Categoría: Asia

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Hace miles de años reinaba en Persia un joven em­perador, fuerte y valeroso, que se llamaba Tamuras.

Cierto día se presentó en el palacio real un anciano, un célebre mago llegado de lejanos países. En su rostro arrugado, sus ojos brillaban como carbones encendidos y tenía una larga barba blanca que le llegaba hasta las rodillas.

Cuando el mago estuvo en presencia del rey de reyes, que ese es el título del emperador de Persia, le dijo:

—Poderosísimo señor: a to perfección falta todavía una sola ciencia, la magia. Yo vengo de muy lejos y he andado noche y día para instruirte en esa misterio­sa ciencia que muy pocos conocen. Si quieres saber por qué hago esto es debido a que he pensado que no es justo que un soberano tan sabio, valeroso y recto, igno­re las ciencias ocultas en las que yo soy un maestro.

El emperador Tamuras agradeció al viejo mago sus palabras y luego se encerró con él en la habitación más solitaria de su palacio. Permanecieron allí siete días con sus siete noches, sin permitir que nadie cruzara el umbral de la estancia.

Jamás se supo lo que el mago dijo al joven monar­ca; para todos siguió siendo un misterio que palabras y que artes le enseño. Pero transcurridos los siete días, el viejo salió del palacio y de la ciudad, llevando al hombro un saco de piedras preciosas como recompensa del emperador Tamuras.

Y mientras el mago se alejaba, el monarca sentía una gran alegría en el corazón. Ahora ya sabía todo lo que era dado saber en in tierra a los hombres; sin duda era muy superior a todos los demás mortales y podría vencer a sus tradicionales enemigos, los terribles Divs, a los que sus antepasados no habían logrado aniquilar.

Se puso en acción inmediatamente. Tras ordenar a sus generales que prepararan un poderoso ejército, se encerró solo en una habitación y acto seguido pronunció unas palabras misteriosas. De repente se hizo invi­sible.

Entonces se trasladó en un segundo al interior del palacio de Ahrimán, el cruel rey de los Divs, entró en la sala del trono y, acercándose al monarca, pronunció otras palabras mágicas en su oído. En el acto también Ahriman se hizo invisible, desapareciendo a la vista de los presentes que, temerosos, no comprendían lo que ocurría.

Aunque los demás no lo veían, el joven rey Tamuras agarró al malvado Ahriman como si fuese un fardo y lo condujo a su reino, volando por los aires.

Una vez estuvo de nuevo en su palacio, se encerró con su prisionero en sus habitaciones, y sin pérdida de tiempo echó en un brasero encendido ramas de áloe y pétalos de rosa. En el acto se elevaron nubes de humo azulado, y el rey Tamuras volvió a pronunciar palabras extrañas.

Aún no había acabado de hablar cuando, de repente, Ahrimán se transformó en un hermoso caballo, negro como el azabache. Al ver el asombro de sus cortesanos, les dijo:

— ¿Os gusta este espléndido caballo? Me lo han re­galado y quiero que se le cuide de manera especial en mis cuadras, porque desde ahora será mi caballo favorito.

Efectivamente, desde aquel día, se vio salir al rey Tamuras todas las mañanas de palacio, montado en el soberbio caballo negro, para cabalgar por la llanura a galope tendido.

Pasado el plazo dado a sus generales para preparar el ejército, el rey de reyes Tamuras tomó el mando de las tropas y las condujo al país de los Divs, donde en aquel momento reinaba la discordia y el desorden, de­bido a la ausencia de su jefe.

Los dos hijos de Ahrimán, demasiado jóvenes e inex­pertos, intentaban en vano llamarles al orden. Por fin, desolados e impotentes, los dos príncipes pidieron con­sejo al jefe de los magos del reino. Y este, tras consultar sus libracos, y después de observar el firmamento y de haber quemado extrañas hierbas, les dijo:

—Queridos príncipes, no hay nada que hacer. Vues­tro padre está en poder del rey Tamuras, que le tiene prisionero con sus artes mágicas. No se puede luchar contra el destino. El reino de los Divs debe terminar, al igual que todas las cosas de este mundo.

Sin embargo, los dos jóvenes príncipes no se resig­naron con esta respuesta y se situaron al frente de su ejército para combatir al del soberano Tamuras. El en­frentamiento fue terrible, pero al final los dos príncipes fueron hechos prisioneros y sus tropas completa­mente deshechas.

Al verse ante su vencedor, reducidos a viles escla­vos, se inclinaron llorando ante él y le rogaron que les concediera la libertad a ellos y a su padre.

— ¡Por favor, rey Tamuras! —le dijeron—. ¡Devuélvenos a nuestro padre! Es ya viejo, y nada tienes que temer de él. Deja que pase en libertad sus últimos días, con el cariño de sus hijos. A cambio de su libertad y de la nuestra te revelaremos un secreto que hará grande e ilustre a Persia a través de los siglos. Haz lo que te pedimos y no te pesará.

El rey Tamuras accedió a las súplicas de los príncipes. Hizo que trajeran el caballo negro, lo tocó con el cetro de oro y murmuró algunas palabras mágicas que nadie entendió. Ahrimán recobro entonces su forma hu­mana. Y como a sus hijos ya les habían quitado sus ca­denas, se abrazaron los tres, sin cesar de gemir y de llorar al ver su triste suerte.

Seguidamente, fieles a su promesa, los príncipes Divs revelaron al rey Tamuras el hasta entonces desco­nocido arte de la escritura. Y a partir de este momento, los persas llegaron a ser muy sabios y difundieron su ciencia por todo el mundo.

Ahrimán y los suyos, sin embargo, no se resignaron a la derrota sufrida. Y en silencio se preparaban para tomar cumplida venganza del noble Tamuras tan pron­to como vieran la ocasión propicia.

—He de vengarme de quien tanto me ha humillado —decía el cruel Ahrimán.

Y con el corazón rebosando rencor y envidia, fue a vivir con sus hijos en una gruta de la montaña, lejos del mundo y de los hombres, para meditar mejor su terrible venganza.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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El mundo, acabado de crear, apareció joven y esplendoroso. En lo más alto  del cielo el sol iluminando brillantemente la tierra, mientras los campos se llenaban de verdor y las aguas se extendían, tran­quilas y azules, formando los mares y océanos.

Se oyó un trueno inmenso, como si el cielo crujiera, y en aquel momento el héroe Kaiumur fue elevado al trono de Persia, para ser el primer emperador del mundo.

Kaiumur era hermoso y resplandeciente, y brillaba en su trono de oro y piedras preciosas como el sol brilla sobre las cumbres nevadas. Vivía en la montaña, en un castillo que se alzaba sobre los picos más altos, como queriendo tocar el cielo.

No solo los hombres, sino también las fieras y las aves del bosque, al verle, acudieron a él de todas par­tes y se inclinaron ante su trono para rendirle pleitesía.

El emperador Kaiumur tenía un hijo virtuoso y apuesto llamado Siamek, al que adoraba con toda su alma y por el que siempre estaba sufriendo ante el te­mor de perderlo.

Puede decirse que el reinado de Kaiumur era muy feliz para los pueblos a él sometidos. Sin embargo, el gran emperador tenía un temible enemigo, Ahriman, señor de los Divs, que conspiraba en la sombra para provocar su ruina porque envidiaba su poderío y su prestigio.

Ahriman tenía también un hijo, Div, que era la antítesis de Siamek, el hijo de Kaiumur, puesto que tenía la cara de lobo feroz, largos colmillos y garras rapaces. Div se presentó un día ante su padre y le dijo:

—Padre, no puedo vivir sabiendo que Siamek es más hermoso que yo y que a la muerte de su padre me su­perará en esplendor. Quiero que me facilites un ejército para hacerle la guerra y acabar con el reino de ese rival que me atormenta y al que envidio profundamente.

—Me alegra oírte hablar así, Div —respondió Ahri­man.

E inmediatamente ordenó a sus generales que pre­pararan el ejército más poderoso que nunca se hubiera visto en el mundo.

Mientras tanto, Kaiumur, ignorante de cuanto se tra­maba en su contra, vivía feliz con su amado hijo. Pero Dios no permitió que fuese sorprendido inerme por el malvado Div, y le envió un mensajero, el espíritu Se­roshe.

Cierto día, al ponerse el sol, cuando el emperador se preparaba para ir a descansar, se le apareció un fan­tasma hermoso y deslumbrante como un dios.

—Kaiumur —dijo el espíritu—, no to entregues al ocio y prepara tu defensa. Dispón tu ejército para el combate porque tus enemigos no tardaran en atacarte.

Cuando el fantasma desapareció, el rey corrió a dar la alarma a su hijo y a sus generales. Siamek se irritó profundamente al conocer la noticia. Pero sin perder un instante reunió un poderoso ejército, cubrió su cuer­po con una piel de tigre y tomando la lanza y el escudo corrió al encuentro del malvado Div, sediento de enta­blar combate.

