Categoría: India

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Y ahora, como esa complicada y a veces contradictoria mitología, se parece a todas en lo interminable y caprichosa, convendrá que pongamos aquí punto, mas no sin recoger antes una antiquísima leyenda sobre el diluvio, que los Brahmana, o sea, comentarios sobre los Vedas, dan a conocer, y que algunos dicen que es de fuentes semíticas. Tradúcela así G. Prampolini:

“Una mañana le llevaron a Manu (que es una encarnación de manas y por ello está considerado como el caudillo de la humanidad y el primer legislador) el agua que necesitaba para las abluciones. Al lavarse, se le vino a las manos un pececillo que le dijo: – Consérvame vivo y yo te salvare – ¿Y de que me salvaras?, – le pregunto Manu -. A lo que el pez contesto – Nosotros, mientras somos pequeños, estamos con frecuencia en peligro de muerte, porque un pez devora al otro. Al principio me colocas en un vaso; después cuando haya crecido y no quepa en él ya, ponme en un gran hoyo que caves sobre la tierra, y, por fin cuando ni en él quepa, llévame al mar, donde entonces ya estaré seguro de todo peligro”. En efecto, era uno de aquellos peces que creciendo llegan a convertirse en monstruos.

“Después añadió: – En el año tal ocurrirá la gran inundación. Tú entonces construye una nave y espérame: en cuanto empiece la inundación sal en tu barco y yo te salvare.”

“Cuando llego el momento anunciado, Manu siguió exactamente las instrucciones que había recibido: ató una gúmena a la trompa del pez que ya estaba allí presente, y se dejó llevar en su embarcación con rumbo a la montaña septentrional. Al llegar, dijole el pez monstruo: – Ya te he salvado. Ata la nave a un árbol y ten cuidado de que las aguas no se te lleven a ti y a ella a las montañas. Ve bajando después muy despacio, a medida que veas que el agua se retira…”

“Así lo hizo todo exactamente Manu, y he aquí que descubrió, maravillado, que la inundación lo había barrido todo, y que de aquella catástrofe él era el único sobreviviente.”

 

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

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En la antigua India, and por los años de su Edad de Oro, había un extenso y hermoso país llamado Kosa­las, que se extendía a lo largo de las orillas del Sarayu.

Allí se encontraba la noble ciudad de Ayodhya, sede real de Dazaratha, ilustre y afortunado rey, amado por las gentes y rodeado de ministros prudentes y sabios.

Viejo ya Dazaratha y sin hijos que perpetuaran su ínclita estirpe y los fúnebres ritos, mandó que se cele­brara un solemne Asvamedha o sacrificio del caballo. Al terminar el sacrificio sintiéronse encintas tres de las cuatro esposas de Dazaratha, y llegado el momento, del parto nacieron cuatro hijos, partes de las sustancias de Vishnú.

Kausalia, poseedora de todas las gracias, fue madre de Rama, el primogénito, leal y virtuoso; Kailey, joven y ambiciosa, tuvo a Bharata, el juicioso, y Sumitra fue madre de dos mellizos, Laksmana y Satrugna, impetuo­sos y valientes. La cuarta reina no tuvo hijos.

Entre todos ellos sobresalía y resplandecía el vale­roso Rama, gozo y orgullo de su padre, delicia de las gentes, destinado por Brahma y los iracundos Devas a destruir al feroz y prepotente Ravana, dominador de Lanka (Ceilán) y la infame simiente de los Raksasas.

Y para que, cuando llegara la época de la gran lucha, Rama tuviese poderes auxiliares en su empresa, los Devas crearon una generación de seres sobrenaturales, tremendos, capaces de sacudir los cimientos de las montañas, de desgarrar la tierra y de alterar los océanos. Unos seres que, en vez de lanzas, usaban desme­didos troncos de árboles descuajados y, en vez de pro­yectiles, enormes trozos de rota.

Mientras tanto, en la ciudad de Mitila, capital del reino de Videha, el rey Janaka creyó llegada la hora de casar a su hija, la incomparable Sita, la de los ojos como la flor del loto. E hizo comunicar a todos los que eran de real estirpe que aquel que pudiera doblar el arco sagrado y disparar con él podría casarse con su hija.

Ninguno de los príncipes que acudió logró, a pesar de sus esfuerzos, doblar el famoso arco de Rudra. También llegaron con la misma pretensión desde Ayodhya el príncipe Rama y su hermano Laksmana, acompañados del sabio Viswamitra, quien, con gran dignidad, solicitó al rey Janaka que permitiera a Rama probar su fuerza con el arco maravilloso.

Concedido el permiso, le fue presentado a Rama el arco de Rudra en su descomunal estuche. Y ante el asombro y la estupefacción de los presentes, el príncipe alzó el arco en el aire, lo encorvó y tanta era su fuerza que lo partió al tensarlo.

Se produjo entonces un formidable estrépito, seme­jante a un enorme trueno, tembló la tierra y los corte­sanos y cuantos allí estaban se desvanecieron. Final­mente, tras los primeros instantes de terror el rey Janaka concedió a Rama por esposa a su bella hija Sita.

