitar y todo seguía girando y se había formado una nueva galaxia.
Cierta vez dos naves tripuladas, en una de ellas navegaban dos hombres llamados Tupeno y ZIrilulum y en la otra Guroderok y Nijaraja, un dia una de las naves al caer en una espesa niebla, fallaron sus motores y cayeron, incendiándose quedándose sin poder comunicarse con su planeta ya que todo quedo destruido, estaban en unas serranías y se dieron por observar, encontrando lugares llanos, hondonadas, desiertos y bellas serranías pobladas por hombres semi salvajes, que vivían de la pesca y la caza y además comían frutos silvestres, cosa que tuvieron que hacer por no tener otro medio para vivir.
Los indios nunca pudieron entender sus enseñanzas y se limitaron a observar, los forasteros comenzaron a recoger flores y ramas de que podían obtener diferentes colores, como el amarillo, rojo y azul, las cuales utilizaron para pintar en piedras más planas y altas en diferentes partes de la península.
Perecieron todos por peleas entre los grupos, el último al caer al mar lleno de tiburones y a pesar de luchar con ellos fue devorado, dejando así solo como recuerdo las pinturas rupestres.
“Manojo de Leyendas”
Aunque la leyenda anterior es más imaginativa y fantástica, nos deja con un agradable sentir, ya que en pueblo sudcaliforniano siempre mantiene en su memoria, y recuerdos la posibilidad de tener visitantes de otros mundos.

Autor: Dominga G. Vda de Amao

Compartida por: Gilberto Manuel Ortega Aviles

Es un escrito de este profesor que su hija Mélida nos dio a conocer. Es un relato acerca de las fuertes tormentas, y las misteriosas y temibles apariciones de los «fuegos de San Telmo», tanto en tierra firme como en alta mar. La coordenada espacial se da mar adentro del golfo de Cortez, frente al poblado «La Ribera», a 123 km al oriente de La Paz, Baja California Sur, (México) y la temporal en el año de 1940, donde los hermanos Macklís, a bordo del velero «Tintorera» fueron testigos de tales apariciones. Dice así:

El fuego de San Telmo es algo semejante a una pelota de beisbol, quizá un poco más grande, de extraordinaria luminosidad y de cambiantes colores que pasan a través de una serie de tonalidades; del amarillo al rojo, verde, azul, violáceo; es algo que recuerda a las esferas que arrojan los castillos pirotécnicos  tan comunes en nuestras fiestas populares. Este fenómeno se presenta en las noches de tormenta o cuando azotan ciclones tropicales en regiones como las costas del sur de Baja California.

El fuego de San Telmo se forma a veces en el interior de las casas, mientras se desarrolla la tormenta, y cuando esto sucede, los moradores armados de escobas y otros utensilios se apresuran a arrojar aquella bolita de luz que maldita la gracia que les hace, pues su presencia solo anuncia que ocurrirá alguna calamidad en el seno de la familia.

La esferita luminosa se desliza por los ángulos que forman el piso y la pared; la pared y los techos; los marcos de las puertas; y escobazos van y escobazos vienen, pero la lucecita se escurre como burlándose de sus perseguidores, hasta que al fin desaparece, para tranquilidad de  todos.

Escenas como la anterior ocurren cuando el fuego de San Telmo se presenta en tierra firme. Pero cuando sucede en el mar, esto es, en alguna embarcación, reviste caracteres de tragedia, pues si logra llegar al tope del palo mayor, la nave se hundirá sin remedio.

Y va de cuento…

Durante la Segunda Guerra Mundial, el hígado de tiburón alcanzó un elevado precio en el mercado, por  lo que a todo lo largo de las costas de la península de Baja California se establecieron campos de pescadores que se dedicaron a la captura del tiburón. De estos campos fueron famosos los que se encontraban entre Ensenada de Muertos y La Ribera, y entre La Ribera y Cabo Pulmo.

Era La Ribera el centro de operaciones de los compradores de hígado y fue precisamente de este lugar de donde los pescadores Guillermo, Gilberto y Juan Macklís salieron a tender sus cimbras una tarde del mes de octubre de 1940.

El cielo estaba limpio, con esa limpieza impecable que tienen los días de Sudcalifornia. “La Tintorera”, bote velero de seis metros de eslora,  hendía las olas con gracia marinera. La brisa soplaba mar afuera, y pronto desapareció en la línea del horizonte la costa de La Ribera.

Gilberto conducía el velero, mientras sus dos hermanos curri caneaban para sacar carnada para los tiburones. La suerte no favorecía aquella tarde a los hermanos Macklís, quienes de sobra conocían los sitios donde pican el jurel y la bonita, pero aquella tarde nada jalaba, por lo que decidieron cambiar el rumbo en busca de la preciosa carnada, en medio de la tarde, que parecía alargarse perezosamente.

Del sur comenzaron a levantarse nubes tenues como gasas, y fueron elevándose sobre el horizonte, tomando cuerpo, densidad, adoptando un color oscuro nada halagador.

Los muchachos seguían navegando tras la escurridiza carnada que no aparecía por ningún lado; pero, siempre optimistas,  buscaban, buscaban, buscaban…

A media tarde, la superficie del mar comenzó a rizarse lentamente, al mismo tiempo que principió a soplar una brisa del Noroeste. Decididamente, aquello no era bueno. Era necesario renunciar a tender las cimbras. El viento arreciaba, el cielo se había encapotado y el mar se encrespaba amenazadoramente.

Tratar de regresar a La Ribera era peligroso, pues tenían que hacerlo a remo, ya que pretender usar la vela sería una imprudencia, así es que tomaron la determinación de enfilar a Cabo Pulmo, que estaba más cercano y, de los peligros, el menor.

