Categoría: Europa

0

La diosa Hera fue una de las tres hijas (Hestia, Demeter, Hera) que, además de tres hijos (Hades, Poseidón y Zeus) tuvieron Cronos y Rea.

Lo más probable es que fue criada y educada por Okéanos y Tethis en el palacio de éstos. También se afirma que fue educada por las Horas.

Según Hesíodo, Hera fue la tercera mujer “legítima” de Zeus (la primera fue Metis, la segunda, Temis). Sin embargo, la Ilíada cuenta que Zeus y Hera desde muy jóvenes ya se amaban y hasta folgaban a escondidas de sus padres.

Cuatro hijos nacieron del matrimonio Zeus-Hera: Hefaisto, Ares, Eileitiia y Hebe. Se dice, sin embargo, que Hefaisto o Vulcano, era sólo hijo de Hera pues como Zeus había tenido a Atena sin su concurso, ya que salió de su cabeza al recibir un hachazo, ella, despechada y por no ser menos, alumbró al herrero divino por su propia cuenta.

La leyenda presenta siempre a Hera poderosa, fuerte y respetada por los demás dioses como verdadera reina del Olimpo. Pero también como una mujer en toda la extensión de la palabra.

En efecto, como mujer se la ve en muchas ocasiones, orgullosa de su posición, insolente a causa de su rango, vanidosa de su belleza, embustera por conveniencia, coqueta y zalamera cuando quiere obtener algo, perjura por temor y celosa e implacable en todo momento.

Si bien es cierto que su esposo Zeus tuvo muchos devaneos extra-conyugales, Hera no dejo tampoco, por lo menos, de ser solicitada. Se cuenta que Eurimedón, rey de los Gigantes, violó a Hera, siendo niña, teniendo con ella a Prometeo.

Al parecer también intentaron violentarla otros gigantes como Efialtes y Porfirión, e incluso la pretendió un simple mortal llamado Ixión, hijo de Flehias, rey de los lápitas.

Otras leyendas atribuyen a Hera otro hijo, el monstruoso Tifón. Cuéntase que a causa de la derrota y prisión de sus hijos los Gigantes, la descontenta Gaia empleó contra Zeus su arma propia de mujer furiosa: la calumnia. Y precisamente se valió de la celosa Hera, tan dispuesta a creer lo que iba en contra de su augusto esposo y a inflamarse violentamente.

Así fue como, sumamente irritada, corrió a pedir a Cronos un medio de vengarse. Entonces Cronos, hijo de Gaia o Gea y Uranos, le dio dos huevos untados con su propia simiente: enterrados, debían dar origen a un demonio capaz de destronar a Zeus.

Este demonio fue Tifón, al que lo terribles rayos de Zeus lograron abatir.

En la antigua Roma, Juno era una de las más grandes diosas de la mitología romana, siendo más tarde asimilada a Hera.

No obstante, cabe advertir que la personalidad de Juno siguió siendo, en realidad, distinta de Hera, la diosa griega.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

0

Cuenta el poeta Costa y Llobera que en las montañas mallorquinas de Lluch, pervive, no sin horror, el recuerdo de una escena que parece revivir ante la contemplación del fondo de un hondísimo barranco maldito que en lejanos tiempos fue un alegre y alto ejido, no un abismo como ahora.

Allí había una era donde se trillaban las rubias ga­villas de trigo entre canciones y alegres francachelas, en las que el vino hacia perder el seso a gañanes y mozas de aquellas montañas.

Cierto domingo, sin respetar la fiesta, el bullicio y el trabajo andaban allí en su apogeo, cuando, de pron­to, oyóse sonar varias veces a lo lejos, una campanilla.

Era el santo Viático que se iba acercando, hasta pasar junto a la era.

Pero ni una rodilla de aquellos montañeses mallor­quines se dobló reverente, ni unos labios, abiertos a la estúpida risa, o a la brutal blasfemia, murmuraron una oración.

Y el Viático detuvo su bendito curso ante aquellos desalmados, enloquecidos trilladores, que redoblaron su algazara.

Sin embargo, no duró mucho esta, sino que se trocó en espanto, en horror, al ver que la tierra se abría bajo sus pies y se tragaba hombres, mujeres, animales, montones de trigo y gavillas.

Nunca más se supo de ellos. Y la alegre era quedó convertida en insondable abismo que evita, como em­brujado lugar, el caminante perdido entre los montes, porque dícese que allá, en las entrañas de la tierra, se oyen rarísimos rumores de canciones infernales, el acompasado trotar de animales de tiro y el sonido de sus cencerros.

Y es que Dios quiso que la trilla maldita continuase. Y así seguirá por los siglos de los siglos como castigo.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

0

En Novgorod la Grande, ciudad de la Santa Rusia, había un hombre llamado Sadko que era muy hábil en el manejo de la guzla. Todo el mundo apreciaba a Sad­ko porque decían que les alegraba el corazón con su música o conseguía, por lo menos, que sus lágrimas fue­ran como un bálsamo.

Esto le permitía al músico ganar buenas monedas de oro y plata, que le proporcionaban los mercaderes deseosos de procurarse el placer de escuchar sus canciones.

Pero como ya se sabe que los hombres somos tor­nadizos e ingratos, un buen día llegaron otros juglares, y aunque eran menos valiosos que Sadko, éste se que­dó sin nadie que quisiera oírle tañer su guzla, por lo que regresaba a su hogar un día y otro con la bolsa vacía.

Cada vez más triste y melancólico, Sadko acabó por no ir al lugar donde se reunían los mercaderes y con su instrumento bajo el brazo se iba hasta el lago Illmen. Y allí, sin más testigo que las tranquilas aguas, el Corazón se le desbordaba en sones que jamás había alcan­zado no sólo ningún jugar, sino ni él mismo.

—Tengo la impresión —se decía Sadko— de que mi música alcanza cimas nunca logradas.

Un día, cuando ya había ido cuatro o cinco veces al lago y el juglar estaba más entusiasmado tocando su instrumento, las aguas comenzaron a agitarse de mane­ra furiosa. En unos segundos, aquel lago tranquilo se convirtió en un mar embravecido con olas que remon­taban los más altos arboles de la ribera.

–¿Qué ocurre aquí? —dijo Sadko, huyendo despavo­rido.

Y aunque estuvo varios días sin aparecer por el lago, al fin lo hizo nuevamente llevado por una extraña atracción. Mira receloso las aguas y vio que estas se halla­ban en calma. Todo parecía normal. Entonces Sadko, ya tranquilo, sentóse en la roca de siempre y comenzó a tocar la guzla lo mejor que sabía.

Pero no bien sonaron los primeros acordes, cuando las aguas se agitaron nuevamente y unas olas gigantes se alzaron en la superficie del lago. Sadko salió corrien­do para internarse en el bosque cercano, pero una voz potente que procedía del lago le gritó:

— ¡Detente, Sadko, no temas! Mira, las aguas ya se han calmado.

El aterrado músico volvió la cabeza y vio estupefacto asomar sobre las aguas medio cuerpo de un enorme gigante. Era como un hombre extraordinariamente alto, tanto como la torre de una catedral.

—Ven, Sadko —le dijo—, acércate sin miedo. ¿No me conoces, verdad? Soy el dios de estas aguas y habito en el fondo de este lago. Desde allí he oído uno y otro día la música divina de tu guzla. Y como tañes tan bien, te has ganado mi afecto y, por tanto, quiero favore­certe.

— ¿Cómo me ayudaras? —se atrevió a preguntar Sadko.

—Mira, ya sé que ahora eres muy pobre —dijo el gigante—, pero yo te daré la solución para que remedies tu pobreza.

Y a continuación ordenó al asombrado músico que regresara a Novgorod y esperara pacientemente a que le llamaran de nuevo los mercaderes.

Entonces, una vez entre ellos, debía asegurar for­malmente que en el lago Illmen había peces con aletas de oro. Y apostar con los que se negaran a creerlo todo cuanto quisiera, pues el gigante le aseguraba que ga­narí a.

  • No tengas miedo y haz lo que te digo —término diciéndole.

A los pocos días se cumplieron las predicciones del dios del lago. Sadko fue llamado por unos mercaderes para que les distrajera con su música. Al final del ban­quete, Sadko comprendió que era el momento propicio y dijo:

  • Señores, ustedes, que han visitado tantos países, ¿han visto alguna vez peces con las aletas de oro?

Todos se echaron a reír, haciendo muecas de burla al músico al oírle pronunciar semejante cosa.

—No hay peces de esos —respondió uno—. ¿Los has visto tú, acaso?

—SI —contestó Sadko—. Muy cerca de aquí. En el lago Illmen.

Y como viera que todos tomaban a broma sus pala­bras, acalló con un gesto el vocerío general y agregó:

  • ¿No lo queréis creer? Entonces me apuesto tres cargamentos de pieles de Astrakán a que en ese lago hay peces con las aletas de oro.

