Categoría: América

EL José Cruz Zamora debía cinco ayotes pertenecientes a otros tantos cristianos que había mandado a volar espalda al otro potrero, y, sin embargo, jamás había conocido los rigores de la cárcel. .. ¡Era tan libre como el agua de la toma que baña los pies de mengala en la casa de la finca «El Sapuyul»!

Esta deuda macabra, que a otro que no fuera el José Cruz —hombre de pelo en pecho, como el mismo se llamaba— lo habría avergonzado y llenado de pena y remordimiento, cifraba para este ser montaraz que él era el José Cruz Zamora, oriundo de las tierras calientes de Chiquimulilla, el más grande de sus orgullos.

Recuerdo perfectamente, con caracteres que han quedado estereotipados en mi mente como queda el tinte de nij en las jícaras pintadas por nuestros indígenas, haberlo escuchado una tarde frente al corrillo que formaban los vaqueros delante de la fogata en que calienta la jarrilla de lata con el café, contar como se madrugó al Chon Velázquez, que le quería hacer sombra.

¡Me parece que lo estuviera viendo! Contaba esta aventura con la mayor naturalidad, como si se hubiera tratado de la ejecución de una obra de misericordia. Nos la relato en una de las esporádicas aparecidas que hacía por la finca, tras muchos meses de estarse escondido, como novillo cimarrón, entre los manglares, del Obero, que es un sitio cercano al Estero de Chiquimulilla.

La tarde esa en que lo relato estaba el José Cruz en cuclillas, rodeado por la admiración de todos los vaqueros que con sus gestos seguían el relato. Para ellos, el José Cruz era la personificación de lo que muchos habrían querido ser y que no eran, porque tal vez les faltaban «hígados», como dicen por allá. El José Cruz estaba, como repito, en cuclillas; con su corvo vizcaíno rasgaba la tierra: y con la mano derecha accionaba y daba colorido a su relato. Sus ojos de gato barcino, a ratos me parecía que echaban chispas, dándome la sensación de que tenía frente a mí a un tigrillo relatándoles una aventura a sus cachorros. Sus pómulos salientes se le inflaban, y hacían, entonces, que sus ralos bigotes se movieran agitadamente.

¡Extraño personaje este José Cruz Zamora! Era el vivo retrato del criollo montaraz, pendenciero y de mala entraña que tanto abunda en las tierras del Oriente. Don Nicanor, que era el único letrado que había en la finca, lo definía diciendo que el José Cruz era un «esquizofrénico».

Pero…, volvamos al relato y averigüemos, por sus propios labios, cómo se sopló al Chon Velázquez, que le quería hacer sombra.

«Van ustedes a ver, muchá, cómo jué”.

Estábamos en el estanco de la Lolita, allá en Taxisco, mucha, Lupe Cárcamos, Lolo Alméndarez, Chus Cansinos —todos amigos míos—, y este su «cuero», mucha, cuando llegó el Chon con los de su grupo. ¡Pa qué los vo’a engañar, muchá, hacía días que le llevaba ganas al tal Chon! Y le llevaba ganas, porque mi’habían soplado que se quería enredar con la Chusita, esa que tiene ojitos de «vení acá», la cajera del estanco; ustedes saben que José Cruz Zamora no permite qu’iotro beba en el ojo d’iagua donde él bebe…! ¡Ende hacía días que le quería armar camorra al Chon, y l’ocasión me la pintaron calva ese día! ¡M’ihabían dicho que era re difícil pendenciar con el Chon, pero pa’José Cruz Zamora — y que no se les olvide, mucha— no hay nada difícil, sobre todo si se trata de pelear!

¿Cómo l’arme el pleito? Pues, muy sencillamente: le ofrecí un trago de pura «cushusha», seguro de que no me lo’iba a acectar… y ansina jué… no me lo acectó. . . Entonces, siguiendo la ley de estas tierras, de que el que no le acecta a uno un trago es porque no quiere ser su amigo, le vacié la copa en todita la cara. El Chon se puso como «chichicúa» y sacó su cuete, pero como yo se qu’el que madruga pega dos veces, ya tenía el mío desenfundado, y de cuatro pepitazos de mi 38 me lo mande derechito al «otro potrero». . . Di una barajustada y saliendo de espaldas y apuntándoles con el cuete a los otros pa’que no m’hicieran nada, llegue hasta donde estaba mi bestia; me monte en ella, y, como alma que lleva al diablo, me juí a donde están mis manglares, que solo yo conozco. ¡Eso jue todo! ¡Desde entonces, el Chon ya no le volvió a decir chuladas, ni que lindos tenés los ojos, a la Chusita. ..! Dicen que cuando llegó la escolta con el Juez, a levantar al matado, el jefe dijo, sin que nadie le hubiera dicho nada antes:

—» A éste se lo sopló el José Cruz Zamora, señor juez; tiene los cuatro pepitazos en la frente como solo él los sabe meter…! «.

Claro que había sido yo: ¡pero nadie dijo nada! ¿No se lo estoy yo mesmo contando a ustedes, pues? , y por si lo dudan tuavía les voy a contar qu’en la noche juí al pueblo; y allí, en la «loza», vide al Chon, con la mesma cara de pajuil que tenía cuando vivo. Y que esta historia no se les olvide, mucha. Que les sirva d’ejemplo y que nunca se les vaya a ocurrir beber en el mesmo ojo d’agua donde bebe el José Cruz Zamora, porque les aseguro que se van p’al «otro potrero».

 

Don Lencho Santa Cruz Zamora, Licenciado en Leyes, de la Universidad Nacional, pero más agricultor que licenciado, y ahora dueño y señor de las trescientas y tantas caballerías que constituyen la finca «El Sapuyul», era tío carnal de José Cruz Zamora. Uno de sus mayores dolores de cabeza era este sobrino que le había dado una hermana, al haber tenido el descuido de enredarse con un español aventurero que llego al pueblo de Taxisco, allá por la época de sus mocedades. Don Lencho, que era un hombre de bien y de trabajo, ambicionaba ver a José Cruz hecho un hombre de bien. Vanas fueron las tentativas de don Lencho para lograr su objeto; ni halagos, ni regaños, ni amenazas fueron capaces de cambiar la individualidad tirada al mal de este su sobrino. Lo más que se había logrado era que José Cruz se portara como hombre de bien unos cuantos meses; pero cuando más contentos estaban todos de su buena conducta, hacía una de las suyas.

Hacía varios meses que José Cruz se portaba tan bien como una ovejita, cuando don Lencho, que nunca había ido «por hay», dispuso ir a dar un viajecito a las Uropas, haciendo lo que hacen todos los hacendados de nuestras tierras, que hipotecan la finca y se van a dar un verde al extranjero. Antes de hacerlo, llamó al sobrino, lo regaño, le dio consejos, le regaló unas cuantas bestias, y hasta le dejó una buena cantidad de reales, suplicándole que se portara bien, siquiera en recuerdo de la memoria de su madre. ¡Así se lo ofreció el sobrino!

