Categoría: Arabia

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Hace muchos arios, vivía en Bagdad un viejo y rico mercader llamado Simbad el Marino. Muchos eran los que envidiaban sus riquezas. Y como en cierta ocasión oyera las críticas de que era objeto por parte de un pobre criado, le hizo entrar en el palacio y, tras darle de comer en abundancia, le dijo:

—Tú me envidias y críticas porque no sabes con cuanta penalidad y sufrimiento he amasado la fortuna de que disfruto ahora y que mi vida no se ha desenvuel­to, según crees, entre placeres, sino que ha sido pródiga en duros trabajos.

Y a continuación le relató su azarosa vida con estas palabras:

“De joven gocé de una posición desahogada gracias a la herencia de mi padre. Pero al disiparla pronto en placeres propios de la edad, me vi obligado a preparar­me de nuevo una posición sólida por mi propio es­fuerzo.

“Embarqué en una nave que iba hacia Oriente y, después de varios días de navegación, desembarcamos en una pequeña isla. Pero al encender fuego para calen­tar unos alimentos, vimos horrorizados que lo que habíamos creído tierra firme era la espalda de una gran­diosa ballena, la cual, cuando sintió sobre su piel la quemazón de la leña encendida, se sumergió rápidamente. Todos los que estaban allí perecieron, menos yo, que me salve de milagro.

“Nadando fui a parar en una tierra de gentes extrañas que me acogieron con cortesía. Allí estuve durante algún tiempo hasta que Hegel un buque procedente de mi país. Y con las mercancías que pude recoger hice un saneado negocio…

“Al poco tiempo hice un segundo viaje por mar. Y mientras estaba en una isla descansando a la sombra de un árbol, el barco en que hacía la travesía levó an­clas y me dejó abandonado.

“Como la isla no ofrecía nada con que alimentarme y aterrorizado ante la idea de morir allí de hambre me dispuse a salir a nado aunque ello supusiera sin duda mi muerte. Entonces descubrí casualmente un enorme huevo blanco. Pero, cuando asombrado lo es­taba contemplando, de pronto vi venir hacia mí un ave gigantesca. Voló planeando hacia el huevo que segura­mente era de su cría, se aproximó a él, y, sin reparar en mí, lo cogió con sus enormes garras y remontó el vuelo.

“Instintiva y repentinamente yo me abrace al huevo, para que el ave me trasladara con él a algún lugar en el que me fuera posible entrar en contacto con los hombres. En efecto, el ave me llevó por los aires a una descomunal altura, pero con tan mal resultado que aquella tierra en que me dejó era aun más desolada que la anterior. Y para colmo, estaba llena de grandes ser­pientes. En cambio, brillaba toda ella de manera cega­dora ya que la cubrían miles de diamantes.

“Solo de milagro y gracias al refugio de una cueva, pude escapar a la voracidad de las serpientes. Nunca hubiera podido salir de aquel lugar, cerrado por todos lados de altísimas montañas inescapables, a no ser por una extraña circunstancia: un día comenzaron a caer grandes pedazos de carne como venidos del cielo. Com­prendí en seguida que alguien los tiraba desde las ci­mas de las montañas. Esto me hizo recordar que los buscadores de diamantes utilizaban este procedimiento para que las áiguilas vayan a buscar la carne, la dejen en sus nidos para alimento de sus crías y, con ella, los diamantes que se le adhieren.

Entonces se me ocurrió algo parecido a lo que había hecho con el huevo. Después de llenarme los bolsillos de diamantes, me agarré fuertemente a uno de los más grandes pedazos de carne y con él fui llevado hasta la cima de las montañas por un águila. Así pude entrar en contacto con los buscadores de diamantes, vender los que yo había llevado conmigo y regresar, más rico que nunca, a mi patria.

“Aunque hubiera podido quedarme en mi casa a dis­frutar de mis bienes por toda la vida, me había acostumbrado tanto a los azares y aventuras, que un buen día partí de nuevo en busca de emociones.

“Me hice a la mar con un buque cargado de mercancías. Pocos días después, una fuerte tempestad llevó la nave hacia una costa desconocida. Nada más amainar el temporal, aparecieron miles de pequeñas embarcaciones llenas de hombres diminutos, que empezaron a trepar ágilmente por los costados de mi barco. Después de obligarnos a descender a tierra, nos condujeron a un palacio de enormes dimensiones, y nos encerraron en una habitación. Al cabo de varias horas apareció un gi­gante de horrible figura que tenía un solo ojo en mitad de la frente. Nos miró de manera alarmante, uno a uno, y, cogiendo al capitán por la cintura, se lo llevó a la boca y lo empezó a devorar ante nuestros ojos.