Algo alegres por las copiosas libaciones, algunos mercaderes aceptaron la apuesta, no sin que uno, más rece­loso, dijera a Sadko:

—Y si pierdes, ¿de dónde sacaras tú las pieles? —Eso es cosa mía —respondió el juglar.

A la mañana siguiente todos los de la víspera fueron a la orilla del lago dispuestos a ganar la partida. Se embarcaron junto con Sadko en una barca y este no tardó en echar las redes al agua… Y ante el asombro de los mercaderes las sacó cargadas de pececillos de oro.

Entre los peces y los cargamentos de pieles, Sadko ganó mucho dinero. Y como luego se metió de lleno en negocios, no tardó en amasar una considerable fortuna.

Justo es decir, sin embargo, que seguía cultivando su maravillosa habilidad musical, pues no había día en que no tañera su guzla.

Un día, cuando regresaba con una nave cargada de riquezas y diversas mercancías, cruzando el Illmen, al llegar la noche se acomodó en la proa y comenzó a tocar su instrumento.

Repentinamente, las aguas del lago comenzaron a agitarse de manera extraña. Las olas eran tan altas y peligrosas que amenazaban con hundir la embarcación. Los marineros corrían asustados por la cubierta dando gritos, sin comprender lo que estaba sucediendo.

Sadko fue el único que adivino de que se trataba. Y estimando que pudiera estar irritado el dios del lago, por no haberle hecho partícipe de sus inmensas ganan­cias, ordenó a sus hombres:

—Echad inmediatamente al agua un tonel lleno de oro.

Pero la tempestad no amainó por eso. Ni tampoco cuando le arrojaron otros varios toneles más llenos de riquezas. Todo fue en vano.

—Quizá el dios exija una víctima humana —sugirió un marinero.

Entonces eligieron a suerte el que debía ser sacrifi­cado y fue el propio Sadko el elegido. Pero como quiera que él era el jefe de la expedición y el dueño de la nave, sortearon de nuevo, pero volvió a salir el mismo resul­tado. Y así sucedió cuantas veces lo hicieron.

—Eso es que el dios desea que sea yo —dijo Sadko.

Y convencido de que con esta repetida elección se manifestaba la voluntad del gigante del lago, dispuso sus cosas y se arrojó al agua con la guzla bajo el brazo.

—Quería que bajaras tú —le dijo el dios al verle aparecer en el fondo del lago—. Necesito tu música.

Sadko vivió durante varios meses en el palacio del dios, un maravilloso edificio hecho de corales y algas, en el que oficiaban de servidores los peces de las más diversas especies.

—Tu quehacer solo consistirá en tocar la guzla —dijo el dios a Sadko.

Y tan pronto como este hacía sonar su dulce música, el gigante se ponía a danzar frenéticamente. Parecía co­mo si el sonido de la guzla hiciese entrar al dios del lago en un raro paroxismo, haciéndole danzar loca­mente de manera infatigable.

Cierto día al dios le dio uno de estos arrebatos. Durante horas y horas estuvo danzando con frenesí, con agilidad increíble. Ya llevaba tres días así, bailando sin cansancio, cuando se apareció a Sadko un venerable y bondadoso anciano, que le dijo:

—Hijo mío, si amas a tu prójimo, haz el favor de dejar de tocar tu guzla. ¿No sabes lo que está ocurrien­do desde hace tres días? Cientos de personas mueren por tu culpa. Y todo ello se debe a que la danza del gigante agita peligrosamente las aguas del lago y casi todas las naves se hunden, ya que no pueden resistir unas olas tan desusadas y violentas.

—Así que por mi culpa… —le interrumpió Sadko. —Si hijo —repuso el anciano—, por causa de tu música se suceden a diario las desgracias.

Sadko recordó entonces el repentino encrespamiento de las aguas cuando tocaba a la orilla del lago. Y, sin pensarlo más, rompió las cuerdas de su guzla.

—Se me han roto sin querer —alegó después ante el dios.

Y como sin cuerdas mal podía deleitarle con su música, prosiguió suplicante:

—Señor, permitidme regresar a mi tierra.

Y el gigante, aunque triste y desencantado, se avino a hacerlo tal como se le pedía y condujo a Sadko hasta la orilla del lago, donde solía ponerse a tocar su mara­villoso instrumento.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

0

Cuando Herodes ordenó la degollación de los Ino­centes, un ángel advirtió a la virgen María y a san José que junto con el niño Jesús salieran de Nazareth y huyeran a Egipto. Así lo hicieron acompañados de un asno cargado con lo más imprescindible.

Ya se creían a salvo, cuando vieron que eran perse­guidos por los soldados del rey. Entonces la Virgen sugirió a su esposo san José que se separaran: ellos, con el Niño, huiría por los campos, tratando de escon­derse entre los árboles y el follaje, mientras el con el burro continuarían su camino. Después, cuando se alejara el peligro, volverían a encontrarse.

No habían hecho más que separarse, cuando llega­ron los soldados de Herodes al lugar donde se hallaba san José con el asno.

— ¿Has visto a una mujer con un niño en brazos? —le preguntaron.

—No he visto pasar a nadie por aquí —respondió el santo temblando.

Y calculando que la mujer andaría por entre el folla­je, los soldados echaron a correr a campo traviesa, con las espadas desenvainadas.

La Virgen, que corría afanosamente estrechando al Niño contra su pecho, oyó sus gritos salvajes y sus pasos precipitados acercársele por momentos. Pero, cuan­do ya se creía perdida, descubrió un campo de lino, florido. La Virgen se metió entre las flores, implorando:

—Escondedme y yo os bendeciré eternamente.

Las plantas de lino se abrieron con leve rumor y a medida que la Virgen pasaba, los sutiles tallos volvían a unirse, flexibles como el agua, sin dejar ninguna huella de su paso, mientras las flores ondeaban al viento con rumor de seda.

Al llegar los soldados al borde del campo y ver las flores del lino ondeando tranquilamente, dieron media vuelta y se marcharon.

La Virgen pudo entonces salir del campo y dijo al lino:

— ¡Bendito seas! De ti se vestirán los hombres y los altares.

Con el Niño en brazos, la Virgen reanudó su camino y poco después entró en un bosque de olivos. Pero apenas había andado unos pasos, cuando el fragor de unas voces descompuestas la hizo estremecer. Eran los soldados, que volvían chillando e imprecando.

La pobre madre estaba aterrada y ya se disponía a invocar la ayuda de los Ángeles, cuando uno de aque­llos olivos, el más viejo de todos, cuyo tronco cente­nario estaba hueco cual una gruta, le gritó:

—Ven aquí, Virgencita, ven a esconderte en mi tron­co. Nadie te descubrirá. No tengas miedo.

Y mientras la Virgen, cuyo corazón desfallecía, se acomodaba en la oquedad del olivo, los soldados pasa­ron por delante el árbol como furias, pero no repararon en el escondite. Una vez pasado el peligro, la Virgen salió del tronco y dijo al olivo:

— ¡Bendito seas, olivo! Tus ramas serán símbolo de paz; tu fruto servirá a los hombres de alimento y de luz. Y cada año en la noche del quince de agosto, baja­re a la tierra para dar el aceite a tus frutos.

De esta forma quedó bendito el olivo. Y todos los años, quien contempla el cielo en la noche del quince de agosto, lo ve surcado hasta el alba por innumera­bles estrellas que caen, mientras miríadas de luciérnagas van errando entre las ramas de los olivos.

Las luciérnagas no son sino Ángeles con lucecillas de oro, que acompañan a la Virgen, mientras ella infunde en los frutos del olivo los vasos de aceite que otros Ángeles en forma de estrellas le bajan del cielo.

Después de burlar nuevamente a los soldados, la Virgen prosiguió su camino con el Niño Jesús en busca de san José. Pero no había hecho más que andar unos pasos, cuando detrás de unas zarzas oyó las voces fu­riosas de sus perseguidores.

—Debe de estar por aquí —decía uno de ellos–. Su manto celeste se confunde con el color de la hierba. ¡Mirad bien por todas partes!

Aterrorizada, la Virgen buscó nuevamente donde ocul­tarse, pero no hallo ni un Árbol, ni una zanja, ni unas matas donde hacerlo. No vio más que un campo de altramuces, que sacudía al viento sus vainas secas como pequeñas castañuelas. Pero, cuando ciega de espanto, la infeliz madre echo a correr entre las matas, estas empezaron a moverse con estrépito.

— ¡Oh, plantas malvadas! —dijo la Virgen sin dejar de correr—. Con vuestro ruido haréis que me descu­bran. ¡Desde hoy tendréis la amargura que yo tengo!

Por eso, desde aquel día, los altramuces tienen una amargura insoportable al paladar.