Tranquilo por esta promesa, se fue don Lencho a su viaje. Su visión se quedó absorta ante la contemplación de los huertos californianos, que lo hicieron pensar que a su vuelta iba a hacer él en su finca unas lindas plantaciones de mangos, así como las hay de manzanas en California. Y no menos absorto se quedó al ver en los Inválidos la tumba de Napoleón. Pero su admiración fue momentánea, pues recordó de la que tiene don Justo Rufino Barrios, en el Cementerio General de Guatemala, y nadie lo sacó de su afirmación de que esta era mejor y más bonita que la del gran Corso. ¡Pobre don Lencho, no es que fuera chauvinista, sino que su acendrado amor a nuestra tierra lo hacía ver mejor todo lo de ella!

Durante su viaje, don Lencho no se olvidó de la parentela. A cada uno le trajo un regalito. En cuenta, al José Cruz, a quien le trajo una linda pistola comprada por el mismo don Lencho en una fábrica norteamericana. ¡Cómo se iba a olvidar don Lencho de su «dolor de cabeza»! ¡Malo puede ser el muchacho, decía don Lencho, pero al fin y al cabo, por sus venas corre sangre de la misma que corre por las mías!

Don Lencho puso en las manos de José Cruz el precioso regalo que dicen tenía pomo de concha nácar. El José Cruz lo tomo entre las suyas, acariciándolo como al hijo más querido de su alma, y dijo:

—Gracias, tió Lencho, por el cuete; está muy lindo. Pero, perdone: ¡uste si qu’es bien papo! ¿No se puso a pensar, cuando lo compró para mí que bien me lo puedo soplar a usté mismo con este cuete?

—Vos siempre con tus «guazas», José Cruz—le respondió.

Y después de darle unas cariñosas palmaditas en la espalda se despidió de él.

José Cruz estuvo ese día y quien sabe cuántos más, viendo y volviendo a ver la preciosa pistola con pomo de concha nácar. ¡Hasta llegaron a decir las malas lenguas que José Cruz ya no quería a la Chusita, su traída, sino que estaba enamorado de su cuete!

Una tarde venia don Lencho con rumbo a su finca, atravesando la montaña llamada del Cobanal, cuando oyó el estampido de un balazo, y sintió que le pasaba un proyectil rozándole la cabeza, por fortuna sin herirlo. Se apió de la bestia y, revolver en mano, se dirigió al lugar de donde aquel había salido. No había caminado cinco pasos, cuando de detrás de unos matorrales, vio salir la figura felina de su sobrino José Cruz, que le decía:

—¡El susto que me lo’hice pasar, tío! ¡Si era pura broma! ¡Tenía la cosquillita en la cabeza de ver qué cara pone un tío cuando uno se lo “venadea” con la mesma pistola qu’el li’ha regalado…!

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

En la Provincias del Chaco y Corrientes crece una planta que los indígenas llamaban Caai Cobé, que significa planta viva y científicamente es conocida por Vergonoza-Spegasini. Es una especie de mimosa sensitiva, que cierra sus hojas cuando el viento la golpea o bien cuando el hombre simplemente la toca.

Cuenta la leyenda que a orillas del río Mbocoretá (pago de los mocovíes) vivía un grupo de indios. Allí nació una niña tan fea, tan escuálida, que poco falto al padre para deshacerse de ella.

Sus caracteres físicos poco variaron con el crecimiento, y así llego a la pubertad la pobre Isaú sin conocer otro cariño que el de su madre. No obstante ello, un sentimiento florecía en su corazón, el del amor a sus hermanos, acrecentado cuando el sufrimiento y el dolor nacido con las enfermedades alejaban de los mismos toda protección. Así la vieron asistir a los que padecían de viruelas, a los llagosos, a los insanos.

Solo hierbas cuyas propiedades medicinales nadie conocía empleaba para sus curas milagrosas, las que recogía en lo enmarañado de la selva y en las orillas de los torrentosos ríos.

Alarmados los payés y adivinos de la aureola que rodeaba a Isaú, pues no había en la tribu nadie que no hubiera recibido su consuelo y fuera aliviado de sus dolencias, decidieron deshacerse de ella. La esperaron emboscados entre unas matas, y desde allí le dispararon varias flechas. Una de ellas hirióla de muerte. Y allí donde la encontraron poco después, diéronle sepultura ante la congoja de toda la tribu, que la lloró desconsoladamente.

Sobre su tumba, tiempo después, nacieron varias plantas de caai cobé, humilde y fea como la india martirizada, y que, como ella, hace con sus hojas medicinales todo el bien que puede a los que sufren.

 

Bibliografía

Honegger, S.A. Gran Manual de Folklore. Buenos Aires: Editorial Honegger

Aquel día su majestad el León salió como todas las mañanas a recorrer la selva.

—Yo soy el rey de los animales decía. — ¡Soy el Pangui que de un boca­do me trago un guanaco! ¡Oh!

–Buenos días, señor Pangui  — dijo en ese instante un grillo.

El León miró despreciativo al insecto.

–¿No me ha oído usted, señor Pangui? —  dijo el Grillo. ¿No conoce al Grillo que hace Kunning-Kuning?

¡Calla que me lastimas los oídos con tu chillido! — respondió el León. — ¿Para qué sirves tu que andas a brincos y saltos  gritando Kuning-Kuning? ¡Ten cuidado que de un piso­tón te deshago!

— ¿Por qué me desprecias, Pangui? ¿Qué te he hecho yo?

— ¿Qué me puedes hacer tu, Kuning-Ku­ning? — rugió el León, comenzando a amosta­zarse.

—Si quieres pelearemos, señor Pangui. Juntaré mis mocetones — dijo el grillo.

¿Tus mocetones? — Dijo el León — ¡Qui­siera verlos al lado de los míos!

—Fija el día de la pelea y los veras — respondió el Grillo, muy altanero.

Convinieron la hora y el sitio del encuentro y cada cual se fue por su lado en busca de mo­cetones.

El León llamó al chingue, al quiqui, al huiña, al huemul, al guanaco, a la nutria y al zorro.

El Grillo llamó al zancudo, la mosca, al moscardón, al tábano y al moscón.

Juntó un ejército de mocetones el Grillo.

En el día señalado, el León mando sus men­sajeros al Grillo; eran el Zorro y el Chingue.

—Aquí venimos de parte del gran Pangui a decirte que ya está listo para la pelea.

—Entiéndete con mis mocetones respondió, el Grillo.

Nombró de parlamentarios al tábano y a la mosca.

  • ¿Cuándo quieres la pelea? — preguntó la mosca.

—Ahora mismo ha de ser — respondió el zorro. — Y prepárense porque los vamos a deshacer.

— ¡Hagamos la prueba! — replicó el tábano.

Y en seguida se abalanzó sobre el zorro lo picó. La mosca no se quedó quieta y persiguió al Chingue. A corcovos, dicen que salieron los parlamentarios del campamento del Grillo y llegaron de una sola carrera donde el León.

  • ¿Qué hay de nuevo? — pregunto el León a sus mensajeros. — ¿Tienen miedo de pelear con nosotros?
  • Dicen que están listos, señor León. El Gri­llo tiene muchos mocetones reunidos y nos,

— ¡En marcha! — ordenó el León.

Y salieron en parejas todos los animales que el León alcanzó a reunir. La cancha para la pelea estaba situada a orilla del rio. Así lo había que­rido el León por si sus mocetones tenían sed.