“En los días siguientes se fue comiendo a otros de los nuestros. Y ante el temor de no salir ninguno con vida, le preparamos al gigante unas hierbas somníferas y se las ofrecimos encomiándolas por sus virtudes di­gestivas. El monstruo las comió y quedó profundamente dormido. Inmediatamente cogimos una Barra de hierro puntiaguda y, poniéndola al rojo vivo en una hoguera que hicimos, la clavamos con fuerza en el único ojo del monstruo. Como al despertar ya no podía dar con nosotros, corrimos hacia la playa y, tras embarcarnos en unas lanchas que habíamos construido con maderas de los árboles, pudimos llegar sin novedad a alta mar.

“Poco después logramos arribar a una costa que creíamos era un buen refugio, pero pronto vimos que era casi tan peligrosa como la tierra de los enanos y del gigante. En efecto, había en ella una enorme ser­piente que rápidamente engulló a uno de los nuestros. De noche nos dejaba tranquilos pero de día, implaca­blemente hacia desaparecer a alguno, como hiciera la primera vez.

“Al final no quede más que yo solo. Mi muerte era ya segura. Y ya estaba a punto de arrojarme al mar antes que ser devorado como mis compañeros, cuando casualmente apareció en lontananza una nave. Le hice señas con mi largo turbante y afortunadamente fui visto y auxiliado.

“Cuando subí al barco, quede sorprendido al ver que era precisamente el mismo en que había navegado du­rante el segundo viaje, aquel que por descuido me había dejado abandonado en la Isla del huevo del gigantesco pájaro roc. Como aún estaban allí mis mercancías pude realizar un buen negocio en los puertos que fuimos tocando en la travesía, y así pude regresar a casa con incontables riquezas…

“Lo natural era que después de la experiencia de los tres viajes anteriores hubiera sentado la cabeza, pero como la sangre me hervía continuamente en las venas, sentí de nuevo la tentación del lucro y la quemazón de la aventura. Así, pues, me embarque otra vez rumbo a tierras extrañas. También en esta ocasión una tempes­tad nos llevó forzosamente a una Isla desconocida, donde había unos salvajes muy corteses que nos invitaron a comer una hierba.

—Es muy buena y tiene excelentes virtudes —nos dijeron.

“Solo yo me abstuve de comer, llevado de un presen­timiento que resultó cierto, ya que, a poco de haberla comido, todos mis compañeros se volvieron locos.

“A duras penas logre escapar de aquellos salvajes y fui a caer en una tierra poblada por hombres blancos que sentían la pasión de los caballos, pero que desconocían la montura y las riendas. Yo les enseñe a montar y les hice unas riendas, por lo que fui nombrado consejero del rey y todo el mundo me trataba con gran consideración.

“Para honrarme más, el monarca me dio por esposa a una de las más bellas, nobles y ricas mujeres de su corte. Viví feliz con ella durante algún tiempo. Pero un día supe que era costumbre en el país enterrar a la mujer junto al marido cuando moría este, y a la inver­sa, es decir, que el marido debía seguir también a la esposa en caso de muerte.

“Tentado estaba de abandonar aquel reino con mi mujer para irnos a vivir a otra parte donde no hubiera tal costumbre, cuando he aquí que murió mi esposa. Naturalmente, fui enterrado en una gruta junto a ella. Solo la fe en Alá me salvó del suicidio, pues era prefe­rible morir antes que respirar el olor de los cadáveres en descomposición y ver cómo los gusanos iban consu­miendo los cuerpos corruptos.

“Dispuesto a resistir al máximo viví primero de la comida que habían dejado, según la costumbre. Luego, cuando ya empezaba a pasar hambre, un día abrieron la tumba y vi que enterraban a alguien junto con su esposa. Al principio me alegre al pensar que iba a tener a alguien con quien compartir la desdicha, pero el hambre y un feroz instinto de conservación acallaron bien pronto estas primeras impresiones.

“No pensé mucho. Presa de un furor desconocido, como enajenado, cogí uno de los huesos más grandes que hallé a mano y, tras matar de unos golpes en la cabeza a la recién llegada, cogí los panes y la comida que había en su ataúd y sacie el hambre que me devo­raba.