La Virgen, entretanto, llegó corriendo junto a una enorme higuera. Y tras subir al Árbol con la energía que da la desesperación, le dijo:

—Higuera, escóndeme entre tus grandes hojas y serás bendita.

Y el árbol acogió a la Virgen, abriendo sus brazos y alargó sus verdes hojas anchas, gruesas y ásperas en torno a Ella y al Niño, hasta cubrirlos por completo.

Cuando los soldados llegaron, poco después, no vie­ron huella de alma viviente por aquellos contornos y, desanimados, regresaron a Jerusalén para informar al cruel Herodes de su fracasada persecución.

La Virgen bajó del árbol que tan bien la había aco­gido. Y antes de ir en busca de san José, que la espe­raba a poca distancia, bendijo a la higuera con estas palabras:

— ¡Bendita seas, higuera! Tú darás fruto dos veces al año.

Es por esto que la higuera produce en junio y agosto frutos dulces como la miel.

Luego, una vez reunida la Virgen con su esposo san José, la sagrada Familia pudo continuar su viaje sin novedad hasta llegar felizmente a Egipto.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Hace mucho tiempo hubo en Cornualles un rey lla­mado Marco, que tenía una hermosa hermana llamada Blancaflor, a la que casó con el rey de Leonis como recompensa por los grandes auxilios que de él había recibido en una guerra.

Quiso la mala suerte, sin embargo, que mientras él se hallaba en plena luna de miel en la apartada corte de Marco, un eterno enemigo suyo se aprovechara de su ausencia para entrar a sangre y fuego en sus propias tierras. Tuvo, pues, que embarcarse precipitadamente para su país y llevarse consigo a Blancaflor, que dejo al cuidado de un hombre de toda su confianza en un castillo que considere seguro, mientras iba a combatir al frente de sus leales súbditos.

Pasó el tiempo y Blancaflor, que estaba a punto de darle sucesión al rey de Leonis, recibió la fatal noticia de que su esposo había sido asesinado a traición por su mortal enemigo.

Fue tan honda la pena de la joven viuda que no sintió más que el deseo de dejarse morir ella también. Y cuando a los pocos días dio a luz un hermoso niño, dijo:

—Como ha venido al mundo entre tristezas se llama­ra Tristán.

Dicho esto besó a su hijo y cayó muerta.

Poco después, el castillo, que parecía tan seguro, fue asaltado, y el hombre de confianza del difunto rey tuvo que rendir vasallaje al usurpador triunfante, y para salvar la vida del recién nacido Tristán lo hizo pasar por hijo suyo.

Así se crió el niño hasta los siete años, y entonces fue confiado al escudero Gorvelán para que hiciera de él un perfecto caballero, apto para superar a los demás en lo físico y lo espiritual. Por desgracia, tanto llamaba la atención con sólo verlo tan hermoso, apuesto y arro­gante, que fue robado por unos mercaderes noruegos, que pensaron poder venderlo a buen precio, y que se lo llevaron en su barco.

Pero no contaban aquellos ladrones con que una horrible tempestad se desencadenaría amenazando aca­bar con su nave. Y, como buenos supersticiosos, creyeron que el robo de aquel muchacho había atraído la des­gracia sobre ellos.

—En cuanto podamos lo abandonaremos en una pla­ya desierta —dijeron.

Pero nada más verse en tierra, Tristán huyó, internándose en un espeso bosque donde se encontró con unos cazadores que perseguían un ciervo. Y en recom­pensa de un servicio que les presto, enseñándoles, a pe­sar de su corta edad, algo cinegético que ellos ignora­ban, lo llevaron a la corte del rey Marco coma una maravilla de habilidad y saber.

Y allí lo adopte, casi paternalmente, el rey de Cor­nualles, que no tardó en averiguar que aquel gallardo y valiente mozo, convertido en uno de sus mejores gue­rreros, era su sobrino. A él quedó después ligada toda su vida.

A Tristán le distinguía la donosura, su maestría en tañer, cantar, danzar y todo arte exquisito del espíritu, la habilidad en juegos y pruebas de ingenio. Y, final­mente, de manera especial, su destreza en el manejo de la espada, lanza, jabalina, maza y hacha o ballesta, así fuera de la guerra, como en cacería o torneos.

Poco tiempo después acaeció que el rey de Irlanda reclamó el pago, que hacía muchos años se le debía, de un tributo de trescientos mancebos y trescientas doncellas elegidos por sorteo entre las familias de Cor­nualles.

El encargado de cobrar esta odiosa comisión era el gigante Morholt, cuya sola figure ponía horror en los corazones. Acompañado de varios caballeros irlandeses se presentó ante la corte del rey Marco reclamando el inmediato pago de la deuda.

  • Pero en el caso de que alguno de los presentes —dijo Morholt— no lo crea justo, saldrá a pelearse conmigo en singular combate, y si queda vivo, lo que pongo en duda, podrá enorgullecerse de haber librado a su patria, a partir de ese momento, de tal acto de

Ni uno solo de los nobles de la corte se atrevió a moverse, pero el joven y pundonoroso Tristán, que esta­ba presente, ante el asombro de todos, arrodillóse a los pies del monarca y le suplicó:

  • Señor, concededme el don de aceptar ese desafío.

Aunque el rey lo sintiese, acabó por concedérselo, y Tristán, después de una terrible y desproporcionada lucha, salió victorioso. Tan valerosamente se porta que su espada le abrió el cráneo al gigante y tan fuerte fue el golpe que la hoja quedó mellada y la mella profun­damente adherida a la caja ósea.

Cuando el cadáver del gigante Morholt fue llevado a Irlanda para enterrarlo en Weisefort, la rubia Iseo o Isolda, sobrina del difunto, logró arrancar el acerado fragmento del arma y lo guardó como una reliquia en un cofrecillo de marfil. Y desde entonces, aun sin cono­cerlo, aprendió a odiar el nombre de Tristán de Leonis.

Sin embargo, llegó un día en que la joven que tanto lo odiaba le salvó la vida sin saber quién era.

En efecto, Tristán había quedado malherido en su lucha con el gigante. Las heridas habían sido hechas con arma emponzoñada, produciéndole pústulas que no se cerraban jamás. Los médicos le aplicaban cuantos remedios sabían, pero el pobre Tristán no se recupera­ba. Y como sus heridas despedían tal olor que nadie era capaz de soportarlo, al fin solo el rey y dos íntimos amigos, Gorvelán y Dimas de Lidán, tenían la caridad de llegarse a él para limpiarle las llagas. Pero hasta estos se cansaron un día.

—Lo mejor será —le aconsejaron— que vayas a vi­vir a una choza junto al mar, lejos de tierra habitada.

Tras unos meses de estar allí, esperando su muerte, Tristán decidió probar fortuna a la desesperada. Y embarcándose en una pequeña nave completamente solo, navegó al garete días y días. Al fin, le recogieron unos pescadores irlandeses que le llevaron a la población marinera de Weisefort, donde estaba enterrado el cadáver del gigante Morholt. El señor de aquellas tierras era el monarca que había venido cobrando los tributos de Cornualles.

Tristán se hizo pasar por un mercader que, navegando con rumbo a España, había sido asaltado y herido por unos piratas. Su mentira fue creída y los pescado­res le hablaron de que la hermosa rubia Isolda podría seguramente curarle, pues era sabia en materia de ungüentos y elixires de raras virtudes.

La rubia Isolda, hija del rey de Irlanda, se apiadó de Tristán y en cuarenta días le curó con sus casi divi­nas manos, únicas que podrían ya curarle en sus más desgraciados accidentes, porque así lo quería el des­tino.

Una vez curado, y de nuevo en la corte de Cornua­lles, Tristán fue acogido por su tío Marco con grandes muestras de afecto, lo que provoco la envidia de los barones Ganelón, Andret, Denoallen y Godoino, al te­mer que el héroe fuese nombrado heredero del trono.

Como el rey Marco era soltero, anunció, ante tanta insidia, que elegiría esposa, aunque no la deseaba, por intentar tener un hijo que heredara el trono. Pero, ante las muchas novias que le proponían, puso como condición:

—Solo me casare —dijo— con la mujer de quien sean unos rizos de oro que ha llevado hasta mi habitación una golondrina en el pico.

Tristán se ofreció para traerla a Cornualles, pues pensó que dicha mujer no podía ser otra que Isolda, la rubia hija del rey de Irlanda, su mayor enemigo desde la muerte del gigante Morholt.

Audaz como siempre, se dirigió a Irlanda, desafiando todos los peligros. Pero al llegar a aquella corte, se halló con una población aterrorizada, porque una monstruosa fiera iba todos los días a una de las puertas de la ciudad y no dejaba entrar ni salir a nadie, si no se le entregaba una doncella, que devoraba en pocos ins­tantes a la vista del horrorizado pueblo.

