Categoría: Alemania

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Un día de mayo del año 1433 en la época de Concilio Basilea, un grupo de eclesiásticos fue a pasear por un bosque cercano de la ciudad. Formaban aquél prelados, doctores, monjes de toda clase, y y discutían acerca de puntos difíciles teológicos, poniendo distingos, argumentando, acalorándose acerca de las annatas, las expectativas y las restricciones, empeñándose en averiguar si Santo Tomas de Aquino había sido mayor filósofo que San Buenaventura…¡qué sé yo! De pronto, en medio de sus discusiones dogmáticas y abstractas, calláronse, quedando como si hubieran echado raíces bajo un tilo florido en el cual se escondía un ruiseñor que daba al aire sus más melodiosos, sus más suaves, dulces y enamorados trinos. Todos aquellos sapientísimos varones sintiéronse maravillosamente emocionados, sus escolásticos corazones abriéronse a aquellas cálidas emanaciones de la primavera; despertaron de la abstracción glacial en que se hallaban sumidos; se miraron con sorpresa y arrobamiento, hasta que, al fin, uno de ellos hizo observar sutilmente que todo aquello no le parecía muy canónico, que aquel ruiseñor podía ser muy bien un demonio, y que ese demonio había venido a interrumpir y desviar su conversación cristiana por medio de sus seductores cantos, que les arrastraban a la voluptuosidad y al pecado. Entonces uso contra él el exorcismo que se acostumbraba…dícese que el ave contestó al conjuro: “sí, yo soy un espíritu maligno”, y tendió el vuelo sonriendo. En cuanto a los que le habían oído cantar, aquel mismo día enfermaron, no tardaron mucho en morir.

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A.

El enano Alberico había muerto con el dolor de no poder recuperar el anillo de oro. Pero esta obsesión del anillo de los Nibelungos se conservaba intacta en su hijo Hagen que era, si cabe, más cruel que su padre.

El ambicioso Hagen tenía dispuesto un plan diabólico para hacerse con la ansiada joya. Para ello se servía de dos hermanos que vivían con él: Gunther y Cri­milda.

Hacía tiempo que en un castillo del Rhin habitaba el joven y apuesto Gunther, rey de los Burgundios, con su hermosa hermana Crimilda, la de las largas trenzas doradas, a los que servía como consejero el pérfido Hagen.

Los súbditos de Gunther le instaban en vano a que tomara esposa para que les diera un heredero. Pero el monarca no se decidía por ninguna. Había oído hablar de la walkiria Brunilda, encerrada en un cinturón de llamas y, aun sin verla, se había enamorado locamente de ella, hasta el punto de desear hacerla su esposa.

—O Brunilda o ninguna —solía decir—. Pero, ¿cómo puede conquistarse una esposa encerrada en un círculo de fuego?

—Yo sé quién podría traerte a Brunilda —le dijo un día su consejero Hagen—. Es Sigfrido, el hombre que ha matado el dragón y que es ahora dueño absoluto del tesoro de los Nibelungos.

Seguidamente, el malvado Hagen expuso a Gunther el plan que había elaborado para conseguir que Sigfrido le entregase a la mujer que tanto amada.

Mientras tanto, Sigfrido y Brunilda gozaban juntos de las delicias de un amor verdadero y correspondido. Pero llegó un momento en que la hermosa walkiria com­prendió que no debía retener a su amado en la ociosi­dad de una vida vulgar.

—Anda, ve a emprender las hazañas a que estás desti­nado —dijo a Sigfrido.

Entonces, el héroe le entregó el anillo mágico en prue­ba de amor y partió llevándose el caballo, el escudo y el yelmo que le hacía invisible.

No tardó en hallar a Guther y Hagen, que le salie­ron al paso y se le mostraron como amigos. Tanto con­geniaron Sigfrido y Gunther, que llegaron incluso a ce­lebrar el Pacto de la Sangre, consistente en jurarse fidelidad y amistad sellada con mezcla de la sangre de ambos.

Y así sucedió. Apenas el héroe bebió el filtro de amor que la misma Crimilda le ofreció, olvidó a Brunilda, la fidelidad que le había jurado y todo lo demás: y ya no tuvo ojos más que para Crimilda; se sintió fascinado por ella y deseó hacerla su esposa inmediatamente.

