Categoría: Asia

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Allá en el principio de los tiempos, cuando la tierra todavía no existía y las aguas del océano ocupaban, como Dueñas absolutas, todo el globo, en la infinita bóveda azul del cielo habitaban los dioses inmortales.

Estos seres sobrenaturales eran, al parecer, semejantes en su aspecto a los hombres de hoy, pero más majestuosos, más fuertes, más hermosos y, sobre todo, más poderosos, pero mortales y reproductivos.

Y aunque un día pensaron en crear al mundo, para distraer su aburrimiento, la verdad es que el creador del Mundo no fue ningún dios. Los dioses vinieron luego, cuando la Naturaleza ya había evolucionado bastante.

La diferencia entre el Cielo y la Tierra se operó al desprenderse de aquella masa primitiva los elementos más puros y transparentes, que por su ligereza se elevaron formando los Cielos; las sustancias más pesadas constituyeron la Tierra.

Entre el Cielo y la Tierra se formó una especie de cereal que se metamorfoseo en un dios, emergiendo de este modo el primer espíritu celeste, llamado Kami. Por aquel entonces, en medio de las aguas terrestres apareció una isla nadando como un pez sobre la superficie liquida. Era Japón.

La bóveda celeste era en aquellos momentos una vasta región surcada por un ancho río (Vía Láctea), en cuyas riberas celebraban consejo con las deidades o Kami (seres simplemente, superiores a los mortales). La tierra se unía al Cielo mediante una escalera por la que bajaba con frecuencia los celestes moradores. Pero un buen día esa escalera se derrumbó en el mar, originándose un istmo.

El llamado “País de las Tinieblas” o Infierno era subterráneo. Y por una de sus entradas afluía el agua de los mares con la que los hombres se lavaban los pecados del día de la Gran Purificación.

Tanto el primer dios como sus seis deidades que le sucedieron fueron hermafroditas y se reproducían por sí mismos. El séptimo genio, llamado Izanagi, se desdobló en un ser macho y en un ser hembra al que se denominó Izanami, calificativos que significan, respectivamente, “el honorable que concede abundantemente” y “la honorable que excita en gran manera”.

Después de quedar constituida esta primera pareja creadora, los dioses se preguntaron: ¿Existen continentes e islas abajo, en las profundidades?

Y asomándose al caos barrizoso armados con una lanza roja de piedra preciosa, llamada Nukobo, la pareja removió el fondo, y la gota de agua turbia que se deslizo al retirar la lanza formo la isla Onogoro.

Allí fue donde Izanagi e Izanami establecieron su residencia y en ella se instituyó posteriormente el Imperio nipón.

Al llegar a la isla Onogoro, el dios macho descendió por el lado izquierdo y la hembra por el derecho. Al encontrarse sobre la “columna del imperio”, el genio femenino, habiéndole reconocido dijo: – Estoy extasiada de encontrar a un joven tan bello. Entonces Izanagi, en tono brusco e irritado, respondió: – Yo soy hombre y, por lo tanto, es justo que hable primero. ¿Cómo te has atrevido a empezar siendo tu mujer?

Luego se separaron y prosiguieron su camino. Pero volvieron a encontrarse de nuevo en el lugar de donde partieron. Esta vez el genio masculino dijo: – Soy feliz de haber encontrado una joven tan hermosa: tu hermosura me fascina; no puedo resistir tus encantos, y todo mi ser arde por ti. ¿Tienes algo a propósito para la procreación? – Tengo en mi cuerpo un órgano femenino – respondió ella.

A lo que el genio masculino agregó: – Y mi cuerpo posee asimismo un órgano de origen masculino y deseo juntar con el de tu cuerpo.

Pero este matrimonio de dioses no conocía el amor. Y fueron dos pájaros los que se lo enseñaron.

