Categoría: Francia

Yo amo a la noche con pasión. La amo como se ama a la patria o a una mujer: con un amor instintivo, profundo, invisible. La amo con todos mis sentidos: con mis ojos, que la ven; con mi olfato, que la percibe; con mis oídos, que escuchan su silencio; con toda mi carne, que las tinieblas acarician. Los pájaros cantan bajo el sol, bajo el aire azul, bajo el aire ligero, bajo el aire cálido de las madrugadas claras. El búho huye en la noche, negra mancha que cruza el espacio negro y, alegre, ebrio de negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me enoja. Es brutal y ruidoso. Me levanto con pena, me visto con lasitud y salgo a la calle con sentimiento. Cada paso, cada palabra, todos los gestos, cualquier pensamiento, me fatigan como si transportase una pesada carga.

Pero cuando el sol se pone me invade una alegría confusa, una alegría en todo mi cuerpo. Entonces me despierto, me animo y, a medida que la oscuridad crece, me voy sintiendo otro, más joven, más fuerte, más alerta, más feliz. Contemplo cómo se extiende la dulce oscuridad venida del cielo, cómo va invadiendo la ciudad cual ola inaprehensible e impenetrable. La oscuridad oculta, borra, destruye los colores y las formas y envuelve las casas, los seres y los monumentos en su imperceptible abrazo.

Entonces siento la necesidad de gritar de placer, como los mochuelos, y de correr sobre los tejados, como los gatos. Y un impetuoso, un invencible deseo de amar se apodera de mí, arde en mis venas.

Ando, me paseo, a veces por las avenidas sombrías, otras por los bosques vecinos a París, donde escucho los leves anclares de mis hermanas las alimañas y mis hermanos los cazadores furtivos.

Aquello que amamos con violencia acaba siempre por destruirnos. Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo contarlo para hacerme comprender? No lo sé, no sé nada; sólo sé que es así. Helo aquí:

Ayer – ¿fue ayer?, Sí, sin duda; a no ser que fuera antes, otro día, otro mes, otro año… no lo sé. Debió ser ayer, sin embargo, puesto que no ha amanecido, puesto que el sol no ha vuelto a salir. Pero ¿cuánto tiempo lleva durando esta noche? ¿Cuándo?… ¿Quién puede decirlo? ¿Quién llegará a saberlo jamás?

Ayer, pues, salí, como todas las noches, después de cenar. El tiempo era magnífico, dulce, cálido. Mientras descendía hacia los bulevares, contemplaba sobre mi cabeza el río negro y pletórico de estrellas, dibujado contra el cielo por los tejados de la calle, que torcía y hacía ondular, como un verdadero río, el mundo siempre cambiante de los astros.

Todo brillaba bajo el aire suave, desde los planetas hasta los faroles de gas. Tanto fuego había en las alturas y en la ciudad que las tinieblas parecían luminosas. Las noches rutilantes son más alegres que los grandes días de sol.

Los cafés del bulevar resplandecían; la gente reía, se paseaba, bebía. Entré en un teatro, ¿en cuál? No lo sé. Es el corazón ensombrecido por el choque brutal de la luz, por el centelleo de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por toda la melancolía de aquella claridad falsa y cruda.

Fui a los Campos Elíseos, donde los cafés-concierto parecían focos de incendios entre el follaje. Los castaños, aureolados de luz amarilla, parecían fosforescentes. Los globos eléctricos, semejantes a lunas brillantes y pálidas, a huevos de luna, caídos del cielo, a monstruosas perlas vivientes, hacían palidecer bajo su claridad nacarina, misteriosa y regia, los hilillos del gas, del gas sucio y vil, y las guirnaldas de cristales de colores.

Me paré bajo el Arco de Triunfo para contemplar la avenida, la larga avenida estrellada, dirigiéndose hacia París entre dos líneas de fuego, bajo los astros. Los astros allá en la altura, los astros desconocidos, abandonados al azar en la inmensidad, donde dibujan esas figuras extrañas que nos hacen soñar, que nos obligan a reflexionar.

