Categoría: Escandinavias

Thor tenía un martillo mágico llamado “Mjolnir” y utilizaba esta arma predilecta tanto de maza como de arma arrojadiza. Era un proyectil que, además de no errar jamás el golpe, cual maravilloso bomerang, volvía, después de matar, a sus manos. Además, si era ne­cesario, se hacía tan pequeño que podía disimularlo en cualquier parte.

Pero aparte de este magnífico martillo-maza, el dios Thor, tipo ideal del guerrero germánico, poseía dos ta­lismanes de gran valor: un cinturón qua multiplicaba la fuerza de sus miembros, y unos guantes de hierro que le permitían empuñar como era debido el tremen­do y celebre martillo.

Asimismo tenia, como los demás dioses, su palacio propio en Asgard (la mansión de los ases). Esta sober­bia morada, llamada Bilskirnir, era la más amplia que se conocía: no tenía menos de 540 salas.

Cuando Thor salía de su palacio, se complacía en re­correr el mundo montado en su carro del que tiraban machos cabríos. Y si durante el viaje tenía hambre, mataba a sus cabalgaduras y las asaba. Después le bas­taba poner su martillo sobre las pieles para que los cornudos animales adquiriesen nueva vida.

Con su bella esposa Sif, personificación de la fide­lidad conyugal, de hermosos cabellos de oro, Thor había tenido varios hijos, que se distinguían, como él, por su fuerza maravillosa. Dos de ellos, Magni (la fuerza) y Modi (la cólera), heredarían un día su martillo, aquel martillo mágico que servía no solamente como arma, sino para toda clase de contratos y tratados, muy es­pecialmente los que se hacían con motivo de los matri­monios.

Pero un día, al despertar, Thor reparó en que su mar­tillo había desaparecido. ¿Dónde estaba? Consternado, fue a decírselo a Loki, cuya astuta malicia siempre ha­llaba solución para todo.

—Lo ha debido de robar algún gigante —dijo.

Y para convencerle, pidió a la diosa Friga su traje mágico de plumas, se lo puso, y voló al país lejano de los gigantes, donde no tardó en saber por el propio gi­gante Thrym que, en efecto, él lo había robado.

—Pero no estoy dispuesto a devolverlo —agregó— si no me dan como mujer a la propia Friga.

El astuto Loki volvió y explicó lo que ocurría a los ases. Naturalmente, entonces éstos se lo hicieron saber a la diosa, que, al conocer la pretensión del gigante, se indignó de tal modo que el collar de oro que llevaba al cuello estalló por efecto de la hinchazón de las venas, cuyo volumen duplicó la cólera.

—¡Que se ha creído ese sinvergüenza…! —exclamó Friga.

Pero Loki, como siempre, idea una estratagema para salir del apuro. Nada menos que vestir a Thor con el traje y el collar de Friga, ponerle un velo de desposa­da y llevarle junto a Thrym.

—Yo to acompañare vestido de sirviente —dijo Loki a Thor, al verlo un tanto receloso.

Todo se hizo tal como lo pensaron, siendo muy bien recibidos por los gigantes. Pero cuando ya estaba todo preparado para la boda, en el banquete que le precedió ocurrieron cosas extraordinarias. En efecto, la novia, o sea, el disfrazado Thor, demostró tener un apetito vo­raz que dejo a todos asombrados. Pues se engulló en un santiamén todo lo que había preparado para el festín.

—Es que la pobre novia —explicó Loki— no ha con­sentido en probar bocado durante ocho días, de tantas ganas como tenía de conocer a su novio.

Y el gigante Thrym, que era un sentimental a pesar de su aspecto rudo, todo emocionado al oír aquello, se apresuró a abrazar a su prometida. Pero al levantar­le el velo, se echó espantado hacia atrás al ver sorpren­dido el extraño fulgor de aquellos ojos que creía tan dulces y amorosos.

—Es que la pobrecilla —volvió a explicar Loki— ha estado durante ocho noches sin pegar los ojos, lloran­do sin cesar de tantas ganas como tenia de ver a su amado.

Entonces Thrym, impaciente y sin poder aguantar más el deseo de que la bella fuese suya, ordenó traer el martillo de Thor para consagrar debidamente la boda poniéndolo, como era costumbre, sobre las rodillas de la desposada.

El final puede adivinarse. Tan pronto como Thor tuvo el martillo en sus manos, mató al enamorado Thrym y a todos los demás gigantes invitados. Y ya tranquilo y satisfecho regresó a su palacio.

