Categoría: Europa

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Los sabinos eran uno de los más antiguos pueblos de Italia y se creían de origen divino.

Tan tranquilos estaban, cuando un día del cuarto mes después de la fundación de Roma se produjo el audaz rapto de las mujeres sabinas.

Fue el mismo Rómulo quien, siendo belicoso por na­turaleza, y excitado además por ciertos rumores de que el Destino quería hacer a Roma grande, criada y man­tenida con la guerra, se propuso usar la violencia con­tra los sabinos para robarles sus mujeres, ya que en Roma escaseaba el elemento femenino.

Rómulo veía que la ciudad se había llenado, en brevísimo tiempo, de habitantes, pocos de los cuales eran casados, y que los más, siendo advenedizos, gente pobre y oscura que no ofrecía seguridad de permanecer, abandonarían Roma si no encontraban en ella lo más nece­sario.

Y contando con que para los mismos sabinos este rapto se había de convertir en un principio de reunión y afinidad por medio de las mujeres, cuyos ánimos se ganarían, lo puso en práctica de este modo:

Primero hizo correr la voz de que había encon­trado el ara de un dios, que estaba escondida bajo tie­rra…

Después que la encontró dispuso con esta causa un solemne sacrificio, combates y espectáculos, a los que concurrió gran gentío del pueblo sabino.

Rómulo estaba sentado con los más importantes hombres sabinos, adornado con un manto. Con los su­yos había convenido que la señal para el momento de llevar a cabo el rapto seria levantarse, abrir el manto, y volver a cubrirse.

Muchos romanos eran los que aguardaban impacien­tes la señal. Dada esta, desnudaron las espadas, y aco­metieron con vigor, robando seguidamente las doncellas de los sabinos. A estos, sin embargo, como huye­sen asustados, los dejaron ir sin perseguirlos. No querían más que sus mujeres.

En cuanto al número de las robadas, unos dicen que no fueron más que treinta, otros que quinientas veintisiete, y Juba asegura que raptaron seiscientas ochenta y tres doncellas. Lo más notable es que no fue raptada ninguna casada, sino únicamente Ersila por equivocación, y esta se la quedó para si Rómulo, por­que daba la casualidad de que era una mujer hermosísima.

Los romanos no cometieron el rapto por afrenta o injuria a los sabinos, sino con intención de mezclar y confundir los pueblos, proveyendo así a la mayor de todas las faltas…

Pero los sabinos, a pesar de ser numerosos y muy guerreros, al ver que los romanos se atrevían a grandes empresas, y temiendo por sus hijos, enviaron embajadores a Rómulo con proposiciones equitativas y mode­radas.

—Si nos devolvéis las doncellas raptadas —dijeron­— y nos dais satisfacción por el acto de violencia cometi­do, después entablaremos pacíficamente para ambos pueblos amistad y comunicación.

Rómulo no se avino a esto, aunque también invitó a la alianza a los sabinos, en vista de lo cual el rey Acrón le declaró inmediatamente la guerra, “y con grandes fuerzas marchó contra Rómulo y este contra él”.

Pero cuando más dura era la lucha entre sabinos y romanos, los contuvo un espectáculo muy tierno y un encuentro que no puede describirse con palabras. De repente, “las hijas de los sabinos que habían sido rap­tada se dirigieron, unas por una parte y otras per otra, con algazara y gritos per entre las armas y los muer­tos, como movidas de divino impulso, hacia sus mari-dos y sus padres, unas llevando en su regazo a sus hijos pequeños, otras esparciendo al viento su cabello desgreñado, y todas llamando con los nombres más tiernos, ora a los sabinos, ora a los romanos”.

Al final quedaron asombrados unos y otros, y dejándolas llegar a ponerse en medio del campo de batalla, por todas partes discurría el llanto, y todo era aflicción, ya por el espectáculo o ya por las razones, que empezan­do por la reconvención, terminaron en súplicas y rue­gos. Porque decían:

— ¿En qué os hemos ofendido, o que disgustos os hemos dado para los duros males que ya hemos padecido y nos resta padecer? Fuimos robadas violenta e in­justamente por los que nos tienen en su poder, y después de esta desgracia ningún caso se hizo de nosotras.

Otras añadieron:

—Porque no venís por unas doncellas a tomar satisfacción de los que las ofendieron, sino que priváis a unas casadas de sus maridos y a unas madres de sus hijos, hacienda más cruel para nosotras, desdichadas, este auxilio, que vuestro abandono y alevosía. Muévenos de una parte amor hacia estos, y de otra, compasión hacia vosotros.

Entonces, tomó la palabra Ersila para decir a sus compatriotas:

—Aun cuando peleaseis por cualquier otra causa, deberíais conteneros por nosotras. Hechos ya suegros, abuelos y parientes debéis cesar en la lucha. Más si por nosotras es la guerra, llevadnos con vuestros yernos y nuestros hijos, restituidnos nuestros padres y pa­rientes. Y no nos privéis, as pedimos, nuestros hijos y maridos, para no vernos otra vez reducidas a vuestro lado a la suerte de cautivas.

Dichas estas palabras y razones, e interponiendo otras mujeres sus ruegos, se concertó una tregua, y se jun­taron a conferenciar los generales.

Entretanto, las mujeres presentaban a sus padres, sus maridos, sus hijos; llevaban bebida y comida a los que lo pedían. También cuidaban de los heridos, llevándoselos a sus casas y procuraban hacer ver que tenían el gobierno de ellas, y que eran atendidas y trata­das con la mayor estimación por sus maridos romanos.

Al final se hizo un tratado por el que las mujeres que quisiesen se quedarían con los que las tenían con­sigo, no sujetas a otro cuidado y ocupación que la del obraje de lana.

También se acordó que los romanos y sabinos habitarán en unión la ciudad de Roma fundada por Rómulo, pero que los romanos se llamarían quirites en memoria de la patria del rey Tacio. Y asimismo que ambos pueblos reinarían igualmente en unión y tendrían el mando de las tropas.

De esta forma fue como los sabinos, gracias a sus mujeres, pasaron a ser ciudadanos de Roma, con en­tera igualdad de derechos que los romanos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

En toda la poesía a griega no existe una diosa más pura, virginal y hermosa que brille como Artemisa, la hermana gemela de Apolo.

Artemisa era hija de Zeus y de Leto, y quizá por ser melliza de Apolo la variedad de facetas, de dones, de atributos, es decir, la complejidad de este dios flecha­dor y hermoso, la encontramos asimismo en ella en muchísimas ocasiones.

Diana nació en primer Lugar. Y al considerar las muchas penas y molestias que había pasado su madre, Leto, al dar a luz, pidió a su padre Zeus que le permi­tiese permanecer siempre soltera, lo que le fue conce­dido, haciéndola diosa de los bosques y de la cacería en la tierra. Su padre le dio por séquito sesenta ninfas, llamadas Océanas u Oceánidas, y otras veinte llamadas Asías, y en el cielo la constituyó en Luna.

La caza era su constante ocupación, por lo que se la representa con una túnica corta, recogida por un lado, llevando arcos y flechas, con la media Luna sobre su frente y perros de caza a su alrededor.

En una ocasión en que cazaba por los bosques, Ac­teón, hijo de Aristeo y de Antonea y nieto de Cadmo, faltó al respeto a Diana y a sus ninfas. La diosa, para castigar semejante desacato, le transformó, en venado, y sus propios perros le destrozaron y devoraron.

Esta diosa cazadora de los pies ligeros no era, en definitiva, sino el doble femenino de su hermano Apolo. En muchas ocasiones se dejaba llevar por su carácter cruel y sanguinario.

A Orión, per ejemplo, el hermoso cazador gigante, le mató haciendo que le picara un escorpión que lanzó contra él, porque se había atrevido a desafiarla a tirar el disco.

El ser la diosa de la luz pura y fría del astro de la noche, la Luna, transformó a Artemisa en una casta vir­gen que jamás gozó de las delicias del himeneo, aun cuando tampoco de las torturas que a veces acarrea el amor.

Se decía que esta castidad, que en ella llegaba a verdadero odio a los hombres o al sexo contrario al suyo, provenía de haber asistido a su madre Leto, en el parto de su hermano Apolo.

