Categoría: Italia

Cuando algún visitante busca el  museo de los espíritus, se dirige al padre Ernesto Ricasoli y pide ver «El Museo de los Espíritus» el sacerdote supone serio, juzga con una ojeada a su interlocutor, y si lo cree una persona movida por simple curiosidad contesta que lo lamenta, «pero el pequeño museo esta cerrado al publico». En efecto, los fieles no pueden entrar libremente. Esta prohibición disgusta a muchos creyentes que consideran que el museo es un poderosa invitación a la fe, a la meditación y a la oración.

El museo contiene una desconcertante documentación guardada en un armario colocado en una salita a pocos metros cuadrados, anexa a la Iglesia parroquial del Sagrado Corazón de Sufragio, en Lungontevere Prati, a unos centenares de metros del castillo de Sant’Angelo.

La primera vez que el padre Ricasoli, al asumir el cargo de guardián del museo, se vio obligado a ordenar la exposición de tan extraordinarios documentos tuvo que vencer, si no una sensanción de temor, por lo menos cierto nerviosismo. Actualmente, después de tanto años, esta acostumbrado a ocuparse de aquellos objetos en que se pueden advertir las huellas dejadas por almas que decían estar en el Purgatorio.

La idea de esta original colección, según explica el padre Ricasoli, la tuvo el padre Vistorio Jonet, que quería celebrar la misa en una capilla consagrada a la Virgen del Rosario, situada a pocos pasos de la Iglesia del sagrado Corazón del Sufragio. Un día, exactamente el 15 de Septiembre de 1897, en el altar de la capillita se originó un pequeño incendio y en la pared a la izquierda del altar apareció una imagen que muchos fieles identificaron como un rostro atormentado. Se gritó que había sido un milagro y una ingente multitud acudió a la iglesita del Sufragio.

La autoridad eclesiástica, naturalmente, no se pronunció sobre el particular, pero se afirmó en la convicción de que la imagen había aparecido realmente entre las llamas del incendio. Tal convicción se vio reforzada por el hecho de que la imagen continuó siendo visible durante largo tiempo, causando un efecto realmente desconcertante en quienes la observaban. Todavía hoy, junto a la puerta de la sacristía, se conservan huellas del incendio milagroso, que para protegerlas del tiempo e impedir que los fieles fácilmente sugestionables llegasen a conclusiones no autorizadas, se han recubierto con un tríptico que representa a la Virgen rodeada de ángeles.

El padre Jonet interpretó este hecho extraordinario como una señal de la Providencia y con la ayuda y apoyo de los pontífices Pio X y Benedicto XV, edificó el santuario del Sagrado Corazón de Sufragio. Luego pensó realizar una obra que recordase a los fieles la devoción a la animas benditas. Emprendió varios viajes por Italia, Francia y Alemania, de donde trajo objetos de interés verdaderamente excepcional que fueron ordenados en una sala anexa al santuario. Así fue construido el «Museo del Purgatorio» o Museo de los Espíritus.

Hasta 1920 estos objetos estuvieron expuestos ordinariamente al público como si se tratase de un museo. Luego, el padre Jonet, director de la Archicofradía, pensó en reorganizar la exposición de estos objetos de manera más discreta y más en consonancia con el espíritu de la Iglesia eliminando los que no estuviesen avalados por una documentación autorizada.

Este es, pues, el origen y la historia del Museo, que el padre Ernesto narra al visitante seriamente interesado. A los que preguntan como es posible que la Iglesia (que no suele pronunciarse acerca de hechos semejantes) autorice no menos que un museo de esta clase, aunque no este abierto al público, el sacerdote contesta: «La Iglesia condena el espiritismo, entendido como creencia en la posibilidad de evocar mediante la practica de los mediums el espíritu de los difuntos. Aquí se trata de otra cosa. Son espíritus que espontáneamente se han manifestado para pedir sufragios y han dejado huella de su paso.» Un hecho semejante, nos cuenta el sacerdote, le ocurrió a San Juan Bosco, al hacerse amigo de un colegial, el joven Comollo, que murió poco tiempo después. Entre los dos habían pactado que quien muriese primero iría a tranquilizar al otro con respecto a su salvación eterna. El recuerdo de aquel hecho turbaba el espíritu de Juan Bosco cuando su amigo murió. Una noche en que pensando en ello no podía dormir, oyó el ruido de un carro que se aproximaba; el rumor crecía paulatinamente hasta el punto de hacer temblar el dormitorio. Los clérigos, asustadísimos, huyeron de sus lechos. Entonces en medio de un ruido semejante al de un trueno, se oyó claramente la vos del difunto Comollo que decía tres veces: «Bosco, !me he salvado¡» Dom Bosco, según confesó mas tarde sintió un pánico tan grande que enfermó gravemente.

