Categoría: España

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Cuenta el poeta Costa y Llobera que en las montañas mallorquinas de Lluch, pervive, no sin horror, el recuerdo de una escena que parece revivir ante la contemplación del fondo de un hondísimo barranco maldito que en lejanos tiempos fue un alegre y alto ejido, no un abismo como ahora.

Allí había una era donde se trillaban las rubias ga­villas de trigo entre canciones y alegres francachelas, en las que el vino hacia perder el seso a gañanes y mozas de aquellas montañas.

Cierto domingo, sin respetar la fiesta, el bullicio y el trabajo andaban allí en su apogeo, cuando, de pron­to, oyóse sonar varias veces a lo lejos, una campanilla.

Era el santo Viático que se iba acercando, hasta pasar junto a la era.

Pero ni una rodilla de aquellos montañeses mallor­quines se dobló reverente, ni unos labios, abiertos a la estúpida risa, o a la brutal blasfemia, murmuraron una oración.

Y el Viático detuvo su bendito curso ante aquellos desalmados, enloquecidos trilladores, que redoblaron su algazara.

Sin embargo, no duró mucho esta, sino que se trocó en espanto, en horror, al ver que la tierra se abría bajo sus pies y se tragaba hombres, mujeres, animales, montones de trigo y gavillas.

Nunca más se supo de ellos. Y la alegre era quedó convertida en insondable abismo que evita, como em­brujado lugar, el caminante perdido entre los montes, porque dícese que allá, en las entrañas de la tierra, se oyen rarísimos rumores de canciones infernales, el acompasado trotar de animales de tiro y el sonido de sus cencerros.

Y es que Dios quiso que la trilla maldita continuase. Y así seguirá por los siglos de los siglos como castigo.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En Agosto de 1971 tuvo lugar un curioso fenómeno en una casa de Bélmez, pueblo de la provincia andaluza de Córdoba, donde vivía Juan Pereira con su mujer y sus dos hijos. Fue algo sin precedentes en la historia del lugar, que no tardó en hacerse del conocimiento general, en toda España e incluso en el extranjero.

Los rostros surgidos del más allá

María Gómez, esposa de Juan Pereira, limpiaba la cocina de su casa, la mañana del día. 23, cuando apareció ante sus ojos, dibujado en el suelo, un rostro de tamaño natural, de nariz afilada, boca entreabierta y expresión atormentada. A pesar de que sus hijos eran ya unos mozos de veintitantos años, María su­puso que se habían divertido haciendo dibujitos en el piso, solo para fastidiarla con sus bromas.

Se propuso la mujer borrar el rostro frotándolo con un trapo. Nada consi­guió. Y cuando llegó el marido a la hora de comer la encontró contemplando fi­jamente el rostro. Los vecinos poco tar­daron en enterarse de lo sucedido y acudieron a ver el dibujo surgido de la nada. Como a Juan no le agradase ser molestado por tanto gentío, cogió un martillo y rompió a golpes las baldosas. Llamó a un albañil para que cubriera el hueco con cemento.

Nada sucedió en los siguientes días, pero el 8 de septiembre apareció un segundo rostro, cerca de donde estuvo el otro, con expresión igualmente ator­mentada. Pereira acudió a la alcaldía, para consultar con el alcalde Manuel Rodríguez Rivas. Tal vez podría darle un buen consejo. Resultó de la entrevis­ta que el albañil volvió a presentarse en el 5 de la calle Rodríguez Acosta. Abrió un pozo en la cocina, y al alcanzar los tres metros de profundidad, encontró unos huesos. El secretario del Ayun­tamiento hurgó en viejos archivos y descubrió que en el lugar hubo dos siglos atrás un cementerio. Los vecinos atribuyeron entonces la aparición de los rostros a la intervención de los espíritus de quienes murieron en pecado mortal, que de esta manera se mani­festaban. Se rellenó el pozo el 4 de noviembre.

Tres días más tarde, el rostro des­prendido del piso, que el albañil había pegado en la pared, había cambiado de expresión. Era ahora de verdadero te­rror. El día 20 apareció otro a un costado. ¿Era el albañil responsable de la broma? De ser así, Pereira estaba dis­puesto a ajustarle las cuentas. Le pro­hibió volver a entrar en su casa. Pero el 2 de diciembre apareció un rostro más. Era ahora femenino, de facciones deli­cadas, deformado por una mueca de terror. Y junto a él surgieron unos ros­tros infantiles.