Junto con la noche, llegaron la lluvia y el viento. El oleaje se volvió más amenazador.

Ellos estaban acostumbrados al mar, lo conocían, sabían enfrentarlo y lucharían contra él como habían hecho desde siempre.

El chirriar de los canaletes en la borda de la “Tintorera” gritaba el esfuerzo que desarrollaban los pescadores para lograr que el bote avanzara a pesar de todas las dificultades.

Seguía cayendo la lluvia, que el viento tendía en diagonales que se estrellaban en la agitada superficie del mar; la noche avanzaba y  los hermanos luchaban contra todo, impulsados por el instinto supremo de la supervivencia.

Los marineros sienten la costa. Hay en ellos un sentido extra que se las señala, y seguro estaba ahí, ya muy cerca… un poco más de esfuerzo y todo terminaría bien.

Un relámpago enorme iluminó las tinieblas, pero pronto volvió a reinar la oscuridad, aunque solo brevemente, porque sobre la borda de la “Tintorera” comenzó a correr vertiginosamente un fuego de San Telmo. Fue allí donde comenzó el  combate entre el hombre y aquella cosa casi inexistente, contra aquella superstición.

Uno de los hermanos se dedicó a tratar de arrojar la luz de la embarcación, mientras los otros luchaban desesperadamente por conservarla a flote. La pelea era desigual. La esferita luminosa se escurría como un ser inteligente, evadiendo los golpes del remo, y pasaba de la proa a la popa, deslizándose por la borda sin que cesara la persecución, hasta que finalmente dio un salto y fue a colocarse a medio mástil.

En un máximo esfuerzo, el rudo pescador levantó el remo, lo agitó en el aire y descargó un golpe tremendo sobre el mástil, y un segundo y un tercero, y otro… y otro… hasta casi quedar extenuado, en un afán supremo para evitar que el fuego de San Telmo continuara su ascenso fatal.

Cuánto tiempo había transcurrido desde el atardecer hasta aquel momento de la noche,  no había oportunidad para pensarlo. Ahí estaban el mar y aquella presencia que amenazaba hundirlos.

La cercanía de la costa se anunciaba con un tremendo latigazo producido por las olas que se rompían en el acantilado, cercanía que era a un tiempo esperanza y amenaza, porque de seguro se estrellarían en las  rocas con resultados funestos

No había voces humanas, solo se escuchaban el ulular del viento y el reventar de la marejada, cuando una enorme ola levantó sobre su cresta a la “Tintorera” y la impulsó fuera de todo control, quién sabe hacia dónde. Arriba, ya casi en el tope del mástil, giraba el fuego de San Telmo en despiadada ironía.

Un rodar sobre la arena, ruidos, tumbos, y de pronto casi todo volvió a la quietud. La “Tintorera” quedó más allá de la línea de la marea alta, como si la hubiesen varado después de un regreso normal a la playa y allá, en el tope del mástil, con iridiscentes luces, el fuego de San Telmo giraba como un rehilete.

En La Ribera, todo era consternación y angustia. El pueblo pensaba que había ocurrido lo peor a aquellos jóvenes pescadores. Con la primera claridad de la mañana se veían hombres, mujeres y niños en toda la línea de la playa buscando inútilmente en los montones de arena y oteando ansiosos el horizonte. Todo en vano.

Como a las diez, una mujer lanzó un grito que debió escucharse hasta muy lejos: “¡Miren allá, allá!”, decía, mientras señalaba un punto. La gente la rodeó y fijó su mirada hacia el lugar que indicaba.

Horas después, risas, llantos, gritos, saludos, abrazos, recibían a los hermanos Macklís, que ahí estaban de nuevo, para seguir pescando tiburones. Cuando marchaban a la casa de don Epigmenio seguidos por el grupo de vecinos, me uní a ellos para participar de la emoción que producía aquel retorno. Un viejo pescador caminó a mi lado, mientras me decía sentencioso y grave: “mira, muchacho, si el fuego de San Telmo llega a plantarse a la punta del mástil, ellos  no estuvieran aquí, se hubieran hundido con la ‘Tintorera’. Pero son pescadores. De los Macklís. De La Ribera…”.

 

BIBLIOGRAFÍA

Ojeda Meza, Felipe. Relatos de  Niñez y Adolescencia en Baja California Sur, La Paz, B.C.S. (México).

Presentado por Sergio Ávila R.

Leyenda sudcaliforniana

Hace muchos cientos de años, antes de que las naves españolas surcaran la quietud de la bahía de La Paz, vino al mundo una princesa llamada Huamai, hija de la reina Mayibel y del chamán guaycura. Desde su niñez, Huamai corría alborozada por los cerros que circundan el valle de La Paz. Se divertía cortando flores de pitahayas a la vera de los bosques. A la muerte de la reina Mayibel, la bella Huamai fue proclamada reina guaycura. Aun cuando contó con el enorme vasallaje de su tribu, fue odiada por los grupos rivales. La joven reina hubo de enfrentar sus ejércitos contra los aripas, comandados éstos por el gran caudillo Atupa, quien soñaba con reinar en la región.

Después de varios intentos fallidos, Atupa se declaró vencido y se refugió con sus tropas en la isla Espíritu Santo. Desde ahí planeó cómo conquistar el corazón de la reina Huamai. Decidido a lograrlo, en varias ocasiones envió emisarios portando cestos de ricas pedrerías y valiosos amuletos. Ella rechazó los regalos. Herido por el desprecio, Atupa juró vengarse, por lo que asentó su campamento sobre la costa, de donde salió una noche en que la reina contemplaba el paso de la luna desde lo alto del cerro, con la intención de ultrajarla por la fuerza y consumar así su venganza, al mismo tiempo que satisfacía sus deseos amorosos. Huamai, al ser acorralada y hecha prisionera por los soldados de Atupa, prefirió sacrificarse antes que entregarse al enamorado caudillo.