Al parecer, las angustias y dolores de que entonces fue testigo la apartaron, para siempre, de toda inclina­ción hacia el contacto carnal y la hicieron cruel con cuantos quedaban seducidos por su extremada hermo­sura.

Diana era en Roma la divinidad que correspondía a la Artemisa griega. El más célebre de los templos que se erigieron en su honor fue el de Efeso, que pasaba por ser una de las siete maravillas del mundo. Su construcción duró doscientos veinte años.

Pero un día, Erostrato, hombre oscuro y vano, por el necio afán de que hablasen de él y fuese nombrado en la Historia, prendió fuego a aquel magnifico templo, la misma noche en que  nació Alejandro Magno.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Apolo sigue a Zeus en orden de importancia en el Olimpo, y es uno de los dioses más complejos y brillan­tes del panteón griego.

Su origen es muy incierto. Unos dicen que fue hijo de Zeus y de Leto, otros de Vulcano, y no pocos asegu­ran que de Titán Coeo.

Al hallarse encinta su madre Leto o Latona, fue cruelmente perseguida por los celos implacables de Hera o Juno, de manera que no encontraba dónde gua­recerse para dar a luz, pues en todas partes era temi­da la cólera de la gran diosa, esposa de Zeus.

Tan desesperada estaba la pobre Leto que, al fin, compadecido Neptuno o Poseidón de ella, hizo surgir del fondo del mar una isla flotante y estéril, a la que se llama Ortigia o Delos. Y allí, al pie del único árbol quo había en ella, una palmera, Leto tuvo dos mellizos, que fueron Artemisa o Diana, y luego y ayudada por ésta, a Apolo.

Sin embargo este parto fue muy laborioso, ya que durante nueve días y nueve noches Leto fue víctima de los crueles dolores del alumbramiento, sin conseguir dar a luz.

Todo ello fue debido a que la diosa Hera, siempre vengativa, retenía a su hija Eileitiia, la diosa de los partos. Pero habiendo decidido las apuradas y compa­decidas diosas que rodeaban a Leto, especialmente Ate­na, ver de acabar a todo trance con sus dolores, envia­ron al Olimpo a Iris, la mensajera celestial, con este encargo:

—Procura burlar como puedas la vigilancia de Hera, ponerte de acuerdo con Eileitiia y traértela contigo en seguida.

Y, en efecto, mediante el ofrecimiento de un collar de oro y ámbar de nueve codas de espesor, la diosa de los partos consintió en ir junto a la parturienta.

Apolo fue dios del Sol y de la Luz, por lo que tam­bién se llamó Febo. Apenas nacido, los cisnes de Lidia o Maionia dieron siete veces la vuelta a la isla cele­brando y cantando el parto de Leto. El dios Zeus, por su parte, le entregó una mitra de otro, una lira y un carro tirado por blancos cisnes y le ordenó que fue­se a Delfos.

A los tres días de nacer del seno de su madre, Apolo mató a Pitón, terrible serpiente que habitaba junto a Delfos, al pie de una fuente, y que era el terror de hom­bres y ganado.

Este monstruo perseguía a Leto por orden de Hera la que sabía, por habérselo predicho un oráculo, que Pitón moriría a manos de un hijo de Leto. En Delfos instaló luego Apolo un oráculo suyo, pero antes tuvo que luchar encanizadamente contra Herakles.

Apolo era muy hermoso, atractivo y viril. A pesar de ello no consiguió hacerse amar de Dafne, ninfa profética del Parnasos, hija e intérprete del oráculo de Gaia.

La casta y bella Dafne huyó al ser requerida amo­rosamente por Apolo. Pero al verse perseguida por el apuesto dios y al ir este a alcanzarla, lanzó un grito al tiempo que se encomendaba a su madre. Y entonces, en lugar de la desaparecida Dafne, brotó un verde laurel.

Más suerte tuvo Apolo con Coronis o Kirene, la ninfa tesalia que guardaba en el Pindo los rebaños de su padre Flegias, rey de los lápitas.

Cierto día la valerosa joven atacó, sin otras armas que sus manos, a un león, al que consiguió dominar. Al contemplar casualmente Apolo tal hazaña, se enamoró de ella. Y sin más, la cogió con fuerza para que no se le escapase como Dafne, la metió en su carro de oro y se la llevó, cruzando el mar, hasta Libia.

Coronis y Apolo tuvieron un hijo, llamado Asklepios o Esculapio, que fue tan gran médico, que mereció ser dios de la Medicina. No solo sanaba a los enfermos, sino que también resucitaba a los muertos, por lo cual Plutón, que era el dios del mundo subterráneo, se quejó a Zeus, diciéndole que ya nadie aparecía por allí. Entonces Zeus, para complacer a su hermano, mató a Esculapio con uno de sus rayos.

Apolo, lleno de ira y dolor por la muerte de su hijo, y no pudiendo vengarse de Júpiter, por ser dios y por ser su padre, mató a flechazos a todos los Ciclopes, for­midables gigantes con un solo ojo en la frente, y que eran los herreros de la fragua de Vulcano.

Enojado Zeus con Apolo por haber matado a los Cíclopes, le desterró del Olimpo. A partir de este momento empieza una era muy difícil para el famoso y varonil dios del Sol, de las Artes y de la Poesía.

Empezó por guardar los ganados de Admeto, rey de Tesalia. Y aunque se preciaba de su belleza, ninguna ninfa quiso corresponder a su amor, como le pasó con Dafne. Por entonces también labró con Neptuno las mu­rallas de Troya e inventó la lira. Pero habiendo preferido Pan, dios de los pastores, la flauta, que él había inventado, eligieron a Midas, rey de Frigia, juez de la contienda.

Incomprensiblemente el ridículo Midas se declaró en favor de Pan, e indignado Apolo por su mal gusto, hizo que le nacieran unas enormes orejas de burro.

Por último, Zeus se dio por satisfecho, le perdonó y Apolo se volvi6 a encargar de esparcir la luz, por lo cual se le representa, regularmente, como un hermoso joven coronado de laurel con la lira en la mano y con­duciendo por el cielo el carro del Sol, tirado por cua­tro hermosos caballos blancos y rodeado de las Horas, que eran hijas de Zeus y de Temis.

También con las Musas tuvo Apolo sus devaneos. Al principio solo hubo tres: Melete, que representa la Meditación o Reflexión, Mneme, la Memoria, y Aedé, el Canto o relación de los hechos. Más adelante fueron nueve, que representan las artes liberales y son: Calio­po, que preside la Poesía épica, Elocuencia y Retorica; Clío, la Historia; Erato, la Poesía Amorosa; Talía, la Comedia; Melpómene, la Tragedia; Terpsícore, el Baile; Euterpe la Música; Polimnia, la armonía, pantomima y elocuencia, y Urania, que preside a la Astronomía.

Las Musas habitaban, por lo regular, en la cumbre del Parnaso, que es la montaña de la Fócida.

Se dice que Apolo junto con Talía fue el padre de los Koribantes, y que con Ourania engendró a Linos y a Orfeo, músicos consumados ambos. La leyenda le atribuye al dios de la belleza gran número de hijos.

Pero Apolo no solamente gustaba de las mujeres, sino que, como buen griego, no desdeñaba tampoco a los bellos efebos. Jacinto y Kiparissos fueron los más célebres de sus amados.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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La leyenda popular del nacimiento de Dionisos es muy interesante.

Semele era, según la tradición tebana, hija de Kad­mos y de Harmonía. Amada por Zeus, tuvo de él a Dio­nisos o Baco.

Como los celos son capaces de todo, la diosa Hera, celosa una vez más, sugirió a la infeliz Semele una idea perversa y desdichada: que se empeñase en ver a su ama­do Zeus en toda su grandeza, en la plenitud de su gloria, tal como se mostraba en presencia de su esposa cuando le manifestaba su amor.

Y como quiera que Zeus, en un momento de pasión, le había prometido concederle cuanto le pidiese, no tuvo más remedio que mostrarse a la ninfa amante ro­deado de su atmosfera de rayos y truenos.

Ni que decir tiene que la pobre Semele ardió viva, muriendo abrasada, pero el fruto quo llevaba en su seno fue salvado por Zeus, quien lo encerró en su propio muslo.

