Categoría: Peru

0

Se funda el relato en la confesiòn que ante un sacerdote que le asistiò en los ùltimos momentos de vida, a principios del pasado siglo, hizo un indio màs que centenario que no quiso se perdiera el secreto confiado a èl por su padre y que ya venìa del tiempo de su abuelo. Consistìa en lo siguiente:

Yo desciendo de Titu-Atauchi, cacique de Moquegua en los tiempos de Atahualpa. Cuando los españoles se apoderaron del inca, èste enviò un emisario a Titu-Atauchi con la orden de que juntase oro para pagar su rescate. El noble cacique reuniò gran cantidad de tejos de oro, y en los momentos en que alistaba para conducir este Tesoro a Cajamarca recibiò la noticia del suplicio de Atahualpa. Titu-Atuchi escondiò el oro en la gruta que existe en el alto de Locumba, se acostò sobre el codiciado metal, y se suicidò. Su sepulcro està cubierto de arena fina hasta cierta altura: encima hay una palizada de pacaya, y sobre èstos gran cantidad de esferas de caña, piedras, tierra y cascajo. Entre las cañas se encontrarà una canasta de mimbre y el esqueleto de un loro.

Confiaba el indio Cristiano este secreto al cura con el encargo de que, si llegaba a destruirse la iglesia de Locumba, sacara el oro aquèl y lo gastase en edificar un nuevo templo. Pasaron años y no fue la iglesita la que pereciò, sino la vida terrenal  del buen cura, quien cuidò de transmitir el secreto a su successor. Este sì que, en 1833, vio hundirsela iglesia de Locumba en un terremoto, y creyò llegado el momento de poner en pràctica lo que el Viejo y devoto indio habia encargado. Reuniò a algunos de los principales vecinos y entre todos empezò a realizarse la empresa del descubrimiento, para la cual necesitaban a los indios. Cuantos pormenores se sabìan resultaban exactos, pero al llegar al hallazgo del esqueleto del loro, de gran importancia para los indios, amotinaronse èstos, y amenazaron sin asesinar a todos los blancos si continuaban profanando la tumba del cacique.

Transcurriò màs de un cuarto de siglo antes no volvieron a reanudarse aquellos trabajos, gracias a al iniciativa de un coronel que habia sido en Lima ministro de la Guerra y que fue a establecerse  en una hacienda que poseìa en Locumba. Formò una sociedad y se practicaron nuevas excavaciones con buen èxito, hasta que los indios volvieron a huir aterrorizados, y solo a fuerza de aguardiente que los emborrachara se logrò que, bien o mal, continuaran los trabajos. Al fin fue descubierto el cadàver del cacique, como quien consigue un gran triunfo…; pero al ir a tocarlo un mayordomo, se oyò un espantoso ruido subterreano, estallò un terremoto que hizo huir a todos despavoridos, se hundieron las casas al abrirse la tierra, brotaron del suelo borbollones de agua fetida, y la tumba del cacique volviò a quedar cubierta; pero esta vez de escombros.

Despues de esto ¿quièn iba a convencer a los indios de que no estaban cargadìsimos de razòn en mantener sus supersticiones? Bien se habìan realizado allì sus augurios contra los buscadores de oro que se atrevieran a profanar la tumba del cacique.

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

0

Allá por el año 1180 de la era cristiana, el poderoso monarca inca Mayta-Capac se decidió a invadir el país del joven y arrogante príncipe Huacari.

Era Mayta-Capac el hombre impertérrito para quien no existen obstáculos invencibles. En cierta ocasión, hallándose en una de sus campañas detenido de improviso su ejército por una vasta ciénaga, empleo todos sus sol­dados en construir una calzada de piedra, de tres le­guas de largo y seis varas de ancho, porque el inca creyó un desdoro dar un rodeo para evitar el pantano.

Pero si Mayta-Capac era así, el joven Huacari no le cedía en nada en cuanto a orgullo. No iba el a permitir que invadieran su tierra impunemente, por lo que reu­niendo su escaso ejército, se enfrentó al invasor.

Huacari fue ignominiosamente derrotado. Gran par­te de los suyos huyó, con supersticioso terror, al verle construir a Mayta-Capac, como si fuera un ser sobrena­tural, lo que nadie había visto hasta entonces: un puen­te de mimbres a través de un río, para que, pasando por el todo su inmenso ejército, pudiera atacar con más facilidad.

Ante el inevitable desastre, el indómito Huacari reu­nió, sin embargo, a los principales jefes que le habían permanecido fieles, y unánimemente acordaron, en su desesperación, que era preferible y más honroso ence­rrarse en el palacio real y dejarse morir de hambre, como buenos patriotas, a entregarse al vencedor como unos cobardes.