La reina sacó de sus vestimentas reales un pedernal de piedra roja que clavó en su corazón. Luego se lanzó al vacío. Una planta de pitahaya, a la que Huamai solía acudir en busca de bellas flores, alargó sus brazos y la atrapó evitando que cayera al precipicio. Así fue que ella quedó para siempre suspendida a la mitad del cerro, viendo hacia el paso majestuoso de la luna. Los vasallos guaycuras, al reconocer el valor desmedido de su reina, acudieron en romería a depositar toda suerte de 24 ofrendas en el lugar donde se dibujó la calavera de la heroína. A su llegada, los españoles encontraron en las cuevas del cerro de La Calavera un enorme número de restos de los cestos de palma que habían contenido las ricas pedrerías que los guaycuras ofrendaron a su reina, y que ahora estaban regadas por doquier.

Relatos posteriores a la venida de Cortés aseguran la existencia de un buen número de tesoros que los españoles, en su precipitada huida, enterraron con el fin de recuperarlos después. Aún son buscados dichos tesoros por aventureros que dan por cierto los fantásticos relatos. Quien transite desde La Paz hacia las playas que están al sureste de la ciudad verá la figura estática de la calavera de Huamai, que observa el paso de la luna mientras amorosa protege la existencia de los habitantes de la ciudad de La Paz.-

 

Bibliografía:

Reyes Silva, Leonardo. (2011). Mitos y Leyendas.

La Paz, Baja California Sur, México.

Enviada por: Sergio Avila

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Fue al caer de la tarde, en los primeros tiempos de los que, a duras penas, recuerda la memoria de los hom­bres.

En un sitio descampado del bosque, lejos de las chozas del poblado, los hermanos de Baipira le degollaron a machetazos, a pesar de ser el más bueno y el más pacífico de la tribu mejicana de los kachinawas.
Su cuerpo cayó de espaldas. La cabeza desprendida rodó por el suelo, enrojeciéndolo con pequeños charcos de sangre. Y miraba, fijamente, con los ojos desorbitados, a los fratricidas. Y lloraba. Y el viento le agitaba los cabellos, que le enjugaban las postreras lágrimas.
En el rostro lívido de la cabeza degollada, las líneas simbólicas del tatuaje bicolor se animaban y ondulaban como ofidios, o se contraían, semejando garras mori­bundas. Y luego la cabeza exclamó:

— ¡Ay de mis hermanos kachinawas!

Y temblaban de pavor y de asombro los asesinos.

La cabeza degollada sonrió, entonces, con una sonri­sa negra. Esa sonrisa terrible de las tribus amazónicas, que acostumbran teñirse los dientes con negros barnices.

Los asesinos, rompiendo las malezas, cavaron apre­suradamente un hoyo y arrojaron primeramente el cuer­po y después la cabeza de Baipira. Y echaron encima tierra, mucha tierra y troncos de árboles. Y luego re­gresaron a sus cabañas, siguiendo la ruta del Sol, que ya declinaba.

Pero… al volver la cara atrás, vieron que brotaba de su entierro la cabeza de Baipira, y que, rodando de un lado para otro, seguía tras ellos.

Corriendo, se internaron en el bosque y se arrojaron al río, nadando presurosos. Y al llegar a la otra orilla vieron, atemorizados, que allí también estaba la cabeza perseguidora con su sonrisa negra.

Los asesinos, huyendo siempre aterrados de aquella cabeza que les seguía y hablaba, se refugiaron en las chozas de su tribu, reclamando a gritos el auxilio de todos sus habitantes, pero la cabeza parlante les dijo:

  • ¡0h, kachinawas! Me habéis matado injustamente. Me habéis degollado, envidiosos y cobardes. Y por eso he adquirido el poder de transformarme según mi vo­

— ¿Y en qué te transformarás? —le interrumpió el más viejo y tatuado de la tribu.

Y respondió la cabeza:

  • Si me transformo en pez, me pescarían para ali­mentarse; si en agua, me beberían para calmar la sed; si en madera, les serviría para encender el fuego; si en el Sol, me aprovecharían para calentarse en las estacio­nes frías. Pero no será así. ¡Los fratricidas no merecen beneficios, sino terribles castigos!

La cabeza hizo una pausa, miró fijamente a todos los reunidos y prosiguió con voz lúgubre:

—Voy a transformarme en luna… ¡Ah de los kachi­nawas fratricidas! Por su culpa las serpientes se multi­plicaran; los ríos saldrán del cauce, y arrasaran las se­menteras; las maderas de las canoas se pudrirán; las semillas en los sembrados no germinaran. Y vendrá una plaga más fuerte y más terrible. La plaga de unos hom­bres blancos. ¡Ellos robaran vuestros hijos, violaran vuestras mujeres y os matarán sin misericordia!

Y diciendo esto, gritó suplicante:

—Dadme un rollo de hilo.

Una anciana le alcanzó lo que pedía. Entonces la ca­beza dio un silbido y se oyó como si una flecha em­plumada atravesara el espacio. Inmediatamente apa­reció, batiendo alas, el uribú (especie de buitre ameri­cano), el ave divina. Y tomando con el pico un extremo del hilo, del rollo que trajo la anciana, voló hacia el cie­lo, desenrollándolo.

Después, la cabeza de Baipira tomó el otro extremo con los dientes y lo engulló poco a poco. La delgada cuerda no tardó en salir por entre el cuello cercenado que aún goteaba sangre.

