Categoría: América

Aguilar era un hombre extraordinario. Acometió las más difíciles empresas con éxito invariable. Todo Chumax pudo admirarle mil veces en las fiestas popula­res, en que se domeñaban toros y potros salvajes; una simple palmada bastábale para arnansar al más fiero ejemplar. No es, por lo tanto, de extrañar el que en toda la región se le tuviera por brujo; había no poco misterio en la vida de aquel hombre fuerte, bueno, cordial, sí, pero extraño. Y he aquí como tales sospechas no eran infundadas.

Desde muy joven, Aguilar tuvo que trabajar para vivir. Su oficio no era muy envidiable: pastor de gana­do. La verdad es que, a pesar de su afanoso interés, no demostraba excesivas aptitudes, lo que le valió más de una y más de dos palizas del capataz. El pobre mu­chacho sofocaba su rabia y volvía a la tarea: luchaba con las indisciplinadas reses o «discutía» con un burro viejo, no muy diligente, que le ayudaba a sacar el agua de la noria para llenar los bebederos.

Y así «se le pasaban las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio» sumido en mil tristes meditaciones y azares. Una noche oyó una voz que le decía » ¿Xibechan? (¿Eres hombre?). Lucha, pues, con tu destino; si quiere triunfar, dirígete por esta senda que está a tu derecha».

Impulsado por una fuerza interior, Aguilar obedeció. Al poco tiempo dio vista a una hermosa finca que jamás hasta entonces había existido en aquel lugar. Se dirigió hacia las puertas del corral, que se abrieron misteriosa­mente ante él; penetró y contemplo con ojos maravillados la limpieza y el orden que allí reinaban; los bebederos, lle­nos de agua, esperaban al sediento ganado. Se encaramó al andén de la noria y allí se sentó con los pies colgando; so­bre él se cernía, estremecida por un fuerte viento, la noche oscura; lo que los indios llaman el kab horn.

Hasta él llegó el rumor inconfundible de un rebaño que descendía confusamente del monte. Entre bramidos, que diríanse casi rugidos, entraron hasta treinta negros toros de amenazadora estampa, que se dirigieron hacia los bebede­ros. Bramó un enorme toro con tal fuerza, que todos callaron y se apartaron. Se adelantó, majestuoso, y avanzó hacia el bebedero. Durante largo rato bebió, y después de él bebie­ron los demás que al momento salieron. El quedo en medio del corral, majestuoso y terrible. Aguilar, desde su puesto de observación, contemplaba la extraña escena. El toro es­carbo con furia la tierra y con sus cuernos trazó dos pro­fundos surcos. Luego alzó su testuz retadoramente y bramó con espantable furor. Y Aguilar oyó de nuevo una voz que le invitaba: «Ea, Aguilar, ahora probarás si eres hombre». Y un brazo, cubierto de espeso vello, le tendió una saca. Con extraña serenidad, el desafortunado pastor se colocó fren­te a la fiera. Se inició un torneo de difícil y peligroso arte. Seis veces embistió furiosamente el toro, seis veces esquivo Aguilar el asalto con airosa valentía. Otra vez se dejó oír la voz: «Tu valor está probado». Y en su mano apareció un cigarro de holoch, mientras el toro saltaba sobre el muro del corral, sin rozarlo. Nuevamente se abrieron las puertas ante Aguilar cuando, vencedor, regresó a su finca. Volvió la vis­ta a los pocos pasos; ya no había sino el monte y el bosque de siempre. Llegó a su casa, sumido en extraño ensueño. En la puerta tropezó con un hombre fornido y mal encarado, que le gritó » ¡maldito holgazán! ven, que te espera el vergajo».

No pudo resistir Aguilar tan desacordado choque con la realidad y contesto de mal modo.

Picase el otro; insolentase Aguilar, y acabo por dar­le un enérgico bofetón. Como pesadas mazas, cayeron una y otra vez sobre Aguilar dos puños vigorosos. Una y otra vez los esquivo, mientras se reía burlonamente de la pesadez bovina de su rival.

Al fin cesó la lucha y Aguilar escucho estas pa­labras: «¿Xibechan?, (eres hombre). Cuenta siempre con mi ayuda, pues has sabido vencer a Juan Tul. Una palmada te bastará para dominar a cualquier animal. Y en cualquier contingencia, si aspiras el humo de estos cigarros y llamas a Juan Tul, vencerás». Este era el mis­terio del prodigioso Aguilar.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

Al sur de Kaua, pueblo de la provincia de Vallado­lid, hay unas criptas profundas cuyas galerías subterráneas forman un verdadero laberinto.

Nadie las ha recorrido en su totalidad y se dice que una de ellas alcanza una extensión de veinticuatro kilómetros. Los turistas que las visitan pueden oír como el eco reproduce la voz bajo sus bóvedas hasta lo infinito; pero los viejos indígenas aseguran escuchar con claridad una voz que pregunta en la lengua aborigen: » ¿me quie­res?, y estas palabras como respuesta: «como las plantas del rocío de los cielos, como las aves al primer rayo del sol matinal». He aquí la leyenda que relatan sobre estas criptas:

Vivía una vez en la corte de Chichen el sacerdote H’Kinxoc, padre de una doncella de maravillosa belleza. Se llamaba esta Oyomal, que quiere decir «Timidez». Eran muchos los que la pretendían; pero ella se mostraba amable con todos, sin dar a ninguno su preferencia. Entre sus adoradores se contaron pronto Ac y Cay, los dos príncipes hermanos. La pasión se encendió en sus pechos con tal fuerza que se desencadenaron entre ellos la rivalidad y el odio. El sacerdote H’Kinxoc temía que estallase la guerra civil si Oyomal se inclinaba por uno de los dos jóvenes, y suplicaba continuamente a los dioses que esto no llegase a suceder. Pero Yacunah, el amor, dispuso las cosas de otra manera, y Cay, gallardo, varonil y valiente, rindió con sus poemas el corazón de Oyomal.

