Categoría: América

0

Allá por el año 1180 de la era cristiana, el poderoso monarca inca Mayta-Capac se decidió a invadir el país del joven y arrogante príncipe Huacari.

Era Mayta-Capac el hombre impertérrito para quien no existen obstáculos invencibles. En cierta ocasión, hallándose en una de sus campañas detenido de improviso su ejército por una vasta ciénaga, empleo todos sus sol­dados en construir una calzada de piedra, de tres le­guas de largo y seis varas de ancho, porque el inca creyó un desdoro dar un rodeo para evitar el pantano.

Pero si Mayta-Capac era así, el joven Huacari no le cedía en nada en cuanto a orgullo. No iba el a permitir que invadieran su tierra impunemente, por lo que reu­niendo su escaso ejército, se enfrentó al invasor.

Huacari fue ignominiosamente derrotado. Gran par­te de los suyos huyó, con supersticioso terror, al verle construir a Mayta-Capac, como si fuera un ser sobrena­tural, lo que nadie había visto hasta entonces: un puen­te de mimbres a través de un río, para que, pasando por el todo su inmenso ejército, pudiera atacar con más facilidad.

Ante el inevitable desastre, el indómito Huacari reu­nió, sin embargo, a los principales jefes que le habían permanecido fieles, y unánimemente acordaron, en su desesperación, que era preferible y más honroso ence­rrarse en el palacio real y dejarse morir de hambre, como buenos patriotas, a entregarse al vencedor como unos cobardes.

Y cuéntase que compadecidos los dioses tutelares del país de la inmensa desventura del joven y pundo­noroso Huacari y de la lealtad con que se sacrificaron con él sus capitanes, a fin de que quedara de ellos, cuanto menos, el recuerdo, como en un monumento, los convirtieron a todos en las estalagtitas y estalagmi­tas de la caverna que hoy el pueblo conoce con el nom­bre de “La gruta de las maravillas”.

Porque maravillosas realmente, son las bellísimas y variadas irisaciones que continuamente se producen y reproducen allí.

Y hasta se dice que en una de las galerías que pue­den visitarse, se ve la figura del príncipe Huacari en actitud arrogante, como diciendo: “Antes morir que ren­dir vergonzoso vasallaje”

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

0

Hacia fines del siglo xvi, ocurrió en América un atrevido episodio del que fue protagonista la famosa «Monja alférez», cuyo verdadero nombre era, en España, Catalina de Erauzo, de vascongado origen y dura como el hierro de aquellas montañas.

Había tomado el hábito de novicia, y estando a punto de profesar huyó del convento, se fue a América, sentó plaza de soldado, se batió bizarramente en Arau­co, alcanzó el grado de alférez con título real, y en los disturbios de Potosí se hizo reconocer por capitán en uno de los bandos.

También sirvió como soldado en los tercios de Chi­le bajo el nombre de don Antonio de Erauzo, pero desertó y, por su fama de camorrista y espadachín temible fue de todas partes expulsada.

Su última y menos conocida hazaña de aquella su turbulenta época, fue que cuando ya el verdugo iba a prepararse para ahorcar a aquel alférez, por numerosos crímenes que él no negó nunca, al confesarse con el cura e ir a comulgar, arrebató de pronto de manos de está la sagrada hostia, y echó a correr gritando:

¡A Iglesia me llamo! ¡A Iglesia me llamo!

Y entro en un próximo templo, dirigióse al altar ma­yor y arrodillándose depositó en el la divina forma, repitiendo lo que ya había dicho y que le otorgaba, según la ley, el derecho de asilo.

Tras ella iba alborotado el pueblo, sin atreverse a cas­tigar con las armas a quien, si bien había cometido un sacrilegio, obligaba a cometer otro mayor a quien qui­siera atacar al que en la mano llevaba la sagrada hostia y con ella penetraba en la iglesia.

El atrevido alférez estaba, pues, a salvo, de momento. Únicamente quedaba sujeto a la jurisdicción del obispo, un fraile agustino, que se dirigió al templo re­suelto a poner en práctica el duro castigo que se apli­caba a los autores de semejantes sacrilegios.

—Oidme antes en confesión —pidió el alférez al obispo.

Y concedida la súplica, la confesión fue tan larga, importante e inesperada, que terminó cogiendo de la mano el prelado al supuesto don Antonio de Erauzo, llevándolo a la portería de las monjas de Santa Clara, y tras una breve y secreta conversación con la abadesa, el desaforado criminal tuvo por cárcel el convento, bien cerrado y vigilado.

El asombro y las habladurías del pueblo fueron enormes; pero cuando los familiares del señor obispo le in­dicaron algo de lo que el pueblo criticaba, llegando a dudar de que estuviera en su sano juicio, el obispo se contentó con sonreír tranquila y seráficamente.

Pasó así algún tiempo, hasta que de Lima le envió el virrey unos pliegos reservados, tras cuya lectura hubo de partir hacia aquella capital del virreinato el supues­to alférez, conducido por una fuerte escolta.

Allí estuvo preso unas semanas, aunque también en un convento de monjas. Y, al fin, en el primer galeón que salió fue enviado a España aquel famoso camorris­ta, acerca del cual ya todo el mundo sabía que era una mujer maravillosamente disfrazada de hombre “en cuerpo y alma».

Por aquel entonces era el alférez un mozo de treinta años. Y, a pesar de lo imberbe de su rostro, habla sabido imponer respeto a los desalmados aventureros que, por estas fechas, pululaban en el Perú.

Al ser detenido vestía con cierto elegante desaliño. Sombrero con pluma y cintillo azul, golilla de encaje de Flandes, jubón carmesí, calzas de igual color con remates de azabache, y cinturón de terciopelo, del que pendía una espada con gavilán dorado.

Parece ser que “la monja alférez” de Esparta regre­só de nuevo a América sin que quisiera renunciar a su traje de hombre. Murió, ya vieja, en un pueblo de Méjico.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

 

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el rio y solo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.

Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas de maravillas.

Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los Árboles copiados en el rio a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.

Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el fondo del rio sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el sol.

Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.

Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.

Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las 6ulebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.

Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.

Y en los Árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.

— ¡Nido!…

Pió Monte en un Ave.

Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido. Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosa a pescado femenina como dedo meñique.

A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos los bosques, las montañas, el rio que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil… ¡La Tierra de los Árboles!

Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.

Nido calmo a sus compañeros — extrañas plantas móviles—, que miraban sus retratos en el rio sin poder hablar.

— ¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual! ¡Nuestro natal!

La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.

Como si se acabara de retirar el mar, se vela el agua hecha luz en cada hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto…

La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.

Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.

Dos montañas movían los parpados a un paso del río: La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra.

Y la incendió.

La que llamaban Huarakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con la uñas.

El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en el viento, indefensos como los Árboles sobre la tierra tibia.

En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.

Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡que largo escalofrió…! Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.

Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazos para abrirse campo.

Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas…

Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los peces en el rio hirviente; las huellas de la aves en el espacio que alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse, las apagó.

Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro muchos siglos.

Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo sin crepúsculo ni aurora.

— Nido — le dijo el corazón—, al final de este camino…

Y no continuó- porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.

Y en vano espero después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.

Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el de un pan de culebra le llamaba una voz muy honda.

Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.

Anduvo y anduvo…

Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su nombre:

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

Los Árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor, y niño la trinidad le recibía. Y oyó:

¡Nido, quiero que me levantes un templo!

La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en la mano del Santo y sonrisas en la boca del niño.

Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio.

El Volcán apagaba sus entrañas — en su interior había llorado a cantaros la tierra lágrimas recogidas en un lago, y Nido, que era joven, después, de un día que duro muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.

 

Bibliografía

Asturias, M. A. (2006).  Leyendas de Guatemala. Guatemala.

 

Guatavita era la ciudad más populosa y la plaza de armas mejor fortificada del reino chibcha. Allí tenía su corte el cacique del mismo nombre, señor rico y poderoso.