Llegado el momento del combate, el León dió un rugido que fué coreado por los bramidos

y gritos de sus mocetones. El Grillo respondió con un sonoro: — ¡Kuning-Kuning!

Los demás insectos zumbaron y comenza­ron a revolotear en orden de batalla: la mosca, el zancudo y el moscardón iban al frente; formaban la retaguardia sus mejores mocetones: el moscón y el tábano.

Los animales avanzaron sin temor. ¿Qué iban a poder contra ellos los despreciables mo­cetones del Grillo?

Pero un segundo después comenzó la lamentación:

  • ¡Me pico un ojo! ¡Ay que se me metió a la boca! ¡Que ya no sé dónde estoy!

Mosca, Zancudo y Moscardón no daban tre­gua a los mocetones del León. Cercados por to-dos lados iban retrocediendo hacia el río.

  • ¡Calla, Grillo, que me aturdes! — rugió el León.

–¡Quiero aturdirte! — dijo el Grillo y se acercó tanto al León que lo hizo retroceder.

Pero el Grillo no callaba y, después de dar vueltas y más vueltas, se metió dentro de la oreja del León. Este se agitaba, loco de rabia, daba brincos tan altos e, al caer, se golpeaba

con las piedras y se hacía heridas enormes. Acudía la mosca y el moscardón y lo picotearon, el

zancudo le chupaba la sangre, el tábano lo lan­zeteaba.

Los rugidos del Pangui repercutían la selva; todos los animales abandonaban sus gua­ridas y huían a la montaña en busca de refugio. No hablaremos de los mocetones del León que, uno a uno, habían ido cayendo al rio y solo escaparon con vida los buenos nadadores. Pero a estos los perseguían los mocetones del Grillo.

El Pangui continuaba dando brincos peñas y rocas y, por fin, todo lastimado y ciego cayó al rio y las aguas se lo llevaron lejos, lejos, hasta llegar al mar en donde los peces se dieron un banquete con el cuerpo del orgulloso rey de la selva.

— ¡Eso te pasó por fanfarrón! — dijo Grillo al León. De esta fábula dicen que nació el refrán tan conocido entre los Araucanos:

«Mallma nguelayaimi».

Lo cual significa: «Fanfarrón no serás”.

 

Bibliografía

Santa Cruz Ossa, B. (1938). Leyendas y Cuentos Araucanos. Chile: Universo – Valparaiso.

Desde la llegada de Quetzalcóatl, los bárbaros se habían convertido en toltecas, hombres cultos y civilizados, y unidos habían levantado la gran Tula. Él les había enseñado las ciencias más difíciles y también les dio conocimientos grandiosos, además de convertirlos en esplendidos artistas. Y aunque nunca nadie había sabido de donde procedía, algunos decían que de más allá del mar o de más allá del cielo, desde la primera vez, al verlo tan sereno, de mirada límpida y clara, de palabra fluida y sabiduría inmensa, su frente amplia y su barba rizada de oros: lo amaban, lo respetaban, atendían sus consejos. Era su guía.

Quetzalcóatl simbolizaba para todos ellos la INTELI­GENCIA, la capacidad creadora benéfica del ser huma­no, por que él, en su plenitud de bondad, no era como ellos habían sido, meros animales, simples serpientes que se arrastraban por los suelos únicamente en pos de alimento y placer. Quetzalcóatl poseía la orla de la elevación sobre la bestialidad. Lo adornaba el plumaje de la altura cósmica. Era una SERPIENTE EMPLUMADA: Era el vencedor de su naturaleza instintiva, esclavitud animal, engrandecido por su sabiduría creadora. Era el que conservaba incorrupta su mente y habla utilizado su cuerpo para vitalizar su magnitud espiritual.

Y Quetzalcóatl dictó para el pueblo que lo amaba leyes sabias y justas, como su propia vida. Y nunca impuso su autoridad ni exigía devoción ni gratitud. El amor por la humanidad desgranaba en sus vocablos dirigidos a todos los vientos y que los ecos repetían a todos los hombres. Y a cada instante crecía la admiración por quien entregaba lo mejor de sí, sin esperar más allá que el beneficio transcendiera su pequeñez animal para convertirse en un tolteca pleno.

Y los niños y los jóvenes querían ser como Quetzalcóatl, serpientes emplumadas, hombres que ascendieran de sus instintos a la categoría de seres creadores, HUMANOS.

Pero sucedió que un día, cuando el filósofo comenzaba a llegar a la vejez, procedentes de tierras lejanas, unos envidiosos hechiceros que habían escuchado hablar de su grandeza, se aproximaron hasta él, para burlarlo. Y Quetzalcóatl los recibió en su casa de la meditación creyendo que se acercaban en verdad por conocer los secretos de la sabiduría. Su bondad no sospechaba la maldad de algunos.

Como presente le obsequiaron un brebaje, que según decían ellos, le devolvería la juventud y lo conservaría vivo durante mucho tiempo más para hacer mayor beneficio a los suyos. Quetzalcóatl, inocente de vilezas, bebió un poco de aquel jugo blanco de maguey. De inmediato se dio cuenta que eso podría embriagarlo y no quiso beber más. Pero los hechiceros insistían:

-Con esto recuperarás el vigor perdido y se irán los dolores del cuerpo. ¡Bebe!, ¡bebe! ¿O nos vas a despreciar?

Quetzalcóatl; que hacía fuerza de voluntad para rechazar la invitación, vaciló y bebió nuevamente. Con esto bastó para sentirse arrastrado en un extraño torbe­llino de placeres. Era como si cayera a la tierra y cual serpiente, se enredara en sus sentidos y un huracán de labios, de cuerpos, de miradas, de caricias, devorara de voluptuosidad.

Cuando abrió los ojos, luego de haber permanecido quien sabe cuánto tiempo inconsciente, vio muy tristes a todos aquellos que lo amaban. Había sido humillado y escarnecido en la borrachera por los hechiceros. Había caído como jovenzuelo inexperto ante aquellos falaces, y se avergonzó. Quetzalcóatl sintió derrumbarse y decidió irse de Tula. Todos sufrían, muchos lloraban. No querían que se fuera. Algunos decidieron seguirlo. Había tornado el camino que conduce al mar. Y hasta allí, pocos lo alcanzaron.

-¡Quetzalcóatl! ¿Por qué abandonas a tu pueblo?

-Voy a donde abunda la tierra de colores, a Tlapalan, a donde me llama el sol.

-¡Déjanos un poco más, tan siquiera, de tu sabiduría para emplumarnos y poder elevarnos como tú!

Y Quetzalcóatl contesto al mismo tiempo que llegaba a la orilla del mar y subía a una balsa formada de culebras emplumadas.

-He aquí como llegar a la sabiduría.

Y Quetzalcóatl, al borde del luminoso océano, tomó sus aderezos y se los fue revistiendo: su atavío de plumas de quetzal, su máscara de turquesas, y cuando es­tuvo aderezado, se prendió fuego y se convirtió en un esplendor infinito. Y es fama que cuando ardía, cuando iban a alzarse sus cenizas, vinieron a contemplarlo to­das las aves preciosas de bello plumaje que conocen el cielo: la roja guacamaya, el azulejo, el tordo fino, el res­plandeciente pájaro blanco, los Toros verdes relámpago y los guacamayos de arco iris.