Asi dieron vida a su hijo, el dios Hirugo, que nació imbécil y cretino, y tan desmedrado que sus padres lo abandonaron en medio de las aguas de los océanos, dejando que las olas se lo llevaran sobre una lanchita de caña.

Después engendraron una isla que resulto ser de espuma. Y como tampoco les satisfizo preguntaron a los demás dioses la razón de estos dos desafortunados nacimientos. – Ello se debe – les contestaron – a que se ofreció primeramente la esposa.

Del nuevo enlace que efectuaron los dioses nacieron las ocho islas principales del Japón, engendrando acto seguido ella a los dioses que dirigen los vientos, la Tierra, los montes, los árboles, las montañas y, finalmente, al dios del Fuego.

Izanami murió a consecuencia del ígneo parto del dios de Fuego, y su cadáver fue enterrado en la cúspide del monte Hiba. Su esposo Izanagi se enfureció enormemente y no cejó hasta decapitar al recién nacido dios del Fuego. Pero de cada gota de sangre del decapitado, surgió un nuevo dios.

Sin pérdida de tiempo Izanagi se fue en busca de su mujer a los Infiernos, al reino de los muertos – como Orfeo fue en busca de su difunta Eurídice -, pero ésta no pudo regresar al mundo de los vivos ya que había probado manjares del mundo subterráneo.

A pesar de ello, Izanami solicitó de los dioses tenebrosos el favor de poder retornar a la Tierra, exigiendo antes de su esposo la solemne promesa de que la esperaría sin intentar verla.

A pesar de la promesa, el marido se cansó de esperar y penetró resueltamente en los infiernos. Llegado por fin junto a ella, la abrazó con tanto ardor y fuerza que rompió una de las púas de su peineta. Inmediatamente, la diosa se convirtió en un montón de carnes en estado de putrefacción, y a Izanagi le fue imposible reconstruirla y rescatarla.

A la vista de su esposo y entre las recriminaciones de la difunta, se abalanzaron contra Izanagi los ocho Truenos, ayúdanos por las Horrendas Hembras Infernales.

Izanagi, emprendió la huida, logrando escapar obstruyendo la entrada con una roca. Al salir de aquel lugar inmundo, con el objeto de purificarse, se encamino jadeante y fatigado hacia la isla Kyushu, por donde corría el rio de los Naranjos, y en cuyas límpidas y purificadoras aguas se bañó repetidamente.

Entonces en cada parte de su cuerpo que tocaba el agua surgió una divinidad. De una gota que le cayó del ojo derecho nació Tsukino-Kani, el dios de la Luna; de otra gota que se le desprendió del ojo izquierdo, nació Amaterasu, la diosa del Sol; y de una gota de agua que le resbaló de la nariz, nació Susanoo, el dios de la Tempestad, el Hércules de la mitología japonesa, más violento que éste en sus acometidas amorosas y en sus hazañas guerreras.

Y ésta fue la leyenda de la creación del mundo japonés.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

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Brahma es el señor, existente por sí mismo, que está fuera del alcance de los sentidos, sin partes visibles, fuente de todos los seres, ser indeterminado, principio neutro, eterno e inactivo, cuyo desarrollo es la fuente de la creación y desenvolvimiento del mundo.

Este ser invisible e incorpóreo se encarnó para poder enunciar su doctrina. Y a esta encarnación siguieron otras dos, en virtud de las cuales se produjeron los dioses Vishnú y Siva, que junto con Brahma forman “Trimurti” o Trinidad India.

Brahma salió de las profundidades de su eternidad para crear el mundo. Su primera emanación no fue otra cosa que su energía creadora, la madre y origen de las demás: llamabas Sacti, Parasacti y Maya. Fue de la primera mujer y la primera virgen.

Cuéntase que Maya, la ilusión, el principio femenino universal, que salió del seno eterno y absoluto Brahma, que fue la madre virgen de la Trimurti y de todas las cosas, nacidas del mar de leche que brotó de sus pechos, se unió a Kaciapa, el espacio, y dio a luz al hermoso Kama o Kamadeva.