Y así, entre el asombro de la tribu, la cabeza de Bai­pira fue alzándose lentamente, engullendo la cuerda, rumbo hacia las nubes. Hasta que arriba, muy arriba, se transformó en la Luna. Sus ojos se desprendieron para convertirse luego en estrellas.

Y las gotas de sangre de su cuello se extendieron y se esfumaron en la inmensidad de los cielos hasta formar el arco iris.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles, había en México un reino floreciente y poderoso: el de los zapotecas.

Los guerreros zapotecas, belicosos y disciplinados, habían obtenido numerosas victorias sobre sus reinos vecinos, y ello había fortalecido su poder, hasta el punto de que en muchas leguas a la redonda su imperio era por todos temido y respetado.

El rey de aquel poderosísimo reino tenía un hijo hermoso y fuerte, que era además muy diestro en la caza y en el manejo de todas las armas.

Un día, varios palaciegos, unidos a un regimiento de soldados, tramaron un levantamiento contra el monar­ca. Pero la confabulación llego a oídos del príncipe, quien decidió inmediatamente poner remedio a tal insurrección de un modo implacable.

Para ello espió la marcha del movimiento subversivo, y cuando los jefes traidores menos lo esperaban, el príncipe y sus servidores les atacaron con sus espadas en alto, y tras una brevísima y desesperada resistencia, exterminaron sin piedad a los confabulados

A partir de este día, el príncipe se convirtió en el verdadero caudillo del reino zapoteca, siendo designado por el rey, ya muy anciano, como heredero del trono.

Como es natural, todas las doncellas del país suspi­raban por el aguerrido y apuesto príncipe. Desde la más humilde muchacha hasta la más alta princesa, to­das las mujeres estaban enamoradas de él. Pero el príncipe no hacía caso de ninguna seducción y se mostraba inconmovible ante cualquier mujer, por hermosa y atrac­tiva que fuese.

Y ocurrió un día que en el celestial reino de las es­trellas —hasta donde había llegado también la fama del príncipe—, la más linda de aquellas criaturas se ena­moró de tal modo del heredero zapoteca, que decidió bajar a la tierra para conocerlo personalmente.

La hermosa estrella esperó una ocasión en que nadie la vigilaba. Y cuando sus hermanas estaban dormidas, tomó la forma humana de una bellísima doncella y descendió a la Tierra, en territorio mejicano.

Cierto día cabalgaba el príncipe de regreso de una cacería cuando se encontró en el camino con una bella muchacha vestida de campesina. El joven, sorprendido y admirado por su hermosura, detuvo el corcel, y des­cendiendo de él le preguntó:

  • ¿Cómo os llamáis?

—Oyomal —respondió la joven.

Y tras breves momentos de charla, el príncipe regre­so a su palacio. Pero al día siguiente volvió a cazar y de nuevo se halló con la preciosa muchacha.

Aquellos encuentros se produjeron varias veces. Al fin, como era de esperar, los dos jóvenes quedaron pren­didos en las redes del amor.

Una mañana, el príncipe propuso a Oyomal: — ¿Quieres ser mi esposa?

Y como no dudara la joven ni un momento en acep­tarle, la tomó en sus brazos, y montándola sobre la grupa de su caballo, la llevó a palacio. Seguidamente la presentó a su anciano padre el rey, y a los ministros y consejeros, al tiempo que les anunciaba:

—Quiero casarme con ella.

El monarca, admirado de la extraordinaria belleza de la muchacha, no opuso ningún reparo a los deseos de su hijo, y la fecha de la boda quedó señalada para una semana más tarde.

Mientras tanto, en el reino de las estrellas, la consternación por la misteriosa ausencia de la más hermosa de ellas, era grande. Se hacían cábalas sobre su desaparición, y al fin se decidió que alguien bajase a la Tie­rra para averiguar su paradero.

En el cielo no tardó en saberse la noticia de la próxima boda entre la joven estrella y el príncipe. Ante la gravedad de la situación, se reunieron todas las estre­llas, presididas, excepcionalmente, por el dios Sol, quien, tras conocer los hechos, pronunció esta sentencia:

—Para evitar la boda de la estrella con ese mortal, debe advertírsele que si se une con el príncipe, quedara convertida en una flor para el resto de sus días. Si se casa, nada podrá salvarla de este destino.

En la noche de vísperas de sus bodas, cuando la hermosa Oyomal estaba ya acostada en su lujoso lecho, por el ventanal de la habitación penetró una suave brisa, se hizo un resplandor, y se le apareció una de sus her­manas, en forma de espíritu. Y, ante el asombro de la novia, le notificó la suprema decisión del padre Sol.

—Puedes casarte con el príncipe —le dijo—; pero serás su esposa solo por un día y una noche. Luego te convertirás para siempre en una flor.

Al desaparecer su compañera, Oyomal quedo sumida en la inquietud y la duda. Sin duda era grande el temor de la estrella hacia el dios Sol, pero el amor por el príncipe era más intenso aún, y la ilusión por el feliz instante de la boda, la dominaba por completo.

—Quizá el padre Sol solo haya querido amedrentar­me —se dijo—. Sea lo que fuere, me casare con mi que­rido príncipe.

La boda se celebró con gran esplendor. De todos los países circundantes acudieron al reino zapoteca para presenciar los festejos nupciales.

Oyomal estaba bellísima con sus ropas de novia. Y a su lado, el príncipe, ataviado con su traje guerrero, mostraba su gallardía y apostura. Eran una pareja ad­mirable.

Parecía que todo se desarrollaba felizmente. Pero a la mañana siguiente de la boda, cuando el príncipe des­pertó de su sumo, descubrió con sorpresa que su espo­sa Oyomal había desaparecido. Y fue inútil su búsqueda, ya que nadie logro encontrar a la joven princesa.