“Pasaron varios días más. Y ya volvía a padecer un hambre feroz, cuando vi junto a un cadáver un enorme cuervo que estaba hartándose de carroña. ¿Por donde había entrado aquel pájaro? Lleno de esperanza le asus­te batiendo palmas, y así que el cuervo emprendió el vuelo por los recovecos de la gruta, le fui siguiendo hasta llegar a un hueco de la roca desde donde ya se veía luz. Aquella hendidura daba justamente a la orilla del mar.

“Golpeando con unas piedras logré, tras horas de tra­bajo, salir a la luz del día. Pero entonces tuve una idea. Y en lugar de echar a correr huyendo de aquella apes­tosa gruta, como hubieran hecho todos, regrese nueva­mente a ella y despoje a todos los cadáveres de las ri­quezas con que habían sido enterrados.

“Hecho esto, permanecí vigilante en la costa hasta que una nave que pasaba a lo lejos me recogió al aper­cibirse de mis señales. Y después de haber vendido todo lo robado en la gruta a los comerciantes de los puertos donde fuimos tocando, pude regresar a casa con una considerable fortuna en monedas de oro y plata…

Como las veces anteriores, la afición a las aventu­ras y la ambición de hacer aún más dinero, me llevaron a emprender un nuevo viaje por mar.

“Todo iba perfectamente, cuando apareció en el ho­rizonte un enorme roc y uno de los tripulantes tuvo la desdichada idea de dispararle y matarlo. En seguida aparecieron otros pájaros de su especie que venían a vengar a su compañero. Y lo consiguieron con tan mala fortuna para nosotros, que con una enorme roca tirada sobre nuestra nave desde lo alto, en vuelo, lograron hundirla.

“Alcancé la costa como pude. Y estaba descansando en la arena cuando apareció un anciano decrepito, el cual me pidió que le ayudara a trasponer un rio que había allí cerca. Accedí gustoso a su demanda, pero cuando lo hubimos cruzado, el viejo estrecho con fuerza sus piernas alrededor de mi cuello y me dijo:

—No pienso apearme, pues necesito tus piernas y no quiero prescindir de ellas.

“Por todos los medios intente deshacerme de aquel viejo, pero todo fue inútil, pues me tenía cogido con una fuerza extraordinaria. Esta situación duró varios días y ni aun por las noches el repugnante anciano disminuía la fuerza con que me tenía aprisionado.

“Ya comenzaba a ser presa de la desesperación, cuando se me ocurrió la estratagema de recoger muchas uvas y después de chafarlas dejé que fermentaran en una gran calabaza. Pasados unos días bebí un poco de su contenido, mostrando gran placer al hacerlo. El viejo, tentado al verme beber con tanto deleite, empinó con tanta afición, que el mosto se le subió a la cabeza hasta quedar completamente embriagado. Solo entonces, al perder aquel hombre el dominio de sí mismo, pude es­capar del odioso anciano.

“Rápidamente corrí a la playa, donde casualmente estaba a punto de zarpar un buque que había anclado para recoger agua potable. Me embarque en la nave, recogí luego muchos cocos en una isla, los cambie en otra por áloe, vendí éste en una ciudad y regrese a mi casa cargado de monedas de oro..

Tras una larga pausa, Simbad el Marino continúo diciendo a su interlocutor:

—No creas que con tan larga experiencia se terminó mi afán de aventuras. Todavía una sexta vez probé fortuna con éxito.

“Tambien en esta ocasión el buque en que iba em­barcado chocó con un acantilado y, a nado, hubimos de ganar la costa de una tierra de la que nos dijeron que nunca podríamos salir, pues carecía de comunicación con toda otra. Después de muchas calamidades, fueron muriendo todos mis compañeros uno a uno hasta que­darme completamente solo. Y ya estaba a punto de morir yo también, cuando encontré una enorme gruta por cuyo interior corría un río caudaloso.

“Inmediatamente construí con unos troncos una lan­cha rudimentaria y me lance por la corriente subterráneas. Al cabo de varios días se me acabaron las provisiones y caí en un sopor invencible. Desperté en un país risueño, a plena luz. Varios negros que estaban aparejando unas barcas varadas en la orilla, me vieron y con gran cordialidad me auxiliaron. Me llevaron luego a su ciudad, Serendibe, y el rey me acogió con gran afecto, facilitándome después una nave y tripulantes para que regresara a mi patria.