Juzgado Kama, por las mencionadas circunstancias, como hijo de Brahma, este le predijo que sería el poblador de los mundos.

Kama, que era luz, calor, orden, amor, tenía por cabalgadura un papagayo, llevaba el símbolo de la fecundidad expresado por el pez minas, y nunca abandonaba su carcaj con cinco flechas de flores y el arco, cuya cuerda estaba formada de abejas.

El apuesto mancebo tuvo por esposas a Priti, la afección y especialmente a Rati, la voluptuosidad.

Se le representa siempre acompañado de Rati, al que otros denominaron Holica o Vasanti la primavera, que alegra y beneficia, recorriendo los mundos con las reconfortantes brisas. Se le personifica en el árbol del amor.

Este dios de los dioses ejercía también con ellos su poder: al mismo Brahma le hizo enamorarse de su hija Sandhya, y entonces Brahma le predijo a Kama:

  • Pronto serás convertido en cenizas por Siva.

Y así fue; porque Kama hirió a Siva, haciéndole enamorarse de Durga. Por esto Siva lo consumió con su fuego.

Entristeciéronse todos los dioses y suplicaron a Siva, el cual permitió que Kama renaciera en nueva forma, por cuya reconciliación se consideró también a Kama como hijo de SIva.

Kama renació como Pradyumma o Adhoyoni, hijo de Krishna y de su favorita Dukmini. Y como Krishna es una de las encarnaciones de Vishnu, Kama era hijo igualmente de Vishnu.

Así, pues, Kama, hijo de las tres revelaciones de la Trimurti, fue lazo de unión de la misma.

Pero un mal espíritu, llamado Sambara, robo al niño Adhoyoni y lo arrojo al mar. Al pequeño se lo trago un pez, que fue cogido por unos pescadores y llevado a la cocina de Sambara, cuya cocinera era Rati, disfrazada de Mayavati.

Halló ésta un precioso niño en el vientre del pez, lo adopto y lo crio con solicitud maternal. El niño creció, amando a Mayavati como si fuera si madre, hasta que ambos se reconocieron como Rati y Kama.

Entonces volvieron triunfantes a la corte de Krishna, y Sambara sucumbió debido a los golpes que le dio Kama.

 

 

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

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Este mito de la ciudad de fenicia de Biblos expresa la victoria del Sol destructor del verano sobre el benéfico primaveral, que es el esposo de la tierra lozana, y se funda en el himeneo universal del risueño y espléndido Cielo con la fecunda y hermosa Naturaleza, y de cuya unión dependen la vida y la producción de las cosas.

El Baal de Biblos era Adón y la Baaltis era Ashera, la esposa o SENORA. El culto al estío estaba representado por Moloch, que simbolizaba el dios de la muerte, divinidad cuyo culto se extendió al pueblo fenicio y posteriormente a Cartago.

Según la leyenda, Moloch, que ardía en celos ante la dicha de Adón y Ashera, se convertía en fiero jabalí y mataba con el monte Ida del Líbano a su encantador rival, hiriendo mortalmente en el sexo al joven dios Adonis-Tammuz y extendiendo su maléfico poderío sobre la tierra.

Al llegar el otoño, las lluvias fertilizaban la tierra y la esposa divina se trocaba en Salambó, imagen de pureza que, triste y sin consuelo, lloraba el trágico fin de su amado Adón.

El copioso llanto de Salambó refrigeraba los campos secos, retornaba a la vida al adorado esposo, y al conjuro del amor renacía la vida en la naturaleza.

En Biblos, la primavera deliciosa, en la que la floración y fructificación de árboles y de plantas se realizaba espléndidamente, era considerada como el resultado de la unión feliz de ambas divinidades. Pero al llegar el estío la fuerza de los rayos solares y el vaho caliginoso que desprendía la tierra, agostaban los cultivos y hacían muy difícil la existencia a los habitantes, que no podían resistir los rigores de tan alta temperatura, y la sequía los diezmaba.