El príncipe no hacía más que llorar amargamente la ausencia de Oyomal. En uno de estos momentos de consternación, se le apareció un espíritu celestial que le revelo el verdadero origen de su esposa, y todo lo sucedido.

—Oyomal —le dijo el espíritu— reposa ahora en las aguas del lago Oaxaca, junto al palacio, convertida en una hermosa flor de color rosáceo y de tallo delicado y suave.

Tan terrible revelación desesperó de tal modo al príncipe, que su dolor conmovió al espíritu celeste. El joven heredero hincó sus rodillas en el suelo a los pies de la aparición y le rogó: …..Úneme a mi amada, aunque para ello tenga qua convertirme también en flor.

—Te prometo consultar con el dios Sol tu deseo —dijo el espíritu.

Y tras desaparecer, el príncipe quedó sumido en la inquietud, pero igualmente en la esperanza de volverse a unir a su amada Oyomal.

¿Qué pasó? Nadie lo sabe. El hecho es que a la mañana siguiente los criados del príncipe no encontraron rastros del heredero en la habitación. Y por más que se le buscó por todas partes, nadie consiguió encon­trarle.

Pero alguien notó que en el lago Oaxaca había apa­recido una nueva flor de color rojo y tallo esbelto. Y estaba junto a otra rosa delicada, la cual ahora tenga abiertos sus sedosos y húmedos pétalos.

El padre Sol había accedido a los deseos del enamorado príncipe.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

Los dioses que viven sobre las nubes tienen muchas cosas que hacer. Se ocupan de mandar lluvia a la tie­rra cuando concierne, para que crezcan las cosechas, administran los vientos y, cuando hacen algún descubrimiento, se lo enseñan a los hombres. Los dioses han enseñado al pueblo mexicano a tejer sus trajes, a cons­truir carreteras y otras muchas cosas más.

Cuando no tienen nada que hacer, los dioses juegan a la pelota sobre las nubes, o se tumban para fumar su pipa.

Hace muchos años, un dios de los más jóvenes se aburrió de hacer lo de costumbre. Andaba triste y me­ditabundo. Al preguntarle uno de los dioses por, que estaba tan aburrido, contestó que era porque deseaba tener un hijito.

Un buen día bajo a la tierra y empezó a vagar por ella. Nadie sabía que era un dios, porque su aspecto era el corriente de un hombre vulgar. En sus correrías llego a un arroyo, y allí conoció a una muchacha muy bella que iba a llenar su cántaro de agua. Pronto se enamo­raron uno de otro y tuvieron un hijo. El dios se sintió muy feliz con su pequeño, y su querida esposa; pero tuvo que abandonarlos porque tenía mucho que hacer en el cielo: debía ayudar a regular las lluvias y vientos, pues si no, se hubieran secado las cosechas y su familia hubiera muerto de hambre.

Se despidió con mucho cariño de ellos y desapareció inmediatamente. La joven vio que en el lugar donde se habían despedido, sobre el suelo, había una hermosísima piedra verde. Cogiéndola, la agujereó y se la colgó al niño del cuello,

Entonces, al hallarse sola, decidió volver a casa de sus padres. Estos la recibieron muy mal. Querían matar al niño, pues decían que un niño sin padre debe morir. Entonces la muchacha huyó de su casa; vago por el campo, y al anochecer decidió dejar al niño sobre una frondosa planta y volvió a su casa llorando.

Al día siguiente corrió a ver a su pequeño y lo encontró rodeado de carnosas hojas que la planta había cur­vado sobre él para que no le molestase el sol. Dormía profundamente y goteaba sobre su boquita un líquido lechoso, dulce y caliente, que manaba de las hojas.

La madre pasó el día con él muy feliz; pero al anochecer hubo de dejarlo de nuevo en el campo, pues sus padres deseaban perderlo. Aquella noche lo dejo sobre un hormiguero.

A la mañana siguiente lo encontró cubierto de pétalos de rosa, sonriente y tranquilo. Unas hormigas le llevaban los pétalos, mientras otras traían miel, que depositaban cuidadosamente en los labios del niño. La doncella tenía mucho miedo de que sus padres descu­brieran el paradero del niño, y por esto decidió meterlo en una cajita y echarlo al río.

Así lo hizo, y pronto desapareció la caja, empujada por la corriente. Junto a la orilla del río vivían unos pescadores que deseaban tener un hijo. Cuando el pescador encontró la caja en el río y vio que tenía dentro un precioso niño, se lo llevó a su mujer. Ésta, loca de alegría, le hizo zapatos y trajes para abrigarlo.

-¿Cómo le llamaremos? -preguntó la mujer.

Tiene una piedra verde colgada de su cuello; como esta piedra solo se encuentra en las montañas, le llamaremos Tepozton (el Niño de la Montana) -dijo el pescador.

El niño crecío y fue muy feliz con sus padres adoptivos. Cuando tuvo siete años el pescador hizo un arco y unas flechas para que se entretuviera cazando.

Todos los días venía a casa cargado de animales. Unas veces eran codornices; otras, ardillas. Pero siempre traía algo para la cena.

-¿Qué haces todos los días por el bosque? -le pregunto la mujer del pescador.

Tengo muchas cosas que hacer -le contestaba el muchacho.

Pero ella sospechaba que el chico debía tener algún poder mágico y que no era un niño corriente. Tenía una puntería tan certera, que no le fallaba ninguna flecha que disparaba y esto era extraño en los niños de su edad. Cuando se le hablo del gigante devorador, nunca demostró miedo. En México existía un monstruo que todas las primaveras devoraba una vida humana. Cada año escogía una ciudad y en ella se echaba a suerte. El pueblo había hecho un trato con el gigante si se le daba todos los años una vida humana, y el no mataría a nadie en mil leguas a la redonda.