Poco después de celebrada la boda, sintiendo el rey Dazaratha acercarse el fin de sus días, determinó hacer consagrar a su hijo Rama consorte del reino. Este era su supremo deseo, ya que Rama, además de ser el primogénito, era el más apropiado para gobernar en su día los Estados, pues su carácter ascético, su destreza en la guerra, el amor a su padre, a su esposa y a sus compatriotas, y su ciencia en la religión de los antiguos Vedas le convertían en el adecuado gobernante.

Cuando el rey sometió a consejo aquel proyecto, todos unánimemente pronunciaron su asentimiento, su adhesión y su regocijo. Únicamente la reina Kailey, aconsejada por la intrigante Mantara, aya y criada de la soberana, decidió impedir la coronación de Rama y que la corona fuese de su hijo Bharata.

Sería largo explicar con qué maléficas artes ofuscó Mantara la mente de la reina Kailey, para inducirla a quebrantar el proyecto de su esposo Dazaratha. Sin duda es uno de los trozos más hermosos del Rama­yana, siendo éste el más bello no tan solo de los anti­guos poemas de la India sino de todos los poemas épicos del mundo.

La malvada Mantara ideó el medio de impedir la consagración de Rama. En la antigua guerra de los Devas y los Asuras, Dazaratha, que combatía en favor de los Devas, quedó gravemente herido. La hermosa Kailey, que lo había seguido, le salvó en aquel funesto trance. Al volver en sí Dazaratha se encontró entre los brazos de Kailey, y le juró solemnemente que le concedería dos favores de la naturaleza que fuesen.

Por eso ahora, cuando el rey Dazaratha fue en busca de la joven reina Kailey, la más bella de sus esposas y la más cara a su corazón, para hacerle saber la nueva de la coronación de Rama, se sorprendió profundamen­te al oír la extraña petición de su esposa.

–Quiero —le dijo Kailey— que los preparativos he­chos para la coronación de Rama sirvan para mi hijo Bharata, el que será ungido en lugar de aquél. Y quiero que tu primogénito, vestido de pieles, pase siete años y siete más en las selvas de Dandaka. Ahora deseo que cumpláis los dos favores que me prometisteis, a saber: ¡Qué mi hijo Bharata sea ungido rey y que Rama sea desterrado!

Al escuchar semejantes palabras el viejo rey Daza­ratha se arrepintió profundamente de lo que prometie­ra con tanta ligereza; pero ni sus ruegos ni su enojo pudieron hacer desistir a la reina Kailey de su ambi­cioso propósito. Antes al contrario, amenazó al monar­ca de considerarle mentiroso y perjuro a su palabra.

El príncipe Rama, con heroica tranquilidad, escuchó la terrible orden de destierro. Y firme en su propósito de no convertir en perjuro a su padre, abandonando la corte, se fue, con su fiel esposa y su hermano Laks­mana, a la selva. Allí, los dos esposos y su acompañante organizaron una vida casi eremítica en la que el amor suplía con creces la ausencia de las comodidades y ha­lagos de la corte de Ayodhya.

Rama, con su esposa y su hermano, vivían al pie del monte Tsitrakuta, desde donde se divisaba un maravi­lloso paisaje. La montaña estaba cubierta de un bosque de árboles floridos; a lo largo de sus laderas corrían cantando pequeños arroyos de plata; soplaba un aire suave y perfumado y los pájaros gorjeaban como dan­do la bienvenida a los forasteros.

A los pocos días, Rama, Sita y Laksmana habían olvidado la amargura del trono perdido, la añoranza de la patria lejana y el odio contra la malvada reina Kailey. Lo olvidaron todo; diríase que la visión de aquel delicioso paisaje había purificado sus almas, y sus corazones palpitaban de alegría.

Un día murió Dazaratha y los cortesanos y ministros, sin hacer caso del desterrado e intachable Rama, se apresuraron a ofrecer el trono al digno príncipe Bhara­ta, el hijo de Kailey, pero este rehusó. Y no solamente hizo esto, sino que al frente de un poderoso ejército ernprendió el camino de la selva, se dirigió a Tsitra­kuta y suplicó a su hermano que aceptase el trono que le correspondía legítimamente. Rama no lo aceptó, por obediencia a lo dispuesto por su padre, por lo que Bha­rata regresó a la corte, aunque se negó en lo sucesivo a ocupar el trono, colocando en el las zapatillas de su hermano mayor, Rama, en serial de que le consideraba como su rey.

Mientras tanto, Rama abandonó Tsitrakuta junto con Sita y Laksmana y se internaron en lo más profundo de las selvas de Dandaka, para evitar que sus amigos o sus parientes pudieran volver a encontrarles de nue­vo. A la vez Rama quería visitar en larga peregrinación, a través de los montes meridionales de la India, los más celebres santuarios y a los sabios más venerados por su edad, santidad y sabiduría.

Pero ocurrió cierto día que una hermana de Ravana, el cruel demonio de las diez cabezas y rey de Ceilán, se enamoró locamente de Rama y como este no le co­rrespondiera, incitó a su diabólico hermano para que vengase la ofrenta.

Ravana envió dos ejércitos contra Rama, pero nada pudieron frente a la destreza y la fuerza extraordinaria del héroe. Al ver a sus raksasas derrotados, Ravana envió al astuto Maritsa, para que, valiéndose de una argucia, raptara a la hermosa Sita.

