Categoría: Grecia

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Este dios bélico por excelencia era hijo de Zeus y de Hera o Juno. Este hijo fue tan revoltoso, bárbaro y cruel, que se hizo odioso a los mismos dioses.

Hay quien dice que primitivamente había sido el dios de la tempestad; pero todos le conocen preferentemente por el dios de la guerra en lo que èsta tiene de bestial, de implacable, de feroz e inhumana. Guerrero ante todo y sobre todo, Ares gozaba en impulsar a la lucha a los hombres, ayudado por la terrible Belona o Enio, que unos dicen que fue su hermana y otros su esposa.

Además de su mujer, el dios de la guerra iba siempre acompañado de Deimos (El Espanto) y de Fobos (El Terror), ambos hijos suyos; de Eris (La Discordia), y de una multitud de demonios que le servían de escuderos, caballerizos y servidores.

Sin embargo, resulta curioso observar que, pese a ser el dios de la guerra y de las batallas, en la mayor parte de sus leyendas guerreras siempre era vencido. Le venció Atenea, lo venció Heracles, le vencieron los Alodai, y le vencieron hasta hombres, por ejemplo, Diomedes, aun cuando este último estuvo apoyado por Atenea.

Oto y el fornido Efialtes, hijos de Alodai o Aloco, se apoderaron de Ares en una tremenda lucha, le tuvieron trece meses atado con fuertes cadenas y una tinaja de bronce, y “allí hubiera perecido el dios insaciable de combates, si su madrastra, la bellísima Erìbea, no hubiese participado el caso a Mercurio, quién saco furtivamente de la cárcel a Marte casi exàmine, pues las crueles ataduras le agobiaban”.

          Este es uno de los desacatos o atrevimientos que los dioses tienen que tolerar, a veces, a los hombres.

Estas palabras las pronunció, ante su hija Venus, la bella Dione, hija del Océano y amante de Zeus, al ser ligeramente herida por el guerrero Diomedes.

Otro episodio muy conocido fue el que le aconteció a Marte con el herrero divino. Parece el colmo de las paradojas que al feo y cojo Hefaistos le hubiera dado a Venus por esposa Zeus, cuando él mismo y todos los demás dioses estaban enamorados de ella. Pero, según cuentan, esa boda ridícula fue el castigo que el rey de los dioses y de los hombres le impuso a la orgullosa beldad por haberle despreciado.

Sea como fuese, el hecho es que aquel matrimonio no podía de ningún modo ser feliz, por lo que el día que el glorioso barbilindo Marte quiso, Afrodita se entregó a él, burlándose del sucio y feo marido, habilísimo forjador, ocupado constantemente en mantener el fuego de su fragua, allá en las montañas de la tierra, lo que Venus le debía parecer poco divertido.

Ares iba a visitar a su amada por las noches. Pero temeroso de que el Sol, que todo lo ve, les sorprendiera juntos, tenía un amigo, llamado Alectrion, encargado de avisarle el despuntar el alba. Mas una noche el vigilante se quedo dormido y el Sol, que se enteró de cuanto Marte quería ocultarle, corrió inmediatamente con el soplo a Vulcano.

En castigo de su olvido, Alectrion fue transformado en gallo. Y desde entonces no deja nunca de anunciar con anticipación la salida del rey de los astros. La cresta que orgullosamente ostenta no es mas que el recuerdo de su perdido almete de guerrero.

En cuanto a Hefaistos, ya es sabido que su venganza fue cosa nunca vista, ni antes ni después. Fríamente, llevando al colmo su habilidad de perfecto artífice, fabrico una finísima red de hierro irrompibles hilos, la coloco sobre el lecho de los adúlteros de modo que no pudiera verse, y en el momento oportuno la hizo caer sobre los amantes, aprisionándolos.

Inmediatamente convoco a todos los dioses, que vieron el pasmoso ardid, celebrándolo con carcajadas y chistes. Lo mas prosaico y positivista de este asunto es que Vulcano no solo clamó para que se le hiciera justicia, sino exigió también una indemnización.

Sin embargo, desconfiado de que Marte llegara a pagarle esa indemnización que a toda costa reclamaba y que el otro le prometiera, fue preciso que Poseidón se ofreciese como fiador. Y hasta que Vulcano, el marido burlado, no tuvo esta seguridad, no deshizo la red, libertando a la pareja de amantes.

Claro que quien interesaba a Neptuno no era Marte, sino la hermosa Venus, que como es sabido había nacido de la espuma del mar.

Afrodita huyó en seguida, avergonzada, refugiándose en la isla Chipre, donde su culto se hizo muy celebre. Ares, por su parte, se marchó airado a la salvaje Tracia.

También tuvo Marte numerosos amores con mujeres mortales. Y los hijos que tuvo con ellas fueron todos violentos, inhospitalarios, bandidos que eran amantes de entregarse a actos de violencia y de crueldad.

El dios romano, Marte, fue identificado con el Ares griego.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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Poseidón, dios del agua, especialmente del mar, pero también de ríos, arroyos, lagos, manantiales y fuentes, era uno de los de los grandes dioses del Olimpo.

Al igual que Zeus y Hades había nacido de la pareja Cronos y Rea, siendo según la tradición, el mayor de los tres hermanos, aunque luego, en virtud siempre del antropomorfismo, se consideraba a Zeus como el primogénito.

Como ya es sabido, después de ser vencidos los Titanes y Gigantes y al hacer el reparto del mundo, botín obtenido por la victoria, a Poseidón le correspondió la soberanía de todo el elemento líquido, fuese cual fuese su origen.

En la Ilíada se lee: “Tres pasos dio, haciendo retemblar las altas colinas y las espesas selvas bajo sus inmortales pies; al cuarto llegó al termino de su viaje, a Aigai. Allí, en las profundidades del mar tenía magníficos palacios de oro, resplandecientes a indestructibles”.

Sí, Poseidón habitaba en el fondo del mar, en su hermoso palacio de Aigai. Iba siempre armado de un tridente, que era su arma favorita y la utilizaba para todo: para levantar las olas del mar, para hacer brotar fuentes y manantiales, aparecer pozos y lagos y para provocar terremotos.

Sus vastos dominios los recorría en un carro arrastrado por impetuosos corceles, imagen de las olas espumantes que se empujan obligadas por el viento.

Por esto, el animal que se consagró preferentemente a Poseidón fue el caballo. Recuérdese, por ejemplo, que la unión de Poseidón y Medusa nació Pegaso, el caballo alado.

Sobre los amores de Poseidón hay varias versiones. Una de ellas se refiere que enamorado locamente de Amfitrite, una de las Nereidas, la raptó un día que esta jugaba con sus hermanas cerca de la isla de Naxos.

Otra cuenta que la hermosa joven, que se sabía amada por el dios de las aguas, le rehuía siempre por simple pudor. De tal modo que, en cierta ocasión, fue a esconderse más allá de las Columnas de Hércules, es decir, al otro lado del mar.

No conforme con esto, el enamorado Poseidón mando a los delfines en su busca y uno de ellos, que la encontró, la persuadió y la trajo consigo para ser esposa del dios del tridente.

Las Nereidas, divinidades marinas, personificación de las olas del mar, eran hijas de Nereus y de Doris, una de las hijas de Okèanos. Poseidón, por tanto, era a la vez que esposo el abuelo de Amfitrite.