Los habitantes de Guatavita eran inteligentes e industriosos; se les consideraba los orfebres más hábiles del reino.

Ellos eran quienes tallaban las imágenes de los dioses y los que fundían y labraban las mitras de los jefes. Para el atavío de los reyes engarzaban en sus diademas de oro las piedras verdes traídas de Muzo y Somondoco.

El príncipe de estas tierras tenía una esposa a la que prefería sobre sus demás mujeres, hermosa como un sol. Para ella eran las galas más ricas y las joyas más apreciadas, pues la amaba con locura.

Y aconteció que su maravillosa hermosura despertó un fuego ardoroso en el corazón de uno de los más va­lientes guerreros. Tan fascinado quedó por la belleza de la princesa, que apenas podía separar la mirada de su rostro.

La princesa se dio cuenta inmediatamente de la admiración que había despertado en su vasallo. También vio que era esforzado y arrogante, y que las plumas de papagayo que adornaban su frente estaban enriquecidas con piedras maravillosas que lanzaban verdes destellos. Y supo que era noble, porque de las orejas y de la na­riz le pendían magníficos aros de oro.

El enamorado guerrero era fuerte y hermoso como Sua, y de sus ojos se desprendían rayos que calentaban el corazón.

Una noche, mientras reinaba la animación y el bu­llicio en palacio, la princesa le dio a su marido una totuma rebosante de turbadora bebida, y luego otra, y aún otra, hasta que la embriaguez lo venció.

El vasallo, en cambio, no estaba bebido. Estaba contemplándola. Y cuando ella se acercó silenciosamente a su lado, la tomó en sus brazos vigorosos y la llevó a su bohío. Tras ellos cayó la cortinilla de juncos que tapaba la entrada.

Lo mismo sucedió durante tres noches. A la cuarta… De nuevo le dio a su marido la totuma llena de be­bida para embriagarlo, y una vez más la cortina de juncos cayó tras los amantes.

Sin embargo, la más antigua de las mujeres del rey, celosa de la hermosura de la princesa y del favor que le dispensaba el soberano, supo lo que ocurría y deci­dió vengarse. Despertó al monarca y lo condujo al bohío donde se ocultaban los dos amantes, diciendo:

—Ven y verás cómo to engaña tu mujer.

Durante unos instantes, el rey quedo agobiado bajo el peso del dolor. Pero luego se irguió furibundo, y su diestra se crispó sobre la empuñadura del cuchillo. Lleno de cólera, lanzó un grito que resonó como un ru­gido en el silencio de la noche. Acudió la guardia, y allí mismo dictó órdenes tan severas que hasta sus fieros guerreros quedaron petrificados de horror.

Al día siguiente, a la salida del sol, la ciudad de Guatavita fue testigo de un terrorífico espectáculo. Ata­do a un poste pintado de rojo estaba el joven guerrero rodeado de cien soldados armados. Y a dos pasos de la víctima, dos esclavos sujetaban a la favorita adúltera, a la que el rey había obligado a presenciar el castigo.

Entonces, con los ojos desorbitados, transfigurada por el terror, la princesa vio como le cortaban a su amante las orejas, la nariz, los labios… Le sacaron los ojos, le rompieron uno a uno los miembros, le vaciaron las entrañas… La sangre le tiro la frente y las vesti­duras.

Por último, del cuerpo palpitante arrancaron el corazón, lo asaron allí mismo y la obligaron a comérselo.

Para mayor castigo de la culpable y con el fin de que sirviera de lección a las demás mujeres, el jefe dis­puso que en las fiestas públicas se relatase el delito de la adúltera, y que trovadores asalariados fuesen todas las noches al pie de la ventana a cantar la historia del suplicio.

¡Cuántas lagrimas brotaron de los hermosos ojos de la princesa! Noche tras noche oía los cantos de los tro­vadores. Y noche tras noche recordaba el suplicio de aquel que no podría olvidar jamás.

No pudo resistirlo. Y mientras su esposo estaba profundamente dormido, se deslizó hasta la cuna de su hijita, una niña de corta edad, hija suya y del rey, y tomándola en sus brazos huyó hacia las montañas.

Mientras Chía, la dulce Chía, iluminaba con su blanca luz el camino, la princesa corría afanosa hacia el páramo. Ya en la cumbre de un cerro que se alzaba sobre el lago, se detuvo. Soplaba un viento frio y la niebla se arremolinaba en las alturas.

Un árbol cuyo tronco estaba engarzado con lianas de flores rojas se asomaba al abismo. A él se agarró la princesa, inclinándose, miró las tranquilas aguas que parecían bruñidas como un espejo.

De pronto, se rasgaron las nieblas y la luna se reflejó en las aguas. La princesa, por tres veces, se encomen­dó a Bachúe. Después apretó a su hijita contra su corazón y se arrojó al vacío. Y las ondas cristalinas se abrieron amorosas para dar refugio a tan hermosa mu­jer y tan linda niña.

Entretanto, el cacique se había despertado, dándose cuenta de que su esposa no estaba junto a él. Buscaron a la princesa por todas partes sin poderla encontrar.

Al fin corrieron hacia el lago. Pero ya no alcanzaron a ver más que unos círculos concéntricos, formados al caer los cuerpos, que se iban ensanchando más y más, hasta llegar a los juncales de la orilla.

Por orden del rey, que aun amaba a su adúltera mu­jer con locura, uno de los jeques se zambulló en el lago. Y al reaparecer de nuevo a la superficie al cabo de poco rato, contó:

—La princesa y su hija viven felices en la morada del dios Guahaloque, un espléndido palacio rodeado de hermosos jardines.

— ¿Y no volverá a salir nunca? —pregunto el rey.

—No —respondió el jeque—. Por mandato del dios vivirá siempre en el fondo del lago, desde donde se ocupara de remediar las necesidades de Guatavita.

Desde esos tiempos remotos, de todos los confines del reino chibcha venían los peregrinos a traer sus dádivas al genio del lago.

Y cortaban los sacerdotes que en noches estrelladas y luminosas solía mostrarse la hermosa princesa sobre el cristal de las aguas.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Las tierras de la actual Colombia central, donde habitaban los chibchas, estaban en tiempos inundadas. Sobre la Sábana, el agua parecía infinita. La niebla cubría los alias picos de las montañas como un sudario. La oscuridad reinaba en el espacio.

El Omnipotente, que era la Luz y aquel en quien la Luz estaba, al ver la soledad de la tierra de los chib­chas, envió unos pájaros vigorosos y enormes para que con el batir de sus alas y el resoplar de sus potentes picos, ahuyentaran la niebla y llenaran el espacio de aire transparente y diáfano.

El Todopoderoso creó luego un ser radiante, inmenso, que rasgó las tinieblas, atravesó el espacio y calentó la Tierra, llenándola de luz. A este ser luminoso y bien­hechor, el Omnipotente le dio el nombre de Sua.

Sin embargo, Sua tostaba con demasiado ardor la tierra de los chibchas. Entonces, el Señor ordenó que se hundiera tras las montañas y creó otra criatura dul­ce y melancólica para que iluminase la Tierra cuando Sua se retirara. Esta fue Chia (la Luna).

Aun así, la tierra seguía desnuda. No había peces, ni pájaros, ni bestias, ni hombres.

El Señor se apiadó. De la laguna de Iguaque, allá donde moran las nieblas eternas, salió una mujer a la que llamó Bachúe (la fecunda). Y Bachúe saco de las aguas a un niño que apenas tendría tres años. Juntos fueron a los llanos, y allí edificaron su vivienda. El niño creció y se hizo hombre. Entonces Bachúe lo tomo por esposo y tuvo con él numerosos hijos.

Entonces el Omnipotente creó las bestias que pacen y las aves que vuelan en el firmamento.

Bachúe dictó leyes a sus hijos, los acostumbró a re­verenciar a los dioses y les enseño a creer en Chimini­gagua, hijo de todo Principio.

