Categoría: Europa

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En Agosto de 1971 tuvo lugar un curioso fenómeno en una casa de Bélmez, pueblo de la provincia andaluza de Córdoba, donde vivía Juan Pereira con su mujer y sus dos hijos. Fue algo sin precedentes en la historia del lugar, que no tardó en hacerse del conocimiento general, en toda España e incluso en el extranjero.

Los rostros surgidos del más allá

María Gómez, esposa de Juan Pereira, limpiaba la cocina de su casa, la mañana del día. 23, cuando apareció ante sus ojos, dibujado en el suelo, un rostro de tamaño natural, de nariz afilada, boca entreabierta y expresión atormentada. A pesar de que sus hijos eran ya unos mozos de veintitantos años, María su­puso que se habían divertido haciendo dibujitos en el piso, solo para fastidiarla con sus bromas.

Se propuso la mujer borrar el rostro frotándolo con un trapo. Nada consi­guió. Y cuando llegó el marido a la hora de comer la encontró contemplando fi­jamente el rostro. Los vecinos poco tar­daron en enterarse de lo sucedido y acudieron a ver el dibujo surgido de la nada. Como a Juan no le agradase ser molestado por tanto gentío, cogió un martillo y rompió a golpes las baldosas. Llamó a un albañil para que cubriera el hueco con cemento.

Nada sucedió en los siguientes días, pero el 8 de septiembre apareció un segundo rostro, cerca de donde estuvo el otro, con expresión igualmente ator­mentada. Pereira acudió a la alcaldía, para consultar con el alcalde Manuel Rodríguez Rivas. Tal vez podría darle un buen consejo. Resultó de la entrevis­ta que el albañil volvió a presentarse en el 5 de la calle Rodríguez Acosta. Abrió un pozo en la cocina, y al alcanzar los tres metros de profundidad, encontró unos huesos. El secretario del Ayun­tamiento hurgó en viejos archivos y descubrió que en el lugar hubo dos siglos atrás un cementerio. Los vecinos atribuyeron entonces la aparición de los rostros a la intervención de los espíritus de quienes murieron en pecado mortal, que de esta manera se mani­festaban. Se rellenó el pozo el 4 de noviembre.

Tres días más tarde, el rostro des­prendido del piso, que el albañil había pegado en la pared, había cambiado de expresión. Era ahora de verdadero te­rror. El día 20 apareció otro a un costado. ¿Era el albañil responsable de la broma? De ser así, Pereira estaba dis­puesto a ajustarle las cuentas. Le pro­hibió volver a entrar en su casa. Pero el 2 de diciembre apareció un rostro más. Era ahora femenino, de facciones deli­cadas, deformado por una mueca de terror. Y junto a él surgieron unos ros­tros infantiles.

La noticia llega a todas partes

Llegaron a ver el fenómeno varios científicos y aficionados a la parapsicología, siguiendo muy de cerca a los periodistas y a los camarógrafos de la televisión. El 9 de abril del siguiente año, la cocina de la familia Pereira estaba llena de gente, sin que el buen hombre pudiera impedirlo. El señor alcalde le había ordenado aguantarse, porque era un bien de la ciencia. Y también del tu­rismo.

Algunos testigos tuvieron ocasión de presenciar la aparición, muy lenta­mente, de un nuevo rostro provisto de una larga barba blanca y ojos rasgados, que se fue tan misteriosamente como vino. Los periodistas opinaron que si alguien se estaba divirtiendo a expen­sas de los ingenuos presentes, lo estaba haciendo con envidiable maestría. Tal vez si llegaba al Lugar un experto de verdad en aquellas cosas misteriosas sería posible aclarar el enigma de los rostros.