Generalmente las Nereidas eran cincuenta, aunque a veces se las hacia llegar hasta cien. Vivian en el fondo del mar, en el palacio de su padre, sentadas en tronos de oro. Empleaban el tiempo hilando, tejiendo y bailando. Las más conocidas son Tetis, la madre de Aquiles, al que tuvo con Peleus; Amfitrite, la esposa de Poseidón; Galatea, amada por Polifemo, el ciclope siciliano de cuerpo monstruoso.

El papel de Amitifrie junto a Poseidón era el mismo que el de Hera con Zeus: el de esposa legitima y engañada. En efecto, porque si Zeus cometió muchas infidelidades, puede decirse que comparado con su hermano casi fue un modelo marido.

Desde luego pocos dioses tuvieron tantas amantes como Poseidón, y una progenie tan cumplida. Se dice que una de ellas fue Halia, la hermana de los Telchines, especie de demonios de Rodas, que, al parecer, le había criado. Enamorado de ella, la hizo madre de seis hijos varones y de una hembra que se llamó Rodos. Luego se llamó Rodas a la tierra o cuna de tan fecundos amores.

Amìmone era una de las cincuenta hijas del rey Dànaos y de Europe. Dànaos dejó Libia y fue a instalarse en Argos. Pero el país carecía de agua, porque Poseidón, furioso a causa de que le hubiese sido atribuido a Hera, le había desprovisto de su elemento.

Entonces Dànaos envió a sus hijas en busca del precioso líquido. Amìmone partió, como sus hermanas, cada una en una dirección. Cansada de andar, terminó por dormirse, rendida, en pleno campo, ocasión que aprovecho un sátiro para intentar violarla. La joven, defendiéndose, tiró el tridente al sátiro que pudo evitarlo y huyó, y el arma, chocando con una roca, hizo brotar un magnifico chorro de agua.

Amìmone, agradecida, concedió entonces al dios lo que había negado al sátiro. De su unión nació un hijo llamado Nauplios, que fundó posteriormente la ciudad de su nombre.

Famosas son también las relaciones amorosas-violentas de Poseidón con su hermana Demeter, y las mantenidas con Medusa, una de las Gorgo o Gorgonas. Estas eran hijas de Forcis y Esto, su propia hermana. Además de las Gorgo, tuvieron a las Forquides y a un dragón.

Las Forquides, llamadas también Graiai, nunca fueron jóvenes: habían nacido viejas. Eran tres y no poseían más que un ojo y un diente, que se prestaban sucesivamente. Vivían en el país de la noche, donde jamás brillaba el sol. Su misión consistía en guardar el camino que conducía a las Gorgo, para que nadie llegase hasta ellas.

Las Gorgo eran tres igualmente: Steno, Eurìale y Medusa. Las dos primeras eran inmortales; la última, mortal. Pero èsta es la Gorgona por excelencia. Las cabezas de estos tres monstruos estaban coronadas de serpientes, sus dientes eran como colmillos de jabalí, sus manos, de bronce y sus alas, de oro. La mirada de sus ojos era tan espantosa que transformaban en piedra a quienes osaban desafiarla. Hasta los dioses inmortales huían de ellas aterrados.

Tan solo Poseidón no tuvo miedo de unirse a Medusa, a la que dejó encinta. Al matarla luego Perse, de su sangre salieron Pegaso, el caballo alado, Chrisaor, “el hombre de la espada de oro”, hijos de Poseidón, dios especializado en la creación de monstruos.

Efectivamente, Poseidón no engendró, en general, sino monstruos y bandidos. De todos sus hijos, el héroe más digno de tal nombre fue Tese. En cuanto a los demás, son famosos Kèrkopes, los Aloadal, Polifermo, el celebre Cíclope, el gigante Antaìos, Lamos, el gigante antropófago, el bandido Kerkion, el asesino Skiron, Orión, el cazador maldito…

De la unión de Poseidón con Amfitrite nacieron varios hijos de los cuales el más conocido es Tritón. Más tarde, al enamorarse Poseidón de Skille, Amfitrite consiguió convertirla, mediante un filtro mágico que le dio Kirke, en un monstruo de seis cabezas y doce pies, cuya parte inferior estaba rodeada de seis perros rabiosos que devoraban todo lo que estaba a su alcance.

Tritón, por su parte, estaba dotado, como todos los genios marinos, del don de la profecía. Los episodios principales de su vida, aparte sus aventuras amorosas con las Nereidas fueron sus luchas con Herakles y con Dionisios. Estos dos consiguieron dominar al monstruo Tritón. Se dice que para vencerle bastaba darle una crátera de vino, pues la bebía y caía dormido.

Cuenta Platón en el Timaios y sobre todo en el Kritias que cuando los dioses se distribuyeron la tierra, Atlantis (la Atlántida) le correspondió a Poseidón. En esta isla, situada delante de las Columnas de Hércules, según se salía del Mediterráneo para entrar en el Atlántico, vivía una joven huérfana, llamada Klito, de la que se enamoró Poseidón. Con ella, que habitaba huérfana en la montaña central de la isla, vivió mucho tiempo, haciéndola cinco veces madre de dos gemelos. Poseidón dio al mayor, llamado Atlas, la superioridad.

Neptuno es el dios latino equivalente a Poseidon.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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La diosa Hestia, como su nombre indica, era la personificación del hogar.

Dice Hesíodo que Hestia era la primera de los seis hijos que tuvieron Kronos y Rea, y por lo tanto, hermana de Demeter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus.

El trono de Hestia era el “sitio central del Cosmo” y esté era inmutable. Allí permanecía la diosa sola, en reposo. Por consiguiente, era considerada como la Tierra colocada en el centro del Mundo, en el que permanecía estable e inmóvil, mientras que los demás cuerpos celestes cumplían sus revoluciones.

Si bien la figura simbólica de Hestia fue menos precisa que la de sus hermanos, su influencia fue ampliándose paulatinamente, pues a partir del humo de los sacrificios familiares, que unía la Tierra con el Cielo, y del fuego del hogar doméstico, llego a ser o a representar el fuego central de la Tierra y la Tierra misma.

Hestia o Vesta era una diosa virgen, pues obtuvo de Zeus el don de conservar su pureza. Y no hay duda de que mucho le debió costar conservarla, pues tanto Apolo como Poseidón la cortejaron insistentemente.

En efecto, Apolo, el Sol, que la contemplaba amorosamente durante todo el día, jamás podía unirse con ella. Condenado a recorrer sin cesar la bóveda celeste, acercabase cada día a Hestia, pero sin poder alcanzarla, puesto que acababa por hundirse en el Océano.

Poseidón, que también amaba a Hestia y la acariciaba con sus olas, lo más que hacia era rozar apenas su cuerpo divino, pues le estaba prohibido penetrar hasta el seno de la Tierra, donde residía la solitaria e inmóvil diosa.

Zeus también concedió a su hermana otros honores excepcionales, como el de recibir culto en los templos de todos los dioses y en todas las casas de los hombres.