Los padres del pueblo chibcha habían llegado ya a una edad muy avanzada, y sus espaldas se doblegaban por el peso de la vida. Bachúe tomó de la mano a su esposo y se lo llevó a la laguna de Iguaque, su punto de origen. Y multitud de gentes les siguieron.

Entraron en el agua, y cuando ya estaban sumergi­dos hasta el pecho, Bachúe habló a sus hijos y a los hijos de sus hijos.

—Venerad a los dioses tal como yo os he enseñado —les dijo—. Y amad la paz y la concordia.

También les exhortó a conservar y respetar las leyes. A continuación se despidió de todos en medio de abundantes lágrimas, y las ondas se cerraron dulce­mente sobre sus cabezas.

Al desaparecer bajo las aguas, aparecieron en el mismo lugar de la superficie dos serpientes.

—Eso es que el dios Chiminigagua los ha transfor­mado —dijo el pueblo.

Y desde entonces, las serpientes fueron sagradas para los chibchas.

Por aquel entonces, los chibchas eran buenos agri­cultores e iban de caza armados con arcos y flechas, tiradoras y dardos. Se adornaban con plumas de papa­gayo, hacían sus casas de madera y las techaban con paja. Pero desconocían totalmente la industria del teji­do y no tenían la menor noticia del arte.

Un día, por la llanura de Bacatá, por el lado donde nace el Sol, apareció un anciano venerable. Tenía la piel blanca, la barba crecida hasta la cintura y los cabellos largos, ceñidos a la frente por una cinta. lba descalzo, vestía larga túnica y sobre esta llevaba un manto cuyas puntas se ataban con un nudo en el hombro derecho.

—Es un enviado de Chiminigagua —dijeron los chib­chas al verle.

Y se arrodillaron ante él, deseosos de escuchar sus palabras. Lo llamaron Bochicha, es decir: Manto de Luz. Fue su maestro y civilizador, creador de las artes y de la civilización en general.

Por donde quiera que iba, enseñaba a las gentes el modo de construir sus casas, de labrar la tierra y pre­parar las sementeras, de cosechar el maíz, de hilar el algodón, de tejer mantas y adornarlas con indelebles colores. También les enseñó el modo de trabajar el oro y de fabricar joyas.

En sus predicaciones les dijo que el alma era inmor­tal; que los hombres, después de su resurrección, reciben el castigo o el premio de sus obras. Les ordeno que fueran austeros y puros, buenos y misericordiosos.

Vivió con los chibchas muchos años. Y un buen día, cumplida su misión, desapareció sin dejar rastro.

Pasaron los años y los chibchas empezaron a olvidar las enseñanzas de Bochicha. Llegó entonces una mujer de extraordinaria belleza llamada Huitaca, que fue el genio malo del pueblo. Enseñó el vicio y predicó la sen­sualidad y la venganza. Las señales que dejó de su paso por la tierra fueron el pecado y la disolución.

Bochicha, que velaba desde el cielo, convirtió a esta mujer perversa en lechuza. Desde entonces, sólo se atre­ve a salir de noche.

Sin embargo, Huitaca había destruido ya el germen del bien sembrado por el maestro. Indignado por tan­tos desmanes, Chibchachum, el dios de la Sábana, de­sato sobre la tierra abundantes lluvias. Se desbordaron los ríos y se inundaron las casas. Las gentes tuvieron que huir a los picos más altos de las montañas.

Pero allí, el hambre atormentaba a los hijos de Bachúe, porque ningún alimento había entre las rocas. En su desesperación se acordaron de Bochicha. Y llenos de angustia, elevaron sus preces pidiendo socorro, a la vez que hacían sacrificios y penitencias.

Entonces Bochicha se apiadó de ellos, acabó con el diluvio y se les apareció sobre el Arco Iris con una vara de oro en la mano.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

0

Fue al caer de la tarde, en los primeros tiempos de los que, a duras penas, recuerda la memoria de los hom­bres.

En un sitio descampado del bosque, lejos de las chozas del poblado, los hermanos de Baipira le degollaron a machetazos, a pesar de ser el más bueno y el más pacífico de la tribu mejicana de los kachinawas.
Su cuerpo cayó de espaldas. La cabeza desprendida rodó por el suelo, enrojeciéndolo con pequeños charcos de sangre. Y miraba, fijamente, con los ojos desorbitados, a los fratricidas. Y lloraba. Y el viento le agitaba los cabellos, que le enjugaban las postreras lágrimas.
En el rostro lívido de la cabeza degollada, las líneas simbólicas del tatuaje bicolor se animaban y ondulaban como ofidios, o se contraían, semejando garras mori­bundas. Y luego la cabeza exclamó:

— ¡Ay de mis hermanos kachinawas!

Y temblaban de pavor y de asombro los asesinos.

La cabeza degollada sonrió, entonces, con una sonri­sa negra. Esa sonrisa terrible de las tribus amazónicas, que acostumbran teñirse los dientes con negros barnices.

Los asesinos, rompiendo las malezas, cavaron apre­suradamente un hoyo y arrojaron primeramente el cuer­po y después la cabeza de Baipira. Y echaron encima tierra, mucha tierra y troncos de árboles. Y luego re­gresaron a sus cabañas, siguiendo la ruta del Sol, que ya declinaba.

Pero… al volver la cara atrás, vieron que brotaba de su entierro la cabeza de Baipira, y que, rodando de un lado para otro, seguía tras ellos.

Corriendo, se internaron en el bosque y se arrojaron al río, nadando presurosos. Y al llegar a la otra orilla vieron, atemorizados, que allí también estaba la cabeza perseguidora con su sonrisa negra.

Los asesinos, huyendo siempre aterrados de aquella cabeza que les seguía y hablaba, se refugiaron en las chozas de su tribu, reclamando a gritos el auxilio de todos sus habitantes, pero la cabeza parlante les dijo:

  • ¡0h, kachinawas! Me habéis matado injustamente. Me habéis degollado, envidiosos y cobardes. Y por eso he adquirido el poder de transformarme según mi vo­

— ¿Y en qué te transformarás? —le interrumpió el más viejo y tatuado de la tribu.

Y respondió la cabeza:

  • Si me transformo en pez, me pescarían para ali­mentarse; si en agua, me beberían para calmar la sed; si en madera, les serviría para encender el fuego; si en el Sol, me aprovecharían para calentarse en las estacio­nes frías. Pero no será así. ¡Los fratricidas no merecen beneficios, sino terribles castigos!

La cabeza hizo una pausa, miró fijamente a todos los reunidos y prosiguió con voz lúgubre:

—Voy a transformarme en luna… ¡Ah de los kachi­nawas fratricidas! Por su culpa las serpientes se multi­plicaran; los ríos saldrán del cauce, y arrasaran las se­menteras; las maderas de las canoas se pudrirán; las semillas en los sembrados no germinaran. Y vendrá una plaga más fuerte y más terrible. La plaga de unos hom­bres blancos. ¡Ellos robaran vuestros hijos, violaran vuestras mujeres y os matarán sin misericordia!

Y diciendo esto, gritó suplicante:

—Dadme un rollo de hilo.

Una anciana le alcanzó lo que pedía. Entonces la ca­beza dio un silbido y se oyó como si una flecha em­plumada atravesara el espacio. Inmediatamente apa­reció, batiendo alas, el uribú (especie de buitre ameri­cano), el ave divina. Y tomando con el pico un extremo del hilo, del rollo que trajo la anciana, voló hacia el cie­lo, desenrollándolo.

Después, la cabeza de Baipira tomó el otro extremo con los dientes y lo engulló poco a poco. La delgada cuerda no tardó en salir por entre el cuello cercenado que aún goteaba sangre.

Y así, entre el asombro de la tribu, la cabeza de Bai­pira fue alzándose lentamente, engullendo la cuerda, rumbo hacia las nubes. Hasta que arriba, muy arriba, se transformó en la Luna. Sus ojos se desprendieron para convertirse luego en estrellas.