Este experto iba a ser el Dr. Germán Argumosa, especialista en fenómenos psíquicos, quien declaró al instante cómo se llamaba aquel que estaba con­templando. Lo primero, dar un nombre a las cosas. Recibía el nombre de teleplastia y también ideoplastia. Pero no supo explicar por medio de qué corn­plicado mecanismo se produce. Enton­ces, para estar seguro de que nadie llegaría a la cocina a hacer más dibuji­tos, a espaldas suyas, Argumosa cubrió el piso de la cocina con un plástico, que selló en sus extremos. Deseaba probar ante todos que no intervenían factores humanos en aquello que los lugareños consideraban un milagro enviado por quien sabe que santo. Abandonó el es­pecialista la casa, cerró con llave su única puerta, la entrego al señor alcal­de y se dispuso a esperar.

Regresó al cabo de una semana, acompañado por el alcalde y dos testi­gos escogidos al azar. En el piso había un nuevo rostro. Ahora si podía afir­mar Argumosa que no hubo truco. Quiso escuchar entonces la opinión de varios vecinos y no vaciló en pedírsela también al señor cura. Desechó el santo varón la intervención del demonio, lo cual probaba que era un sacerdote inteligente, y quiso dedicar mayor atención a cada uno de los miembros de la familia.

Descubrió el parapsicólogo que María Gómez, mujer de inteligencia infe­rior a la media, tenía antecedentes de histeria que hacían de ella una verda­dera médium. Declaró que, cuando una persona ha sufrido un ataque de histe­ria, crea un campo magnético intenso que actúa de manera inconsciente so­bre los objetos que la rodean. En el caso de María, debió leer en su infancia un libro que la impresionó —lo mismo que pudo suceder con el caso de Juana de Arco, — al grado de grabarse más tarde en las baldosas los recuerdos conservados en su mente.

Se tuvo así la certeza de que había sido la mujer de Juan Pereira quien había producido, de manera incons­ciente, los dibujos de Bélmez. Pese a ello, quienes esto creían tuvieron que rectificar años más tarde, cuando se dio a conocer una inquietante noticia, que referiremos de inmediato, en beneficio de las personas que jamás tuvieron ocasión de conocerla.

En un artículo publicado por el periódico norteamericano National Enquirer, que se dedica lo mismo a inventar intrigas que a echar por tierra las historias que no le agradan —tal vez porque no sucedieron en tierras del tío Sam—. Edward B. Camlín afirmaba que el caso Bélmez fue un fraude y que las caras fueron pintadas por un joven de veinticinco años, de nombre Jesús Rodríguez, amigo de la familia. Había echado mano de unos trucos fotográficos Para divertirse al contemplar la expresión de desconcierto que pondrían sus vecinos. Los dibujos habían sido copiados de un libro y trasladados al suelo utilizando ciertos productos químicos y una lámpara de rayos ultravioletas. Añadió el joven bromista que solo al cabo de varios días serian visibles los rostros, gracias al trata­miento especial que les dio.

Tal vez más difícil de explicar sea lo sucedido la noche del 25 de mayo de 1973 en casa del señor Everett Foster, que vivía en Cedar Hill, en el estado de Texas. Se había acostado, cuando le pareció ver unos rostros en la pared de enfrente. Despertó a su mujer, que dormía apaciblemente desde hacía rato, una vez terminó la película del HBO, para que viera lo mismo que él.

Coincidieron ambos en que había dos rostros femeninos de cabellos oscu­ros, a ambos lados de la cabeza de un hombre, además de un perro y de un mapache que se transformó de repente en cerdo. Ala izquierda del grupo vio el matrimonio un coche de carreras, con todo y su conductor, y a la derecha nada menos que una nave espacial. A esto habría que añadir un extraño texto que ninguno de los dos cónyuges fue capaz de descifrar. Se ignora si Jesús Rodríguez viajó hasta Texas en aquellos días.

Las figuras parecieron moverse y la nave espacial se desvaneció lentamen­te, dejando una estela de humo. Los Foster contemplaron la aparición du­rante casi una Nora, como si estuviesen viendo una película de aventuras, sin sentir el menor temor. Solo curiosidad. Finalmente, se desvanecieron las figu­ras y no regresaron nunca más. El día siguiente, informaron a la prensa de lo sucedido, y la prensa fue tan amable de no decir si la inteligencia del señor Foster era inferior a in media, como le había sucedido a María Gómez.