Cuando ya no ardían sus cenizas, el corazón de Quetzalcóatl, transformado en azules luces inmensas, se instaló en el universo.

Quetzalcóatl, el que reina en la aurora, desde enton­ces le llaman, aunque hoy, muchos le digan Venus.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

(Versión de R. de Zayas Enríquez)

Popocatépetl, el hombre casto y adorador de lo bello, había perdido su tranquilidad; ya no quedaba en éxtasis ante el cielo estrellado en las noches apacibles del invierno, ni su dulce y melancólica voz se oía en las selvas, alternando con el canto de los cenzontles, ni su fuerte macana hacía estragos en las huestes enemigas, pues la mano que la manejara estaba ocupada en contener los latidos acelerados del corazón.

Popocatépetl vivía triste en su florida chinampa, sin salir de ella. Lloraba continuamente y oraba para que Tezcatlipoca, el dios del Cielo, volviera ante sus ojos la imagen de una mujer divinaque había visto un instante tan corto como el que tarda una estrella candente en atravesar el espacio.

Era una tarde del tiempo en que los vientos del norte tuestan las frondas y después las arrancan de las ramas, llevándolas quien sabe dónde.

Un cortejo estorbó el paso del hombre casto, formado por los ancianos sacerdotes vestidos con mantos negros, adornados en los hombros de figuras horrorosas de fuertes colores: largas cabelleras hirsutas coronaban sus estrechas frentes, y con las manos tintas en sangre ofrecían flores a Iztaccíhuatl, la mujer blanca, la mujer pura, la inmaculada, venida de un país muy lejano.

La virgen era más blanca que las nieves, su turgente seno levantaba la tela que lo cubría; su cabellera, al caer sobre la espalda parecía una catarata de tinieblas, estrellándose en una roca de alabastro; sus ojos despedían destellos de luz que inspiraban adoración; las líneas de su rostro y las formas de su cuerpo, como el color de su cutis y de sus cabellos, eran diferentes a todos los de las otras mujeres. Al andar parecía una visión que se deslizaba por la hierba, sin producir ruido alguno.

Quedó Popocatépetl enamorado de Iztaccíhuatl; fue entonces cuando se sintió nacer en su corazón esa fiebre que mata de goce y de dolor alternativos, llamada amor.

Pero ese amor tenía que permanecer encerrado en el corazón y no salir de él jamás, pues, Iztaccíhuatl era la diosa de la pureza, y aquel que pusiese los ojos en ella debía ser castigado por los sacerdotes con la perdida de la vida y su cabeza serviría de alimento a las fieras.

Esto lo sabía Popocatépetl y por eso se retiró a su chinampa, para morir víctima de su amor en el silencio y el olvido.

Pasaban los días y el hombre casto no salía de su retiro, donde era torturado por la pasión.

A veces el sueño se apoderaba de él y cuando empezaba a reponerse en el descanso, despertaba sobresaltado, creyendo tener junto a sí el cuerpo de la amada ideal.

La fiebre iba consumiendo sus carnes musculosas de guerrero: de nada le servían las medicinas que sus sirvientes le suministraban, ni los cariñosos consuelos de su amorosa madre.

Una noche la reina de plata -la luna- custodiada por sus siervos de oro, iluminaba el valle.

La chinampa, sembrada de rojas amapolas y olorosos ixquixóchitls, albergaba al hombre casto, a Popocatépetl, que, sentado en una piedra, imploraba al cielo pidiéndole remedio a su mal.

De pronto oscureció el firmamento una bandada de tecolotes, las aves del mal agüero, que predicen muerte. Describieron los pájaros agoreros varios círculos en el espacio y después se perdieron entre las negras nubes que se iban extendiendo en el firmamento.

Eran enviadas por Huitzilopochtli, -el dios de la guerra y del exterminio-, castigar el femenil dolor del guerrero apasionado.

Popocatépetl se sentía enfermo; esas aves le habían predicho desgracia inminente. Cayó desmayado sobre las rojas amapolas y los olorosos ixquixóchitls.

El roció hizo volver a la vida al hombre casto y apoco, lo sacó de sus meditaciones un canto lúgubre que se acercaba cada vez más.

Luego apareció una chalupa cortando las aguas del lago, seguida de otras pequeñas.

En la grande iban los sacerdotes enlutados y postrados de hinojos ante el cuerpo de una mujer blanca, que reposaba en un lecho de yoloxóchitl y otras flores aromáticas, en las que parecía irradiar la divinidad de Coatlicue, la diosa de las flores.

Popocatépetl se puso en pie, impulsado por el presentimiento, para ver a la que entraba en la región de descanso; un frío sudor baño su frente y para sus ojos la noche se quedó sin estrellas… ¡Iztaccíhuatl era la muerta!…

Después se oía el lejano canto de los sacerdotes, diciendo:

«Murió Iztaccíhuatl, la virgen blanca y pura, no mancharon sus carnes besos infernales.

«Dioses, recibidla en vuestros senos y sentadla en el trono divino, pues va a vosotros limpia de toda impureza.

«Ella nos enseñó a amar el bien y a enaltecer la castidad.

«Dioses, tened en vuestra gracia a la mujer más pura, a la Virgen Blanca….».

Y el canto se apagaba a medida que el cortejo se iba alejando. Popocatépetl sintió desgarrado el corazón, como si serpiente enroscada en él le mordiera.

De pronto se lanzó al lago y nadó, nadó mucho y Tláloc, el dios del agua, compadecido de tanto dolor, acortó la distancia y Popocatépetl llegó en seguida a la cúspide del monte en que depositaban el cuerpo de la Virgen Blanca.

El hombre casto quedo en pie, con los Brazos cruzados junto al cuerpo de Iztaccíhuatl. Y después que el fúnebre cortejo se retiró, Popocatépetl se lanzó hacia el cuerpo anhelado y lo beso infinitamente, con frenesí. Eran los primeros besos que daban sus labios.

Siguió besando el cuerpo amado, y le parecía que con cada ósculo le devolvía vida.

El dios de los infiernos, Mictlantecutli, al ver la profanación cometida por Popocatépetl, lanzó sobre el su flecha, que hiriéndole la frente, le arrebato la vida, haciéndole caer en los pies de Iztaccíhuatl. Después quiso apoderarse del pecador, para torturarlo eternamente en las llamas; pero solo pudo levantar el cuerpo, pues el corazón que guarda todo lo que es bueno, quedo a las plantas de la virgen.

Entonces, el dios, enfurecido, cubrió el cuerpo de la mujer mancillada y el corazón que la había adorado, de Nieves, que nunca podrán derretirse.

El tiempo que todo lo borra, ha respetado el cuerpo de Iztaccíhuatl, la virgen blanca, haciendo la montaña inaccesi­ble para el hombre, y el corazón de Popocatépetl, en el que sigue inextinguible el fuego de la pasión eterna.

 

POEMA A LOS VOLCANES

 

IZTACCIHUAL                                                                                                                                

Desnuda, entre la nieve de la cumbre, que salpica tu cuerpo de alabastros, provocas la lujuria de los astros que iluminan la eterna reciedumbre.