—¡Oh Gunther! —le dijo—. Te ruego me concedas a tu hermosa y dulce hermana Crimilda por esposa.

El rey de los Burgundios calló pero el pérfido Hagen habló por él en estos términos:

—Para obtener la mano de Crimilda, es preciso que traigas al rey Gunther la walkiria Brunilda.

A Sigfrido el nombre de Brunilda le pareció desconocido. El nuevo amor le había quitado la memoria y no se acordaba de nada. ¡Así era el filtro de poderoso!
Luego Hagen hizo que Gunther le dijera a Sigfrido que estaba enamorado de Brunilda Y el héroe no solo no se ofendió, sino que se ofreció para ir en persona a obtenerla para traérsela a su amigo. Se valdría de un truco consistente en adoptar la figura de Gunther me­diante el yelmo mágico.

Tomado, pues, el aspecto de Gunther, Sigfrido se presentó ante su antigua amada, la tomó por la fuerza y la condujo al castillo del rey. Brunilda llevaba el anillo que la fortalecía con el recuerdo de Sigfrido, pero la llegada de aquel extranjero con el yelmo de su amado, la desconcertó en extremo.

Cuando Brunilda descubrió la atroz superchería de que el propio Sigfrido fingía ser Gunther, su primera reacción fue clamar a los dioses pidiendo justicia. Pero cuando vio que Sigfrido obraba sin entender nada, ju­rando con la mayor tranquilidad que jamás traiciono a nadie, la walkiria comprendió qua algo misterioso y profundo se encerraba en todo aquello.

Entretanto, la conspiración del malvado Hagen avan­zaba hacia un desenlace fatal.

Las bodas de Gunther y Brunilda se celebraron al mismo tiempo que las de Sigfrido y Crimilda. Todos eran felices, menos Brunilda: la infeliz walkiria no solo no deseaba casarse con el rey, sino qua tenía que ver cómo su amado Sigfrido se casaba con Crimilda.

¡Pobre Brunilda! No había paz para ella; se hallaba en palacio, ofendida y humillada, y apenas terminó la fiesta nupcial se retiró, a sus habitaciones y lloró deses­perada, meditando su venganza. Desde aquel momento no dejó un segundo tranquilo a su esposo. Todos los días le incitaba contra Sigfrido. Y tanto dijo e hizo, que al fin el rey, para complacerla y por seguir también los pérfidos consejos de Hagen, prometió desembarazarla de la odiosa presencia del héroe.

Para ello escogió un día de caza. Sigfrido había ma­tado ya dos jabalíes y un oso, pero, sintiéndose cansa­do, se retiró, a descansar a la orilla de un riachuelo. El traidor Hagen, que no le abandonaba ni un segundo, le siguió hasta allí. Se había enterado de que el héroe era invulnerable en todo el cuerpo excepto por la espalda, y solo buscaba la ocasión propicia para apuñalarle a traición.

De pronto, mientras Sigfrido, sediento, se inclinaba para beber en la corriente, Hagen le hundió, rápidamente la punta de su lanza en la espalda, en el único punto de su cuerpo en que era vulnerable.

Sorprendido así a traición, Sigfrido no pudo defen­derse: fulminado, cayó al suelo y murió. Gunther se precipitó sobre el cadáver, lo que le permitió oír la última palabra de su amigo: ¡Brunilda!

El traidor Hagen se abalanzó entonces sobre el muerto para apoderarse del anillo mágico que llevaba en uno de sus dedos, pero Gunther le cortó el paso para impedírselo. Pelearon un instante, hasta que vieron llegar a caballo a Brunilda. Esta fue solamente hacia Sigfrido y, llorando desconsolada y presa de vivo remordi­miento, contemplo largamente a su amado.

–Que hagan una pira —ordenó.

Cuando la pira estuvo preparada, colocó sobre ella el cadáver de su amado y le prendió fuego. Después, tan pronto como las llamas se remontaban hasta el cielo, la propia Brunilda, valientemente, se arrojó entre ellas reuniéndose así con el héroe que debió ser su esposo en vida.