¿Tú que crees?…

 

Bibliografía

Doreste, T. (1991). Grandes Enigmas, El Fascinante Mundo de lo Oculto. España: Ediciones Océano, S.A.

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Ruy Velázquez, señor de Villarén, casó con doña Lambra, orgullosa e intrigante dama que se unió a él tanto por inclinación como por razón de Estado.

Cuando toda “una multitud de huéspedes llenaban el palacio y los jardines del señor de Villarén, tomando parte en los regocijos que se celebraban en obsequio de la recien casada, esta se mostraba ajena al general contento”.

Sentada junto a una ventana, en actitud meditabun­da, su rostro distaba mucho de reflejar la alegría que parecía natural en aquella ocasión. Sus ojos no cesaban de fijarse en un grupo de siete caballeros, los hijos de don Gonzalo Bustos, señor  de Salas de Lara y pariente de Ruy Velázquez.

Todo ello se debía a que doña Lambra se considera­ba gravemente ofendida porque al dirigirse a la iglesia la comitiva, se había suscitado una riña, pronto apa­ciguada por los amigos, entre un primo de la novia y el menor de los hijos de Gonzalo Bustos, llamado González.

Este era la razón del desprecio, del odio, con que la orgullosa doña Lambra miraba al joven González. Y, como si de él hubiera recibido un gran insulto, la altiva dama estaba ya pensando coma podría vengarse devolviéndolo.

Pronto halló el medio, que creyó el mejor, el más duro. Incapaz de moderar por más tiempo su rencor, llamó a un criado y le ordenó que fuese a insultar a los siete infantes, indicándole para ello un medio, el más eficaz que a la sazón se conocía. Consistía en arrojar un cohombro lleno de sangre sobre aquel a quien se quería ajar, afrenta que se consideraba coma la más audaz que pudiera dirigirse a un hombre de honor.

Confiando el insolente criado en la protección de su ama, acercóse al lugar donde estaban los siete hijos de Gonzalo Bustos y, tomando bien sus medidas para no errar el tiro, arrojó el cohombro sobre González, co­rriendo inmediatamente a refugiarse a los pies de la dama, para sustraerse de este modo a la justa ira de los sorprendidos e indignados hermanos.

  • ¡Mal pecado, doña Lambra! —exclamó González—. No me cabe dude que vos habéis dispuesto esta negra traición, puesto que de lo contrario jamás se habría atrevido este esclavo insolente; pero no le valdrá el seguro de vuestro regazo para librarse de lo merecido.

Y dice el novelista Trueba que acto seguido se pre­cipitaron los siete jóvenes, con las espadas desnudas, sobre doña Lambra, quien exclamó con tono orgulloso y altanero:

—Deteneos, caballeros, u os arrepentiréis de vuestra precipitación. Este mozo es mi protegido y consideraré un insulto personal el menor daño que a él se le haga.

—En vano amenazáis, señora —respondieron a una los siete hermanos–. Este infame ha de morir.

Al oír esto, el mozo quiso cubrirse con los paños del manto de su ama, pero los de Lara no respetaron ese Lugar y, a despecho de los gritos del culpable y de las amenazas de la dama, González le sacó de su refugio tirándole por los cabellos y a estocadas le dejaron yerto, tiñendo con su sangre el manta nupcial de doña Lambra.

Presagio funesto sin duda, pero en el cual ningún reparo hicieron entonces los siete infantes de Lara.

Entre las diversas personas que acudieron al lugar donde acababa de pasar esta sangrienta escena, se hallaba también el recién casado, Ruy Velázquez, a cuya vista su esposa exclamó furiosa:

–iVenganza, señor, venganza! Si tenéis corazón de hombre, vengadme del ultraje que acaban de causarme esos insolentes hermanos.