Mas cuando los dos ejércitos se hallaron frente a frente, el generoso Siamek, conteniendo a duras pe­nas el ímpetu de sus soldados, que querían lanzarse in­mediatamente contra sus enemigos, envió un emisario a su rival Div.

—Mi señor, el príncipe Siamek —dijo el heraldo— ­me ordena deciros que considera que no es justo que los soldados se maten entre sí, cuando el verdadero odio solo existe entre él y vos. Que combatan, pues, Siamek y Div, y del resultado de su duelo dependerá el del combate.

El malvado Div aceptó con cruel alegría la noble propuesta, y se presentó en el terreno de la lucha solo y sin arma ninguna. Pero cuando Siamek se adelantó hacia el blandiendo la lanza, Div lanzó un feroz aullido, saltó sobre él, le lanzó por tierra y le desgarro las entrañas con sus agudos colmillos y sus poderosas garras.

Siamek murió, y su ejército, al quedar sin jefe, tuvo que retirarse derrotado sin combatir. El emperador Kaiu­mur tuvo conocimiento inmediatamente de la muerte de su idolatrado hijo. Y sumergido en su inmenso do­lor, sin poder contener la pena y el llanto que le em­bargaban, creyó que el mundo entero se había vuelto negro y sombrío.

No sólo el abrumado ejército, sino todos los súbditos rodearon enlutados y llorosos el trono real. Y mien­tras todos proferían, con los ojos relampagueantes de cólera, gritos dolorosos, veían con asombro como inclu­so las fieras y los pájaros acudían de todas las partes del mundo al palacio real, aullando desolados. Mien­tras tanto una inmensa nube de polvo se levantó ante el palacio, llegando a oscurecer la luz del sol.

Un año entero estuvieron llorando y gimiendo de dolor, acompañando en su pena al viejo rey. Mas, al cumplirse el aniversario de la muerte del príncipe Sia­mek, una luz resplandeciente bajó del cielo, y en una nube luminosa apareció el espíritu Seroshe. Sonriente bendijo a todos y luego dijo al rey Kaiumur:

—El cielo quiere que no llores más. Y te ordena que prepares tu ejército y lo lleves al combate para aniqui­lar las huestes de Div. Así librarás a la tierra de este malvado y tu alma quedará satisfecha con esta ven­ganza.

Al desaparecer el espíritu Seroske, el ilustre Kaiu­mur ordenó preparar un poderoso ejército. Y acto se­guido llamó a su nieto Huscheng, hijo del glorioso Sia­mek, que vivía en el palacio, y le dijo:

—Huscheng, debes vengar a tu padre y hacerte un nombre lleno de gloria. Como yo soy muy viejo y pron­to moriré, tú, dentro de poco, subirás al trono, si llevas a tu pueblo a la victoria.

—Venceré a nuestros enemigos —aseguró el joven.

Y deseoso de venganza y excitado por las palabras de su abuelo, Huscheng se dispuso al combate. A la ca­beza de su ejército fue al encuentro de Div y los suyos. Iniciada la lucha, Huscheng se lanzó resueltamente contra Div, que huía acobardado, le cortó la cabeza de un tajo y despedazo su cuerpo para que fuera pasto de las fieras.

El enemigo quedo totalmente destruido, y Siamek fue vengado. El anciano Kaiumur pudo morir tranquilo y satisfecho. Poco después, la muerte envolvió al viejo emperador en su manto de sombras y se lo llevó al mundo luminoso de los cielos.

Al morir su abuelo, el justo y valeroso Huscheng subió al trono de Persia como emperador de todos los pueblos de la tierra. Todos sus súbditos lo alababan porque su corazón era recto, y su espíritu estaba lleno de sabiduría y prudencia.

Cierto día el soberano iba andando por las laderas de una escarpada montaña en compañía de un fiel criado. La noche no tardó en caer, y las tinieblas borra­ron el camino, velando los horribles precipicios.

Súbitamente, apareció ante ellos una espantosa ser­piente, larga y negra como el infierno. Sus ojos, de un resplandor rojizo, semejante a dos fuentes de sangre, brillaban en su enorme cabeza, por cuya boca lanzaba entre repelentes babas un humo fosforescente que se ele­vaba en nubes espesas y amarillentas.

A la vista de aquel terrible monstruo, el criado em­pezó a temblar y a gritar, rogando a su señor que re­trocediera para ponerse a salvo. Pero el rey Huscheng, impávido, siguió avanzando y diciendo:

— ¡No tengas miedo! ¡Ahora verás!

Y arrancando una gran piedra la lanzó contra la serpiente, en cuanto estuvo cerca, con toda la fuerza de su poderoso brazo. Presintiendo el peligro, el mons­truo, con un rápido movimiento, se escondió detrás de una roca, al borde de un precipicio.

La piedra lanzada por el monarca fue a estrellarse contra la roca, y en el choque saltó una fuerte chispa que prendió fuego a unas matas cercanas. Este fue el origen del fuego.

Es cierto que la serpiente había escapado a la muer­te, pero en cambio el fuego había bajado a la tierra como regalo divino para los hombres, brotando de la roca donde estaba oculto.

El emperador Huscheng, al ver aquel milagro, se postró en tierra, adorando a Dios y dándole gracias fer­vorosamente. Después encendió una gran hoguera en el monte, y ordenó que acudieran todos sus súbditos para admirarla y para honrar al cielo y a su soberano.

A partir de entonces, todos los años, ese mismo día, se celebró durante siglos, en Persia, una fiesta llamada “Sedek”, para conmemorar el nacimiento del fuego.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Dice la leyenda que entre el Ganges y el Nepal, al pie de los eternos hielos del Himalaya, vivía el príncipe Sudhodana, descendiente de los Gotamas y cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos.

Su esposa, llamada Maya Devi, era tan bella y en­cantadora y a la vez estaba adornada de tantas virtudes que la hablan denominado «ilusión».

Cierta mañana, la hermosa Maya contó a su esposo un extraño sumo que había tenido aquella noche y que dejo inundada su alma de un gran placer y bienestar.

—Sin golpear la puerta —le dijo—, cuatro reyes pe­netraron en mi morada y con delicadeza elevaron mi lecho por los aires hasta colocarlo en la cima más ele­vada del Himalaya, dejándome a la sombra de un fron­doso árbol. Aparecieron luego cuatro reinas, me vistie­ron con ricos ropajes y me condujeron a una casa he­cha de oro. Un elefante de seis colmillos, blanco come la plata, entró en mi habitación y se postro ante mí; en su trompa llevaba un loto. Luego, el canto de un pájaro me despertó.

El sueño era tan grave e importante que el príncipe Sudhodana requirió a los más ilustres magos para que lo descifraran. Acudieron cuatro prestigiosos brahma­nes, y el más anciano de ellos dijo:

—Maya tendrá un hijo cuyo cuerpo nacerá con los signos de los grandes monarcas. Si consiente en reinar, será el soberano del mundo. Pero si lo abandona todo para seguir la vida de los ascetas, no reinará sobre la tierra, pero si sobre las almas. Llegará a «Buda» y librará a los hombres de los sufrimientos causados por la enfermedad, la vejez y la muerte. Sera el más grande monarca del Universo y vencerá por el amor, no por las arenas.

Por estas fechas reinaba la primavera. Los árboles ostentaban un verde follaje, y las flores lucían sus más vistosos y bellos colores.

El Bodhisatva (Buda) vivía feliz en el cielo de los bienaventurados, en su tienda divina, resplandeciente de indescriptibles magnificencias y en donde todos los habitantes del cielo le admiraban.

Cuando el Bodhisatva, porque aún no era Buda, vio desde lo alto a la que había de ser su madre, bajó a la tierra en forma de un hermoso elefante blanco.

Todo el Universo se conmovió y crujieron sus cimien­tos más poderosos, pero en el aire sonaron al mismo tiempo voces alegres y suaves. No hubo en parte alguna ni desorden, ni llanto, ni odio, ni discordia.

Cuando la hermosa Maya comprendió que la hora de ser madre estaba próxima, rogó a su esposo:

—Dejadme, amado mío, que vaya a dar a luz en casa de mis padres.

Y acompañada por un numeroso séquito emprendió el camino, pero Maya no pudo pasar del bosque de Lumbini. Entonces, de pie, rodeada de ninfas que le ofrecían sus servicios y que la animaban, dirigió gozosa su mirada al cielo y extendió su mano derecha con la que cogió la rama de un árbol.

Un deslumbrador relámpago iluminó el bosque, y en el acto salió de su costado derecho, sin herirla, el hijo que había de ser el salvador de quinientos millones de mortales.

Mientras los pájaros acudían entonando sus melo­diosos cantos, el propio dios Indra recibió al niño pre­sentando una tela divina. Al punto, dos magas, Nanda y Upananda, aparecieron y crearon dos corrientes de agua, una fría y otra caliente, para lavar al racial na­cido.