Poco a poco, el fuego creció de manera desmesurada y una negrísima nube de humo se elevó hacia lo alto. Arriba, en el mundo de los dioses, Loge rodeaba con sus brazos de fuego el Walhalla.

Y mientras abajo, en la tierra, Sigfrido y Brunilda se quemaban en la misma pira, arriba también los dio­ses ardían en el mismo fuego que los dos amantes. Instantes después, hasta las cópulas doradas, enormes, del Walhalla, se agrietaron y se disgregaron como polvo.

Era el crepúsculo de los dioses.

Del anillo mágico no quedaba nada. Sólo un momen­to se vio un vivo fulgor, que desapareció rápidamente como una estrella fugaz. Luego, el agua del Rhin, venida de no se sabe dónde, fue cubriendo lentamente todas las cenizas y se llevó consigo el oro que nunca se le debió quitar.

Cuando Crimilda supo la muerte de Sigfrido se mostró inconsolable, y ya no pensó en otra cosa que en vengar a su esposo.

Años más tarde, se casó con Atila, rey de los Hunos. Y desde el día de su boda, Crimilda no hizo ya sino azuzar a su marido contra su hermano Gunther y su malvado consejero Hagen, a los que culpaba de la muerte de Sigfrido.

Cierto día, cuando todo parecía olvidado, Crimilda organizó una fiesta a la que invitó a Gunther, a Hagen y a los principales jefes y guerreros de los Burgundios. Nadie sospechaba nada y todos, por tanto, aceptaron gozosos el convite. Pero apenas los invitados se senta­ron a la mesa en la gran sala del banquete, los guerre­ros hunos, apostados por Crimilda, surgieron por todas partes y con sus espadas desenvainadas mataron a todos los desprevenidos invitados.

Un guerrero burgundio, antes de morir, mató de una puñalada a la desgraciada Crimilda. Y se cuenta que de aquella terrible matanza solo escapó con vida el joven Teodorico, que más tarde fue rey de los Amalos y de Italia.

Así quedo cumplida la maldición del enano Alberico: el tesoro de los Nibelungos no dio al mundo más que destrucción y muerte, hasta quedar otra vez sepultado en el fondo del Rhin.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

El dios Wotan había dejado el anillo encantado en la gruta del bosque que un horrible dragón custodiaba celosamente.

Pasaron así años y años y, sin embargo, ninguno de los que conocían la existencia del anillo podían olvi­darla. Les había envenenado el corazón.

Entretanto, bajo la vigilante y amorosa guía, del con­trahecho y maligno enano Mime, el joven Sigfrido crecía cada día más hermoso y fuerte. El enano le había enseñado una porción de cosas útiles, entre ellas traba­jar el hierro y el oro… Pero el más ardiente deseo del muchacho era poseer una espada fuerte e irrompible.

Y es que Mime trabajaba día y noche forjando es­padas, pero con un golpe leve de sus poderosos brazos, Sigfrido las destrozaba todas en un momento: ninguna espada era bastante buena para él, ninguna podía resis­tir su extraordinaria fuerza.

Cierto día, el enano pensó unir los dos trozos de la espada que Siglinda le había confiado antes de morir. Quizá fuera aquella precisamente la espada que Sigfri­do necesitaba. Pero por mucho que lo intento no con­siguió soldar los dos pedazos. No querían unirse, y al primer golpe, volvían a romperse.

Una tarde, cuando Mime, cansado del trabajo, se ha­llaba a la puerta de su cabaña, esperando a Sigfrido, vio de pronto a su lado a un extraño individuo con as­pecto de mendigo que le miraba con ojos centelleantes.

–¿Qué quieres de mí? —le pregunto el enano, malhu­morado–. Anda, vete al diablo.

A lo que respondió el mendigo, con voz dulcísima:
—Tú me despides, y, sin embargo, yo podría decirte muchas cosas… Por ejemplo, sé que te afanas inútilmente en unir los dos trozos de la espada de Sigmundo; también sé que quieres armar con ella a Sigfrido para que maté con ella al dragón que custodia la entrada de la cueva, y de este modo poder apoderarte del teso­ro de los Nibelungos que hay allí…

El enano se tornó pálido como la cera al oír estas palabras; pero el desconocido prosiguió sin hacer caso:

—Y se igualmente quien podría soldar de nuevo la espada encantada.