La diferencia entre este extraordinario acontecimiento ocurrido a San Juan Bosco en su juventud y los que aparecen documentados en el Museo de los Espíritus consite en que a Dom Bosco el espíritu de su amigo se le manifestó ruidosamente, pero sin dejar huella clara e inconfundible de su paso. La mayor parte de la documentación sobre los espíritus del Museo consiste, en cambio, en huellas dejadas, por ejemplo, sobre los libros de oraciones, como si las almas del purgatorio quisiesen solicitar sufragios a los vivos. Existen las huellas dejadas en un libro de Margarita Sommerlé, de Elirgen (Metz), en Francia, por su suegra, que se le apareció treinta años después de muerta (1915) vistiendo el traje del país, como peregrina. Esta extraña figura de mujer bajaba cada día de las escaleras que conducían al granero, gemía y contemplaba con insistencia a su nuera como si quisiera pedirle algo. Margarita Sommerlé, aconsejada por su confesor, le dirigió un día la palabra y obtuvo esta respuesta: «soy tu suegra, muerta de parto hace treinta años. Ve en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Marienthal y hazme celebrar dos misas». Despues de la peregrinación, la suegra se le apareció de nuevo para anunciarle que había sido liberada del Purgatorio y sonriendo, puso su mano sobre el libro La imitación de Cristo, dejando en él la marca de una quemadura. Luego, resplandeciente de luz, desapareció para siempre.

A este grupo de documentos pertenecen las marcas de fuego dejadas por el difunto José Schiti al tocar con la extremidad de los cinco dedos de su mano derecha el libro de oraciones de su hermano jorge, el 21 de diciembre de 1838, en Sanalbe (Lorena); la marca de tres dedos dejada el domingo 5 de marzo de 1871 en el libro de oraciones de una tal Maria de Poggio Berni, de Rímini, por la difunta Palmira Ratelli, hermana del párroco, fallecida el 18 de diciembre de 1870, y otros episodios análogos.

También existe una serie de documentos impresionantes consistentes en a huellas dejadas por los espíritus sobre varias telas. Por ejemplo, la marca de fuego de un dedo de sor Maria Margarita la noche del 5 al 6 de junio de 1894. El relato conservado en el archivo del monasterio de Santa Clara, en Bastia (Córcega), cuenta como sor María, que sufría desde hacía cerca de dos años del pecho, con altas fiebres y tos asmática, fue presa del desaliento y del deseo de morir pronto para dejar de sufrir. Sin embargo, como era muy fervorosa, ante las exhortaciones de la superiora se sometió resignada a la voluntad de Dios. Pidió oraciones, y para atestiguar la autenticidad de su aparición, posó el índice sobre un cojín prometiendo volver. Se apareció de nuevo a la misma religiosa los días 20 y 25 de junio del mismo año para darle las gracias y algunos consejos espirituales para la comunidad.

El museo también muestra una huella de fuego dejada sobre el delantal de sor Maria Herendorps, religiosa conversa del monasterio benedictino de Vinnemberg (Westfalia), por la mano de la difunta sor Clara Scholers, de la misma Orden, muerta a causa de la peste en 1637.

Asimismo se puede ver una huella dejada por la difunta señora Leleux sobre una manga de la camisa de su hijo José cuando se le apareció en Wodeco-Mas (Bélgica). Según el relato del hijo, la madre, que había muerto diecisiete años antes, se le apareció la noche del 21 de junio de 1789 (después de haber oído durante once noches consecutivas ruidos que le atemorizaron hasta el punto de hacerle enfermar) reprochando le su vida disipada, exhortándole a cambiar conducta y a rezar por la Iglesia. entonces apoyó la mano sobre la manga de su camisa dejando una huella muy visible. Jose Leleux, después de aquella aparición, se convirtió y fundó una congregación de laicos y murió en olor de santidad el 19 de abril de 1825.

Por último, el museo contiene la documentación relativa a las huellas dejadas sobre una tablilla de madera, la manga del hábito y la camisa de sor Clara Isabel Gornari, abadesa de las clarisas, por las manos del difunto padre Panzini, abad olivetano de Mantua, el 1 ero de noviembre de 1831. Son cuatro marcas, una de la mano izquierda sobre una tablilla que utilizaba la religiosa para su trabajo, muy visible, con la señal  de la cruz perfectamente impresa en la madera; la segunda, también de la mano izquierda, sobre una hoja de papel, viéndose la forma de la mano con gran nitidez; otra de la mano derecha sobre la manga del hábito, quemó de distinta manera la tela de la camisa religiosa, manchandola de sangre.