Entré en el bosque de Boulogne y permanecí allí largo, largo tiempo. Sentí un extraño estremecimiento, una emoción imprevista y poderosa, una exaltación tal del pensamiento que se aproximaba a la locura.

Anduve durante mucho, mucho rato. Después volví.

¿Qué hora sería cuando pasé de nuevo bajo el Arco de Triunfo? No lo sé. La ciudad dormitaba y las nubes, unas nubes grandes y negras, se extendían lentamente por el cielo.

Por primera vez comprendí que iba a ocurrir algo inusitado, distinto. Me pareció que hacía frío, que el aire se tornaba más denso, que la noche, mi amada noche, pesaba sobre mi corazón. La avenida estaba desierta, sólo dos gendarmes se paseaban cerca de la parada de los coches de punto y una larga fila de carros de verduras se dirigía al Mercado Central por la calzada apenas iluminada por los mortecinos faroles de gas. Avanzaban lentamente, cargados de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles; los caballos avanzaban paso a paso, siguiendo al carro anterior, sin hacer ruido en el pavimento. Al pasar bajo las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban en rojo, los nabos en blanco y las coles en verde; unos detrás de otro avanzaban los carros, rojos de un rojo de fuego, blancos de un blanco de plata, verdes de verde esmeralda. Los seguí un rato y luego volví por la calle Real y llegué a los bulevares. Ni un café iluminado, ni una alma, sólo unos pocos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto París tan muerto, tan desierto. Miré mi reloj: eran las dos.

Sentí la necesidad imperiosa de andar. Llegué hasta la Bastilla, allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, ya que apenas podía distinguir la columna de Juillet, cuyo Genio de oro desaparecía en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, tan espesa como la inmensidad, velaba las estrellas y parecía irse a abatir sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos, no había nadie en torno mío. En la plaza del Chateau-d’Eau, sin embargo, un borracho tropezó conmigo y luego desapareció; durante un rato oí sus pasos, desiguales y sonoros. A la altura de la avenida Montmartre un coche de punto me pasó de largo. Le llamé, pero el cochero no respondió. Una mujer andaba sin rumbo fijo, cerca de la calle Drouot: “Escúcheme, señor” apresuré el paso para evitar su mano tendida. Luego, nada más. Delante de la Zarzuela, un trapero escarbaba en el arroyo, su linterna se balanceaba a ras del suelo; le pregunté:

– ¿Qué hora es?

– ¡Y yo que sé! -contestó-. No tengo reloj.

De pronto me di cuenta de que los faroles estaban apagados. Sé que en esta época del año los apagan de madrugada, antes de que amanezca, por economía; pero el día estaba todavía, ¡tan lejos!

“Vamos al Mercado, me dije, allí por lo menos encontraré algo de vida”.

Me puse en camino, pero no veía ni lo suficiente para poderme orientar. Anduve con lentitud, como se hace en un bosque, reconociendo las calles y contándolas, una a una.

Delante del Crédito Lionés ladró un perro. Torel por la calle de Gramot y me perdí; anduve errante y por fin reconocí la Bolsa por las cadenas de hierro que la rodean. París entero dormía con un sueño profundo, espantable. A lo lejos, no obstante, se veía un coche de punto, un solo coche de punto, tal vez el mismo que me adelantara antes. Traté de llegar hasta él dirigiéndome hacía donde sonaban sus ruedas, a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Volví a perderme. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar el gas tan pronto! Ni un paseante, ni un vagabundo, ni un rezagado, ni siquiera el mullido de un gato amoroso. Nada.

¿Dónde estaban los gendarmes? Me dije: “Si grito, vendrán”. Grité, pero nadie respondió.

Grité más fuerte. Mi voz voló en el aire, sin eco, débil, ahogada, rota por la noche, por aquella noche impenetrable.

Gemí: “¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!”

Mi llamada desesperada quedó sin respuesta. ¿Qué hora sería? Saqué mi reloj pero no tenia cerillas. Escuché el suave tic-tac con una alegría incontenible. Mi reloj estaba vivo, ya no me sentía tan solo. ¡Qué misterio”

Seguí andando, como un ciego, tanteando las paredes con mi bastón, los ojos vueltos hacia el cielo, esperando la llegada del día; pero el espacio estaba negro completamente, aún más negro que la ciudad.