Entre Idilio de nubes y montañas, entre los ris­cos de la cumbre enhies­ta ocultan tu hermosura deshonesta el loco palpi­tar de tus entrañas.

Y duermes toda blanca, toda inerte, desafiando los siglos y la altura y en­cajas en el cielo, tu figura como un símbolo eterno… ¡el de la muerte!

 

POPOCATEPETL

Si, guerrero inmortal, ahí la tienes, blanca e inmóvil como el propio hielo, en vano es la tortura de tus sienes pidiendo a dios que la despierte el cielo.

Inútil tu llamar, no está dormida pues ni al con­juro de tu amor despier­ta. Sigue agachado como bestia herida y bebe la nostalgia de tu muerta.

No escucharon los ámbitos tu ruego ni dios quiso escuchar tu ronco grito. Seguras con tus lágrimas de fuego regando de do­lor el infinito.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

En los más anchos y largos corredores de la casona colonial de la hacienda «El Caimito», que se encuentra perdida entre platanares, palmas reales y cocoteros, allá en las tierras cálidas de la costa sur guatemalteca, se halla, hierática e impenetrable, la Josefa, india que goza de la fama de ser la mejor molendera entre las muchas que pueblan la ranchería, así como de ser dueña del mas bien modelado y contorneado cuerpo.

En sus brazos —brazos cansados ya de tanto darle a la mano de la piedra de moler—, envuelta en un perraje de múltiples colores, entre los que predominan — ¡india al fin! — el rojo y el amarillo, tiene algo así como un ser viviente. Nos damos cuenta de que es tal, porque el perraje se mueve con un ritmo similar al que impulsa a hacer otro tanto al cotón de la Josefa, celoso guardián de sus senos, que adivinamos erectos y firmes, cuando sus pulmones hacen que se verifique el flujo y reflujo de la respiración.

 

Hace una hora que espera y hacen veinte soles que sufre, sola, sin decirle nada al Martin para que éste no se preocupe y siga ‘sembrando bien la milpa.

No obstante sus sufrimientos, en su rostro, prieto y jugoso como la tierra en que naciera, no se dibuja una sola contracción que nos permita traducir que la espera le produce impaciencia. (¿Que más le da a ella esperar una hora y haber sufrido por espacio de veinte soles, cuando su raza ha sufrido y esperado cuatro siglos que el ladino la redima? ¡Nada! ¡De algo le sirve su milenario ancestro indio) Espera.,.., Espera… Espera… con esa calma que para esperar tan solo tiene el indio, que ha esperado tanto y hasta ahora no ha recibido nada. Aguarda allí que la niña Lupe, la esposa del patrón, baje, para hacerle una pregunta y contarle sus penas. (¿Pero es que acaso el indio tiene penas? )

La Josefa es casada «ende» hace un año con el Martin —el mesmo señor Obispo, el tata Cure vestido de morado como los plátanos manzanos, como ella dice, los casó—. Tienen, fruto de sus ayuntamientos sin sentido —ayuntamientos de bestia cimarrona—, una criatura, el Martin 2o., que la misma niña Chabelita llevó a cristianizar. Pero el chiris, única alegría de aquel embrionario hogar, que no tiene más anhelo que el de ver todos los años sus milpas floridas y cargadas de mazorcas, hace veinte días que enflaquece sin haberse podido, hasta ahora, averiguar la causa. El niño esta tan seco y pálido que su tez parece la cascara de un plátano escuintleco, y su cuerpo el de un tacuacín caído en la celada de una trampa.

La Serapia, curandera que con habilidad sin límites sabe ahuyentar las calenturas, dijo sentenciosamente cuando la consultaron:

—Se me afigura, vos Josefa, que a tu chirís le han hecho el mal d’iojo… o que vos no tenés leche sufeciente y se te está muriendo de pura hambre…

Lo mesmo estaba hace como quince días el chivo de la vaca Fortuna, y todo era porque la muy matrera escondía la leche… Decíme, vos Josefa, no te estás vos escondiendo también la leche. A mí no me haces papo.

— ¿Pero, quien le va a hacer el mal d’iojo, pues, comadre Serapia? ¿No ve que aquí no tengo mal querencia con naide? ¡Falta de leche? Nenguna. ¿ Cree que l’iba esconder? ¡Adiós, pues, será vaca machorra, pues! Tengo tanta, que cuando muelo el nixtamal hasta lo pringo con las gotas que se me caen de las chiches… Podría servir para chichigua de cuaches… A mí se me afigura que lo que el Martin 2.o tiene son las calenturas.,…

Tal la historia de la enfermedad del niño, que de nuevo pasa por la rudimentaria imaginación de la Josefa, en tanto que espera, espera…

Al fin, chispazo de luciérnaga en la noche de la manigua, apareció en los umbrales de la puerta la seca y alta figura de la niña Lupe.

¿Qué te pasa, vos Josefa? ¿Qué querés? ¿Venis a quejarte porque el Martin se te emboló y querés que el patrón lo meta al cepo, o es que querés que te habiliten para comprarte vestido de mengala e ir a menear la cola en la sarabanda de Taxisco?

—No, patroncita, el Martin hace ya días que no chupa; a mí hace tiempo que no me gusta menear la cola en las sarabandas. Otros son mis decires. Fijáte vos, patroncita, que el Martin 2.o se me está poniendo seco y pálido. Tiene el pellejo pegado al hueso y eso que mama más que el chivo de la vaca Lucera. Ya lo llevé donde la curandera, y dice que lo que tiene es el mal d’iojo. Yo no creyo: o son las calenturas o son las mazamorras. Miralo patroncita, está seco como un chilío… Por el amor de Dios, por el amor de tu hombre, por el amor de tus chirises, decile al doctorcito que le de una purga o le ponga unas inyecciones pa’que se me cure…

—Vos Josefa, siempre con tus cuentos y con tus pendejadas… Lo qu’el chiris tiene es que se Vesta muriendo de paludismo… Le vo’a decir al Doctor que le meta quinina, y dentro de dos días va a estar de correr y parar. Ustedes los ishtos siempre con sus babosadas; apenas el patojo se les empieza a poner «seco» y ya están creyendo en brujerías… ¡Que mal d’iojo ni que ocho cuartos…! ¿Cuándo has visto que a mi Renato me lo ojeen o se me enferme…? (Claro, pensó la Josefa, ¿qué se va enfermar el niño Renato cuando a ese lo cuidan más que el garañón que cubre a las yeguas?)

La patrona unió la acción a la palabra, llamando al practicante, un estudiante de medicina que había fracasado en sus estudios después de haber cursado el cuarto año, y que ahora, contratado por la Institución Rockefeller, hacía de las suyas en las tierras de la costa.