Esto es, en síntesis, el Museo de los Espíritus, cuyo valor se debe a la seriedad de las personas que han declarado como testigos y de las autoridades que se han encargado de examinar las piezas y controlarlas. «Sobre la delicada cuestión de la validez de los documentos y testimonios – escribió monseñor Pedro Beneditti, primer sucesor del padre Joneten la dirección de la Obra-, es preciso evitar a la gente que a priori se limita a encogerse de hombros y a sonreír incredulamente ante las manifestaciones sensibles del más allá, negando rotundamente el hecho. Estas personas obran con ligereza. En realidad, no es justo rechazar sin previo examen el testimonio de personas dignas de crédito cuya virtud ha sido reconocida por la Iglesia. Tampoco se puede negar la posibilidad de comunicación entre las almas de la Iglesia purgante y nosotros, que formamos parte de la Iglesia, con permisión divina. Por otra parte, hay almas ávidas de encontrar lo sobrenatural siempre y en todas partes, y por lo tanto, inclinadas a una devoción casi enfermiza e incluso demasiado cruel. Se empeñan en ver siempre y en todas partes manifestaciones sobrenaturales, visiones, revelaciones…Ni intrasigencia, ni fanatismo, ni indiferencia – concluye monseñor Beneditti – sino seriedad y respeto para la sinceridad de quien honestamente relata y afirma, y para la diligencia de los que estudian, investigan y examinan».

La Iglesia no se ha pronunciado oficialmente sobre los hecho expuestos en el Museo del Purgatorio, y los sacerdotes que están a su cuidado informan a los visitantes con las debidas reservas acerca de los episodios y documentos mas impresionantes.

Bibliografía

De Maria, C. (1971). Enciclopedia de la magia y de la brujería. Barcelona: Editorial De Vecchi, S.A.

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Cuando Herodes ordenó la degollación de los Ino­centes, un ángel advirtió a la virgen María y a san José que junto con el niño Jesús salieran de Nazareth y huyeran a Egipto. Así lo hicieron acompañados de un asno cargado con lo más imprescindible.

Ya se creían a salvo, cuando vieron que eran perse­guidos por los soldados del rey. Entonces la Virgen sugirió a su esposo san José que se separaran: ellos, con el Niño, huiría por los campos, tratando de escon­derse entre los árboles y el follaje, mientras el con el burro continuarían su camino. Después, cuando se alejara el peligro, volverían a encontrarse.

No habían hecho más que separarse, cuando llega­ron los soldados de Herodes al lugar donde se hallaba san José con el asno.

— ¿Has visto a una mujer con un niño en brazos? —le preguntaron.

—No he visto pasar a nadie por aquí —respondió el santo temblando.

Y calculando que la mujer andaría por entre el folla­je, los soldados echaron a correr a campo traviesa, con las espadas desenvainadas.

La Virgen, que corría afanosamente estrechando al Niño contra su pecho, oyó sus gritos salvajes y sus pasos precipitados acercársele por momentos. Pero, cuan­do ya se creía perdida, descubrió un campo de lino, florido. La Virgen se metió entre las flores, implorando:

—Escondedme y yo os bendeciré eternamente.

Las plantas de lino se abrieron con leve rumor y a medida que la Virgen pasaba, los sutiles tallos volvían a unirse, flexibles como el agua, sin dejar ninguna huella de su paso, mientras las flores ondeaban al viento con rumor de seda.

Al llegar los soldados al borde del campo y ver las flores del lino ondeando tranquilamente, dieron media vuelta y se marcharon.

La Virgen pudo entonces salir del campo y dijo al lino:

— ¡Bendito seas! De ti se vestirán los hombres y los altares.

Con el Niño en brazos, la Virgen reanudó su camino y poco después entró en un bosque de olivos. Pero apenas había andado unos pasos, cuando el fragor de unas voces descompuestas la hizo estremecer. Eran los soldados, que volvían chillando e imprecando.

La pobre madre estaba aterrada y ya se disponía a invocar la ayuda de los Ángeles, cuando uno de aque­llos olivos, el más viejo de todos, cuyo tronco cente­nario estaba hueco cual una gruta, le gritó:

—Ven aquí, Virgencita, ven a esconderte en mi tron­co. Nadie te descubrirá. No tengas miedo.

Y mientras la Virgen, cuyo corazón desfallecía, se acomodaba en la oquedad del olivo, los soldados pasa­ron por delante el árbol como furias, pero no repararon en el escondite. Una vez pasado el peligro, la Virgen salió del tronco y dijo al olivo:

— ¡Bendito seas, olivo! Tus ramas serán símbolo de paz; tu fruto servirá a los hombres de alimento y de luz. Y cada año en la noche del quince de agosto, baja­re a la tierra para dar el aceite a tus frutos.

De esta forma quedó bendito el olivo. Y todos los años, quien contempla el cielo en la noche del quince de agosto, lo ve surcado hasta el alba por innumera­bles estrellas que caen, mientras miríadas de luciérnagas van errando entre las ramas de los olivos.

Las luciérnagas no son sino Ángeles con lucecillas de oro, que acompañan a la Virgen, mientras ella infunde en los frutos del olivo los vasos de aceite que otros Ángeles en forma de estrellas le bajan del cielo.