Transcurrido algún tiempo, Dionisos vino al mundo, saliendo del muslo de su padre, perfectamente vivo y formado.

Una vez en vida, fue confiado a Hermes, que poste­riormente lo dejó en manos de Atamas, rey de Orchómenos, y de su segunda mujer, Ino, para que le cria­sen. Y les aconsejó que le vistiesen como si fuera una niña, para tratar de engañar a Hera y librarle así de su celosa cólera. Pero la diosa descubrió el ardid, y para vengarse de Ino y de Atamas los volvió locos.

Entonces Zeus llevó a su hijo Dionisos fuera de Gre­cia, al país llamado Nisa y alli se lo confió a las ninfas.

Además, para impedir que su mujer Hera le reconocie­se, le transformó en un cabritillo.

Las ninfas que le criaron se convirtieron posterior­mente, como recompensa a sus esfuerzos, en las siete estrellas de la constelación Hiades.

Dionisos o Baco era el dios de la villa, del vino y del delirio místico o báquico, delicado eufemismo para ex­presar de una manera discreta los efectos de la embria­guez en la que incurrían sus adoradoras y sus sacerdo­tisas (menades o bacantes y tiiades) a fuerza de empi­nar el codo.

Pues bien, si creemos en una de sus leyendas, este dios, alegre y plural, encontró cierto día una delicada planta que le cayó en gracia. Era delicada y apenas había crecido, pues solo tenía unos pujantes brotes ver­des. Allí no se adivinaban aun ni pámpanos ni racimos.

Dionisos, al ver que la planta era pequeña y frágil en aquel momento, no se le ocurrió para protegerla más que meterla en un hueso de pájaro. Y el débil tallo, abrigado y satisfecho, no tardó en crecer de tal modo quo el dios, viendo que el lecho que le había deparado era insuficiente, le metió en otro mayor, siendo esta vez otro hueso, pero de león.

Sin embargo, como Dionisos viese que su protegida seguía prosperando visiblemente, acabo por acondicio­narla en un fémur de asno. Y allí fue donde la planta, ya adulta, dio fruto: la uva.

Entonces Dionisos, vivamente interesado por su ines­perado hallazgo, no tardó en descubrir el modo de trans­formar aquellas uvas en vino. Lo asombroso era que aquel maravilloso licor nació con las cualidades de los seres a los que había correspondido criar la planta: alegría, fuerza y estupidez.

A partir de entonces todo el que bebe en exceso ad­quiere las dos primeras cualidades: disfruta, momentáneamente, de una alegría de pájaro y de una auda­cia y fuerza de león.

Y al que abusa constantemente, le aguardan inevita­blemente la debilidad y el embrutecimiento. O sea, vol­verse una bestia, un asno de dos patas.

Narra otra leyenda que cierto día Dionisos fue rap­tado por unos piratas que navegaban a lo largo de la costa. El dios he hallaba descansando en un promonto­rio cuando fue apresado por los piratas y conducido al barco. Pero el piloto, reconociendo en el raptado a un dios, aconsejó a sus compañeros:

—Desembarcadle al punto si queréis evitar grandes males.

Pero los piratas se rieron de él, aunque no por mu­cho tiempo, pues Dionisos empezó inmediatamente a hacer de las suyas. Primero hizo correr por la cubierta de la nave olas de un vino exquisito que exhalaba un olor embriagador. A continuación vieron trepar por el mástil y enroscarse a la vela una viña que comenzó a invadirlo todo con sus ramas, junto a una hiedra fres­ca y pujante.

Los piratas, aterrados al contemplar tanto prodigio y comprendiendo al fin que el piloto tenia razón, le instaron a que hiciera regresar el barco a la costa.

Pero Baco se transformó en un león y creó incluso una osa, con la que sembró el espanto entre los piratas, que corrían aterrados a refugiarse junto al timonel. En­tonces el león saltó sobre el jefe de los ladrones; los demás, al huir, enloquecidos, se tiraron de cabeza al mar, donde fueron transformados por el dios en delfines.

Dionisos salvó al piloto por haber reconocido su na­turaleza divina.

En otra ocasión, Baco encontró en la isla de Naxos a la hermosa Ariadna, la hija de Ninos y Parsifae, aban­donada allí por Teseo.

Ariadna se encontraba durmiendo en la playa, igno­rando aún su desgracia, cuando fue vista por Baco, que, enamorado de ella al punto, al contemplar su magnífico cabello, la hizo su esposa y le ofreció como regalo de boda una hermosísima corona de oro, obra maestra do Vulcano o Hefaistos.

Baco obtuvo de su padre Zeus el don de la inmorta­lidad para Ariadna. Tuvieron un hijo, que se llamó Es­tófilo. Cuéntase que fue pastor, y habiendo notado que una de sus cabras llegaba al redil más tarde que las demás y siempre alegre y saltando, la siguió sin que lo notase, y la halló comiendo uvas, lo que le inspiró la idea de confeccionar el vino con el zumo de esa fruta.

Estófilo tuvo un hijo, llamado Anio, que fue rey de Delos y gran sacerdote de Apolo. Tuvo tres hijas, a las que Baco dio diversos dones. A la primera, llamada Ocno (“oinos”, vino), de transformar en vino cuanto tocase; a la segunda, Esper (“sperma”, simiente, grano), de trocarlos en trigo, y a la tercera, Elaia (“elaia”, oli­vo), de convertirlo en aceite.

Cuando Agamenón acudió al sitio de Troya, quiso obligar a las tres hermanas a que fuesen con él, con­siderando que llevándolas contigo no necesitaba de pro­visiones para el ejército. Estas, afligidas, acudieron a Baco, que para libertarlas las transformó en palomas.

Los romanos, al adoptar al Dionisos griego, modifi­caron su segundo nombre Bakchos (Bachus, en latín), y lo transformaron en “Bacchus” o Baco. Poco después, se introdujeron en Roma las «bacanales», pero pronto se hicieron tan escandalosas, que el Senado tuvo que prohibirlas el año 186 antes de J. C.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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La sucesión de los reyes de Alba, descendientes de Eneas, vino a recaer en dos hermanos, Numitos y Amulio. El ambicioso Amulio hizo dos partes de todo, poniendo el reino de Alba Longa, en el Lacio, junto al Tíber, de un lado, y en otro, en contraposición, las riquezas y todo el oro traído de Troya.

Numitor eligió el reino. Más sucedió que su hermano Amulio le usurpó el trono valiéndose de una conjura. Y, para evitar que alguno de sus descendientes le vengara, dio muerte a su hijo Egisto y ordenó que su hija Rea Silvia fuera dedicada toda la vida como virgen, al culto como sacerdotisa del templo de la diosa Vesta, para que así no pudiera tener sucesión.

La raza de Numitor, sin embargo, no había de terminar como se propuso el usurpador Amulio.

En efecto, poco después, la hermosa Rea Silvia fue denunciada debido a que, contra la ley prescrita a las vestales, estaba encinta. Y hubiera sufrido la terrible pena de morir enterrada viva, de no haber sido por Anto, la hija del rey, que intercedió por ella a su padre.

Y todo fue porque, al parecer, una tarde en que la bella Rea Silvia bajó a una fuente cercana al templo para recoger agua necesaria para los sacrificios de Vesta, atraída por el frescor de la hierba se reclinó en el suelo y quedó dormida. Inmediatamente, el dios Marte, que la deseaba, supo aprovechar aquella ocasión propicia y la hizo suya.

Rea Silvia tuvo dos hijos del dios: Rómulo y Remo.

Conocedor de ello Amulio dio la siguiente orden a uno de sus ministros:

—Que ahoguen a la madre en el Tíber y que los dos niños sean abandonados sobre las aguas.

Y ocurrió que el dios del rio atrajo hacia si a la hermosa Rea Silvia y la hizo su esposa, en vez de darle muerte en su corriente. En cuanto a los niños, el ministro los colocó sobre una cuna de mimbre en un lugar donde las aguas formaban como una laguna de escaso fondo, que no tardaron en desecarse. Gracias a ello, la cuna con Rómulo y Remo quedó a salvo, sobre tierra.