Pero los infantes de Lara sonrieron desdeñosamente y, enjugando sus espadas humeantes aún con la san­gre de su víctima, se retiraron pausadamente, sin que Ruy Velázquez intentara siquiera detenerlos.

¿Acaso les tienes miedo? —le preguntó con furia doña Lambra.

Al hallarse solos los dos nuevos y ya poco felices esposos desahogaron su furor, no pensando más que en vengar la ofensa. Lo primero que se le ocurrió a Ruy Velázquez fue desafiar a los infantes, acompañado de otros seis amigos de confianza, para que resultaran siete contra siete.

Esta idea no le pareció bien a doña Lambra, por el riesgo qua corría de quedarse viuda, ya que su ma­rido podría ser quien muriese en la lucha.

—Lo mejor —dijo— será acudir a la astucia y no a la fuerza, porque unos hombres tan viles, que acaban de cometer un asesinato, no merecen ser tratados coma caballeros.

Inmediatamente trazó, pues, su plan y, tanto insistió en que había que ponerlo en práctica, incluso por razo­nes políticas, que su marido, aunque al principio lo mirara con repugnancia, como indigna villanía, acabó par aceptarlo realizándolo.

Para ello, Ruy Velázquez fingió que olvidaba todo lo ocurrido, deseando restablecer las buenas relaciones entre las dos familias e invitó a Gonzalo Bustos y a sus siete hijos a un espléndido banquete, con el que quedó sellada la paz y armonía entre unos y otros.

La misma doña Lambra, disimulando su furor ven­gativo, abrazó en él a González, que era a quien más odiaba de los siete hermanos.

Transcurrió algún tiempo, y un día presentóse Ruy Velázquez en casa de Gonzalo Bustos para hacerle un encargo importantísimo. Le dijo que el rey moro de Córdoba le debía una gran cantidad y que él había pensado que nadie más adecuado para ir a reclamársela en su nombre que Bustos, por su gran respetabi­lidad y rectitud, de todos conocida.

Y añadió, para conquistarle:

—Tanto más deseo que aceptéis el encargo de esta embajada cuanto que el importe lo destino a dote de mi hija, a quien deseo con toda mi alma casar con vuestro primogénito.

Ni que decir tiene que la demanda del falso amigo fue aceptada en el acto y Gonzalo Bustos partió para Córdoba, siendo portador de una carta dirigida al rey escrita en árabe. Pero lo que la carta pedía al sobe­rano moro era que, al recibirla, matara al portador, con lo cual quedaría cancelada la deuda.

Algo más humano que el malvado y pérfido señor de Villarén fue el válido del rey moro, Almanzor, que actuaba por éste en todo. Y lo que hizo, después de romper en pedazos la carta, fue limitarse a encerrar en una mazmorra al portador de la infame carta, con la intención de que allí quedara de por vida. Esto le permitió al moro responder al malvado de Villarén, mintiendo a medias.

“…Ya no volverá a molestaros nunca más la vista de vuestro enemigo —le decía—, pues vuestros deseos se han cumplido.”

Así quedó realizada la primera parte del diabólico plan ideado por doña Lambra, pero faltaba la segunda. Esta consistió en decides a los siete infantes:

—Vuestro padre ha sido asesinado por el rey moro de Córdoba. Y tanta es la indignación de mi esposo, Ruy Velázquez, que el mismo se ofrece a ir con vosotros en la guerra que es necesario declararle, para vengar la muerte del buen Gonzalo Bustos.

Todo se hizo como se había planeado, pero el fingido amigo dio parte secretamente al rey moro de las esca­sas fuerzas con que se contaba y de que él retiraría las suyas a poco de comenzar la batalla, dejando solos a los siete infantes con los pocos amigos fieles, cuya resistencia poco podía durar.

Ruy Velázquez, señor de Villareal, se había conver­tido, por tanto, en el más vil traidor, deshonra de caba­lleros y de militantes en un ejército cristiano.