—Oiga, Pérez, vea a este chiris… Recételo, y si hace falta pisto para la receta me avisa… Y vos, Josefa, ándate tranquila: tu chiris se te va a curar… Decile al Martin que esta semana le voy a cargar en su planilla lo que cobre el Doctor y el valor de lo que te voy a dar pa’la receta… Y p’arotra vez habla d’iuna vez con él y no vengas a quitarme el tiempo con tus sonseras…

La india, como un perro, siguió las huellas de la patrona, diciendo:

—Dios te lo va a pagar, nanita, Dios te lo va a pagan Yo mesma se lo vo’a decir a mi Señor de Esquipulas pa’que te lo cargue en tu planilla pa`cuando llegues al cielo…

Pérez, acaso con un tanto más de humanidad que la niña Lupe, ascultó al niño; lo toco por todas partes, con fuerza y luego de hacerlo llorar con sus apretones, dijo:

—Vos, Josefa, vas a ir donde don Chema, el molientero. Le decís que vas de parte mía y que te prepare esta receta. Le das dos tomas diarias al chiris y vas a ver que el sábado esta bueno..,. Y andaite luego, porque te puede caer la resolana y entonces sí que te fregás; y, además, andaite también, porque estoy apurado: tengo que ir a una cacería de venados a la finca de los Paiz y eso es más importante qu’estar curando ishtos nigüentos.

La Josefa salió corriendo, aprisa, como ella decía, con su andar seguro y menudo —andar de bestia—, contando, mientras devoraba leguas y Ieguas, los «tostones» que, amarrados en la punta de un colorado pañuelo de hierbilla, constituían todo su «cuchubalito».

Su andar no cesó hasta que llegó a la botica «El Águila del Oriente», que en las tierras de Escuintla, a donde van las ladinas a sumergir sus carnes blancas como la leche y elásticas como el requesón en sus albercas, tiene don Chema, el molientero.

“Jesus de Esquipulas, Tata Chus, triguenio como yo, a vos ti’ofrezco los primeros elotes que dé mi milpa… A vos ti’ofrezco candelas de pura cera y flor de corozo… A vos ti’ofrezco todos mis tostones… Al tata cura le traeré su miel de talnete y sus gallinas ponedoras, y hasta un su cochito, si me salvas al Martin segundo… Se bueno, Tata Chus, no ves qu’es la única alegría y el único cariño, y consuelo de tus ishtos que tanto te respetan, de tus ishtos que te van a ver a puro pie y te llevan flores de pascua y de corozo pa’tu fiesta del 15 de enero, y que siempre te traen su primera cosecha… Vos no sos malo, Tata Chus… ¡Sálvame a mi Martin Segundo…! Rumal retal Sabcta Cruz Koacoltak al Kahaual Dios, paquea Kaklabal; Parubi Dios Tataixwl, ruzin Efpiritu Santo. Quer Oktux Amen Jesús».

Signóse a lo último, hizo una nueva promesa, y habiendo dirigido esta sincera oración ante una renegrida imagen del Señor de Esquipulas, la india, segura de que Él no la echaría en saco roto, salió del templo para emprender la larga caminata de regreso a la hacienda, en donde la esperaban el Martin, el coche, el chucho flaco, el comal ardiente y pródigo, que caliente las tortillas —pan del trópico— y el tapexco, único reducto en donde el pobre y sufrido indio repone las fuerzas perdidas…

La tarde, tarde tropical que ya dejaba de serlo para convertirse en noche, caía lentamente… El manto azul obscuro del cielo bordábase ya con el oro fugaz de los primeros luceros y el ambiente zahumábase con el aroma de las flores de pascua y de cacao. A esta transición sutil entre el día y la noche le prestaban su encanto los abigarrados colores de los plumajes de las guacamayas y loros que en enormes y bulliciosas bandadas pasaban volando; y el murmullo tenue y quejumbroso del correr de las aguas del Marialinda al cual le prestaban sus notas las chicharras, tamborileros , criollos, los guardabarrancos, barítonos costeños, y  zenzontles, sopranos de los trópicos.

¡La tarde cayó, d’iun repente, como dijo ella, y los caites de la india que hacían chas… chas… has. . . siguieron golpeando las piedras del camino…!

La negra y bruja noche tropical es tibia y silenciosa. Su silencio tan solo es turbado a veces por el relinchar de las yeguas, que, según las gentes del lugar, son cabalgadas por el Sombrerón o Duende, y por los gritos destemplados de algún Indio borracho que se ha quedado rezagado en el estanco «Aquí se olvidan las penas», que es el único que hay en la hacienda, y en el cual el indio deja dinero y vida, pero las penas no… Esta noche el indio rezagado que sale de allí y va a su rancho, tambaleante, es el Martín, que hace como diez días que anda «enjumado» y que no trabaja, de pura pena, porque el Martin segundo cada día esta pior y parece que se le va’morir. Su cuerpo hace zigzags, iguales a los que el Martin hace en el aire, peleando con los diablos que le hace ver el mucho «guaro» que ha bebido, con su machete corvo. Logra llegar, casi arrastrándose, hasta su rancho. Al entrar hace luz con una rajita de ocote que logra encender; levanta la chamarra que cubre su mísero tapexco, y cuando introduce las piernas bajo de ella, siente que se las roza un cuerpo frio y viscoso. ¿Qué será? ¡Qué ha de ser! Nada menos que una larga «chichicúa» que con furia de sensual enamorado succionaba los pechos turgentes y erectos de la Josefa, que bien parecían dos limones reales, en tanto que tenía la cola introducida entre los casi yertos y pálidos labios del Martin segundo, para que el chiris se hiciera la ilusión de que estaba mamando y no rompiera a llorar…

— ¡Ah, chichicúa, hija de la gran…! —exclamo el Martin, levantándose presto—. ¡Conque vos sos la que me estas matando al Martin segundo! ¿No? ¡Tomá, p’a que no volvas a venir a fregarlo… !

De un solo tajo corto el corvo vizcaino la cabeza de la feroz «chichicúa», cuyo largo cuerpo rodó sobre el terroso pavimento del rancho. Solo se escuchó un ligero vagido del niño y un grito austado de la Josefa, que contemplo, impertérrita, la escena… Y más tarde el silencio absoluto, ese silencio sobrecogedor de las noches, ahora turbado de vez en cuando por los ronquidos satisfechos del Martin que dormía la «mona»…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

Mi amigo Juan Luis, el más querido de mis amigos y compañeros de la infancia, y colega mío de correrías en los dorados y desgraciadamente ya idos tiempos en que pintos seguimos nuestros estudios en el Instituto Nacional Central de Varones de Guatemala, hecho ya todo un hombre, como yo, vino a visitarme un día de tantos. Se arrellanó en uno de los amplios sillones Chesterfield que hay en mi sala de escritorio, encendió un cigarrillo «Tigre» y, sin decirme agua va, se le desató la lengua, contándome la siguiente historia:

—Vos debes recordar, sin duda, pues la parranda con que me despediste te costó serios regaños de tu viejo, que allá por el año 1921, tras múltiples veces que me aplazaron en Algebra, me fui a trabajar a la finca «Heredia», que tiene tu tío Nacho en el departamento de Santa Rosa… ¿Te acordas, viejito?

¡Claro que me acuerdo! ¡Si hasta estuve dos domingos sin salida por causa tuya…!

—Pues bien; allá me sucedieron hechos tan extraordinarios, que no me he atrevido a contar a nadie porque vos sabes cómo son de águilas los
muchachos para dar coba. Si ahora me atrevo a contártelos a vos, es porque considero que sos persona sincera y «traslas» mío, y, como te ha dado por escribir, quizás podás sacarle algún partido a esto que te voy a contar.