La Vesta romana era una diosa que tenía los mismos caracteres y hasta el mismo nombre que la diosa griega, a la que equivalía en Roma.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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Ulises, hijo de Laertes y de Anticlea, era rey de la Isla de Itaca y de la de Lulicio. Cuando nació, sus padres rogaron a su abuelo Antolico, hijo de Mercurio, que le pusiese nombre, y éste contestó:

  • Fui en otros tiempos el terror de la tierra. Que de ahí se deduzca el nombre del niño, y que se llame Ulises, que significa ser «ser temido».

Sin duda fue un principe sagaz, astuto y prudente, que en guerra de Troya contribuyó más al triunfo de los griegos con su astucia que lo hicieron los otros con sus proezas.

Llegó un momento en que el ejército griego ya estaba realmente agotado de sostener el cerco de la ciudad troyana, así como de las múltiples e infructuosas batallas que se estaban liberando para conquistarla.

Fue entonces cuando el adivino Calcas convocó una asamblea de los héroes y jefes del ejército, en la que indicó:

  • No sigás tratando de apoderaros de Troya por la fuerza, debéis utilizar la astucia.

Todos los reunidos estuvieron mucho rato cavilando, pero a nadie se le ocurría un medio. Entonces, el astuto Ulises concibió una temeraria estratagema, que fue rápidamente aceptada por todos. Les dijo:

  • Construiremos un enorme caballo de madera en cuyo interior colocaremos a los héroes griegos. El resto de las tropas se retirará, en los barcos, a la isla de Ténedos, una vez hayamos quemado todo lo que reste del campamento. Al ver que abandonamos el campo, los troyanos saldrán confiados de su ciudad y mirarán curiosos el caballo. Sólo un griego permanecerá junto a él, un héroe a quien nadie en Troya conozca, y dirá a los troyanos que tuvo que escapar de los griegos porque éstos le querian sacrificar a los dioses con el fin de tener un buen regreso. Para esto se esconderá debajo del caballo de madera, que estará consagrado a la protectora de los griegos, la diosa Atenea, no saliendo de su escondite hasta que vea salir a los argivos. Entonces, los troyanos confiarán en él y le conducirán, junto con el caballo, a su ciudad y cuando éstos se encuentren durmiendo, a una señal suya, abandonaremos nuestro escondrijo, haremos una señal a nuestros soldados escondidos en Ténedos, abriremos las puertas de la ciudad y procederemos inmediatamente a su incendio y destrucción.

Solamente los héroes Filoctetes y Neoptolemo se opusieron a este proyecto, considerando que no era propio de los griegos utilizar la astucia, sino el arrojo y el valor, para rendir Troya. Pero el adivino Calcas comentó:

  • Pensad que todo el valor y el arrojo de Aquiles no han conseguido rendir la ciudad.

Todos se retiraron a descansar, con el propósito de llevar a cabo la estratagema propuesta por Ulises. Y en el curso de aquella noche, la diosa Atenea se acercó al lugar donde dormía el griego Epeo, famoso por su habilidad, y le ordenó:

  • A ti te encargo de construir el caballo que entrará en Troya.

Epeo tan sólo tardó tres días en hacerlo, al cabo de los cuales se obra causó la admiración de todos por su buen parecido y colosal altura.

Una vez terminado el caballo, todos los héroes quisieron entrar en él. Entre los muchos que penetraron en su interior figuraban el hijo de Aquiles, Neoptolemo, Menelao, Diomedes, Ayax, Filoctetes, etc.

Quedó encargado del caballo un tal Sinón, héroe perfectamente desconocido por todos.

El artista Epeo, constructor del caballo, fue el último en entrar en su interior, cerrando tras sí la disimulada puerta.

A continuación, los demás griegos se apresuraron en levantar y destruir el campo, dirigiéndose a toda prisa a la isla de Ténedos para ocultarse en ella.

Todo ocurrió tal como Ulises había previsto. Horas más tarde, la ciudad de Troya caía en poder de los griegos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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Pleione, hija del Océano, casó con Atlas, hijo de Uranos, que fue rey de Mauritana y gran astrónomo. Inventó la esfera, por lo cual se le representaba llevando el globo sobre los hombros y agobiado bajo su peso.

Otros dicen, en cambio, que fue un castigo que Zeus impuso a Atlas por haber ayudado a los Titanes en la guerra que emprendieron contra él.

El matrimonio Pleione-Atlas tuvo siete hijas, que se llamaron Pléyades, y son las estrellas que forman la constelación de este nombre, menos una de ellas, Electra, que se ausentó para no ver la destrucción de Troya, que había fundado su hijo Dárdano.

Desde aquel entonces Electra no volvió a parecer entre sus hermanas como un cometa pasajero.

Una de estas Pléyades, llamada Maia, había de hacerse más famosa que sus hermanas, porque embarazada por Zeus daría a luz un hijo llamado Hermes, que significa «mensajero». En efecto, su augusto padre le hizo mensajero de los dioses. Para ello, le puso alas a los pies y en su tocado, que es una especie de gorro, con el que se le ve siempre representado.

Además, su padre le hizo también dios de la elocuencia, del comercio y de los ladrones.

Hermes nació en la Arkadia, siendo concebido en un gruta del monte Killene, hoy llamado Ziria, pues su madre, la hermosa Maia, «no gustaba del trato de los bienaventurados dioses». Por eso Zeus iba a reunirse con ella a medianoche, «mientras el sueño envolvía a su esposa Hera, la de los níveos brazos».

Hermes nació extraordinariamente precoz e incomparablemente audaz, cualidades que sin duda heredó de su astuto padre. El himno lo representa de esta forma: «Un hijo de multiforme ingenio, sagaz, astuto, ladrón, cuatrero de bueyes, príncipe de los sueños, espía nocturno, vigía y guardián de todas las puertas y que muy pronto había de hacer alarde de gloriosas hazañas ante los inmortales dioses».

Efectivamente, «nacido al alba, a mediodía pulsaba la cítara y por la tarde robaba las vacas del flechador Apolo; y todo esto ocurría el día cuarto del mes, en el cual le había dado a luz la venerada Maia».

Sorprende realmente la sagacidad y la precocidad admirables de Hermes, ya que el mismo día de su nacimiento hizo dos cosas verdaderamente extraordinarias: inventar y construir una cítara, y robar un rebaño de vacas; y esto, nada menos que a Apolo.

A poco de nacer, Hermes salió de la cuna, salió de la gruta y se encontró con una tortuga «que pacía la jugosa hierba delante de la morada». Dichoso al verla, le saludó contento con estas palabras:

«Salve, criatura naturalmente amable, reguladora de la danza, compañera del festín, en feliz momento te has aparecido gratamente… Tú serás, mientras vivas, quien preserva de los dañinos sortilegios; y luego, cuando hayas muerto, cantarás dulcemente».

Y para que la pobre tortuga pudiera hacer todo cuanto el recién nacido Hermes le decía, éste la cogió, entró con ella en la gruta, la vació «con un buril de blanquecino acero», cortó cañas, cogió una tripa seca, cuerdas hechas asimismo de tripas y cuanto era necesario, y fabricó la primera cítara.

Entonces – dice el himno a Hermes -, cogiendo el amable juguete que acababa de construir, ensayó cada nota con el arco, y bajo sus manos sonó un sorprendente sonido.