Acto seguido el niño dio siete pasos en dirección de cada uno de los siete puntos cardinales (?), proclaman­do con ello su futura gloria. A medida que andaba, los lotos nacían bajo sus pies.

En una choza solitaria al pie del Himalaya vivía a la sazón un sabio brahmán y gran poeta, el anciano Asita, que, al saber que había nacido el Siddartha, se elevó por los aires, trasladándose al palacio real de Capila. Cuando vio al niño en brazos del rey Sudhoda­na y observó la señal de «sacra» en sus plantas, incli­nóse respetuosamente y rompió a llorar.

  • ¿Por qué lloráis? —le preguntó asustado Sudhoda­na—. Os suplico que no me ocultéis nada, sea bueno o

Pero el anciano Asita le tranquilizó diciendo:

—No lloro por tu hijo ni veo desgracia alguna en su porvenir. Lloro por mí, que viejo y caduco como soy, no podré ver el día en que tu hijo dará al mundo su ley, que será la salvación de los hombres. Pero has de saber, ¡oh rey!, que este príncipe que acaba de nacer no se inclinara hacia los goces materiales y será un Buda.

A los siete días murió Maya, y subió al cielo de In­dra, pues era usual que la madre de un Bodhisatva pasara a mejor vida a los siete días justos de haber dado luz al hijo, porque así se ahorraba la pena de ver­lo convertido en humilde peregrino tan pronto como alcanzara la edad viral.

A Buda se he dio el nombre de Siddartha, y fue cria­do cariñosamente por Mahapradjapati, hermana de la difunta Maya Devi y segunda mujer del rey Sudho­dana.

Al llegar el día en que Buda debía ser presentado al templo de los dioses, su anciana aya Gautami lo atavió convenientemente. Pero las joyas que fueron prendidas en torno a su cuello y a sus brazos perdieron todo su brillo. Asita lo explico diciendo:

—Ello se debe a que la pompa material palidece ante el resplandor de Siddartha.

Cuando Buda entró con su brillante acompañamiento en el templo, cayeron de sus pedestales las imágenes de los dioses Siva, Vishnu e Indra.

Y, como de costumbre, tembló la tierra, llovieron pétalos de lotos y flores blancos y se oyeron cantos ce­lestiales.

Tanto la infancia como la juventud de Buda son tan maravillosas como su concepción y nacimiento. Puede decirse que toda su vida esta gloriosamente esmaltada de episodios celebres y sorprendentes.

Cuando el príncipe Siddhartha fue algo mayor, en­tró en la escuela para aprender las letras. Al verle, Vis­vamitra, el profesor bajo cuyos cuidados debía ser educado, cayó desmayado al suelo. Miles de jóvenes dije­ron al rey Sudhodana:

—Tu hijo nada tiene que hacer en la escuela, pues conoce todas las ciencias y las artes, y únicamente pue­de servir de guía y salvación a la juventud.

Entretanto, Buda contemplaba el incesante trabajo de las hormigas y el lento paso de las nubes. Interpre­taba el lenguaje de las flores y se estremecía de pena cuando veía a los pájaros devorar a los insectos que acuellan a las heridas producidas en la piel de los bue­yes por el agudo punzón de los campesinos.

Durante estos profundos momentos de contempla­ción extática el futuro Buda parecía ausente de este mundo.

Al cumplir el príncipe los veinte años, su padre or­denó construir tres estanques: uno, cubierto de lotos azules; otro, de lotos blancos y el tercero de lotos ro­jos, para que florecieran todo el año.

Por aquel entonces los ancianos «sakias» aconseja­ron al rey Sudhodana que dispusiera el casamiento de su hijo.

—De esta manera —añadieron— el príncipe renun­ciara a la vida de peregrino mendicante.

Buda solicitó un plazo de siete días para decidirse, al cabo de los cuales se mostró conforme con el pro­yecto de matrimonio. El rey mandó fabricar numerosas y ricas joyas que haría repartir por su hijo entre las doncellas, en cuya ocasión se vería cual le gustaba más.

Una semana después, se reunieron todas las pretendientes en la sala del consejo, y el príncipe Siddartha dio a cada una su regalo. Sin levantar la vista lo recibieron todas hasta quedar una sola, llamada Gopa o Yusodhara, hija del príncipe Dandapini, que se había mantenido alejada en medio de sus esclavas, pero que, adelantándose entonces, dijo a Buda:

  • ¿Qué te he hecho yo, que no has reservado joya alguna pare mí?

A lo que Siddartha respondió:

  • Se me han terminado los regalos.

Y luego añadió:

—Pero toma este, ya que la ciudad se enorgullece de tu belleza.

Y quitándose una preciosa sortija del dedo, se la ofreció a Gopa.

Tan pronto corno volvieron a posarse los pájaros en los árboles, la hermosa joven declaró a su padre que estaba locamente enamorada del príncipe Siddartha. El monarca se mostró un poco descontento de la elección hecha por su hija, y así lo anunció al rey Sudhodana.

—Si tu hijo ignora el manejo de las armas a causa de su indolencia y desconoce el arte de la guerra por haber sido educado con mucho mimo, ¿cómo puedo con­cederle la mano de mi hija?

Al saber esto, el príncipe exclamó con orgullo: ¿Hay alguien capaz de competir conmigo?

Y seguidamente ordenó disponer un magno torneo que habría de celebrarse siete días después, y cuyo vencedor, por voluntad del rey Dandapani, obtendría como premio la mano de su hija Gopa.

El día designado se presentaron en las afueras de la ciudad trescientos príncipes y los pueblos de varios rei­nos para presenciar las luchas. En el arte de la escritu­ra y en la interpretación de los libros sagrados venció fácilmente Siddartha, mostrándose muy superior, no solo a sus rivales, sino incluso al maestro y juez Ar­xuna.

Luego siguieron los deportes y juegos varoniles, ta­les como los saltos, la natación, las luchas y el tiro con arco. Ni que decir tiene que Buda triunfó, superan do a todos sus competidores y adversarios.

Es más, en el concurso de tiro, todos los arcos se quebraban en las poderosas manos de Siddartha. Hubo que ir a buscar el de su abuelo Simhahanu, que nadie pudo jamás armar. Pero el Bodhisatva, sin levantarse de su asiento lo coge con la mano izquierda y lo tiende con un solo dedo de la mano derecha. La flecha partió tan rápida, que la vista no podía seguirla. Y tras atra­vesar una serie de tambores de hierro, fue a hundirse en tierra a una gran distancia.

Dos parientes de Siddartha tomaron parte en el tor­neo: Ananda y Devadata. El primero fue, con el trans­curso del tiempo, discípulo suyo; el segundo, en cam­bio, irritado por la derrota sufrida, fue desde aquel día su más implacable enemigo.

La bella Gopa fue conducida a la morada de su esposo el príncipe Siddartha, el cual vivió desde enton­ces rodeado de placeres y en medio del fausto de las danzas y juegos de las numerosas mujeres que habita­ban en su suntuoso palacio.

Al príncipe la vida corriente, la vida de trabajos y sufrimientos, le era totalmente desconocida. No sabía tan siquiera cuan efímera y breve es.

Pero el momento de los «cuatro encuentros» había llegado.

Un día, Siddartha mostró sus deseos de efectuar una excursión a los bosques de recreo, y salió por la puerta oriental. Antes, su padre ordenó apartar de los lugares per donde tenía que pasar su hijo «todo cuanto pudiera no halagar los ojos del joven, o no serle agradable».

Sin embargo, no había recorrido la comitiva mucho trecho, cuando el destino quiso que se cruzara en su camino un anciano decrépito y tembloroso, apoyado en una larga caña. El príncipe, profundamente impre­sionado, preguntó a su cochero:

  • ¿Qué enfermedad padece este hombre?

—No es nada de particular —le respondió su auri­ga—. Este hombre paga el tributo a la vejez, que a na­die perdona.

Profundamente turbado y meditabundo, Buda regre­só a su palacio, sin haber llevado a cabo la proyectada excursión.

Transcurrido algún tiempo repitióse la salida al jardín de los entretenimientos, pero quisieron los dioses que encontraran a un enfermo. Y de nuevo el cochero, a instancias del príncipe, hubo de explicarle:

—Señor, sabed que todas las personas están expues­tas a las enfermedades que debilitan el cuerpo y hacen derramar lágrimas de dolor.

La comitiva se alejó de aquel triste espectáculo y re­gresó rápidamente a palacio.

Al poco tiempo se dispuso por tercera vez la excursión. Mas al salir la comitiva por la puerta de occidente tropezó con un entierro cuyo sequito daba muestras de gran dolor. Nuevamente el cochero explicó al príncipe el significado de todo aquello. Y el Siddartha, ape­sadumbrado al conocer los efectos de la muerte, regresó a su palacio.