Así se explica que todos los años fueran sinnúmero los seres que perecían víctimas de la insolación y devorados por la fieras sedientas, que recorrían el país alocadas en busca de agua.

La leyenda descrita originó un culto que hizo famosos a Moloch y al templo de Biblos.

Se cuenta que durante el periodo estival, cuando el sol abrasaba la vegetación y calcinaba los huesos de los muertos, Gebal o Biblos quedaba convertido en un lugar de expiación, donde las gentes eran presas de un aura de exaltación mística.

En efecto, un sentimiento de terror, más que de devoción, se apoderaba de la muchedumbre, que iban al templo a impetrar piedad y conmiseración para sus dolores y miserias. Los peregrinos, formando una hilera interminable, se entregaban a toda clase de aberraciones.

Las mujeres, con el rostro sudoroso, desgreñadas, con los vestidos desgarrados, se punzaban de continuo con los cilicios y lanzaban gritos de angustia y desesperación, llorando la infausta muerte de Adón Adonim. Los hombres, por su parte, se flagelaban ferozmente unos a otros y su delirio llegaba al paroxismo hasta penetrar en el templo, fatigados y en plena vesania.

Entonces hacia su aparición el sumo sacerdote que, revestido de purpura y tocado con una alta tiara de oro y pedrería, explicaba a la atónita multitud lo que significaba el pavoroso culto que se conmemoraba.

Se efectuaban sacrificios humanos, y durante los mismos se practicaba, según Tácito, la curiosa ceremonia de cambiarse los trajes hombres y mujeres, imitando a la estatua Afrodita, que tenía cuerpo y vestido de mujer, y sexo y barba de varón.

En el aniversario de la muerte de Adón, se sacrificaban cerdos para vengarse del jabalí matador, los cuales habían sido alimentados con higos y no habían comido inmundicias. Participaban en la fiesta de sacerdotes, danzantes, matarifes, mozos, porteros, y se practicaba la prostitución sagrada como en Babilonia.

Era costumbre que las mujeres entregaran su virginidad a un extranjero y luego ofrecieran a la diosa una moneda de plata como fruto de la sagrada cópula; los hombres iniciados entregaban un falo y sal, emblemas del nacimiento de Venus.

Sería interminable el relato de los distintos episodios a que dio lugar el horrendo y repugnante culto al dios antropófago Moloch, que imperaba en Fenicia durante el estío.

La superstición de todo el pueblo adquirió caracteres extraordinarios, enormes. Y parecen inconcebibles los extremos de crueldad a los que llegaron los fenicios y cartagineses, con su mente sojuzgada por la horrible creencia de un dios vengativo y feroz, que era la encarnación de la crueldad erigida en norma.

Impulsados por una fe ciega, los padres llevaban a sus propios hijos al sacrificio; entregaban voluntariamente a los niños de corta edad para que fueran devorados por el monstruo candente, que simboliza la estación devastadora.

Se debe resaltar que los niños torpemente inmolados eran los más bellos y robustos. ¡Es incalculable el número de niños que fueron sacrificados en holocausto a la voracidad de dios de las fauces metálicas y entrañas de fuego!

La segunda parte del terrible poema se celebra en el otoño. Los fanáticos fenicios, dando prueba de su estulticia, se entregaban durante siete días a llorar, en compañía de Salambo, la muerte de Adón.

El rito funerario prescribía más penitencias y más mortificaciones. Las escenas antes descritas se repetían, mientras las muchedumbres, impresionadas por el redoble de los tambores y el sonido de las flautas, sollozaban hasta caer exánimes debido a que no podían resistir las prácticas de ritual.