No obstante, lo más seguro es que los dos niños hubieran muerto de hambre, a no ser porque una loba atraída por su llanto se acercó a ellos y, durante días los amamantó y les dio calor como una madre solícita.

Otra versión dice que fue una tal Aca Larencia la que crió a estos dos infantes; ello se debe a que los la-tinos llamaban «lobas» a las mujeres que se dedicaban a la prostitución, como se cree hacía la citada Aca Larencia.

Sea lo que fuere, el hecho es que en estas circunstancias los descubrió un pastor que los condujo a su cabaña, donde crecieron robustos y sanos. A medida que crecían, su ardor y valentía en la caza y en las peleas entre grupos rivales, les hacía cada vez más famosos. Tanto que su nombre llegó a oídos del depuesto Numitor, que acabo por reconocer en ellos a sus nietos.

—Ellos son los hijos de mi querida Rea Silvia —dijo.

Tan pronto como Rómulo y Remo conocieron su linaje, no se detuvieron hasta derrocar al usurpador Amulio, lo que consiguieron al frente de un improvisado ejercito de pastores.

Acto seguido repusieron en el trono de Alba Longa a su abuelo Numitor, el cual, como premio, les dio una tierra junto al Tíber para que levantaran en ella una ciudad propia.

Aquella era una tierra entre siete colinas. Rómulo se estableció en una de ellas, el Palatino; Remo en la del Aventino.

A los primeros intentos de la fundación de Roma, hubo ya disensión entre los dos hermanos acerca del sitio. Rómulo quería hacer la ciudad cuadrada, esto es, de cuatro ángulos, y establecerla donde está. Remo, por el contrario, prefería un paraje fuerte del Aventino, llamado Remonio.

Entonces convinieron en que un agüero fausto terminase la disputa; y colocados para ello en distintos sitios, dicen que a Remo se le aparecieron seis buitres, y el doble de ellos a Rómulo. Y como sea que los buitres eran tenidos por buena serial, la discusión termino con la victoria de Rómulo sobre su hermano.

Rómulo fundo entonces la ciudad. Primero cavó en derredor la zanja por donde había de levantarse el muro. En la fosa abierta cada futuro ciudadano fue depositando simbólicamente tierra de sus respectivas patrias de origen. Finalmente, después de cubrirla, Rómulo colocó encima el ara.

Roma acababa de ser fundada. A partir de entonces nadie podría ya traspasar la línea de la muralla.

Pero precisamente en el momento en que terminaban de establecer los límites sagrados de la recién fundada ciudad, se presentó Remo lleno de ira, y comenzó a insultar a su hermano y a estorbar la obra. Más habiéndose propasado finalmente a saltar al interior del recinto amurallado, Rómulo, abalanzándose sobre él, le dio muerte allí mismo. Según otros, le mató Celer, uno de los amigos de Rómulo.

Así fue como Rómulo llegó a ser el primer rey de Roma.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Odín o Wotan, creador del Universo, padre de los dioses y de los hombres, cuyo brillante ojo era el sol, cuando no cabalgaba sobre las nubes a través del espacio residía en el Walhalla (cielo empíreo). Y allí, aposentado en elevado trono, veía todo lo que hacían los dioses y los hombres.

De Odín, el Padre Universal, nació Thor, dios del rayo y del trueno, que no se producían más que cuando daba, con fuerza superior a la de los otros dioses, terribles golpes con el enorme martillo que siempre empuñaba.

Todo lo que Odín tenia de amable, inteligente y bueno, tan espiritual que no necesitaba comer y solo se alimentaba de vino, tenía Thor de brutal, hosco, torpe y gran comedor y bebedor, del que a cada momento se estaba burlando Loki, otro dios, que siempre estaba de broma.

El Walhalla era un recinto cercado como una fortaleza inexpugnable. Walgrind, la cerca de los muertos, cuya artística cerradura ningún mortal podía abrir, conducía a la mansión del dios Odín. Y a través de la selva Glasir, cuyos árboles brillaban con el resplandor del oro, se llegaba a la sala del Padre Universal.

El lobo y el águila —los animales del campo de batalla escandinavo– adornaban su frontispicio. El decorado interior tenía también un aspecto bélico: lanzas por vigas y el tejado formado de rodelas y adargas.

Siempre vigilado, para que no se apagara, en medio de la sala ardía el fuego sagrado. Durante el día, la sala estaba desierta y abandonada; pero muy de mañana venían los einherios (guerreros) y luchaban entre si hasta vencer o morir, como si peleasen en la tierra.

Al llegar la hora de la comida, retirábanse los vencidos y todos iban al Walhalla; allí tomaba asiento Odín en el trono que tenía dispuesto, y a su lado los lobos Geri y Fenris o Freki. Los einherios se sentaban también y comían la carne del jabalí Saehrimnir, que se mataba y consumía diariamente.

Para beber tomaban el embriagador met que manaba de las inagotables ubres de la cabra Heidrun. Sólo Odín bebía vino, y este le bastaba para saciar su hambre y su sed; con la carne del jabalí que se le ponía delante cebaba a sus lobos.

Durante la comida, las hermosas walkirias servían a los héroes, escanciaban el met a los einherios y alargaban a Odín el cuerno repleto de vino.

De ver en cuando, el ejército de los espíritus, acaudillado por el dios Odín, recorría los aires y su ruido parecía ser el de una caza salvaje. Por eso en el Norte, cuando sopla de noche el huracán, dice la gente del campo que en el cielo están los dioses de caza.

Además de los dioses y diosas había unos seres intermedios entre aquellos y los hombres, o sea los gigantes, que eran los arquitectos de las construcciones colosales de los palacios en donde habitaban los dioses; los enanos, hábiles forjadores de armas divinas, cuyo jefe era Wieland; las walkirias, mensajeras celestes que, en los campos de batalla, cuidaban de recoger a los muertos y de llevarlos al Walhalla.

En categoría inferior a estos seres, existían también una multitud de espíritus o genios elfos y trolls—que jugueteaban con los míseros mortales, unas veces ayudándolos, otras burlándose y aun perjudicándolos.

El divino Odín siempre iba armado con un casco de oro y una brillante coraza y empuñaba en la diestra la lanza llamada Guguir, forjada por los enanos y a la que nadie ni nada podía detener.

Sleipnir era el más ágil y el mejor de todos los caballos, pues tenía ocho patas y no existía obstáculo que no pudiera franquear. Montado en él le gustaba a Odín salir a sus cacerías salvajes.

El Walhalla era inmenso. Tenía quinientas cuarenta puertas, cada una de las cuales podía permitir la entrada de ochocientos combatientes en línea de frente. Y aquí, en este grandioso y magnifico palacio, los héroes pasaban el tiempo en medio de juegos guerreros y de festines, presidiendo siempre Odín.

Para saber todo cuanto ocurría en sus dominios, Odín tenía sobre sus hombros dos cuervos llamados Munin y Hujin, o sea, «la memoria» y «el pensamiento», quienes le contaban al oído todo lo que habían visto y escuchado, pues cada mañana el dios los enviaba a lo lejos, para que recorrieran todos los países e interrogaran a los vivos y a los muertos.

En cierta ocasión, hiriéndose a si mismo con su lanza y colgándose del árbol del mundo, Odín llevó a cabo un rito mágico que le debía rejuvenecer.

En efecto, durante los nueve días y nueve noches que duró el voluntario sacrificio de permanecer suspendido de un árbol, agitado por el viento, el dios esperó que alguien le llevara un poco de comida o un poco de bebida, pero nadie llego. Entonces, observando la existencia de tierras cerca de sus pies pudo atraerlas hacia sí y, encaramándose sobre ellas, se vio librado rápidamente por una fuerza mágica.

Inmediatamente Mimir le hizo beber un poco de hidromiel, y Odín, después de realizarse su resurrección, empezó a mostrarse sabio en palabras y fecundo en obras

Después de crear a Aské, el primer hombre, y a Embla, la primera mujer, Odín compartió el reino celestial junto a su esposa Friga, la Tierra, y con su hijo Thor, que desataba el trueno. Alrededor de ellos actuaban los ases, gobernadores del mundo, que estaban alojados en suntuosas moradas.