Después de burlar nuevamente a los soldados, la Virgen prosiguió su camino con el Niño Jesús en busca de san José. Pero no había hecho más que andar unos pasos, cuando detrás de unas zarzas oyó las voces fu­riosas de sus perseguidores.

—Debe de estar por aquí —decía uno de ellos–. Su manto celeste se confunde con el color de la hierba. ¡Mirad bien por todas partes!

Aterrorizada, la Virgen buscó nuevamente donde ocul­tarse, pero no hallo ni un Árbol, ni una zanja, ni unas matas donde hacerlo. No vio más que un campo de altramuces, que sacudía al viento sus vainas secas como pequeñas castañuelas. Pero, cuando ciega de espanto, la infeliz madre echo a correr entre las matas, estas empezaron a moverse con estrépito.

— ¡Oh, plantas malvadas! —dijo la Virgen sin dejar de correr—. Con vuestro ruido haréis que me descu­bran. ¡Desde hoy tendréis la amargura que yo tengo!

Por eso, desde aquel día, los altramuces tienen una amargura insoportable al paladar.

La Virgen, entretanto, llegó corriendo junto a una enorme higuera. Y tras subir al Árbol con la energía que da la desesperación, le dijo:

—Higuera, escóndeme entre tus grandes hojas y serás bendita.

Y el árbol acogió a la Virgen, abriendo sus brazos y alargó sus verdes hojas anchas, gruesas y ásperas en torno a Ella y al Niño, hasta cubrirlos por completo.

Cuando los soldados llegaron, poco después, no vie­ron huella de alma viviente por aquellos contornos y, desanimados, regresaron a Jerusalén para informar al cruel Herodes de su fracasada persecución.

La Virgen bajó del árbol que tan bien la había aco­gido. Y antes de ir en busca de san José, que la espe­raba a poca distancia, bendijo a la higuera con estas palabras:

— ¡Bendita seas, higuera! Tú darás fruto dos veces al año.

Es por esto que la higuera produce en junio y agosto frutos dulces como la miel.

Luego, una vez reunida la Virgen con su esposo san José, la sagrada Familia pudo continuar su viaje sin novedad hasta llegar felizmente a Egipto.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En la italiana ciudad de Verona no se hablaba de otra cosa que de los odios existentes entre las familias de los Capuleto y los Montesco. Su viva enemistad era una larga historia que tenía origen probablemente en alguna afrenta remota, tal vez en una muerte.

Desde entonces, todo había sido una serie inacaba­ble de riñas, peleas, duelos espada en mano, muertes…

Una noche primaveral en que el aire parecía car­gado de un especial embrujo, los Capuleto dieron una gran fiesta en su palacio. Bien pronto la enorme sala se llenó totalmente de hombres y mujeres ataviados con vistosos trajes y cubiertos con máscaras. Mientras la danza se animaba, bajo los antifaces todo eran risas, miradas intencionadas, frases insinuantes.

Cuando la fiesta estaba en su punto culminante, el joven Teobaldo se acercó a micer Capuleto, su tío, y le dijo al oído:

—Un Montesco se ha colado en la fiesta… Es Romeo, el heredero de la familia.

Como Romeo era un joven estimable, a quien se conocía por bueno y digno en la ciudad, micer Capuleto procuró calmar la irritación de su sobrino. Además, ya que estaba en su casa, el anciano Capuleto se consideraba ligado por el respeto que se debe al huésped. De afrentarle, allí hubiera deshonrado su casa…

—Esto es una provocación —decía Teobaldo–. ¿Por qué ha venido precisamente aquí?

Pero el buen Romeo no había ido a provocar a na­die. Su naturaleza sencilla y bondadosa le alejaba de las luchas con los Capuleto. Y si se coló de rondón en rasa de sus enemigos, fue siguiendo los pasos de la hermosa Rosalina, de la que esperaba obtener siquiera una sonrisa o una mirada amable…

Y ocurrido que en el ir y venir de la fiesta se encontró, sin darse cuenta, con que seguía los pasos de una jo­ven rubia, esbelta y bellísima. Inmediatamente, Rosali­na quedó olvidada.

— ¿Quién es esta mujer? —pregunto a un criado.

—No lo sé, señor.

Al quedar ella junto a una columna, Romeo se acercó a la joven hasta casi tocarla. Y coma si rezara le dijo:

—Si con mi mano, por demás indigna, profano este santo relicario…

Y mientras decía esto, su mano cogió la de aquella muchacha que tenía los dedos largos y finos, de piel suavísima. Todo fue rápido y maravilloso. Unos segun­dos bastaron para comunicarse fuego en las miradas y pasión en las palabras. Y al despedirse se dieron un beso que parecía sellar un amor de varios años.

Cuando Romeo abandonó el palacio de los Capuleto, iba absorto, con el corazón en vilo. Sus compañeros Mercurio y Benvolio, que le habían acompañado, todavía le gastaban bromas sobre Rosalina, pero el llevaba a Julieta Capuleto en la sangre. Si, a la bella hija del dueño del palacio donde se había introducido furtiva­mente poco antes.