Tenía aquel monstruo, de horrible voz y espeluznan­te aspecto, la cabeza de oso, los ojos como dos encen­didas brasas, dos cuernos en la frente, largas y peludas las orejas, garras de león, cola de serpiente y el cuerpo cubierto de escamas. El monarca había hecho prego­nar:

“Al que mate esa fiera le daré en premio como esposa a mi hija Isolda, la de los cabellos color de oro.”

Veinte caballeros habían intentado ya realizar la pe­ligrosa empresa; pero a todos los había devorado el monstruo.

Tristán no se arredró por eso. Cuando vio avanzar a la fiera, fue contra ella y empezó una lucha descomu­nal. De nada servían los furiosos golpes que le asestaba con sus armas; ni siquiera hacían mella en sus esca­mas.

De pronto, el monstruo lanzó por sus narices dos chorros de venenosas llamas que, alcanzando al caballo del héroe, lo mataron. Pero Tristán, a pie y a pesar de tener destrozado el escudo, hundió su espada en las fauces de la fiera con tal fuerza y acierto que le partió el corazón, dejándola muerta.

Le cortó entonces la lengua y la guardó como prueba innegable de que la horrible fiera había sido muerta por él. Pero su proeza le dejo tan rendido y maltrecho que, sin poder dar un paso, cayó tendido en tierra, en­tre unos cañaverales.

A todo esto, el senescal del rey, que deseaba a Isolda como esposa, pero era incapaz de enfrentarse con el monstruo para obtenerla, cuando vio terminada la lucha y caer a Tristán se acercó y cortó la cabeza de la fiera. Al presentarla en palacio dijo:

—Yo le he dado muerte.

La rubia Isolda, al oírlo, prorrumpió primero en una gran carcajada y luego en llanto, al ver que sería dada al más vil y cobarde de los nobles del país. Sin embargo, sospechando la falacia del senescal, se encaminó al Lu­gar de la lucha con su paje Perinis y su doncella Bran­gania.

En efecto, allí estaba el monstruo con la cabeza cor­tada, pero había también cerca de allí un caballero des­conocido, de bruces sobre un charco de sangre. Los fieles servidores de Isolda lo llevaron en un caballo se­cretamente hacia las habitaciones destinadas a las mu­jeres en el palacio.

Isolda curó las heridas de Tristán durante varios días, pero no le reconoció, tan desfigurado había llegado a ella la primera vez. Sin embargo, sentíase vivamente interesada por él.

Un día, curioseando en sus armas, Isolda descubrió que el filo de la espada del herido estaba mellada. En­tonces se le ocurrió que acaso fuera aquella la misma que mató al gigante Morholt. Corrió a comprobarlo con el fragmento que guardaba, y ya cerciorada, se lanzó sobre Tristán empuñando la espada.

  • ¡Tú eres Tristan de Leonis, el que math a Morholt!

Pero aquel hombre tan apuesto e indefenso la con­venció con serenidad de que todo había ocurrido en no­ble lid. Y tan convencida quedó la hermosa princesa que, enamorada sin saberlo, tiró la espada y como signo de paz dio un beso en los labios al vencedor del monstruo.

En realidad pudo más en Isolda la atracción del héroe que la fuerza de la sangre. Además, era mil veces preferible Tristán que el odioso senescal.

Por cierto que cuando éste se presentó al rey pidiendo la mano de Isolda, Tristán dejó que mostrara la ca­beza como prueba y que se envaneciera en su pretendida proeza, para luego salir él enseñando la lengua del mons­truo, dejándole así completamente en ridículo.

Tristán conquistó por derecho a la rubia Isolda, pero no sin dificultad logró que el rey de Irlanda se la concediera al saber quién era. Lo que allanó el camino fue que Tristán dijo al monarca:

—Juro solemnemente que no me llevo a Isolda para mí, sino para el rey de Comualles, que hará de ella su legitima esposa, con lo cual la paz reinara siempre entre Irlanda y el reino de Marco, del cual soy emba­jador.

Isolda fue presa de la mayor desesperación al oír aquello. Pese a todo no tuvo más remedio quo partir con los extranjeros.

Pero la previsora madre de Isolda, hábil en preparar sortilegios y filtros mágicos, confeccionó uno por el cual los dos futuros esposos se habrían de amar eternamente si lo bebían. Esperaba así la reina vencer la aprensión previa de su hija hacia su futuro marido. Con gran secreto lo confió a la doncella Brangania, que era la pre­dilecta de Isolda, ordenándole que se lo diera a beber a los esposos en la noche de bodas.

La sirvienta juró que cumpliría con el mayor celo el encargo, del que nadie se enteraría. Pero un solo descuido que tuvo fue fatal. Durante la travesía, Isolda se mostraba melancólica e irritada por creerse desdeñada por el que ella creyó que la había conquistado para sí y no para otro que no conocía.

Y ocurrió que en un día de extremo calor, y con la mar en una calma expectante, en ausencia de la doncella, primero Isolda, luego Tristán, sintiendo que les aho­gaba la sed, bebieron del filtro amoroso creyendo que era un líquido refrescante.

Inmediatamente ambos sintieron los efectos de aquella bebida, y cuando Brangania entró donde Isolda y Tristán estaban, los encontró mirándose tan extraña y apasionadamente junto al frasco vacío, que exclamó consternada:

— ¡Acabáis de beber con esto el amor y la muerte! Y cogiendo el frasco vacío lo arrojó furiosamente al mar.

A partir de entonces el odio de Isolda hacia su acompañante se trocó en un amor desenfrenado, al que Tristán correspondía con no menos pasión, aunque se despreciaba a sí mismo en su conciencia porque tenía que confesarse reo de la mayor deslealtad cometida contra su rey. Aquel amor no podía confesarse, pero ¿cómo ahogarlo, si parecía incontrastable?

Fue Isolda la que, al fin, roto el freno del pudor, pronunció el franco y brutal, ¡te amo!, que unió a los dos amantes en un beso y un abrazo y los tendió en un mismo lecho, mientras la nave volvía a emprender su ruta hacia Cornualles para llevarle al rey su futura esposa.

La boda se verificó con gran pompa, y con ella em­pezó para Tristán e Isolda una nueva vida, mezcla con­tinua de lealtad y doblez lindado con el crimen, de suspicacias y arrepentimientos por parte del viejo Mar­co, que unas veces quería matar a los dos amantes y otras los perdonaba.

Al principio, la doncella Brangania ideó el ardid, de acuerdo con su señora, de suplantarla en el tálamo nupcial, mientras Isolda corría a buscar a Tristán, que dormía a pocos pasos del lecho real.

Naturalmente, el rey no tardó en enterarse de lo que ocurría, y aunque no descubrió juntos a los dos aman­tes, gracias a la fiel Brangania, decidió expulsar a Tristán de la corte. Antes de partir, Isolda, triste y llorosa, le dio un anillo de esmeraldas diciéndole:

—Siempre que me hagas saber un deseo tuyo, con esta joya lo cumpliré sin pensarlo.

Deseando vencer al destino, Tristán fue al destierro, yendo a parar a Bretaña. Allí encontró otra Isolda, lla­mada la de las Blancas Manos, y se casó con ella procu­rando olvidar a la otra, aunque sin conseguirlo.

Este casamiento sería causa de la muerte de Tristán. Poco después su cuñado Kaherdín combatió con un fuerte enemigo y él le ayudó en la contienda. Lo malo fue que en ella recibió una herida de lanza emponzoñada.

—Necesito a Isolda, la rubia —dijo el héroe–. Ella me curará como otras veces.

Kaherdín se ofreció a ir a Cornualles para traerla. Llevo consigo el anillo de esmeraldas que Isolda diera a Tristán. Los dos cuñados habían quedado en que, al regresar Kaherdín, si traía consigo a Isolda, la rubia, izaría una vela blanca en la nave; si no, una negra.

Pero la otra Isolda, la de las Blancas Manos, oyó la conversación sostenida entre su esposo y su herma­no, y llevada por los celos, se trocó en odio hacia Tristán lo que poco antes fuera amor.

Entretanto, el héroe yacía en el lecho, incapaz de moverse. Solo vivía para la espera.

Un día, su esposa Isolda se acercó a él y le dijo: —Regresa Kaherdín. Su embarcación se ve a lo le­jos.

— ¿De qué color es la vela? —preguntó ansioso Tristán.

  • Es completamente negra —mintió la de las Blancas Maros.

Entonces Tristán volvióse bruscamente contra la pa­red mientras su corazón latía locamente. Deja oír tres grandes suspiros, y tras pronunciar el nombre de Isolda, expiró.

Un momento después una nave de vela muy blanca arribó al puerto. De ella descendió Kaherdín con la her­mosa y rubia Isolda.

  • Ha muerto Tristán, la prez de los caballeros —les

Cuando la tan esperada amante llegó a la habitación donde yacía el cadáver de su amado, apartó a la otra Isolda autoritariamente, diciéndole:

  • ¡Apartaos de ahí! ¡Yo he amado a Tristán más que nadie!