Para comunicar el Cielo con la Tierra, Odín ordenó construir un puente multicolor, que fue el Arco Iris. Sin embargo, para que no pudieran entrar en él los gigantes malvados, coloco un centinela, Heimdal, el dios del diente de oro, símbolo del día, el cual «tenía un oído tan sumamente fino que oía crecer la hierba en el suelo y la lana en el lomo de las ovejas, aparte de que su vista era tan extraordinaria que veía todo lo que sucedía a mil leguas a la redonda».

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En el principio de los tiempos, los dioses del pueblo germánico vivían en un refugio de paz y dicha llamado Walhalla. Allí vivían también las walkirias, las inmortales vírgenes hijas de Wotan, doncellas bellísimas e indomables que, cabalgando en sus corceles blancos, to­maban parte en la guerra, y recogían del campo de batalla a los héroes que caían combatiendo para trasladarlos al Walhalla, donde recibían el premio a su va­lor de manos del padre de los dioses.

También Wotan había dado el ser a dos mortales: Sigmundo y Siglinda, a quienes separaron de pequeños.

Sigmundo fue desterrado, pero su hermana Siglinda fue dada en matrimonio a Hunding, un guerrero de costumbres bárbaras y maneras brutales, el cual la llevó a vivir a una cabaña rústica en medio del bosque. Dicha cabaña estaba construida alrededor de un colosal fresno, cuyas inmensas raíces se perdían en la tierra.

Durante la fiesta de bodas de Hunding y Siglinda, ocurrió un hecho extraño. De repente, los invitados vieron entrar en la sala del banquete, a un viejo mendigo, envuelto en un oscuro manto y con el rostro escondido bajo un sombrero de anchas alas. Solo sus ojos claros y refulgentes como piedras preciosas revelaban a la divinidad.

Mientras todos le miraban estupefactos, se acercó a Siglinda y la alentó y le dio consuelo. Luego, sacó, del manto una enorme espada y la hundió con fuerza, hasta el puño, en el tronco del fresno.

—Quien logre sacarla de allí tendrá la espada más fuerte del mundo —dijo.

Y una vez pronunciadas estas palabras desapareció: era el dios Wotan.

Inmediatamente, uno tras otro, todos los presentes intentaron sacar la espada del tronco, pero ninguno pudo lograrlo, por lo que allí quedó clavada.

Cierto día, Sigmundo, nombre que significa “boca de la victoria”, tras largos años de luchas y dolores, llegó casualmente a la choza de su hermana Siglinda. Al pronto no se reconocieron, pero algo veía ella en el joven que le atraía como un imán.

Cuando al fin Siglinda reconoció a su hermano, ya no pudo resistir por más tiempo la compañía de su esposo Hunding. Entonces, después de haber estado ya en los Brazos de Sigmundo, le incitó a arrancar la espada del árbol.

—Así quedaré libre de mi esposo para seguirte —le dijo.

Sin responder, Sigmundo se acercó lentamente al árbol. Luego se situó encima de una de las raíces del fresno y puso su mano sobre la empuñadura de la espada. Entonces notó que una gran fuerza venía en ayuda de su brazo. Tiró bruscamente y arrancó la espada del árbol.

—Esta es la espada de los Welsa, Siglinda, la espala de nuestro padre —dijo.

Alzó el arma y su filo brillo radiante.

—Gongner es su nombre –agregó—. También le llaman Dolor.

Dejó la espada junto al fresno y se aproximó a Si­glinda. Y mientras la acariciaba amorosamente, ella exclamó:

—Sigmundo, yo soy tu hermana y también tu esposa. Surja, pues, de nosotros la sangre de los Welsa.

Y, dando un grito, se arrojó en sus Brazos.

Aquella misma noche salieron cautelosamente los dos amantes de la cabaña y huyeron juntos a compartir sus trabajos y peligros. Pero al despertar, Hunding salió en persecución de la esposa infiel y del hombre que se la había robado.

Un año después, Sigmundo y Siglinda tuvieron la alegría del nacimiento de un precioso niño al que die­ron el nombre de Sigfrido.

La felicidad del matrimonio parecía que debía ser eterna y sin la menor nube. Sin embargo, ocurrió que un mal día, Sigmundo tuvo que luchar con el bárbaro Hunding, a quien el dios Wotan había concedido su protección. Por ello, el infeliz Sigmundo, tan joven y valeroso, debía ser derrotado y morir a manos de su celoso adversario.

Y todo ello se debió a que a esta pelea no era en ab­soluto indiferente el Walhalla, pues se relacionaba con la suerte del anillo. Al principio, Wotan deseaba la vic­toria de Sigmundo. Pero su mujer Friga estaba contra la separación ilícita de la bella Siglinda, y a toda costa quería el castigo del hermano y esposo de ésta. Y tanto y tanto insistió que, al final el dios de los dioses accedió a castigar a Sigmundo.

–Cuenta con mi juramento –dijo a su mujer.

Pero iniciado el feroz combate, una de las walkirias, la bella Brunilda, se compadeció de Sigmundo, y sin hacer caso de las órdenes de su padre Wotan, socorrió piadosamente al joven durante el desafío librándolo por dos veces de la muerte

En aquel momento un resplandor rojizo iluminó las nubes y sobre la montaña apareció el padre de los dioses, a cuya mirada nada se ocultaba. Y, al advertir la ayuda que su hija Brunilda prestaba al que debía ser vencido, intervino rápidamente para restablecer el designio de su voluntad divina.

Alejó a Brunilda y, al asalto siguiente, la espada de Sigmundo se rompió en dos pedazos contra la lanza de Hunding. Entonces, éste se lanzó sobre el joven y le atravesó el pecho.

Antes de morir, Sigmundo llamó a su lado a Siglin­da que, temblorosa, había asistido al duelo y con un hilo de voz, le dijo:

—No llores mi muerte, amada esposa: es el destino de todos los hombres. Conserva mi espada aunque esté rota y cuando nuestro hijo Sigfrido sea un hombre, dásela: con ella vengará mi muerte y realizará prodigiosas gestas.

Entretanto, la desobediente Brunilda se vio perdida, ya que al no acatar las órdenes de su padre debía ser castigada. Y así fue, pues en medio de un resplandor como de fuego se apareció el dios Wotan, que decretó inflexible:

—Ya no eres mi mensajera. Has perdido tu inmortalidad de walkiria al tener piedad de un hombre. Aquí te destierro, en esta montaña; te sujeto a un sueño del que sólo te despertará el primero que pase y te haga suya.

Los gritos desesperados de las demás walkirias nada pudieron ante la inquebrantable decisión del padre de los dioses.

—Wotan –exclamó entonces Brunilda—, si has de someterme a un hombre que me domine, haz al menos que sea un ser digno el que me posea.

—El que logre despertarte será tu esposo —replicó el dios.

—Sí, pero que sea, al menos, un héroe digno de mí estirpe —insistió Brunilda.

—Conforme —accedió finalmente Wotan—, pero quedarás dormida dentro de un círculo de llamas, en un hechizo de fuego. Y solo el héroe que logre vencer la barrera incendiada podrá despertarte y hacerte suya. No puedo decirte más.

Y, tras decir esto Wotan, con lágrimas en los ojos —pues amaba a esta hija más que a ninguna—, la condujo con sus propios brazos a la tuna de un monte altísimo y la depositó cuidadosamente sobre un blando lecho de plumas. Luego le ciño el casco, y cubrió su cuerpo con el escudo.

Inmediatamente invocó la ayuda de Loge, dios del fuego, que súbitamente hizo surgir alrededor de Bru­nilda una muralla de rojas llamas, mientras la joven y hermosa walkiria se adormecía plácidamente en es­pera de que llegara su heroico salvador.

Mientras esto ocurría, en lo alto de la montaña, la bella Siglinda, quebrantada por el dolor y los padecimientos y corroída por un mal oculto, yacía en tierra apretando a su hijo Sigfrido contra su pecho.

En aquel mismo instante, en el límite del bosque donde había tenido lugar el duelo mortal entre Sigmun­do y Hunding, apareció Mime, el herrero que habitaba en una cabaña cercana. El enano hizo todo lo posible para reanimar a la pobre mujer moribunda, pero su destino estaba ya trazado y ninguna ayuda humana podía evitárselo.