Sin embargo, tantas eran las picardías y maldades del dios Loki, que al final acabó por predisponer contra él a los demás dioses.

En cierta ocasión, por ejemplo, hizo víctima de su perversidad a Sif, la bella esposa de Thor, a la que, mientras estaba durmiendo, le corto taimadamente su hermosa y rubia cabellera.

Cuando Sif se despertó, su desesperación no tuvo li­mites, ya que los cabellos eran una de las cosas que más orgullo le producía. También a su marido le agra­daba mucho su cabellera de oro. Y por eso ahora temía que el dios no la encontrara tan bella como de costum­bre.

Al saber Thor lo ocurrido, agarro a Loki entre sus robustas manos dispuesto a destrozarlo. Y no lo hizo porque el audaz ladrón le prometió:

—Te juro, Thor, que obligare a los enanos a que Ka­gan brotar en la cabeza de tu esposa Sif otra cabellera de oro puro.

Entonces Loki se dirigió al país de los enanos sin perder un instante. Y no solamente obtuvo lo que se proponía, sino que otros hijos de Ivaldir le construye­ron una poderosa espada llamada Gungnor o Gungnir y un navío famoso, el Skidbladnir, que una vez ten­didas las velas iba derecho allí donde era preciso que fuese.

Con estos tesoros regreso Loki al Asgard, hablando, orgulloso, de las cosas tan maravillosas que sabían ha­cer los hijos de Ivaldir.

—Trabajando el metal —agregó– no hay quien les iguale. Comparados con ellos, todos los demás ena­nos herreros son unas nulidades.

Estas palabras fueron oídas por Brok, cuyo herma­no Sindre era considerado por muchos como el más diestro trabajador de metales. Pero como a Loki no le parecía así, aposto con Brok a que ni él ni su hermano eran capaces de hacer tres cosas de tanto valor como el cabello de oro, la espada y el barco que le habían hecho los otros enanos.

—Me juego la cabeza a que no las hacéis —agregó Loki.

Decididos a ganar la apuesta, Brok y Sindre se pu­sieron a trabajar sin pérdida de tiempo. Lo malo era que casi no adelantaban en su tarea porque el taimado Loki, temiendo que resultasen victoriosos, se transformó en tábano y empezó a importunarlos para que, de­sesperados y rabiosos, no pudiesen triunfar.

A pesar de ello, ambos hermanos hicieron un res­plandeciente anillo, un jabalí dorado y un poderoso y terrible martillo,

Inmediatamente partió Brok con sus objetos al As­gard, donde los dioses aguardaban, ansiosos por ver como terminaba la apuesta. Tomaron asiento en sus respectivos tronos, y Odín, Freya y Thor fueron los en­cargados de juzgar cuales eran los más valiosos regalos.

El astuto Loki se acercó a los jueces y, con zalamera sonrisa, entrego a Odín la espada Gungnor, que jamás erraba el blanco. A Freya le dio el barco. Podía navegar por todos los mares y con todos los vientos, obede­ciendo el simple deseo de su dueño. También tenía la virtud de plegarse en muchas dobleces para poderlo llevar en el bolsillo.

A Thor le entregó el dorado cabello, que éste colocó en seguida sobre la cabeza calva de su esposa Sif. La cabellera era larga, hermosa y resplandeciente, haciendo a la diosa tanto más bella que antaño, por lo que Thor la miraba embelesado.

Loki rió desdeñosamente, y le dijo a Brok:

—Ahora, muestra tú lo que traes, y veamos si pueden competir tus regalos con los que yo he traído.

El enano se acercó con sus tesoros.

—Este anillo —dijo, entregándoselo a Odín— tiene la virtud de disipar las tinieblas.

Luego puso el martillo en las manos de Thor, di­ciendo:

—Jamás to hará fracasar. Podrás pegar con el cuan­tos golpes quieras. Y, aunque lo arrojes muy lejos, siempre volverá a tus manos. También puedes reducir­lo de tamaño y esconderlo en tu pecho.

Thor lo alzó, y lo hizo girar alrededor de su ca­beza en remolino. Estallaron relámpagos llameantes por todo el Asgard y retumbaron profundos truenos, mien­tras poderosas masas de nubes comenzaban a concen­trarse a su alrededor.

Los dioses se acercaron todos a su lado y el martillo empezó a pasar de mano en mano. Coincidieron unánimemente en que era el arma más poderosa que tenían para defenderse contra sus enemigos los gigantes. Con ello, los enanos Brok y Sindre ganaron la apuesta.