¿Qué hora debía ser? Me pareció que llevaba andando un tiempo infinito, porque mis piernas flaqueaban, mi pecho jadeaba y sentí un hambre atroz.

Me decidí a llamar a la primera puerta. Apreté el botón de cobre y el timbre sonó en el interior, vibrante, pero su sonido fue extraño, como si su vibración fuese el único habitante de la casa.

Esperé, pero nadie respondió ni se abrió la puerta. Llamé de nuevo, volví a esperar. Nada.

¡Sentí miedo! Corrí a la casa siguiente y llamé veinte veces seguidas al timbre del pasillo oscuro donde debía dormir el portero: pero no se despertó. Fui más allá, llamé con todas mis fuerzas, pegando con los pies, con el bastón, con las manos, en las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto me di cuenta de que había llegado al Mercado Central. El Mercado estaba desierto, sin ruido, sin movimiento, sin un coche; ni una persona, ni un solo cesto de verduras o de flores.

¡Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto!

El espanto se apoderó de mí. Aquello era horrible. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¡Oh, Dios mío! ¿Qué ocurría?

Hui. Pero ¿y la hora? ¿La hora? ¿Quién podría decirme la hora? Los relojes de los monumentos y los campanarios permanecían mudos. Me dije: “Abriré el cristal de mi reloj para tantear la aguja”. Saqué el reloj… ya no latía… se había parado. No había nada, nada. No quedaba ni un solo estremecimiento en toda la ciudad, ni un destello, ni un soplo de viento en el aire. ¡Nada! ¡Nada en absoluto!, ni siquiera el rodar lejano del coche de punto…, ¡nada!

Me hallaba en los muelles. Del río subía un frío glacial.

¿El Sena seguía aún corriendo?

Quise saberlo, bajé la escalera… no se oía el ruido gorgoteante de la corriente, bajo los arcos del puente… Aún quedaban dos escalones… después la arena… el cieno… después el agua… metí el brazo… el agua corría… corría… fría… fría… fría… casi helada…. casi aterida… casi muerta…

Comprendí que nunca tendría fuerza de volver a subir… y que iba a morir allí… yo también. De hambre, de cansancio, de frío.

Bibliografía

Narraciones Terroríficas, Antología de cuentos de misterio. Barcelona: Ediciones Acervo, 1968.

Autor: Guy De Maupassant

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En los remotos tiempos de Carlomagno, el joven duque Huon, señor de Burdeos, fue a París a rendir homenaje al emperador, pero, después de una discu­sión retó a duelo a un caballero de la corte y lo mató. El monarca, airado, ordenó al temerario como castigo:

—Irás a Bagdad y me traerás cuatro dientes y la barba del emir de esa ciudad. Hasta que no consigas esto no te perdonaré.

Aquel mismo día partió Huon con una pequeña tro­pa de fieles soldados. Ni que decir tiene que el viaje fue larguísimo y fatigoso, y que los viajeros tuvieron que soportar penalidades y privaciones sin cuento.

Un día, tan cansados, hambrientos y sedientos esta­ban, que en un claro del bosque se echaron agotados sobre la hierba, convencidos de que allí iban a perecer. Pero de pronto se oyó el potente toque de un cuerno de caza entre la espesura y casi por milagro todos dejaron de sentir cansancio, hambre y sed.

Segundos después, de entre los árboles salió un her­moso enano haciendo sonar un cuerno de marfil. Acercándose a Huon le dijo:

—Soy Oberón, el rey de los genios del aire, y vengo en vuestra ayuda. Sé muy bien adónde te diriges y la peligrosa empresa que te aguarda. Pero no temas. Yo te protegeré porque eres valeroso y bueno.