Cuando se organizó por cuarta vez la expedición, cerca de la puerta del norte, un asceta errante, digno, alegre y tranquilo, pasó junto a ellos mendigando. Al ver al monje, una gratísima sensación de bienestar inva­dió el corazón del príncipe y entonces nació en su espíritu el primer brote de la fuerza que le empujaría a buscar, poco después, en la vida religiosa, la serenidad exenta de pasiones.

Realizada la excursión, Siddartha regresó muy satis­fecho a la ciudad. Y al día siguiente comunicó al rey, su padre, su inquebrantable propósito.

—Deseo ser monje mendicante —dijo.

El monarca intentó en vano disuadirle de aquella idea, prometiéndole que le daría cuanto pidiera. A lo cual repuso el príncipe:

—Renunciaré a mis deseos si me podéis conceder estas cuatro cosas: juventud y belleza permanentes; salud y vida; fortuna imperecedora, y librarme de toda clase de enfermedades.

El rey confesó, con el corazón oprimido, que nada de aquello podía concederle. Y entonces se limitó a de­searle buena suerte en su propósito de ser el salvador del mundo.

Sin embargo, el rey hizo vigilar al príncipe de cerca, y puso en las puertas de la ciudad hombres armados, con órdenes estrictas. Envió asimismo a hermosísimas mujeres que le distrajeran con toda clase de placeres, músicas y danzas. Pero Siddartha se dormía viéndolas y escuchándolas.

Al fin, una noche, salió de su cámara, se hizo traer su soberbio caballo «Kantaka» y escapó del palacio seguido de Chandaka, su fiel escudero. Los Lokopalas pusieron sus manos en los pies de los caballos para que no hicieran ruido al galopar. Y los dioses adorme­cieron a los centinelas de las puertas, abrieron estas y formaron incluso el cortejo triunfal del príncipe.

Los pájaros del bosque, despertando de su ligero sueño, saludaron al futuro Buda, que se alejaba hacia su nueva vida de penitencia, mientras los dioses guia­ban su corcel.

Cuando ya el palacio estaba muy a la lejos, las pri­meras luces del alba asomaron tímidamente poniendo sus reflejos sobre las tupidas alfombras de lotos. Fue entonces cuando el príncipe se despojó de sus atavíos principescos y regaló su corona de perlas y sus joyas a un aldeano que encontró en su camino, ya que en ade­lante las galas habían de serle del todo inútiles.

Luego, con la ayuda de su espada cortó su larga ca­bellera, quo arrojo al aire; pero el dios Indra la cogió y la llevó al cielo. Y coma le pareciera que sus ricos ves­tidos eran impropios de su nuevo genera de vida, los sustituyó por un burdo sayal de color rojizo.

Seguidamente entregó el caballo a su criado Chan­daka, le despidió y marchando a pie empezó su vida errante y miserable en busca de la verdad.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Los primeros hombres que habitaron la tierra eran inmortales. Pero pronto llegaron a ser tan numerosos que el mundo no tuvo fuerzas para poderlos soportar. Y cuando estaba a punto de ahogarse en las profundas aguas que debían tragarlo, lanzó al infinito un desga­rrador grito de auxilio.

El rey de los dioses, el Augusto de Jade, lo oyó y al ver que lo que había creado estaba por desaparecer, fue presa de una terrible ira. Entonces de su cuerpo se desprendió un fuego que empezó a devorar el cielo, la tierra, el espacio y el universo con todos los seres que contenía.

Desde su palacio de oro los demás dioses vieron el devastador incendio, y lanzando un grito de terror y de compasión se echaron a los pies del Señor del Cielo, y pidieron gracia.

El Augusto de Jade se dejó convencer, apagó el fuego de su ira y con un solo gesto creo la cabeza de una nueva diosa. Vestida con un traje negro y rojo, con los ojos oscuros y brillantes, la cabeza recubierta de ador­nos divinos, la joven diosa permaneció allí, esperando ante su creador.

—Te llamarás Muerte —le dijo el Señor del Cielo — y serás dueña de la vida de todos los seres vivos. Tú los destruirás cuando quieras, sean listos o tontos, pobres o ricos.

La diosa fue presa de gran desesperación al oir esas órdenes. Se echó a los pies del Augusto de Jade, y se puso a llorar desconsoladamente.

—Señor —dijo entre sollozos—, ¿deberé sembrar el terror en el corazón de todos los seres? ¿Solo me has creado para este terrible cometido? ¿Habré de ser el objeto de todas sus maldiciones?

Mientras tanto, sus lágrimas corrían, abundantes, por sus pálidas mejillas y llegaban hasta el suelo, formando un río. El dios, conmovido, se inclinó sobre ella y le dijo, dulcemente:

—No llores, divina joven, no llores. Obedece mis órdenes, destruye los seres vivos; no tendrás ninguna culpa por ello. Las lágrimas que derramaron tus magníficos ojos y que ahora, reunidas en un río, corren a mis pies, se transformaran en numerosas enfermedades que, al cabo de cierto tiempo, truncaran la vida de los hombres. La culpa de su muerte será de esas enfermedades, y no tuya. Ve, pues, y cumple con tu deber, hija mía.

Tras oír estas palabras, la Muerte se secó los ojos y sonrió a su padre. Después, bajo a la Tierra.

El caos ya había finalizado por entonces. El Augusto de Jade, padre de los dioses, había acabado de organizar su celeste imperio. Reinaba sentado en un trono de zafiros; a su diestra se sentaba la Estrella del Sur, Nam Tao, que llevaba el registro de nacimientos, mien­tras que a su izquierda estaba la Estrella Polar, Bac Dan, encargada del registro de las muertes.

De vez en cuando el Señor del Cielo adoptaba el as­pecto de Pájaro de Fuego quo tenía antes de la creación, y acompañado por el Genio de la Tierra, Tho Dia, bajaba a visitar el globo.

Mas al verlo tan triste y desolado, semejante a una pelota de arcilla amarilla, no hacía más que cavilar pensando que podría hacer. Por fin, un día dijo a uno de sus oficiales, el viejo Kim Kuang:

—He decidido crear hombres y animales sobre la tierra. Y tú, Kim Kuang, iras a echar esta haz de hier­bas, cada una por separado, y estos dos enormes granos de arroz.

Después de inclinarse respetuosamente ante el Señor del Cielo, Kim Kuang montó en el arco iris para cumplir la misión que le habían confiado. Y cuando estuvo cerca de la tierra arrojo el manojo de hierbas.

Pero sea por negligencia, o por incapacidad del oficial, el hecho es que la hierba cayó en manojo y no por separado, como le había ordenado el padre de los dioses.

Kim Kuang vio que la mancha crecía rápidamente, y que muy pronto la hierba cubría todo el espacio que no estaba sumergido par las aguas.

Al ver aquello, miró los dos granos de arroz, y se dijo:

—Si cada grano se multiplica como la hierba, no quedara en la tierra lugar para los hombres y los ani­males.

Y, por eso, solo echó un grano; el otro se lo comió.

Poco después, cuando el padre de los dioses creó los hombres y los animales, observó sorprendido que en la tierra había más hierba que espigas de arroz. Indig­nado, llamó a su presencia a Kim Kuang.

—Has estropeado lo que debía ser mi obra más hermosa —le dijo—. Ahora la tierra es una enorme pelota de hierba, y a los hombres y a ciertos animales les costara mucho hallar alimento. Por eso voy a crear otro animal: el búfalo. Tendrá tu cara y tu cerebro obtuso, y tú mismo serás el que baje a la tierra bajo esa forma. Te condeno a comer toda esa hierba hasta que logres librar de ella a la tierra.

De nada sirvieron las protestas del infeliz Kim Kuang, al ver que se iba convirtiendo en un animal de cuatro patas.

Y desde entonces, el búfalo come hierba sin cesar con la esperanza de acabar con toda la que hay en la tierra.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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La diosa Amaterasu, cuya imagen simboliza al Sol y con el cual se confunde a veces, es considerada como fundadora de la nación japonesa, en cuyo país goza de universal veneración.

Amaterasu recibió de su padre, Izanagi, la orden de gobernar el mundo; pero envidioso de ello su hermano Susanoo —que significa «el macho impetuoso»—, puso obstáculos al bienestar de su reino. Además, el joven Susanoo perpetro mil fechorías y devastó el palacio de su hermana, en el que penetró por el techo a lomos de un caballo celeste al que había desollado vivo poco antes.

Tanto se ofendió y llenó de espanto Amaterasu que fue a ocultarse en el fondo de una gruta, dejando a os­curas el mundo y esparciendo por la tierra los malos espíritus.

Al verse privados de luz, los demás dioses decidie­ron buscar una fórmula para captarse de nuevo la bue­na voluntad de la diosa Amaterasu. Un astuto kami hizo llevar gallos cerca de la gruta para que con su canto pareciera que había llegado la aurora. También obligó a que todos los pájaros formaran un gran coro en torno a la cueva; y se plantaron quinientos árboles aromáticos para perfumar el albergue de la ofendida diosa.