Apenas tuvo tiempo la infeliz de confiar al cuidado del enano Mime a su hijito y los dos trozos de espada, diciéndole:

—Prométeme que entregarás esta espada a mi hijo Sigfrido cuando tenga fuerzas para manejarla.

El enano Mime prometió cuanto Siglinda quiso, tanto más cuanto que esta promesa era útil a sus planes.

Efectivamente, el ambicioso nibelungo educó a Sig­frido para hacer de él un héroe y utilizar sus brazos para matar al dragón y apoderarse del tesoro que tan celosamente custodiaba en la gruta del bosque.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

El caballero Lanzarote del Lago era el brazo derecho del rey Artús o Arturo para todas sus empresas y am­bos se querían entrañablemente; pero un sino fatal hizo que el amor se sobrepusiera a la lealtad del caba­llero a su soberano y a la sincera amistad.

En efecto, un buen día, por las habladurías que había en la corte de la Gran Bretaña, llegó el rey Arturo a enterarse de que se acusaba a Lanzarote de ser el aman­te de la reina Ginebra. Y entonces, muy a su pesar, el monarca declaró la guerra al que hasta aquel día ne­fasto había tenido por el más leal amigo.

Lanzarote se defendió desesperadamente en la torre llamada de la Dolorosa Guardia, y como el rey no pu­diera vengarse del desleal caballero, pensó hacerlo, al menos, quitándole la vida a su esposa, la reina Gi­nebra.

Pero en un golpe de audacia, el enamorado Lanzarote se la robó al rey Arturo, que la tenía presa entre su ejército, y la llevó al castillo de la Dolorosa Guardia, librándola así de una muerte segura y vergonzosa.

La guerra, con la ayuda que unos nobles prestaron a Arturo y otros a Lanzarote, llegó a adquirir tales pro­porciones que sin duda iba a provocar la ruina del país.

Y de tan mala gana luchaba Lanzarote contra su mejor amigo el rey, que le envió la más curiosa embajada que podía imaginarse, y esto no por medio de sus gue­rreros, sino de una hermosa doncella que dejaba atrás en aplomo, diplomacia y oportuna energía a los me­jores hombres.

Así lo demostró cuando el entrometido, traidor y envidioso sobrino del rey, Galván, aconsejó rencorosamente a su tío, frente a ella:

—Señor, no atendáis las excusas y pruebas de res­peto y afecto que os envía el desleal Lanzarote.

Sin embargo, la agresiva, contundente réplica de la doncella al envidioso sobrino no bastó para modificar la rotunda negativa de paz con que Arturo respondió a la embajada.

Ante esta respuesta la lucha se enconó más que nunca, hasta el punto que, alarmado el arzobispo de Canterbury, anuncio:

—Serán excomulgados todos los habitantes de Lon­dres porque no piden u obligan al rey Arturo a que acepte la paz con que se le brinda, y vuelva a admitir, sin castigo, como a su esposa, a la reina Ginebra, que solo desea el perdón de su marido, al que obedecerá humildemente.

Ante esta intervención de la Iglesia, el rey se inclinó, con tanto respeto como íntimo y disimulado júbilo, porque solo combatía por la negra honrilla.

Poco después, Lanzarote le devolvió la reina Ginebra, que tenía en su poder “únicamente para salvarle la vida”, según afirmó, mintiendo. Y el rey, que seguía amándola, la admitió a su lado y la perdonó generosamente.

Artús proclamó entonces, una vez más, ante todos:
— ¡Lanzarote es el mejor de los hombres, como es también el mejor y más valeroso de los caballeros!
En realidad, había que hacer la excepción de Galaz, hijo natural del propio Lanzarote. Efectivamente, solo Galaz, el bello, el intrépido, el virtuoso, incorruptible y forzudo mancebo era capaz de partir en dos, de una sola cuchillada maestra, el escudo, el arzón delantero y el caballo que montaba el jactancioso caballero an­dante que, confiando en su experiencia, se enfrentara a su joven contrincante.

Esto le ocurrió un día a cierto caballero que, en mala hora, desafío a Galaz, obligándolo a batirse contra su voluntad. Una mitad del caballo de su contrincante cayó a la derecha y la otra a la izquierda, como si se tratara de un juguete de cartón, y el asombrado y viejo caballero hallóse a pie, espada en mano y con la mitad del escudo colgando del cuello, en la más ridícula posición.

Para la hermosa e infeliz reina Ginebra, no era lo mismo volver a estar en el palacio de su marido que dedicarle exclusivamente a Arturo el amor que había depositado, para toda la vida, en Lanzarote.

Lo malo era que la forzosa ausencia de este, empeñado en lejanas aventuras con la malvada Morgana o el desleal Meliagante, entre otras, avivaba aún más la llama de su pasión.

Desgraciadamente, dicha ausencia de Lanzarote pro­vocó también a los codiciosos reyes vecinos, que veían a Arturo privado de la compañía y apoyo de su mejor y más temible guerrero, y se lanzaron a la doble empresa de invadir sus tierras y de arrebatarle a su bella y ya famosa mujer, como intentó sin lograrlo, por la despreciativa resistencia de ella, su traidor sobrino Mor­derec.

Por cierto que el audaz Morderec hizo creer a muchos que su tío Arturo había muerto en una batalla y se proclamó el mismo rey en su lugar.

La verdad era, sin embargo, que el rey Arturo sos­tuvo la dura y compleja guerra valientemente y con varia fortuna. Pero, al fin, una terrible derrota, en la que quedó malherido, le hizo ver claro que había llegado el término de su poderío y que ya nada podía esperar más que la muerte.

Poco antes el mago Merlín había predicho:

—En la llanura de Camaló tendrá lugar la gran batalla que dejará al reino huérfano de su legítimo rey. Y así sucedió. Combatiendo contra su traidor sobrino Morderec, cayó herido de muerte, no sin antes acabar con su contrario. Rex, el único caballero de la Mesa Redonda que quedaba aún con vida, acudió presuroso junto al rey. Arturo, moribundo, apenas pudo decirle:

—Amigo Rex, condúceme, te lo ruego, a la orilla mar.

Una vez en la playa, ordenó a su caballero que le desciñera la espada que llevaba en su cintura y que la arrojase al fondo de las aguas.

—Ahora muero contento —dijo–. Anda, Rex, déjame solo. Llévale mi afectuoso saludo a la reina Ginebra y dile que me perdone.

No hizo más que partir el caballero Rex, cuando llegó a la orilla una nave Blanca y resplandeciente como si fuera de plata. Una dama bajó de ella y se dirigió hacia el moribundo monarca.

—Arturo, soy to hermana Morgana —le dijo—. Levántate y yen conmigo.

Cuando el rey hubo embarcado, la nave desplegó entonces todas sus velas al viento y se alejó rápida, desapareciendo pronto entre las brumas de la lejanía.

Casi al mismo tiempo, el mago Merlín moría igualmente, pero no en el campo de batalla, sino bajo el poder mágico de su amada y traidora Viviana, a la que el mismo había convertido en fatal hechicera.

En cuando a la reina Ginebra, también desfallecía lentamente de melancolía, por no ver a su lado al adorado Lanzarote, a quien fue siempre más fiel que a su marido Arturo. Hasta que un día acabó por recluirse en un convento donde expiró, siendo abadesa y rogando a su doncella de mayor confianza:

—Extraerás el corazón de mi cadáver y buscarás por todas partes a mi idolatrado Lanzarote, para entregárselo metido en este yelmo que él mismo ha utilizado. Sera el último recuerdo digno de mi amor, y el simbólico testimonio de que le he sido fiel hasta la muerte.

Si el terrible encargo no llegó a cumplirse, no fue por culpa de la solícita doncella, sino porque esta no pudo encontrar a Lanzarote. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En los remotos tiempos de Carlomagno, el joven duque Huon, señor de Burdeos, fue a París a rendir homenaje al emperador, pero, después de una discu­sión retó a duelo a un caballero de la corte y lo mató. El monarca, airado, ordenó al temerario como castigo:

—Irás a Bagdad y me traerás cuatro dientes y la barba del emir de esa ciudad. Hasta que no consigas esto no te perdonaré.