Al terminar el séptimo día, los ecos de los crótalos eran el anuncio de que el dios Adón había renacido. Entonces todos los peregrinos prorrumpían en exclamaciones de alegría y corrían alocados al templo para dar gracias.

Y luego, aquella enloquecida multitud, poseída del ansia de vivir y de gozar, abandonaba el templo y corría a los bosques para rendir culto a la diosa del placer.

 

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

 

 

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A continuación les compartimos la leyenda de la soberbia del árbol:

Hace muchísimos años que en la cumbre más alta del Himalaya se levantaba un árbol gigantesco, de extraordinaria frondosidad, a cuya sombra iban a cobijarse todos los habitantes de aquellas apartadas regiones.

Y ocurrió que cierto día, un santo monje budista llamado Shinram, extenuado por el calor y la fatiga de una larga caminata, fue a sentarse a la sombra acogedora del gran árbol. Y el bonzo no pudo por menos que dirigir al esplendido vegetal palabras de agradecimiento y admiración.

Es evidente – le dijo – que debes gozar de la protección de algún poderoso dios, puesto que ni el huracán ni las ventiscas – que tan violentas son en el Tibet – han podido desbaratar tu magnifica melena, ni abatir tu soberbio tronco en el curso de los siglos. ¿Es acaso el mismo dios del Viento quien te protege?

¡Ni mucho menos! – contesto el árbol con altivez, sacudiendo sus frondas con un ruido semejante al trueno -. Por ese lado te engañas, anciano. Nunca me ha protegido ninguna divinidad, y menos aún el maligno Viento, que no tiene amigos ni perdona a nadie.

Entonces…- dijo el monje.

Lo que sucede – interrumpió el árbol – es que nadie ni nada puede contra mí, por fuerte y poderoso que sea. Cuando el viento se desata furioso y arrolla con su ímpetu a los demás árboles, se detiene como agotado ante mí potencia y se retira, mudo y temeroso, deseando en su corazón que yo no me encolerice contra él y le castigue severamente.

Tales palabras, llenas de soberbia y de necia jactancia, indignaron al bueno de Shinram, sabido es que tibetanos adoran los lagos, los montes, los bosques, el sol, y diversos fenómenos como manifestaciones de su dios.

También aquel monje, al igual que otros muchos bonzos budistas, creía que el dios creador de todo lo existente se unió con otro del sexo femenino, y de su unión salieron los hombres primitivos, o pequeños dioses, y la Tierra.

Es decir, que Shinram, creía que el Cielo y la Tierra venían a ser como seres de distinto sexo; el Cielo, masculino, tenía como principio fecundante el Sol, el cual emitía los gérmenes de reproducción en los “fecundísimo senos de la Luna” la cual los enviaba a la Tierra, ser femenino.

Los coreanos, en cambio, creen descender de una vaca que vivía en las playas marítimas, aunque las clases nobles, en su orgullo, se han denominado siempre hijos del Sol.

Mirando fijamente al soberbio árbol, el monje budista exclamó con acento indignado: – ¿No te da vergüenza?, ¿Cómo te atreves, miserable vegetal, a emplear ese acento lleno de desprecio para uno de los dioses más poderosos, que es el terror del universo?

Y poniéndose de pie, decidió a abandonar aquellos lugares, añadió: – me voy de aquí aunque cansado y deseoso de sombra y de frescura, no puedo detenerme ni un minuto más a hablar con un ser tan indigno y necio como tú.

Acto seguido marchándose indignado, apoyándose en su grueso cayado y murmurando palabras de enojo contra el soberbio árbol.

Pero aún no había desaparecido en la lontananza, cuando el cielo se oscureció, la tierra se puso a temblar y presentándose el Viento en persona y con un espantoso silbido, agitando amenazadoramente sobre el árbol sus potentes brazos hechos de nubes.

Cuando el árbol vio al poderoso dios junto a él, se estremeció hasta sus más profundas raíces y en su fuero interno deseó no haber pronunciado jamás aquellas insensatas palabras.