Y las gotas de sangre de su cuello se extendieron y se esfumaron en la inmensidad de los cielos hasta formar el arco iris.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Recién fundada la Nueva Guatemala de la Asunción, cuentan los viejos de la Parroquia que vivió allá por la calle de las congregaciones un joven de nombre Cecilio Flores al que todos conocían como artista, porque pintaba grandes cuadros de Santos y vírgenes para los templos de la ciudad y para los señores de las casas grandes. Cecilio se complacía caminando por Jocotenango y el Cerro del Carmen en busca de motivos para sus pinturas. Le gustaba deambular en las tardes por el Cerrito, cuando ya el sol se estaba despenicando en celajes sobre las tejas de la ciudad y las campanas de las mil iglesias se quedaban roncas de tanto llamar a la hora santa. Siempre llevaba consigo un cuadernillo de papel de manila, un carboncillo y un borrador de migajón. Se detenía donde creía encontrar Tema de inspiración: un paisaje, un rostro de mujer.

Era Cecilio un pintor muy especial: le deslumbraban los rostros de las mujeres, se enamoraba de ellos y expresaba su profundo sentimiento, pintándolos. Siempre en silencio, escondido en su soledad, copiaba las facciones reales y las plasmaba luego en el lienzo, y una vez concluidas, las colgaba en la pared de su sencilla habitación, las vendía en algún almacén de la ciudad.

Así también cuentan por el Barrio de la Candelaria, que en verdad Cecilio Flores no era tan mal pintor, a pesar de no haber estudiado nunca.

Algunas de sus obras se encuentran hoy perdidas en iglesias la ciudad y del interior del país. Cecilio se colmaba íntimamente pintando una virgen del Carmen o una del Rosario. Su estilo peculiar consistía en dibujar por rostro de la imagen el de la mujer que más le asombraba.

No pocos problemas le causo esa práctica, como que en cierta oportunidad, cuando pinto con el rostro de Nancy Candiales, a la Virgen de la Asunción, venerada hoy en la Catedral, al padre de esa joven, un rico comerciante de Chiapas, no agrado del todo el gesto del artista, y casi lo mata a golpes.

Cecilio Flores era, pues, un pobre enamorado de la belleza abstracta. Su vida se llenaba pintando y por la devoción a su arte recordaba ya cuantas veces se había quedado sin comer ni dormir.

Diariamente se recluía en su taller repasando bocetos haciendo nuevos lienzos y, según dicen, nunca tuvo un amigo. Siempre estuvo solo, hasta que un día, caminando por el Paseo de los Naranjalitos, encontró a un hombre joven escribiendo versos bajo enorme sauce.

Cecilio se acercó y le hab1ó, vinculándose ambos, desde entonces, con una profunda amistad.

Aquél único amigo de Cecilio Flores era poeta y se llama Miguel Ricardo de la Fuente. Componía versos y crónicas para diario “La República», que circulaba por esos años en la Nueva Guatemala de la Asunción.

Ambos jóvenes tenían una sensibilidad un poco común. Salían a caminar por la ciudad para discutir con amplitud problemas relacionados con su respectivo arte.

Y se compenetraron tanto en intereses y motivaciones que decidieron trabajar juntos, cantando y pintando sueños e ilusión para ellos irrealizables, intangibles. Mundo que jamás se concretaría pero que daba luz a sus existencias fugaces pletóricas de espiritualidad.

En busca de fantasías los dos artistas recorrían los parajes donde se reunían los vecinos de la ciudad. Muy a menudo caminaban por el Acueducto de los Arcos, que en aquel tiempo se encontraba fuera del perímetro urbano. Este paseo era sumamente agradable, pues el silencio del lugar les permitía encontrarse con la lejanía de sus sueños.

Una espléndida tarde de noviembre, de esas tardes frías que vuelven cristal el espíritu, tan propias de la Nueva Guatemala, de es tardes en las que el sol parece más radiante y corre el viento con fuerza para arrastrar los barriletes de los niños, los dos amigos se hallaban paseando por el acueducto, cerca de la toma de agua, cuando dieron con un grupo de mujeres jóvenes que charlaban a la sombra de un árbol.

Ávidos de belleza se colocaron en un lugar conveniente para poderles observar con detenimiento y deleite. Estudiaban con cuidado la faz de cada una de ellas, buscando la que fuera digna del pincel y la pluma.

Ambos artistas se quedaron asombrados al dar con el rostro de una de estas jóvenes: el cabello de un oscuro color negro, sin brillo. Los ojos almendrados. Grandes. Brillantes. Casi negros, casi cafés y una pincelada de ilusión. Su nariz muy fina y su boca delicada. Todo dispuesto en una grata armonía sobre la línea del rostro. Era un encanto admirar aquella cara hermosa.

Según cuentan los viejos de La Parroquia aquella muchacha llamaba Celina Ibáñez Guerra, y cuando la conocieron los artistas allá en la plenitud de su esplendor.

Al momento de verla tomaron la decisión de cantar y pintar su hermosura. Bajo la sombra del árbol, sin que nadie los pudiese ver, iniciaron su tarea.

El carboncillo de Cecilio copiaba con rapidez las facciones finas, en tanto Miguel luchaba por combinar las palabras adecuadas pudiesen rimar en la oda que componía.

Y así la tarde se convirtió en noche y los celajes incendiaron volcanes.

El corrillo de mujeres se disolvió cuando un landó tirado por tres caballos negros se acercó a ellas. Aunque Cecilio y Miguel trataron de no perder de vista a Celina, se les diluyo en el polvoriento camino que conducía a la ciudad.

Los dos amigos quedaron solos con sus emociones e ilusiones, y emprendieron a pie el regreso a la Nueva Guatemala.

Llegaron a la plaza de armas bien entrada la noche. En la Calle de Concepción se despidieron, ya que Miguel vivía por el Barrio de la Merced. Acordaron reunirse al día siguiente.

Cecilio entró a su cuarto. Sentía tal embeleso por la mujer que había bosquejado, que sin esperar más trasladó al lienzo el boceto que tenía en el cuadernillo de papel de manila. Cecilio pintaba aquel rostro con una fuerza increíble; con una pasión hasta entonces desconocida en el, trabajaba como si estuviese enfermo. Al rayar el amanecer el retrato estaba completamente terminado y Cecilio totalmente exhausto. No cabía duda que Celina había penetrado en su alma muchos más que las mujeres dibujadas anteriormente. Ahora sentía la necesidad de identificarse con ella.

Los que me contaron esta historia aseguran que Cecilio, el pintor, se había enamorado, y por eso estaba así…

En tanto el pintor se afanaba en el retrato de la mujer que tan grande impresión le había causado, el poeta Miguel de la Fuente soñaba con el donaire de la desconocida.

Su mente bullía en imágenes en las cuales Celina se hacía pasión y éter, y su pluma corría sobre el papel plasmado en versos al ansia que le quemaban las sienes y el corazón. Con cada letra la evocaba. Con cada estrofa la sentía. Miguel de la Fuente se había enamorado.

Al nacer el sol tras la cúpula de la Merced, el poeta salió a indagar por la identidad de la mujer que había encontrado con su amigo.

Se dirigió al diario La República y consiguió, entre sus compañeros, que alguien le asegurara que aquella muchacha era la hija del oidor, don Juan Ibáñez de la Roca, quien vivía en la Calle del Seminario, a una cuadra de la Plaza Vieja.

Henchido de felicidad se dirigió presuroso a la casa de su amigo, el pintor.

Pensando en vos andaba – le dijo al verlo -. He averiguado ya, quién es la patoja del Paseo de los Arcos. Se llama Celina Ibáñez Guerra. Es la hija del oidor don Juan Antonio Ibáñez. ¿Conocés acaso al padre?