La noticia llega a todas partes

Llegaron a ver el fenómeno varios científicos y aficionados a la parapsicología, siguiendo muy de cerca a los periodistas y a los camarógrafos de la televisión. El 9 de abril del siguiente año, la cocina de la familia Pereira estaba llena de gente, sin que el buen hombre pudiera impedirlo. El señor alcalde le había ordenado aguantarse, porque era un bien de la ciencia. Y también del tu­rismo.

Algunos testigos tuvieron ocasión de presenciar la aparición, muy lenta­mente, de un nuevo rostro provisto de una larga barba blanca y ojos rasgados, que se fue tan misteriosamente como vino. Los periodistas opinaron que si alguien se estaba divirtiendo a expen­sas de los ingenuos presentes, lo estaba haciendo con envidiable maestría. Tal vez si llegaba al Lugar un experto de verdad en aquellas cosas misteriosas sería posible aclarar el enigma de los rostros.

Este experto iba a ser el Dr. Germán Argumosa, especialista en fenómenos psíquicos, quien declaró al instante cómo se llamaba aquel que estaba con­templando. Lo primero, dar un nombre a las cosas. Recibía el nombre de teleplastia y también ideoplastia. Pero no supo explicar por medio de qué corn­plicado mecanismo se produce. Enton­ces, para estar seguro de que nadie llegaría a la cocina a hacer más dibuji­tos, a espaldas suyas, Argumosa cubrió el piso de la cocina con un plástico, que selló en sus extremos. Deseaba probar ante todos que no intervenían factores humanos en aquello que los lugareños consideraban un milagro enviado por quien sabe que santo. Abandonó el es­pecialista la casa, cerró con llave su única puerta, la entrego al señor alcal­de y se dispuso a esperar.

Regresó al cabo de una semana, acompañado por el alcalde y dos testi­gos escogidos al azar. En el piso había un nuevo rostro. Ahora si podía afir­mar Argumosa que no hubo truco. Quiso escuchar entonces la opinión de varios vecinos y no vaciló en pedírsela también al señor cura. Desechó el santo varón la intervención del demonio, lo cual probaba que era un sacerdote inteligente, y quiso dedicar mayor atención a cada uno de los miembros de la familia.

Descubrió el parapsicólogo que María Gómez, mujer de inteligencia infe­rior a la media, tenía antecedentes de histeria que hacían de ella una verda­dera médium. Declaró que, cuando una persona ha sufrido un ataque de histe­ria, crea un campo magnético intenso que actúa de manera inconsciente so­bre los objetos que la rodean. En el caso de María, debió leer en su infancia un libro que la impresionó —lo mismo que pudo suceder con el caso de Juana de Arco, — al grado de grabarse más tarde en las baldosas los recuerdos conservados en su mente.

Se tuvo así la certeza de que había sido la mujer de Juan Pereira quien había producido, de manera incons­ciente, los dibujos de Bélmez. Pese a ello, quienes esto creían tuvieron que rectificar años más tarde, cuando se dio a conocer una inquietante noticia, que referiremos de inmediato, en beneficio de las personas que jamás tuvieron ocasión de conocerla.

En un artículo publicado por el periódico norteamericano National Enquirer, que se dedica lo mismo a inventar intrigas que a echar por tierra las historias que no le agradan —tal vez porque no sucedieron en tierras del tío Sam—. Edward B. Camlín afirmaba que el caso Bélmez fue un fraude y que las caras fueron pintadas por un joven de veinticinco años, de nombre Jesús Rodríguez, amigo de la familia. Había echado mano de unos trucos fotográficos Para divertirse al contemplar la expresión de desconcierto que pondrían sus vecinos. Los dibujos habían sido copiados de un libro y trasladados al suelo utilizando ciertos productos químicos y una lámpara de rayos ultravioletas. Añadió el joven bromista que solo al cabo de varios días serian visibles los rostros, gracias al trata­miento especial que les dio.

Tal vez más difícil de explicar sea lo sucedido la noche del 25 de mayo de 1973 en casa del señor Everett Foster, que vivía en Cedar Hill, en el estado de Texas. Se había acostado, cuando le pareció ver unos rostros en la pared de enfrente. Despertó a su mujer, que dormía apaciblemente desde hacía rato, una vez terminó la película del HBO, para que viera lo mismo que él.