Acto seguido, el enano hizo un ademan y, súbitamen­te, surgió de la tierra un maravilloso palacio en el cual Huon y sus hombres pudieron saborear los más ricos manjares. Cuando ya todos estuvieron hartos y hubieron reposado, se dispusieron a reanudar su interrumpido viaje. Entonces, Oberón le entrego su cuer­no de marfil al joven Huon y le dijo sonriendo:

—En el momento que te veas en un apuro, haz sonar este cuerno; yo to oiré inmediatamente y acudiré en tu auxilio al frente de un ejército.

Y seguidamente partió al frente de los suyos, mien­tras el mágico palacio desaparecía tan misteriosamente como habla aparecido.

Pocos días después, los viajeros llegaron a un país donde reinaba un soberano cruel que mataba a todos los cristianos que caían en sus manos. Por eso tan pron­to supo la llegada del duque de Burdeos al frente de su reducida tropa, armó una numerosa hueste y se dirigió a su encuentro.

La lucha fue encarnizada por ambas partes, y los franceses, aunque muy valerosos, eran tan pocos que estaban a punto de ceder a las numerosas fuerzas de su adversario, cuando Huon hizo sonar con toda su fuerza el cuerno de marfil.

Y, en efecto, fiel a su promesa, de repente se vio entrar al enano Oberón en la batalla a la cabeza de un numeroso ejército, con el que derrotó totalmente al enemigo. Miles de adversarios murieron en el combate, entre ellos el mismo rey; los demás huyeron despavo­ridos.

Tras un merecido descanso en la ciudad conquistada, Huon y sus hombres prosiguieron el viaje hasta llegar a orillas del mar Rojo, donde no tuvieron más remedio que detenerse, pues no había puente, ni vado, ni siquie­ra nave para atravesarlo.

Desesperado estaba ya el valeroso Huon y se disponía a tirarse al agua para intentar cruzar el mar a nado o perecer, cuando un delfín se apareció en la orilla y dijo al joven:

—El enano Oberón me ordena que venga en tu ayu­da. Ven, sube encima de mí y te conduciré sano y salvo a la otra orilla.

De esta forma, Huon no tardó en desembarcar cerca de Bagdad. Pero no hizo más que entrar en la ciudad, cuando el emir, sabiendo que venía en su busca, le hizo prender por sus esbirros y encerrar en un calabozo después de quitarle el cuerno mágico.

Menos mal que cuando más desesperaba de salir de su encierro, un día vio abrirse la puerta de su celda y entrar por ella uno de sus hombres que, con los demás, había quedado al otro lado del mar. El hombre le conto que junto con sus compañeros habían encontrado una nave, en la que embarcaron rumbo a Bagdad, donde habían logrado introducirse secretamente en el pala­cio del emir.

—Necesito a toda costa que me traigas el cuerno de marfil —le dijo Huon.

A duras penas logró el hombre arrebatárselo al emir y lo trajo al prisionero, quien sopló en él con toda la fuerza de sus pulmones. Oberón acudió prontamente a la cabeza de sus guerreros, y el emir, desprevenido, fue fácilmente vencido y muerto.

Sin pérdida de tiempo, el joven Huon le arrancó los dientes, le corto la barba y con este botín retornó a Francia en unión de sus compañeros.

Y como es natural, Carlomagno, perdonó al valeroso duque de Huon y celebró grandes fiestas en su honor.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Toda España era tierra de sarracenos cuando Carlo­magno, con la barba ya encanecida, puso cerco a Córdoba.

El emperador era entonces el más grande señor de Occidente y contaba con una nutrida hueste y con la flor de la caballería. En torno de su persona estaban los doce Pares de Francia.

Un día llego al campamento de Carlomagno un em­bajador de Marsilio, el rey moro de Zaragoza, con esta propuesta: convertirse al cristianismo a cambio de que se le diera España en feudo. Carlomagno la abandonaría y Marsilio iría luego a Aquisgrán a ponerse a sus pies. Unos rehenes asegurarían el cumplimiento de esta promesa.

El gran monarca de Occidente convocó a sus caba­lleros. Estaban presentes el arzobispo Turpin, Ogier el danés, Ansies de Cartago, el poderoso duque Gaiferos, Gerardo de Rosellón, el fiero, Oliveros, Roldán, Ganelón, Astor, Berenguer…

Mientras unos opinaban en favor, otros dudaban. Los más, sin embargo, recomendaron a Carlomagno el envió de alguien que entrara en tratos con Masilio en persona.