Cuando Rama y Laksmana regresaron al lugar donde habían dejado a Sita, al no encontrarla, prorrumpie­ron en lamentaciones y empezaron a buscarla desola­dos por la selva. De repente, un rumor de pasos atrajo su atención y vieron cómo iba a su encuentro un mono grande y alto como un hombre. Era Sugriva, el rey de los monos, que después de darse a conocer y explicar a Rama que había visto cruzar el aire al raptor de Sita, le invitó a conocer su reino.

Siguiendo a Sugriva y a su ayudante Hanumat, los dos jóvenes penetraron en la selva, que parecía adorna­da como para una fiesta: guirnaldas de flores colgaban de las ramas, abigarrados papagayos y pájaros raros revoloteaban en el aire, formando sobre las cabezas de los forasteros una especie de palio multicolor; es­beltas gacelas, arrogantes ciervos, tigres, leones, elefan­tes, todos los animales de la selva fueron a rendir ho­menaje al príncipe Rama y a su valeroso hermano Laks­mana.

Sugriva obtuvo la ayuda de Rama para librarse de Bali, su hermano primogénito y a la vez su más peligro­so enemigo. Al morir Bali, herido por las flechas de Rama, Sugriva fue proclamado y consagrado rey y señor supremo de los monos. Pasada la estación de las lluvias, Rama y Laksmana lograron que Sugriva, cumpliendo su promesa de ayudarles, enviara un poderoso ejército de monos al mando de Hanumat, en busca de la hermo­sa Sita.

Después de largas peripecias, Hanumat pudo llegar a Lanka, la ciudad en que Sita estaba prisionera. Lanka era una población maravillosa, llena de hermosísimas mujeres, adornadas con lindas flores en la cabeza, de demonios de admirable belleza los unos, los otros de gran fealdad. Las hiedras trepadoras de los embriaga­dores jardines se enroscaban en los árboles; las flores del loto reflejadas en las lagunas embalsamaban el aire, mientras pájaros de mil formas y colores animaban el paisaje y las flores parecían confundirse con silos.

En medio de tanta hermosura Hanumat descubrió al fin a la princesa Sita. La reconoció en el acto por su belleza y por la gracia mayestática de su porte. Estaba entre un grupo de raksasas de pies de elefante, cuello de cocodrilo, cabeza de jabalí, hocico de tigre, grandes bocas y desorbitados ojos.

No tardó en aparecer el cruel Ravana cubierto de púrpura. Y entonces Hanumat vio cómo acercándose a la cautiva y, loco de lujuria, la increpaba con mezcla de palabras soeces y apelativos cariñosos. Mendigaba su amor, ora con amenazas ora con halagos, pero Sita permanecía inalterable.

Al marcharse Ravana, las mujeres y los demonios raksasas que custodiaban a la princesa la acosaron con amenazas y ultrajes. Pero una de aquellas mujeres, lla­mada Tridjata, la protegió, y le explicó un sueño que acababa de tener, según el cual se anunciaba la próxima ruina de Ravana y de todos los raksasas. Al propio tiempo se manifestaban a Sita presagios, indicios y pronósticos, confirmando el sueño de Tridjata.

Hanumat, que se había ido acercando poco a poco hacia donde se encontraba la princesa, pensaba tan solo en el modo de manifestarse a ella sin asustarla. Para ello creyó que el mejor medio era hacer resonar en los oídos de Sita el nombre de Rama y sus alabanzas. Y entonando una Linda canción así lo hizo, oculto entre las camas de un árbol.

Al oír aquella voz, Sita creyó de momento que era una ilusión, un sueño. Luego, más tranquila alzó la ca­beza y descubrió en el árbol al audaz Hanumat. Este entonces, con ademán reverente, le dio noticias de Rama y de su hermano. Y para alejar toda sospecha de Sita, le entregó una sortija que Rama le había dado al par­tir. A cambio Sita entregó entonces a Hanumat una joya nupcial, la única que había quedado en su poder.

Llegado el momento de partir, Hanumat no quiso marcharse de Lanka sin hacer alguna afrenta al sober­bio señor de los raksasas. Sabiendo que un bosquecillo de adelfas era sumamente grato a Ravana, se propuso destruirlo. Y en efecto, rompe, troncha, derriba árboles, y estropea cuanto está a su alcance.

Avisado Ravana envía a varios de sus guerreros con­tra Hanumat pero este da buena cuenta de ellos, hasta que finalmente el valeroso mono es rodeado y hecho prisionero. Conducido a presencia del rey de los raksasas y cuando éste averiguó quien era y a que había ve­nido aquel osado forastero, fue condenado a muerte.

Sin embargo, uno de los hermanos de Ravana, lla­mado Vibisana, se opuso a esta sentencia, alegando ciertas razones, principalmente su carácter de mensa­jero. Ravana accedió a la petición de su hermano y cam­bió de idea.

—Esta. Bien —dijo—, no será condenado a muerte, pero sufrirá otro castigo cruel. Lo que más estiman los monos es el rabo; quémese, pues, el rabo de Hanu­mat.

La sentencia se ejecutó inmediatamente, y Hanumat fue paseado por las calles de Lanka con el rabo ardien­do. Pero sabedora Sita de lo ocurrido, rogó al Fuego que no ofendiera a Hanumat. Y, en efecto, el fuego ardía, pero no quemaba el rabo del mono.