Por si esto fuera poco, se situó frente a la gruta un gran espejo, mientras empavesaban de blanco algunos árboles en los que colocaron una infinidad de joyas que sirvieran de reflectores.

Entre tanto, una diosa subalterna de gran belleza, llamada Ameno Uszunu, ejecutaba artísticas danzas, de­jando caer a cada vuelta una prenda de su vaporoso vestido. A medida que iban cayendo los velos que la cubrían, los dioses, reunidos allí, prorrumpían en grandes carcajadas ante la cómica danza o bien elogiaban entusiásticamente el esplendor de las formas desnudas de la hermosa bailarina.

Y como quiera que Amaterasu oía, oculta, tales risas y alabanzas, más que curiosidad sintió celos y salió de la gruta, por lo que tornó a brillar la luz en el mundo.

Los dioses le entregaron el espejo para que se con­templase, y la diosa del Sol se sintió satisfecha al convencerse de que era mucho más hermosa que ninguna otra.

Entonces accedió a gobernar de nuevo y a iluminar el mundo. Por su parte, los dioses castigaron duramente a Susanoo, hermano de Amaterasu, expulsándolo del cielo y dándole el imperio de los mares. Pero antes, los dioses le arrancaron los cabellos y las uñas como casti­go a su osadía.

Susanoo acató la voluntad de sus superiores, pero antes hubo de luchar con un fiero dragón de ocho cabe­zas, que, sembrando el terror y cometiendo tropellas, se había erigido en dueño y señor de los mares.

–¡Toma este sable, el to ayudara a vencer! —dijo el dios de la Guerra, entregándoselo a Susanoo.

Y tras un combate valiente y peligroso, el antiguo dios de la Fuerza venció al dragón. Su astucia, su arro­jo, pudieron con el monstruo, que quedó sepultado en las profundidades marinas.

A continuación, Susanoo regresó a la tierra y regaló a su hermana Amaterasu, en desagravio de sus ofensas, una joya en forma de esfera que llevaba el dragón y el sable con el que le dio muerte.

Pasó el tiempo y, un buen día, de los incestuosos amo­res de la hermosa Amaterasu y del valeroso Susanoo nacieron otras familias de dioses, de una de las cuales procede la dinastía imperial del Japón. Al parecer, los dioses, primitivamente de una naturaleza sobrehurnana, fueron metamorfoseándose paulatinamente, hasta llegar a Jimmu, nieto de Amaterasu y Susanoo y primer em­perador-hombre, fundador de la dinastía del imperio japonés que empezó a regir el año 660 antes de Jesu­cristo.

Por eso, los emperadores del Japón, a los que se les da los calificativos de «Tenno» (Emperador celeste), y «Tenshi» (hijo del Cielo), son los únicos que se creen descendientes de dioses, ya que tuvieron por abuelos a la diosa del Sol y al dios del Valor.

Al nacer su nieto Jimmu Tenno, la diosa Amaterasu le regaló las Islas del Japón, nombrándole para siempre su emperador. Y al mismo tiempo le entregó los tres tesoros sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya.

Desde entonces estos son los emblemas del empera­dor japonés. Están guardados en el templo antiguo de Isé, envueltos en ricas telas de seda.

El Espejo es el mismo que los dioses entregaron a Amaterasu al salir de la gruta para que contemplase su belleza; el Sable es el que empleó Susanoo para matar al dragón de ocho cabezas, y la Joya es la misma que Susanoo quitó a esta fiera al matarla.

Por consiguiente, desde Jimmu Tenno, el primer emperador del Japón, hasta nuestros días, durante más de dos mil seiscientos años no ha habido discontinuidad entre sus emperadores. Todos han descendido en línea directa de la divina Amaterasu, la hermosísima diosa del Sol.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En cierta ocasión, hace de esto mucho tiempo, el futuro Buda nació en forma de liebre.

Vivía en un bosque, en cuyos linderos había una montaña, un río y un pueblo. Pero en aquel mismo bosque vivían otros tres animales: un mono, un chacal y una nutria.

Los cuatro animales eran buenos amigos y compañeros. Durante el día, cada uno de ellos cazaba y vivía a su propio modo, pero por la noche, se reunían para charlar un rato. Sin embargo, la liebre, debido a que sus camaradas la consideraban más sabia, era casi siempre quien llevaba la voz cantante en todos los asuntos. Ella les enseñaba también la doctrina y les exhortaba a seguirla.

— Dad limosnas —les decía—, guardad los preceptos, observad los días de ayuno.

Una de las veces que estaban reunidos, el futuro Buda miro al cielo para contemplar la luna y, al mi­rarla, se dio cuenta de que al día siguiente sería de ayuno.

—Mañana debemos ayunar —les dijo a sus compañeros—. Todos tenemos la obligación de observar este precepto. Y, como dar limosnas en ese día trae grandes recompensas, si alguien os suplica un presente, dadle in­cluso una parte de vuestra propia comida.

—Así lo haremos, amiga liebre —le respondieron los otros animales yéndose cada cual a su guarida para pa­sar la noche.

Al día siguiente, la nutria se despertó muy temprano y se dirigió directamente a las orillas del cercano rio a buscar alimento. Al llegar allí vio a un pescador que había cogido siete pescados rojos y los estaba ensartan­do en un sarmiento. Una vez hecho esto los enterró bajo la arena y continuó pescando a lo largo de la orilla del río.

Naturalmente, la nutria se dio cuenta, por el olor, de donde estaba enterrado el pescado y al ver lejos al pescador escarbó en la arena hasta dejar los peces al descubierto. Luego, y por tres veces, gritó sin que nadie pudiera oírla:

  • ¿Tiene dueño esto que esta aquí?

La astuta nutria esperó un rato, y como no recibiera ninguna respuesta, ni apareciese nadie a recogerlo, asió el sarmiento con los dientes y arrastró su presa hasta su madriguera. Sin embargo, al llegar allí, dejó los peces en un rincón sin atreverse a tocarlos, pues recordaba lo que la liebre había dicho y deseaba guardar los pre­ceptos.

  • Los comeré cuando acabe el ayuno —pensó.

También el mono se internó en el bosque en busca de comida. Cuando halló los mangos que le parecieron a su gusto, arrancó un racimo del árbol y se lo llevo a su casa. Creyó igualmente que era su deber no tocarlos hasta que hubiera pasado el día de ayuno.

  • Aunque tengo hambre —pensó— la aplacaré a su debido tiempo.

El chacal, por su parte, salió también a ver qué en­contraba. Y andando, llego a la cabaña de un guardabosque. Penetró con cautela en su interior y, rebuscan­do por todas partes, halló un tarro de manteca agria, dos trozos de carne asada y uno de iguana. El chacal, al igual que la nutria, antes de tocar las cosas, gritó por tres veces:

— ¿Tiene dueño esto que esta aquí?

Y como no obtuviera contestación, se colgó el cordón que servía de asa del tarro alrededor del cuello, cogió la carne y la iguana con los dientes, y se lo llevó todo a su madriguera. Pero tampoco el chacal probó bocado. Se acordaba del día que era y quería guardar el ayuno.

—Lo comeré a su debido tiempo —se dijo.

Sin embargo, el futuro Buda, es decir, la liebre, no se movió de su guarida. Tenía el propósito de permane­cer en ella hasta que pasara el día, para cumplir de esta forma el precepto divino.

Y mientras yacía en el suelo descansando, le vino a la mente una idea: ¿Qué podría ofrecer si venia al­guien a pedirle comida? No poseía nada. ¿Nada?

—Si alguien viene a pedir —se dijo con resolución – ­le daré mi propia carne.

El trono de mármol de Brahma se sintió conmovido por el ardoroso ímpetu con que aquella liebre ofrecía su sacrificio. Y, queriendo saber si era cierta y sincera su resolución, se disfrazó de bonzo y quiso poner a prueba por sí mismo la promesa de la liebre.

Primeramente visitó a la nutria. Esta, al ver al monje sentado a la puerta de su casa, le preguntó:

— ¿Qué haces aquí?

—Si tuviera tan solo un poco de comida —respondió el bonzo— podría guardar mis votos y cumplir mis deberes.

—No te preocupes, yo te daré comida —contestó la nutria—. Aquí tengo siete peces rojos que encontré en­terrados esta mañana en las arenas del rio.

—Gracias, amiga –le replicó el monje—. Te estoy muy agradecido. Volveré por ellos más tarde. Mañana tal vez. Hoy tengo que cumplir el ayuno.

Después de despedirse de la nutria, se fue a ver al mono y al chacal. Los dos animales al verle le ofrecieron su comida en cuanto hizo su petición. Sin embargo, también a ellos, les dijo lo mismo que a la nutria.

Sin pérdida de tiempo se fue a ver a la liebre. Cuan­do ésta oyó las suplicas del monje budista, se puso muy contenta.