A partir de aquel día, el jardín de los Capuleto amparó las secretas entrevistas de Romeo y Julieta. Se amaban tan intensamente que no podían pasar sin ver­se a diario. Y mientras la joven se preguntaba por qué Romeo sería un Montesco, la voz del amado surgía a menudo de entre los alhelíes, los claveles y las rosas, como un arrullo mágico de la noche, y decía:

—i Julieta, llámame  “amor mío” y seré nuevamente bautizado! ¡Desde ahora mismo dejare de ser Romeo! Mi nombre me es odioso por ser un enemigo para ti.

Cada vez eran más apasionadas las frases. Pasada la medianoche, Julieta se retiraba a su aposento. Pero no tardaba en salir otra vez, porque no acertaba a dejar la galería donde estaba su amado. Un día le dijo temblando de emoción:

—Esto no puede seguir así, querido Romeo. Por tanto, si me deseas por esposa dime dónde y a qué hora quieres que nos unamos en matrimonio. Pongo en tus manos mi suerte. Te seguiré siempre como a dueño y señor.

A los pocos días, la campana del convento replicó con alegría. Fray Lorenzo les casó en el mayor secreto. Sólo un amigo de Romeo y la dueña de Julieta tuvieron conocimiento de la boda.

Aquella misma mañana Teobaldo y algunos Capu­leto tropezaron con Mercurio y Benvolio. Se cruzaron algunas palabras e inmediatamente salieron a relucir los aceros, Romeo llegó cuando estaban en los primeros tanteos de la pelea. Se interpuso pidiendo paz y fin a la discordia.

—Teobaldo —le dijo humildemente—, tengo razones para apreciarte…

Pero ante aquella actitud de Romeo se crecía el Capuleto. Entonces, el impaciente Mercurio, sorpren­dido y humillado, saltó con la espada desenvainada. Volvió Romeo a interponerse y Teobaldo aprovechó la ocasión para herir mortalmente al infeliz Mercurio.

Sin poder contener su dolor, Romeo tuvo que ver morir por su culpa a su compañero más fiel. Pero pron­to a su pena se unió la ira y una sed de castigar al traidor y vengar a Mercurio. Alcanzo a Teobaldo quo se alejaba y de nuevo relucieron las espadas cuando el sol iba ya alto.

Momentos después la noticia corrió por toda la ciu­dad. Los chiquillos la voceaban por las calles:

  • ¡Han matado a Teobaldo! ¡Ha sido Romeo!

Cuando el cadáver llego a casa de los Capuleto, hubo allí escenas desgarradoras, gritos y llanto de las mujeres, promesas de venganza de los hombres. Julie­ta, recogida en su habitación, solo se enteró de lo ocurri­do cuando su nodriza le dijo:

—Romeo ha matado a Teobaldo y el príncipe le ha desterrado.

La infeliz Julieta quedó en un terrible desasosiego, debatiéndose en una difícil disyuntiva. Por una parte, ¿cómo podía querer al enemigo de su familia, al asesi­no de su primo? Y por otra, ¿cómo podía odiar a su esposo? No, eso no. A Romeo le amaba profundamente, con toda su alma…

Romeo tenía que abandonar Verona por orden del príncipe. Antes estuvo con fray Lorenzo, su confesor, que le conocía desde que era niño y el que le había casado en secreto con Julieta. Y esta vez, ¡una más!, fue también consuelo de su tribulación, paño de lágrimas.

—No to preocupes, Romeo —le dijo el fraile—, yo encontraré una solución.

Aquella noche, como todas las anteriores, Romeo escaló la tapia del jardín de Julieta, salvó también la baranda de la galería y fue a despedirse de su amada…

Entretanto fray Lorenzo intentaba encontrar la ma­nera de solucionar aquel enrevesado asunto. Estaba decidido a hacer saber a Capuleto y Montesco la boda de Romeo y Julieta. Creía el buen fraile que así haría regresar al desterrado marido a Verona y posiblemen­te desaparecería la eterna desavenencia entre ambas familias…

Pero las cosas se complicaron. Micer Capuleto, pa­dre de Julieta, había decidido casar a su hija con el conde Paris, que aspiraba a su mano desde hacía tiem­po. Julieta se negó, rotundamente a casarse. Y como sus padres ignoraban el vínculo que la unía a otro hombre, querían disuadirla, el padre, por la violencia y la madre por media de la persuasión.

Julieta acudió desesperada a fray Lorenzo, que también esta vez hallo un recurso, algo más complicado, es verdad, pero que sirvió a la joven de consuelo y esperanza.

Poco después llegó el día previsto para la boda de Julieta y Paris. Pero cuando todo estaba ya a punto, la nodriza dio la alarma al salir de la habitación de Julieta dando gritos desgarradores.