–¿Quién? ¿Quién? —preguntó Mime.

—Únicamente podrá conseguirlo aquel que no sepa lo que es el miedo —respondió el mendigo.

Y tras decir esto, aquel hombre extraño desapareció, mientras un trueno terrible y lejano retumbaba en todo el valle del Rhin

—Entonces yo no podré unir la espada —se dijo el enano—, porque siempre tiemblo de miedo.

En aquel momento apareció Sigfrido en la cabaña y dijo al enano Mime con alegre voz:

—Oye, Mime, ¿tienes ya la espada? Dámela, la quie­ro… ¿Cómo? ¿Que no la has conseguido unir todavía? ¡Tráela veras como la arreglo yo…!

Y tomando de manos del enano los dos trozos de la espada, los arrojó en el crisol, reanimó el fuego e hizo fundir el metal. Entonces, lo que Mime no pudo lograr en años, para Sigfrido fue cuestión de momentos. La espada quedó rehecha. Su mismo brillo llenaba de gozo el corazón del joven. Era además grande, afilada, poderosa.

Sigfrido quiso probarla inmediatamente. La cogió y blandiéndola en el aire, descargo un golpe en el yunque y este se partió en dos, como si hubiera sido de mantequilla.

— ¡Mira, Mime, mira! —Gritó entonces el muchacho, loco de alegría—. Por fin tengo una espada irrompible. ¡Pronto, pronto, llévame a donde está ese famoso y te­rrible dragón!

–Sí, mañana iremos —respondió el enano, sin poder contener la alegría que le dominaba al pensar que por fin iba a ser dueño del tesoro.

Al amanecer del día siguiente, Sigfrido y Mime aban­donaron la cabaña y se dirigieron a buen paso hacia la cueva donde se hallaba oculto el tesoro de los Nibe­lungos. Un jilguero siguió a los dos hombres, saltando y volando de rama en rama, y parecía que con su canto quisiera hablar y revelarle a Sigfrido muchas cosas. ¿Qué querría decirle el pajarillo?

De pronto, el enano Mime, que había conducido a Sigfrido hasta aquel momento, no quiso seguir ade­lante.

—Anda, ve tú solo —le dijo.

Sigfrido avanzó, obedeciendo. Apartó unas ramas y entonces vio la cueva donde se hallaba el tesoro de los Nibelungos. El enorme dragón se hallaba allí, a la en­trada de la gruta, vigilante y terrible, alargando sus enormes fauces, rojizas y espumeantes.

Sin vacilar lo más mínimo, Sigfrido se lanzó resuel­tamente contra el monstruo, que se irguió amenazante sobre sus patas traseras para arrojarse sobre el joven. Era to que Sigfrido esperaba. Tomó aliento, dio una pequeña carrera y blandiendo la espada con fuerza hirió al monstruo en el corazón. Luego, de un salto, se hizo rápidamente a un lado.

El terrible dragón, después de lanzar un tremendo rugido, se retorció convulsivamente y cayó muerto, mien­tras de su enorme cuerpo salía un gran chorro de sangre.

Sigfrido se aproximó al monstruo para recuperar su espada, pero al arrancarla de la herida, una gota de sangre mojo sus labios. Debido a esto, el joven pudo entender el lenguaje de los pájaros. El jilguero desde una rama le decía:

—Sigfrido, entra en la cueva de los Nibelungos y, entre las muchas joyas que hay, toma el yelmo qua transforma a las personas y el anillo que proporciona, al que lo lleva, todo lo que desea. Pero, al salir, desconfía de Mime, que es un traidor y quiere matarte para apoderarse de todas estas riquezas.

Una vez dentro de la cueva, Sigfrido se apresuró a coger el yelmo y el anillo. Luego, fue al encuentro del enano Mime. Este se hallaba acechándole y, apenas lo vio, se lanzó sobre él con un enorme cuchillo pare ma­tarle; pero con un golpe de su espada, Sigfrido partió en dos la cabeza del desdichado y ambicioso enano.