Dejá ver….sí…sí creo conocerlo. Recuerdo que una vez estaba en la Catedral y un personaje se interesó mucho por mi cuadro de la Virgen de Concepción y me pidió que llegara a su casa, pero nunca lo hice. Hoy es oportuno que lo visitemos porque observá como quedó el retrato.

¡Ah! – exclamó el poeta – es lo más hermoso que has hecho desde hace muchísimo tiempo. Verdaderamente la has captado en toda su magnitud…Vení, no perdamos más tiempo, vamos a entregar el cuadro.

Y salieron apresuradamente rumbo al Barrio del Sagrario en busca del oidor don Juan Antonio Ibáñez. Llegaron a la casa y conversaron con el magistrado, que quedó sorprendido por la perfección y armonía del retrato de su hija. Estaba dispuesto a quedarse con él.

Luego de haber concretado su valor y cuando ya se retiraban caminando por el hermoso jardín, apareció de improviso Celina, la hija del oidor, quien se conmovió tanto por la habilidad del pincel de Cecilio y los versos de Miguel, que la amistad surgida ese día entre los tres se hizo cada vez más estrecha. Cecilio se agotaba pintando una y otra vez la silueta de Celina y cada una le parecía superior a la anterior.

Sin sentirlo dicen los viejos sabios, se había prendado perdidamente de Celina. y por ello la pintaba con tanta vehemencia. Por su parte el poeta Miguel también pasaba las noches en claro componiendo versos a Celina y sentía que su alma desfallecía cuando no estaba cerca de ella.

Ambos se habían enamorado de la misma mujer.

Y los dos jóvenes entraron en abierta competencia por lograr el corazón de la amada. Surgió la discordia entre ellos, hasta que un un día, sentados en un banco piedra de la alameda de Santo Domingo, hablaron con franqueza, como siempre lo habían hecho. -Cada uno reconoció que amaba a Celina Ibáñez Guerra. Razonando acertadamente llegaron a la conclusión de que ambos no podían ser dueños del mismo ser, por lo que Miguel dijo a su amigo el pintor: – no peleemos más. Es cierto que adoro a Celina, con todas mis fuerzas, pero no siento que ella me corresponda; en cambio a vos sí. Se diluye cuando te ve. Yo me retiro. Quédate con ella, y que seas feliz. Creo que eso es lo importante para mí. ¡Adelante mi querido Chilo! —Dicen que le dijo—, adelante y que tus anhelos sean realidad por  lo menos una vez.

Y en esa forma aquella amistad tan estrecha siguió vigente.

– IV –

Desde entonces Cecilio sólo existía para soñar con Celina.

Se veían furtivamente después de la misa del Sagrario a la que ella asistía. Ya en el Teatro Carrera, ya en el palco alto, ya en la salida de una función de Opera.

Refieren los viejos que el pintor por primera vez en su vida

se sintió plenamente satisfecho. Pero su felicidad fue breve. Don Juan Antonio Ibáñez, cuando advirtió lo que pasaba en el corazón de

su hija, se negó a casarla con un pobre mestizo sin ningún porvenir, que no podía darle jamás el bienestar que le correspondía. La envió entonces a México con familiares que vivían allá, impidiendo de esa manera que su amor se afianzara. Tan solo encontraron el tiempo necesario para despedirse a escondidas. Ambos comprendieron que nunca más se volverían a ver.

No obstante, cada uno llevaba la imagen del ser amado grabada en lo más hondo de sus entrañas.

Cecilio estaba triste, profundamente triste. Su angustia se hacía más densa al no poder referir a nadie la pena que atenazaba su espíritu, porque Miguel había viajado a la Ciudad de Quetzaltenango sin comunicarla nada.

Y refieren los viejos de la ciudad que Cecilio, en su desolación, camino sin rumbo fijo en aquella oportunidad. El crepúsculo manchaba la ciudad y la noche borraba con su sombra la claridad de los rincones. Era noviembre. Cecilio recordaba haber conocido a Celina ese día, en el Paseo de los Arcos. Un año inmenso había transcurrido desde entonces. Y sin sentirlo, hacia allá se encaminó.

Caminó y camino hasta llegar al acueducto, apenas iluminado por la claridad de la noche. Reconoció el lugar donde por primera vez había encontrado a su amada. Siguió vagando por los alrededores, encaminándose luego por las tortuosas calles de la Villa de Guadalupe, oscuras, silenciosas y polvorientas.

De pronto, al llegar a la Calle Real de la Villa de Guadalupe, distinguió cerca del tanque de lavar ropa, una figura que le pareció conocida. Aguzó la vista y se sorprendió lleno de emoción: ¡era Celina!, que al parecer se bañaba a la orilla del tanque.

Su estupor fue tan grande que no pudo correr. Cecilio veía recortada en la oscuridad la figura de su amada: vestía un camisón transparente que insinuaba el cuerpo casi en su plenitud. Una cabellera un tanto larga, color negro azabache corría por su espalda, la cual peinaba voluptuosamente con un peine de oro. Cerca de ella un guacal, también de oro. Cosa extraña, pero por más esfuerzos que Cecilio realizaba no podía ver aquel rostro que tanto le gustaba. Lo tenía vuelto hacia la oscuridad de la noche. Sin embargo, ella le hacia señas con la mano para que se aproximara. El pintor no percibió la atmósfera pesada que invadía el ambiente.

La alegría de encontrarse nuevamente con Celina fue tan profunda, que, sin meditar, acudió a su llamado. Cuando Cecilio se acercó, la silueta femenina emprendió la marcha rumbo al infinito…

La mujer caminaba y caminaba con tanta rapidez, que costaba mucho seguirla. Cecilio, en pos de ella, gritaba desesperado: ¡Celina, Celina, por amor de Dios detente!

La blanca figura, en fuga precipitada, se desdibujaba en la noche. Recorriendo cuadras y más cuadras se acercaban a los linderos de la Villa de Guadalupe.

Cecilio iba tras ella sin sentir cansancio. Parecía hechizado poder coordinar sus pensamientos. No escuchaba el aullar de los perros que se hacía sentir por donde pasaban.

En esa forma se asomaron al campo. Después de recorrer los montes iluminados por la luna, llegaron a la orilla de un barranco. Allí la transparente mujer se detuvo. Cecilio pudo por fin alcanzarla. Se volvió entonces, intempestivamente, y el pintor, en lugar del bello rostro que amaba, se estrelló con una horrible cabeza de caballo que lanzaba fuego por los ojos.

La mujer se arrojó sobre él, las descarnadas manos le dieron un abrazo glacial y Cecilio ya sin saber nada, envuelto en una vorágine espanto, no pudo librarse. Sin esperar más la mujer con cara de caballo, lanzando un grito horrible, se precipitó al abismo llevándose en su caída el alma y el cuerpo del artista…

Esa noche la gente de la Villa de Guadalupe escuchó aullar a perros con terror crispante y el tétrico canto de las lechuzas se prendió de los árboles, de las estrechas y del miedo de todos los habitantes de la Villa.

Dijeron los viejos después, que esa noche la Siguanaba había caminado por sus venas.

—VI –

Desde entonces nadie supo más de Cecilio Flores, el pintor la Calle de las Congregaciones. No se le volvió a ver con su cuadernillo de papel de Manila y su carboncillo, haciendo bocetos de mujeres bellas.

Nadie dio importancia a su desaparición; era tan solo un artista.

Pero cuando Miguel Ricardo de la Fuente, el poeta amigo, se enteró de la ausencia del compañero entrañable, regreso afligido a la ciudad de Guatemala y se dio a la tarea de buscarlo. Recorrió calles, plazas, iglesias, paseos, sin dar con él.

Una tarde, triste y cansado, acertó a pasar cerca del tanque de agua de la Calle de Guadalupe. Un carretero descansaba con sus bueyes a la vera del mismo.