— ¡Está muerta! —decía llorando—. ¡Está muerta!

Acudieron todos y vieron desconsolados a Julieta tendida en la cama vestida con las galas de novia. Se acercó la madre y vio que su hija no alentaba. Su ros­tro enmarcado por el tul blanco estaba pálido, inani­mado, con una hermosura glacial, como si fuera de mármol o nácar.

El entierro se efectuó el día siguiente. La ciudad de Verona estaba consternada al ver como se acumulaban los males en casa de Capuleto… Solo fray Lorenzo sabía que en realidad Julieta no había muerto. El mismo había preparado una pócima, que la joven bebió, trémula y esperanzada, la noche de la vigilia de su boda.

Fray Lorenzo esperaba tenor a Julieta como muerta durante cuarenta y ocho horas en el panteón de los Capuleto. El tiempo justo para poder avisar a Romeo, que vendría para llevársela a Mantua.

El destino, sin embargo, vino nuevamente a desbor­dar sus proyectos. Rápidamente envió un fraile a Man­tua, donde se encontraba Romeo, con una carta en la que le explicaba su plan y la urgencia de que regresara. Pero la carta no llegó a su destino porque el mensajero fue detenido durante varias horas por sospechas de que pudiera llevar el gérmen de la paste. Al quedar libre, el fraile regresó al convento con la carta, sin haberla entregado a su destinatario.

Pero Romeo ya se había enterado de lo ocurrido gra­cias a la diligencia de uno de sus criados. Y el amante, sin pensar más que en la muerte de su amada esposa, se puso en camino hacia Verona. Era casi medianoche cuando llegó a la ciudad.

Sin pérdida de tiempo se dirigió al cementerio y entre las sombras, lápidas y cruces fue en busca del mausoleo de los Capuleto. Pero cuando se disponía a levantar la losa que tapaba la entrada del subterráneo, un hombre salió de detrás de un ciprés, gritando:

  • ! Detente, sacrílego Montesco! ¿Acaso quieres ven­garte más allá de la muerte?

Romeo, al pronto, no le reconoció. Era el conde Paris, el novio frustrado de Julieta, que desde la muerte de ésta estaba rondando como un perro el cadáver de la que debía ser su esposa.

— ¿Que vienes a hacer aquí? —preguntó.

Y como viera que Romeo quería evitar la lucha, le cortó el paso desenvainando la espada. Todo fue cosa de unos segundos. Romeo reconoció en su ocasional enemigo al conde Paris cuando ya éste se hallaba tendido en el suelo, muerto, entre un charco de sangre.

Inmediatamente, febril, presa de una obsesión invencible, Romeo levantó la losa del panteón y descendió sin vacilar. Una vaharada mefítica salía del fondo.

Con la lámpara que llevaba en la mano, el joven fue reconociendo las paredes desnudas, húmedas, el cuerpo en descomposición de Teobaldo… y a Julieta. Estaba intacta, como una figura de cera. Sollozando se abrazó a ella.

No tardó en llegar fray Lorenzo, presumiendo ya desgracias irreparables. Y no se equivocó. Tropezó primero con el cuerpo ensangrentado de Paris. Y al bajar a la cripta vio a Romeo junto a Julieta, también él sin vida. Acababa de morir envenenado.

Precisamente en aquel momento Julieta comenzaba a despertar, una vez terminados los efectos de la pócima del fraile.

  • ¿Dónde está mi Romeo? —preguntó anhelante.

El fraile intentó llevársela de allí, tratando de impedir que llegara a ver a su amado que yacía junto a ella, sin vida. Le daba prisas y hasta urdió una burda excusa, pero todo fue inútil.

Al ver el cadáver de Romeo, la infeliz Julieta se abalanzó sobre él. Pero fray Lorenzo se alarmó al ver que la joven, en lugar de reaccionar con llantos y gritos de desconsuelo, se mostraba con una serenidad desconcertante.

— ¡Vamos, Julieta, vayámonos de aquí! —le urgía el fraile.

Pero la joven no le hizo caso y continúo abrazada al cadáver de su amado Romeo.

–¡Besaré tus labios, Romeo…! —dijo—. Quizá quede en ellos un resto de ponzoña para hacerme morir.