Coincidieron ambos en que había dos rostros femeninos de cabellos oscu­ros, a ambos lados de la cabeza de un hombre, además de un perro y de un mapache que se transformó de repente en cerdo. Ala izquierda del grupo vio el matrimonio un coche de carreras, con todo y su conductor, y a la derecha nada menos que una nave espacial. A esto habría que añadir un extraño texto que ninguno de los dos cónyuges fue capaz de descifrar. Se ignora si Jesús Rodríguez viajó hasta Texas en aquellos días.

Las figuras parecieron moverse y la nave espacial se desvaneció lentamen­te, dejando una estela de humo. Los Foster contemplaron la aparición du­rante casi una Nora, como si estuviesen viendo una película de aventuras, sin sentir el menor temor. Solo curiosidad. Finalmente, se desvanecieron las figu­ras y no regresaron nunca más. El día siguiente, informaron a la prensa de lo sucedido, y la prensa fue tan amable de no decir si la inteligencia del señor Foster era inferior a in media, como le había sucedido a María Gómez.

¿Tú que crees?…

 

Bibliografía

Doreste, T. (1991). Grandes Enigmas, El Fascinante Mundo de lo Oculto. España: Ediciones Océano, S.A.

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Ruy Velázquez, señor de Villarén, casó con doña Lambra, orgullosa e intrigante dama que se unió a él tanto por inclinación como por razón de Estado.

Cuando toda “una multitud de huéspedes llenaban el palacio y los jardines del señor de Villarén, tomando parte en los regocijos que se celebraban en obsequio de la recien casada, esta se mostraba ajena al general contento”.

Sentada junto a una ventana, en actitud meditabun­da, su rostro distaba mucho de reflejar la alegría que parecía natural en aquella ocasión. Sus ojos no cesaban de fijarse en un grupo de siete caballeros, los hijos de don Gonzalo Bustos, señor  de Salas de Lara y pariente de Ruy Velázquez.

Todo ello se debía a que doña Lambra se considera­ba gravemente ofendida porque al dirigirse a la iglesia la comitiva, se había suscitado una riña, pronto apa­ciguada por los amigos, entre un primo de la novia y el menor de los hijos de Gonzalo Bustos, llamado González.

Este era la razón del desprecio, del odio, con que la orgullosa doña Lambra miraba al joven González. Y, como si de él hubiera recibido un gran insulto, la altiva dama estaba ya pensando coma podría vengarse devolviéndolo.

Pronto halló el medio, que creyó el mejor, el más duro. Incapaz de moderar por más tiempo su rencor, llamó a un criado y le ordenó que fuese a insultar a los siete infantes, indicándole para ello un medio, el más eficaz que a la sazón se conocía. Consistía en arrojar un cohombro lleno de sangre sobre aquel a quien se quería ajar, afrenta que se consideraba coma la más audaz que pudiera dirigirse a un hombre de honor.

Confiando el insolente criado en la protección de su ama, acercóse al lugar donde estaban los siete hijos de Gonzalo Bustos y, tomando bien sus medidas para no errar el tiro, arrojó el cohombro sobre González, co­rriendo inmediatamente a refugiarse a los pies de la dama, para sustraerse de este modo a la justa ira de los sorprendidos e indignados hermanos.

  • ¡Mal pecado, doña Lambra! —exclamó González—. No me cabe dude que vos habéis dispuesto esta negra traición, puesto que de lo contrario jamás se habría atrevido este esclavo insolente; pero no le valdrá el seguro de vuestro regazo para librarse de lo merecido.

Y dice el novelista Trueba que acto seguido se pre­cipitaron los siete jóvenes, con las espadas desnudas, sobre doña Lambra, quien exclamó con tono orgulloso y altanero:

—Deteneos, caballeros, u os arrepentiréis de vuestra precipitación. Este mozo es mi protegido y consideraré un insulto personal el menor daño que a él se le haga.

—En vano amenazáis, señora —respondieron a una los siete hermanos–. Este infame ha de morir.