Cuando Tepozton tenía nueve años, le toco al pesca­dor alimentar al gigante, y decidió ser el mismo la víctima. Se despidió de su mujer e hijo y se entregó a los soldados para que le llevasen al palacio del dragón.

Tepozton suplicó al pescador que le dejara ir en su lugar. A él no, le ocurriría nada y quizá conseguiría dar muerte al dragón. Al fin, el pescador consintió.

Tepozton hizo fuego en un rincón del patio y dijo a los pescadores:

-Vigilad el fuego. Si el humo es blanco, estaré sin peli­gro; si se vuelve gris, me hallare a punto de morir, y si sale negro, habré muerto.

Besó a sus padres adoptivos y se fue con los solda­dos. Mientras caminaban, Tepozton recogía piedreci­llas de cristal y las iba poniendo en sus bolsillos. Estas piedras salían del volcán; eran negruzcas y tenían un brillo extraño. Las gentes solían hacer con ellas collares y pulseras.

Tepozton llenó de estas piedras todos sus bolsillos. Luego que llegaron al palacio del gigante, presentaron al niño. El monstruo se encolerizó porque le pareció un insignificante bocado. Como tenía mucha hambre, preparó una olla con agua hirviendo para guisarlo en seguida, y cogiendo a Tepozton por un brazo, lo metió en ella para que se cociera. Mientras tanto, se dispuso a poner la mesa.

Cuando lo hubo preparado todo, levantó la tapa de la olla para ver como iba su cena, y cual sería su asombro al ver que había, en vez de un niño, un gran tigre. Este abrió la boca y dio tal rugido, que el gigante, horrorizado, se apresuró a poner la tapadera de nuevo. Decidió esperar un poco más.

Como estaba muy hambriento, cuidadosamente vol­vió a levantar la tapadera de la olla; pero en seguida la volvió a cerrar, porque esta vez encontró, en vez de un tigre, una serpiente.

Como el hambre le acuciaba, decidió comerse la ser­piente; pero al levantar la tapadera se encontró con que esta había desaparecido y en su lugar estaba el mucha­cho, completamente crudo y riéndose de él. Furioso, lo agarró por los pantalones y se lo metió en la boca. En­tonces el humo del fuego de la casa de los pescadores se volvió gris oscuro. Estos, aterrorizados, se echaron a llorar.

Pero Tepozton se escurrió hacia la garganta del dragón antes de ser masticado. Una vez en ella, se dejó caer a su enorme estómago. Cuando hubo llegado a aquella gran caverna, sacó las piedras cristalinas de su bolsillo y comenzó a perforarla, logrando abrir un gran agujero en el estómago del gigante.

Mientras tanto, éste, destrozado por aquel extraordi­nario dolor, mandó llamar a un médico.

-¡Este muchacho me ha envenenado! -gritaba, martirizado por aquellos dolores.

Tepozton cortaba y cortaba, y el agujero era tan grande, que ya empezaba a filtrarse la luz del exterior. Logro hacer tan grande la cavidad, que el dragón murió. Entonces el saltó alegremente fuera por el agujero que había hecho.

El humo del fuego de la casa de los pescadores se volvió completamente blanco, el pescador y su esposa lloraron de alegría.

Después de esto, el pueblo agradecido por la muerte del gigante, a Tepozton lo nombró rey.

Vivió en el palacio del coloso y enseñó a su pueblo muchas cosas útiles. Cuando tenla tiempo, jugaba a la pelota con su padre, el más joven de los dioses, sobre las nubes. Otras veces marchaba por su reino, como un hombre cualquiera, para ayudar a las gentes.

Algunos dicen que ahora vive con su padre en el cielo; sin embargo, otros aseguran que sigue en la tierra ayudando a los hombres, pero que no se le reconoce, porque parece un hombre vulgar y corriente.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

Desde la llegada de Quetzalcóatl, los bárbaros se habían convertido en toltecas, hombres cultos y civilizados, y unidos habían levantado la gran Tula. Él les había enseñado las ciencias más difíciles y también les dio conocimientos grandiosos, además de convertirlos en esplendidos artistas. Y aunque nunca nadie había sabido de donde procedía, algunos decían que de más allá del mar o de más allá del cielo, desde la primera vez, al verlo tan sereno, de mirada límpida y clara, de palabra fluida y sabiduría inmensa, su frente amplia y su barba rizada de oros: lo amaban, lo respetaban, atendían sus consejos. Era su guía.

Quetzalcóatl simbolizaba para todos ellos la INTELI­GENCIA, la capacidad creadora benéfica del ser huma­no, por que él, en su plenitud de bondad, no era como ellos habían sido, meros animales, simples serpientes que se arrastraban por los suelos únicamente en pos de alimento y placer. Quetzalcóatl poseía la orla de la elevación sobre la bestialidad. Lo adornaba el plumaje de la altura cósmica. Era una SERPIENTE EMPLUMADA: Era el vencedor de su naturaleza instintiva, esclavitud animal, engrandecido por su sabiduría creadora. Era el que conservaba incorrupta su mente y habla utilizado su cuerpo para vitalizar su magnitud espiritual.

Y Quetzalcóatl dictó para el pueblo que lo amaba leyes sabias y justas, como su propia vida. Y nunca impuso su autoridad ni exigía devoción ni gratitud. El amor por la humanidad desgranaba en sus vocablos dirigidos a todos los vientos y que los ecos repetían a todos los hombres. Y a cada instante crecía la admiración por quien entregaba lo mejor de sí, sin esperar más allá que el beneficio transcendiera su pequeñez animal para convertirse en un tolteca pleno.