Y tendiéndose junto al muerto, abrazó el cuerpo exánime del héroe, le besó con afán en los labios y, como si en ellos sorbiera la muerte, entregó su alma a la misericordia de Dios.

Y cuéntase que cuando el rey Marco se enteró de la muerte de los dos amantes que tantos malos ratos y disgustos le dieron, cruzó el mar, se presentó en Bretaña, donde se había desarrollado la tragedia, e hizo construir dos ricos sepulcros, uno de azul calcedonia para Isolda y otro de verde berilo para Tristán. Y puestos en ellos los dos cuerpos, siempre amados, se los
llevól a su tierra de Cornualles y los hizo colocar a derecha e izquierda del ábside de una capilla.

Al día siguiente, los fieles vieron con estupor que, aquella misma noche, había brotado en la tumba de Tristán un rosal silvestre cubierto ya de abundantes hojas, fuertes ramas y olorosas y carmíneas rosas, que fue a hundir su tallo en la tumba de Isolda.

Por tres veces cortaron el rosal los campesinos y siempre renacía tan frondoso y perfumado como antes y con la misma inclinación. Maravillados, fueron a contárselo al rey, y este ordenó:

—Que nadie lo corte, puesto que desean estar unidos hasta después de muertos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

El enano Alberico había muerto con el dolor de no poder recuperar el anillo de oro. Pero esta obsesión del anillo de los Nibelungos se conservaba intacta en su hijo Hagen que era, si cabe, más cruel que su padre.

El ambicioso Hagen tenía dispuesto un plan diabólico para hacerse con la ansiada joya. Para ello se servía de dos hermanos que vivían con él: Gunther y Cri­milda.

Hacía tiempo que en un castillo del Rhin habitaba el joven y apuesto Gunther, rey de los Burgundios, con su hermosa hermana Crimilda, la de las largas trenzas doradas, a los que servía como consejero el pérfido Hagen.

Los súbditos de Gunther le instaban en vano a que tomara esposa para que les diera un heredero. Pero el monarca no se decidía por ninguna. Había oído hablar de la walkiria Brunilda, encerrada en un cinturón de llamas y, aun sin verla, se había enamorado locamente de ella, hasta el punto de desear hacerla su esposa.

—O Brunilda o ninguna —solía decir—. Pero, ¿cómo puede conquistarse una esposa encerrada en un círculo de fuego?

—Yo sé quién podría traerte a Brunilda —le dijo un día su consejero Hagen—. Es Sigfrido, el hombre que ha matado el dragón y que es ahora dueño absoluto del tesoro de los Nibelungos.

Seguidamente, el malvado Hagen expuso a Gunther el plan que había elaborado para conseguir que Sigfrido le entregase a la mujer que tanto amada.

Mientras tanto, Sigfrido y Brunilda gozaban juntos de las delicias de un amor verdadero y correspondido. Pero llegó un momento en que la hermosa walkiria com­prendió que no debía retener a su amado en la ociosi­dad de una vida vulgar.

—Anda, ve a emprender las hazañas a que estás desti­nado —dijo a Sigfrido.

Entonces, el héroe le entregó el anillo mágico en prue­ba de amor y partió llevándose el caballo, el escudo y el yelmo que le hacía invisible.

No tardó en hallar a Guther y Hagen, que le salie­ron al paso y se le mostraron como amigos. Tanto con­geniaron Sigfrido y Gunther, que llegaron incluso a ce­lebrar el Pacto de la Sangre, consistente en jurarse fidelidad y amistad sellada con mezcla de la sangre de ambos.

Y así sucedió. Apenas el héroe bebió el filtro de amor que la misma Crimilda le ofreció, olvidó a Brunilda, la fidelidad que le había jurado y todo lo demás: y ya no tuvo ojos más que para Crimilda; se sintió fascinado por ella y deseó hacerla su esposa inmediatamente.

—¡Oh Gunther! —le dijo—. Te ruego me concedas a tu hermosa y dulce hermana Crimilda por esposa.

El rey de los Burgundios calló pero el pérfido Hagen habló por él en estos términos:

—Para obtener la mano de Crimilda, es preciso que traigas al rey Gunther la walkiria Brunilda.

A Sigfrido el nombre de Brunilda le pareció desconocido. El nuevo amor le había quitado la memoria y no se acordaba de nada. ¡Así era el filtro de poderoso!
Luego Hagen hizo que Gunther le dijera a Sigfrido que estaba enamorado de Brunilda Y el héroe no solo no se ofendió, sino que se ofreció para ir en persona a obtenerla para traérsela a su amigo. Se valdría de un truco consistente en adoptar la figura de Gunther me­diante el yelmo mágico.

Tomado, pues, el aspecto de Gunther, Sigfrido se presentó ante su antigua amada, la tomó por la fuerza y la condujo al castillo del rey. Brunilda llevaba el anillo que la fortalecía con el recuerdo de Sigfrido, pero la llegada de aquel extranjero con el yelmo de su amado, la desconcertó en extremo.

Cuando Brunilda descubrió la atroz superchería de que el propio Sigfrido fingía ser Gunther, su primera reacción fue clamar a los dioses pidiendo justicia. Pero cuando vio que Sigfrido obraba sin entender nada, ju­rando con la mayor tranquilidad que jamás traiciono a nadie, la walkiria comprendió qua algo misterioso y profundo se encerraba en todo aquello.

Entretanto, la conspiración del malvado Hagen avan­zaba hacia un desenlace fatal.

Las bodas de Gunther y Brunilda se celebraron al mismo tiempo que las de Sigfrido y Crimilda. Todos eran felices, menos Brunilda: la infeliz walkiria no solo no deseaba casarse con el rey, sino qua tenía que ver cómo su amado Sigfrido se casaba con Crimilda.

¡Pobre Brunilda! No había paz para ella; se hallaba en palacio, ofendida y humillada, y apenas terminó la fiesta nupcial se retiró, a sus habitaciones y lloró deses­perada, meditando su venganza. Desde aquel momento no dejó un segundo tranquilo a su esposo. Todos los días le incitaba contra Sigfrido. Y tanto dijo e hizo, que al fin el rey, para complacerla y por seguir también los pérfidos consejos de Hagen, prometió desembarazarla de la odiosa presencia del héroe.

Para ello escogió un día de caza. Sigfrido había ma­tado ya dos jabalíes y un oso, pero, sintiéndose cansa­do, se retiró, a descansar a la orilla de un riachuelo. El traidor Hagen, que no le abandonaba ni un segundo, le siguió hasta allí. Se había enterado de que el héroe era invulnerable en todo el cuerpo excepto por la espalda, y solo buscaba la ocasión propicia para apuñalarle a traición.

De pronto, mientras Sigfrido, sediento, se inclinaba para beber en la corriente, Hagen le hundió, rápidamente la punta de su lanza en la espalda, en el único punto de su cuerpo en que era vulnerable.

Sorprendido así a traición, Sigfrido no pudo defen­derse: fulminado, cayó al suelo y murió. Gunther se precipitó sobre el cadáver, lo que le permitió oír la última palabra de su amigo: ¡Brunilda!

El traidor Hagen se abalanzó entonces sobre el muerto para apoderarse del anillo mágico que llevaba en uno de sus dedos, pero Gunther le cortó el paso para impedírselo. Pelearon un instante, hasta que vieron llegar a caballo a Brunilda. Esta fue solamente hacia Sigfrido y, llorando desconsolada y presa de vivo remordi­miento, contemplo largamente a su amado.

–Que hagan una pira —ordenó.

Cuando la pira estuvo preparada, colocó sobre ella el cadáver de su amado y le prendió fuego. Después, tan pronto como las llamas se remontaban hasta el cielo, la propia Brunilda, valientemente, se arrojó entre ellas reuniéndose así con el héroe que debió ser su esposo en vida.

Poco a poco, el fuego creció de manera desmesurada y una negrísima nube de humo se elevó hacia lo alto. Arriba, en el mundo de los dioses, Loge rodeaba con sus brazos de fuego el Walhalla.

Y mientras abajo, en la tierra, Sigfrido y Brunilda se quemaban en la misma pira, arriba también los dio­ses ardían en el mismo fuego que los dos amantes. Instantes después, hasta las cópulas doradas, enormes, del Walhalla, se agrietaron y se disgregaron como polvo.

Era el crepúsculo de los dioses.

Del anillo mágico no quedaba nada. Sólo un momen­to se vio un vivo fulgor, que desapareció rápidamente como una estrella fugaz. Luego, el agua del Rhin, venida de no se sabe dónde, fue cubriendo lentamente todas las cenizas y se llevó consigo el oro que nunca se le debió quitar.