Miguel se acurrucó desolado junto a él. El carretero, al sentir tal aflicción, le hablo con afecto. Miguel confesó su pena —; ¡sentía necesidad de comunicarse con alguien!— y el viejo desconocido
respondió: -es inútil que lo sigas buscando. ; ¡La Siguanaba se lo gano! Hace unos días encontraron en el barranco de allí enfrente el cadáver de un hombre joven, todo arañado y desfigurado. En su bolsa llevaba un cuadernillo de papel de Manila y un pedacito carbón para dibujar. La gente dice que despeñó, pero yo estoy seguro que se lo ganó la Siguanaba, porque ella sale todas las noches por las calles de la ciudad a perseguir a los enamorados.

Con frecuencia toma la forma de la novia de uno, y se hace seguir y seguir hasta que lo embarranca. Eso fue, de plano, lo que pasó a tu amigo. ¡Si yo te contará!… He visto muchas veces a esa mujer, pero me he salvado porque he jalado a tiempo una mata de escubilla, que es la única forma de librarse de ella. ¡Pobre amigo! La Siguanaba se ganó a tu compañero y lo enterró en el barranco. Tené cuidado: no te vayas a tropezar con ella. Mira que está oscureciendo.

Después de oirlo, el poeta sintió más desolada su alma. Sin saber por qué tuvo la certeza de que el viejo carretero decía la verdad. Como si su voz fuera el eco de otra lejana que venía hacia él, cargada de sabiduría y de siglos. Era la voz de su pueblo que le hablaba, a manera, de miedos y alegrías. Y se fue lentamente, cada vez triste por su amigo y su extraña muerte.

La noche, cayéndose de estrellas, lo encontró caminan rumbo a la ciudad. Desde entonces, el poeta Miguel evita caminar las noches por donde hay agua, porque teme que se le aparezca la Siguanaba en la figura de la inolvidable Celina Ibáñez Guerra. Y bella Celina, mujer fascinante, jamás supo de la muerte de su amado y jamás volvió a la Nueva Guatemala de la Asunción.

 

Bibliografía

Lara Figueroa, Celso A. (2005). Por los Viejos Barrios de la Ciudad de Guatemala. Guatemala: Artemis Edinter.

0

Mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles, había en México un reino floreciente y poderoso: el de los zapotecas.

Los guerreros zapotecas, belicosos y disciplinados, habían obtenido numerosas victorias sobre sus reinos vecinos, y ello había fortalecido su poder, hasta el punto de que en muchas leguas a la redonda su imperio era por todos temido y respetado.

El rey de aquel poderosísimo reino tenía un hijo hermoso y fuerte, que era además muy diestro en la caza y en el manejo de todas las armas.

Un día, varios palaciegos, unidos a un regimiento de soldados, tramaron un levantamiento contra el monar­ca. Pero la confabulación llego a oídos del príncipe, quien decidió inmediatamente poner remedio a tal insurrección de un modo implacable.

Para ello espió la marcha del movimiento subversivo, y cuando los jefes traidores menos lo esperaban, el príncipe y sus servidores les atacaron con sus espadas en alto, y tras una brevísima y desesperada resistencia, exterminaron sin piedad a los confabulados

A partir de este día, el príncipe se convirtió en el verdadero caudillo del reino zapoteca, siendo designado por el rey, ya muy anciano, como heredero del trono.

Como es natural, todas las doncellas del país suspi­raban por el aguerrido y apuesto príncipe. Desde la más humilde muchacha hasta la más alta princesa, to­das las mujeres estaban enamoradas de él. Pero el príncipe no hacía caso de ninguna seducción y se mostraba inconmovible ante cualquier mujer, por hermosa y atrac­tiva que fuese.

Y ocurrió un día que en el celestial reino de las es­trellas —hasta donde había llegado también la fama del príncipe—, la más linda de aquellas criaturas se ena­moró de tal modo del heredero zapoteca, que decidió bajar a la tierra para conocerlo personalmente.

La hermosa estrella esperó una ocasión en que nadie la vigilaba. Y cuando sus hermanas estaban dormidas, tomó la forma humana de una bellísima doncella y descendió a la Tierra, en territorio mejicano.

Cierto día cabalgaba el príncipe de regreso de una cacería cuando se encontró en el camino con una bella muchacha vestida de campesina. El joven, sorprendido y admirado por su hermosura, detuvo el corcel, y des­cendiendo de él le preguntó:

  • ¿Cómo os llamáis?

—Oyomal —respondió la joven.

Y tras breves momentos de charla, el príncipe regre­so a su palacio. Pero al día siguiente volvió a cazar y de nuevo se halló con la preciosa muchacha.

Aquellos encuentros se produjeron varias veces. Al fin, como era de esperar, los dos jóvenes quedaron pren­didos en las redes del amor.

Una mañana, el príncipe propuso a Oyomal: — ¿Quieres ser mi esposa?

Y como no dudara la joven ni un momento en acep­tarle, la tomó en sus brazos, y montándola sobre la grupa de su caballo, la llevó a palacio. Seguidamente la presentó a su anciano padre el rey, y a los ministros y consejeros, al tiempo que les anunciaba:

—Quiero casarme con ella.

El monarca, admirado de la extraordinaria belleza de la muchacha, no opuso ningún reparo a los deseos de su hijo, y la fecha de la boda quedó señalada para una semana más tarde.

Mientras tanto, en el reino de las estrellas, la consternación por la misteriosa ausencia de la más hermosa de ellas, era grande. Se hacían cábalas sobre su desaparición, y al fin se decidió que alguien bajase a la Tie­rra para averiguar su paradero.

En el cielo no tardó en saberse la noticia de la próxima boda entre la joven estrella y el príncipe. Ante la gravedad de la situación, se reunieron todas las estre­llas, presididas, excepcionalmente, por el dios Sol, quien, tras conocer los hechos, pronunció esta sentencia:

—Para evitar la boda de la estrella con ese mortal, debe advertírsele que si se une con el príncipe, quedara convertida en una flor para el resto de sus días. Si se casa, nada podrá salvarla de este destino.

En la noche de vísperas de sus bodas, cuando la hermosa Oyomal estaba ya acostada en su lujoso lecho, por el ventanal de la habitación penetró una suave brisa, se hizo un resplandor, y se le apareció una de sus her­manas, en forma de espíritu. Y, ante el asombro de la novia, le notificó la suprema decisión del padre Sol.

—Puedes casarte con el príncipe —le dijo—; pero serás su esposa solo por un día y una noche. Luego te convertirás para siempre en una flor.

Al desaparecer su compañera, Oyomal quedo sumida en la inquietud y la duda. Sin duda era grande el temor de la estrella hacia el dios Sol, pero el amor por el príncipe era más intenso aún, y la ilusión por el feliz instante de la boda, la dominaba por completo.

—Quizá el padre Sol solo haya querido amedrentar­me —se dijo—. Sea lo que fuere, me casare con mi que­rido príncipe.

La boda se celebró con gran esplendor. De todos los países circundantes acudieron al reino zapoteca para presenciar los festejos nupciales.

Oyomal estaba bellísima con sus ropas de novia. Y a su lado, el príncipe, ataviado con su traje guerrero, mostraba su gallardía y apostura. Eran una pareja ad­mirable.

Parecía que todo se desarrollaba felizmente. Pero a la mañana siguiente de la boda, cuando el príncipe des­pertó de su sumo, descubrió con sorpresa que su espo­sa Oyomal había desaparecido. Y fue inútil su búsqueda, ya que nadie logro encontrar a la joven princesa.

El príncipe no hacía más que llorar amargamente la ausencia de Oyomal. En uno de estos momentos de consternación, se le apareció un espíritu celestial que le revelo el verdadero origen de su esposa, y todo lo sucedido.

—Oyomal —le dijo el espíritu— reposa ahora en las aguas del lago Oaxaca, junto al palacio, convertida en una hermosa flor de color rosáceo y de tallo delicado y suave.