Al oír esto, el mozo quiso cubrirse con los paños del manto de su ama, pero los de Lara no respetaron ese Lugar y, a despecho de los gritos del culpable y de las amenazas de la dama, González le sacó de su refugio tirándole por los cabellos y a estocadas le dejaron yerto, tiñendo con su sangre el manta nupcial de doña Lambra.

Presagio funesto sin duda, pero en el cual ningún reparo hicieron entonces los siete infantes de Lara.

Entre las diversas personas que acudieron al lugar donde acababa de pasar esta sangrienta escena, se hallaba también el recién casado, Ruy Velázquez, a cuya vista su esposa exclamó furiosa:

–iVenganza, señor, venganza! Si tenéis corazón de hombre, vengadme del ultraje que acaban de causarme esos insolentes hermanos.

Pero los infantes de Lara sonrieron desdeñosamente y, enjugando sus espadas humeantes aún con la san­gre de su víctima, se retiraron pausadamente, sin que Ruy Velázquez intentara siquiera detenerlos.

¿Acaso les tienes miedo? —le preguntó con furia doña Lambra.

Al hallarse solos los dos nuevos y ya poco felices esposos desahogaron su furor, no pensando más que en vengar la ofensa. Lo primero que se le ocurrió a Ruy Velázquez fue desafiar a los infantes, acompañado de otros seis amigos de confianza, para que resultaran siete contra siete.

Esta idea no le pareció bien a doña Lambra, por el riesgo qua corría de quedarse viuda, ya que su ma­rido podría ser quien muriese en la lucha.

—Lo mejor —dijo— será acudir a la astucia y no a la fuerza, porque unos hombres tan viles, que acaban de cometer un asesinato, no merecen ser tratados coma caballeros.

Inmediatamente trazó, pues, su plan y, tanto insistió en que había que ponerlo en práctica, incluso por razo­nes políticas, que su marido, aunque al principio lo mirara con repugnancia, como indigna villanía, acabó par aceptarlo realizándolo.

Para ello, Ruy Velázquez fingió que olvidaba todo lo ocurrido, deseando restablecer las buenas relaciones entre las dos familias e invitó a Gonzalo Bustos y a sus siete hijos a un espléndido banquete, con el que quedó sellada la paz y armonía entre unos y otros.

La misma doña Lambra, disimulando su furor ven­gativo, abrazó en él a González, que era a quien más odiaba de los siete hermanos.

Transcurrió algún tiempo, y un día presentóse Ruy Velázquez en casa de Gonzalo Bustos para hacerle un encargo importantísimo. Le dijo que el rey moro de Córdoba le debía una gran cantidad y que él había pensado que nadie más adecuado para ir a reclamársela en su nombre que Bustos, por su gran respetabi­lidad y rectitud, de todos conocida.

Y añadió, para conquistarle:

—Tanto más deseo que aceptéis el encargo de esta embajada cuanto que el importe lo destino a dote de mi hija, a quien deseo con toda mi alma casar con vuestro primogénito.

Ni que decir tiene que la demanda del falso amigo fue aceptada en el acto y Gonzalo Bustos partió para Córdoba, siendo portador de una carta dirigida al rey escrita en árabe. Pero lo que la carta pedía al sobe­rano moro era que, al recibirla, matara al portador, con lo cual quedaría cancelada la deuda.

Algo más humano que el malvado y pérfido señor de Villarén fue el válido del rey moro, Almanzor, que actuaba por éste en todo. Y lo que hizo, después de romper en pedazos la carta, fue limitarse a encerrar en una mazmorra al portador de la infame carta, con la intención de que allí quedara de por vida. Esto le permitió al moro responder al malvado de Villarén, mintiendo a medias.

“…Ya no volverá a molestaros nunca más la vista de vuestro enemigo —le decía—, pues vuestros deseos se han cumplido.”

Así quedó realizada la primera parte del diabólico plan ideado por doña Lambra, pero faltaba la segunda. Esta consistió en decides a los siete infantes:

—Vuestro padre ha sido asesinado por el rey moro de Córdoba. Y tanta es la indignación de mi esposo, Ruy Velázquez, que el mismo se ofrece a ir con vosotros en la guerra que es necesario declararle, para vengar la muerte del buen Gonzalo Bustos.