Y los niños y los jóvenes querían ser como Quetzalcóatl, serpientes emplumadas, hombres que ascendieran de sus instintos a la categoría de seres creadores, HUMANOS.

Pero sucedió que un día, cuando el filósofo comenzaba a llegar a la vejez, procedentes de tierras lejanas, unos envidiosos hechiceros que habían escuchado hablar de su grandeza, se aproximaron hasta él, para burlarlo. Y Quetzalcóatl los recibió en su casa de la meditación creyendo que se acercaban en verdad por conocer los secretos de la sabiduría. Su bondad no sospechaba la maldad de algunos.

Como presente le obsequiaron un brebaje, que según decían ellos, le devolvería la juventud y lo conservaría vivo durante mucho tiempo más para hacer mayor beneficio a los suyos. Quetzalcóatl, inocente de vilezas, bebió un poco de aquel jugo blanco de maguey. De inmediato se dio cuenta que eso podría embriagarlo y no quiso beber más. Pero los hechiceros insistían:

-Con esto recuperarás el vigor perdido y se irán los dolores del cuerpo. ¡Bebe!, ¡bebe! ¿O nos vas a despreciar?

Quetzalcóatl; que hacía fuerza de voluntad para rechazar la invitación, vaciló y bebió nuevamente. Con esto bastó para sentirse arrastrado en un extraño torbe­llino de placeres. Era como si cayera a la tierra y cual serpiente, se enredara en sus sentidos y un huracán de labios, de cuerpos, de miradas, de caricias, devorara de voluptuosidad.

Cuando abrió los ojos, luego de haber permanecido quien sabe cuánto tiempo inconsciente, vio muy tristes a todos aquellos que lo amaban. Había sido humillado y escarnecido en la borrachera por los hechiceros. Había caído como jovenzuelo inexperto ante aquellos falaces, y se avergonzó. Quetzalcóatl sintió derrumbarse y decidió irse de Tula. Todos sufrían, muchos lloraban. No querían que se fuera. Algunos decidieron seguirlo. Había tornado el camino que conduce al mar. Y hasta allí, pocos lo alcanzaron.

-¡Quetzalcóatl! ¿Por qué abandonas a tu pueblo?

-Voy a donde abunda la tierra de colores, a Tlapalan, a donde me llama el sol.

-¡Déjanos un poco más, tan siquiera, de tu sabiduría para emplumarnos y poder elevarnos como tú!

Y Quetzalcóatl contesto al mismo tiempo que llegaba a la orilla del mar y subía a una balsa formada de culebras emplumadas.

-He aquí como llegar a la sabiduría.

Y Quetzalcóatl, al borde del luminoso océano, tomó sus aderezos y se los fue revistiendo: su atavío de plumas de quetzal, su máscara de turquesas, y cuando es­tuvo aderezado, se prendió fuego y se convirtió en un esplendor infinito. Y es fama que cuando ardía, cuando iban a alzarse sus cenizas, vinieron a contemplarlo to­das las aves preciosas de bello plumaje que conocen el cielo: la roja guacamaya, el azulejo, el tordo fino, el res­plandeciente pájaro blanco, los Toros verdes relámpago y los guacamayos de arco iris.

Cuando ya no ardían sus cenizas, el corazón de Quetzalcóatl, transformado en azules luces inmensas, se instaló en el universo.

Quetzalcóatl, el que reina en la aurora, desde enton­ces le llaman, aunque hoy, muchos le digan Venus.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

(Versión de R. de Zayas Enríquez)

Popocatépetl, el hombre casto y adorador de lo bello, había perdido su tranquilidad; ya no quedaba en éxtasis ante el cielo estrellado en las noches apacibles del invierno, ni su dulce y melancólica voz se oía en las selvas, alternando con el canto de los cenzontles, ni su fuerte macana hacía estragos en las huestes enemigas, pues la mano que la manejara estaba ocupada en contener los latidos acelerados del corazón.

Popocatépetl vivía triste en su florida chinampa, sin salir de ella. Lloraba continuamente y oraba para que Tezcatlipoca, el dios del Cielo, volviera ante sus ojos la imagen de una mujer divinaque había visto un instante tan corto como el que tarda una estrella candente en atravesar el espacio.

Era una tarde del tiempo en que los vientos del norte tuestan las frondas y después las arrancan de las ramas, llevándolas quien sabe dónde.

Un cortejo estorbó el paso del hombre casto, formado por los ancianos sacerdotes vestidos con mantos negros, adornados en los hombros de figuras horrorosas de fuertes colores: largas cabelleras hirsutas coronaban sus estrechas frentes, y con las manos tintas en sangre ofrecían flores a Iztaccíhuatl, la mujer blanca, la mujer pura, la inmaculada, venida de un país muy lejano.

La virgen era más blanca que las nieves, su turgente seno levantaba la tela que lo cubría; su cabellera, al caer sobre la espalda parecía una catarata de tinieblas, estrellándose en una roca de alabastro; sus ojos despedían destellos de luz que inspiraban adoración; las líneas de su rostro y las formas de su cuerpo, como el color de su cutis y de sus cabellos, eran diferentes a todos los de las otras mujeres. Al andar parecía una visión que se deslizaba por la hierba, sin producir ruido alguno.

Quedó Popocatépetl enamorado de Iztaccíhuatl; fue entonces cuando se sintió nacer en su corazón esa fiebre que mata de goce y de dolor alternativos, llamada amor.