Y cuéntase que compadecidos los dioses tutelares del país de la inmensa desventura del joven y pundo­noroso Huacari y de la lealtad con que se sacrificaron con él sus capitanes, a fin de que quedara de ellos, cuanto menos, el recuerdo, como en un monumento, los convirtieron a todos en las estalagtitas y estalagmi­tas de la caverna que hoy el pueblo conoce con el nom­bre de “La gruta de las maravillas”.

Porque maravillosas realmente, son las bellísimas y variadas irisaciones que continuamente se producen y reproducen allí.

Y hasta se dice que en una de las galerías que pue­den visitarse, se ve la figura del príncipe Huacari en actitud arrogante, como diciendo: “Antes morir que ren­dir vergonzoso vasallaje”

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

0

Cuando ha habido terremotos en el Perú, se han descubierto nuevos muros incaicos y se han afirmado las suposiciones de que los incas sabían aplicar ciertos conocimientos arquitectónicos para que sus estructuras no fueran afectadas por los múltiples temblores que aquejan la zona. Muchas construcciones fueron hechas por los conquistadores, otras por las nuevas civilizaciones:

Un gran número de estas han caído, pero las más antigua las de los incas, siguen desafiantes, de pie, pregonando avanzada evolución que alcanzaron estos en el arte de construcción. Testimonio de ello son las ruinas del Cuzco las de Machu Picchu, la primera llamada capital arqueológica de América, la segunda, «la ciudad perdida de los incas».

Las ruinas de Machu Picchu cubren más de cinco kilómetros cuadrados. Su paisaje es de una belleza sobrecogedora. Al acercársele, lo primero que se divisa son las terrazas, hermosa simetría, en las que sus habitantes debieron cultivar sus frutos, como papa y maíz. Hay escalinatas por todas partes: más de un centenar, algunas de tres niveles, y otras hasta de 150. También se pueden observar todavía los vestigios del acueducto, excelente, como todos los que caracterizan a las ciudades incas. Hay restos de muchísimas casas algunas de ellas hasta con ventanas. Y no podía faltar Templo del Sol y una piedra del Sol, intihuatana, como ellos le llamaban. Impresionan sobremanera el Templo de las Tres Ventanas y la Plaza Sagrada. Este complejo arquitectónico supera incluso al del Cuzco, por la exquisitez de sus construcciones, y les da más gloria a los incas en lo que a arquitectura e ingeniería se refiere.

Al sur del santuario se construyó una amplia y preciosa terraza, a la que se le ha llamado la Plaza Sagrada, porque a sus lados se levantan los templos más grandes de Machu Picchu. Muy cerca de ella se encuentra un gran peñasco en forma de almeja, en el cual hay siete escalones curiosamente cortados en granito disgregado. Al final de estos, en la cumbre de la roca, se construyó una plataforma, sobre la cual se cree que se paraban unas tres o cuatro personas con el fin de saludar al Sol naciente. El Sol era su dios principal.

Más abajo del peñasco, hacia el norte, todavía quedan los muros de una pequeña casa de unos cuatro metros de ancho. En estas paredes se puede observar el mejor trabajo Inca de todos los tiempos: paredes formadas de perfecto y precioso granito blanco, casi todas rectangulares y, como en la mayoría de las edificaciones incas, están calzadas sin cemento, arcilla o argamasa. En esta casa se puede observar una hermosa piedra de 32 ángulos. Otros bloques simétricos se unen para formar un sofá pétreo que abarca, al fondo, lodo el ancho de la pequeña casa. Según los historiadores, esta casa era un mausoleo real y el «sofá» servía para soste­ner las momias de los emperadores incas.

Contiguo al templo principal está el mausoleo, uno de los más bellos del Perú precolombino. Su muro oriental parece haber cedido unos 30 cm, atrayendo hacia si una parte del muro norte. Las dos paredes son tan sólidas que se han movido como una sola piedra. Algunos creen que el lincho de que no se le haya puesto techo al templo fue para que las momias que se guardaban allí pudieran recibir el sol. Un madero cruzaba el lugar de pared a pared, colgante a él, una hermosa cortina que se cree servía para proteger el interior del templo de las miradas que llegaran de la plaza.

En este lugar, los nichos son de proporciones casi iguales, también los bloques. Al apreciar la simetría de los diseños y los bloques empleados en estas construcciones indígenas, una pregunta ha sido la constante que ha surgido en las mentes de los historiadores y arqueólogos que han estudia­do las ruinas: ¿Cómo pudieron lograr aquellos cortes y aquella simetría unos constructores que no conocían la rueda, el torno ni el hierro? ¿Cómo erigieron tan imponen­tes templos sin disponer siquiera de cemento?