Encolerizado Ac por la fortuna de su hermano, envió contra él a sus guerreros, los cuales le sorprendieron cuando juraba amor a la bella Oyomal.

El enamorado príncipe fue aprisionado en la hon­donada de Kaua, mientras su dama era conducida al claustro de las vírgenes de Chichen Itza, y el sacerdote H’Kirococ fue encerrado en el santuario de Mutul. La cólera de Ac era enorme; pero su amor era aún mayor, y siguió cortejando solícitamente a la hermosa Oyomal.

Todas las mañanas acudía al claustro de las vírgenes y le hablaba de su pasión; pero ella permanecía silen­ciosa. Todavía sonaban en sus oídos las apasionadas palabras de Cay: » ¿rne quieres?». Y entretanto Cay, en la hondonada de Kaua, se repetía una y otra vez las palabras que ella le había contestado: «como las plantas al rocío de los cielos, como las aves al primer rayo del sol matinal».

Y un día, inspirado por el amor, Cay tuvo la idea de construir, valiéndose de una mina, un largo e intrincado subterráneo desde su prisión a la de su amada, y el amor, que nunca le abandonaba, le dio fuerzas para realizar su propósito. Oyomal pudo así un día escuchar realmente de los labios de Cay las palabras que incesanternente se repetía en su interior: » ¿me quieres?». Pero su dicha fue corta; se acababan de reunir los dos enamorados, cuando Ac penetró en la estancia y mandó a sus guerreros que prendiesen al fugitivo y diesen muerte a los guardianes que habían permitido su huída. Entonces habló Cay. Dijo que había venido por un camino desconocido, guiado solo por el amor y que al amparo de él marcharía con su prometida. Dicho esto, tomó en brazos a Oyomal y desapareció por el laberinto que lo había traído.

El encolerizado Ac salió en el acto en su persecución con sus guerreros a través de las criptas, y los fugitivos fueron alcanzados, recibiendo muerte y sepultura en el camino subterráneo que el amor había tendido entre ambos. Pero sus frases de amor se pueden escuchar todavía en las noches de enero, cuando la brisa murmura dulcemente.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

Los poetas de todos los tiempos, los viajeros que han visitado las fértiles campiñas de nuestro continente, así como los pintores que han contemplado el paisaje tropical, están de acuerdo en conceder a la palmera el primer rango entre los diversos tipos del reino de Flora. El árbol de la palma ha sido llamado por donde quiera, el príncipe del reino vegetal, simbolizando el triunfo de la fuerza y de la belleza. Tal es su porte, tales sus atractivos, que, si el mundo antiguo hubiera conocido los más esbeltos tipos de esta familia, cuya aparición data del descubrimiento de América, de África y Oceanía, el arte escultural se hubiera enriquecido con nuevos modelos que aparecerían hoy en las ruinas de pasadas civilizaciones.

El día en que fue descubierto el Nuevo Mundo, la palma apareció en toda su belleza y majestad. Las islas que saludaron a Colón, el continente que surgió más tarde, el África que acabaron de descubrir los portugueses, las costas que escucharon los cantos de Gama, aparecieron a la mirada del hombre europeo, exornadas de palmas. Saludaron éstas a los nuevos conquistadores, como habían saludado a los primeros y los acompañaron hasta las nevadas cimas de los Andes, después de haber descubierto las costas, los oasis, los valles, las altiplanicies y las cimas encendidas del dorso del planeta. Complementando el relieve geográfico de éste apareció la zona de las palmas ciñendo el ecuador terrestre y vistiendo de verde follaje la fecunda zona que al “sol enamorado circunscribe”.

Si fuera posible contemplar desde el espacio semejante anfiteatro de verdura, nada habría más sorprendente que esta zona tórrida bañada por los grandes océanos, y coronada por las inaccesibles nevadas y los volcanes del planeta. En ella figuran todas las alturas, todos los colores, todos los climas, todas las formas, la jerarquía vegetal y geológica, siempre ascendiendo hasta ocultarse bajo las eternas nieves. Ora es el templo, ora es la gruta, ya el pórtico, ya la columna solitaria: acá el bosque, las palmas apiñadas queriendo estrangular la roca secular de los Andes, allá en lontananza, el oasis con sus palmas solitarias a cuyos pies apaga la sed la caravana, y más allá las hoyas de los grandes ríos, las costas y los archipiélagos que hacen horizonte. Seguid y cavad en uno y otro mundo la tierra, penetrad en las cuencas carboníferas, en éstas hallaréis las palmas que acompañaron en su cuna, a los continentes y a los archipiélagos en sus tumbas. En las viejas hulleras reposan ya carbonizadas y fósiles las palmas del mundo primitivo, cuando el hombre estaba muy lejos de aparecer sobre la costra terrestre.

He aquí la palma en el reino vegetal y en las entrañas de los continentes, buscadla ahora en la historia y la hallaréis acompañando al hombre desde sus primeros días. La palma es el primer vegetal que presencia el nacimiento de las primeras familias. Los pueblos bíblicos aparecieron en su cuna coronado de dátiles. Recuerda esta palma a Persia, a Arabia, a Egipto y a las costas del Mediterráneo. Aceptaron los romanos la palma como símbolo y dio ésta su nombre a Palmira. No puede hablarse del lago de Genezaret, de la peregrinación de Jesús y de la entrada de éste a Jerusalem, sin recordar al pueblo que, llevando palmas, saludó al Salvador del mundo. Tamariz llamaron los hebreos a la palma, para recordar así la elegancia, majestad y belleza de aquella mujer del mismo nombre que cautivaba a cuantos la veían; y Jericó fue llamada igualmente la ciudad de las palmas. El dátil de hoy es bella reminiscencia del de los tiempos bíblicos, cuando la sociedad antigua, desde la hoya del Mediterráneo, comenzó a establecerse y a poblar las regiones de Asia, de África, de Europa, y a navegar las costas del mar Índico.