Despues de haber ensayado la cítara, la dejo en la cuna, y «ávido de carne» corrió hacia las montañas de Pieria, adonde llegó «cuando el sol se hundía con su carro y sus corceles debajo de la tierra», dispuesto a robar parte del rebaño de los dioses.

Seguidamente robó cincuenta vacas y las llevó de un sitio a otro, protegido por las sombras de la noche. Y para confundir sus huellas se valió de toda suerte de tretas. Por ejemplo, «haciendo que las pezuñas de delante marchasen hacia atrás y las de atrás hacia adelante y andando él mismo, al guiarlas, de espaldas», ademas de ponerles ramas en las colas para hacer las huellas más confusas.

Cuando clareaba el día llegó al borde del Alfeios, el mayor de los ríos Peloponeso, inventó el fuego, inmoló dos vacas en honor de los dioses, escondió luego los animales en una caverna, hizo desaparecer los rastros del sacrificio, tiró sus sandalias al río y escapó a todo correr hacia la cueva donde había nacido pocas horas antes.

Amanecía cuando llegó al monte Killene y se metió en su gruta por el ojo de la cerradura «empequeñeciéndose cual hubiera podido hacerlo la neblina o el aura otoñal», llegó a la cuna sin hacer ruido, se coló en ella, se fajó «y se puso a juguetear, como un niño, con el lienzo que le envolvía, pero asiendo a su amada tortuga con la mano izquierda».

Como era de esperar, Apolo no tardó en presentarse, pues su arte y pericia en adivinar le hizo descubrir rápidamente dónde se escondía el ladrón.

– Devuélveme las vacas. ¿Dónde están? – dijo Apolo. Pero Hermes negó con la mayor audacia, por lo que acabaron recurriendo a Zeus, quien pese a mostrarse muy satisfecho de la precocidad y astucia de su nuevo hijo, le obligó a devolver lo robado. Mejor dicho lo sustraído, ya que los fuertes no roban: conquistan o sustraen.

– Faltan dos vacas – se quejó Apolo.

Eran las que Hermes había sacrificado a los dioses. Mas para calmar la cólera de su hermano, el ladronzuelo hizo sonar la lira «tocando con el plectro todas y cada una de las cuerdas. Y al vibrar éstas armoniosamente, llenóse de gozo Apolo, pues su grato sonido le embelesó y le hizo sentir al punto vivísimo el deseo de apoderarse de ella».

Viendo Hermes que su hermoso hermano, el dios músico, el que dirigía el coro de las Musas, envidiaba su nuevo instrumento, se lo regaló en el acto.

Sintiéndose feliz Apolo y olvidando sus rencores le dio a cambio su látigo de vaquero hecho de un rayo de sol y hasta le instó:

– Ocúpate de ahora en adelante de las vacas.

Y así fue como hecha la paz y sellada con promesas solemnes de no perjudicarse mutuamente, en lo sucesivo su amistad fue imperecedera.

Apolo sería el dios de la lira y Hermes el divino protector de los rebaños.

No debe extrañar que un dios tan particularmente sagaz, útil y astuto, fuera muy afortunado en amores. Con Afrodita tuvo a Hermafroditos; con Antianeira, otros dos hijos, gemelos: Eritos y Echión, que figuraron entre los Argonautas. Otro vástago de Hermes fue Abderos, joven que fue amado por Herakles y muerto por las yeguas de Diomedes.

La leyenda atribuye también a Hermes la paternidad de Autólicos, el más desvergonzado de los ladrones mitológicos, y asimismo el más afortunado de ellos, puesto que su padre le había concedido el don de no ser sorprendido jamás. Igualmente se dice que Kefalos era hijo de Hermes, habido con Herse, una de las hijas de Kekrops. Y, por último, hay algunos que aseguran que Hermes se unió a la fiel Penélope, la mujer de Ulises, con la que tuvo el dios Pan.

Cierto día, Hermes encontró dos serpientes peleando y las separó con la varita o látigo que le dio Apolo, alrededor de la cual se encroscaron. Este es el Caduceo, que tiene el poder de acabar con todas las disensiones.

De las preciosas cualidades del inquieto y veloz Hermes o Mercurio se aprovechó su padre Zeus o Júpiter para encomendarle toda clase de comisiones, desde las nobles hasta las innobles, que desempeñaba con gran rapidez y solicitud.

Pero no solamente era el «correveidile» de los dioses, como se le ha llamado, sino también el dios de la elocuencia, por sus dotes de persuasión; el de la prudencia, la astucia y aun las raterías; el protector de los viajeros y caminantes; el que difundía los grandes inventos; el que protegía toda clase de trabajos y ejercicios físicos, especialmente aquellos en los que se empleaba la fuerza y la agilidad.

Y finalmente, y ésta es de todas sus representaciones la que ha triunfado modernamente, casi como única: era el dios del comercio y de la suerte, incluso en el juego.

Ocurrió un día que Zeus, al que como es sabido le entusiasmaban las aventuras amorosas, pretendió a Yuturna, hija de Dáceno, que era muy hermosa. Pero como a la joven no le agradaba el casquivano dios, huyó y se tiró al río Tíber, suplicando a sus Náyades que la ocultasen, a lo que éstas accedieron gustosamente.

Una de ellas, sin embargo, llamada Lara, indignada, participó a la diosa Juno lo que pasaba y ésta, celosa como siempre, convirtió a la bella Yuturna en fuente. Pero Júpiter, irritado contra la chismosa Lara, le ordenó que se cortara la lengua y dijo a Hermes o Mercurio:

– Anda, llévala al infierno, donde yo no la vea.

Pero Mercurio, conmovido por su desgracia y seducido por su belleza, se casó con ella. Tuvieron por hijos a los dioses Lares, genios buenos de las casas y custodios de las familias, como lo eran también los Penates.

Otra versión latina dice que los Lares descendían de Vulcano y de la diosa Maia, encarnación de la Tierra Madre.

Como es sabido, Mercurio era la divinidad romana que en la época clásica se identificó con el Hermes griego.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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Afrodita es la diosa de Amor, la reina del deseo, la belleza, la dulzura y la alegría femenina. Esta diosa de la hermosura y de la gracia ocupaba en el Olimpo griego un lugar principal.

Toda la magia de la pasión se hallaba en su cintura, que Hera le pidió prestada para reconquistar a su caprichoso marido. Afrodita sola perturbaba la sociedad de los dioses por sus amores con Ares, engañando a su esposo. Hefaitsos y entregándose también a los mortales que le agradaban, como por ejemplo, a Anquises.

Existen versiones sobre el nacimiento de este encanto de diosa. La primera dice que Afrodita era hija de Zeus y de Diones. La segunda, referida por Hesiodo, afirma que cuando Cronos, después de mutilar a su padre con afilada guadaña, lanzó los despojos de la virilidad de Uranos al mar, en torno a estos restos que flotaron sobre las olas mucho tiempo “se amontonó una gran cantidad de blanca espuma en cuyo albo y blando regazo nació y creció como una perla maravillosa, una virgen hermosísima: Afrodita”.

A partir de entonces esta virgen iba a ser la diosa del amor y de la belleza, de la amistad amorosa y de todos los placeres y pasiones que tienen su origen en el amor.