Finalmente, Hanumat, reconcentrado todas sus fuer­zas, rompió todas sus ataduras, se libró al instante de sus guardianes, y con el rabo encendido prendió fuego a la ciudad. Incendiada Lanka, Hanumat fue a despe­dirse de Sita. Luego, cumplido totalmente su objeto, se lanzó otra vez por el aire, como hizo a su llegada, y emprendió el camino de regreso al monte Mahendra, de donde había partido y en donde todos le recibieron jubilosos aunque impacientes.

Rama, Laksmana y Hanumat prepararon a continuación la invasión de Lanka. Lo difícil era llegar hasta esta isla. Entonces el Océano aconsejo a Rama que hi­ciera construir en el mar un camino sólido, por el que pudiera pasar todo el ejército, y le prometió sostener su peso y no derribarlo con sus olas. El mono Nala, hijo del arquitecto divino, fue el encargado de cons­truir el gran puente en aquel brazo de mar que separa la isla de Lanka (Callan) de la tierra firme.

 

Durante un mes estuvo pasando por aquella calzada gigantesca el enorme ejército de monos, que capitaneaba el intrépido Rama. Hubo terribles combates en los que los monos, armados de gruesos troncos de árboles, de peñascos, de pedazos de montañas, se arrojaban al asal­to de Lanka, amenazando simultáneamente todas las puertas de la ciudad. Al propio tiempo las huestes de raksasas, armadas de flechas, mazas y lanzas, resistían heroicamente la acometida de los monos, continuando la pelea a pesar de la llegada de la noche.

Por último se entablo un formidable duelo directo entre Rama y Ravana que duró tres meses, y al que asistieron maravillados los dioses y los demonios. Du­rante este singular combate perdieron la vida el hijo de Ravana, Indragit, a manos de Laksmana, y este fue he­rido en el corazón por el fiero Ravana. Pero Sugriva hizo venir a Susena, conocedor de la virtud oculta de las hierbas, quien logró que el valeroso Laksmana cu­rara y recobrase las fuerzas.

Al reanudar la batalla, Ravana se adelantó montado en un espléndido carro; pero como Rama iba a pie y el combate era desigual, el dios Indra envió al príncipe su carro divino con su auriga Matali. Rama subió a él y peleó con Ravana.

Entonces tuvo lugar un combate maravilloso, inau­dito, más allá de toda proporción humana: ambos con­tendientes peleaban con armas divinas, con flechas misteriosas; temblaba la tierra, se agitaba el mar, se conturbaba el cielo. Tanto los Devas como los Asuras eran espectadores de aquel combate titánico, y animaban los unos a Rama y los otros a Ravana. Luego Devas y Asuras pelearon entre sí, puesto que eran enemigos eternos como el bien y el mal.

Por fin, Ravana cayó fulminado por un certero golpe de Rama, lo que otorgó al príncipe la victoria total.

Terminada así la gran guerra, los monos entraron victoriosos en Lanka, recorriendo asombrados sus calles y admirando la magnificencia de la noble ciudad.

Después de festejar la gran victoria, de celebrar con solemnes ritos los funerales de Ravana, el rey de los raksasas, y de consagrar como nuevo soberano del reino raksasa a Vibisana, Rama ordeno a Hanumat que anunciara a Sita el fin de su largo cautiverio. El corazón de la princesa se abrió a un gozo inefable; pero aquel gozo se convertiría muy pronto en una pena y un dolor inmensos.

En efecto, al llegar rebosando de amor a presencia de Rama, Sita fue acogida por su esposo con semblante severo y con el ceño fruncido. Acto seguido, ante el asombro de la infeliz mujer, le hizo saber que su larga permanencia en Lanka, en manos de su raptor, había manchado su nombre y hecho dudoso a los hombres su pudor.

—Así es que ahora —añadió— no puedo recibirte como esposa. Dispón, pues, de ti misma, y toma el par­tido que más te agrade.

Sita prorrumpió en llanto al escuchar aquellas duras palabras. Después, reanimándose, respondió a Rama con frases nobles y generosas, y mandó que se preparase una hoguera, último asilo de una mujer inocente, aban­donada del ser amado. Una vez preparada la pira, Sita invocó como protector y testigo de su fidelidad al omni­potente dios del Fuego y se precipitó resueltamente en­tre las ardientes llamas.

En este preciso instante se hicieron visibles el dios Brahma, Indra, Yama y Varuna, y entre estos aparecía radiante de luz inmortal el difunto Dazaratha, padre de Rama.

Mientras Brahma pronunciaba un largo discurso, de­dicado a recordar a Rama que era Vishnú, y a cele­brarlo con los varios nombres de éste, Deva, el dios Fuego, apareciendo también de modo visible en medio de la hoguera y sacando a Sita de la misma, la proclamó inocente de toda culpa y la entregó a Rama.

Al ver el príncipe manifiesta ante la presencia de toda la inocencia de Sita, la acogió con regocijo y amor y diole el dulce nombre de esposa. Seguidamente Rama y Laksmana se acercaron a Dazaratha, que esta­ba sentado en un espléndido carro celeste, y tras abra­zar con reverencia sus pies escucharon atentamente sus palabras.