La palma figura en las pagodas del pueblo de Buda, en los archipiélagos asiáticos, cuna de la civilización indostánica. Así, en los más antiguos pueblos de la tierra como en los más modernos, la palma ha presenciado la historia del hombre, desde los pueblos bíblicos hasta la conquista de América, desde los mares de Grecia y de Egipto, de Persia y del Indostán, hasta las columnas de Hércules, desde las costas del Atlántico y del mar Índico, hasta las del dilatado océano de Balboa.

La palma dátil tiene su patria; a orillas del Mediterráneo; ella es la palma histórica por excelencia. La palma del coco tiene la suya en los archipiélagos asiáticos de donde ha pasado a todas las costas de la zona tórrida. Representa ella los antiguos pueblos del Asia, cuyos descendientes yacen sumidos en la ignorancia. Simboliza la palma moriche la llegada de Colón a las costas de Paria, las bocas del Orinoco, patria de los guaraúnos, el descubrimiento del continente americano. No puede comprenderse el oasis en los desiertos de África, sin la palma dátil; no puede admirarse la pagoda del malayo sin el cocotero: no puede recordarse la pampa venezolana sin el moriche. A la sombra del moriche vive el hombre, porque el moriche es pan de vida como la llamaron los primeros misioneros castellanos, y a sus pies está el agua potable, la cabaña, la familia.

Refiere Schomburgk que los indios macousi, en las regiones del Esequibo, creen que el único ser racional que sobrevivió a una inundación general, volvió a poblar la tierra cambiando las piedras en hombres. Este mito, añade Humboldt, fruto de la brillante imaginación de los macousi y que recuerda a Deucalión y Pirra, se reproduce todavía bajo diferentes formas entre los tamanacos del Orinoco.

Debemos la tradición de los tamanacos, sobre la formación del mundo, después del diluvio, a un célebre misionero italiano, el padre Gillij que vivió mucho tiempo en las regiones del Orinoco. Refi ere este misionero que Amalivaca, el padre de los tamanacos, es decir, el Creador del género humano, llegó en cierto día sobre una canoa, en los momentos de la gran inundación que se llama la edad de las aguas, cuando las olas del océano chocaban en el interior de las tierras, contra las montañas de la Encaramada. Cuando les preguntó el misionero a los tamanacos, cómo pudo sobrevivir el género humano después de semejante catástrofe, los indios le contestaron al instante; que todos los tamanacos se ahogaron, con la excepción de un hombre y una mujer que se refugiaron en la cima de la elevada montaña de Tamacú, cerca de las orillas del río Asiverú, llamado por los españoles Cuchivero; que desde allí, ambos comenzaron a arrojar, por sobre sus cabezas y hacia atrás, los frutos de la palma moriche, y que de las semillas de ésta salieron los hombres y mujeres que actualmente pueblan la tierra. Amalivaca, viajando en su embarcación grabó las figuras del sol y de la luna sobre la roca pintada (Tepu-mereme) que se encuentra cerca de la Encaramada.

En su viaje al Orinoco, Humboldt vio una gran piedra que le mostraron los indios en las llanuras de Maita, la cual era, según los indígenas, un instrumento de música, el tambor de Amalivaca.

La leyenda no queda, empero reducida a esto, según refiere Gillij. Amalivaca tuvo un hermano, Vochi, quien le ayudó a dar a la superficie de la tierra su forma actual; y cuentan los tamanacos, que los dos hermanos, en su sistema de perfectibilidad, quisieron desde luego, arreglar el Orinoco de tal manera, que pudiera siempre seguirse el curso de su corriente al descender o al remontar el río. Por este medio esperaban ahorrar a los hombres el uso del remo, al buscar el origen de las aguas, y dar al Orinoco un doble declive; idea que no llegaron a realizar, a pesar de su poder regenerador, por lo cual se vieron entonces obligados a renunciar a semejante problema hidráulico.

Amalivaca tenía además dos hijas de decidido gusto por los viajes; y la tradición refiere, en sentido figurado, que el padre les fracturó las piernas para imposibilitarlas en sus deseos de viajar, y poder de esta manera poblar la tierra de los tamanacos.

Después de haber arreglado las cosas en la región anegada del Orinoco, Amalivaca se reembarcó y regresó a la opuesta orilla, al mismo lugar de donde había venido. Los indios no habían visto desde entonces llegar a sus tierras ningún hombre que les diera noticia de su regenerador, sino a los misioneros; e imaginándose que la otra orilla era la Europa, uno de los caciques tamanacos preguntó inocentemente, al padre Gillij: “Si había visto por allá al gran Amalivaca, el padre de los tamanacos, que había cubierto las rocas de figuras simbólicas”.

No fue Amalivaca una creación mítica sino un hombre histórico; el primer civilizador de Venezuela, cuyo nombre se ha conservado en la memoria de millares de generaciones. Estas nociones de un gran cataclismo, dice Humbolt, estos dos entes libertados sobre la cima de una montaña, que llevan tras sí los frutos de la palma moriche, para poblar de nuevo el mundo; esta divinidad nacional, Amalivaca, que llega por agua de una tierra lejana, que prescribe leyes a la naturaleza y obliga a los pueblos a renunciar a sus emigraciones; y estos rasgos diversos de un sistema de creencia tan antiguo, son muy dignos de fijar nuestra atención. Cuanto se nos refiere en el día, de los Tamanacos y tribus que hablan lenguas análogas a la tamanaca, lo tienen sin duda de otros pueblos que han habitado estas mismas regiones antes que ellos. El nombre de Amalivaca es conocido en un espacio de más de cinco mil leguas cuadradas, y vuelve a encontrarse como designando al Padre de los hombres (nuestro grande abuelo) hasta entre las naciones Caribes, cuyo idioma se parece tanto al tamanaco, como el alemán y el griego, al persa y sánscrito. Amalivaca no es primitivamente el Grande espíritu y el Viejo del cielo, ese ser invisible, cuyo culto nace del de la fuerza de la naturaleza, cuando los pueblos se elevan insensiblemente al sentimiento de la unidad; sino más bien un personaje de los tiempos heroicos, un hombre extranjero que ha vivido en la tierra de los Tamanacos y Caribes y grabado rasgos simbólicos en las rocas, para en seguida retornar más allá del Océano, a países que había antiguamente habitado.