Desde la rama en que estaba, el pajarillo dijo ahora al héroe:

—Báñate en la sangre del dragón y serás invulnera­ble. Ninguna espada ni arena podrá penetrar en tu carne.

Mientras Sigfrido obedecía sumergiéndose desnudo en la sangre que formaba un enorme charco en el suelo, una hoja de Tilo se desprendió del árbol y fue a caer justamente en medio de la espalda del héroe: por esta razón aquel punto del cuerpo que no pudo ser bañado por la sangre del dragón, quedó vulnerable y luego había de ser causa de la muerte del joven.

El jilguero habló luego de Brunilda, la bella wal­kiria, que dormía encerrada en un círculo de fuego.

—Sígueme y te conduciré hasta ella —prosiguió–. Una vez allí, atraviesa sin miedo las llamas y encontra­ras a la que ha de ser tu esposa.

Sigfrido obedeció, una vez más, siguiendo al pajarillo que le precedía, sirviéndole de gala. Pronto llegaron a la cima de una montaña, en la que brillaba un gran incendio. Las llamas, altísimas, llegaban casi al cielo. Pero el héroe, sin miedo ninguno, avanzó hacia ellas, y las cruzó impertérrito.

En eI interior del círculo había un prado muy ver­de y una paz paradisiaca. Y allí estaba tendida la hermosísima Brunilda, a quien el dios Wotan había dejado dormida, machos años antes, como castigo a su deso­bediencia.

Sigfrido besó los labios de la bella durmiente y esta abrió entonces los ojos, miró fijamente al joven y dijo sonriendo:

—Has despreciado el peligro, mi héroe prometido, y eres, por eso, digno de que sea tu esposa.

Sigfrido callaba, deslumbrado ante tanta belleza. Todavía no alcanzaba a comprender por qué se había ganado una esposa tan bella. Cuando fue capaz de arti­cular palabra, dijo su nombre y narró, en breves pala­bras, su historia. Finalmente, quitó de su dedo el mágico anillo y lo puso en el de Brunilda, en prenda de amor eterno.

A partir de este instante, Sigfrido iba a saber lo que era la pasión amorosa, mientras que ella había de co­nocer la enfermedad, la vejez y la muerte.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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En el principio de los tiempos, los dioses del pueblo germánico vivían en un refugio de paz y dicha llamado Walhalla. Allí vivían también las walkirias, las inmortales vírgenes hijas de Wotan, doncellas bellísimas e indomables que, cabalgando en sus corceles blancos, to­maban parte en la guerra, y recogían del campo de batalla a los héroes que caían combatiendo para trasladarlos al Walhalla, donde recibían el premio a su va­lor de manos del padre de los dioses.

También Wotan había dado el ser a dos mortales: Sigmundo y Siglinda, a quienes separaron de pequeños.

Sigmundo fue desterrado, pero su hermana Siglinda fue dada en matrimonio a Hunding, un guerrero de costumbres bárbaras y maneras brutales, el cual la llevó a vivir a una cabaña rústica en medio del bosque. Dicha cabaña estaba construida alrededor de un colosal fresno, cuyas inmensas raíces se perdían en la tierra.

Durante la fiesta de bodas de Hunding y Siglinda, ocurrió un hecho extraño. De repente, los invitados vieron entrar en la sala del banquete, a un viejo mendigo, envuelto en un oscuro manto y con el rostro escondido bajo un sombrero de anchas alas. Solo sus ojos claros y refulgentes como piedras preciosas revelaban a la divinidad.

Mientras todos le miraban estupefactos, se acercó a Siglinda y la alentó y le dio consuelo. Luego, sacó, del manto una enorme espada y la hundió con fuerza, hasta el puño, en el tronco del fresno.

—Quien logre sacarla de allí tendrá la espada más fuerte del mundo —dijo.

Y una vez pronunciadas estas palabras desapareció: era el dios Wotan.

Inmediatamente, uno tras otro, todos los presentes intentaron sacar la espada del tronco, pero ninguno pudo lograrlo, por lo que allí quedó clavada.