Afrodita no tardó en llegar a la costa de Chipre, recostada sobre el suavísimo e irisado nácar de una concha marina que servía a la vez de cuna, lecho y nave. Allí fue recibida por la Horas, que quedaron maravilladas y absortas al ver aquel perfecto cuerpo formado de marfil, seda alabastro, luz y pétalos de rosa.

Inmediatamente las Horas pusieron en torno al cuello de nieve de la hermosa Afrodita un collar resplandeciente y una corona sobre su cabeza, proclamándola con ello soberana total de la hermosura, y la condujeron inmediatamente al Olimpo, el palacio de los dioses.

Envuelta en el resplandor incomparable de su propia belleza, adornada, mejor que con las más ricas galas, con su virginal, noble y perfecta desnudez, Afrodita se presentó sonriente a los dioses inmortales que, al verla, quedaron estupefactos y maravillados ante el espectáculo incomparable de su divina hermosura.

Como la diosa iba sembrando amor a su paso, todos los dioses se enamoraron de ella. Incluso su padre, Júpiter, quedó hechizado por la joven. Pero viendo que su hija no le correspondía, la esposó, como castigo, con su horroroso hijo Hefaisto o Vulcano.

Así fue como el dios más feo tuvo por mujer a la diosa más bella del Olimpo.

Sin embargo, Afrodita no quería por marido sino a Ares o Marte, pero como ya estaba casada no tuvo más remedio que tener al dios de la guerra por amante.

El feo Hefaisto le tenía prohibido que hablase con el apuesto Marte. Pero advertido por el Sol de que era engañado, preparó una habilísima celada a los amantes. Esta consistió en que, mientras estaban en plena pasión, los encerró en una sutil red de hierro que había elaborado en su fragua y, tras inmovilizarlos, los expuso a la burla y regocijo de los demás dioses.

Después de convencer a Zeus de la desobediencia de su mujer, Vulcano regresó cojeando a su fragua y quedó divorciado de la caprichosa Afrodita.

Acto seguido la hermosa Venus se casó con Ares, del que tuvo dos hijos. Cupido, también llamado Eros, que es el dios del Amor, y Anteros que es el dios de la correspondencia, o amor que corresponde al primero.

Afrodita tuvo después otros amantes, tales como Poseidón o Neptuno, señor y dueño del mar, Hermes o Mercurio, dios simpático y servicial con el que tuvo un hijo llamado Hermafroditos, que era hermosísimo y más tarde llegó a estar dotado de los dos sexos.

Afrodita, al igual que los demás dioses, tuvo también algunas aventuras amorosas con mortales. Un día, Cronos inspiró a la bella diosa el irresistible deseo de unirse con el pastor Anquises.

Uno de los himnos homéricos cuenta que Anquises, “que era hermosísimo, apacentaba vacas en las alturas de Ida, tan abundante en manantiales; y apenas los vio Afrodita, sintió que un vehemente e irreprimible deseo se apoderaba de su albedrio y se enamoró de él.”

De estos amores, que el himno describe primorosamente, nació Eneas, el héroe de Vrigilio.

Un tanto avergonzada, Afrodita aconsejó a su amante Anquises que no revelase ni se alabase ante nadie de haber sido amado por una diosa pues, de lo contrario, Zeus le castigaría. Y así ocurrió. Un día de fiesta, habiendo bebido en exceso, Anquinses habló. Por lo que Zeus le dejó cojo (ciego, según otra versión) con un rayo.

Sin embargo, el bello Adonis fue la grande, la verdadera pasión de Afrodita o Venus. El poeta Ovidio narra así estos amores:

Fruto de casamiento del Pigmalión con su estatua viviente, por favor especial de Venus, fueron dos hijos: el segundo, Ciniras, fue rey de Chipre y casó con Ceneris, los cuales fueron padres de la hermosa Mirra.

Al ser requerida de amores la joven Mirra rechazaba a los pretendientes, porque se había enamorado de su padre Ciniras, con fuerte pasión que le infundió Afrodita. La muchacha resolvió ahogarse con un dogal, pero le impidió su aya, que pérfidamente logró saber el secreto de Mirra.

Poco después comenzaron las fiestas de Ceres, uno a cuyos solemnes ritos era la separación de los matrimonios durante nueve noches. Mientras Ceneris estaba en las fiestas y Ciniras se hallaba trastornado por el vino, el aya criminal, verdadera Celestina, pero llamada Hippolite, aprovechó la oscuridad de la noche y arrastró a Mirra al incestuoso lecho de su padre Ciniras.

Doce noches se repitió este hecho; la última, el hombre ordenó que le trajesen luz, deseoso de ver a la desconocida. Pero al darse cuenta del engaño, loco de furor desenvainó la espada para matar a su hija Mirra, que, aterrada huyó del palacio, protegida por los dioses, siempre clementes con los enamorados.

La desdichada joven anduvo errante varios meses, y tristemente apenada, pidió castigo a los dioses, deseando ser transformada y arrojada al reino tenebroso.

Y fue atendida en su ruego. Inmediatamente empezó la tierra a cubrir sus pies, convertidos en retorcidas raíces, sus huesos formaron un tronco, la sangre se convirtió en savia, la piel en corteza, los brazos y los dedos se trocaron en ramas y la cabeza quedó también sepultaba en el tronco. De la joven soló quedo el llanto.

Las cálidas gotas que el tronco destilaba y corrían como lágrimas se espesaban formando la perfumada resina del árbol llamado mirra.

Mientras, el feto crecía debajo del árbol. Este gemía y se encorvaba, y aquél buscaba salida. Pasados los meses necesarios, la corteza del árbol, que había ido hinchándose poco a poco, estaba a punto de estallar.

Entonces la diosa Lucinia, que se montaba propicia, aplicó sus manos al tronco y pronunció las palabras que facilitan los partos. En el acto abrióse el árbol y salió un precioso niño, que empezó a llorar.

Las Náyades lo pusieron sobre la hierba mullida lo ungieron y bañaron con la olorosa goma que la mirra destilaba, dándole el nombre de Adonis, y que parecía otro Cupido.

Al ver la hermosura singular de aquel niño, Afrodita lo recogió conmovida, lo encerró en un estuche adecuado y se lo confió a Perséfone, mujer de Haides, señor de la región tenebrosa, creyendo que con ello estaría a salvo en las profundidades del mar.

Atraída Perséfone por la curiosidad, abrió el misterioso cofre para ver que contenía. Y seducida también por aquel hermoso niño, se negó a devolvérselo a Afrodita cuando ésta se lo reclamó.

Como en tantas otras ocasiones, Zeus, padre, señor y Juez de las contiendas divinas, tuvo que intervenir en el litigio. Su sentencia fue muy hábil: Adonis pasaría un tercio del año con Afrodita, otro tercio con Perséfone, y el tercero donde quisiera, incluso en el Olimpo si ese era su deseo.

Naturalmente, Adonis pasaba la mayoría del tiempo con Afrodita, mientras se convertía paulatinamente en un hermoso mancebo.

Pero Afrodita o Venus debía expiar el incestuoso amor que inspiró a la desgracia Mirra. Un día, al acercarse Cupido a su madre para besarla, le clavó en el pecho una punta de sus flechas. La diosa, sintiéndose herida, apartó malhumorada a su hijo Cupido; pero la herida había encendido un amor apasionado, arrebatador para el hermoso Adonis, que entonces ya era un noble cazador.