Ningún pueblo de la tierra presenta a la imaginación del poeta leyenda tan bella: es la expresión sencilla y pintoresca de un pueblo inculto que se encontró poseedor del oasis americano, coronado de palmeras, de majestuosos ríos poblados de selvas seculares, de dilatada, inmensa pampa, imagen del Océano.

La palma moriche no sólo recuerda la existencia de un pueblo que desapareció y nos dejó su nombre y la traza de sus conquistas; sino también a aquellos misioneros que fundaron en la pampa venezolana el cristianismo a fuerza de constancia, de amor y sacrificios. ¡Cómo viven en la memoria de estos pueblos aquellos ministros del Evangelio! En cada uno, palmeras de diferente porte, al mecer sus penachos a los caprichos del viento, parecen túmulos de verde follaje sobre extinguidos osarios. La palma Píritu recuerda a los padres observantes en la tierra cumanagota, en las sabanas que bañan los afluentes del Orinoco. Recuerda la palma Corozo al pueblo Chaima, y a los padres capuchinos, en las fértiles dehesas de Maturín. Chaguarama es el nombre de la palmera que desde las costas cumanesas, cautivó a los misioneros catalanes del Guárico: Oreodoxa la llaman los botánicos, nombre griego que significa alegría del monte. Temiche llaman los guaraúnos, en el Delta del Orinoco, a una de sus bellas palmas; nombre indígena que equivale a pluma del sol. Pero ninguna de ellas, con más historia y atractivos que el moriche, la palma histórica de cuyo, fruto nació el hombre venezolano; la palma que saludó a las naos de Colón, abrigó a los misioneros, dio alimento al conquistador fatigado y agua al herido que, después del sangriento combate, en los días de la guerra a muerte, sucumbía al pie de los palmares.

Tú tienes también tus palmas, tierra de Coquibacoa. Tu pórtico de verdura que saluda al viajero que visita las aguas de tu dilatado lago, está en “Punta de Palmas”, y son tus cocales florones de penachos, cima de esmeralda que circunda tus costas.

Cuando Amalivaca, el creador de la civilización venezolana, al verificarse el último cataclismo geológico que levantara el suelo del Orinoco y se paseó sobre las llanuras dilatadas, para que brotaran hombres del fruto del moriche, ya el ramal andino de Itotos guardaba por el Oeste la tierra de Mara, en tanto que la cuenca de Coquibacoa al llenarse con el agua de sus innúmeros tributarios, se abría paso al mar, después de haberse coronado de palmeras que celebran las glorias de Amalivaca y de su esposa, fundadores de la gran nación caribe-tamanaca.

 

Bibliografía

Rojas, A. (2008). Orígenes Venezolanos (historia, tradiciones, crónicas y leyendas). Venezuela: Fundación Biblioteca Ayacucho.

Con sus desgarradores lamentos interrumpe el silencio nocturno, en los más apartados pueblos de Venezuela. Cuenta la leyenda más conocida que La Llorona era una mujer española. Vivió durante la Colonia en un pueblo y tuvo varios hijos con un indígena. Sus hermanos se enfurecieron al descubrir tal aberración. Debemos recordar que para ese entonces se decía que los indígenas no poseían alma. Eran considerados animales, seres inferiores, de origen diabólico.

Los hermanos de aquella dama mataron a sus hijos y la casaron con un español. Pero la pobre mujer enloqueció y se escapaba en las noches de su casa. Vagaba por los campos suelto de largo pelo, en una amplia bata de noche, llorando lamentándose tristemente por la muerte de sus hijos. Los campesinos se angustiaban al oírla. Al poco tiempo murió de pena, pero los campesinos aún la escuchan. Algunos hasta la han visto arrastrando el peso de su tristeza por los campos de Venezuela.

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

Este es uno de los más espeluznante espantos del que se tenga noticias, tiene como finalidad el hacer daño por efecto psíquico u otros medios de manipulación de terceros, el Anima Sola se presenta en forma de mujer de largos cabellos y atractivo rostro y tiene la finalidad de cobrar las velas de las Ánimas Benditas, pues en estos pueblos la gente acostumbra a pedir favores a las Ánimas y estas casi siempre le conceden los favores a cambio de que se tengan prendidas cierta cantidad de velas durante un tiempo antes prometido, de no cumplirse con esta contra prestación de los devotos, hace su entrada el Anima Sola; para recordar la deuda de una manera tenebrosa.

En Guatire, sector  las Flores del Ingenio; se cuenta que una señora devota de las ánimas, en una ocasión olvidó prender la prometida vela a pago de favores de éstas, esa noche tocaron a su puerta y resultó ser una amiga de la cual tenía tiempo no veía, para su desdicha e ingenuidad la invitó a pasar, al momento y una vez dentro la visita se convirtió en un celaje que recorrió –cual inmensa sombra negra– toda la sala, tomando a su víctima por los cabellos en repetidas ocasiones causándole grandes moretones, la señora aterrada se arrastró como pudo hasta el altar y prendió temblorosa un cabito de vela a la vez que pedía perdón por el olvidó, al momento la gran sombra abandonó la casa; dejando privada a la olvidadiza señora, quien desde entonces prende a diario gran cantidad de velas, aunque no haya nuca más pedido un favor ni dejado pasar a su casa visita alguna.

 

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

Después de asesinar a su padre, el hombre fue castigado con un mandador de pescuezo (típico del llano), al tratar de huir fue mordido por un perro tureko, para concluir el castigo su abuelo regó sobre sus heridas gran cantidad de ají picante. El recuerdo y mención de lo sucedido libra a las personas de ser atacadas por este espíritu errante conocido como el silbón.

El Silbón se presenta a los borrachos en forma sombrío. Otros llaneros le dan forma de hombre alto y flaco, usa sombrero y ataca a los hombres parranderos y borrachos, a los cuales chupa el ombligo para tomarles el aguardiente.