—Has hecho bien en venir a mí para que te diera de comer —le dijo—. Hoy, por ser día de ayuno, me siento más generosa que otras veces, y te ofreceré algo que jamás di antes. Incluso con ello te ayudaré a man­tener los preceptos de no hacer daño a ninguna criatura viviente.

–¿Qué quieres decir? —replicó intrigado el bonzo.

—Amigo mío —respondió la liebre—, ye y haz un fuego en un claro del bosque. Cuando haya un buen lecho de brasas refulgentes, ven a buscarme. Saltaré entre ellas y te ofrendaré mi vida. Y cuando veas que mi cuerpo está suficientemente asado, come de mi carne y cumple después con tus deberes de monje.

Así se hizo. El sacerdote, con su mágico poder, encendió en seguida un montón de brillantes ascuas. Lue­go fue a visitar al futuro Buda, que se levantó rápidamente de su lecho de hierbas y le siguió hasta la ho­guera.

Antes de tirarse al fuego, sin embargo, se sacudió tres veces diciendo en voz alta:

— ¡Voy a perecer! Si algún insecto hay en mi piel, no tengo derecho a hacerle morir conmigo. Que se vaya si quiere.

Acto seguido, esclava de su bondadosa liberalidad, se arrojó a las ardientes brasas con la misma delicia que una abeja se posa en el corazón de una flor para libar.

Aquel fuego, sin embargo, no le llegó a chamuscar ni siquiera un pelo. Antes al contrario, al arrojarse en él, le pareció que se sumergía en un lecho de blandas y frescas nubes. Entonces miró al monje extrañada y dijo:

— ¿Quién eres tú? El fuego que encendiste esta tan frio que apenas ha caldeado mi cuerpo. ¿Qué significa este prodigio?

—Soy Brahma —respondió el monje—, y vine a po­ner a prueba tu promesa.

A lo que replicó el futuro Buda con voz de trueno:

—Señor, si todos los seres que habitan en el mundo trataran de poner a prueba mi prodigalidad, no descubrirían en mí falta alguna de inclinación a dar.

—Prudente y sabia eres, liebre —dijo Brahma—. Yo haré que tu virtud sea proclamada por todos los con­fines del mundo y aún más allá.

Entonces cogió una enorme montaña, la estrujó entre sus poderosas manos, y del jugo que estrajo de ella dibujo una liebre en el disco de la luna.

Después de hacer esto, ordeno a la liebre que se internara en lo más intrincado del bosque, e hizo crecer allí hierba adecuada para su alimento. A continuación se despidió de ella y partió hacia las celestiales mansiones.

Y por guardar los preceptos, los cuatro animales de esta leyenda vivieron feliz y armoniosamente en aquellos parajes.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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La ciudad de Uruk o Erech estaba regida por Dumuzi, de origen divino, cuya esposa era la casquivana dio­sa Istar.

El amado Dumuzi pereció trágicamente, y su esposa, que recogió el cetro de la Caldea, no pudo contener la invasión de los enemigos elamitas.

La ciudad sufría bajo los tiranos invasores, pero en ella vivía el héroe Gish-Dubarra o Izdubar, más cono­cido por Gilgamesh, al que los hebreos llamaron Nem­rod, «masa de fuego…, fuerte y valeroso cazador», des­cendiente directo del último rey antediluviano, Hasisa­dra, Xisuthros o también Utnapishtim, «que fue como el Noé del diluvio mosaico».

Gilgamesh o Izdubar, que recorría la tierra, tenía sus monteros, a las órdenes de su fiel servidor Zaidu o Said, al que encargo que matase al monstruo marino que obligaba a los habitantes del país a entregarle her­mosas jóvenes que devoraba.

Cierto día, Gilgamesh tuvo el extraño sueño de que le caían encima las estrellas y un monstruo con garras de león, que lo arrojó al suelo y lo llenó de miedo. El valeroso cazador, preocupado, llamó a los más famosos adivinos y les ofreció grandes recompensas si descifra­ban su sueño. Ninguno lo consiguió.

Entonces supo Gilgamesh que existía un sabio ex­traordinario, llamado Ea-bani, «a la criatura de Ea», que vivía alejado de los hombres en una cueva, como una fiera, que tenía el cuerpo inferior de toro y dos cuernos en la cabeza, y que, ajeno a toda ambición, no quería abandonar su retiro, aunque conocía hasta las cosas más ocultas.

Gilgamesh envió a su servidor Zaidu para que lo trajera; pero Zaidu sintió un miedo terrible al acercar­se a la cueva del sabio hombre-toro, y regresó sin él. Gilgamesh envió entonces a Shamatu, «la gracia», y a Harintu, «la persuasión», dos servidoras de Isthar, es­coltadas por Zaidu, La segunda consiguió convencer a Ea-bani.

—Iré —dijo este— con la condición de llevar un Ieón del desierto para que Gilgamesh pruebe su valor matándolo.

Cuando el sabio hombre-toro llego a la ciudad fue recibido con grandes honores. Poco después, el valien­te Gilgamesh luchó con el león y lo mató, con lo que consiguió la estimación de Ea-bani o Enkidú, haciéndose amigos inseparables.

Los nuevos amigos marcharon inmediatamente con­tra el tirano elamita Kumbaba o Combabus, al que ma­taron, dejando su cuerpo abandonado a las aves de rapiña, y saquearon su palacio, que se alzaba en un mon­te oscurecido por cedros y cipreses.

Al regresar Gilgamesh a la libertada Erech fue pro­clamado rey, según predijera Ea-bani. Tras su victoria y para purificarse, Gilgamesh se desnudó totalmente para cambiar la ropa que había llevado durante el com­bate por otra distinta. Entonces Isthar, que le contem­plaba admirada, al ver la hermosura del héroe le pro­puso qua fuese su amante. Y además de ofrecerle su amor le prometió grandes honores y riquezas.

Pero el amor de la inconstante diosa era mortal; sus amantes habían muerto en sus brazos, por lo que el orgulloso Gilgamesh, aunque lamentándolo profunda­mente, pues era muy apasionado con las mujeres her­mosas, rechazó el amor de Isthar y le reprochó su exis­tencia prostituida por haber querido a otros antes que a él, especialmente al divino Dumuzi, a quien aún se lloraba.

La diosa, ofendida y encolerizada, subió al Cielo y pidió a su padre Anú que enviase contra el impruden­te un animal terrible. Entonces Anú creó un monstruo­so toro alado y lo lanzó contra el héroe. Pero Ea-bani o Enkidú acudió en socorro de su amigo y sujetó al toro celeste, mientras Gilgamesh le asestaba un golpe mortal en la nuca.

Isthar, desde la muralla de Erech, rodeada de las cortesanas sagradas, maldijo a Gilgamesh y se lamentó por la muerte del animal divino. Al verle, Enkidú des­pellejo el lado derecho del monstruo que hablan ma­tado y lo arrojó a la cara de la diosa.

-¡Y si pudiese haría lo mismo contigo! —le dijo burlonamente.

Después de llevar el toro muerto en holocausto al altar de Shamash o el Sol, ambos amigos se lavaron las manos en el Eufrates y entraron en la ciudad de Erech donde, entre las aclamaciones del pueblo, cele­braron grandes fiestas.

Sin embargo, Isthar ardía en deseos de venganza, por lo que su madre Anatú la satisfizo, haciendo mo­rir a Ea-bani, víctima de una terrible enfermedad con­tra la que luchó en vano durante doce días, muriendo al decimotercero, y angustiando a Gilgamesh con su horrorosa y repugnante lepra.

El héroe, sin su mejor amigo, sufriendo grandes dolores y careciendo de consuelo, empezó a temer la muerte. Y, acosado por este terror, se decidió a consultar con su inmortal antepasado Hasisadra o Utnapish­tim, el hombre afortunado, que por haber escapado del diluvio, había recibido de los dioses el privilegio de la inmortalidad.

Utnapishtim vivía muy lejos, en el paraíso, en la desembocadura de los ríos, y para llegar hasta allí había que recorrer un camino largo y peligroso.

Gilgamesh no se arredró y se puso en marcha. Salió solo y pronto llego a tierra extranjera, alcanzando el monte Mashú, donde el Sol se refugia todas las tardes para descansar tras su carrera diurna. Allí habitaban los terribles guardianes del Sol, gigantes con el medio cuerpo inferior de alacrán. Gilgamesh les dijo quién era y ellos, después de dejarle el paso expedito, le indicaron el camino del paraíso, largo y escabroso.

Durante once dobles horas, el héroe atravesó un de­sierto de arena en medio de la más completa oscuri­dad. A la doceava, la luz brilló, al fin, y Gilgamesh se encontró en un jardín maravilloso, a orillas del mar. Ante él se levantaba el «Árbol de los dioses» cuyos magníficos frutos eran sostenidos por ramas de lapislázuli y piedras preciosas formaban el suelo.