“Y como además me obsequió con muchas joyas, ricas telas y metales preciosos, volví a mi hogar más rico que otras veces.

»Cuando ya rayaba en la vejez, hice un séptimo viaje; pero en esta ocasión no fue por mi propia voluntad, sino porque el Califa de Bagdad, sabedor de las mara­villas del reino de Serendibe, me ordenó:

—Simbad, vuelve allí y procura entrar en relación con aquel monarca.

“Fui muy bien recibido en Serendibe y me honraron con varios festejos debidos quizá a la representación que me llevaban allí. Sin embargo, el viaje de regreso también estuvo marcado por la fatalidad. A poco de iniciado el retorno fuimos atacados por unos corsarios, que nos vendieron a todos en la primera isla que encon­traron. Yo caí en manos de un opulento mercader, que me dedicó a matar elefantes para extraerles los col­millos.

“Coseche mucho marfil. Y me disponía a dar muerte a un nuevo animal, cuando de pronto vi aparecer mu­chos elefantes que venían hacia el árbol en que yo esta­ba encaramado. Creí llegada mi última hora, pero me equivoque. Con gran estupor por mi parte observe que uno de los animales, cogiéndome suavemente con su trompa, me montó sobre su lomo. Y así me llevó hasta una gran explanada, en la que había miles y miles de colmillos y huesos de elefante, tantos como pudiera desear el mercader más ambicioso.

“Comprendí en seguida que los animales me habían llevado al lugar donde todos iban a morir para que me hartase de colmillos, dejando de dar muerte a más ele­fantes.

“Tanto alegró al mercader mi descubrimiento que, en señal de gratitud, decidió darme la libertad. Y gra­cias a ello puedo ahora contarte todas estas cocas, para que te des cuenta de que los hombres que parecen más dichosos y ricos, a veces ocultan un pasado lleno de trabajos y penalidades.”

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Un sastre llamado Mustafá vivía en la capital de un reino de la China. Pero el hombre era tan pobre que casi no podía mantener a su esposa y a su hijo, llamado Aladino.

Este muchacho andaba siempre vagabundeando por las calles. Y aunque su padre quiso enseñarle su oficio de sastre, no pudo conseguirlo, por lo que el pobre Mustafá, apenado por la inutilidad y malas inclinaciones de su hijo, no tardó en morir.

Al ver que nada podía esperar de Aladino, su madre vendió los utensilios de la sastrería y cerró el estableci­miento, dedicándose a hilar para poder alimentarse.

Aladino, entretanto, a sus quince años, era el mucha­cho más travieso y menos trabajador de la ciudad.

Cierto día que estaba jugando por la plaza, conoció a un mago africano que, fingiendo ser hermano de su padre, le prometió convertirle en hombre de provecho si se iba con él.

—Te pondré al frente de una tienda de telas —le di­jo—, con lo que podrás llegar a ser un acaudalado co­merciante.

Y como el muchacho vio que aquella proposición le venía como anillo al dedo, aceptó encantado.

En los días siguientes, el mago fue enseñando al muchacho cosas maravillosas y extraordinarias, aunque ninguna de ellas relacionada con la tienda que le había prometido. Pero como el fingido tío viera que Aladino se quedaba admirado con cuanto veía, le dijo:

—Mañana verás algo nunca visto.

Hora es ya de saber que el mago africano no era hermano del sastre Mustafá, sino un aventurero que había llegado a aquellas tierras de China, atraído por la noticia de que existía una lámpara maravillosa con la que era posible obtener todas las cosas. Y si utilizaba a Aladino para buscarla, era porque sabía que solo un muchacho de su edad podía hacerlo sin peligro de muerte.

Así, pues, al día siguiente, el mago y Aladino se pu­sieron en marcha, hasta que al cabo de varias horas de andar llegaron cerca de un magnífico palacio rodeado de jardines, fuentes y frondosos árboles.

El mago prendió fuego a unas malezas y derramó un perfume sobre las llamas al tiempo que pronunciaba unas palabras mágicas. Y, ante el asombro y temor de Aladino, con un ligero temblor de tierra se abrió súbitamente una grieta en el suelo, dejando al descu­bierto una losa con una argolla de hierro oxidado.

—Aladino, tira de ella a la vez que pronuncias los nombres de tu padre y de tu abuelo —dijo el mago—. Verás con qué facilidad lo haces.