Ganelón fue el encargado de ser el portador del men­saje con el guantelete cuya entrega cerraría el trato.

Pero éste protesto indignado por miedo a cumplir tan peligrosa misión. Dos mensajeros enviados poco antes hablan sido muertos.

  • ¿Por qué no va Roldán? —preguntó.

Elio se debía a que odiaba su valor y grandes virtudes.

Pero como Carlomagno dijo que debía ir Ganelón, el elegido para la embajada tomó el camino de Zara­goza rumiando venganzas contra Roldán. Tan pronto come se vio con el rey moro Masilio en lugar de con­certar con éste lo convencido, le propuso una mons­truosa conjura, según la cual Ganelón haría saber al monarca sarraceno el lugar por donde Carlomagno había de cruzar con su ejército los Pirineos.

Sabiéndolo, aunque los moros no podrían vencer a tan potente hueste, al menos lograrían diezmar su retaguardia en la que iban los más escogidos. Y entre ellos, bien to tenía en cuenta el traidor Ganelón, iban Roldán con los doce Pares de Francia.

Cuando Carlomagno tuvo que regresar a Francia para recibir, en Aquisgrán, el vasallaje de Marsilio de acuerdo con los tratos que Ganelón había llevado a Ca­bo, la mitad de su ejército se lo ofreció a Roldán, por­que la hueste de los moros era numerosísima, ya que pasaba de cuatrocientos mil hombres.

Pero el sobrino del emperador rechazó altivamente el ofrecimiento diciendo:

—Para nada necesito tanta gente. Me basta con tener a mi disposición “veinte mil francos bien valientes”.

Y agregó que su tío cruzara los puertos tranquilo, que por lo que a él se refería, Dios le confundiera si con su proceder desmentía su alta estirpe. Y que mientras “él estuviera vivo no temiera el emperador a hom­bre alguno”.

Carlomagno dejó a Roldán. Pero tan apesadumbrado iba, camino de Francia, que no podía contener el llanto, en la seguridad de que, si moría su sobrino, jamás podría hallar otro apoyo semejante para él y para su imperio.

Y llevado por estos pensamientos, pasó por Tudela y Pamplona, para entrar poco después de nuevo en su dulce patria por Roncesvalles, una angostura difícilmente practicable.

Delante iba el emperador con el grueso de sus hombres y el tren del ejército; y, en retaguardia, un grupo escogido de jinetes, capitaneados por Roldán, entre los que figuraban los doce Pares de Francia y el famoso arzobispo Turpin, heroico guerrero y terror de la morisma.

Cuando ya la vanguardia del ejército hacía rato que había traspuesto el desfiladero de Roncesvalles y Roldán con los suyos es disponía a hacerlo, Oliveros le aviso que barruntaba un ataque de los moros. Y como, en efecto, no tardaron en verlos asomando armados tras las rocas, agregó:

—Roldán, haz sonar el olifante para advertir a Car­lomagno.

—No es necesario —contestó el caballero—. Se reirían de mí si diera aviso por tan poca cosa. Si los moros atacan, nos defenderemos.

La morisma no tardó en hacerlo con piedras, flechas, caballería y miles de infantes con lanzas y picos. Inmediatamente se entabló un fiero combate en el que los infieles eran muchos más que los francos. Poco después algunos de los mejores caballeros estaban muertos o agonizando.

Nuevamente insistió Oliveros:

— ¡Roldán, haz sonar el olifante!

Y como, al negarse nuevamente, Oliveros le dirigiera agrias palabras, intervino el arzobispo Turpin para de­cir:

—No creo que nos sirva de mucho el que el emperador sepa to que aquí está ocurriendo, pues aunque regrese nos encontrará sin vida, pero al menos si viene podrá vengarnos. No está, pues, de más hacer sonar el olifante.

Estas palabras convencieron a Roldán que, acto se­guido, hizo sonar su marfileño cuerno, el famoso “olifán” y “olifante”, pidiendo auxilio a las lejanas tropas de Carlomagno.