La tradición explica que al llegar el silbón a una casa en las horas nocturnas, descarga el saco y cuenta uno a uno los huesos; si no hay quien pueda escucharlo, un miembro de la familia muere al amanecer.

Otra versión dice que fue un hijo que mato a su padre para comerle sus «asaduras». El muchacho fue criado toñeco (mimado), no respetaba a nadie. Un día le dijo a su padre que quería comer vísceras de venado. Su padre se fue de cacería para complacerlo pero tardaba en regresar. En vista de esto el muchacho se fue a buscarlo y al ver que no traía nada, no había podido cazar el venado, lo mato, le saco las vísceras y se las llevó a su madre para que las cocinara. Como no se ablandaban, la madre sospechó que eran las «asaduras» de su marido, preguntándole al muchacho, quien confesó la verdad.

De inmediato lo maldijo para toda la vida. Su hermano Juan lo persiguió con un «mandador», le sonó una tapara de ají y le azuzó el perro «tureco» que hasta el fin del mundo lo persigue y le muerde los talones.

 

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

Esta aparición materializada en la figura de una mujer delgada, alta, de uñas largas y muy elegante, es considerada como una señal castigadora y reprobatoria de la mala conducta e infidelidades cometidas por los hombres.

Esta leyenda originaria de Los Llanos, data de la época colonial; sin embargo, hoy en día, todavía se escuchan “cuentos” de personas asegurando que han sido interceptados en algún camino por esta gélida y espantosa mujer.

Un habitante de El Regalo, haciendo referencia a su encuentro con La Sayona, nos contó que una noche cuando su esposa dormía, se escapó para visitar a su amante. En medio de su caminata, se sorprendió al ver que dicha mujer venía a su encuentro, pero caminaba tambaleante y su cabello era muy largo.

El hombre empezó a correr detrás de ella, pero al llegar a la puerta de la casa en donde vivía la mujer, ésta siguió de largo. El hombre extrañado:

“¡Pero bueno!, ¿qué pasa?”

Cuando volteó, se encontró con una mujer blanca y con los dientes como una hacha. El hombre salió corriendo y cuando llegó a la puerta de su casa, se encontró con la aparición nuevamente. Esta le extendió los brazos para estrecharlo, y así lo hizo.

Cuando el hombre logró soltarse, entró a su casa y oyó la voz de su comadre que le preguntaba:

“¿Compadre, y qué le pasó?, y éste le contestó:

– ¡Qué buen susto comadre!, dígame, salí un momentico a orinar afuera y me salió esa mujer…

– “Mire compadre, esa es La Sayona

– ¿No será que usted tiene cosas con otra mujer? Cuídese, yo que le digo…”

El hombre asegura que después de esta experiencia -aunque fue hace mucho tiempo-, nunca más le quedaron ganas de volverle a ser infiel a su mujer…

Otras versiones dicen que la intención de La Sayona es atraer a los hombres hasta el cementerio, sin que estos puedan verle el rostro, con la intención de aterrorizarlos al descubrir que han estado caminando en compañía de una calavera.

La Sayona tiene la particularidad de “desdoblarse”, esto quiere decir que puede presentarse como un perro, un lobo o como la mujer antes descrita.

Así que si eres uno de esos hombres, que disfrutas pensando que puedes tener varias mujeres, no te descuides, porque puede que un día de estos La Sayonadecida hacerte una visita…

 

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

En la gran Plaza que circunda el templo piramidal erigido en honor del dios Kukulkán, en Tayazal, capital del reino de los Itzaes —que, como se sabe, se encuentra en una isla, sobre el lago Chaltuná—, hay una animación nunca vista. Animación que sólo es dable observar en ella cuando el pueblo es convocado a unir sus voces y oraciones a las de los reyes y sacerdotes, para elevarlas a los dioses, en medio de grandes sacrificios, pidiéndoles que vacíen sobre sus tierras la lluvia que haga brotar de las milpas las pródigas mazorcas.

El pueblo no está reunido ahora para pedir a Kukulkán que haga llover, pues aún no estamos en Tocaxepual; sino para rogarle que ilumine a los grandes sacerdotes la forma de solucionar la enorme desgracia que ha caído sobre los Izaes desde el mismo día en que llegó el hombre blanco.

Hace poco pasó por Tayazal, con rumbo a tierras de Copán, el fiero conquistador Hernán Cortes. Encontrábase éste en Tayazal cuando sobrevínole una ligera enfermedad a su tzimimchac. Esperó varios días que éste mejorara; pero como la larga espera iba ya retrasando su viaje, decidióse a dejarlo al cuidado del Canek, a quien dijo que, a su vuelta, pasaría a buscarlo, y que ¡ay de él! si no lo hallaba vivo, y, sobre todo, ¡curado de su mal!

El Canek ordenó a sus más leales servidores que el tzimimchac fuera objeto de tan delicados cuidados como si se tratara de una persona de sangre real. El mismo iba a verlo, tres y más veces al día; y el mismo ordenó que al sagrado tzimimchac no se le diera otro alimento que no fuera oro. Pensaba el Canek que el tzimimchac debía alimentarse de lo mismo con que alimentaba su hambre insaciable el fiero conquistador su amo y dueño. A todas horas le era llevado el alimento; pero siempre el tzimimchac lo rehusaba con gestos que demostraban su desprecio por el áureo manjar. Sin embargo, se le dejaba allí, pues rey y servidores suponían que tarde o temprano habría de comerlo.

Las visitas del rey eran alternadas con las de los más famosos médicos, quienes hacían ingerir al tzimimchac variados y raros brebajes, sin lograr que se observara en él la más ligera mejoría. Un día —el anterior a aquel en que el pueblo se hallaba reunido frente al templo—, con gran sorpresa de Canek, el tzimimchac fue hallado sin vida. Un pánico enorme se apoderó de él. Hizo llamar a los grandes sacerdotes, quienes, después de mucho meditarlo, le dieron el consejo de que ordenara elevar preces y hacer sacrificios a los dioses, a fin de que estos devolvieran la vida al tzimimchac o dieran la fórmula para solucionar un caso de tanta gravedad como no se había presentado otro hasta entonces.