El famoso explorador norteamericano Hiram Bingham descubrió la impresionante ciudad inca, pero fue guiado por el agricultor peruano Melchor Arteaga (al que recompensó con un sol). Llegó una mañana de julio de 1911, para encontrar la ciudad y darla a conocer al mundo entero. Debido al encumbrado de su situación geográfica, tuvieron que caminar un tramo, el resto lo siguieron a gatas «hasta sosteniéndonos con las uñas», declararía después. Luego de más de hora y media de difícil ascensión, la histórica ciudad ofreció el mejor de sus ángulos, como bienvenida.

Hiram fue el que llamó a uno de los templos, Templo de Tres Ventanas, porque para él éste resultó ser el más sugestivo y significativo. Según su opinión, gracias a este templo podemos saber que realmente existió Manco Cápac, legendario fundador del imperio inca que se presume vivió allí.

Según algunas tradiciones ancestrales del Perú, un oráculo había ordenado a Manco Cápac construir un templo tres ventanas para Inti, el Sol, en el lugar donde hubiera nacido él. Este famoso templo fue erguido al costado oriental de la Plaza Sagrada. Tiene muros en tres de sus lados y, el otro extremo, hay un pilar monolítico que sostiene el techo, detalle por el que se distingue de todos los demás templos y palacios de esa ciudad. Otra característica de este palacio es que muestra algunas hileras de piedras ¡pegadas con arcilla!

Se cree que para lograr esta estructura, su constructor tuvo que hacer un cimiento para el muro oriental que bajaba hasta el nivel de la siguiente terraza. Para esto empleó cuatro grandes piedras y elaboró un muro de once pies de alto, desde la terraza hasta el nivel de un dintel de ventana. El dintel de cada una de las ventanas forma parte de un ciclópeo bloque poligonal. Los muros del templo son de bloques, algunos de ellos bastante irregulares, pero todo cada uno de ellos de granito blanco bien escogido y hermosamente trabajado.

Según la descripci6n de su descubridor, Hiram Bingham se cree que este templo fue terminado, o posiblemente reconstruido, años después de su creación original. Tal vez hayan sido los incas quienes concluyeron el trabajo, pero no se sabe quién lo principió, ni cómo idearon la arcilla y los bloques ciclópeos en la hilera inferior del templo.

No solamente en este edificio hay una mezcla de estilos arquitectónicos, sino que en otros de esta ciudad también se han fusionado diferentes tipos de construcciones, lo cual pa­rece indicar que fueron diversos grupos de personas los que erigieron los templos. Pero respecto a su identidad, cómo llegaron allí y en qué fecha, o porque se fueron, todavía no se ha logrado descubrir nada. Lo que muchos de nosotros quisiéramos saber es si alguna vez se encontraron ambos grupos, si se enfrentaron y los incas los exterminaron, o si partieron  pacíficamente. Pero, nuevamente, ante estas preguntas, solo obtenemos un profundo y espeso silencio.

Los primeros exploradores de Machu Picchu, entre ellos Bingham, descubrieron grandes cantidades de vasijas in­cas pero también otros objetos pertenecientes a épocas arcaicas: huesos de bisonte, hachas de piedra, extraños trozos de madera, dados y cuchillos de obsidiana. Algunos historiadores creen que, antes de los incas, integrantes del reino pirua, también conocido como «el reino de los gigantes”, habitaron la ciudad. Pero, estas aportaciones, muy lejos de esclarecer la situación, solamente han generado más preguntas.

Se han encontrado además cuchillos de hierro y algunos objetos europeos. Bingham también encontró una piedra, en la cual alguien había esculpido un nombre español y un número: 1902. En su diario el explorador expuso su incomprensión ante el hecho de que, si alguien llegó allí antes que él, haya ido ocultando tan importante descubrimiento.

Existe la posibilidad de que haya encontrado algún tesoro y por eso huyó, para que nadie se lo disputara. Otra teoría afirma que quizás murió antes de poder revelar su hazaña. Sin embargo, en las cercanías, no se encontraron restos humanos de fechas recientes al hallazgo de Bingham.

Si allí se enterraron cadáveres de personajes importantes para los incas, como los que se han logrado descubrir hasta ahora, ¿dónde están sus pertenencias? Para los incas, el oro era el sudor del Sol, y la plata el de la Luna, y en esta zona es donde erigieron los templos para sus dioses, sin embargo no se hallaron objetos de estos preciosos materiales.