Cuando Crimilda supo la muerte de Sigfrido se mostró inconsolable, y ya no pensó en otra cosa que en vengar a su esposo.

Años más tarde, se casó con Atila, rey de los Hunos. Y desde el día de su boda, Crimilda no hizo ya sino azuzar a su marido contra su hermano Gunther y su malvado consejero Hagen, a los que culpaba de la muerte de Sigfrido.

Cierto día, cuando todo parecía olvidado, Crimilda organizó una fiesta a la que invitó a Gunther, a Hagen y a los principales jefes y guerreros de los Burgundios. Nadie sospechaba nada y todos, por tanto, aceptaron gozosos el convite. Pero apenas los invitados se senta­ron a la mesa en la gran sala del banquete, los guerre­ros hunos, apostados por Crimilda, surgieron por todas partes y con sus espadas desenvainadas mataron a todos los desprevenidos invitados.

Un guerrero burgundio, antes de morir, mató de una puñalada a la desgraciada Crimilda. Y se cuenta que de aquella terrible matanza solo escapó con vida el joven Teodorico, que más tarde fue rey de los Amalos y de Italia.

Así quedo cumplida la maldición del enano Alberico: el tesoro de los Nibelungos no dio al mundo más que destrucción y muerte, hasta quedar otra vez sepultado en el fondo del Rhin.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Thor tenía un martillo mágico llamado “Mjolnir” y utilizaba esta arma predilecta tanto de maza como de arma arrojadiza. Era un proyectil que, además de no errar jamás el golpe, cual maravilloso bomerang, volvía, después de matar, a sus manos. Además, si era ne­cesario, se hacía tan pequeño que podía disimularlo en cualquier parte.

Pero aparte de este magnífico martillo-maza, el dios Thor, tipo ideal del guerrero germánico, poseía dos ta­lismanes de gran valor: un cinturón qua multiplicaba la fuerza de sus miembros, y unos guantes de hierro que le permitían empuñar como era debido el tremen­do y celebre martillo.

Asimismo tenia, como los demás dioses, su palacio propio en Asgard (la mansión de los ases). Esta sober­bia morada, llamada Bilskirnir, era la más amplia que se conocía: no tenía menos de 540 salas.

Cuando Thor salía de su palacio, se complacía en re­correr el mundo montado en su carro del que tiraban machos cabríos. Y si durante el viaje tenía hambre, mataba a sus cabalgaduras y las asaba. Después le bas­taba poner su martillo sobre las pieles para que los cornudos animales adquiriesen nueva vida.

Con su bella esposa Sif, personificación de la fide­lidad conyugal, de hermosos cabellos de oro, Thor había tenido varios hijos, que se distinguían, como él, por su fuerza maravillosa. Dos de ellos, Magni (la fuerza) y Modi (la cólera), heredarían un día su martillo, aquel martillo mágico que servía no solamente como arma, sino para toda clase de contratos y tratados, muy es­pecialmente los que se hacían con motivo de los matri­monios.

Pero un día, al despertar, Thor reparó en que su mar­tillo había desaparecido. ¿Dónde estaba? Consternado, fue a decírselo a Loki, cuya astuta malicia siempre ha­llaba solución para todo.

—Lo ha debido de robar algún gigante —dijo.

Y para convencerle, pidió a la diosa Friga su traje mágico de plumas, se lo puso, y voló al país lejano de los gigantes, donde no tardó en saber por el propio gi­gante Thrym que, en efecto, él lo había robado.

—Pero no estoy dispuesto a devolverlo —agregó— si no me dan como mujer a la propia Friga.

El astuto Loki volvió y explicó lo que ocurría a los ases. Naturalmente, entonces éstos se lo hicieron saber a la diosa, que, al conocer la pretensión del gigante, se indignó de tal modo que el collar de oro que llevaba al cuello estalló por efecto de la hinchazón de las venas, cuyo volumen duplicó la cólera.

—¡Que se ha creído ese sinvergüenza…! —exclamó Friga.

Pero Loki, como siempre, idea una estratagema para salir del apuro. Nada menos que vestir a Thor con el traje y el collar de Friga, ponerle un velo de desposa­da y llevarle junto a Thrym.

—Yo to acompañare vestido de sirviente —dijo Loki a Thor, al verlo un tanto receloso.

Todo se hizo tal como lo pensaron, siendo muy bien recibidos por los gigantes. Pero cuando ya estaba todo preparado para la boda, en el banquete que le precedió ocurrieron cosas extraordinarias. En efecto, la novia, o sea, el disfrazado Thor, demostró tener un apetito vo­raz que dejo a todos asombrados. Pues se engulló en un santiamén todo lo que había preparado para el festín.

—Es que la pobre novia —explicó Loki— no ha con­sentido en probar bocado durante ocho días, de tantas ganas como tenía de conocer a su novio.

Y el gigante Thrym, que era un sentimental a pesar de su aspecto rudo, todo emocionado al oír aquello, se apresuró a abrazar a su prometida. Pero al levantar­le el velo, se echó espantado hacia atrás al ver sorpren­dido el extraño fulgor de aquellos ojos que creía tan dulces y amorosos.

—Es que la pobrecilla —volvió a explicar Loki— ha estado durante ocho noches sin pegar los ojos, lloran­do sin cesar de tantas ganas como tenia de ver a su amado.

Entonces Thrym, impaciente y sin poder aguantar más el deseo de que la bella fuese suya, ordenó traer el martillo de Thor para consagrar debidamente la boda poniéndolo, como era costumbre, sobre las rodillas de la desposada.

El final puede adivinarse. Tan pronto como Thor tuvo el martillo en sus manos, mató al enamorado Thrym y a todos los demás gigantes invitados. Y ya tranquilo y satisfecho regresó a su palacio.

Sin embargo, tantas eran las picardías y maldades del dios Loki, que al final acabó por predisponer contra él a los demás dioses.

En cierta ocasión, por ejemplo, hizo víctima de su perversidad a Sif, la bella esposa de Thor, a la que, mientras estaba durmiendo, le corto taimadamente su hermosa y rubia cabellera.

Cuando Sif se despertó, su desesperación no tuvo li­mites, ya que los cabellos eran una de las cosas que más orgullo le producía. También a su marido le agra­daba mucho su cabellera de oro. Y por eso ahora temía que el dios no la encontrara tan bella como de costum­bre.

Al saber Thor lo ocurrido, agarro a Loki entre sus robustas manos dispuesto a destrozarlo. Y no lo hizo porque el audaz ladrón le prometió:

—Te juro, Thor, que obligare a los enanos a que Ka­gan brotar en la cabeza de tu esposa Sif otra cabellera de oro puro.

Entonces Loki se dirigió al país de los enanos sin perder un instante. Y no solamente obtuvo lo que se proponía, sino que otros hijos de Ivaldir le construye­ron una poderosa espada llamada Gungnor o Gungnir y un navío famoso, el Skidbladnir, que una vez ten­didas las velas iba derecho allí donde era preciso que fuese.

Con estos tesoros regreso Loki al Asgard, hablando, orgulloso, de las cosas tan maravillosas que sabían ha­cer los hijos de Ivaldir.

—Trabajando el metal —agregó– no hay quien les iguale. Comparados con ellos, todos los demás ena­nos herreros son unas nulidades.

Estas palabras fueron oídas por Brok, cuyo herma­no Sindre era considerado por muchos como el más diestro trabajador de metales. Pero como a Loki no le parecía así, aposto con Brok a que ni él ni su hermano eran capaces de hacer tres cosas de tanto valor como el cabello de oro, la espada y el barco que le habían hecho los otros enanos.

—Me juego la cabeza a que no las hacéis —agregó Loki.

Decididos a ganar la apuesta, Brok y Sindre se pu­sieron a trabajar sin pérdida de tiempo. Lo malo era que casi no adelantaban en su tarea porque el taimado Loki, temiendo que resultasen victoriosos, se transformó en tábano y empezó a importunarlos para que, de­sesperados y rabiosos, no pudiesen triunfar.

A pesar de ello, ambos hermanos hicieron un res­plandeciente anillo, un jabalí dorado y un poderoso y terrible martillo,

Inmediatamente partió Brok con sus objetos al As­gard, donde los dioses aguardaban, ansiosos por ver como terminaba la apuesta. Tomaron asiento en sus respectivos tronos, y Odín, Freya y Thor fueron los en­cargados de juzgar cuales eran los más valiosos regalos.

El astuto Loki se acercó a los jueces y, con zalamera sonrisa, entrego a Odín la espada Gungnor, que jamás erraba el blanco. A Freya le dio el barco. Podía navegar por todos los mares y con todos los vientos, obede­ciendo el simple deseo de su dueño. También tenía la virtud de plegarse en muchas dobleces para poderlo llevar en el bolsillo.