Un sol esplendoroso caía sobre la ciudad y sus rayos jugueteaban sobre las aguas del Chaltuná, que ese día estaba más bello que nunca. Con su hieratismo acostumbrado que sólo se turbó unos instantes para aclamar el aparecimiento del gran sacerdote, está el pueblo todo de los Itzaes. En la parte más alta del templo, en el mismo sitio donde está el tigre rojo manchado con jades que sirve de altar, están los cinco mancebos y las cinco vírgenes Itzaes que serán sacrificadas ese día. Las resinas del Pom —gratas a los dioses— han sido colocadas ya en los pebeteros. Las rajitas de ocote con que serán encendidas, están listas. El gran sacerdote y sus ayudantes tienen ya puestas las adornadas y sagradas vestiduras. Solo se espera que lleguen el Canek, su familia y su corte, para dar principio al magno sacrificio de cuyos resultados dependen los destinos del reino de Tayazal de los Itzaes.

Recibido por el vivo y jubiloso clamor de su pueblo, hizo su entrada, al fin, al Canek. Viene en su litera de oro, cuajada de pedrerías, que traen sobre sus hombros los esclavos lacandones. Un jaguar, atado a una áurea cadena, inicia la real marcha. El Canek, desde su litera, sonríe a su pueblo, al que dirige benevolentes miradas, en tanto que con su diestra acaricia, y juguetea con él, a un quetzal hecho de esmeraldas y rubíes que lleva en la otra mano. Los atabales, tunes y chirimías, con sus votes quejumbrosas que llenan el ambiente, reciben también al Canek. Hasta el sol, que se ocultó tras una nubecilla, rindió homenaje al rey y señor de Tayazal de los Itzaes.

El sacrificio da principio. Jobitzinaj, el gran sacerdote, ordena quemar el Pom, entre cuyas aromadas volutas se difumina su alta y grave estampa.

Con manos seguras toma a la primera de las víctimas, una virgencita Itzá, aun núbil, la muestra al pueblo, que se postra de hinojos; hecho esto, la tiende sobre el tigre rojo que sirve de piedra de sacrificios, y, lentamente, le acerca al pecho el delicado cuchillo de jade con el cual le abre el pecho, sin que la víctima lance un solo lamento, hasta sacarle el corazón palpitante que muestra a la multitud, para luego enseñarlo al dios cuya suprema representación es el sol esplendoroso que ese día irradia sobre Tayazal de los Itzaes.

En la misma forma fuéronse sucediendo los demás sacrificios, cuya ejecución, el Canek y su pueblo, contemplaban inmutables. Había tomado Jobitzinaj a la penúltima de las victimas cuando de pronto la soltó, cayendo él, como herido por un rayo, sobre el altar. Nadie se movió de su sitio, pero todos pensaron que los dioses, no satisfechos aún habían inmolado por sus propias manos al gran sacerdote. Con asombro general, el sumo sacerdote se incorporó. Su rostro bello era el de un iluminado. Su cuerpo todo irradiaba luz. El gran sacerdote había recibido de los dioses la fórmula para solucionar el grave conflicto que amenazaba la existencia de Tayazal de los Itzaes.

Las ceremonias dieron término; con la misma pompa con que había llegado, así marchóse el Canek; sólo que ahora lo seguía el pueblo que, mudo, caminaba tras él. La plaza del templo quedó vacía, y ella, como la ciudad toda, envuelta por el más absoluto silencio. Fue tal el recogimiento que hubo ese día en Tayazal de los Itzaes, que hasta las aguas del Chaltuná estuvieron tranquilas.

Lo que dijeron los dioses al gran sacerdote no lo supieron más que éste y el Canek. El pueblo sólo contempló la salida, esa tarde, del criado de confianza del palacio, quien llevaba unos rollos escritos con indescifrables jeroglíficos, tomando rumbo hacia las tierras de Chichen Itzá.

En la más bella de las cámaras del palacio del Canek, la que comunica precisamente con la cámara real, está sentado, frente a una cortina que parece ocultar algo, un hombre que se conoce que no es de las tierras de Itzá, por vestir en forma distinta a como lo hacen sus habitantes. En sus manos tiene un delicado cincel de piedra y una maza. El hombre parece que medita. Tiene los ojos fijos en un lugar determinado de la pieza, dándonos la sensación de que en su interior se opera una agitada lucha.

Viene a sacarlo de su meditación la presencia en la cámara de dos raros personajes. Uno, joven y ataviado con las vestimentas que solo usan los señores de sangre real; y el otro, anciano, trajeado como solo lo hacen los señores de la casta sacerdotal. Son, el Canek, rey y señor de los Itzaes, y Jobitzinaj, gran sacerdote de Tayazal.

A su presencia, el meditabundo se incorpora, haciendo una grave inclinación sin prorrumpir en una sola palabra.

El primero en hablar es el Canek:

—Siguán, por ser hoy el ultimo día del plazo que nos habíais fijado, hemos llegado hasta aquí, Jobitzinaj y yo, a ver vuestra obra terminada. Antes de mostrárnosla, pensad bien en lo que hacéis, porque de ello depende vuestra vida y aún la felicidad futura de vuestro pueblo.

Siguán da dos pasos hacia atrás, sin volver la espalda a los señores, y con sus manos trémulas por la emoción que lo invade, descorre el suntuoso cortinaje.

Ante los ojos atónitos del Canek y de Jobitzinaj, que se postran de hinojos, tal es la realidad de lo que ven, se presenta la más fiel imagen que se hubiera hecho hasta entonces de un tzimimchac. La emoción hace que transcurran breves momentos de silencio, que solo viene a romper la voz emocionada del Canek:

— ¡Vuestra obra es admirable, Siguán! ¡Habéis hecho honor al pueblo de Chichen Itzá, que goza de la merecida fama de poseer los más grandes escultores del imperio de Mayab. Vuestro pueblo! Es algo maravilloso, pero… el tzimimchac no tiene vida. ¿Quién se la dará?