Sintiendo una irresistible atracción por el joven, de cuyo lado no quería apartarse, Afrodita de frecuentar sus regiones habituales y se ausentó finalmente del Olimpo. Y si antes gustaba de las delicias de la sombra y de los adornos encantadores ahora, descalza, alto el vestido, trepaba por los collados, salvaba peñas, azuzaba a los perros y perseguía con su amante a las veloces liebres, los ciervos y otros venados.

En cambio, rehuía la cacería de los jabalíes, de los hambrientos lobos, de los de los osos de fuertes uñas, de los leones que devoraban ganados. Y siempre advertía a su amado Adonis:

Querido, teme el ímpetu de todas esas fieras.

¿Por qué temes tanto a esos animales? – le pregunto Adonis

Entonces Venus le invitó a descansar a la fresca sombre de un álamo blanco, sobre la hierba de la pradera, y amorosamente le refirió la historia de Hipómenes y Atalanta.

El nieto de Neptuno o Poseidón, habiendo ganado la carrera a la nunca vencida princesa, mediante las tres manzanas de oro que Afrodita le dio y que distrajeron a Atalanta en su velocidad, obtuvo la mano de la hermosa doncella. Pero, ingrato o desmemoriado, no hizo sacrificios en honor a la diosa Venus, la cual, irritada, juró vengarse de los vengarse de los esposos.

Efectivamente, descansado éstos un día al abrigo de un templo de Cibeles, Afrodita les infundió el deseo de amarse allí mismo y, ante aquel sacrilegio, Cibeles ordenó inmediatamente el castigo de los esposos: que se convirtieran en leones.

Y de esta forma fue como Hipomenes y Atalanta pasaron a ser dóciles leones para el carro de la diosa Cibeles.

Cuando Venus terminó el relato, repitió su consejo a Adonis de que evitase el encuentro de aquellos animales. Después, se despidió del mancebo amado y se elevó por los aires en un carro de oro tirado por blancos cisnes.

Adonis siguió cazando con sus perros, que dieron con el rastro de un gran jabalí en el bosque. Herido el animal por un dardo del cazador, se dirigió acometedor hacia el hermoso y afortunado doncel, el cual huyó apresurado buscando refugio.

Mas antes de que Adonis llegase al mismo, el jabalí le clavó los colmillos en las ingles y lo arrojó al suelo, moribundo.

Al parecer, este jabalí fue enviado por Artemisa, la virgen y feroz enemiga de Afrodita, a la que, como era lógico, envidiaba sus amores con el hermoso doncel.

Venus, que no había llegado aún a la isla de Chipre, oyó los quejidos de su amante, llevados por Céfiro, y retrocedió ligera y vivamente alarmada. Entonces vio a Adonis desmayado y teñido de sangre, recogió su último aliento y, dominada por el dolor, se rasgó los vestidos, se arrancó los cabellos, se golpeó el pecho e inconsolable se lamentó amargamente de los hados.

Recordando después lo que hizo Proserpina con la ninfa Menta, que era querida de Plutón, y que aquélla, celosa de su rival, la convirtió en “hierbabuena”, roció con néctar oloroso la sangre de Adonis, formándose de ella gotas transparentes y brotando una flor colorada, semejante a la de la granada.

Y la diosa Afrodita entristecida, en memoria de la muerte de su querido y bello Adonis, decretó la celebración de una fiesta anual en la que representaría su llanto y dolor.

Gracias a su indescriptible belleza, Afrodita reinaba como dueña absoluta en los corazones. Y podía, a su antojo, apartarlos de la pasión amorosa o, por el contrario, precipitarlos en ella, fuesen cuales fueren las consecuencias.

Tal le ocurrió a Helena de Troya, a Eos, a Medea, a Pasifae, a Fedra, a las mujeres de Lemnos y a muchas otras heroínas, víctimas de las pasiones insensatas que Afrodita o Venus supo inspirarlas.

Pero no solamente extraviaba los corazones de las mujeres que le ofendían sino también los de los hombres. Así se vengó del Sol, de Diomedes, de Hippólitos, de Tindáreos…

Como diosa de la fecundidad de la Naturaleza, no es de extrañar que Afrodita tuviera una numerosa descendencia. Sin embargo, de sus hijos, los más conocidos eran Eros o Cupido y Aineias.

Finalmente, justo es reconocer que uno de los episodios más celebres e interesantes en que Afrodita aparece mezclada es el relativo al llamada “Juicio de Paris”, cuando la bella diosa se le presentó en unión de Hera y de Atenea, para que el hijo de Priamo decidiese cuál de las tres era más hermosa.

Venus, la diosa del amor entre los latinos, era una divinidad muy antigua. Al principio, Venus no estaba entre las grandes romanas. Fue posteriormente, a partir del siglo II antes de nuestra Era, al confundirse los dioses romanos con los griegos, cuando Venus y Afrodita no fueron sino una sola divinidad con el carácter y funciones de la diosa griega.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

Dícese que Metis, la encarnación de la Prudencia, hija de Okéanos y de Tethis, pasaba por ser la primera amante o esposa de Zeus. Al quedar embarazada de este dios, Gaia o Gea y Uranos dijeron a Zeus:

  • Tras la hija que vas a tener con Metis, vendrá un hijo que te destronará al igual que tú hiciste con tu padre y éste con tu abuelo.

Temeroso Zeus de que aquello pudiera realizarse, se tragó a su esposa convertida en mosca cuando llegó el momento de que ésta diera a luz.

Pero como luego sintiese un gran dolor de cabeza, ordenó a su hijo Hefaistos que le diese un hachazo en la frente para que se le quitase.

Obedeció el dios-herrero, y al hacerlo, salió de la brecha una hermosa joven cubierta de una armadura completa: era Atenea o Minerva. Entonces la hizo diosa de la sabiduría y de la guerra, y por este concepto se llamaba Palas.

A pesar de ser la diosa de la Sabiduría, Atenea no estaba exenta de vicios tan ridículos como el de la vanidad y tan bajos como el de la venganza.

Minerva llevaba sobre su cabeza un yelmo, sobre su pecho égida con la cabeza de Medusa, en una mano un escudo y en la otra una lanza. Otros ponen en su mano una rama de olivo, y ello se debe al siguiente motivo:

En cierta ocasión disputaron Neptuno y ella sobre el nombre que debía ponérsele a la capital de la Atica; aquél quería que fuese Posidonia, y ésta que llevase uno de los suyos, Atenea.

Neptuno y Minerva acudieron al Tribunal Supremo de los dioses para que fallase en su contienda y éstos dijeron:

  • Tendrá derecho a darle nombre a la ciudad aquel que sea capaz de crear la cosa más útil a los hombres.

Neptuno, golpeando la tierra con su tridente, hizo que surgiese el caballo y Minerva hizo que de la tierra brotase el olivo, y obtuvo el premio.

Otras muchas cosas en ciencias y artes enseno Atenea a los hombres. La más notable fue la construcción de la nave que tripularon los Argonautoas, a la que puso un leno que hablaba, gobernando y guiando la nave, haciéndole evitar escollos.