La cabeza de Loki les pertenecía. Pero este, enfure­cido por la derrota, no tenía la menor intención de per­mitir que el vencedor cobrara la deuda.

—Te daré lo que quieras —dijo a Brok—, a cambio de mi cabeza.

  • No, quiero tu cabeza, que es lo que he ganado —re­puso el enano—. No aceptaré ninguna otra cosa en su
  • Entonces, ven per ella —le respondió Loki.

Y antes de que pudieran echarle la mano encima desapareció. Y es que poseía ciertos zapatos que podían transportarle en un instante al otro lado de tierras y mares.

Entonces el enano Brok le pidió a Thor que le ayu­dase a encontrarle, y solicitó que se le obligara al es­curridizo Loki a cumplir lo prometido. Thor, compren­diendo que el enano tenía razón, salió inmediatamente en persecución del desaparecido, no tardando en regre­sar con él.

En cuanto lo vio Brok, quiso cortarle la cabeza en seguida, temiendo que, si aguardaba un poco, el otro le gastaría una nueva treta. Pero Loki lo contuvo diciendo:

  • ¡Alto! Mi cabeza puedes cercenarla cuando quieras. .. ¡ay de ti si llegas a tocarme el cuello!

Nada se había hablado de cuellos, en efecto. Y, como la cabeza no se podía cortar sin tocar el cuello, Brok y su hermano tuvieron que darse per vencidos.

Y al marcharse los burlados enanos, se oyó retumbar en los espacios, durante mucho tiempo, la carcaja­da burlona del desvergonzado Loki.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

Cierto día, los guerreros de Odín consiguieron apri­sionar al feroz lobo Fenris, pero no podían retenerlo porque todas las cadenas no bastaban para dominar su fuerza, por lo que tuvieron que recurrir a la indus­tria de los genios enanos y malhechores, aunque obre­ros muy hábiles.

“Con el paso de un gato, la barba de una mujer, la raíz de una peña, el suspiro de un oso y el alma de un pez”, formaron una cuerda que ni el mismo Fenris pudo romperla. Se necesitaba, sin embargo, mucha astucia para poderla enganchar al lobo, ya que este desconfia­ba, por lo que Odín decidió:

—Mi hijo Thor arriesgará un brazo como prenda en las fauces de la fiera.

Tras semejante convenio, lograron los ases amarrar al lobo pasando la cuerda a través de una roca horadada, haciéndola llegar hasta las entrañas de la Tierra. Al darse cuenta Fenris de que había sido apresado, destrozó el brazo de Thor, y de los sanguinolentos es­pumarajos de rabia que salieron de su boca se forma el rio Wam, o de los Vicios.

Al ver morir a su amado lobo, el dios Loki, desespe­rado, decidió vengarse. Para ello no pensó sino en matar a Balder, el segundo hijo de Odín y de Friga. Bal­der, dios de la luz, era un joven inteligente y apuesto, muy estimado por los dioses. Su hermosura era tal, que su presencia llenaba todo de claridad. Bastaba ver­lo y oírlo para amarlo.

La vida del alegre dios transcurría feliz, sintiéndose amado y amando a la vez, hasta que, de pronto, empezó a ser víctima del presentimiento de que podría mo­rir de un golpe. Para calmarle, su madre, Friga, hizo prometer a todos los seres de la tierra que ninguno atentaría jamás contra él.

Vuelto a causa de ello invulnerable, los dioses, para acabar de calmar al joven dios, un día que estaban todos reunidos y de fiesta empezaron a lanzar contra el cuanto hallaron a mano: piedras, dardos, hasta sus ar­mas, sin conseguir herirlo ni hacerle daño siquiera.

Pero el envidioso y perverso Loki, fingiéndose muy contento, pregunto a la diosa Friga si verdaderamente había convencido a todos los seres del universo de que no perjudicasen a su hijo.

—A todos, excepto al débil muérdago —respondió incautamente la madre—. Me pareció incapaz de hacer ningún daño.

Loki no perdió el tiempo. Cortó esta planta y con su tallo construyó una varita. Al regresar al Walhalla, donde todos se hallaban jugando, le dio la varita al ciego Hoder y le dijo:

—Anda, lánzala en la dirección que yo to indicare. Hoder lo hizo sin desconfianza, y la leve flecha, al menos en apariencia, fue a alcanzar a Balder en el corazón, atravesándoselo y dejándolo sin vida. Entre las divinidades cundió gran pesar. La esposa de Balder, la hermosa Nanna, murió de pena y fue enterrada junto a su marido.