Tan terrible revelación desesperó de tal modo al príncipe, que su dolor conmovió al espíritu celeste. El joven heredero hincó sus rodillas en el suelo a los pies de la aparición y le rogó: …..Úneme a mi amada, aunque para ello tenga qua convertirme también en flor.

—Te prometo consultar con el dios Sol tu deseo —dijo el espíritu.

Y tras desaparecer, el príncipe quedó sumido en la inquietud, pero igualmente en la esperanza de volverse a unir a su amada Oyomal.

¿Qué pasó? Nadie lo sabe. El hecho es que a la mañana siguiente los criados del príncipe no encontraron rastros del heredero en la habitación. Y por más que se le buscó por todas partes, nadie consiguió encon­trarle.

Pero alguien notó que en el lago Oaxaca había apa­recido una nueva flor de color rojo y tallo esbelto. Y estaba junto a otra rosa delicada, la cual ahora tenga abiertos sus sedosos y húmedos pétalos.

El padre Sol había accedido a los deseos del enamorado príncipe.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

Los dioses que viven sobre las nubes tienen muchas cosas que hacer. Se ocupan de mandar lluvia a la tie­rra cuando concierne, para que crezcan las cosechas, administran los vientos y, cuando hacen algún descubrimiento, se lo enseñan a los hombres. Los dioses han enseñado al pueblo mexicano a tejer sus trajes, a cons­truir carreteras y otras muchas cosas más.

Cuando no tienen nada que hacer, los dioses juegan a la pelota sobre las nubes, o se tumban para fumar su pipa.

Hace muchos años, un dios de los más jóvenes se aburrió de hacer lo de costumbre. Andaba triste y me­ditabundo. Al preguntarle uno de los dioses por, que estaba tan aburrido, contestó que era porque deseaba tener un hijito.

Un buen día bajo a la tierra y empezó a vagar por ella. Nadie sabía que era un dios, porque su aspecto era el corriente de un hombre vulgar. En sus correrías llego a un arroyo, y allí conoció a una muchacha muy bella que iba a llenar su cántaro de agua. Pronto se enamo­raron uno de otro y tuvieron un hijo. El dios se sintió muy feliz con su pequeño, y su querida esposa; pero tuvo que abandonarlos porque tenía mucho que hacer en el cielo: debía ayudar a regular las lluvias y vientos, pues si no, se hubieran secado las cosechas y su familia hubiera muerto de hambre.

Se despidió con mucho cariño de ellos y desapareció inmediatamente. La joven vio que en el lugar donde se habían despedido, sobre el suelo, había una hermosísima piedra verde. Cogiéndola, la agujereó y se la colgó al niño del cuello,

Entonces, al hallarse sola, decidió volver a casa de sus padres. Estos la recibieron muy mal. Querían matar al niño, pues decían que un niño sin padre debe morir. Entonces la muchacha huyó de su casa; vago por el campo, y al anochecer decidió dejar al niño sobre una frondosa planta y volvió a su casa llorando.

Al día siguiente corrió a ver a su pequeño y lo encontró rodeado de carnosas hojas que la planta había cur­vado sobre él para que no le molestase el sol. Dormía profundamente y goteaba sobre su boquita un líquido lechoso, dulce y caliente, que manaba de las hojas.

La madre pasó el día con él muy feliz; pero al anochecer hubo de dejarlo de nuevo en el campo, pues sus padres deseaban perderlo. Aquella noche lo dejo sobre un hormiguero.

A la mañana siguiente lo encontró cubierto de pétalos de rosa, sonriente y tranquilo. Unas hormigas le llevaban los pétalos, mientras otras traían miel, que depositaban cuidadosamente en los labios del niño. La doncella tenía mucho miedo de que sus padres descu­brieran el paradero del niño, y por esto decidió meterlo en una cajita y echarlo al río.

Así lo hizo, y pronto desapareció la caja, empujada por la corriente. Junto a la orilla del río vivían unos pescadores que deseaban tener un hijo. Cuando el pescador encontró la caja en el río y vio que tenía dentro un precioso niño, se lo llevó a su mujer. Ésta, loca de alegría, le hizo zapatos y trajes para abrigarlo.

-¿Cómo le llamaremos? -preguntó la mujer.

Tiene una piedra verde colgada de su cuello; como esta piedra solo se encuentra en las montañas, le llamaremos Tepozton (el Niño de la Montana) -dijo el pescador.

El niño crecío y fue muy feliz con sus padres adoptivos. Cuando tuvo siete años el pescador hizo un arco y unas flechas para que se entretuviera cazando.

Todos los días venía a casa cargado de animales. Unas veces eran codornices; otras, ardillas. Pero siempre traía algo para la cena.

-¿Qué haces todos los días por el bosque? -le pregunto la mujer del pescador.

Tengo muchas cosas que hacer -le contestaba el muchacho.

Pero ella sospechaba que el chico debía tener algún poder mágico y que no era un niño corriente. Tenía una puntería tan certera, que no le fallaba ninguna flecha que disparaba y esto era extraño en los niños de su edad. Cuando se le hablo del gigante devorador, nunca demostró miedo. En México existía un monstruo que todas las primaveras devoraba una vida humana. Cada año escogía una ciudad y en ella se echaba a suerte. El pueblo había hecho un trato con el gigante si se le daba todos los años una vida humana, y el no mataría a nadie en mil leguas a la redonda.

Cuando Tepozton tenía nueve años, le toco al pesca­dor alimentar al gigante, y decidió ser el mismo la víctima. Se despidió de su mujer e hijo y se entregó a los soldados para que le llevasen al palacio del dragón.

Tepozton suplicó al pescador que le dejara ir en su lugar. A él no, le ocurriría nada y quizá conseguiría dar muerte al dragón. Al fin, el pescador consintió.

Tepozton hizo fuego en un rincón del patio y dijo a los pescadores:

-Vigilad el fuego. Si el humo es blanco, estaré sin peli­gro; si se vuelve gris, me hallare a punto de morir, y si sale negro, habré muerto.

Besó a sus padres adoptivos y se fue con los solda­dos. Mientras caminaban, Tepozton recogía piedreci­llas de cristal y las iba poniendo en sus bolsillos. Estas piedras salían del volcán; eran negruzcas y tenían un brillo extraño. Las gentes solían hacer con ellas collares y pulseras.

Tepozton llenó de estas piedras todos sus bolsillos. Luego que llegaron al palacio del gigante, presentaron al niño. El monstruo se encolerizó porque le pareció un insignificante bocado. Como tenía mucha hambre, preparó una olla con agua hirviendo para guisarlo en seguida, y cogiendo a Tepozton por un brazo, lo metió en ella para que se cociera. Mientras tanto, se dispuso a poner la mesa.

Cuando lo hubo preparado todo, levantó la tapa de la olla para ver como iba su cena, y cual sería su asombro al ver que había, en vez de un niño, un gran tigre. Este abrió la boca y dio tal rugido, que el gigante, horrorizado, se apresuró a poner la tapadera de nuevo. Decidió esperar un poco más.

Como estaba muy hambriento, cuidadosamente vol­vió a levantar la tapadera de la olla; pero en seguida la volvió a cerrar, porque esta vez encontró, en vez de un tigre, una serpiente.

Como el hambre le acuciaba, decidió comerse la ser­piente; pero al levantar la tapadera se encontró con que esta había desaparecido y en su lugar estaba el mucha­cho, completamente crudo y riéndose de él. Furioso, lo agarró por los pantalones y se lo metió en la boca. En­tonces el humo del fuego de la casa de los pescadores se volvió gris oscuro. Estos, aterrorizados, se echaron a llorar.

Pero Tepozton se escurrió hacia la garganta del dragón antes de ser masticado. Una vez en ella, se dejó caer a su enorme estómago. Cuando hubo llegado a aquella gran caverna, sacó las piedras cristalinas de su bolsillo y comenzó a perforarla, logrando abrir un gran agujero en el estómago del gigante.

Mientras tanto, éste, destrozado por aquel extraordi­nario dolor, mandó llamar a un médico.