Aquel mismo día partió Huon con una pequeña tro­pa de fieles soldados. Ni que decir tiene que el viaje fue larguísimo y fatigoso, y que los viajeros tuvieron que soportar penalidades y privaciones sin cuento.

Un día, tan cansados, hambrientos y sedientos esta­ban, que en un claro del bosque se echaron agotados sobre la hierba, convencidos de que allí iban a perecer. Pero de pronto se oyó el potente toque de un cuerno de caza entre la espesura y casi por milagro todos dejaron de sentir cansancio, hambre y sed.

Segundos después, de entre los árboles salió un her­moso enano haciendo sonar un cuerno de marfil. Acercándose a Huon le dijo:

—Soy Oberón, el rey de los genios del aire, y vengo en vuestra ayuda. Sé muy bien adónde te diriges y la peligrosa empresa que te aguarda. Pero no temas. Yo te protegeré porque eres valeroso y bueno.

Acto seguido, el enano hizo un ademan y, súbitamen­te, surgió de la tierra un maravilloso palacio en el cual Huon y sus hombres pudieron saborear los más ricos manjares. Cuando ya todos estuvieron hartos y hubieron reposado, se dispusieron a reanudar su interrumpido viaje. Entonces, Oberón le entrego su cuer­no de marfil al joven Huon y le dijo sonriendo:

—En el momento que te veas en un apuro, haz sonar este cuerno; yo to oiré inmediatamente y acudiré en tu auxilio al frente de un ejército.

Y seguidamente partió al frente de los suyos, mien­tras el mágico palacio desaparecía tan misteriosamente como habla aparecido.

Pocos días después, los viajeros llegaron a un país donde reinaba un soberano cruel que mataba a todos los cristianos que caían en sus manos. Por eso tan pron­to supo la llegada del duque de Burdeos al frente de su reducida tropa, armó una numerosa hueste y se dirigió a su encuentro.

La lucha fue encarnizada por ambas partes, y los franceses, aunque muy valerosos, eran tan pocos que estaban a punto de ceder a las numerosas fuerzas de su adversario, cuando Huon hizo sonar con toda su fuerza el cuerno de marfil.

Y, en efecto, fiel a su promesa, de repente se vio entrar al enano Oberón en la batalla a la cabeza de un numeroso ejército, con el que derrotó totalmente al enemigo. Miles de adversarios murieron en el combate, entre ellos el mismo rey; los demás huyeron despavo­ridos.

Tras un merecido descanso en la ciudad conquistada, Huon y sus hombres prosiguieron el viaje hasta llegar a orillas del mar Rojo, donde no tuvieron más remedio que detenerse, pues no había puente, ni vado, ni siquie­ra nave para atravesarlo.

Desesperado estaba ya el valeroso Huon y se disponía a tirarse al agua para intentar cruzar el mar a nado o perecer, cuando un delfín se apareció en la orilla y dijo al joven:

—El enano Oberón me ordena que venga en tu ayu­da. Ven, sube encima de mí y te conduciré sano y salvo a la otra orilla.

De esta forma, Huon no tardó en desembarcar cerca de Bagdad. Pero no hizo más que entrar en la ciudad, cuando el emir, sabiendo que venía en su busca, le hizo prender por sus esbirros y encerrar en un calabozo después de quitarle el cuerno mágico.

Menos mal que cuando más desesperaba de salir de su encierro, un día vio abrirse la puerta de su celda y entrar por ella uno de sus hombres que, con los demás, había quedado al otro lado del mar. El hombre le conto que junto con sus compañeros habían encontrado una nave, en la que embarcaron rumbo a Bagdad, donde habían logrado introducirse secretamente en el pala­cio del emir.

—Necesito a toda costa que me traigas el cuerno de marfil —le dijo Huon.

A duras penas logró el hombre arrebatárselo al emir y lo trajo al prisionero, quien sopló en él con toda la fuerza de sus pulmones. Oberón acudió prontamente a la cabeza de sus guerreros, y el emir, desprevenido, fue fácilmente vencido y muerto.

Sin pérdida de tiempo, el joven Huon le arrancó los dientes, le corto la barba y con este botín retornó a Francia en unión de sus compañeros.

Y como es natural, Carlomagno, perdonó al valeroso duque de Huon y celebró grandes fiestas en su honor.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En la italiana ciudad de Verona no se hablaba de otra cosa que de los odios existentes entre las familias de los Capuleto y los Montesco. Su viva enemistad era una larga historia que tenía origen probablemente en alguna afrenta remota, tal vez en una muerte.

Desde entonces, todo había sido una serie inacaba­ble de riñas, peleas, duelos espada en mano, muertes…

Una noche primaveral en que el aire parecía car­gado de un especial embrujo, los Capuleto dieron una gran fiesta en su palacio. Bien pronto la enorme sala se llenó totalmente de hombres y mujeres ataviados con vistosos trajes y cubiertos con máscaras. Mientras la danza se animaba, bajo los antifaces todo eran risas, miradas intencionadas, frases insinuantes.

Cuando la fiesta estaba en su punto culminante, el joven Teobaldo se acercó a micer Capuleto, su tío, y le dijo al oído:

—Un Montesco se ha colado en la fiesta… Es Romeo, el heredero de la familia.

Como Romeo era un joven estimable, a quien se conocía por bueno y digno en la ciudad, micer Capuleto procuró calmar la irritación de su sobrino. Además, ya que estaba en su casa, el anciano Capuleto se consideraba ligado por el respeto que se debe al huésped. De afrentarle, allí hubiera deshonrado su casa…

—Esto es una provocación —decía Teobaldo–. ¿Por qué ha venido precisamente aquí?

Pero el buen Romeo no había ido a provocar a na­die. Su naturaleza sencilla y bondadosa le alejaba de las luchas con los Capuleto. Y si se coló de rondón en rasa de sus enemigos, fue siguiendo los pasos de la hermosa Rosalina, de la que esperaba obtener siquiera una sonrisa o una mirada amable…

Y ocurrido que en el ir y venir de la fiesta se encontró, sin darse cuenta, con que seguía los pasos de una jo­ven rubia, esbelta y bellísima. Inmediatamente, Rosali­na quedó olvidada.

— ¿Quién es esta mujer? —pregunto a un criado.

—No lo sé, señor.

Al quedar ella junto a una columna, Romeo se acercó a la joven hasta casi tocarla. Y coma si rezara le dijo:

—Si con mi mano, por demás indigna, profano este santo relicario…

Y mientras decía esto, su mano cogió la de aquella muchacha que tenía los dedos largos y finos, de piel suavísima. Todo fue rápido y maravilloso. Unos segun­dos bastaron para comunicarse fuego en las miradas y pasión en las palabras. Y al despedirse se dieron un beso que parecía sellar un amor de varios años.

Cuando Romeo abandonó el palacio de los Capuleto, iba absorto, con el corazón en vilo. Sus compañeros Mercurio y Benvolio, que le habían acompañado, todavía le gastaban bromas sobre Rosalina, pero el llevaba a Julieta Capuleto en la sangre. Si, a la bella hija del dueño del palacio donde se había introducido furtiva­mente poco antes.

A partir de aquel día, el jardín de los Capuleto amparó las secretas entrevistas de Romeo y Julieta. Se amaban tan intensamente que no podían pasar sin ver­se a diario. Y mientras la joven se preguntaba por qué Romeo sería un Montesco, la voz del amado surgía a menudo de entre los alhelíes, los claveles y las rosas, como un arrullo mágico de la noche, y decía:

—i Julieta, llámame  “amor mío” y seré nuevamente bautizado! ¡Desde ahora mismo dejare de ser Romeo! Mi nombre me es odioso por ser un enemigo para ti.

Cada vez eran más apasionadas las frases. Pasada la medianoche, Julieta se retiraba a su aposento. Pero no tardaba en salir otra vez, porque no acertaba a dejar la galería donde estaba su amado. Un día le dijo temblando de emoción:

—Esto no puede seguir así, querido Romeo. Por tanto, si me deseas por esposa dime dónde y a qué hora quieres que nos unamos en matrimonio. Pongo en tus manos mi suerte. Te seguiré siempre como a dueño y señor.

A los pocos días, la campana del convento replicó con alegría. Fray Lorenzo les casó en el mayor secreto. Sólo un amigo de Romeo y la dueña de Julieta tuvieron conocimiento de la boda.