Y sin que el fraile se apercibiera, mientras posaba sus labios en los de Romeo, calientes aún, Julieta sacó la daga del cinto de su amado, e inclinada como estaba sobre él, apretó con fuerza su punta contra el corazón…

El príncipe de Verona dispuso que se diera sepultura a los dos amantes, uno junto al otro. Y cuando al día siguiente el pueblo asistió conmovido a la ceremonia fúnebre, por primera vez Capuleto y Montesco iban juntos en paz. Ya ninguna de las dos familias pensaba en venganzas ni en odios.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Cierto rey de Persia salió un día acompañado de sus nobles a es­paciarse por el campo, y como llevara consigo sus halcones, comenzó a soltarlos dirigiéndolos contra varias aves que por aquel espacio vola­ban. Dentro de poco se divisó un airón, y quiso el rey que uno de sus halcones –que era estimado por el mejor de cuantos se conocían, a causa de su grande aliento, que subía hasta las estrellas— fuese soltado en seguimiento del airón. Se hizo de este modo, y hete al airón remon­tándose y el halcón lanzándose gallardamente tras él. Mas he aquí que en el punto que el halcón estaba pronto, después de mil giros y revuel­tas, a apoderarse del airón, compareció un águila en el horizonte. Así que la distingue el bravo animal cazador, júzgase indigno de seguir combatiendo a la tímida garza, suelta rápidamente su vuelo hacia donde el águila eleva el suyo y comienza a perseguirla con poderoso ahínco. Defiéndese el águila con no menor aliento, pero el halcón no cede de su esfuerzo, quiere aterrarla, le clava por fin el noble animal sus garras en el cuello, híncale el pico en la cabeza y cae el ave vencida y muerta, dando en tierra en medio del corro que formaban los cortesanos con el rey. No quedó entre los primeros uno solo que no se deshiciera en alabanzas del halcón, reputándole el más diestro y valeroso cazador del mundo, y cada cual se expresó en este sentido con las palabras que más propias estimó, de suerte que se produjo un coro de alabanzas que no cesó en un buen espacio. El rey callaba; ni una sola vez unió a las de admiración y lisonja que en torno suyo se repetían, antes parecía reflexionar muy metido en sí, y absorto de esta manera ni elogiaba al halcón ni lo desalababa. Era ya tarde del día, cuando el halcón dio la muerte al águila, motivo por el cual mandó el rey que volvieran todos a la ciudad.

»Al día siguiente fue a palacio un joyero llamado por el rey, re­cibiendo de éste el encargo de hacer una corona de oro de un tamaño apropiado a la cabeza del halcón, y cuando estimó el rey que era ocasión oportuna, dispuso que en medio de la plaza de la ciudad se mon­tase un catafalco cubierto de patios, tapices y otros ornamentos, como es costumbre exornar un palco real. A este tablado hizo conducir el halcón, llamando concurso de gentes a trompa tañida; allí por manda­miento del rey, un barón principal colocó la corona en la cabeza del ave, en premio de su soberbio combate con el águila. Mas no bien se concluía esta ceremonia, cuando por otro lado aparecía el verdugo, el cual, llegándose al coronado halcón, le quitó la corona y en seguida con la segur le degolló. Asombrados quedaban de tan contrarios efectos todos cuantos al espectáculo concurrían, y se promovieron en la plaza animados coloquios en comento de tal sucedido. El rey, que todo lo presenciaba desde una ventana del palacio, se asomó e impuso silencio, y de modo que pudiera de todos los asistentes ser oído, así como sigue se expresó:

»Nadie se entregue a murmurar de lo que acaba de hacerse con el halcón, puesto que todo se ajusta a perfecto derecho y equidad. Abrigo yo en mi ánimo firme convencimiento de que es misión forzosa de todo príncipe magnánimo conocer la virtud y el vicio, a fin de que pueda premiar las obras virtuosas y laudables y castigar las culpadas; de otro modo, no le corresponde el título de rey o príncipe, sino el de pérfido tirano. He aquí por qué, reconociendo yo en el degollado halcón, gran generosidad y aliento de ánimo, acompañados de una fiera bizarría, con la corona de oro he querido honrarle y galardonar su hazaña, que hazaña fue la de haber muerto tan valientemente al águila, y digna re­compensa por lo animosa y arrojada. Empero venía después el conside­rar que el halcón obró con audacia, y aun mejor con temeridad, per­siguiendo y matando a un águila, que reina es de las aves y reina, por lo tanto, del atrevido halcón, lo cual me ponía en el trance de impo­nerle justa pena correspondiente a la maldad de tal fechoría; que nunca al súbdito es lícito ensangrentar sus manos con sangre de su señor. Habiendo, pues, el halcón asesinado a la que era reina suya y de todas las otras aves, ¿quién habrá que en buena razón pueda reprocharme por haber mandado cortarle la cabeza? En mi conciencia digo que no lo espero.»

Curiosa es la simbólica tradición, marcada con el sello de la más remota antigüedad; pero lo peor es que tan viva estaba, según Bandel­lo, en la memoria de los persas y tanto significaba para ellos, que cons­tituía una especie de sapientísima ley en la cual apoyaron su severo fallo unos jueces de aquel país que condenaron a un infeliz y harto presuntuoso caballero a ser decapitado, pero después de coronarlo, por el gravísimo delito de haber querido vencer continuamente al rey Ar­tajerjes en generosidad, en liberalidad, en astucia, en talento, sin dejar de ser un buen vasallo. Tanto llegó a molestar la vanidad del rey, que se Rego al fallo de los jueces, ya citado, para darse el gusto el monarca de poder decir que solo a su generoso indulto debía la vida el caballe­ro. Pero ni aun asi logró quedar como perfecto vencedor aquel rey, en su lucha verdaderamente pueril con su vasallo, de inverosímil terque­dad: solo uniéndose a él por lazos de familia y convirtiéndolo en su consejero y ministro pudo llegar a vivir en paz remedio harto cono­cido, por otra parte, desde que hubo en el mundo quien mandara atri­buyéndose el derecho de disponer de la vida y hacienda ajenas.