Entretanto, los ases no se consolaban por la muerte de Balder, por lo que la atribulada madre Friga les pre­gunto:

— ¿Hay entre vosotros alguno que consienta en des­cender al reino de Hel (el reino de los muertos), para rescatar a mi hijo Balder?

Inmediatamente, el valiente Hermodo, uno de los hijos de Odín, salto sobre Sleipmir, el caballo de su pa­dre, y se puso en camino. Hel accedió a libertar a Bal­der, pero puso esta condición:

—Lo dejaré salir de mi reino si todos los seres del mundo, sin exceptuar ninguno, están conformes con ello y vierten alguna lágrima.

Satisfecho y alegre Hermodo, al ver quo esto era muy fácil, regresó a la Tierra, pero se encontró con que en la caverna de una montaña una giganta llamada Thonk se negó a verter ni una lágrima, pese a las sú­plicas de todos los dioses.

—Ni durante su vida ni después de su muerte —respondió la giganta—, he recibido de él servicio alguno; que Hel conserve lo que tiene.

Como es fácil suponer, la vieja y malvada giganta era el dios Loki disfrazado. Y así Balder, al no poder ser rescatado, tuvo que permanecer para siempre en el rei­no de los muertos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Odín o Wotan, creador del Universo, padre de los dioses y de los hombres, cuyo brillante ojo era el sol, cuando no cabalgaba sobre las nubes a través del espacio residía en el Walhalla (cielo empíreo). Y allí, aposentado en elevado trono, veía todo lo que hacían los dioses y los hombres.

De Odín, el Padre Universal, nació Thor, dios del rayo y del trueno, que no se producían más que cuando daba, con fuerza superior a la de los otros dioses, terribles golpes con el enorme martillo que siempre empuñaba.

Todo lo que Odín tenia de amable, inteligente y bueno, tan espiritual que no necesitaba comer y solo se alimentaba de vino, tenía Thor de brutal, hosco, torpe y gran comedor y bebedor, del que a cada momento se estaba burlando Loki, otro dios, que siempre estaba de broma.

El Walhalla era un recinto cercado como una fortaleza inexpugnable. Walgrind, la cerca de los muertos, cuya artística cerradura ningún mortal podía abrir, conducía a la mansión del dios Odín. Y a través de la selva Glasir, cuyos árboles brillaban con el resplandor del oro, se llegaba a la sala del Padre Universal.

El lobo y el águila —los animales del campo de batalla escandinavo– adornaban su frontispicio. El decorado interior tenía también un aspecto bélico: lanzas por vigas y el tejado formado de rodelas y adargas.

Siempre vigilado, para que no se apagara, en medio de la sala ardía el fuego sagrado. Durante el día, la sala estaba desierta y abandonada; pero muy de mañana venían los einherios (guerreros) y luchaban entre si hasta vencer o morir, como si peleasen en la tierra.

Al llegar la hora de la comida, retirábanse los vencidos y todos iban al Walhalla; allí tomaba asiento Odín en el trono que tenía dispuesto, y a su lado los lobos Geri y Fenris o Freki. Los einherios se sentaban también y comían la carne del jabalí Saehrimnir, que se mataba y consumía diariamente.

Para beber tomaban el embriagador met que manaba de las inagotables ubres de la cabra Heidrun. Sólo Odín bebía vino, y este le bastaba para saciar su hambre y su sed; con la carne del jabalí que se le ponía delante cebaba a sus lobos.

Durante la comida, las hermosas walkirias servían a los héroes, escanciaban el met a los einherios y alargaban a Odín el cuerno repleto de vino.

De ver en cuando, el ejército de los espíritus, acaudillado por el dios Odín, recorría los aires y su ruido parecía ser el de una caza salvaje. Por eso en el Norte, cuando sopla de noche el huracán, dice la gente del campo que en el cielo están los dioses de caza.

Además de los dioses y diosas había unos seres intermedios entre aquellos y los hombres, o sea los gigantes, que eran los arquitectos de las construcciones colosales de los palacios en donde habitaban los dioses; los enanos, hábiles forjadores de armas divinas, cuyo jefe era Wieland; las walkirias, mensajeras celestes que, en los campos de batalla, cuidaban de recoger a los muertos y de llevarlos al Walhalla.

En categoría inferior a estos seres, existían también una multitud de espíritus o genios elfos y trolls—que jugueteaban con los míseros mortales, unas veces ayudándolos, otras burlándose y aun perjudicándolos.