Aquel lugar de ensueño era la morada de la diosa Siduri Sabitú, que habitaba en las extremidades del mar. La diosa, al ver al viajero lleno de lepra y ves­tido simplemente con una piel de animal, tuvo miedo y se encerró en su palacio, ordenando a sus hermosas guardianas que cerraran la puerta.

Después de vencer innumerables peligros, Gilgamesh llegó a la orilla de las aguas de la Muerte, donde contó sus desdichas y manifestó sus deseos al barquero Uru­bel, Ur-Ea o Urshanabi, que estaba al servicio de Utna­pishtim y era el único que podría guiar al héroe duran­te la arriesgada navegación que tendría que empren­der.

Cuando Gilgamesh rogó, al barquero que le llevase a la otra orilla donde moraban los muertos, bienaven­turados e inmortales, Urubel se compadeció y le dijo:

—Te llevare, pero antes debes cortar en el bosque ciento veinte pértigas de sesenta codos cada una.

Una vez hechas y colocadas en la barca, Urubel hizo entrar también en ella al héroe y durante cuarenta y cinco días ambos hombres navegaron por el océano.

Al fin, alcanzaron la tierra de los muertos bienaven­turados en la desembocadura de los ríos. Estas aguas de la Muerte rodeaban el paraíso de Utnapishtim, e impedían que se llegase hasta él. Porque, ¡ay de quien tocaba aquellas aguas malditas!

Pero gracias a la previsión del barquero Umbel, Gil­gamesh pudo evitar el contacto mortal. Y para cruzar a través de las fatales aguas se sirvió de las pértigas, arrojando una tras otra, cuando se gastaban. Al tirar la última quedó franqueado el difícil paso y, poco después, el héroe estaba en presencia de su inmortal antepasa­do Hasisadra o Utnapishtim, a quien pidió su auxilio y manifestó su deseo de alcanzar la inmortalidad que el gozaba.

—No puedo darte el secreto que deseas —le contes­to Utnapishtim—. Si yo he conseguido la inmortalidad ha sido gracias a la benevolencia de los dioses.

Y para probarle que no se podía luchar contra el Destino, le propuso que durante seis días y seis noches no se acostase.

—Huye del sueño, imagen de la muerte —añadió. Pero Gilgamesh, apenas sentado, ¡se durmió!

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

 

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Un sastre llamado Mustafá vivía en la capital de un reino de la China. Pero el hombre era tan pobre que casi no podía mantener a su esposa y a su hijo, llamado Aladino.

Este muchacho andaba siempre vagabundeando por las calles. Y aunque su padre quiso enseñarle su oficio de sastre, no pudo conseguirlo, por lo que el pobre Mustafá, apenado por la inutilidad y malas inclinaciones de su hijo, no tardó en morir.

Al ver que nada podía esperar de Aladino, su madre vendió los utensilios de la sastrería y cerró el estableci­miento, dedicándose a hilar para poder alimentarse.

Aladino, entretanto, a sus quince años, era el mucha­cho más travieso y menos trabajador de la ciudad.

Cierto día que estaba jugando por la plaza, conoció a un mago africano que, fingiendo ser hermano de su padre, le prometió convertirle en hombre de provecho si se iba con él.

—Te pondré al frente de una tienda de telas —le di­jo—, con lo que podrás llegar a ser un acaudalado co­merciante.

Y como el muchacho vio que aquella proposición le venía como anillo al dedo, aceptó encantado.

En los días siguientes, el mago fue enseñando al muchacho cosas maravillosas y extraordinarias, aunque ninguna de ellas relacionada con la tienda que le había prometido. Pero como el fingido tío viera que Aladino se quedaba admirado con cuanto veía, le dijo:

—Mañana verás algo nunca visto.

Hora es ya de saber que el mago africano no era hermano del sastre Mustafá, sino un aventurero que había llegado a aquellas tierras de China, atraído por la noticia de que existía una lámpara maravillosa con la que era posible obtener todas las cosas. Y si utilizaba a Aladino para buscarla, era porque sabía que solo un muchacho de su edad podía hacerlo sin peligro de muerte.

Así, pues, al día siguiente, el mago y Aladino se pu­sieron en marcha, hasta que al cabo de varias horas de andar llegaron cerca de un magnífico palacio rodeado de jardines, fuentes y frondosos árboles.

El mago prendió fuego a unas malezas y derramó un perfume sobre las llamas al tiempo que pronunciaba unas palabras mágicas. Y, ante el asombro y temor de Aladino, con un ligero temblor de tierra se abrió súbitamente una grieta en el suelo, dejando al descu­bierto una losa con una argolla de hierro oxidado.

—Aladino, tira de ella a la vez que pronuncias los nombres de tu padre y de tu abuelo —dijo el mago—. Verás con qué facilidad lo haces.

El muchacho tuvo miedo e intentó huir, pero su fin­gido tío le abofeteó diciéndole:

—Esto lo hago por tu bien, pues ahí dentro se escon­de un tesoro que te hará el hombre más rico del mundo.

Al fin hizo Aladino to que se le ordenaba. Y entonces vio que bajo la piedra aparecían una escalera y una puerta.

—Por ahí se entra a la gruta —dijo el mago—. Toma este anillo y baja. Con él evitarás cualquier mal que te pueda sobrevenir en el interior de la cueva.

Aladino descendió por las escaleras y no tardó en encontrar tres espaciosas salas llenas de jarrones de oro y plata colocados a los lados. Luego salió a un jardín y subió a una azotea, donde había un nicho que el muchacho abrió, siguiendo las indicaciones del mago.

Dentro había una lámpara, de la que se apoderó Aladi­no. Después de guardársela en el seno, el muchacho re­gresó de nuevo hacia la abertura.

Al pasar por el jardín, vio que los frutos que había en los árboles no eran sino perlas, brillantes, esmeral­das, etc. Codicioso de tanta riqueza, se Ilenó de joyas los bolsillos pero, como al llegar a la estrecha abertura le fue imposible salir por culpa de su rico cargamento, pidió al mago:

—Ayúdeme a salir de aquí.

—Dame la lámpara primero, hijo mío —replicó su falso tío.

Pero como Aladino se negara a entregársela a pesar de las insistentes amenazas del mago, éste, irritado, arro­jó unos polvos que tuvieron la virtud de cerrar inme­diatamente la abertura, dejando al muchacho sin posi­ble salida al exterior.

Pasado un rato, el mago intentó abrir nuevamente la grieta, pero todo fue en vano. Entonces fue presa de Ia mayor desesperación, ya que reconocía que por haberse dejado llevar de la ira, acababa de perder la mejor oportunidad de enriquecerse que había tenido en su vida. Finalmente, al ver que todos sus esfuerzos eran en balde, emprendió el camino de regreso y se dirigió hacia el corazón de África, donde estaba su pa­tria de origen.

Mientras tanto, Aladino llamaba en vano a su tío, implorando que le ayudara a salir de allí. Ya estaba desesperado y casi muerto de hambre, cuando se acordó del anillo mágico que llevaba. No hizo más que pedirle que le sacara de allí, cuando se abrió la tierra y Aladino quedó en libertad.

Lo malo fue que el muchacho, para poder salir de su encierro, tuvo que dejar todas las joyas que llevaba, por lo que llegó, a su casa tan solo con la lámpara.

Un día, la madre de Aladino, apurada por carecer en absoluto de dinero, pensó en vender aquella lámpara que había traído su hijo. Y como estaba bastante sucia de polvo, la frotó con un trapo antes de llevársela al trapero. Pero, al hacerlo, salió de ella un enorme gigan­te de aspecto andrajoso.

—¿Que deseas? —dijo—. He de obedecer ciegamente a quien posea la lámpara.

Al ver aquello, la madre de Aladino cayó desmayada, y cuando llego su hijo le contó todo lo ocurrido. El muchacho frotó nuevamente la lámpara y cuando vio aparecer al gigante, le dijo, temeroso:

—Tengo hambre. Dame de comer.

El genio partió al oír esto y no tardó en regresar con una fuente repleta de los más suculentos alimentos y platos, vasos y cubiertos de oro y plata.

A partir de entonces, la lámpara fue la solución de Aladino y de su buena, madre. Pero solo Ia utilizaban para cubrir las necesidades más perentorias.

Un día, sin embargo, Aladino vio a la hermosa prin­cesa Brudulbudura, hija del rey de la ciudad, y tan pren­dado quedó de ella que al instante concibió la idea de hacerla su esposa. Para ello pensaba valerse, natural­mente, de su mágica lámpara.

La madre de Aladino, aunque a regañadientes, fue a pedir al rey la mano de su hija, pero le fue denegada.  ¿Cómo podía una vieja miserable pretender semejante cosa?

Pero tantas joyas y regalos valiosos presentó la mu­jer, gracias al gigante, que, al fin, el monarca accedió a casar su hija con Aladino. También éste, por su parte, deslumbró a la princesa con tantas riquezas como ja­más hubiera podido soñar. Incluso hizo levantar al mago en una sola noche un magnífico palacio, en el que los nuevos esposos fueron a vivir.