—Veras lo que pasó. Al no más llegar a la finca —vos te debes acordar bien de la casa, pues has ido a pasar muchas vacaciones allá—, una de mis primeras preocupaciones fue buscarme la mejor pieza. ¡No faltaba más! ¿Crees vos que yo iba a dormir igual que el administrador? ¡Seré pajuil! Para lograr tal fin, recorrí el viejo caserón de extremo a extremo, hasta que en el segundo piso, frente al corredor que tiene vista al potrero de las vacas paridas, encontré lo que buscaba: una pieza «de a petate», la misma en que dormía to abuelito Chema.

Hice saber al mayordomo mi decisión de alojarme en ella, y le ordene que trasladara a ese lugar todos mis bártulos, entre los cuales iban mi Mauser y un revólver Smith y Wesson, legitimo, tan legítimo que cuando se le jalaba el gatillo hacia «tric».

— ¿A esa pieza, patrón? —me dijo el Chus, más asustado que si lo hubiera picado la cazampulga—. ¡Usted está loco! ¿No sabe, pues, que en ella se murió el finado patrón viejo, el tata de don Nacho, y que cuando alguno se va a dormir allí; se le aparece el Cadejo? Meterse alló patrón, es lo mesmo que puyar el hormiguero.

— ¿El Cadejo? ¿Que patrañas son esas, Chus? —le respondí.

—Adiós, pues, ¿conque el patrón no sabe lo que es el Cadejo? Es verdad que el patroncito es «chanclecito» que viene de la capital y que por allá tal vez no si’aparece; pero yo que soy más costeño que el «palo jiote», ¡vaya si lo conozco! Con estos mesmos ojos que si’han de comer los gusanos lo vide una vez: es ansina de grande, tiene el cuerpo peludo como de chivo, con cachos de toro, ojos que echan chispas como los de los gatos de monte, cola de lión, echa espumarajos por la boca y lo sigue a uno con el pensamiento…Cuando anda nu’hace ruido, parece que si’arrastra.

Ante tan peregrina como exótica descripción, yo, espíritu cuya mentalidad está plena del mas puro positivismo compteano, no pude hacer menos que sonreír y reiterar la orden de que se me instalara en esa pieza. ¡Tú tío Nacho, viejito, me había dado poderes de señor de horca y cuchillo!

—Bueno, patrón —fue la respuesta—. Usté sabe lo qui’hace. Pero, por aquello de las dudas, li’aconsejo que se merque una daga de cruz, pues ese fierro es con lo único que se puede ahuyentar al Cadejo. ¡No ve qu’es el mesmo ‘achudo (hizo la señal de la cruz) desfrazado!

Por la noche, después de darle cuerda a mi Longines, de acondicionar mis vestimentas en la silla y percatarme de si habían dejado agua suficiente en la garrafa, me acosté. A la luz del quinqué, que despedía un penetrante olor a gas, me enfrasque en la lectura de una novela de don Pepe Milla. «Los Nazarenos» eran, hermano.

Iniciaba la lectura del capítulo en que don Silvestre de Alarcón enseña a los iniciados el Santo aquel de «malo Mori», al cual responden, “Quan Phoedari», cuando, no se por qué extraña asociación de ideas —la lectura del bien escrito pasaje, tal vez—, vino a mi mente el recuerdo del Cadejo. Un intenso calofrío recorrió todo mi cuerpo, hermano. Mas, al instante, sobreponiéndome a mis nervios excitados, continúe la lectura.

«Don Silvestre exhortaba a los Nazarenos a ser fieles a su juramento», tal el pasaje que leía en ese instante, cuando escuche, nítido en el silencio de la noche, un ruido semejante al que hace un cuerpo pesado al arrastrarse sobre un entarimado. ¡Deben ser ratas! , pensé. Pero el ruido se hizo más fuerte, dándome la sensación de que se iba acercando. (¿Para qué te voy a engañar, viejito? Ya el susto me iba entrando en ese instante.) Decidí, haciendo un gran esfuerzo de voluntad, levantarme e inquirir, como era natural hacerlo, la causa que lo motivaba. Antes de hacerlo introduje la mano bajo la almohada para sacar mi «cuete», e iba a incorporarme cuando, al volver la vista hacia la puerta, en ella, ocupándola en toda su totalidad, estaba un cuerpo extraño y feroz, semejante al de un chivo grande y peludo, con cachos de toro y cola de león, echando espumarajos por la trompa y cuyos ojos, que eran dos brasas que echaban chispas, me miraban en una forma penetrante y aguda que no la olvidare jamás. ¡El Cadejo auténtico, similar al del retrato que del mismo me había hecho el Chus, estaba frente a mí! ¡Tuve aún alientos para intentar ponerme «las de hule» por la ventana, pero, no bien lo hube pensado, el Cadejo, que lo sigue a uno con el pensamiento, estaba frente a ella obstruyéndome el camino…!

¡No supe más de mí! ¡Sólo recuerdo que sentí los pies como de plomo y que di un grito feroz, salvaje! Cuando volví en mí, estaba rodeado por los mozos que, como vos sabes, duermen «jateados» y envueltos en sus «chamarras», en los corredores del primer piso. Uno de ellos, creo que fue el Chon Almendarez, el mismo que nos enseñó a montar a caballo, contemplaba el potrero de las vacas paridas y les decía a los otros:

—¡mírenlo, Muchá, allá va tu’avia el Cadejo! ¡El susto que le metió al patroncito…! ¡Bueno que les pase eso a estos «chanclecitos» por meterse a faroleros y creer que con el «cachudo» se puede jugar…!

—¡En efecto, viejito, en el potrero se divisaba una masa informe blanca, que caminaba lentamente…!

—¿Entonces, Juan Luis, la daga de cruz no te sirvió de nada?

—Vaya si no, viejo, más tarde supe que con ella fue con lo que lo logró espantar el Chon Almendárez.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

Tlazolteotl era la diosa mexicana del amor, de la hermosura y de los placeres; su inmenso poder se extendía sobre todos los hombres, a los que podía incitar al pecado de la lujuria, aunque también tenía la facul­tad de perdonarlos mediante la confesión de ellos con sus sacerdotes.

Habitaba en unos maravillosos vergeles de espesas frondas y arrulladoras fuentes que, cubrían de verdor extensas praderas tapizadas de variadas y extrañas flores de mil colores y deliciosos aromas, que embria­gaban todos los sentidos e inspiraban en los humanos devastadoras pasiones con su perfume. Estaba emplazado este misterioso jardín por encima de las nubes y de los vientos, en la región del noveno cielo. La entrada a este paraíso estaba terminantemente prohibida a todo varón, fuese dios u hombre, que no podía hollar con su planta la celestial mansión de la diosa. Ella se entretenía allí en recoger flores peregrinas, haciendo llegar su aroma hasta los hombres, o con sus pétalos y maripo­sas de oro tejer las más sutiles telas con que adornar su espléndida belleza. Estaba rodeada de seres que le servían y que, ligeros como el viento, iban a llevar sus mensajes a los hombres, encendiendo sus amorosas pasiones con la fragancia de sus flores.