Al igual que Artemisa, Atenea también permaneció siempre virgen. Se cuenta, sin embargo, que tuvo un hijo de la forma más curiosa: un día fue a visitar a Hefaistos para que éste le facilitase armas. El dios cojo, a quien Afrodita había abandonado, se encaprichó de Atenea y quiso poseerla.

Pero Atenea escapó, no sin que Hefaistos, a pesar de su cojera, espoleado por un violento deseo, consiguiera cogerla y estrecharla entre sus brazos.

La diosa le rechazó con violencia, porque no sentía ningún interés por el feo y sucio dios del Fuego. Mas la pasión del herrero divino era tan fuerte que en el forcejeo, no pudiendo hacer otra cosa, profanó con su esperma una de las piernas de la hermosa Atenea.

Entonces ella, llena de asco, se limpió con un trono de lana, que después arrojó al suelo. Y ocurrió que de la tierra así fecundada nació el niño Erichtonios, al que Atenea consideraba como su hijo, y al que después de meterlo en un cesto confió a las hijas de Kekrops, y se dice que fue el primero de los reyes míticos de Atenas.

Cuando las princesas, llenas de curiosidad, abrieron el cesto, encontraron dentro a un niño guardado por dos serpientes.

También se dice que el niño tenía el cuerpo terminado en una cola de serpiente, como la mayor parte de los seres nacidos en la tierra. E incluso hay quien asegura que una vez abierto el cesto el niño escapó en forma de serpiente y se refugió en el escudo de su madre.

Sea como fuere, el hecho es que las princesas, enloquecidas de temor, se arrojaron desde lo alto de las rocas de la Acrópolis, matándose en el acto.

Además de su carácter guerrero, Atenea presidía todas las artes y trabajos de la paz, pues sus manos estaban caracterizadas por la más perfecta habilidad. También era la patrona de los alfareros y pasaba por haber inventado el torno que éstos utilizan.

Como era muy amiga de ensenar, la solían representar con un búho, para significar el estudio, porque vela de noche, y con un dragón, que significa la rígida virtud, con la que nadie se atreve.

Minerva, equivalente latino de la Atena griega, gozaba de gran importancia en Roma. Con Júpiter y Juno formaba la trinidad capitolina.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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La diosa Hera fue una de las tres hijas (Hestia, Demeter, Hera) que, además de tres hijos (Hades, Poseidón y Zeus) tuvieron Cronos y Rea.

Lo más probable es que fue criada y educada por Okéanos y Tethis en el palacio de éstos. También se afirma que fue educada por las Horas.

Según Hesíodo, Hera fue la tercera mujer “legítima” de Zeus (la primera fue Metis, la segunda, Temis). Sin embargo, la Ilíada cuenta que Zeus y Hera desde muy jóvenes ya se amaban y hasta folgaban a escondidas de sus padres.

Cuatro hijos nacieron del matrimonio Zeus-Hera: Hefaisto, Ares, Eileitiia y Hebe. Se dice, sin embargo, que Hefaisto o Vulcano, era sólo hijo de Hera pues como Zeus había tenido a Atena sin su concurso, ya que salió de su cabeza al recibir un hachazo, ella, despechada y por no ser menos, alumbró al herrero divino por su propia cuenta.

La leyenda presenta siempre a Hera poderosa, fuerte y respetada por los demás dioses como verdadera reina del Olimpo. Pero también como una mujer en toda la extensión de la palabra.

En efecto, como mujer se la ve en muchas ocasiones, orgullosa de su posición, insolente a causa de su rango, vanidosa de su belleza, embustera por conveniencia, coqueta y zalamera cuando quiere obtener algo, perjura por temor y celosa e implacable en todo momento.

Si bien es cierto que su esposo Zeus tuvo muchos devaneos extra-conyugales, Hera no dejo tampoco, por lo menos, de ser solicitada. Se cuenta que Eurimedón, rey de los Gigantes, violó a Hera, siendo niña, teniendo con ella a Prometeo.

Al parecer también intentaron violentarla otros gigantes como Efialtes y Porfirión, e incluso la pretendió un simple mortal llamado Ixión, hijo de Flehias, rey de los lápitas.

Otras leyendas atribuyen a Hera otro hijo, el monstruoso Tifón. Cuéntase que a causa de la derrota y prisión de sus hijos los Gigantes, la descontenta Gaia empleó contra Zeus su arma propia de mujer furiosa: la calumnia. Y precisamente se valió de la celosa Hera, tan dispuesta a creer lo que iba en contra de su augusto esposo y a inflamarse violentamente.

Así fue como, sumamente irritada, corrió a pedir a Cronos un medio de vengarse. Entonces Cronos, hijo de Gaia o Gea y Uranos, le dio dos huevos untados con su propia simiente: enterrados, debían dar origen a un demonio capaz de destronar a Zeus.

Este demonio fue Tifón, al que lo terribles rayos de Zeus lograron abatir.

En la antigua Roma, Juno era una de las más grandes diosas de la mitología romana, siendo más tarde asimilada a Hera.

No obstante, cabe advertir que la personalidad de Juno siguió siendo, en realidad, distinta de Hera, la diosa griega.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

En toda la poesía a griega no existe una diosa más pura, virginal y hermosa que brille como Artemisa, la hermana gemela de Apolo.

Artemisa era hija de Zeus y de Leto, y quizá por ser melliza de Apolo la variedad de facetas, de dones, de atributos, es decir, la complejidad de este dios flecha­dor y hermoso, la encontramos asimismo en ella en muchísimas ocasiones.

Diana nació en primer Lugar. Y al considerar las muchas penas y molestias que había pasado su madre, Leto, al dar a luz, pidió a su padre Zeus que le permi­tiese permanecer siempre soltera, lo que le fue conce­dido, haciéndola diosa de los bosques y de la cacería en la tierra. Su padre le dio por séquito sesenta ninfas, llamadas Océanas u Oceánidas, y otras veinte llamadas Asías, y en el cielo la constituyó en Luna.

La caza era su constante ocupación, por lo que se la representa con una túnica corta, recogida por un lado, llevando arcos y flechas, con la media Luna sobre su frente y perros de caza a su alrededor.

En una ocasión en que cazaba por los bosques, Ac­teón, hijo de Aristeo y de Antonea y nieto de Cadmo, faltó al respeto a Diana y a sus ninfas. La diosa, para castigar semejante desacato, le transformó, en venado, y sus propios perros le destrozaron y devoraron.

Esta diosa cazadora de los pies ligeros no era, en definitiva, sino el doble femenino de su hermano Apolo. En muchas ocasiones se dejaba llevar por su carácter cruel y sanguinario.

A Orión, per ejemplo, el hermoso cazador gigante, le mató haciendo que le picara un escorpión que lanzó contra él, porque se había atrevido a desafiarla a tirar el disco.

El ser la diosa de la luz pura y fría del astro de la noche, la Luna, transformó a Artemisa en una casta vir­gen que jamás gozó de las delicias del himeneo, aun cuando tampoco de las torturas que a veces acarrea el amor.

Se decía que esta castidad, que en ella llegaba a verdadero odio a los hombres o al sexo contrario al suyo, provenía de haber asistido a su madre Leto, en el parto de su hermano Apolo.