Un sonido hondo y largo remontó el fragor del combate, penetrando en el silencio impasible de picos y va­lles. Y tal fuerza empleó Roldán en el tañido desde la primera vez, que estallaron las venas en sus sienes.

A pesar de la distancia, el emperador lo oyó, y ordeno inmediatamente que sesenta mil trompetas, que su ejército llevaba, le respondieran con su escalofriante resonar entre los montes.

—i Es Roldán quien llama! —dijo el emperador—. Al­go grave les está ocurriendo a mis Buenos caballeros.

Y cuando el olifante volvió a sonar insistentemente, Carlomagno, ardiendo en ira, se dirigió con todo su ejército a Roncesvalles, para acudir en ayuda de Roldán, a quien todos lloraban ya, dándole por muerto antes de llegar.

Todos menos el traidor Ganelón, cuya traición fue prontamente descubierta, por lo que quedó prisionero hasta que le llegara el día en que iba a ser ajusticiado.

Mientras tanto, en Roncesvalles, la pelea tomaba para los francos un cariz desesperado, y sólo el valor permitía robarle minutos, tal vez segundos, a la muerte.

Caídos ya los otros Pares de Francia (entre ellos Oliveros, el que más sintió Roldán), en el campo de batalla quedaron sólo dos: este último y el arzobispo Turpin, gravísimamente heridos. Ambos se prestaban mu­tuamente auxilio, cayendo y levantándose con férrea voluntad.

Al fin, murió el arzobispo. Sus últimas palabras fue­ron:

—Siento morir únicamente porque ya no podré ver al gran Carlomagno, cuando llegue.

Luego, juntó las manos y mirando al cielo, confesó sus culpas y pidió a Dios que otorgara el paraíso a su alma. Por el rogó también piadosamente Roldán, que le cruzó después sobre el pecho “aquellas blancas y pu­lidas manos”, mientras fuera del cuerpo veíanse las entrañas del muerto, destrozadas por las lanzas de los infieles.

Pero Roldán también sentía que su muerte se aproxi­maba, puesto que, debido a los esfuerzos que hiciera para tañer el gran olifante, por las rotas sienes iban derramándosele los sesos hasta los oídos.

El héroe cogió entonces el cuerno de marfil y empuñó su querida espada Durandal o Durandarte. Era un arma grande y pesada, de empuñadura de oro, en la que se guardaban reliquias: un diente de San Pedro, sangre de San Basillo, cabellos de San Denis, trozos de telas que vistió la Virgen… Una espada gloriosa que había conquistado Anjou y Bretafia, Poiteus y Normandía, Pro­venza, Aquitania, Lombardía y Borgoña.

Sintiéndose desfallecer y al ver que su muerte esta­ba próxima y presa de furor ante la idea de que su es­pada pudiera llegar a manos de un infiel, decidió rom­perla. Y, remontando un cercano cerro, intentó estre­llarla contra una roca.

Pero la espada era más dura que la piedra, y Roldán no pudo lograr su objetivo de que nadie pudiera alabar­se de usar aquella arma que tanta gloria había hecho ganar a su legítimo dueño.

Cuando llegó, Carlomagno adivinó, por las señales que habían quedado en la roca, quien fue el único que podía haberlas estampado allí, y que cerca había de estar su sobrino.

Con su último esfuerzo, Roldán cayó desvanecido al pie de un pino, sobre la hierba fresca y verde. Un astuto y forzudo moro que, cubierto de sangre, yacía en el campo de batalla, fingiéndose muerto, aunque ileso en realidad, había estado espiando los pasos del famoso paladín y, creyéndolo ya un cadáver más, el último y de mayor importancia, arrastró su cuerpo para llevárselo triunfalmente y le quitó la espada, con la esperanza de obtener de ella, en su tierra, un altísimo precio.

Pero, desgraciadamente para él, con los tirones que dio al cuerpo, Roldán recobró los sentidos, y, al ver su querida espada en manos del moro y no podérsela guitar, empuñó la única arma de que en aquel fatal momento disponía, su “olifante”, y de un furioso golpe dirigido a la cabeza del infiel, le rompió el yelmo y el cráneo y le vio caer sin vida al suelo.