¿Qué tal arbolito? – aulló el Viento -. ¡Así que yo no soy bastante potente para ti! ¡Ja, Ja!

Y al reír todos los árboles del bosque se doblegaron aterrorizados hasta el suelo. El Viento prosiguió diciendo, malhumorado: – ¡muy bien! ¡De manera que te tengo miedo! ¿No sabes que si yo quisiera te derribaría en un instante como el más pequeño de los arbustos? Si ahora te he perdonado la vida, ingrato, y te he conservado intacto durante siglos, es porque en la noche de los tiempos, cuando el mundo era todavía en gran parte un caos, el dios Brahma, cansado del trabajo de la creación del mundo, vino a reposar a tu sombra. ¿No lo sabias, acaso? – No, no lo sabía – acertó a murmurar el árbol. – Y ha sido precisamente en memoria de aquel hecho – agrego el Viento -, por lo que te he concedido la vida hasta hoy. Pero tú me has insultado, me has ultrajado, y por eso mereces el castigo más atroz. Pero no lo aplicaré ahora, sino mañana.

¡Perdón! – suplico el árbol -. ¡Te prometo no volver a hacerlo!

Pero el Viento, sin hacer caso de tal suplica, prosiguió con tono amenazador: – quiero castigarte a la luz del sol para que todos puedan ver como el Viento trata a los ingratos y soberbios. ¡Hasta mañana!

Y tras haber lanzado un último silbido que abatió a los arboles de la selva y heló a las fieras en el fondo de sus guaridas, desapareció tan rápidamente como había venido.

Poco después vino la noche y el silencio y las tinieblas envolvieron al mundo. Todas las plantas se adormecieron rendidas y temerosas. ¡Solo el árbol del Himalaya velaba en su angustia! Y, acongojado, decía para sí: “¡Que gusto me desdeciría de cuanto he dicho al monje budista y me retractaría de todo! ¡Ahora quien sabe lo que me espera! Probablemente seré arrancado de cuajo, hecho pedazos y triturado; mi tronco y mis ramas serán esparcidas por la selva, marchitos y secos, y solo serán útiles para arder en una hoguera. ¡Después de tantos siglos de vida y reinado, seré borrado de la faz de la Tierra…!”

Pero a medida que iba meditando en estas cosas, se le ocurrió que talvez existía un remedio heroico, una última esperanza de sobrevivir: resistiendo la furia del Viento.

Si – murmuro el árbol -, despojado de todas mis ramas y de todas mis hojas, podre resistir mejor los embates de mi enemigo.

Y así los hizo seguidamente. En un momento se despojó de todas las ramas, se arrancó hasta la última hoja, y las primeras horas del alba encontraron, en el lugar del árbol magnifico, señor de la selva y rey de todos los bosques, un miserable tronco, mutilado y desnudo.

Unos momentos después se presentó el Viento, como había prometido. Venía lleno de cólera y deseoso de vengarse. Pero entonces ocurrió algo curioso, sorprendente.

Cuando el dios estuvo junto al árbol y lo vio sin hojas y con las ramas y las flores esparcidas por el suelo, su cólera se desvaneció instantáneamente y comenzó a reír con una risa primero breve y queda, luego fuerte y sonora, que invadió toda la tierra y la sacudió hasta sus cimientos.

¡Por fin una vez recobrado el aliento, dijo con ironía: – En verdad que no te conozco, árbol soberbio! El castigo que tú mismo te has infringido ha sido mucho más atroz que el que yo habría podido aplicarte con toda la fuerza de mi cólera. Ahora eres un espectáculo realmente grotesco, porque todos se reirán de ti: los animales y las plantas, los hombres y también los dioses. ¿Qué mayor venganza contra un soberbio y necio como tú? ¡Ja, Ja!