Al parecer, las angustias y dolores de que entonces fue testigo la apartaron, para siempre, de toda inclina­ción hacia el contacto carnal y la hicieron cruel con cuantos quedaban seducidos por su extremada hermo­sura.

Diana era en Roma la divinidad que correspondía a la Artemisa griega. El más célebre de los templos que se erigieron en su honor fue el de Efeso, que pasaba por ser una de las siete maravillas del mundo. Su construcción duró doscientos veinte años.

Pero un día, Erostrato, hombre oscuro y vano, por el necio afán de que hablasen de él y fuese nombrado en la Historia, prendió fuego a aquel magnifico templo, la misma noche en que  nació Alejandro Magno.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Apolo sigue a Zeus en orden de importancia en el Olimpo, y es uno de los dioses más complejos y brillan­tes del panteón griego.

Su origen es muy incierto. Unos dicen que fue hijo de Zeus y de Leto, otros de Vulcano, y no pocos asegu­ran que de Titán Coeo.

Al hallarse encinta su madre Leto o Latona, fue cruelmente perseguida por los celos implacables de Hera o Juno, de manera que no encontraba dónde gua­recerse para dar a luz, pues en todas partes era temi­da la cólera de la gran diosa, esposa de Zeus.

Tan desesperada estaba la pobre Leto que, al fin, compadecido Neptuno o Poseidón de ella, hizo surgir del fondo del mar una isla flotante y estéril, a la que se llama Ortigia o Delos. Y allí, al pie del único árbol quo había en ella, una palmera, Leto tuvo dos mellizos, que fueron Artemisa o Diana, y luego y ayudada por ésta, a Apolo.

Sin embargo este parto fue muy laborioso, ya que durante nueve días y nueve noches Leto fue víctima de los crueles dolores del alumbramiento, sin conseguir dar a luz.

Todo ello fue debido a que la diosa Hera, siempre vengativa, retenía a su hija Eileitiia, la diosa de los partos. Pero habiendo decidido las apuradas y compa­decidas diosas que rodeaban a Leto, especialmente Ate­na, ver de acabar a todo trance con sus dolores, envia­ron al Olimpo a Iris, la mensajera celestial, con este encargo:

—Procura burlar como puedas la vigilancia de Hera, ponerte de acuerdo con Eileitiia y traértela contigo en seguida.

Y, en efecto, mediante el ofrecimiento de un collar de oro y ámbar de nueve codas de espesor, la diosa de los partos consintió en ir junto a la parturienta.

Apolo fue dios del Sol y de la Luz, por lo que tam­bién se llamó Febo. Apenas nacido, los cisnes de Lidia o Maionia dieron siete veces la vuelta a la isla cele­brando y cantando el parto de Leto. El dios Zeus, por su parte, le entregó una mitra de otro, una lira y un carro tirado por blancos cisnes y le ordenó que fue­se a Delfos.

A los tres días de nacer del seno de su madre, Apolo mató a Pitón, terrible serpiente que habitaba junto a Delfos, al pie de una fuente, y que era el terror de hom­bres y ganado.

Este monstruo perseguía a Leto por orden de Hera la que sabía, por habérselo predicho un oráculo, que Pitón moriría a manos de un hijo de Leto. En Delfos instaló luego Apolo un oráculo suyo, pero antes tuvo que luchar encanizadamente contra Herakles.

Apolo era muy hermoso, atractivo y viril. A pesar de ello no consiguió hacerse amar de Dafne, ninfa profética del Parnasos, hija e intérprete del oráculo de Gaia.

La casta y bella Dafne huyó al ser requerida amo­rosamente por Apolo. Pero al verse perseguida por el apuesto dios y al ir este a alcanzarla, lanzó un grito al tiempo que se encomendaba a su madre. Y entonces, en lugar de la desaparecida Dafne, brotó un verde laurel.

Más suerte tuvo Apolo con Coronis o Kirene, la ninfa tesalia que guardaba en el Pindo los rebaños de su padre Flegias, rey de los lápitas.

Cierto día la valerosa joven atacó, sin otras armas que sus manos, a un león, al que consiguió dominar. Al contemplar casualmente Apolo tal hazaña, se enamoró de ella. Y sin más, la cogió con fuerza para que no se le escapase como Dafne, la metió en su carro de oro y se la llevó, cruzando el mar, hasta Libia.

Coronis y Apolo tuvieron un hijo, llamado Asklepios o Esculapio, que fue tan gran médico, que mereció ser dios de la Medicina. No solo sanaba a los enfermos, sino que también resucitaba a los muertos, por lo cual Plutón, que era el dios del mundo subterráneo, se quejó a Zeus, diciéndole que ya nadie aparecía por allí. Entonces Zeus, para complacer a su hermano, mató a Esculapio con uno de sus rayos.

Apolo, lleno de ira y dolor por la muerte de su hijo, y no pudiendo vengarse de Júpiter, por ser dios y por ser su padre, mató a flechazos a todos los Ciclopes, for­midables gigantes con un solo ojo en la frente, y que eran los herreros de la fragua de Vulcano.

Enojado Zeus con Apolo por haber matado a los Cíclopes, le desterró del Olimpo. A partir de este momento empieza una era muy difícil para el famoso y varonil dios del Sol, de las Artes y de la Poesía.

Empezó por guardar los ganados de Admeto, rey de Tesalia. Y aunque se preciaba de su belleza, ninguna ninfa quiso corresponder a su amor, como le pasó con Dafne. Por entonces también labró con Neptuno las mu­rallas de Troya e inventó la lira. Pero habiendo preferido Pan, dios de los pastores, la flauta, que él había inventado, eligieron a Midas, rey de Frigia, juez de la contienda.

Incomprensiblemente el ridículo Midas se declaró en favor de Pan, e indignado Apolo por su mal gusto, hizo que le nacieran unas enormes orejas de burro.

Por último, Zeus se dio por satisfecho, le perdonó y Apolo se volvi6 a encargar de esparcir la luz, por lo cual se le representa, regularmente, como un hermoso joven coronado de laurel con la lira en la mano y con­duciendo por el cielo el carro del Sol, tirado por cua­tro hermosos caballos blancos y rodeado de las Horas, que eran hijas de Zeus y de Temis.

También con las Musas tuvo Apolo sus devaneos. Al principio solo hubo tres: Melete, que representa la Meditación o Reflexión, Mneme, la Memoria, y Aedé, el Canto o relación de los hechos. Más adelante fueron nueve, que representan las artes liberales y son: Calio­po, que preside la Poesía épica, Elocuencia y Retorica; Clío, la Historia; Erato, la Poesía Amorosa; Talía, la Comedia; Melpómene, la Tragedia; Terpsícore, el Baile; Euterpe la Música; Polimnia, la armonía, pantomima y elocuencia, y Urania, que preside a la Astronomía.

Las Musas habitaban, por lo regular, en la cumbre del Parnaso, que es la montaña de la Fócida.

Se dice que Apolo junto con Talía fue el padre de los Koribantes, y que con Ourania engendró a Linos y a Orfeo, músicos consumados ambos. La leyenda le atribuye al dios de la belleza gran número de hijos.

Pero Apolo no solamente gustaba de las mujeres, sino que, como buen griego, no desdeñaba tampoco a los bellos efebos. Jacinto y Kiparissos fueron los más célebres de sus amados.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.