-¡Este muchacho me ha envenenado! -gritaba, martirizado por aquellos dolores.

Tepozton cortaba y cortaba, y el agujero era tan grande, que ya empezaba a filtrarse la luz del exterior. Logro hacer tan grande la cavidad, que el dragón murió. Entonces el saltó alegremente fuera por el agujero que había hecho.

El humo del fuego de la casa de los pescadores se volvió completamente blanco, el pescador y su esposa lloraron de alegría.

Después de esto, el pueblo agradecido por la muerte del gigante, a Tepozton lo nombró rey.

Vivió en el palacio del coloso y enseñó a su pueblo muchas cosas útiles. Cuando tenla tiempo, jugaba a la pelota con su padre, el más joven de los dioses, sobre las nubes. Otras veces marchaba por su reino, como un hombre cualquiera, para ayudar a las gentes.

Algunos dicen que ahora vive con su padre en el cielo; sin embargo, otros aseguran que sigue en la tierra ayudando a los hombres, pero que no se le reconoce, porque parece un hombre vulgar y corriente.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

Los años anteriores a que tuviera lugar el terremoto que en el año de 1917 destruyó casi por completo la ciudad de Guatemala de la Asunción, no se dibujaba en ella ni el más ligero esbozo de vida nocturna.

Tras el toque de ánimas que lanzaban al viento las lenguas de bronce de sus cien historiadas iglesias, y del toque de queda que rasgaba los aires de los clarines de los Castillos de Matamoros y de San José —que fueron construidos durante la época colonial—, sus tranquilos y pacíficos moradores, que seguían al pie de la letra el refrán de «mejor machete estate en tu vaina», se encerraban en sus casonas coloniales, que nos hacían recordar las españolas de grandes patios y de balcones enrejados. Ellos sabían, muchos por experiencia y otros de oídas, que el salir a la calle podría costarles más de un dolor de cabeza que les haría pasar las «rondas» de don Meme, que la recorrían de un confín a otro.

Las personas mayores, entre sorbo y sorbo de delicioso chocolate, servido en india jícara, hacían vida social en los salones, pelando al prójimo o hablando del chisme del día; y a la gente menuda, tras el habitual rezo del Rosario y el recitar de las preces del «bendito» y el «ángel mío de mi guarda», nos enviaban a la cama.

Yo siempre fui un niño flaco, enfermizo, tímido y miedoso —una síntesis del niño consentido—, que me asustaba ante la contemplación de un rincón obscuro o al escuchar el crujir de una puerta mal cerrada. Sin embargo, era muy dado a que me contaran «casos» de ánimas en pena y aparecidos, que solían relatarnos las criadas indias traídas a la capital de la finca de mi abuelo. Jamás me enviaban a acostar solo; siempre me acompañaba la Andrea, mi china, una india imaginativa, buena y leal, que sabía miles de historietas, a cuales más interesantes, y que vivía al lado de mi familia desde el casamiento de mi madre. Ella había recibido la orden de no separarse de mi lado, sino hasta que estuviese profundamente dormido.

Todas las noches, a la hora precisa en que me acostaba, escuchaba pasar frente a mi cuarto, que estaba situado al lado del de mi madre, y en el ala de la casa que daba a la calle, el ruido del arrastrarse raudo de un carruaje cuyos caballos, percherones negros me lo imaginaba yo, golpeaban con sus cascos herrados los embaldosados de las calles que vieron pasar por encima de ellas a muchos capitanes generales ya esbozados caballeros españoles de la época pre independencia.

La primera vez que lo sentí pasar, apenas si le di importancia. Pero como seguí sintiendo que lo hacia todas las noches, a la misma hora, principie a inquietarme y a bordar en mi infantil y enfermiza imaginación las más extrañas conjeturas. Una noche, por fin, decidí salir de dudas y; preguntarle a la Andrea lo que hacia ese carruaje a esas horas. ¡Cómo no lo va a saber ella —pensé­ que sabe tantas cosas?

  • ¿Que qué hace ese carruaje cuyos caballos pasan todas las noches a la misma hora haciendo pelenguén… pelenguén…? —me respondió. Pues, es el de Sixto Pérez. Si me ofreces quedarte dormido y no decirle a la «señora» que te lo he contado, te relato su historia.
  • Te lo prometo, pero cuéntamela…

—Todo esto —dijo— sucedió después de la Revolución de 1871, que derrocó al gobierno de los «cachurecos», llamado de los 30 años, y cuando hacía poco que había subido a «la guayaba» el general don Justo Rufino Barrios, don Rufo, como lo llamaban todos, y quien quería mucho a los humildes y odiaba a los aristócratas. Este señor, al no más subir al poder, dispuso que salieran de Guatemala, para bien de ella, los frailes, monjas y padres que había en los conventos. Como el mismo no podía ejecutar sus órdenes, comisionó para que las llevara a cabo a Sixto Perez, a quien, por su color, llamaban Sixto Negro, personaje en quien había depositado mucha confianza. Este no solo las cumplió, sino que dicen que se excedió en ellas; pero esto no viene al caso, y sigamos con la historia.

«Un Viernes Santo, llevada en hombros por los «cucuruchos» de la Hermandad de Jesús Sepultado de Santo Domingo, salió de ese templo la procesión del Santo Entierro. Esa misma procesión que sale ahora a las tres de la tarde y que recorre media Guatemala.

«Cuando la urna del Señor, adornada de flores y zahumada de incienso, venia por la esquina de esta misma calle (nuestra casa se hallaba situada en la 11 avenida norte y quinta calle), frente al atrio de la Merced, cuyas matracas imponían majestad a la procesión, se dejó venir sobre ella, como un huracán, un carruaje tirado por dos briosos caballos negros, adentro del cual iba gritando y cantando don Sixto Negro, a quien acompañaban varias «mujeres malas» que rompían el tradicional silencio de ese día con sus risotadas y cantos.

«Los «cucuruchos», ante el inesperado atropello, dejaron caer al suelo la anda, rodando por él la imagen, que si no se hizo trizas fue por un puro milagro… Sixto y sus acompañantes se perdieron entre la polvazón que se levantó y las maldiciones y candelazos que alcanzaron a tirarles algunos «cucuruchos».

«No habían pasado dos semanas de que esto sucediera, cuando se supo en Guatemala, que Sixto había desaparecido. Lo buscaron por todas partes; y nada: en su cuarto solo encontraron un fuerte y penetrante olor a azufre. Mi nanita, que Dios la tenga en su santa gloria, contaba que se lo llevó el «Cachudo», con ropa y todo, dejando pa’recuerdo, de que había estado por allí, la jediondez en el cuarto.

«Desde entonces, m’hijo, a esta hora, qu’es la hora en que salen las ánimas a cumplir sus penitencias por el mundo, la de él sale a pasearse por las mesmas calles en que cometió su desacato; y hace en el mesmo carruaje, que va tirado por dos caballotes negros, que van echando chispas por boca y haciendo sobre los empedrados pelenguén…pelenguén… Si no me crees lo que te cuento, abre la ventana mañana a esta mesma hora y lo vas a ver…

«Mi finada nanita, que según ella jamás dijo una mentira, me contó, como yo te lo cuento a ti, este «caso», y ella me aseguraba que una noche que la mandaron a comprar un manojo de cigarros de tuza a la tienda de la esquina, alcanzó a ver cuándo el carruajón, echando chispas por todos lados, doblaba la esquina de la quinta calle».

Raudos, como el carruaje de Sixto Perez, los años han pasado por mi vida. Me hallo lejos de mi Guatemala embrujada y llena de consejas, y siempre que por las noches oigo sobre los embaldosados el pelenguén…, pelenguén…, de algún coche, llega a mi imaginación el recuerdo del carruaje de don Sixto Perez, que, entre chispas y tirado por negros percherones, tal vez esté pasando por las calles de mi barrio de la Merced…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.