—Volviéndote a ver, ¡oh, Rama! —Dijo Dazaratha—, se calma al fin mi antiguo dolor. Vuelve a Ayodhya, ¡oh, Rama!, devuelve la alegría a Kausalia, tu madre y reina. Ama a Sita, tu casta y fiel compañera; protege a las gentes y se feliz.

Una vez pronunciadas estas palabras, Dazaratha se dispuso a regresar al cielo; pero Rama, levantando las manos le dijo:

— ¡Oh padre!, he de pedirte una gracia suprema; ¡perdona a Kailey!

Momentos antes de separarse de Rama, Indra le pre­guntó si deseaba algún favor.

—Si —respondió Rama—. Os ruego que devolváis la vida a los guerreros muertos en esta guerra.

Y acogiendo la súplica, Indra esparció una profunda lluvia de ambrosia sobre el campo de batalla, y al con­tacto de aquella esencia resucitaron vivificados los gue­rreros muertos.

Rama se dispuso a regresar a Ayodhya. Para el gran viaje se dispuso el célebre carro Puspako. Rama subió a él junto con Sita y Laksmana, con Sugriva, Vibisana y otros caudillos, y se encaminó rápidamente a la ciu­dad sede de su imperio.

Mientras recorría victorioso y feliz aquel camino que había recorrido errante y desterrado algunos años an­tes, Rama iba indicando a Sita los lugares que le recor­daban los hechos pasados. Al llegar al eremitorio de Bharadvadja, expidió Rama a Hanumat para que anun­ciara a su hermano Bharata su próximo regreso.

Al conocer tan grata noticia, Bharata ordenó que se prepararan solemnes y aparatosos festejos. El bando que publicó decía: “Cúbranse de flores las calles, adórnanse las casas, enarbólense al aire estandartes y ban­deras, resplandezca por todas partes la alegría y el rego­cijo, porque Rama ha vuelto”.

Después, seguido de la reina Kausalia, de Sumitra, de gran número de ciudadanos y del ejército, Bharata se dirigió al encuentro de su querido hermano.

El largo luto de la casa de Dazaratha había termi­nado, y renacía el gozo en todos los corazones. Rama con todo el cortejo se dirigió primero a Nandigrama, donde le cortaron su cabellera de penitente.

Finalmente se encamino a Ayodhya, y allí fue consagrado solemnemente rey de la tierra de sus mayores.

De esta forma recuperó la felicidad y el trono. Y a partir de entonces todo fue paz y alegría en el reino de Kosala.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Dice la leyenda que entre el Ganges y el Nepal, al pie de los eternos hielos del Himalaya, vivía el príncipe Sudhodana, descendiente de los Gotamas y cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos.

Su esposa, llamada Maya Devi, era tan bella y en­cantadora y a la vez estaba adornada de tantas virtudes que la hablan denominado «ilusión».

Cierta mañana, la hermosa Maya contó a su esposo un extraño sumo que había tenido aquella noche y que dejo inundada su alma de un gran placer y bienestar.

—Sin golpear la puerta —le dijo—, cuatro reyes pe­netraron en mi morada y con delicadeza elevaron mi lecho por los aires hasta colocarlo en la cima más ele­vada del Himalaya, dejándome a la sombra de un fron­doso árbol. Aparecieron luego cuatro reinas, me vistie­ron con ricos ropajes y me condujeron a una casa he­cha de oro. Un elefante de seis colmillos, blanco come la plata, entró en mi habitación y se postro ante mí; en su trompa llevaba un loto. Luego, el canto de un pájaro me despertó.

El sueño era tan grave e importante que el príncipe Sudhodana requirió a los más ilustres magos para que lo descifraran. Acudieron cuatro prestigiosos brahma­nes, y el más anciano de ellos dijo:

—Maya tendrá un hijo cuyo cuerpo nacerá con los signos de los grandes monarcas. Si consiente en reinar, será el soberano del mundo. Pero si lo abandona todo para seguir la vida de los ascetas, no reinará sobre la tierra, pero si sobre las almas. Llegará a «Buda» y librará a los hombres de los sufrimientos causados por la enfermedad, la vejez y la muerte. Sera el más grande monarca del Universo y vencerá por el amor, no por las arenas.

Por estas fechas reinaba la primavera. Los árboles ostentaban un verde follaje, y las flores lucían sus más vistosos y bellos colores.

El Bodhisatva (Buda) vivía feliz en el cielo de los bienaventurados, en su tienda divina, resplandeciente de indescriptibles magnificencias y en donde todos los habitantes del cielo le admiraban.

Cuando el Bodhisatva, porque aún no era Buda, vio desde lo alto a la que había de ser su madre, bajó a la tierra en forma de un hermoso elefante blanco.

Todo el Universo se conmovió y crujieron sus cimien­tos más poderosos, pero en el aire sonaron al mismo tiempo voces alegres y suaves. No hubo en parte alguna ni desorden, ni llanto, ni odio, ni discordia.

Cuando la hermosa Maya comprendió que la hora de ser madre estaba próxima, rogó a su esposo:

—Dejadme, amado mío, que vaya a dar a luz en casa de mis padres.