Cierto día, Sigmundo, nombre que significa “boca de la victoria”, tras largos años de luchas y dolores, llegó casualmente a la choza de su hermana Siglinda. Al pronto no se reconocieron, pero algo veía ella en el joven que le atraía como un imán.

Cuando al fin Siglinda reconoció a su hermano, ya no pudo resistir por más tiempo la compañía de su esposo Hunding. Entonces, después de haber estado ya en los Brazos de Sigmundo, le incitó a arrancar la espada del árbol.

—Así quedaré libre de mi esposo para seguirte —le dijo.

Sin responder, Sigmundo se acercó lentamente al árbol. Luego se situó encima de una de las raíces del fresno y puso su mano sobre la empuñadura de la espada. Entonces notó que una gran fuerza venía en ayuda de su brazo. Tiró bruscamente y arrancó la espada del árbol.

—Esta es la espada de los Welsa, Siglinda, la espala de nuestro padre —dijo.

Alzó el arma y su filo brillo radiante.

—Gongner es su nombre –agregó—. También le llaman Dolor.

Dejó la espada junto al fresno y se aproximó a Si­glinda. Y mientras la acariciaba amorosamente, ella exclamó:

—Sigmundo, yo soy tu hermana y también tu esposa. Surja, pues, de nosotros la sangre de los Welsa.

Y, dando un grito, se arrojó en sus Brazos.

Aquella misma noche salieron cautelosamente los dos amantes de la cabaña y huyeron juntos a compartir sus trabajos y peligros. Pero al despertar, Hunding salió en persecución de la esposa infiel y del hombre que se la había robado.

Un año después, Sigmundo y Siglinda tuvieron la alegría del nacimiento de un precioso niño al que die­ron el nombre de Sigfrido.

La felicidad del matrimonio parecía que debía ser eterna y sin la menor nube. Sin embargo, ocurrió que un mal día, Sigmundo tuvo que luchar con el bárbaro Hunding, a quien el dios Wotan había concedido su protección. Por ello, el infeliz Sigmundo, tan joven y valeroso, debía ser derrotado y morir a manos de su celoso adversario.

Y todo ello se debió a que a esta pelea no era en ab­soluto indiferente el Walhalla, pues se relacionaba con la suerte del anillo. Al principio, Wotan deseaba la vic­toria de Sigmundo. Pero su mujer Friga estaba contra la separación ilícita de la bella Siglinda, y a toda costa quería el castigo del hermano y esposo de ésta. Y tanto y tanto insistió que, al final el dios de los dioses accedió a castigar a Sigmundo.

–Cuenta con mi juramento –dijo a su mujer.

Pero iniciado el feroz combate, una de las walkirias, la bella Brunilda, se compadeció de Sigmundo, y sin hacer caso de las órdenes de su padre Wotan, socorrió piadosamente al joven durante el desafío librándolo por dos veces de la muerte

En aquel momento un resplandor rojizo iluminó las nubes y sobre la montaña apareció el padre de los dioses, a cuya mirada nada se ocultaba. Y, al advertir la ayuda que su hija Brunilda prestaba al que debía ser vencido, intervino rápidamente para restablecer el designio de su voluntad divina.

Alejó a Brunilda y, al asalto siguiente, la espada de Sigmundo se rompió en dos pedazos contra la lanza de Hunding. Entonces, éste se lanzó sobre el joven y le atravesó el pecho.

Antes de morir, Sigmundo llamó a su lado a Siglin­da que, temblorosa, había asistido al duelo y con un hilo de voz, le dijo:

—No llores mi muerte, amada esposa: es el destino de todos los hombres. Conserva mi espada aunque esté rota y cuando nuestro hijo Sigfrido sea un hombre, dásela: con ella vengará mi muerte y realizará prodigiosas gestas.

Entretanto, la desobediente Brunilda se vio perdida, ya que al no acatar las órdenes de su padre debía ser castigada. Y así fue, pues en medio de un resplandor como de fuego se apareció el dios Wotan, que decretó inflexible:

—Ya no eres mi mensajera. Has perdido tu inmortalidad de walkiria al tener piedad de un hombre. Aquí te destierro, en esta montaña; te sujeto a un sueño del que sólo te despertará el primero que pase y te haga suya.