Unos 500 años atrás, alguien con quien sabe que objetivo y valiéndose de medios hasta ahora desconocidos, construyó esta ciudad, ubicada a 2.060 metros sobre el nivel mar. Algunos creen que fue un refugio para las Vírgenes del Sol, porque en la mayoría de las cámaras descubiertas por Bingham había restos de mujeres. Pero otros afirman era un puesto de avanzada militar… Y hay quien ha asegurado que era el lugar de descanso del emperador, o el refugio de los incas para escapar del conquistador Francisco Pizarro.

Machu Picchu significa «viejo pico», pero sus preciosas construcciones, si bien antiguas, siguen estrenando cada día nuevos misterios. Muy abajo de su perspectiva, a 600 metros, el río Urubamba refresca el paisaje del Machu Picchu de hoy. Si los incas todavía existieran, es seguro que revelarían estos misterios, y todas las incógnitas que de ellos tenemos, quedarían ampliamente despejadas; ¡si tan sólo la conquista y el tiempo no hubieran destruido esta impresionante civilización!

 

Bibliografía

Álvarez, M. (1991). Grandes misterios de todos los tiempos. Colombia: Editorial América, S.A.

 

0

Son más de 200 millas cuadradas las que conforman la superficie de este complejo arqueológico llamado líneas Nasca. Localizadas entre mesetas áridas al suroeste de Lima, entre los valles de Ica hasta Acari, estas colosales figuras trazadas en el terreno, se pueden percibir únicamente desde lo alto.

Su nombre lo tomaron de la cultura nasca, una civilización sumamente avanzada que vivió en las cercanías. Se sabe que esta raza estaba bien adelantada, no solamente por sus impresionantes geoglifos, sino porque se ha descubierto que tenían técnicas textiles muy avanzadas. Por ejemplo, a base hierbas idearon un sistema excelente de tintes para teñir las telas que manufacturaban; también se nota su adelanto en la policromía y el criterio puesto en la proporción de los motivos de su cerámica.

Se cree que probablemente haya sido la cultura paracas la iniciadora de este arte, y no la nasca, debido a que uno de los geoglifos más antiguos descubiertos, el de un gato, está también representado por los paracas en su cerámica y textileria. La erosión causada por el tiempo permite ver débilmente los trazos de este dibujo localizado a pocos kilómetros de la ciudad de Ica.

Las pampas de Nasca, o de Jumaná, tienen un área aproximada de 924 kms, en los cuales se han logrado identificar 167 dibujos de diversos tamaños (líneas de 3 kms, diseños  desde 4 m hasta 300 m). Por años cientos de personas habían volado encima de estos trazos, y nadie se habla percatado con exactitud de los dibujos. Algunas pequeñas observaciones sobre «extrañas líneas en el desierto de Nasca», como las que hiciera el cronista español Cieza de LeOn, se habían anotado, pero nada específico sobre las figuras que formaban.

En 1939 el Dr. Paul Kosok, de la Universidad de Long Island, oyó decir que «en una superficie de 60 kilómetros habían unas asombrosas líneas de superficie en el desierto». Voló por un buen rato, pero no lograba descubrir nada; de repente, cerca de la franja oscura de la Carretera Panameri­cana logró divisar algo: brillantes formas trapezoidales se destacaban sobre el fondo marrón de la zona desértica. Voló, cuidadosamente tratando de descifrar las líneas… “¿No es esto una araña?», pensó. Descendió un poco más y quedó atónito ante su descubrimiento. Estas no eran simples líneas, ¡eran glifos gigantescos!

Kosok jamás imagino la revolución que su hallazgo signifi­caría para el mundo. Eruditos e investigadores de los más diversos campos se han estado dando cita en el lugar desde entonces, con el fin de desarrollar nuevas teorías que le den una solución lógica al enigma que estas líneas encierran. ¿Para que fueron construidas? ¿Con que elementos y herra­mientas se logró la precisión con que fueron trazadas? Arqueólogos, historiadores, antropólogos… y hasta brujos y hechiceros han acudido al sitio a investigar si estos dibujos tienen alguna conexión con la materia de sus estudios.

Una de las teorías que más aceptación ha tenido es la de la astrónoma y matemática alemana Maria Reiche. Según ella, los nascas utilizaron estos signos como un calendario gigan­tesco. Ella cree que cientos de toneladas de piedra fueron transportadas a este lugar con el fin de crear los bordes de cada línea; estas fueron cuidadosamente colocadas a fin de calcular minuciosamente los planos, y poder reproducir los patrones, de la misma forma como lo habían hecho con sus textiles y tejidos.