Y profiriendo sonoras carcajadas regreso a la áurea morada de los dioses, dejando al árbol triste y humillado.

 

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

 

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Refiere una antigua leyenda china que el Universo procede de un huevo, cuya gestación duro dieciocho millones de años, del que brotaron el Cielo y la Tierra. De la unión de estos se formó el ser Pan-Ku, quien se extendió sobre la Tierra, y al morir, toda la naturaleza emano de su organismo.

Los árboles y las plantas salieron del vello de Pan-Ku; de sus dientes y huesos, los metales; su cabeza y su tronco dieron origen a los montes; sus venas, a los ríos; el sudor de su cuerpo se convirtió en lluvia. Y finalmente el hombre y los demás animales proceden de los parásitos que cubrían el cuerpo de Pan-Ku.

Este primer ser, llamado también Hoen-Tu (caos primordial), vivió dos mil seiscientos treinta y siete años antes de nuestra era. Y poseía tanto dominio sobre la Naturaleza, que modificaba montes, ríos, valles y mares a su antojo. Por eso se dijo de él que era el ordenador del mundo.

Después de Pan-Ku empezaron tres grandes reinados. Primero el del cielo; luego, el de la tierra, y por último el del hombre. Todo ello se desarrolló en el espacio de ciento veintinueve mil seiscientos años. Lo que constituye un gran periodo compuesto de doce partes llamadas “conjunciones”, de diez mil ochocientos años cada una, las cuales comprenden también la destrucción de las cosas.

En el primero de los reinados se verificó la actual formación del cielo, que se hizo sucesivamente por el movimiento que la gran cumbre, o el ser primordial, imprimió a la materia, que se hallaba antes en un reposo absoluto.

La tierra se produjo en la segunda “conjunción”, tal como antes se había formado el cielo.

Y en la tercera nació el hombre, como los demás seres de la naturaleza, incluidas las plantas.

Para cada periodo existe también su correspondiente soberanía: los tres Hoang, los tres Augustos revestidos de poderes, de estructura y de símbolos diversos, con formas diferentes de las de la actual humanidad.

Los primeros Hoang tenían cuerpo de serpiente. Los segundos, rostros de muchachos, cabeza de dragón, cuerpo de serpiente y pies de caballo. Los terceros, rostro de hombre y cuerpo de dragón o de serpiente.

Transcurrieron otros diez grandes periodos de tiempo llamados Ki, durante los cuales los hombres sufrieron nueva metamorfosis. Primeramente vivían en cuevas, trepaban por los árboles, construían sus viviendas y nidos sobre los altos troncos y montaban en ciervos alados y dragones.

Finalmente, comenzó el imperio del hombre sobre la naturaleza, y los seres humanos dejaron de habitar las cuevas y los nidos. ¡Pero los hombres eran muy desdichados!

Hasta entonces los hombres, metidos en cuevas o encaramados en los árboles, poseían el Universo. Todo era de todos, aun cuando carecían de todo. Los reyes tenían carros tirados por seis unicornios alados. Abundaban las serpientes venenosas y los grandes animales, mientras las aguas eran estancadas y pestilentes.

Sin embargo, como los hombres no pensaban en hacer daño a las bestias, estas tampoco les ofendían ni atacaban. ¡Pasaron miles de años y los hombres adquirieron demasiadas luces! Cansados de cubrir su desnudez con vestidos de hierbas, mataron a los animales para hacerse vestidos con sus pieles.

Y esta fue la causa de que se rebelasen las fieras, antes sosegadas y pacíficas. Los animales armados de garras, dientes, cuernos y veneno, atacaban a los hombres, que no podían resistirles.

Se inició entonces una guerra y la Naturaleza perdió su quietud. La lucha comenzó para siempre. ¡Desde aquel instante el mundo perdió su tranquilidad y reposo!