Los siete infantes de Lara lucharon heroicamente a pesar de aquella infame celada de que habían sido víctimas; pero por más que vendieran bien caras sus vidas no quedó ni uno solo de ellos. Las siete cabezas fueron cortadas por los moros y enviadas como trofeo do guerra al rey de Córdoba, Almanzor.

Y se cuenta que, puestas en unas fuentes, como otros tantos platos más, fueron servidas al desdichado Gonzalo Bustos en tan banquete dado en su honor por el rey, quien, compadecido al fin, al ver que su inmen­so dolor degeneraba en locura, siempre mirada con religioso respeto por los musulmanes, le dijo:

—Quedáis en libertad  “gracias a las suplicas de mi hermana”.

De esta mujer se dice que Gonzalo Bustos tuvo un hijo llamado Mudarra González, principio y fundador del linaje nobilísimo en España de los Manriques.

Otra versión refiere que al tener Almanzor las siete cabezas de los infantes de Lara y la de su viejo ayo Munno Salido, que luchó a su lado valerosamente, ordenó que las ocho cabezas fueran lavadas con vino para limpiarlas de la sangre y las hizo colocar en fila sobre una sábana blanca.

Entonces, el propio rey fue a sacar de la cárcel a don Gonzalo y se las mostró como si no supiera de quienes eran. Tal fue la terrible impresión del desgraciado pa­dre, que cayó en tierra sin conocimiento. Pero al reco­brarlo, deshecho en llanto, las fue cogiendo amorosa­mente y, como si aún hablara con sus hijos, iba recordando en alta voz los nobles hechos de cada uno.

Luego, de pronto, apoderándose de una espada que hallo a mano, se lanzó contra un grupo de alguaciles que estaban presentes y, antes que nadie pudiera impe­dirlo, mató a siete de ellos, pidiendo después a Alman­zor:

—Matadme ahora a mí.

Pero aunque eso se aprestaban a hacer los moros presentes, sin embargo, compadecido el rey árabe, orde­nó que nadie se atreviera a tocarlo. Y tan grandes eran el llanto y la desesperación del infeliz padre, que hasta a los mismos moros presentes se les saltaban las lágrimas ante semejante espectáculo.

Y la mora de noble estirpe que de él cuidaba en la prisión se le acercó para decirle:

–Esforzaos, señor  don Gonzalo, en recobrar un poco la serenidad, cesad en vuestro inútil llanto, que yo misma perdí doce hijos que eran muy buenos caballe­ros y me los mataron juntos en una batalla en un solo día; pero no por eso deje de luchar con el dolor, dándome ánimos yo misma, ni pensé en matarme, ni en dejarme morir de pena. Y pues yo, que soy mujer, me mantuve fuerte, ¿cuanta más razón hay para que lo hagas tú, que eres hombre? Por mucho que llores y te desesperes, nunca podrás recobrar a tus hijos. ¿Y de qué sirve, qué bien ha de acarrear el que ahora te dejes morir tú?

Entonces el rey Almanzor intervino para decir: —Gonzalo Bustos, siento vivo pesar por el que a ti te aflige hoy, y decido dejarte Libre de tu prisión, dándote cuanto hubieres menester para que, llevándote contigo las cabezas de tus hijos, puedas regresar a tu tierra y a la compañía y consuelo de tu mujer doña Sancha.

Gonzalo, muy agradecido, y con ofrecimientos de co­rresponder a su bondad, si in ocasión se presentaba algún día, iba a retirarse, cuando la hermana del rey le llamó aparte para decirle en secreto:

—Señor, de nuestros amores ha quedado fruto. De­cidme que es lo que debo hacer cuando llegue la ocasión del alumbramiento.

Don Gonzalo se quitó entonces un anillo que lleva­ba y partiéndolo en dos mitades le dio una, diciéndole:

—El que presente en mi tierra esta mitad, será reco­nocido como hijo mío.