María sostiene que estos diseños fueron trazados en pequeños lotes de tierra de 6 pies, ya que ha encontrado varios de esta clase, próximos a los diseños más grandes. Utilizan­do cada plano como modelo, ella estima que los nascas los dividieron en secciones y luego los reprodujeron en escalas mayores. Este método les permitía desarrollar los diseños en las proporciones gigantescas que lo hicieron, sin necesidad de una visión completa del trabajo a medida que lo realiza­ban. Para dibujar las líneas, probablemente emplearon un cordel atado a una base, lo extendieron poco a poco y luego emplearon dos o tres cordeles más para cerciorarse de que el primero quedaba recto. Para las curvas, se emplearon pequeños arcos colocados muy cerca.

Existen otras teorías sobre cómo esta cultura pudo trazar semejantes geoglifos. Algunos afirman que quizás los nascas se valieron de globos gigantescos llenos de aire que, desde el cielo, les brindaban una perspectiva completa de lo que miraban haciendo. Además, según estos eruditos, es proba­ble que ellos hayan enterrado a sus muertos enviándolos al cielo en este tipo de globos.

Para tratar de averiguar si habrá sido posible que los indios de aquella época hayan podido volar, arqueólogos han investigado más acerca de los nascas por medio del estudio de algunas tumbas cercanas a la región de Paracas. Descu­brieron un lugar conocido como la Necrópolis, que se cree que fue utilizado como un cementerio para dignatarios y personalidades de la zona. Los cuerpos de esos personajes fueron envueltos en largas capas de telas finísimas, ricamente adornadas con pieles exquisitas. Los diseños de estos atuendos mostraban personas extrañas que parecen estar deslizándose o cayendo de una pendiente con la ayuda muchos listones de telas alrededor de ellas. ¿Podrían estas culturas haber construido este tipo de vehículos? Sus dibujos precolombinos sugieren que quizás fue así.

Lo que ha quedado prácticamente sin partidarios es la creencia de que estas líneas hayan sido pistas de aterrizaje para seres de otros planetas. Los signos que estas líneas representan, pertenecen a los característicos de las culturas nasca y paracas, y que los indios empleaban para decorar cerámica o sus tejidos. Aún más, los vestigios de esta civilización dan muestra sólida de que esta fue lo suficientemente inteligente como para idear textiles, industrias y medios de comunicación, y por lo tanto tenía la capacidad de construir proyectos mayores.

Además, si realmente alguien hubiera utilizado estos trazos como pistas de aterrizaje, carece de lógica haber dejado de usarlas repentinamente, cuando tantos años de trabajo y esfuerzo les costaron a cientos de hombres. Por otra parte también se ha descartado la idea de que estas líneas hayan estado asociadas a la agricultura de la región, pues ésta una zona completamente desértica.

El por qué y para que de la construcción de los geoglifos sigue siendo un misterio. Si fueron una ayuda para la adoración nasca, si eran un medio para comunicarse con sus dioses, o simplemente una expresión artística de estos hombres, solo el pasado lo sabe.

Tal vez eran muestras de las incursiones astronómicas de los indios peruanos o un gigantesco calendario primitivo enormes observatorios, y hay quien dice que fueron tremendos lugares de congregación tribal. ¿Se llegaron a realizar ofrendas para los dioses en los que ellos creían en este lugar, o eran estas figuras simplemente, la representación de algún espíritu?

Aquí las ideas chocan, los argumentos se hacen cada vez más candentes y las más diversas ideologías se contradicen unas a otras. Alguien escribió alguna vez que «las líneas Nasca simplemente son los dibujos realizados por el impresionante dedo de un gigante juguetón que, miles de años atrás, vivió en la Tierra»… Simple poesía ¿o un argumento más para explicar el origen de estas líneas?

 

Bibliografía

Álvarez, M. (1991). Grandes misterios de todos los tiempos. Colombia: Editorial América, S.A.

0

Desde tiempos inmemorables, la ambición por el oro ha desatado las más fuertes pasiones, incontables conquistas y guerras, sueños, fantasías…leyendas. Pero, de todas las historias que han surgido alrededor del preciado metal, una en especial ha durado tanto tiempo y ha sido transmitida con tal recelo a través de tantas generaciones que, de repente, parece fundirse de manera muy sutil con la realidad. Es la leyenda de El Dorado, una tierra fabulosa llena de oro, en donde los rayos del chocaban maravillosamente con gigantescas maquetas oro y rivalizaban con ellas en su esplendor.

Según ha quedado escrito en la historia, cuando Francisco Pizarro llegó al Perú en 1530 a conquistarlo, los incas y emperador Atahualpa, le pidieron que, por favor, no los matara. Prometieron a cambio, llenar el cuarto en el que encontraban (que medía 22 x 17 pies) de oro, y la habitación próxima, de plata. Los incas cumplieron su palabra, pero conquistadores no lo hicieron, y al poco tiempo aniquilaron al emperador inca.