El divino Odín siempre iba armado con un casco de oro y una brillante coraza y empuñaba en la diestra la lanza llamada Guguir, forjada por los enanos y a la que nadie ni nada podía detener.

Sleipnir era el más ágil y el mejor de todos los caballos, pues tenía ocho patas y no existía obstáculo que no pudiera franquear. Montado en él le gustaba a Odín salir a sus cacerías salvajes.

El Walhalla era inmenso. Tenía quinientas cuarenta puertas, cada una de las cuales podía permitir la entrada de ochocientos combatientes en línea de frente. Y aquí, en este grandioso y magnifico palacio, los héroes pasaban el tiempo en medio de juegos guerreros y de festines, presidiendo siempre Odín.

Para saber todo cuanto ocurría en sus dominios, Odín tenía sobre sus hombros dos cuervos llamados Munin y Hujin, o sea, «la memoria» y «el pensamiento», quienes le contaban al oído todo lo que habían visto y escuchado, pues cada mañana el dios los enviaba a lo lejos, para que recorrieran todos los países e interrogaran a los vivos y a los muertos.

En cierta ocasión, hiriéndose a si mismo con su lanza y colgándose del árbol del mundo, Odín llevó a cabo un rito mágico que le debía rejuvenecer.

En efecto, durante los nueve días y nueve noches que duró el voluntario sacrificio de permanecer suspendido de un árbol, agitado por el viento, el dios esperó que alguien le llevara un poco de comida o un poco de bebida, pero nadie llego. Entonces, observando la existencia de tierras cerca de sus pies pudo atraerlas hacia sí y, encaramándose sobre ellas, se vio librado rápidamente por una fuerza mágica.

Inmediatamente Mimir le hizo beber un poco de hidromiel, y Odín, después de realizarse su resurrección, empezó a mostrarse sabio en palabras y fecundo en obras

Después de crear a Aské, el primer hombre, y a Embla, la primera mujer, Odín compartió el reino celestial junto a su esposa Friga, la Tierra, y con su hijo Thor, que desataba el trueno. Alrededor de ellos actuaban los ases, gobernadores del mundo, que estaban alojados en suntuosas moradas.

Para comunicar el Cielo con la Tierra, Odín ordenó construir un puente multicolor, que fue el Arco Iris. Sin embargo, para que no pudieran entrar en él los gigantes malvados, coloco un centinela, Heimdal, el dios del diente de oro, símbolo del día, el cual «tenía un oído tan sumamente fino que oía crecer la hierba en el suelo y la lana en el lomo de las ovejas, aparte de que su vista era tan extraordinaria que veía todo lo que sucedía a mil leguas a la redonda».

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Cuenta el Edda que antaño hubo un rey (Gylfi, en nórdico), que para premiar los maravillosos trabajos que en su obsequio realizo una especie de danzarían ambulante que pasó por su reino, le dijo: – te daré, dentro del país donde gobierno, tanta tierra de cultivo como puedan arar cuatro bueyes en un día y una noche.

Aquella mujer era de la raza de los ases o asen, nombre que significaba lo mismo, habitantes de cierto apartado país que dioses, y, haciendo uso de su mágico poder, cogió los cuatro bueyes, que también tenían algo de sobrenatural, los unció a un arado, y tanto profundizó este en la labor, que arrancó toda la tierra por donde pasaban y se la llevo hacia el mar, con dirección al Oeste, hasta llegar a un estrecho, donde se detuvieron para arrojarla, mientras que todo el sitio donde antes había estado la tierra se llenó de agua.

La mujer milagrosa dio a dicha tierra, arrancada de Suecia, el nombre de “Saelund” (Zelandia), y de “lago”, sin precisar más, al agua que quedó detrás de ella, convirtiéndola así en la isla.

Cuando el rey o gylfi vio el prodigio realizado por la mujer de los ases, quiso saber, temeroso ya de mayores males, si el poder que tenían tales gentes era propio de las razas o de las divinidades que éstas adoraban. Y disfrazándose de viejo trotamundos, emprendió, en el mayor secreto, un viaje hacia la lejana tierra de aquellos hombres misteriosos, llamada en lenguaje nórdico  Asgard.

Pero como los ases, por su naturaleza sobrehumana, poseían la cualidad de adivinos, mucho antes de que llegara el real viajero ya sabían que había emprendido la marcha, y se prepararon para recibirle produciendo en él deslumbrantes visiones de hechicería.