Y este fue, como ya se dijo, el después famoso Mu­darra, que vengó la muerte de los siete infantes de Lara, matando a Ruy Velázquez.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

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En este gran poema finlandés que es Kalevala (la patria de los héroes), se cuenta que el héroe principal es el imperturbable Vainamoinén, hijo de la Virgen del Aire.

La predestinación de Vainamoinén fue señalada ya antes de su nacimiento por circunstancias extraordina­rias. Se dice quo «pasó en el seno de su madre treinta veranos y otros tantos inviernos, durante los cuales re­flexionó y meditó cómo vivir, cómo existir en su som­bría morada».

Una vez en el mundo, el héroe trabajó la tierra, hasta entonces inculta, la sembró y la hizo producir. Después triunfó sobre el hijo de Laponia, Jukahainén, de cuya hermana, Eno, se enamoró y con la que preten­dió casarse.

Sin embargo, para huir de su pretendiente, la hermosa Eno se arrojó al mar, convirtiéndose en una divi­nidad do las aguas.

No conforme con su fracaso amoroso, Vainamoinén, después de conseguir escapar a las asechanzas del lapón Jukahainén, fue en busca de esposa a Pohja, país en el que mandaba Luhi.

—Si —le dijo éste—, yo to prometo la mano de ml hi ja mayor, pero con la condición de que me forjes el sampo.

Nadie sabía a punto fijo en qué consistía este talismán misterioso, pero Vainamoinén se lo encargó a Ilma­rinén, el habilísimo herrero, y éste lo hizo inmediata­mente.

Lo malo fue que, como la prometida de Vainamoi­nén, es decir la hermosa hija de Luhi, prefería al he­rrero Ilmarinén, la boda de ambos jóvenes se celebró con toda esplendidez y el héroe se quedó otra vez com­puesto y sin novia.

Por esas fechas apareció también en el país Lem­minkainén, joven alegre, gran seductor de muchachas, batallador travieso y turbulento, que iba también a Pohja en busca de esposa. Al parecer, incluso había muerto en el viaje, pero su madre, maga consumada como Circe y Medea, le volvió a la vida, reuniendo todos sus pedazos dispersos, igual que hizo Isis con los de Osiris en Egipto.

El sabio Lemminkainén, irritado por no haber sido invitado a la boda de la hija de Luhi, emprendió una expedición contra Pohja, logrando incluso matar al gran jefe de la familia. Pero no salió bien librado, ya que todo el pueblo se levantó contra él, incendió su casa, aniquiló sus campos y tuvo que huir.

También le fue funesta una segunda expedición, por­que los poderes mágicos Luhi, maga muy experta, eran superiores a toda su fuerza y a todo su valor.

Mientras tanto, la mujer del herrero Ilmarinén pe­reció devorada por los osos de Kullervo, el genio del mal. Entonces el habilísimo forjador fue a Pohja y le dijo a Luhi:

—Vengo a que me des tu segunda hija para hacerla mi esposa.

—De ninguna forma —respondióle Luhi.

Pero el herrero no se conformó con la negativa y raptó a la muchacha. Como nunca segundas partes fueron buenas, este rapto no le resultó bien a Ilmarinén. En efecto, su nueva esposa, que era muy casquivana, apro­vechó el sueño de su marido para entregarse a otro hombre.

—Por tu falta quedarás convertida en gaviota —le dijo Ilmarinén al saberlo.

Y, seguidamente, el burlado marido regresó a Kaleva­la, donde hizo saber a Vainamoinén la prosperidad que el sampo, el talismán maravilloso construido para Luhi, había procurado a Pohja, el pais vecino.

—Hemos de apoderarnos de ese talismán —dijo Vai­namoinén— con objeto de que los beneficios que produ­ce sean para nuestra patria.

Y sin pérdida tiempo partieron los dos héroes dispuestos a hacerse con el famoso sampo. También Lemminkainén, dispuesto siempre a correr aventuras, se unió a ellos.