Comenzó a crecer la sed por el oro en el Nuevo Mundo los aventureros que llegaban a las nuevas tierras, organizaban las más arriesgadas expediciones en búsqueda de más y más oro. Atravesaron densas junglas, cruzaron ríos profundos, se adentraron en la selva más espesa, excavaron gigantescas montañas. ¿Por qué? Porque muchos de los indios que tenían cautivos les contaban la misma historia siempre había una tierra en donde el polvo dorado era inagotable. Al preguntarles los recién llegados por las direcciones para dar con aquel lugar, a veces la respuesta era «un poco más allá arriba»; otras: «un trecho más abajo». En ocasiones a izquierda, otras hacia la derecha…

Juan Martín de Albújar fue uno de los valientes hombres que, hechizado por tantas historias, se lanzó en la busque de la tierra maravillosa, junto con otros hombres más. Regresó, al poco tiempo, como único sobreviviente de la frustrada expedición. A su vuelta contó que estuvo cautivo en capital inca secreta, donde lo llenaron con preciosos obsequios de oro. Pero, desafortunadamente, nunca mostró los supuestos regalos ya que «los perdió en el viaje de regreso, donde tuvo que afrontar mil peligros y vicisitudes».

Pero quizás uno de los primeros en escuchar la leyenda preciosa de El Dorado, fue el fundador de Quito, Sebastián de Belalcázar, quien también había estado en la conquista del Perú. Un indio le comentó que había una tierra maravillosa en la que su rey, «El Dorado» —como lo llamó Belalcázar en ese día de 1535—, rociaba su cuerpo con el polvo de oro, antes de sumergirse en el lago sagrado de la montaña. Y de aquí tomó su nombre la historia que daría lugar a cientos de leyendas más, muy similares, con un personaje que todas tienen en común: el misterioso rey llamado El Dorado.

Fue un año después de que Sebastián escuchase la sor­prendente historia, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada decidió ser uno de los pioneros en arriesgar su vida y la de 900 hombres más, con el fin de encontrar El Dorado. La expedición comenzó su búsqueda en la costa norteña de Santa Marta, Colombia, y siguieron hacia el sur del rio Magdalena. Aquellos hombres tuvieron que vencer las incle­mencias del tiempo, así como hacerse camino entre densos follajes sin más ayuda que sus machetes. La mitad del viaje lo anduvieron a pie por estas selvas; la otra, intentando cruzar el rio. Se enfrentaron contra animales desconocidos, bestias salvajes, serpientes y lagartos… pero no hallaban el sitio anhelado. Como si fuera poco, los hombres que hasta entonces no habían muerto víctimas de los anteriores obstáculos, afrontaron un enemigo terrible: la malaria.

Al fin alcanzaron la tierra de los chibchas, quizás pensan­do que habían dado con El Dorado, pero recibiendo muy pronto una desilusión. En vez de lingotes de oro y plata, alrededor del pueblo habían cultivos de frijoles y plantas. ¡No era lo que buscaban! Más de 700 hombres habían muerto en la expedición. Pero no serían los últimos que perderían sus vidas en la búsqueda de la codiciada tierra.

A lo largo de la planicie de Cundinamarca, los chibchas habían establecido sus residencias. Tenían impresionantes cantidades de sal, no de oro. Desilusionados, los españoles no sabían que hacer. Hasta que surgió una esperanza: los indios les contaron que, la sal, era igual de preciada para ellos pues la intercambiaban por el oro de El Dorado. La expedición recobro ánimos para seguir adelante. Se dirigie­ron hacia el sur, y encontraron un poco de oro y esmeraldas, pero no en las cantidades que ellos pensaban. Así es que vol­vieron a inquirir de los indios y a preguntarles: «¿Dónde está la ciudad más rica?» Y ahora les dijeron «hacia el norte». Allí encontraron algunas gemas, pero no oro. Finalmente se dirigieron al pueblo de Sogamoso, donde hallaron un tem­plo dedicado al dios Sol. Momias de los antiguos reyes chibchas eran honradas allí, y estaban adornadas con esme­raldas y oro. Cuando se les preguntó a los indios de aquella zona de dónde habían obtenido los preciosos ornamentos respuesta fue, como siempre, ¡de la tierra de El Dorado!