En la tierra, haciendo vida de anacoreta, con una aus­teridad absoluta y rígida penitencia, existía un hombre llamado Lappan, que, separándose de su mujer y sus hijos, y huyendo de las pisadas humanas, vivía en la más completa soledad, mortificando su vida humana para conseguir la divina.

Muchas veces su mortal enemigo, llamado Laotl, había intentado desviarle de aquella senda del bien y hacerle pecar; pero todos sus esfuerzos resultaban va­nos, porque se estrellaba con el temple admirable del ermitaño, que resistía, sin vacilar, todos los embates.

Enterada de ello la pérfida Tlazolteotl, decidió con­quistarle, y, saboreando su triunfo, se presentó un día al virtuoso Lappan con la más extraordinaria hermo­sura que habían contemplado sus deslumbrados ojos. Le hizo creer que era enviada de los dioses para ani­marle a continuar su heroica vida de sacrificios, que había sido acogida favorablemente por la divinidad. Lappan nada sospecho, y ella le pidió que le tendiera la mano para llegar hasta donde él estaba, en lo alto de una roca. El hombre accedió; pero al sentir su tenue contacto, zozobró toda su virtud y un frenético anhelo de poseerla se apodero de él que no le abandonó un solo instante hasta haberla conseguido, cayendo por tierra todos los años de piedad.

El fuerte y enérgico Lappan, vencido ahora y de­rrotado por el pecado, fácilmente fue sojuzgado por su implacable enemigo Laotl, que, cayendo con saña sobre su víctima, le martirizó y terminó por estrangu­larle.

Los dioses, que presenciaban esta lucha, se compadecieron del infortunio de Lappan, y en atención a sus años de virtud, le devolvieron la vida, pero dejándole transformado para siempre en un escorpión.

Quisieron castigar al perverso Laotl y le convir­tieron en langosta, en cuya forma siguió ejerciendo la maldad.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

Reinaba el rey Xocbitum en la hermosa tierra de Mayapán. Y era en el mes de Tzoz, cuando alegres fiestas animaban el país. A ellas afluían gentes de toda índole que las realzaban con la exhibición de sus habi­lidades; solían concluir con el cillih miatz o inspiración sagrada: el hoolpop o conjunto de baldzames (verda­deros vates) exponía sus narraciones de gran belleza y profundo sentido.

Y un baldzam que había llegado inesperadamente se adelantó a todos y con voz refirió:

Yelmal (que quiere decir «esencia») era linda y gra­ciosa; el consuelo de la aldea, el amparo de los pobres. Su padre había dado la vida por el rey, y Yelmal vivía humildemente con su madre. Noimail (obstinación) se enamoró de ella. Un día la contemplaba tímidamente. La dulce Yelmal atendía a los desgraciados que encon­traba. Se acercó a ella el joven, y apoyándose en un vie­jo roble, le declaró su amor:

-Quiéreme —le dijo- yo seré tu apoyo. Yo haré que nun­ca te falte cuanto necesites para tus pobres.

Yelma aceptó y le suplicó que fuese puro y que no se olvidase de su querida madre. Radiante de felicidad, el mancebo le aseguró que sería otro hijo para la madre de Yelmal y para ella, el más sumiso siervo.

Mas he aquí como el xibilbá (genio del mal) pue­de trocar la felicidad en dolor. Era una noche de tormenta, bajo el agua torrencial caminaba un mendigo, Se detuvo ante la casa de Yelmal y llamó. La joven se negó a abrirle, pues su madre estaba enferma; pero las súplicas del caminante y su triste aspecto la conmovie­ron, y al fin abrió la puerta. El mendigo dio muestras de apasionada gratitud, y queriendo corresponder a la bondad de Yelmal, les ofreció un líquido que asegu­ró que poseía extraordinarias cualidades. A los pocos momentos invadió a ambas mujeres profundo sopor. Al día siguiente, Yelmal refirió a Noimail su afrenta. En vano el joven renovó sus amosas protestas. La ya triste Yelmal lo rechazó, llorando, su indignidad y des­ventura. Noimail no perdía las esperanzas; continua­mente rondaba la casa de su amada. A los pocos días vio salir de ella a un hombre y acudió rápidamente. Yelmal se sumía en el sueño eterno, víctima de un ve­neno. A su lado, la madre, enloquecida de dolor, reía convulsivamente. Pero Noimail, el baldzam, conoció al traidor. Decidió matarlo, pero la guardia leal le cus­todiaba día y noche. «Esperaré al mes de Tzoz -pensó-, cuando las fiestas alegren las comarcas, ya siempre tris­tes para mí. Acudiré ante Xocbitum y pediré justicia. El santo miatz me valga».

Y al decir esto, el baldzam se quitó la careta: era Noimail, el campesino, que pedía justicia contra un no­ble de la corte. El estupor recorrió la apretada masa de gentes.

-No puede ser; eso es falso -clarnó a una voz el hool­pop.

-Registrad el palacio.

-¡imposible! ¿Aseguraras que un miembro de sangre real pudo cometer tal crimen?

-Que se presente ante mi Ozil (antojo, deseo vehemen­te), el noble príncipe, y yo le arrojare al rostro mi de­nuncia. Y si acaso ya no hay justicia en Mayapán, iré a unirme con mi dulce .Yelma en donde no me hiera la amargura de tan vergonzosa impunidad.

Mas Xocbitum era justiciero; ordenó que su hermano Ozil fuera apresado, ya poco le hizo pagar sus fechorias con la vida. Y Noimail guardó fiel, su prome­sa y cuido con mucho esmero a la desgraciada loca, mientras su recuerdo se esclavizaba eternamente a la memoria de la encantadora Yelmal.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

El Vinal es un árbol conocido también con los nombres de visnal, ibopémetoti, algarrobo blanco, quilín, etc. Su nombre científico es Prosopis riscifolia, y vive en la region central, norte y noroeste del país.

La característica más esencial de esta planta es que en su vecindad solo pueden crecer el cardón y el cardoncillo, pues las otras mueren al poco tiempo de nacer.

La razón de esta particularidad la da en parte la siguiente leyenda guaraní:

Junto a sus padres vivía un indio de corta edad de sentimientos perversos y en cuyo corazón no había puesto Tupá virtud alguna. La tribu entera le tenía terror, pues jamás había visto nada semejante.

Consultados los payés (hechiceros), poco tardaron en afirmar que Añá, el espíritu del mal se había alojado en su cuerpo y que era menester curarlo expulsando a aquél.  Cuando se aprestaban a ello, el pequeño se apartó unos pasos y consiguió dispararles sus flechas hiriéndolos mortalmente, hecho lo cual huyó velozmente hacia los montes vecinos. Perseguido, no fue posible darle alcance porque cruzaba sin ningún inconveniente regiones inmensas cubiertas de cardones, mientras sus perseguidores despedazaban sus carnes en ellos y tenían que retroceder.

Por último desapareció y un buen día, deshecho por el cansancio y el hambre, pereció. Añá, que lo protegía, lo transformó en un árbol y le dio espinas y virtudes tales, que en su proximidad todas las plantas perecen, salvó el cardón y el cardoncillo, que le protegieron en su huida.

 

Bibliografía

Honegger, S.A. Gran Manual de Folklore. Buenos Aires: Editorial Honegger.