Lo único que sintió es que también el gran cuerno de marfil se requebrajo con el golpe. Luego Roldán se colocó la cara a los enemigos y se dispuso a morir. Con la diestra apretaba el puño de la espada; a su izquierda estaba el “olifante”. Reprimió un amago de llanto y dijo:

  • ¡Dios Mío! Padre verdadero que resucitaste a Lazaró…

Y, a la vez levantó el brazo derecho en ademán de dar la mano a alguien que estuviera frente a él.  En efec­to, el arcángel San Gabriel estaba allí para recoger en la suya aquella

mano abatida y débil. Y él fue el encar­gado de llevar el alma de Roldán a los cielos.

 

Cuando al fin, Carlomagno pisó en su retroceso, el suelo de Roncesvalles, un espectáculo horroroso se mos­tró a sus ojos: miles y miles de cadáveres, hombres y caballos, se amontonaban en una mezcla sangrienta y hediente.

Verdad es que por cada cien infieles había uno de los francos pero cierto también que allí había quedado la flor de los caballeros de Francia: los doce pares del rey; Oliveros, Anseis, Turpin y, sobre todo, Roldán…

Carlomagno buscó afanosamente entre los cadáveres el de su sobrino, y al hallarlo tendido sobre la hierba “vuelto el rostro hacia el enemigo” (como ya había anunciado, si llegaba el caso de su muerte, para que constara que él no había, como un cobarde, vuelto la espalda para huir), cogió entre sus manos la cabeza, oprimiéndola amorosamente. Y fue tal su dolor que sufrió un desvanecimiento, y cayó, el también, tendido en el suelo.

Levantado y sostenido su vacilante cuerpo por cuatro de sus barones, dio orden, por indicación de uno de ellos, de que se enterraran en una misma fosa, en la que debía quemarse mirra y  tomillo, los cadáveres de sus principales amigos.

Pero hizo una excepción en favor de Roldán, Oliveros y del arzobispo de Turpin. A estos se les abrió el pecho, se les saco el corazón, que fue envuelto en telas de seda y encerrado en un féretro de mármol, y después de embalsamado el cuerpo, esté fue envuelto en pieles de ciervo.

Cada cadáver fue colocado en un carro cubierto de seda, siendo conducido y custodiado por el ejército hasta Francia, depositándolo luego en un marmóreo y blanco sepulcro, en la ciudad de Blaye, donde en San Román, los francos podrían encomendarlos a Dios y a los santos.

En cuanto al “olifante “de Roldán, el emperador lo dejó, al regresar a Francia, en Burdeos, depositándolo, como una reliquia, en el altar del barón San Severino para que los peregrinos pudieran contemplarlo.

Una vez recuperado, Carlomagno dispuso vengar la muerte de Roldan y de todos los suyos. Inmediatamente, con un gran ejército cruzó el Ebro, y Zaragoza, fortín del moro Marsilio, no tardó en ser tomada.

El castigo del traidor Ganelón se cumplió ya en Aquisgrán, residencia imperial de Carlomagno. Allí se formó un tribunal con toda la nobleza, pues el rey quiso que todos juzgaran al que así había traicionado a sus compañeros.

Fue condenado a morir descuartizado. Con manos y pies atados a cuatro alazanes  que fueron espoleados en distintas direcciones.

Después de hacer justicia, el emperador, siendo ya noche cerrada, fue a acostarse deseoso de descansar de las pasadas fatigas. Se sentía viejo y achacoso.

Pero no había hecho más que tenderse en el lecho cuando de pronto se le apareció San Gabriel y le dijo:

—Convoca enseguida a los componen tu ejército, para acudir en socorro del rey Vivien a quien los infieles tienen sitiado, u solo de ti espera la salvación del gran peligro que corre.

Carlomagno salto del lecho y exclamo resignado:

— ¡Oh, Dios mío, que penosa es mi vida, no hay paz para mi…!

Y mesándose su larga barba se dispuso a obedecer la orden del arcángel.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.