Todo se hizo como se había planeado, pero el fingido amigo dio parte secretamente al rey moro de las esca­sas fuerzas con que se contaba y de que él retiraría las suyas a poco de comenzar la batalla, dejando solos a los siete infantes con los pocos amigos fieles, cuya resistencia poco podía durar.

Ruy Velázquez, señor de Villareal, se había conver­tido, por tanto, en el más vil traidor, deshonra de caba­lleros y de militantes en un ejército cristiano.

Los siete infantes de Lara lucharon heroicamente a pesar de aquella infame celada de que habían sido víctimas; pero por más que vendieran bien caras sus vidas no quedó ni uno solo de ellos. Las siete cabezas fueron cortadas por los moros y enviadas como trofeo do guerra al rey de Córdoba, Almanzor.

Y se cuenta que, puestas en unas fuentes, como otros tantos platos más, fueron servidas al desdichado Gonzalo Bustos en tan banquete dado en su honor por el rey, quien, compadecido al fin, al ver que su inmen­so dolor degeneraba en locura, siempre mirada con religioso respeto por los musulmanes, le dijo:

—Quedáis en libertad  “gracias a las suplicas de mi hermana”.

De esta mujer se dice que Gonzalo Bustos tuvo un hijo llamado Mudarra González, principio y fundador del linaje nobilísimo en España de los Manriques.

Otra versión refiere que al tener Almanzor las siete cabezas de los infantes de Lara y la de su viejo ayo Munno Salido, que luchó a su lado valerosamente, ordenó que las ocho cabezas fueran lavadas con vino para limpiarlas de la sangre y las hizo colocar en fila sobre una sábana blanca.

Entonces, el propio rey fue a sacar de la cárcel a don Gonzalo y se las mostró como si no supiera de quienes eran. Tal fue la terrible impresión del desgraciado pa­dre, que cayó en tierra sin conocimiento. Pero al reco­brarlo, deshecho en llanto, las fue cogiendo amorosa­mente y, como si aún hablara con sus hijos, iba recordando en alta voz los nobles hechos de cada uno.

Luego, de pronto, apoderándose de una espada que hallo a mano, se lanzó contra un grupo de alguaciles que estaban presentes y, antes que nadie pudiera impe­dirlo, mató a siete de ellos, pidiendo después a Alman­zor:

—Matadme ahora a mí.

Pero aunque eso se aprestaban a hacer los moros presentes, sin embargo, compadecido el rey árabe, orde­nó que nadie se atreviera a tocarlo. Y tan grandes eran el llanto y la desesperación del infeliz padre, que hasta a los mismos moros presentes se les saltaban las lágrimas ante semejante espectáculo.

Y la mora de noble estirpe que de él cuidaba en la prisión se le acercó para decirle:

–Esforzaos, señor  don Gonzalo, en recobrar un poco la serenidad, cesad en vuestro inútil llanto, que yo misma perdí doce hijos que eran muy buenos caballe­ros y me los mataron juntos en una batalla en un solo día; pero no por eso deje de luchar con el dolor, dándome ánimos yo misma, ni pensé en matarme, ni en dejarme morir de pena. Y pues yo, que soy mujer, me mantuve fuerte, ¿cuanta más razón hay para que lo hagas tú, que eres hombre? Por mucho que llores y te desesperes, nunca podrás recobrar a tus hijos. ¿Y de qué sirve, qué bien ha de acarrear el que ahora te dejes morir tú?

Entonces el rey Almanzor intervino para decir: —Gonzalo Bustos, siento vivo pesar por el que a ti te aflige hoy, y decido dejarte Libre de tu prisión, dándote cuanto hubieres menester para que, llevándote contigo las cabezas de tus hijos, puedas regresar a tu tierra y a la compañía y consuelo de tu mujer doña Sancha.

Gonzalo, muy agradecido, y con ofrecimientos de co­rresponder a su bondad, si in ocasión se presentaba algún día, iba a retirarse, cuando la hermana del rey le llamó aparte para decirle en secreto:

—Señor, de nuestros amores ha quedado fruto. De­cidme que es lo que debo hacer cuando llegue la ocasión del alumbramiento.

Don Gonzalo se quitó entonces un anillo que lleva­ba y partiéndolo en dos mitades le dio una, diciéndole:

—El que presente en mi tierra esta mitad, será reco­nocido como hijo mío.