Así, cuando llego el rey, lo primero que se ofreció a su vista fue una altísima plaza pública cercada y cubierta, cuyo techo estaba formado por bélicos escudos de oro, en vez de vulgares bardas de corral.

En el portal de aquélla hallábase un hombre entretenido en hacer juegos malabares con cuchillos, de los cuales mantenía siempre en el aire no menos que siete a la vez. – ¿Cómo os llamáis y que queréis? – pregunto este al recién llegado. – me llamo Peón y deseo que me den albergue para pasar aquí esta noche, y saber, además, a quién pertenece aquella admirable plaza – respondió el viajero. – Al rey –  contestó el hombre que hacía las veces de portero – , y, si quieres, yo mismo te llevaré a su presencia.

Dicho lo cual, entraron ambos en la plaza e inmediatamente se cerró tras ellos, por si sola, la puerta.

A la vista del forastero se ofrecieron multitud de hombres, de los cuales unos jugaban, otros bebían, y otros se ejercitaban en combatir con las armas primitivas de que iban provistos. Más allá había tres estrados en los que estaban sentados tres graves personajes.

El más alto de los asientos lo ocupaba el rey, cuyo nombre, “Hár”, significaba “Sublime”. Los otros, más bajos, eran para los que parecían ser sus ayudantes o ministros.

A esta especie de tribunal, que algo tenia de trinidad, dirigió el viejo forastero una interminable serie de preguntas, que le fueron contestadas, acerca de la naturaleza de los dioses, del origen del mundo y del final que tendría. De todo obtuvo su correspondiente respuesta.

Le dijeron que mucho antes de que existiera el mundo, el Padre Universal y Eterno habilitaba en su palacio de la Luz, mientras que Sutur el Negro, vivía en las regiones de las Tinieblas o reino de los Muertos, rodeado de doce ríos hirvientes y venenosos.

Entre estos dos palacios, representación del más intenso resplandor y la más total oscuridad, existía la Nada, el Caos, el insondable abismo, sin conocerse ni mar, ni tierra, ni vientos, ni siquiera el cielo que se cierne sobre nuestras cabezas.

Los vapores que erraban por el espacio, salidos de los ríos venenosos, se condensaron, y el veneno que contenían se transformó en escarcha, que cayó al abismo. Las chispas que saltaban de la región del fuego fundieron el hielo, y sus gotas, al caer, formaron a Imer, progenitor de los gigantes del hielo, raza odiosa y malvada, que eran anteriores al mundo.

Nada más nacer Imer, a su alrededor no había otra cosa que nieve, hielo y agua, con lo que no sabía de qué alimentarse. Pero he aquí que un rayo de sol derritió la nieve y surgió una vaca maravillosa, llamada Andumia, cuyas ubres manaban leche a raudales.

Con ella se alimentó Imer, y tal rigor adquirió, que rápidamente formó otros gigantes de gran valor y extraordinaria violencia. En realidad, del sudor producido de la mano izquierda de Imer durante su sueño nacieron  un hombre y una mujer, y de uno de sus pies un hijo con seis cabezas. De él procedía la raza maldita de los gigantes malhechores.

La vaca Andumia alimentaba a los gigantes, pero como no había pastos no tenía con que alimentarse, por lo que lamía las piedras cubiertas de sal y hielo. Y poco a poco fueron saliendo de estas piedras la cabeza, el tronco, los brazos y las piernas de un hombre joven llamado Bora, progenitor de los dioses.

Que ocurrió con Imer? Al fin murió asesinado y su cuerpo fue a parar al abismo. Con él se formó el mundo, de su carne la tierra, de su sangre el mar que la rodea como un anillo, las MONTNAS proceden de sus huesos, los bosques de sus cabellos, de su cráneo el cielo, de sus sesos los pesados nubarrones y de sus dientes las piedras. En cuanto a las chispas que brotaban de la región del Fuego, sirvieron para formar con ellas, en el cielo, las estrellas.

Por lo que respecta a los ases, éstos eran de origen divino. Fueron tomados por su dios Odin (el Wotan germano), de dos deformes troncos de árbol, el uno de fresno, y el otro de olmo. Al del fresno lo convirtió en hombre, y al del olmo en mujer; de ellos proviene la actual humanidad, que tuvo en primer lugar el alma y la vida; en segundo la inteligencia y el movimiento; en tercero, la palabra, el oído y la vista.

Y después que Odín creó al hombre y a la mujer les dio como morada un sitio excepcional: un paraíso.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.