Los gritos desesperados de las demás walkirias nada pudieron ante la inquebrantable decisión del padre de los dioses.

—Wotan –exclamó entonces Brunilda—, si has de someterme a un hombre que me domine, haz al menos que sea un ser digno el que me posea.

—El que logre despertarte será tu esposo —replicó el dios.

—Sí, pero que sea, al menos, un héroe digno de mí estirpe —insistió Brunilda.

—Conforme —accedió finalmente Wotan—, pero quedarás dormida dentro de un círculo de llamas, en un hechizo de fuego. Y solo el héroe que logre vencer la barrera incendiada podrá despertarte y hacerte suya. No puedo decirte más.

Y, tras decir esto Wotan, con lágrimas en los ojos —pues amaba a esta hija más que a ninguna—, la condujo con sus propios brazos a la tuna de un monte altísimo y la depositó cuidadosamente sobre un blando lecho de plumas. Luego le ciño el casco, y cubrió su cuerpo con el escudo.

Inmediatamente invocó la ayuda de Loge, dios del fuego, que súbitamente hizo surgir alrededor de Bru­nilda una muralla de rojas llamas, mientras la joven y hermosa walkiria se adormecía plácidamente en es­pera de que llegara su heroico salvador.

Mientras esto ocurría, en lo alto de la montaña, la bella Siglinda, quebrantada por el dolor y los padecimientos y corroída por un mal oculto, yacía en tierra apretando a su hijo Sigfrido contra su pecho.

En aquel mismo instante, en el límite del bosque donde había tenido lugar el duelo mortal entre Sigmun­do y Hunding, apareció Mime, el herrero que habitaba en una cabaña cercana. El enano hizo todo lo posible para reanimar a la pobre mujer moribunda, pero su destino estaba ya trazado y ninguna ayuda humana podía evitárselo.

Apenas tuvo tiempo la infeliz de confiar al cuidado del enano Mime a su hijito y los dos trozos de espada, diciéndole:

—Prométeme que entregarás esta espada a mi hijo Sigfrido cuando tenga fuerzas para manejarla.

El enano Mime prometió cuanto Siglinda quiso, tanto más cuanto que esta promesa era útil a sus planes.

Efectivamente, el ambicioso nibelungo educó a Sig­frido para hacer de él un héroe y utilizar sus brazos para matar al dragón y apoderarse del tesoro que tan celosamente custodiaba en la gruta del bosque.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Hace muchos años había en Germania, en las boscosas orillas del rio Rhin, un pueblo de enanos llamados los Nibelungos. Y era sabido que el Rhin guardaba en su lecho mucho oro, aunque la verdad era que hasta entonces nadie había ido a comprobarlo.

Los Nibelungos vivían en cavernas subterráneas trabajando con maravillosa habilidad los metales y las piedras preciosas. Alberico, su rey, era el hombre más rico de la tierra, pues poseía arcas llenas de oro y cofres rebosantes de joyas y gemas rarísimas.

Sin embargo, a pesar de su riqueza, Alberico codiciaba también el oro del Rhin, Y tanta era su obsesión por aquel metal, que no cejó hasta bajar al fondo de las aguas. Allí estaba, en efecto, el oro soñado. Tres ninfas lo custodiaban. Pero sin oponer ninguna resistencia, le advirtieron:

-Quien se apodere de este oro obtendrá el poder, pero jamás será favorecido por el amor.

-Prefiero el poder -replico Alberico. Y, cargando con el oro, regresó a su cueva, donde obligó a su hermano Mime, que era un gran artífice, a que le fabricara un yelmo con el que pudiera hacerse invisible y transformarse como se le antojara. En cuanto al oro de; Rhin, lo utilizó para hacerse un anillo, que debía darle el poder y obtener con él todo cuanto quería.

Por aquellos días precisamente, los gigantes Fasolt y Fafner habían terminado en la morada de los dioses el maravilloso palacio del Walhalla, por lo cual Wotan, dios de los dioses, les habla prometido entregarles a Freya, la diosa de la inmortalidad, encargada de servir las manzanas de oro, con las cuales las divinidades se mantienen en una permanente juventud.