A Thor le entregó el dorado cabello, que éste colocó en seguida sobre la cabeza calva de su esposa Sif. La cabellera era larga, hermosa y resplandeciente, haciendo a la diosa tanto más bella que antaño, por lo que Thor la miraba embelesado.

Loki rió desdeñosamente, y le dijo a Brok:

—Ahora, muestra tú lo que traes, y veamos si pueden competir tus regalos con los que yo he traído.

El enano se acercó con sus tesoros.

—Este anillo —dijo, entregándoselo a Odín— tiene la virtud de disipar las tinieblas.

Luego puso el martillo en las manos de Thor, di­ciendo:

—Jamás to hará fracasar. Podrás pegar con el cuan­tos golpes quieras. Y, aunque lo arrojes muy lejos, siempre volverá a tus manos. También puedes reducir­lo de tamaño y esconderlo en tu pecho.

Thor lo alzó, y lo hizo girar alrededor de su ca­beza en remolino. Estallaron relámpagos llameantes por todo el Asgard y retumbaron profundos truenos, mien­tras poderosas masas de nubes comenzaban a concen­trarse a su alrededor.

Los dioses se acercaron todos a su lado y el martillo empezó a pasar de mano en mano. Coincidieron unánimemente en que era el arma más poderosa que tenían para defenderse contra sus enemigos los gigantes. Con ello, los enanos Brok y Sindre ganaron la apuesta.

La cabeza de Loki les pertenecía. Pero este, enfure­cido por la derrota, no tenía la menor intención de per­mitir que el vencedor cobrara la deuda.

—Te daré lo que quieras —dijo a Brok—, a cambio de mi cabeza.

  • No, quiero tu cabeza, que es lo que he ganado —re­puso el enano—. No aceptaré ninguna otra cosa en su
  • Entonces, ven per ella —le respondió Loki.

Y antes de que pudieran echarle la mano encima desapareció. Y es que poseía ciertos zapatos que podían transportarle en un instante al otro lado de tierras y mares.

Entonces el enano Brok le pidió a Thor que le ayu­dase a encontrarle, y solicitó que se le obligara al es­curridizo Loki a cumplir lo prometido. Thor, compren­diendo que el enano tenía razón, salió inmediatamente en persecución del desaparecido, no tardando en regre­sar con él.

En cuanto lo vio Brok, quiso cortarle la cabeza en seguida, temiendo que, si aguardaba un poco, el otro le gastaría una nueva treta. Pero Loki lo contuvo diciendo:

  • ¡Alto! Mi cabeza puedes cercenarla cuando quieras. .. ¡ay de ti si llegas a tocarme el cuello!

Nada se había hablado de cuellos, en efecto. Y, como la cabeza no se podía cortar sin tocar el cuello, Brok y su hermano tuvieron que darse per vencidos.

Y al marcharse los burlados enanos, se oyó retumbar en los espacios, durante mucho tiempo, la carcaja­da burlona del desvergonzado Loki.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

El dios Wotan había dejado el anillo encantado en la gruta del bosque que un horrible dragón custodiaba celosamente.

Pasaron así años y años y, sin embargo, ninguno de los que conocían la existencia del anillo podían olvi­darla. Les había envenenado el corazón.

Entretanto, bajo la vigilante y amorosa guía, del con­trahecho y maligno enano Mime, el joven Sigfrido crecía cada día más hermoso y fuerte. El enano le había enseñado una porción de cosas útiles, entre ellas traba­jar el hierro y el oro… Pero el más ardiente deseo del muchacho era poseer una espada fuerte e irrompible.

Y es que Mime trabajaba día y noche forjando es­padas, pero con un golpe leve de sus poderosos brazos, Sigfrido las destrozaba todas en un momento: ninguna espada era bastante buena para él, ninguna podía resis­tir su extraordinaria fuerza.

Cierto día, el enano pensó unir los dos trozos de la espada que Siglinda le había confiado antes de morir. Quizá fuera aquella precisamente la espada que Sigfri­do necesitaba. Pero por mucho que lo intento no con­siguió soldar los dos pedazos. No querían unirse, y al primer golpe, volvían a romperse.

Una tarde, cuando Mime, cansado del trabajo, se ha­llaba a la puerta de su cabaña, esperando a Sigfrido, vio de pronto a su lado a un extraño individuo con as­pecto de mendigo que le miraba con ojos centelleantes.

–¿Qué quieres de mí? —le pregunto el enano, malhu­morado–. Anda, vete al diablo.

A lo que respondió el mendigo, con voz dulcísima:
—Tú me despides, y, sin embargo, yo podría decirte muchas cosas… Por ejemplo, sé que te afanas inútilmente en unir los dos trozos de la espada de Sigmundo; también sé que quieres armar con ella a Sigfrido para que maté con ella al dragón que custodia la entrada de la cueva, y de este modo poder apoderarte del teso­ro de los Nibelungos que hay allí…

El enano se tornó pálido como la cera al oír estas palabras; pero el desconocido prosiguió sin hacer caso:

—Y se igualmente quien podría soldar de nuevo la espada encantada.

–¿Quién? ¿Quién? —preguntó Mime.

—Únicamente podrá conseguirlo aquel que no sepa lo que es el miedo —respondió el mendigo.

Y tras decir esto, aquel hombre extraño desapareció, mientras un trueno terrible y lejano retumbaba en todo el valle del Rhin

—Entonces yo no podré unir la espada —se dijo el enano—, porque siempre tiemblo de miedo.

En aquel momento apareció Sigfrido en la cabaña y dijo al enano Mime con alegre voz:

—Oye, Mime, ¿tienes ya la espada? Dámela, la quie­ro… ¿Cómo? ¿Que no la has conseguido unir todavía? ¡Tráela veras como la arreglo yo…!

Y tomando de manos del enano los dos trozos de la espada, los arrojó en el crisol, reanimó el fuego e hizo fundir el metal. Entonces, lo que Mime no pudo lograr en años, para Sigfrido fue cuestión de momentos. La espada quedó rehecha. Su mismo brillo llenaba de gozo el corazón del joven. Era además grande, afilada, poderosa.

Sigfrido quiso probarla inmediatamente. La cogió y blandiéndola en el aire, descargo un golpe en el yunque y este se partió en dos, como si hubiera sido de mantequilla.

— ¡Mira, Mime, mira! —Gritó entonces el muchacho, loco de alegría—. Por fin tengo una espada irrompible. ¡Pronto, pronto, llévame a donde está ese famoso y te­rrible dragón!

–Sí, mañana iremos —respondió el enano, sin poder contener la alegría que le dominaba al pensar que por fin iba a ser dueño del tesoro.

Al amanecer del día siguiente, Sigfrido y Mime aban­donaron la cabaña y se dirigieron a buen paso hacia la cueva donde se hallaba oculto el tesoro de los Nibe­lungos. Un jilguero siguió a los dos hombres, saltando y volando de rama en rama, y parecía que con su canto quisiera hablar y revelarle a Sigfrido muchas cosas. ¿Qué querría decirle el pajarillo?

De pronto, el enano Mime, que había conducido a Sigfrido hasta aquel momento, no quiso seguir ade­lante.

—Anda, ve tú solo —le dijo.

Sigfrido avanzó, obedeciendo. Apartó unas ramas y entonces vio la cueva donde se hallaba el tesoro de los Nibelungos. El enorme dragón se hallaba allí, a la en­trada de la gruta, vigilante y terrible, alargando sus enormes fauces, rojizas y espumeantes.

Sin vacilar lo más mínimo, Sigfrido se lanzó resuel­tamente contra el monstruo, que se irguió amenazante sobre sus patas traseras para arrojarse sobre el joven. Era to que Sigfrido esperaba. Tomó aliento, dio una pequeña carrera y blandiendo la espada con fuerza hirió al monstruo en el corazón. Luego, de un salto, se hizo rápidamente a un lado.

El terrible dragón, después de lanzar un tremendo rugido, se retorció convulsivamente y cayó muerto, mien­tras de su enorme cuerpo salía un gran chorro de sangre.

Sigfrido se aproximó al monstruo para recuperar su espada, pero al arrancarla de la herida, una gota de sangre mojo sus labios. Debido a esto, el joven pudo entender el lenguaje de los pájaros. El jilguero desde una rama le decía:

—Sigfrido, entra en la cueva de los Nibelungos y, entre las muchas joyas que hay, toma el yelmo qua transforma a las personas y el anillo que proporciona, al que lo lleva, todo lo que desea. Pero, al salir, desconfía de Mime, que es un traidor y quiere matarte para apoderarse de todas estas riquezas.

Una vez dentro de la cueva, Sigfrido se apresuró a coger el yelmo y el anillo. Luego, fue al encuentro del enano Mime. Este se hallaba acechándole y, apenas lo vio, se lanzó sobre él con un enorme cuchillo pare ma­tarle; pero con un golpe de su espada, Sigfrido partió en dos la cabeza del desdichado y ambicioso enano.