Pero ese amor tenía que permanecer encerrado en el corazón y no salir de él jamás, pues, Iztaccíhuatl era la diosa de la pureza, y aquel que pusiese los ojos en ella debía ser castigado por los sacerdotes con la perdida de la vida y su cabeza serviría de alimento a las fieras.

Esto lo sabía Popocatépetl y por eso se retiró a su chinampa, para morir víctima de su amor en el silencio y el olvido.

Pasaban los días y el hombre casto no salía de su retiro, donde era torturado por la pasión.

A veces el sueño se apoderaba de él y cuando empezaba a reponerse en el descanso, despertaba sobresaltado, creyendo tener junto a sí el cuerpo de la amada ideal.

La fiebre iba consumiendo sus carnes musculosas de guerrero: de nada le servían las medicinas que sus sirvientes le suministraban, ni los cariñosos consuelos de su amorosa madre.

Una noche la reina de plata -la luna- custodiada por sus siervos de oro, iluminaba el valle.

La chinampa, sembrada de rojas amapolas y olorosos ixquixóchitls, albergaba al hombre casto, a Popocatépetl, que, sentado en una piedra, imploraba al cielo pidiéndole remedio a su mal.

De pronto oscureció el firmamento una bandada de tecolotes, las aves del mal agüero, que predicen muerte. Describieron los pájaros agoreros varios círculos en el espacio y después se perdieron entre las negras nubes que se iban extendiendo en el firmamento.

Eran enviadas por Huitzilopochtli, -el dios de la guerra y del exterminio-, castigar el femenil dolor del guerrero apasionado.

Popocatépetl se sentía enfermo; esas aves le habían predicho desgracia inminente. Cayó desmayado sobre las rojas amapolas y los olorosos ixquixóchitls.

El roció hizo volver a la vida al hombre casto y apoco, lo sacó de sus meditaciones un canto lúgubre que se acercaba cada vez más.

Luego apareció una chalupa cortando las aguas del lago, seguida de otras pequeñas.

En la grande iban los sacerdotes enlutados y postrados de hinojos ante el cuerpo de una mujer blanca, que reposaba en un lecho de yoloxóchitl y otras flores aromáticas, en las que parecía irradiar la divinidad de Coatlicue, la diosa de las flores.

Popocatépetl se puso en pie, impulsado por el presentimiento, para ver a la que entraba en la región de descanso; un frío sudor baño su frente y para sus ojos la noche se quedó sin estrellas… ¡Iztaccíhuatl era la muerta!…

Después se oía el lejano canto de los sacerdotes, diciendo:

«Murió Iztaccíhuatl, la virgen blanca y pura, no mancharon sus carnes besos infernales.

«Dioses, recibidla en vuestros senos y sentadla en el trono divino, pues va a vosotros limpia de toda impureza.

«Ella nos enseñó a amar el bien y a enaltecer la castidad.

«Dioses, tened en vuestra gracia a la mujer más pura, a la Virgen Blanca….».

Y el canto se apagaba a medida que el cortejo se iba alejando. Popocatépetl sintió desgarrado el corazón, como si serpiente enroscada en él le mordiera.

De pronto se lanzó al lago y nadó, nadó mucho y Tláloc, el dios del agua, compadecido de tanto dolor, acortó la distancia y Popocatépetl llegó en seguida a la cúspide del monte en que depositaban el cuerpo de la Virgen Blanca.

El hombre casto quedo en pie, con los Brazos cruzados junto al cuerpo de Iztaccíhuatl. Y después que el fúnebre cortejo se retiró, Popocatépetl se lanzó hacia el cuerpo anhelado y lo beso infinitamente, con frenesí. Eran los primeros besos que daban sus labios.

Siguió besando el cuerpo amado, y le parecía que con cada ósculo le devolvía vida.

El dios de los infiernos, Mictlantecutli, al ver la profanación cometida por Popocatépetl, lanzó sobre el su flecha, que hiriéndole la frente, le arrebato la vida, haciéndole caer en los pies de Iztaccíhuatl. Después quiso apoderarse del pecador, para torturarlo eternamente en las llamas; pero solo pudo levantar el cuerpo, pues el corazón que guarda todo lo que es bueno, quedo a las plantas de la virgen.

Entonces, el dios, enfurecido, cubrió el cuerpo de la mujer mancillada y el corazón que la había adorado, de Nieves, que nunca podrán derretirse.

El tiempo que todo lo borra, ha respetado el cuerpo de Iztaccíhuatl, la virgen blanca, haciendo la montaña inaccesi­ble para el hombre, y el corazón de Popocatépetl, en el que sigue inextinguible el fuego de la pasión eterna.

 

POEMA A LOS VOLCANES

 

IZTACCIHUAL                                                                                                                                

Desnuda, entre la nieve de la cumbre, que salpica tu cuerpo de alabastros, provocas la lujuria de los astros que iluminan la eterna reciedumbre.

Entre Idilio de nubes y montañas, entre los ris­cos de la cumbre enhies­ta ocultan tu hermosura deshonesta el loco palpi­tar de tus entrañas.

Y duermes toda blanca, toda inerte, desafiando los siglos y la altura y en­cajas en el cielo, tu figura como un símbolo eterno… ¡el de la muerte!

 

POPOCATEPETL

Si, guerrero inmortal, ahí la tienes, blanca e inmóvil como el propio hielo, en vano es la tortura de tus sienes pidiendo a dios que la despierte el cielo.

Inútil tu llamar, no está dormida pues ni al con­juro de tu amor despier­ta. Sigue agachado como bestia herida y bebe la nostalgia de tu muerta.

No escucharon los ámbitos tu ruego ni dios quiso escuchar tu ronco grito. Seguras con tus lágrimas de fuego regando de do­lor el infinito.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.