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

 

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En un principio, cuando “arriba”, el Cielo no tenía aun denominado “abajo”, la Tierra carecía de nombre, únicamente existía Apsú, el océano primordial, y Tiamat, el mar tempestuoso.

De sus aguas resultaron, al fundirse, todos los seres, incluso los dioses. Mummú (el tumulto de las olas) fue el primero en salir; luego Lahmú y Lahamú, una pareja de serpientes monstruosas, que a su vez dieron vida a Anshar (el mundo celeste) y a Kishar (el mundo terrestre).

De estas dos serpientes nacieron los grandes dioses: Anú, el poderoso; Bel Marduk, creador del hombre y posteriormente, el dios que intervenía en todo lo relativo a la Tierra; Ea, el dios anfibio de la vasta inteligencia, y las demás divinidades: los Igigi, que poblaron el Cielo, y los Anunnaki, extendidos por la Tierra y los infiernos.

Sin embargo, muy pronto los dos primeros elementos, Apsú y Tiamat, decidieron destruirlos porque estaban descontentos debido a que los dioses turbaban si divino reposo.

Ocurrió entonces que Ea, la que gracias a su poderosa inteligencia lo sabía todo, al darse cuenta de su propósito, hizo uso de las artes mágicas y se apodero del poderoso Apsú y del violento Mummú. Entonces Tiamat reunió a su alrededor un cierto número de dioses y dio nacimiento a enormes serpientes y espantosos monstruos (a los Monstruos de la tempestad, a los Huracanes, a los Hombres-peces, a los Hombres-escorpiones y a los Hombres-carneros, además de los perros furiosos).

Tiamat se dispuso inmediatamente a lucha contra los otros dioses después de elegir como jefe de su ejército a Kingú, al que hizo soberano de los dioses clavando en su pecho las “tabletas de los destinos”.

Anshar y Ea, por su parte, se prepararon para hacerles frente nombrando jefe del ejército de los dioses que estaban con ellos al valeroso Bel Marduk, por considerarlo más animoso que Anú.

Después de recibir la autoridad suprema, Bel Marduk cogió su arco y su carcaj y, tras iluminar su cara con un relámpago, construyó una red para envolver en ellas a Tiamat. Seguidamente, desencadeno los Vientos y los puso a su lado, y también al Diluvio, montó en su carro y seguido de sus tropas y precedidos de una horrenda tempestad, se dirigió “vestido de espanto “a desafiar a Tiamat.

La batalla fue indescriptible. Bien pronto, al resultar muerto Tiamat por una flecha que le arrojo Bel Marduk, encadenado Kingú y enviado al mundo infernal y en desbandada su ejército, Bel Marduk pudo cantar victoria.

A continuación, hendió el cráneo de Tiamat, “seccionó los conductos de su sangre, cortó el cuerpo como un pescado, en dos partes, y de una de ellas hizo la bóveda del Cielo, y de la otra, el soporte de la Tierra”.

Después enraizó el Mundo y lo organizo; primero construyo en el cielo una morada para los dioses y después instalo en lo alto las estrellas, regularizando el curso de los astros. Cuando el orden celeste estuvo establecido, se ocupó de la Tierra, que estaba totalmente sumergido bajo el mar. “En la superficie de las aguas trenzo un enrejado, creó el polvo y lo echo sobre el enrejado”. Y así creó la Tierra.

Después hizo la humanidad, amasando al hombre con su propia sangre. O, según otra interpretación, con la de Kingú, secundario en esta labor por el dios Ararú, que “produjo con Bel Marduk la simiente de humanidad”.

Finalmente, hizo aparecer los animales salvajes y domésticos y los grandes ríos.

De esta forma quedo terminada la creación del Mundo.

Tras la victoria de Bel Marduk sobre Tiamat, cada divinidad recibió sus propias atribuciones. A Anú le correspondió el Cielo, a Marduk la Tierra y a Ea el elemento líquido. Así quedo constituida la trinidad de los grandes dioses.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.