Aquella misma mañana Teobaldo y algunos Capu­leto tropezaron con Mercurio y Benvolio. Se cruzaron algunas palabras e inmediatamente salieron a relucir los aceros, Romeo llegó cuando estaban en los primeros tanteos de la pelea. Se interpuso pidiendo paz y fin a la discordia.

—Teobaldo —le dijo humildemente—, tengo razones para apreciarte…

Pero ante aquella actitud de Romeo se crecía el Capuleto. Entonces, el impaciente Mercurio, sorpren­dido y humillado, saltó con la espada desenvainada. Volvió Romeo a interponerse y Teobaldo aprovechó la ocasión para herir mortalmente al infeliz Mercurio.

Sin poder contener su dolor, Romeo tuvo que ver morir por su culpa a su compañero más fiel. Pero pron­to a su pena se unió la ira y una sed de castigar al traidor y vengar a Mercurio. Alcanzo a Teobaldo quo se alejaba y de nuevo relucieron las espadas cuando el sol iba ya alto.

Momentos después la noticia corrió por toda la ciu­dad. Los chiquillos la voceaban por las calles:

  • ¡Han matado a Teobaldo! ¡Ha sido Romeo!

Cuando el cadáver llego a casa de los Capuleto, hubo allí escenas desgarradoras, gritos y llanto de las mujeres, promesas de venganza de los hombres. Julie­ta, recogida en su habitación, solo se enteró de lo ocurri­do cuando su nodriza le dijo:

—Romeo ha matado a Teobaldo y el príncipe le ha desterrado.

La infeliz Julieta quedó en un terrible desasosiego, debatiéndose en una difícil disyuntiva. Por una parte, ¿cómo podía querer al enemigo de su familia, al asesi­no de su primo? Y por otra, ¿cómo podía odiar a su esposo? No, eso no. A Romeo le amaba profundamente, con toda su alma…

Romeo tenía que abandonar Verona por orden del príncipe. Antes estuvo con fray Lorenzo, su confesor, que le conocía desde que era niño y el que le había casado en secreto con Julieta. Y esta vez, ¡una más!, fue también consuelo de su tribulación, paño de lágrimas.

—No to preocupes, Romeo —le dijo el fraile—, yo encontraré una solución.

Aquella noche, como todas las anteriores, Romeo escaló la tapia del jardín de Julieta, salvó también la baranda de la galería y fue a despedirse de su amada…

Entretanto fray Lorenzo intentaba encontrar la ma­nera de solucionar aquel enrevesado asunto. Estaba decidido a hacer saber a Capuleto y Montesco la boda de Romeo y Julieta. Creía el buen fraile que así haría regresar al desterrado marido a Verona y posiblemen­te desaparecería la eterna desavenencia entre ambas familias…

Pero las cosas se complicaron. Micer Capuleto, pa­dre de Julieta, había decidido casar a su hija con el conde Paris, que aspiraba a su mano desde hacía tiem­po. Julieta se negó, rotundamente a casarse. Y como sus padres ignoraban el vínculo que la unía a otro hombre, querían disuadirla, el padre, por la violencia y la madre por media de la persuasión.

Julieta acudió desesperada a fray Lorenzo, que también esta vez hallo un recurso, algo más complicado, es verdad, pero que sirvió a la joven de consuelo y esperanza.

Poco después llegó el día previsto para la boda de Julieta y Paris. Pero cuando todo estaba ya a punto, la nodriza dio la alarma al salir de la habitación de Julieta dando gritos desgarradores.

— ¡Está muerta! —decía llorando—. ¡Está muerta!

Acudieron todos y vieron desconsolados a Julieta tendida en la cama vestida con las galas de novia. Se acercó la madre y vio que su hija no alentaba. Su ros­tro enmarcado por el tul blanco estaba pálido, inani­mado, con una hermosura glacial, como si fuera de mármol o nácar.

El entierro se efectuó el día siguiente. La ciudad de Verona estaba consternada al ver como se acumulaban los males en casa de Capuleto… Solo fray Lorenzo sabía que en realidad Julieta no había muerto. El mismo había preparado una pócima, que la joven bebió, trémula y esperanzada, la noche de la vigilia de su boda.

Fray Lorenzo esperaba tenor a Julieta como muerta durante cuarenta y ocho horas en el panteón de los Capuleto. El tiempo justo para poder avisar a Romeo, que vendría para llevársela a Mantua.

El destino, sin embargo, vino nuevamente a desbor­dar sus proyectos. Rápidamente envió un fraile a Man­tua, donde se encontraba Romeo, con una carta en la que le explicaba su plan y la urgencia de que regresara. Pero la carta no llegó a su destino porque el mensajero fue detenido durante varias horas por sospechas de que pudiera llevar el gérmen de la paste. Al quedar libre, el fraile regresó al convento con la carta, sin haberla entregado a su destinatario.

Pero Romeo ya se había enterado de lo ocurrido gra­cias a la diligencia de uno de sus criados. Y el amante, sin pensar más que en la muerte de su amada esposa, se puso en camino hacia Verona. Era casi medianoche cuando llegó a la ciudad.

Sin pérdida de tiempo se dirigió al cementerio y entre las sombras, lápidas y cruces fue en busca del mausoleo de los Capuleto. Pero cuando se disponía a levantar la losa que tapaba la entrada del subterráneo, un hombre salió de detrás de un ciprés, gritando:

  • ! Detente, sacrílego Montesco! ¿Acaso quieres ven­garte más allá de la muerte?

Romeo, al pronto, no le reconoció. Era el conde Paris, el novio frustrado de Julieta, que desde la muerte de ésta estaba rondando como un perro el cadáver de la que debía ser su esposa.

— ¿Que vienes a hacer aquí? —preguntó.

Y como viera que Romeo quería evitar la lucha, le cortó el paso desenvainando la espada. Todo fue cosa de unos segundos. Romeo reconoció en su ocasional enemigo al conde Paris cuando ya éste se hallaba tendido en el suelo, muerto, entre un charco de sangre.

Inmediatamente, febril, presa de una obsesión invencible, Romeo levantó la losa del panteón y descendió sin vacilar. Una vaharada mefítica salía del fondo.

Con la lámpara que llevaba en la mano, el joven fue reconociendo las paredes desnudas, húmedas, el cuerpo en descomposición de Teobaldo… y a Julieta. Estaba intacta, como una figura de cera. Sollozando se abrazó a ella.

No tardó en llegar fray Lorenzo, presumiendo ya desgracias irreparables. Y no se equivocó. Tropezó primero con el cuerpo ensangrentado de Paris. Y al bajar a la cripta vio a Romeo junto a Julieta, también él sin vida. Acababa de morir envenenado.

Precisamente en aquel momento Julieta comenzaba a despertar, una vez terminados los efectos de la pócima del fraile.

  • ¿Dónde está mi Romeo? —preguntó anhelante.

El fraile intentó llevársela de allí, tratando de impedir que llegara a ver a su amado que yacía junto a ella, sin vida. Le daba prisas y hasta urdió una burda excusa, pero todo fue inútil.

Al ver el cadáver de Romeo, la infeliz Julieta se abalanzó sobre él. Pero fray Lorenzo se alarmó al ver que la joven, en lugar de reaccionar con llantos y gritos de desconsuelo, se mostraba con una serenidad desconcertante.

— ¡Vamos, Julieta, vayámonos de aquí! —le urgía el fraile.

Pero la joven no le hizo caso y continúo abrazada al cadáver de su amado Romeo.

–¡Besaré tus labios, Romeo…! —dijo—. Quizá quede en ellos un resto de ponzoña para hacerme morir.

Y sin que el fraile se apercibiera, mientras posaba sus labios en los de Romeo, calientes aún, Julieta sacó la daga del cinto de su amado, e inclinada como estaba sobre él, apretó con fuerza su punta contra el corazón…

El príncipe de Verona dispuso que se diera sepultura a los dos amantes, uno junto al otro. Y cuando al día siguiente el pueblo asistió conmovido a la ceremonia fúnebre, por primera vez Capuleto y Montesco iban juntos en paz. Ya ninguna de las dos familias pensaba en venganzas ni en odios.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.