—No os preocupe semejante cosa, mi rey y mi señor —interrumpe Jobitzinaj los dioses también nos dieron la fórmula para hacer tal cosa. Lo principal, la masa, está hecho; ahora les toca a ellos soplarlo con el hálito divino que le infunde la vida y el movimiento. Nuestros dioses me dijeron que para lograrlo es preciso sumergir al tzimimchac, una noche de plenilunio, en las aguas del Chaltuná, y dejarlo en ellas hasta que llegue a tocarlo y le de el hálito divino que habrá de infiltrarle la vida, Juracán «el corazón del cielo».

Esa noche, que por rara coincidencia era de plenilunio, la maravillosa escultura del tzimimchac, al cual bautizaron con el nombre de «tzimimchac», deificándolo, fue sacada sigilosamente del palacio de los Canek y llevada a las orillas del Chaltuná en cuyas aguas transparentes fue sumergido, de acuerdo con los consejos de los dioses.

Han pasado generaciones de generaciones. Hernán Cortes, para suerte del Canek y de su pueblo, no volvió jamás a Tayazal de los Itzaes. Y entre las aguas tranquilas del Chaltuná, esperando aún que Juracán llegue a darle vida con su halito divino, está el tzimimchac, que suele ser visto cuando las bajas mareas descubren su erguida y pétrea cabeza…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

La ranchería se ha sumido en un silencio absoluto: silencio de las noches del trópico que tan solo interrumpe a veces el aullido del coyote o el cloc… cloc…rítmico y acompasado de las ranas. ..

Frente al rancho de la Güicha, la nueva molendera de los peones, esa criolla trigueña y de pelo castaño, la de los senos erectos y firmes como zunzas morenas, la que desde su llegada hace quince días tiene revolucionados a los vaqueros, está el Pedro, quien hace mucho rato que rasguña la tierra con el dedo gordo del pie. El Pedro tiene abrazada una guitarra española, mercada en la Feria de Taxisco, sí señor, afirma el siempre que aluden a su querido instrumento.

El Pedro, antes tan alegre y tan «pura riata» para cantar bambucos, corridos y tonadas, hace días que ya no canta sino tonadas tristes como lamentos.

¿Qué le pasa al Pedro…?

Dicen que por las tardes ya no va al corro que frente a la fogata donde se calienta el café forman los «vaqueros» contando chiles y casos: sino que se va derechito a la «toma», en cuya ribera se acuesta y desde la cual echa, una tras otra, piedrecitas que se zambullen en el agua lo mesmo que en su mente se zambullen sus penas, en tanto que su pensamiento se halla perdido quién sabe ónde…

¿En quién pensará el Pedro…?

Las lavanderas que lo han visto en esa actitud, cuando van a la «toma» a darle «el primer ojo» a la ropa, dicen qu’el Pedro ya no’es el mesmo d’iantes. Te acordas, Micáila, le dice una a la otra, coma era de alegre el Pedro. Pero ahura sí que cambió en un dialtiro. A mí se me’afigura que li’han dado el jumazo… ¿Cómo iba a cambiar tanto el hombre, pues, Micáila? Si a veces me parece que anda engasado… Ya ni saluda el Pedro… Ya ni me jala el rebozo cuando me encuentra subiendo la quebrada con la tinaja al hombro… Pero si dicen que ya no sabe ni gritar ¡oh, vacaaa… pu…! , cuando arrea el ganado… Si sigue ansina el patrón no lo v’aguantar más y lo va’mandar con la música a otra parte… ¿Pa’que sirve, pues, un vaquero que ya no tiene ni juerzas pa’arriar el ganado, ni pa’lanzar el pial, ni pa’tumbar un novillo, pues?

La causa de las penas del Pedro, la causa de que el Pedro no sea el mesmo d’iantes, está allí tras las puertas de caña brava del rancho de la Güicha. Ella tiene la culpa de que el Pedro esté ansi. L’otra tarde, cuando él se encontró con ella en la puerta de trancas del potrero, cuando venía tan requete chula con la tinaja en la cabeza, le dijo:

—Ve, Güicha, yo a vos te quiero mucho, tanto como quiero a la yegua Sultana que amansé yo mesmo. Queréme vos un poco también; te tiene cuenta. Si me acectás, seguro que te pongo tu rancho propio, que te compro tu ropa de mengala con blusa de manga de güicoy y naguas Almidonadas, y que te calzo… ¿Qué más querés vos, Güicha? iAcectáme pa’tu hombre, no siás mala..,.!

— ¡Las cosas tuyas, Pedro! ¡Qué te habés imaginado vos? ¿Crees que soy tan poca cosa que me vo’a enredar con vos? ¡Las cosas tuyas! ¡No s’hizo la miel pal pico del zope! Buscáte una de tu condición pa’que t’ihaga las tortillas y ti’aguante cuando llegués bolo… Yo si m`iamarro ha de ser con una buena proporción y no con un vaquero como vos, que apenas ganás cinco billetes a la semana…

—Pero ve, Güicha…

Pero la Güicha, haciéndose la interesante, lo dejó con la palabra en la boca. Por eso sufre el Pedro.

El Pedro ha ido esa noche al rancho de la Güicha a ponerle fin a sus penas. Quiere volver a ser el mesmo d’iantes y va a tomar por la fuerza lo que no quieren darle por las buenas. iVaya! ¡No faltaba más! ¡Por qué él que amansa potrancas cerreras no va a poder domar también a esta yegua qu’es la Güicha? ¿En que pie quedaría, pues, el prestigio del Pedro, ganado a costa de tanto esfuerzo?

La vo’a hacer salir —piensa—. Pero, ¿cómo? ¡Es que acaso el Pedro tiene pauto con el Malo?