Pero ocurrió que tantas maravillas llegaron a oídos del propio mago que un día se fingió tío de Aladino y le reveló el secreto de la lámpara al joven. Y lleno de ira y envidia decidió regresar a China para vengarse del muchacho.

Inmediatamente empezó a rondar por el palacio donde vivía Aladino. Y un día, aprovechando la ausencia de éste, se presentó como comprador de lámparas vie­jas. La princesa Brudulbudura, que sentía aversión hacia aquella lámpara anticuada y astrosa que su marido re­tenía, al parecer por puro capricho, decidió deshacerse de ella.

—Vendédsela a ese hombre —ordenó a sus criados.

Tan pronto como el mago se vio en posesión de la lámpara, la frotó y le pidió al gigante, que se puso a su disposición:

—Trasládame al corazón de África junto con el pala­cio de Aladino y su esposa.

Aladino quedó muy consternado al saber lo ocurrido. Y aunque todos creían que era obra suya to de haber hecho desaparecer el palacio, él sabía muy Bien que aquello era obra de su falso tío.

Y ocurrió que al frotarse las manos con desespera­ción, restregó, al hacerlo, el anillo mágico que le habla dado el mago y que ahora siempre llevaba en un dedo. Inmediatamente apareció el genio de la lámpara.

— ¿Que deseas de mí? —le dijo.

—Que me transportes al lugar donde se encuentra mi esposa.

En un santiamén, Aladino fue conducido al África, a los mismos jardines de su palacio, donde encontró a la princesa. Después de abrazarse con alegría, busca­ron la forma de recuperar la lámpara, que el mago llevaba siempre oculta en el seno.

Todo fue muy fácil. Mientras comían, la princesa echó disimuladamente en la bebida del nigromante unos polvos que le privaron por completo del conocimiento. Inmediatamente, salió Aladino de su escondite, le quitó la lámpara y pidió a continuación al gigante:

—Trasládanos a nuestro país.

Y en un abrir y cerrar de ojos, el palacio volvió a apa­recer en el sitio donde había sido colocado la primera vez. Pero cuando todos estaban otra vez felices y con­tentos, surgió una nueva desdicha, esta vez par culpa de un hermano del mago, hombre de instintos perversos y también muy ducho en cosas de magia.

Al saber lo ocurrido a su hermano, se trasladó al lugar donde vivía Aladino y con engaños y ardides, disfrazado de falsa vieja, intentó, finalmente, asesinar al joven con un puñal; pero éste le arrebató el arma homicida, y, en defensa propia, mató al hermano del mago.

Después todo fue felicidad en aquel reino. Y al morir el rey, Aladino ocupó el trono junto con su esposa Bru­dulbudura. Las crónicas dicen que se mostraron siempre como soberanos buenos y justos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

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Agar era una joven egipcia que Abraham y su esposa Sara trajeron consigo de Menfis, adonde habían tenido que emigrar en una época de hambre que asoló al país.

Dios había prometido al patriarca una posteridad tan numerosa como las arenas del mar; pero la esterilidad de su esposa Sara parecía desmentir el oráculo divino, y el pobre Abraham, anciano de ochenta y seis años, estaba muy triste.

Entonces convinieron ambos esposos en que, para que se cumpliese el oráculo, Abraham tomaría a Agar por esposa. Agar era joven y muy bella y dio un hijo al patriarca.

La infeliz hubiera vivido en paz y tranquilidad crian­do el fruto de sus entrañas, si no hubiera ocurrido una cosa extraordinaria.

En efecto, un buen día, Sara, hasta entonces estéril, concibió y tuvo un hijo a quien llamaron Isaac; sobre, vinieron naturalmente las rencillas entre las dos mujeres y ello dio como resultado la expulsión de Agar, la cual, en compañía de su hijo Ismael, empezó una vida errabunda y llena de privaciones.

Cuéntase que en ocasión de una gran sed que padecieron, al ir Agar en busca de agua, el niño, al verse solo y sediento, empezó a llorar, rabiar y patear el suelo. Y una de las veces que su talón pegó sobre la tierra, esta se hundió y apareció un manantial, que es el que aun hoy alimenta los pozos de Zemzem.

Y también se dice que el lugar en que Abraham, al expulsar de su casa a la esclava Agar, la dejó abandonada, era el sitio en que hoy está emplazada in Caaba.

Agar e Ismael fueron los pobladores de lo que hoy llamamos Arabia, y de alias descienden los árabes.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Ormuz, el principio del bien, y Ahriman, el principio del mal, son los personajes o divinidades más sobresalientes del zoroastrismo, la religión que también es conocida por los nombres del parsismo, mazdeísmo y magismo.

Según esta creencia, la creación del mundo persa debió empezar por medio de la emanación.

La primera emanación de lo Eterno fue la luz, de donde salió el Rey de la misma, Ormuz, ser sagrado y celestial, el conocimiento y la inteligencia personificados.

Ormuz creó el mundo, del cual es conservador y juez. Ormuz, el primogénito del tiempo sin límites, empezó creando a su imagen y semejanza seis genios o espíritus, que rodean su trono y son sus mensajeros para los espíritus inferiores y los hombres, siendo para los mismos los modelos y ejemplos de pureza y perfección.

La segunda serie de las creaciones de Ormuz fue la de los veintidós espíritus que veían la inocencia, la felicidad y conservación del mundo: son modelos de virtud y los intérpretes de las plegarias de los hombres.

La tercera hueste de espíritus puros es más numerosa y está formada por los “farohars”, los pensamientos de Ormuz, o las ideas concebidas por él antes de proceder con la creación de las cosas.

No solamente los “farohars” de los hombres santos y de los infantes inocentes están por encima de Ormuz, sino que éste tiene también su “farohar”, o sea la personificación de su sabiduría y de su idea bienhechora, su razón y su verbo.

La triple creación de los espíritus buenos fue la consecuencia necesaria del simultáneo desarrollo del principio del mal.

El hijo segundo del Eterno, Ahriman, emanó al igual que Ormuz a la luz primitiva y fue puro como él, pero su ambición y soberbia concibió la pasión de la envidia y, para castigarle, el Ser supremo le condeno a vivir durante doce mil años en la región de las tinieblas, el tiempo suficiente – dice el “Avesta”- para que se libre la batalla y se adjudique el triunfo entre el bien y el mal.

Pero Abrimán creó a su vez un sinnúmero de espíritus malos, los cuales llenan la tierra de miseria, malestar y pecado. Los malos espíritus son la impureza, la violencia, la codicia y la crueldad; los demonios del frio, del hambre, de la pobreza, de la esterilidad e ignorancia, y el más perezoso de todos, el demonio de la calumnia.

Ormuz, después de un reinado de tres mil años, creo el mundo material o físico en seis etapas o periodos de tiempo (en el mismo orden que en el Génesis), dando dando existencia primero a la luz terrena (que no debe confundirse con la celestial), al agua, la tierra, las plantas, los animales y el hombre.

Ahrimán asistió a la creación de la tierra y el agua, porque las tinieblas habían invadido estos elementos. Tomó también parte activa en la creación y subsiguiente corrupción y destrucción del hombre, al que Ormuz creo mediante un simple acto de su voluntad y por medio de su palabra.

Además de la semilla de este ser. Ormuz sacó también a la luz de la existencia la primera pareja humana, denominándose Meshia el varón y Meshiana la hembra.

Poco después Abrimán sedujo a la mujer y luego al varón, llevándolos al mal haciéndoles comer ciertos frutos. Con lo cual no sólo pervirtió la naturaleza del hombre, sino también la de los animales, tales como insectos, las serpientes, los lobos, etc. Los cuales de innocuos pasaron a ser nocivos propagando así la corrupción por toda la superficie de la tierra.

En castigo de su inquietud Abrimán y sus perversos espíritus fueron vencidos y arrojados en todas partes, quedando entablada la perpetua lucha entre el bien y el mal.

Dice Zoroastro que en este rudo combate los hombres juntos y prudentes no tienen nada que temer, porque el trabajo es el exterminador del mal, y el hombre bueno obedece siempre al justo juez, cultiva asiduamente la tierra, extrae de la misma buenas cosechas y planta árboles frutales en abundancia.

Transcurridos los doce mil años, cuando la tierra se vea libre de los malos espíritus, aparecen tres profetas que estarán al lado de los hombres ayudándoles con su poder y su ciencia, devolviendo a la tierra su primitiva belleza, juzgando el bien y el mal y dando a cada uno su merecido.

Y así, los espíritus buenos volarán a la región de los bienes eternos e inmutables, mientras que Ahrimán con todos sus demonios y los hombres que lo hayan seguido serán echados a un mar de metal fundido en estado de licuefacción.

Por último, le bien vencerá al mal, la luz a la tinieblas y con ello llegara el definitivo triunfo de Ormuz.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.