El muchacho tuvo miedo e intentó huir, pero su fin­gido tío le abofeteó diciéndole:

—Esto lo hago por tu bien, pues ahí dentro se escon­de un tesoro que te hará el hombre más rico del mundo.

Al fin hizo Aladino to que se le ordenaba. Y entonces vio que bajo la piedra aparecían una escalera y una puerta.

—Por ahí se entra a la gruta —dijo el mago—. Toma este anillo y baja. Con él evitarás cualquier mal que te pueda sobrevenir en el interior de la cueva.

Aladino descendió por las escaleras y no tardó en encontrar tres espaciosas salas llenas de jarrones de oro y plata colocados a los lados. Luego salió a un jardín y subió a una azotea, donde había un nicho que el muchacho abrió, siguiendo las indicaciones del mago.

Dentro había una lámpara, de la que se apoderó Aladi­no. Después de guardársela en el seno, el muchacho re­gresó de nuevo hacia la abertura.

Al pasar por el jardín, vio que los frutos que había en los árboles no eran sino perlas, brillantes, esmeral­das, etc. Codicioso de tanta riqueza, se Ilenó de joyas los bolsillos pero, como al llegar a la estrecha abertura le fue imposible salir por culpa de su rico cargamento, pidió al mago:

—Ayúdeme a salir de aquí.

—Dame la lámpara primero, hijo mío —replicó su falso tío.

Pero como Aladino se negara a entregársela a pesar de las insistentes amenazas del mago, éste, irritado, arro­jó unos polvos que tuvieron la virtud de cerrar inme­diatamente la abertura, dejando al muchacho sin posi­ble salida al exterior.

Pasado un rato, el mago intentó abrir nuevamente la grieta, pero todo fue en vano. Entonces fue presa de Ia mayor desesperación, ya que reconocía que por haberse dejado llevar de la ira, acababa de perder la mejor oportunidad de enriquecerse que había tenido en su vida. Finalmente, al ver que todos sus esfuerzos eran en balde, emprendió el camino de regreso y se dirigió hacia el corazón de África, donde estaba su pa­tria de origen.

Mientras tanto, Aladino llamaba en vano a su tío, implorando que le ayudara a salir de allí. Ya estaba desesperado y casi muerto de hambre, cuando se acordó del anillo mágico que llevaba. No hizo más que pedirle que le sacara de allí, cuando se abrió la tierra y Aladino quedó en libertad.

Lo malo fue que el muchacho, para poder salir de su encierro, tuvo que dejar todas las joyas que llevaba, por lo que llegó, a su casa tan solo con la lámpara.

Un día, la madre de Aladino, apurada por carecer en absoluto de dinero, pensó en vender aquella lámpara que había traído su hijo. Y como estaba bastante sucia de polvo, la frotó con un trapo antes de llevársela al trapero. Pero, al hacerlo, salió de ella un enorme gigan­te de aspecto andrajoso.

—¿Que deseas? —dijo—. He de obedecer ciegamente a quien posea la lámpara.

Al ver aquello, la madre de Aladino cayó desmayada, y cuando llego su hijo le contó todo lo ocurrido. El muchacho frotó nuevamente la lámpara y cuando vio aparecer al gigante, le dijo, temeroso:

—Tengo hambre. Dame de comer.

El genio partió al oír esto y no tardó en regresar con una fuente repleta de los más suculentos alimentos y platos, vasos y cubiertos de oro y plata.

A partir de entonces, la lámpara fue la solución de Aladino y de su buena, madre. Pero solo Ia utilizaban para cubrir las necesidades más perentorias.

Un día, sin embargo, Aladino vio a la hermosa prin­cesa Brudulbudura, hija del rey de la ciudad, y tan pren­dado quedó de ella que al instante concibió la idea de hacerla su esposa. Para ello pensaba valerse, natural­mente, de su mágica lámpara.

La madre de Aladino, aunque a regañadientes, fue a pedir al rey la mano de su hija, pero le fue denegada.  ¿Cómo podía una vieja miserable pretender semejante cosa?

Pero tantas joyas y regalos valiosos presentó la mu­jer, gracias al gigante, que, al fin, el monarca accedió a casar su hija con Aladino. También éste, por su parte, deslumbró a la princesa con tantas riquezas como ja­más hubiera podido soñar. Incluso hizo levantar al mago en una sola noche un magnífico palacio, en el que los nuevos esposos fueron a vivir.