Entonces supieron que esa tierra se llamaba Guatavita, y allí se celebraba una ceremonia anual para honrar a Dorado. También llegaron a conocer que los habitantes esa zona, intercambiaban con los chibchas cuentas preciosas y oro a cambio de sal. Un indio tomó la palabra y, al escucharlo con suma atención, todos enmudecieron al oír deslumbrante historia:

«En Guatavita, la tierra del oro y la riqueza, había un gobernante, era un personaje enigmático que se vestía de ornamentos de oro y rociaba todo su cuerpo con polvo del precioso metal. Un día partió con parte de su sequito desde la costa de un lago, cercano a la zona, en una balsa de oro, a la tierra de siempre jamás. Su despedida fue preciosa, hubo música y grandes honores para despedirlo. Sus amigos y los sacerdotes principales le lanzaban maravillosos ob­sequios desde la orilla. Y él, el Dorado, se durmió en las aguas, mientras éstas deshacían el polvo dorado que le cubría…»

De inmediato, aún sin salir de su asombro ante aquella historia que sonaba tan verídica, se arregló un nuevo viaje. Ahora los españoles no se aventurarían solos: se aseguraron llevando a un indio de guía. «El lago» que éste les señaló era el agua del cráter de un volcán que ya no estaba en actividad. Estaba localizado casi a 9.000 pies sobre el nivel del mar. Luego de una búsqueda inagotable, los españoles tuvieron que claudicar. ¡No habían rastros de aquel personaje! Es cierto, encontraron algunas chozas, pero de los regalos lanzados al rey, de su balsa, de su cuerpo… ¡y del oro!, no había huellas.

Merece la pena hacer notar que Gonzalo Jiménez de Quesada no era un hombre ignorante, como para dejarse deslumbrar simplemente por una leyenda. Quesada era un oficial de mucho prestigio y alto rango; un hombre reconocido por su austeridad y sensatez. Lo que es más, él no fue el único en arriesgar su vida buscando la famosa tierra dorada. Como habíamos mencionado antes, Sebastián de Belalcázar, otro hombre de mucho talento y coraje, lo había hecho de igual manera y, curiosamente, casi al mismo tiempo. Mientras Quesada exploraba la planicie de Bogotá, Sebastián salía de Quito, en Ecuador, para buscar El Dorado, recorriendo el Valle del Cauca, Pasto y Poyotán.

Mientras tanto otra tercera expedición, dirigida por el alemán Nicolaus Federman, salió de Coro, en el Golfo de Venezuela, para explorar esta región. lban 400 hombres y, por más de tres años, merodearon las montañas a lo largo del río Apure, sin encontrar nada. Pero algunas curiosas coincidencias llaman la atención: saliendo de puntos comp­letamente diferentes, luego de vagar por tantos años, las tres expediciones estuvieron a punto de convergir en la planicie de Cundinamarca en 1539. Otro dato asombroso es el siguiente: a pesar de que cada uno de los grupos había afrontado diversos tipos de problemas —siendo el de Belalcázar el más aventajado de todos—, se había enfrentado a condiciones completamente distintas y estaban constituidos por un número diferente de integrantes, en el año en que culminaron las expediciones, quedaban 166 hombres en cada una de ellas.

Después de este suceso, otras expediciones más fueron realizadas en busca de El Dorado. Entre las más memorables se puede mencionar la encabezada por el hermano del Conquistador del Perú Francisco Pizarro, cuyo nombre era Gonzalo. En 1541 partió de Quito en unión de más de 4.000 indios y 350 españoles. A su regreso, decepcionado y con las manos vacías, Gonzalo Pizarro había perdido tres cuartos de sus hombres. En Lima, cerca de veinte años después, Pedro de Ursúa preparaba otro grupo de hombres para emprender Una nueva aventura. No obstante, durante el viaje uno de los integrantes de la expedición, Lope de Aguirre, conspiró contra Ursúa, y contribuyó, directa o indirectamente, a su asesinato. También fue responsable de la muerte de más de 80 de sus compañeros.

EI incansable y empeñado Quesada, no podía olvidar aquella hermosa leyenda, así es que en 1548, con una inversión de 200.000 pesos de oro, y la compañía de 1.500 indios y 1.300 españoles, emprendió un nuevo viaje que duró tres años y no dejó, a cambio, más que la muerte de 1.236 españoles y 1.496 indios.