La selección hecha por Felíu y Codina termina con un verdadero cuento de hadas que deja buena impresión en el lector y le lleva a imaginar que ha vivido un rato en la corte del rey don Pedro de Aragón en Sicilia.

 

Bibliografía

Perés, R. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. España: Editorial Ramon Sopena, S.A.

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Cuentan viejas historias que hace miles de años, en tiempos muy remotos, la vid no producía ningún fruto; era una planta estéril. En vista de ello, el campesino dijo un buen día:

—Voy a cortar esta planta, porque no sirve para nada.

Y, efectivamente, al llegar la primavera, cortó todas las ramas dejando sólo un abultado muñón. Al verse desnuda, la vid empezó a llorar amargamente, destilando lágrimas de las ramas cortadas y lamentándose con pena.

—i Ay, pobre de mí, que desgraciada soy! —decía.

Sin embargo, la verdad es que nadie escuchaba ni sus lamentos ni su llanto. Todos los árboles y las plantas estaban atentos sólo a los trinos del ruiseñor que, al oscurecer, empezaba a cantar de modo maravilloso en la enramada junto al rio.

—iOué pena! —se dijo la vid al escucharle—. Si este pajarillo me ayudase a llorar, bien pronto renacerían mis cepas y mis pámpanos.

Preocupada con esta idea, cierta noche, al fin, llamó al ruiseñor y le dijo con voz quejumbrosa y dolida:

—Oye, hermoso pajarito, ten compasión de mí; no soy más que un muñón de leño y no tengo ni una sola hoja. Te suplico que me ayudes a llorar.

Y como el ruiseñor tiene el corazón tierno e ingenuo como todos los poetas, no supo decir que no. Inmedia­tamente echó a volar desde donde estaba, se posó sobre el leño de la vid, de la que destilaba una abundante humedad, afianzó en la corteza sus finas uñas y empezó a cantar dulcemente.

En el acto se hizo en todo el valle un solemne silen­cio. Todos se pusieron a escucharle e incluso las estrellas del cielo se echaron a llorar. Y aunque parezca extraño, poco a poco, a medida que el ruiseñor cantaba, la vid se revigorizaba y la cortada cepa reverdecía, hasta aparecer las diminutas hojas que habían de ser luego espléndidos pámpanos verdes.

El ruiseñor cantó durante largas noches y de la vid surgieron ramas y hojas. Y entonces, sintiéndose feliz, alargaba sus sarmentosos brazos sobre la tierra, tra­tando de agarrarse y de trepar por los troncos cercanos.

Pero sabido es que la vid es traidora y engañosa; por algo es la madre del vino, que tantas jugarretas gasta a los hombres.

Cierta noche, con ingratitud sin igual, urdió contra el pobrecillo ruiseñor un pérfido engaño. Con uno de sus zarcillos envolvió las patitas del pajarillo y lo sujetó con fuerza a su tronco reverdecido y lleno de pám­panos.

Al día siguiente, el ruiseñor, que jamás había sos­pechado mal alguno de la vid, intentó volar, Pero no consiguió separarse de la planta. Estaba allí prisionero y jamás podría escapar de su prisión.

—iDéjame volar! —Suplicó llorando a la vid el pobre pajarillo—. ¿Qué mal te he hecho yo? ¿Así me pagas lo que he hecho por ti?

Pero todo fue inútil. La insensible y traidora vid, brillante de roció, se mecía sobre su tronco sin hacer caso de los ruegos y lágrimas del ruiseñor.

Y así fue como el confiado e infeliz pajarillo, no pudiendo ya volar ni comer, murió allí preso, quedando su gracioso cuerpecito colgando de la cepa traidora Como si fuera un racimo marchito.

Pero sabedoras las estrellas de lo ocurrido, quisieron transformar a su amiguito cantor en algo que embriagase a los hombres como hacía con su canto cuando estaba vivo. Y del ruiseñor muerto hicieron el dulce fruto de la vid: la uva.

Entonces las patitas hundidas en la corteza viva de la planta transmitieron la fresca humedad de la tierra. Y aquel jugo vital se esparció rápidamente por todo el mísero cuerpecillo, que se hinchó hasta transformarse en el turgente y dulce fruto de la vid.

Algo después, pasado el diluvio universal, nuestro antepasado Noé sería el primero que descubriría los maravillosos efectos del vino.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.