Y este fue, como ya se dijo, el después famoso Mu­darra, que vengó la muerte de los siete infantes de Lara, matando a Ruy Velázquez.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

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Don Ramón Menéndez Pidal cuenta esta versión de la célebre leyenda de don Rodrigo y su inseparable “La Cava”;

Cierto día, en el palacio real de Sevilla hablábase de hermosas mujeres y uno terció en la conversación afirmando:

—En toda la sierra no hay mujer más bella que la hija de Julián, el conde de Tangitania.

Estas palabras impresionaron al rey Getico o Vitiza, quien, apartándose del concurso, trató a solar con un duque el modo de enviar con cautela un mensajero a aquella doncella para poder verla cuanto antes. Y le dijo:

—Llama a Julián; que venga, y entrégate con él, du­rante algún tiempo, a los festines y a la embriaguez, en alegres orgías.

Y mientras Julián andaba en estas fiestas, Vitiza es­cribió cartas en nombre del conde, selladas con el sello de éste, y las envió a la condesa para que trajese cuanto antes a su hija Oliva (los moros le llaman «La Cava») a Sevilla. Y disipado el conde Julián en aquellos deleites del banquetear y del beber, Vitiza tuvo mu­chos días en su poder a la hermosa doncella y la es­tupró.

Y aún seguía Julián en sus espléndidos banquetes, cuando una vez, alzando los ojos, vio a un escudero suyo que habia dejado en Tángcr, y Hamán&le hacia si, le dijo:

— ¿Cómo has venido por acá?

A lo que él respondió:

–Como hiciste venir a tu mujer y a tu hija, yo vine acompañándolas.

—Vete —dijo Julián al escudero— y di a mi mujer que venga en seguida.

Al llegar, la mujer reveló a su marido cómo Vitiza las había hecho venir, a ella y a su hija, con engaño.

Entonces Julián dijo a la condesa:

—Anda, recoge todas tus cosas y corre a la ribera del rio, que allí cogeremos el navío y nos repatriare­mos, abandonando a nuestra hija.

Y subieron al barco y navegaron directa y rápida­mente a Ceuta.

Una vez llegados, y reunidas todas sus riquezas en oro, plata y ropas, Julián se dirigió a Alcalá, donde residía el rey moro Tárec, y le dijo:

–¿Quieres entrar en España? Yo to llevaré, porque tengo las naves del mar y de la tierra y puedo enca­minarte bien.

— ¿Y qué confianza —reparó Tárec— podré tener en ti, siendo tú cristiano y yo moro?

—En cuanto a eso —replicó Julian, bien puedes confiarte en mí, porque to entregaré mi mujer, mis hi­jos y riquezas innumerables.

Entonces, aceptadas estas seguridades, Tárec reunió gran muchedumbre de caballeros Árabes, y desembar­cando con Julián en la isla de Tárif (sic, no Tárac), subió al monte que está, entre Ceuta y Málaga, el cual hasta hoy se llama monte de Tárec, y desde allí se diri­gió a Sevilla, la combatió y la tomó.

Mientras esto sucedía, murió Getico o Vitiza, dejando dos hijos: Sebastino y Evo. Pero, como fuesen mucha­chos, los de la tierra no los quisieron para reinar eligieron a Rodrigo, el cual, reuniendo un gran ejército, salid a enfrentarse con Tárec.

Pero los hijos de Vitiza enviaron aviso a este último, ofreciéndole huir en la batalla, como lo hicieron, aca­rreando la derrota de los cristianos. Muchos de éstos perecieron, y entre ellos murió don Rodrigo.

Tárec dio un privilegio de ingenuidad a los traidores Sebastino y Evo, y éstos poseyeron pacíficamente tres mil sesenta villas, que era el patrimonio real que Vitiza había poseído.

También se dice que el rey don Rodrigo huyó, al verlo todo perdido, hasta la villa de Viseo, en el reino de Portugal, donde acabó su vida convertido en mozo de un hortelano.

Y cuéntase que hizo tan gran penitencia y murió como tan buen católico, que, en el momento de expirar, todas las campanas de Viseo tañeron por él sin que persona alguna las tocara.

Asimismo hay quien afirma que crió en la huerta “una muy grande culebra et, quando la vio poderosa, metióse con ella en una cueva et dexóse todo comer fasta que murió”.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.