Por más de cuarenta años, hombres de diversas culturas varios grupos étnicos recorrieron ríos y montañas, perdieron su dinero y, lo que es peor, hasta sus vidas, detrás de mismo ideal: encontrar El Dorado. La furia que desató contagiosa leyenda fue tal que se le llego, a llamar la fiebre del Dorado. Y, ya que muchos de los que le busca murieron muy pronto o terminaron en la ruina, también se llegó a hablar de «la maldición de El Dorado». Desde montañas de los Andes, hasta las riberas del rio Amazonas del Brasil, desde la actual capital de Trinidad y Tobago hasta la actual Lima; desde el Cauca hasta Manaus… Por Colombia, Brasil, Ecuador, Trinidad y Tobago, Perú, y Venezuela hasta las mismas Guyanas, miles de hombres recorrieron los terrenos tras una huella siquiera del misterioso rey del oro. La pregunta es ¿podría solo el esplendor de una leyenda tener un poder tan arrasador?

Los siglos por venir no extinguieron la fiebre desatada por aquella leyenda y, nuevamente, famosos exploradores reco­rrieron nuevas tierras (y, otra vez, las mismas), en el afán de alcanzar su sueño.

En 1780, Alexander von Humboldt estaba interesado científicamente en el Amazonas, así que realizó un viaje hacia esas tierras. Desafortunadamente, tribus salvajes lo desvia­ron de su meta y, sin quererlo, llegó a Cundinamarca, la tierra que dio origen a la famosa leyenda. Acampó en las orillas del lago Guatavita, el cráter del volcán donde los indios habían dicho, siglos antes, que El Dorado había partido. Humboldt vio la brecha que, hacia años, había hecho Sepúlveda, pero él no tenía intenciones de vaciar aquel lago. Pero muchos otros sí, y surgió nuevamente, desde el fondo de aquellas aguas, la fiebre del oro.

Se ha dicho que cientos de indios peregrinaban cada año hasta aquel lago, por casi un siglo completo. Cada uno de ellos llevaba ofrendas de oro a aquel lugar. Cada uno ofrendo, cuando menos cinco alhajas, así es que, si fuera cierta la leyenda, más de 500.000 objetos de oro estarían en el fondo de aquellas aguas. Estas creencias llevaron a una compañía inglesa, en 1912, a invertir más de 150.000 dólares en equipo para secar el lago. Lograron parcialmente su objetivo, sin embargo el oro obtenido en esas expediciones fue tan poco que, apenas si se cubrió una mínima parte de su costo.

Muchos han llegado a la conclusión que, después de todo, El Dorado, no fue más que una majestuosa leyenda que surgió en las preciosas montañas de América del Sur. Quizás un invento de los indios para que los conquistadores los dejaran en paz. Irónicamente, después de siglos de búsqueda y tantos sacrificios, mientras dos granjeros trabajaban en una gruta cerca del Lago Siecha, en Bogotá, encontraron una extraña figura de oro: una balsa muy fina, toda trabajada en oro, al centro su viajero principal: un hombre de oro, ¡quizás El Dorado!  ¿Simple casualidad o prueba de que, en algún lugar de estas tierras, y algún día, realmente existió un hombre que rociaba su piel con polvos dorados? ¿Que inspiró esta escultura, un personaje real o mitológico? Si se contestaran estas preguntas, sabríamos si los perspicaces y valientes conquistadores, así como cientos de exploradores británicos, alemanes, holandeses, franceses, etc., arriesgaron sus vidas (y las dejaron) corriendo tras un ficticio o verdadero.

En Colombia se descubrió plata, platino y esmeraldas, en las Guyanas, oro, bauxita y manganeso; en Venezuela se halló petróleo… Pero la leyenda de El Dorado no se logró descifrar. ¿Serán estas riquezas suficiente paga para todas las vidas que por eras fronteras quedaron perdidas? ¿Serian algunos de esos tesoros a los que se refería la leyenda india?

A veces, en algún precioso amanecer de alguno de lagos o los ríos de estas deslumbrantes tierras sureñas, los reflejos del sol juegan con las nubes y, en el horizonte, unos destellos dorados hacen piruetas en las cristalinas aguas. ¿Habrán sido estas escenas las culpables, las que realmente inspiraron tan legendaria historia? Para la gran mayoría, Dorado ya no es un misterio: fue todo fantasía. Sin embargo a veces un niño en el jardín de una casita de campo, excava con una pequeña pala, jugando a ser el descubridor de tesoro. Y todavía mas de algún turista, al estar cerca alguna de estas tierras, aprovecha un momento de soledad escarba un poco la tierra con la esperanza oculta, pero vibrante, de que no haya sido fantasía, de encontrar por lo menos, ¡un par de lingotes de oro! No cabe duda que El Dorado, mito, realidad, leyenda o lo que sea, sigue despertando sueños, sigue suscitando pasiones, ¡por algo se le considerado una fiebre, por algo es una leyenda latente!

 

Bibliografía

Álvarez, M. (1991). Grandes misterios de todos los tiempos. Colombia: Editorial América, S.A.