Y acompañada por un numeroso séquito emprendió el camino, pero Maya no pudo pasar del bosque de Lumbini. Entonces, de pie, rodeada de ninfas que le ofrecían sus servicios y que la animaban, dirigió gozosa su mirada al cielo y extendió su mano derecha con la que cogió la rama de un árbol.

Un deslumbrador relámpago iluminó el bosque, y en el acto salió de su costado derecho, sin herirla, el hijo que había de ser el salvador de quinientos millones de mortales.

Mientras los pájaros acudían entonando sus melo­diosos cantos, el propio dios Indra recibió al niño pre­sentando una tela divina. Al punto, dos magas, Nanda y Upananda, aparecieron y crearon dos corrientes de agua, una fría y otra caliente, para lavar al racial na­cido.

Acto seguido el niño dio siete pasos en dirección de cada uno de los siete puntos cardinales (?), proclaman­do con ello su futura gloria. A medida que andaba, los lotos nacían bajo sus pies.

En una choza solitaria al pie del Himalaya vivía a la sazón un sabio brahmán y gran poeta, el anciano Asita, que, al saber que había nacido el Siddartha, se elevó por los aires, trasladándose al palacio real de Capila. Cuando vio al niño en brazos del rey Sudhoda­na y observó la señal de «sacra» en sus plantas, incli­nóse respetuosamente y rompió a llorar.

  • ¿Por qué lloráis? —le preguntó asustado Sudhoda­na—. Os suplico que no me ocultéis nada, sea bueno o

Pero el anciano Asita le tranquilizó diciendo:

—No lloro por tu hijo ni veo desgracia alguna en su porvenir. Lloro por mí, que viejo y caduco como soy, no podré ver el día en que tu hijo dará al mundo su ley, que será la salvación de los hombres. Pero has de saber, ¡oh rey!, que este príncipe que acaba de nacer no se inclinara hacia los goces materiales y será un Buda.

A los siete días murió Maya, y subió al cielo de In­dra, pues era usual que la madre de un Bodhisatva pasara a mejor vida a los siete días justos de haber dado luz al hijo, porque así se ahorraba la pena de ver­lo convertido en humilde peregrino tan pronto como alcanzara la edad viral.

A Buda se he dio el nombre de Siddartha, y fue cria­do cariñosamente por Mahapradjapati, hermana de la difunta Maya Devi y segunda mujer del rey Sudho­dana.

Al llegar el día en que Buda debía ser presentado al templo de los dioses, su anciana aya Gautami lo atavió convenientemente. Pero las joyas que fueron prendidas en torno a su cuello y a sus brazos perdieron todo su brillo. Asita lo explico diciendo:

—Ello se debe a que la pompa material palidece ante el resplandor de Siddartha.

Cuando Buda entró con su brillante acompañamiento en el templo, cayeron de sus pedestales las imágenes de los dioses Siva, Vishnu e Indra.

Y, como de costumbre, tembló la tierra, llovieron pétalos de lotos y flores blancos y se oyeron cantos ce­lestiales.

Tanto la infancia como la juventud de Buda son tan maravillosas como su concepción y nacimiento. Puede decirse que toda su vida esta gloriosamente esmaltada de episodios celebres y sorprendentes.

Cuando el príncipe Siddhartha fue algo mayor, en­tró en la escuela para aprender las letras. Al verle, Vis­vamitra, el profesor bajo cuyos cuidados debía ser educado, cayó desmayado al suelo. Miles de jóvenes dije­ron al rey Sudhodana:

—Tu hijo nada tiene que hacer en la escuela, pues conoce todas las ciencias y las artes, y únicamente pue­de servir de guía y salvación a la juventud.

Entretanto, Buda contemplaba el incesante trabajo de las hormigas y el lento paso de las nubes. Interpre­taba el lenguaje de las flores y se estremecía de pena cuando veía a los pájaros devorar a los insectos que acuellan a las heridas producidas en la piel de los bue­yes por el agudo punzón de los campesinos.

Durante estos profundos momentos de contempla­ción extática el futuro Buda parecía ausente de este mundo.

Al cumplir el príncipe los veinte años, su padre or­denó construir tres estanques: uno, cubierto de lotos azules; otro, de lotos blancos y el tercero de lotos ro­jos, para que florecieran todo el año.

Por aquel entonces los ancianos «sakias» aconseja­ron al rey Sudhodana que dispusiera el casamiento de su hijo.

—De esta manera —añadieron— el príncipe renun­ciara a la vida de peregrino mendicante.

Buda solicitó un plazo de siete días para decidirse, al cabo de los cuales se mostró conforme con el pro­yecto de matrimonio. El rey mandó fabricar numerosas y ricas joyas que haría repartir por su hijo entre las doncellas, en cuya ocasión se vería cual le gustaba más.

Una semana después, se reunieron todas las pretendientes en la sala del consejo, y el príncipe Siddartha dio a cada una su regalo. Sin levantar la vista lo recibieron todas hasta quedar una sola, llamada Gopa o Yusodhara, hija del príncipe Dandapini, que se había mantenido alejada en medio de sus esclavas, pero que, adelantándose entonces, dijo a Buda:

  • ¿Qué te he hecho yo, que no has reservado joya alguna pare mí?

A lo que Siddartha respondió:

  • Se me han terminado los regalos.