Pero ocurrió que tantas maravillas llegaron a oídos del propio mago que un día se fingió tío de Aladino y le reveló el secreto de la lámpara al joven. Y lleno de ira y envidia decidió regresar a China para vengarse del muchacho.

Inmediatamente empezó a rondar por el palacio donde vivía Aladino. Y un día, aprovechando la ausencia de éste, se presentó como comprador de lámparas vie­jas. La princesa Brudulbudura, que sentía aversión hacia aquella lámpara anticuada y astrosa que su marido re­tenía, al parecer por puro capricho, decidió deshacerse de ella.

—Vendédsela a ese hombre —ordenó a sus criados.

Tan pronto como el mago se vio en posesión de la lámpara, la frotó y le pidió al gigante, que se puso a su disposición:

—Trasládame al corazón de África junto con el pala­cio de Aladino y su esposa.

Aladino quedó muy consternado al saber lo ocurrido. Y aunque todos creían que era obra suya to de haber hecho desaparecer el palacio, él sabía muy Bien que aquello era obra de su falso tío.

Y ocurrió que al frotarse las manos con desespera­ción, restregó, al hacerlo, el anillo mágico que le habla dado el mago y que ahora siempre llevaba en un dedo. Inmediatamente apareció el genio de la lámpara.

— ¿Que deseas de mí? —le dijo.

—Que me transportes al lugar donde se encuentra mi esposa.

En un santiamén, Aladino fue conducido al África, a los mismos jardines de su palacio, donde encontró a la princesa. Después de abrazarse con alegría, busca­ron la forma de recuperar la lámpara, que el mago llevaba siempre oculta en el seno.

Todo fue muy fácil. Mientras comían, la princesa echó disimuladamente en la bebida del nigromante unos polvos que le privaron por completo del conocimiento. Inmediatamente, salió Aladino de su escondite, le quitó la lámpara y pidió a continuación al gigante:

—Trasládanos a nuestro país.

Y en un abrir y cerrar de ojos, el palacio volvió a apa­recer en el sitio donde había sido colocado la primera vez. Pero cuando todos estaban otra vez felices y con­tentos, surgió una nueva desdicha, esta vez par culpa de un hermano del mago, hombre de instintos perversos y también muy ducho en cosas de magia.

Al saber lo ocurrido a su hermano, se trasladó al lugar donde vivía Aladino y con engaños y ardides, disfrazado de falsa vieja, intentó, finalmente, asesinar al joven con un puñal; pero éste le arrebató el arma homicida, y, en defensa propia, mató al hermano del mago.

Después todo fue felicidad en aquel reino. Y al morir el rey, Aladino ocupó el trono junto con su esposa Bru­dulbudura. Las crónicas dicen que se mostraron siempre como soberanos buenos y justos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

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Agar era una joven egipcia que Abraham y su esposa Sara trajeron consigo de Menfis, adonde habían tenido que emigrar en una época de hambre que asoló al país.

Dios había prometido al patriarca una posteridad tan numerosa como las arenas del mar; pero la esterilidad de su esposa Sara parecía desmentir el oráculo divino, y el pobre Abraham, anciano de ochenta y seis años, estaba muy triste.

Entonces convinieron ambos esposos en que, para que se cumpliese el oráculo, Abraham tomaría a Agar por esposa. Agar era joven y muy bella y dio un hijo al patriarca.

La infeliz hubiera vivido en paz y tranquilidad crian­do el fruto de sus entrañas, si no hubiera ocurrido una cosa extraordinaria.

En efecto, un buen día, Sara, hasta entonces estéril, concibió y tuvo un hijo a quien llamaron Isaac; sobre, vinieron naturalmente las rencillas entre las dos mujeres y ello dio como resultado la expulsión de Agar, la cual, en compañía de su hijo Ismael, empezó una vida errabunda y llena de privaciones.

Cuéntase que en ocasión de una gran sed que padecieron, al ir Agar en busca de agua, el niño, al verse solo y sediento, empezó a llorar, rabiar y patear el suelo. Y una de las veces que su talón pegó sobre la tierra, esta se hundió y apareció un manantial, que es el que aun hoy alimenta los pozos de Zemzem.

Y también se dice que el lugar en que Abraham, al expulsar de su casa a la esclava Agar, la dejó abandonada, era el sitio en que hoy está emplazada in Caaba.

Agar e Ismael fueron los pobladores de lo que hoy llamamos Arabia, y de alias descienden los árabes.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.