No. No lo tiene. Pero sí tiene una guitarra y su voz. Las mujeres, sabe él por experiencia, son como las culebras; apenas sienten la música paran la cola y salen a escucharla.

Y el Pedro, seguro de que la Güicha saldrá a escucharlo, canta:

«Tienes una enredadera,

en tu ventana,

cada vez que paso y veo,

se enreda mi alma…

Tus ojitos me aprisionan,

bella ilusion,

y el fulgor de tus miradas

son punaladas

al corazon».

Mientras el Pedro estaba frente al rancho urdiendo la matrera celada, celada de coyote en acecho de las gallinas, la Güicha, igual que el tigrillo criollo que tiene enjaulado en la casa de la finca del patrón, se pasea por los interiores del rancho con trancos largos, trancos de yegua en celo.

La Güicha esta noche esta rara. Ni ella mesma sabe lo que tiene. Siente algo así como un ligero cosquilleo que principia en las puntitas de las chiches, que luego recorre todo su cuerpo trigueño, y que más tarde llega a su cerebro como catarata de ardiente lava… ¿Qué tendrá la Güicha?… ¿La habrán picado las cantáridas…?

Si la hubiera visto la Toribia, la partera de la finca, seguramente que habría diagnosticado con frialdad:

— ¡Falta d’ihombre tenés vos, Güicha! ¡Es que ya sos mujer y no la patoja d’antes! Las yeguas de un año que tiene el patrón en la caballeriza también relinchan y se pasean así como vos cuando tu’avia no las ha cubierto el garañón…

Pero la Güicha aún no sabe que los hombres sirven también para eso; para ella solo sirven para burlarse de ellos…

— ¿Qué tengo yo, qué tengo yo…? —repite cual una cantinela, y se pasea dando trancos largos y agitados.

De pronto escucha la tonada que viene a aumentar su exacerbación. ¡Si saliera! —piensa—. Pero… debe ser el Pedro. ¡Qué v’asaber ese ignorante lo que tengo yo! ¡Si juera el niño Tono, el hijo del patrón, el canchito de ojos celestes, qu’es leído y escribéido, ese sí que sabría explicarme lo que tengo…! Pero… si es el Pedro… ese solo sabe curar la gusanera y capar novillos… ¿Y si no juera él? ¿Si juera el niño Tono…?

Mujer, al fin, la curiosidad la venció. Sale y, a boca de jarro, se encuentra con el Pedro. Se asusta. Quiere cerrar la puerta, pero ya es tarde: el hombre de nuestras tierras bajas —mitad hombre y mitad bestia— no suelta así no más su presa. Le da un tirón que la lleva hasta sus brazos… la tumba al suelo… la aprieta entre sus brazos fornidos… con sus muslos fuertes le comprime los ijares —igual que lo hate con las potrancas cerreras—…y…

Tras el ramalazo producido por la carne satisfecha, al fin la Güicha se dio cuenta de por qué estaba rara aquella noche… ¡Sí, también el Pedro, que no es léido ni escribéido, sabe averiguar las cosas…!

¡Y desde aquella noche, el Pedro volvió a ser el mesmo d’iantes…!

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

Según refiere una antiquísima leyenda mapuche, en la cima de este volcán situado en la provincia de Neuquén, y unos 4700 metros de altura, existía y existe aún un encantamiento que algunos indios trataron de conocer más de una vez, fracasando con sus propósitos.

Sin embargo, uno de ellos, por revelación de la machi, pudo saber algo del mismo, y se propuso un día ascender hasta lo más alto de la montaña, en la que, según le dijo la hechicera, encontraría una hermosa joven encantada, a la que custodiaban un toro colorado y un caballo oscuro, quienes para impedir que algún osado violara esos dominios lanzaban piedras: el primero escarbando con sus patas y el segundo traía tormentas de viento y nieve. Por otra parte, existía en el lugar un enorme tronco de oro que reverberaba extraordinariamente a la luz del sol y aun de la luna y las estrellas.

Dispuesto el indio a subir, pidió la protección de Ta Dios y de Gualichu, la que le fue concedida.

Iniciada la ascensión, inmediatamente comenzaron a caer desde lo alto piedras de todo tamaño, las que pasaban rozando su cuerpo sin herirle. Pronto vio al caballo oscuro que, trepando ágilmente por las laderas, creaba con sus resoplidos vendavales furiosos, acompañados de truenos, relámpagos y nieve. Sin embargo no se detuvo, y al llegar a la cima pudo ver, pues el cielo se había despejado totalmente, una pequeña laguna de aguas muy transparentes en la que en medio de una roca se hallaba la mujer que la machí le había indicado. Esta se peinaba sus largos cabellos rubios con un peine de oro y muy dulcemente dijo: “Calla, pasa y no digas nada.”

Así lo hizo  y siguió avanzando en busca del codiciado tronco de oro, el que encontró inmediatamente. Apenas si podía mirarlo, tan intenso era el reflejo que de él emanaba. Partió algunos trozos, que guardó para llevárselos, y comenzó el camino de regreso, pasando nuevamente por la encantada laguna, que atraía irresistiblemente, pero, recordando lo que la joven le había dicho no se detuvo. E inicio el descenso. Una imponente lluvia de piedras le siguió y un viento ululante lo empujaba con violencia, como si quisieran deshacerse de su presencia atrevida. Temeroso de que estas furias desatadas se debieran al oro que había arrancado del tronco, arrojó la mayor parte, guardando solo una pequeña cantidad. Entonces se sintió transportado por los aires y medio adormecido fue abandonado lejos, muy lejos de su toldería.

Dificultosamente reencontró el camino, como los espíritus de la montaña temían que enseñaría a otros el itinerario que el había seguido hasta la cima del Domuyo, solo le dejaron vivir tres días, al cabo de los cuales murió, no sin antes aconsejar a sus hermanos que no intentaran subir hasta la laguna encantada de la cumbre, pues correrían la misma triste suerte.

 

Bibliografía

Honegger, S.A. Gran Manual de Folklore. Buenos Aires: Editorial Honegger.