Y luego añadió:

—Pero toma este, ya que la ciudad se enorgullece de tu belleza.

Y quitándose una preciosa sortija del dedo, se la ofreció a Gopa.

Tan pronto corno volvieron a posarse los pájaros en los árboles, la hermosa joven declaró a su padre que estaba locamente enamorada del príncipe Siddartha. El monarca se mostró un poco descontento de la elección hecha por su hija, y así lo anunció al rey Sudhodana.

—Si tu hijo ignora el manejo de las armas a causa de su indolencia y desconoce el arte de la guerra por haber sido educado con mucho mimo, ¿cómo puedo con­cederle la mano de mi hija?

Al saber esto, el príncipe exclamó con orgullo: ¿Hay alguien capaz de competir conmigo?

Y seguidamente ordenó disponer un magno torneo que habría de celebrarse siete días después, y cuyo vencedor, por voluntad del rey Dandapani, obtendría como premio la mano de su hija Gopa.

El día designado se presentaron en las afueras de la ciudad trescientos príncipes y los pueblos de varios rei­nos para presenciar las luchas. En el arte de la escritu­ra y en la interpretación de los libros sagrados venció fácilmente Siddartha, mostrándose muy superior, no solo a sus rivales, sino incluso al maestro y juez Ar­xuna.

Luego siguieron los deportes y juegos varoniles, ta­les como los saltos, la natación, las luchas y el tiro con arco. Ni que decir tiene que Buda triunfó, superan do a todos sus competidores y adversarios.

Es más, en el concurso de tiro, todos los arcos se quebraban en las poderosas manos de Siddartha. Hubo que ir a buscar el de su abuelo Simhahanu, que nadie pudo jamás armar. Pero el Bodhisatva, sin levantarse de su asiento lo coge con la mano izquierda y lo tiende con un solo dedo de la mano derecha. La flecha partió tan rápida, que la vista no podía seguirla. Y tras atra­vesar una serie de tambores de hierro, fue a hundirse en tierra a una gran distancia.

Dos parientes de Siddartha tomaron parte en el tor­neo: Ananda y Devadata. El primero fue, con el trans­curso del tiempo, discípulo suyo; el segundo, en cam­bio, irritado por la derrota sufrida, fue desde aquel día su más implacable enemigo.

La bella Gopa fue conducida a la morada de su esposo el príncipe Siddartha, el cual vivió desde enton­ces rodeado de placeres y en medio del fausto de las danzas y juegos de las numerosas mujeres que habita­ban en su suntuoso palacio.

Al príncipe la vida corriente, la vida de trabajos y sufrimientos, le era totalmente desconocida. No sabía tan siquiera cuan efímera y breve es.

Pero el momento de los «cuatro encuentros» había llegado.

Un día, Siddartha mostró sus deseos de efectuar una excursión a los bosques de recreo, y salió por la puerta oriental. Antes, su padre ordenó apartar de los lugares per donde tenía que pasar su hijo «todo cuanto pudiera no halagar los ojos del joven, o no serle agradable».

Sin embargo, no había recorrido la comitiva mucho trecho, cuando el destino quiso que se cruzara en su camino un anciano decrépito y tembloroso, apoyado en una larga caña. El príncipe, profundamente impre­sionado, preguntó a su cochero:

  • ¿Qué enfermedad padece este hombre?

—No es nada de particular —le respondió su auri­ga—. Este hombre paga el tributo a la vejez, que a na­die perdona.

Profundamente turbado y meditabundo, Buda regre­só a su palacio, sin haber llevado a cabo la proyectada excursión.

Transcurrido algún tiempo repitióse la salida al jardín de los entretenimientos, pero quisieron los dioses que encontraran a un enfermo. Y de nuevo el cochero, a instancias del príncipe, hubo de explicarle:

—Señor, sabed que todas las personas están expues­tas a las enfermedades que debilitan el cuerpo y hacen derramar lágrimas de dolor.

La comitiva se alejó de aquel triste espectáculo y re­gresó rápidamente a palacio.

Al poco tiempo se dispuso por tercera vez la excursión. Mas al salir la comitiva por la puerta de occidente tropezó con un entierro cuyo sequito daba muestras de gran dolor. Nuevamente el cochero explicó al príncipe el significado de todo aquello. Y el Siddartha, ape­sadumbrado al conocer los efectos de la muerte, regresó a su palacio.

Cuando se organizó por cuarta vez la expedición, cerca de la puerta del norte, un asceta errante, digno, alegre y tranquilo, pasó junto a ellos mendigando. Al ver al monje, una gratísima sensación de bienestar inva­dió el corazón del príncipe y entonces nació en su espíritu el primer brote de la fuerza que le empujaría a buscar, poco después, en la vida religiosa, la serenidad exenta de pasiones.

Realizada la excursión, Siddartha regresó muy satis­fecho a la ciudad. Y al día siguiente comunicó al rey, su padre, su inquebrantable propósito.

—Deseo ser monje mendicante —dijo.

El monarca intentó en vano disuadirle de aquella idea, prometiéndole que le daría cuanto pidiera. A lo cual repuso el príncipe:

—Renunciaré a mis deseos si me podéis conceder estas cuatro cosas: juventud y belleza permanentes; salud y vida; fortuna imperecedora, y librarme de toda clase de enfermedades.