Desde la rama en que estaba, el pajarillo dijo ahora al héroe:

—Báñate en la sangre del dragón y serás invulnera­ble. Ninguna espada ni arena podrá penetrar en tu carne.

Mientras Sigfrido obedecía sumergiéndose desnudo en la sangre que formaba un enorme charco en el suelo, una hoja de Tilo se desprendió del árbol y fue a caer justamente en medio de la espalda del héroe: por esta razón aquel punto del cuerpo que no pudo ser bañado por la sangre del dragón, quedó vulnerable y luego había de ser causa de la muerte del joven.

El jilguero habló luego de Brunilda, la bella wal­kiria, que dormía encerrada en un círculo de fuego.

—Sígueme y te conduciré hasta ella —prosiguió–. Una vez allí, atraviesa sin miedo las llamas y encontra­ras a la que ha de ser tu esposa.

Sigfrido obedeció, una vez más, siguiendo al pajarillo que le precedía, sirviéndole de gala. Pronto llegaron a la cima de una montaña, en la que brillaba un gran incendio. Las llamas, altísimas, llegaban casi al cielo. Pero el héroe, sin miedo ninguno, avanzó hacia ellas, y las cruzó impertérrito.

En eI interior del círculo había un prado muy ver­de y una paz paradisiaca. Y allí estaba tendida la hermosísima Brunilda, a quien el dios Wotan había dejado dormida, machos años antes, como castigo a su deso­bediencia.

Sigfrido besó los labios de la bella durmiente y esta abrió entonces los ojos, miró fijamente al joven y dijo sonriendo:

—Has despreciado el peligro, mi héroe prometido, y eres, por eso, digno de que sea tu esposa.

Sigfrido callaba, deslumbrado ante tanta belleza. Todavía no alcanzaba a comprender por qué se había ganado una esposa tan bella. Cuando fue capaz de arti­cular palabra, dijo su nombre y narró, en breves pala­bras, su historia. Finalmente, quitó de su dedo el mágico anillo y lo puso en el de Brunilda, en prenda de amor eterno.

A partir de este instante, Sigfrido iba a saber lo que era la pasión amorosa, mientras que ella había de co­nocer la enfermedad, la vejez y la muerte.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

Cierto día, los guerreros de Odín consiguieron apri­sionar al feroz lobo Fenris, pero no podían retenerlo porque todas las cadenas no bastaban para dominar su fuerza, por lo que tuvieron que recurrir a la indus­tria de los genios enanos y malhechores, aunque obre­ros muy hábiles.

“Con el paso de un gato, la barba de una mujer, la raíz de una peña, el suspiro de un oso y el alma de un pez”, formaron una cuerda que ni el mismo Fenris pudo romperla. Se necesitaba, sin embargo, mucha astucia para poderla enganchar al lobo, ya que este desconfia­ba, por lo que Odín decidió:

—Mi hijo Thor arriesgará un brazo como prenda en las fauces de la fiera.

Tras semejante convenio, lograron los ases amarrar al lobo pasando la cuerda a través de una roca horadada, haciéndola llegar hasta las entrañas de la Tierra. Al darse cuenta Fenris de que había sido apresado, destrozó el brazo de Thor, y de los sanguinolentos es­pumarajos de rabia que salieron de su boca se forma el rio Wam, o de los Vicios.

Al ver morir a su amado lobo, el dios Loki, desespe­rado, decidió vengarse. Para ello no pensó sino en matar a Balder, el segundo hijo de Odín y de Friga. Bal­der, dios de la luz, era un joven inteligente y apuesto, muy estimado por los dioses. Su hermosura era tal, que su presencia llenaba todo de claridad. Bastaba ver­lo y oírlo para amarlo.

La vida del alegre dios transcurría feliz, sintiéndose amado y amando a la vez, hasta que, de pronto, empezó a ser víctima del presentimiento de que podría mo­rir de un golpe. Para calmarle, su madre, Friga, hizo prometer a todos los seres de la tierra que ninguno atentaría jamás contra él.

Vuelto a causa de ello invulnerable, los dioses, para acabar de calmar al joven dios, un día que estaban todos reunidos y de fiesta empezaron a lanzar contra el cuanto hallaron a mano: piedras, dardos, hasta sus ar­mas, sin conseguir herirlo ni hacerle daño siquiera.

Pero el envidioso y perverso Loki, fingiéndose muy contento, pregunto a la diosa Friga si verdaderamente había convencido a todos los seres del universo de que no perjudicasen a su hijo.

—A todos, excepto al débil muérdago —respondió incautamente la madre—. Me pareció incapaz de hacer ningún daño.

Loki no perdió el tiempo. Cortó esta planta y con su tallo construyó una varita. Al regresar al Walhalla, donde todos se hallaban jugando, le dio la varita al ciego Hoder y le dijo:

—Anda, lánzala en la dirección que yo to indicare. Hoder lo hizo sin desconfianza, y la leve flecha, al menos en apariencia, fue a alcanzar a Balder en el corazón, atravesándoselo y dejándolo sin vida. Entre las divinidades cundió gran pesar. La esposa de Balder, la hermosa Nanna, murió de pena y fue enterrada junto a su marido.

Entretanto, los ases no se consolaban por la muerte de Balder, por lo que la atribulada madre Friga les pre­gunto:

— ¿Hay entre vosotros alguno que consienta en des­cender al reino de Hel (el reino de los muertos), para rescatar a mi hijo Balder?

Inmediatamente, el valiente Hermodo, uno de los hijos de Odín, salto sobre Sleipmir, el caballo de su pa­dre, y se puso en camino. Hel accedió a libertar a Bal­der, pero puso esta condición:

—Lo dejaré salir de mi reino si todos los seres del mundo, sin exceptuar ninguno, están conformes con ello y vierten alguna lágrima.

Satisfecho y alegre Hermodo, al ver quo esto era muy fácil, regresó a la Tierra, pero se encontró con que en la caverna de una montaña una giganta llamada Thonk se negó a verter ni una lágrima, pese a las sú­plicas de todos los dioses.

—Ni durante su vida ni después de su muerte —respondió la giganta—, he recibido de él servicio alguno; que Hel conserve lo que tiene.

Como es fácil suponer, la vieja y malvada giganta era el dios Loki disfrazado. Y así Balder, al no poder ser rescatado, tuvo que permanecer para siempre en el rei­no de los muertos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

0

Allá por los tiempos de la fundación de Roma, el guardia del templo de Hércules, de la capital del La­cio, invito, cierto día de fiesta, honrada sin duda con media docena de buenos tragos, a echar una partida de dados al propio dios de la maza y de los famosos «tra­bajos».

Como la cosa le agradaba, Hércules aceptó encan­tado, sobre todo cuando su osado contrincante, atre­vido e inocente, por supuesto, ya que osaba enfrentarse con semejante barbián, le dijo sonriendo:

—El precio de la victoria será una buena comilona y como postre, una hermosa muchacha.

No hay por qué decir que Hércules ganó no una, sino todas las partidas, y que su contrincante, encima de arruinarse por satisfacer el apetito del forzudo dios (pues era fama que se comía un buey de una sentada, sin esfuerzo), con el fin de cumplir lo prometido, se las tuvo que ingeniar para procurarle, de postre, la joven que pasaba por ser la más hermosa en Roma por en­tonces: Acca Larentia.

Esta mujer, según parece, de extraña belleza, prac­ticaba una especie de prostitución civil. Conocida de pastores, a los que vendía su hermosura, Acca Larentia fue apodada por ellos «la Loba». Vivía en una pequeña cabaña, a la que se conocía con el nombre de «Lupa­nar».

Y hay quien asegura que esta «loba», Acca Larentia, mujer de deshonestos tratos, fue la que en realidad amamantó a Rómulo y Remo, los fundadores de Roma. «La Loba» poseía, gracias a su impúdico comercio, las siete colinas sobre las cuales se iba a efectuar la fundación de la inmortal ciudad.

Cuando el dios Hércules se dio por satisfecho de los encantos de la hermosa Acca Larentia, le dio como pago este consejo:

—Procura entrar al servicio del primer hombre que encuentres al salir de mi templo.

El primer hombre que halló Acca fue un etrusco lla­mado Tarutios, hombre enorme que tenía más dinero que pesaba. A Tarutios le pareció estupendo tomar una servidora tan guapa. Y de tal modo se aficionó a sus servicios que terminó, para asegurárselos, por casarse con ella, nombrándola de antemano su heredera uni­versal.

El pobre Tarutios no tardó en morir. Y de esta ma­nera Acca Larentia se vio libre del marido y atada, por el contrario, a una fortuna considerable, cosa que nunca viene mal a nadie.

Y como esa fortuna consistía en vastos dominios (entre ellos estaban incluidas las siete colinas), a su muerte se los lego a Rómulo y Remo para que pudieran fundar Roma.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.