Cuando Wotan vio el palacio terminado, se resistió a cumplir la promesa dada a los gigantes y encomendó a Loge, dios del Fuego:

—Anda, busca alguna cosa para lograr que los dos gigantes renuncien a Freya.

Pero a poco regresó Loge diciendo:

  • He buscado mucho, pero nada se puede hallar que iguale a tan maravillosa mujer.

Fue por entonces cuando, casualmente, Wotan se enteró del robo del oro del Rhin, y ni corto ni perezoso llamo a Loge y le dijo:

  • He de obtener ese oro para dárselo a los gigantes a cambio de la diosa Freya.

Acto seguido los dos se encaminaron a la cueva del nibelungo, donde encontraron al enano Alberico acariciando sus joyas, entre las que destacaban el reluciente yelmo y el magnífico anillo. Al ver a Wotan en persona en su caverna, se sintió tan ufano y satisfecho que empezó a hablarle, excitado y vanidoso, de las virtudes que poseían tanto el yelmo como el anillo.

Wotan y Loge cruzaron una mirada de inteligencia y fingieron mostrarse incrédulos.

  • Y tú puedes, por ejemplo – le dijeron—-, ¿convertirte ahora mismo en sapo?
  • ¡Ya lo creo! —-respondió Alberico.

Y repentinamente realizó lo que le habían pedido. Pero su vanidad le perdió. Al verle convertido en el pequeño y repugnante animal, Loge le puso el pie encima para aprisionarlo. Inútilmente pidió el enano que lo soltaran. Al final no tuvo más remedio que ceder todos sus tesoros, junto con el yelmo y el anillo encantados.

Pero en el momento de entregarles todas sus riquezas, Alberico se dejó arrebatar por la cólera y lanzo una terrible maldición:

  • ¡Que ese oro traiga al mundo muerte y destrucción!

¡Y que este anillo sea maldito y traiga la desgracia a todos los que lo posean!

Sin escuchar las furiosas imprecaciones del enano, Wotan y Loge cargaron con todo y salieron corriendo hacia el Walhalla, donde seguidamente el padre de los dioses llamó a los gigantes Fasolt y Fafner y les ofreció todas las riquezas que el nibelungo había amontonado gracias al anillo.

—Os las doy todas con tal que renunciéis a Freya.

Aceptamos – respondieron los gigantes—, pero con la condición de que estas riquezas cubran a Freya totalmente de cabeza a los pies.

Empezaron a amontonar los tesoros, pero al final hubo que añadir también el yelmo y el célebre anillo para que la diosa de la inmortalidad quedase absolutamente cubierta.

Wotan vio, desolado, cómo todo el tesoro pasaba a manos de los gigantes, pero en mala hora para su bien, pues, una vez el anillo en su poder, comenzaron las muestras de que se cumplía exactamente la maldición del

nibelungo.

Efectivamente, a la hora, de repartirse el tesoro ganado a Wotan, Fasolt y Father, que hasta entonces habían ido siempre de acuerdo, empezaron a pelear tan furiosamente que el primer gigante queda sin Vida.

Aprovechándose de la lucha entre los dos gigantes. Wotan se apoderó de nuevo del mágico anillo. Pero al reflexionar, comprendiendo que iba ligado a un maleficio, dispuso que quedara en la gruta de un bosque,

guardado por Fafner, el gigante homicida al que transformo en un horrible dragón.

 

Después, olvidando Wotan todo lo ocurrido, tomó a su esposa Friga de la mano y se trasladaron al Walhalla.

 

Sin embargo, alguien había que deseaba apoderarse de todo aquel tesoro. Era alguien que había asistido a la escena, desde el momento de convertirse Alberico en sapo hasta la transformación del gigante Fafner en terrible dragón: el enano Mime, el nibelungo tan cobarde y feo como buen forjador de metales.

Cuando Mime vio ocultar en la gruta del bosque inmenso tesoro, astutos sus ojillos brillaron de codicia y ya no pensó más que en llegar a ser dueño do todas aquellas riquezas que custodiaba el dragón.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.