El rey confesó, con el corazón oprimido, que nada de aquello podía concederle. Y entonces se limitó a de­searle buena suerte en su propósito de ser el salvador del mundo.

Sin embargo, el rey hizo vigilar al príncipe de cerca, y puso en las puertas de la ciudad hombres armados, con órdenes estrictas. Envió asimismo a hermosísimas mujeres que le distrajeran con toda clase de placeres, músicas y danzas. Pero Siddartha se dormía viéndolas y escuchándolas.

Al fin, una noche, salió de su cámara, se hizo traer su soberbio caballo «Kantaka» y escapó del palacio seguido de Chandaka, su fiel escudero. Los Lokopalas pusieron sus manos en los pies de los caballos para que no hicieran ruido al galopar. Y los dioses adorme­cieron a los centinelas de las puertas, abrieron estas y formaron incluso el cortejo triunfal del príncipe.

Los pájaros del bosque, despertando de su ligero sueño, saludaron al futuro Buda, que se alejaba hacia su nueva vida de penitencia, mientras los dioses guia­ban su corcel.

Cuando ya el palacio estaba muy a la lejos, las pri­meras luces del alba asomaron tímidamente poniendo sus reflejos sobre las tupidas alfombras de lotos. Fue entonces cuando el príncipe se despojó de sus atavíos principescos y regaló su corona de perlas y sus joyas a un aldeano que encontró en su camino, ya que en ade­lante las galas habían de serle del todo inútiles.

Luego, con la ayuda de su espada cortó su larga ca­bellera, quo arrojo al aire; pero el dios Indra la cogió y la llevó al cielo. Y coma le pareciera que sus ricos ves­tidos eran impropios de su nuevo genera de vida, los sustituyó por un burdo sayal de color rojizo.

Seguidamente entregó el caballo a su criado Chan­daka, le despidió y marchando a pie empezó su vida errante y miserable en busca de la verdad.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Brahma es el señor, existente por sí mismo, que está fuera del alcance de los sentidos, sin partes visibles, fuente de todos los seres, ser indeterminado, principio neutro, eterno e inactivo, cuyo desarrollo es la fuente de la creación y desenvolvimiento del mundo.

Este ser invisible e incorpóreo se encarnó para poder enunciar su doctrina. Y a esta encarnación siguieron otras dos, en virtud de las cuales se produjeron los dioses Vishnú y Siva, que junto con Brahma forman “Trimurti” o Trinidad India.

Brahma salió de las profundidades de su eternidad para crear el mundo. Su primera emanación no fue otra cosa que su energía creadora, la madre y origen de las demás: llamabas Sacti, Parasacti y Maya. Fue de la primera mujer y la primera virgen.

Cuéntase que Maya, la ilusión, el principio femenino universal, que salió del seno eterno y absoluto Brahma, que fue la madre virgen de la Trimurti y de todas las cosas, nacidas del mar de leche que brotó de sus pechos, se unió a Kaciapa, el espacio, y dio a luz al hermoso Kama o Kamadeva.

Juzgado Kama, por las mencionadas circunstancias, como hijo de Brahma, este le predijo que sería el poblador de los mundos.

Kama, que era luz, calor, orden, amor, tenía por cabalgadura un papagayo, llevaba el símbolo de la fecundidad expresado por el pez minas, y nunca abandonaba su carcaj con cinco flechas de flores y el arco, cuya cuerda estaba formada de abejas.

El apuesto mancebo tuvo por esposas a Priti, la afección y especialmente a Rati, la voluptuosidad.

Se le representa siempre acompañado de Rati, al que otros denominaron Holica o Vasanti la primavera, que alegra y beneficia, recorriendo los mundos con las reconfortantes brisas. Se le personifica en el árbol del amor.

Este dios de los dioses ejercía también con ellos su poder: al mismo Brahma le hizo enamorarse de su hija Sandhya, y entonces Brahma le predijo a Kama:

  • Pronto serás convertido en cenizas por Siva.

Y así fue; porque Kama hirió a Siva, haciéndole enamorarse de Durga. Por esto Siva lo consumió con su fuego.

Entristeciéronse todos los dioses y suplicaron a Siva, el cual permitió que Kama renaciera en nueva forma, por cuya reconciliación se consideró también a Kama como hijo de SIva.

Kama renació como Pradyumma o Adhoyoni, hijo de Krishna y de su favorita Dukmini. Y como Krishna es una de las encarnaciones de Vishnu, Kama era hijo igualmente de Vishnu.

Así, pues, Kama, hijo de las tres revelaciones de la Trimurti, fue lazo de unión de la misma.

Pero un mal espíritu, llamado Sambara, robo al niño Adhoyoni y lo arrojo al mar. Al pequeño se lo trago un pez, que fue cogido por unos pescadores y llevado a la cocina de Sambara, cuya cocinera era Rati, disfrazada de Mayavati.

Halló ésta un precioso niño en el vientre del pez, lo adopto y lo crio con solicitud maternal. El niño creció, amando a Mayavati como si fuera si madre, hasta que ambos se reconocieron como Rati y Kama.

Entonces volvieron triunfantes a la corte de Krishna, y Sambara sucumbió debido a los golpes que le dio Kama.

 

 

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.