Ya camino de Pohja, al atravesar un ancho río, la barca que los conducía chocó contra un enorme lucio, pez muy voraz de cuyos huevos se hace el caviar. Lo pescaron a duras penas, y con sus espinas construyó Vainamoinén un kantelete (especie de cítara) mara­villoso.

Gracias a este instrumento musical el héroe consi­guió adormecer a sus adversarios una vez llegados a Pohja, logrando así apoderarse del codiciado talismán.

Pero cuando ya se disponían a partir, un canto in­tempestivo de Lemminkainén despertó a los de Pohja, y Luhi suscitó una terrible tempestad, durante la cual el kantelete fue arrabatado por las olas y el sampo des­trozado.

En medio do aquel desastre, Vainamoinén aún pudo recoger los restos, con los que logró hacer Ia prosperi­dad del país de Kalevala. Entonces Luhi, furiosa, des­encadenó contra Kalevala una serie horrorosa de calamidades. Incluso llegó a encerrar en una caverna al Sol y la Luna.

A pesar de todo, Vainamoinén acabó por triunfar. Y tras ello, dando por terminada su misión, construyó un navío, se embarcó en él, solo, y llevado por las aguas se alejó mar adentro, desapareciendo para siempre en­tre las olas.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Cierto rey de Persia salió un día acompañado de sus nobles a es­paciarse por el campo, y como llevara consigo sus halcones, comenzó a soltarlos dirigiéndolos contra varias aves que por aquel espacio vola­ban. Dentro de poco se divisó un airón, y quiso el rey que uno de sus halcones –que era estimado por el mejor de cuantos se conocían, a causa de su grande aliento, que subía hasta las estrellas— fuese soltado en seguimiento del airón. Se hizo de este modo, y hete al airón remon­tándose y el halcón lanzándose gallardamente tras él. Mas he aquí que en el punto que el halcón estaba pronto, después de mil giros y revuel­tas, a apoderarse del airón, compareció un águila en el horizonte. Así que la distingue el bravo animal cazador, júzgase indigno de seguir combatiendo a la tímida garza, suelta rápidamente su vuelo hacia donde el águila eleva el suyo y comienza a perseguirla con poderoso ahínco. Defiéndese el águila con no menor aliento, pero el halcón no cede de su esfuerzo, quiere aterrarla, le clava por fin el noble animal sus garras en el cuello, híncale el pico en la cabeza y cae el ave vencida y muerta, dando en tierra en medio del corro que formaban los cortesanos con el rey. No quedó entre los primeros uno solo que no se deshiciera en alabanzas del halcón, reputándole el más diestro y valeroso cazador del mundo, y cada cual se expresó en este sentido con las palabras que más propias estimó, de suerte que se produjo un coro de alabanzas que no cesó en un buen espacio. El rey callaba; ni una sola vez unió a las de admiración y lisonja que en torno suyo se repetían, antes parecía reflexionar muy metido en sí, y absorto de esta manera ni elogiaba al halcón ni lo desalababa. Era ya tarde del día, cuando el halcón dio la muerte al águila, motivo por el cual mandó el rey que volvieran todos a la ciudad.

»Al día siguiente fue a palacio un joyero llamado por el rey, re­cibiendo de éste el encargo de hacer una corona de oro de un tamaño apropiado a la cabeza del halcón, y cuando estimó el rey que era ocasión oportuna, dispuso que en medio de la plaza de la ciudad se mon­tase un catafalco cubierto de patios, tapices y otros ornamentos, como es costumbre exornar un palco real. A este tablado hizo conducir el halcón, llamando concurso de gentes a trompa tañida; allí por manda­miento del rey, un barón principal colocó la corona en la cabeza del ave, en premio de su soberbio combate con el águila. Mas no bien se concluía esta ceremonia, cuando por otro lado aparecía el verdugo, el cual, llegándose al coronado halcón, le quitó la corona y en seguida con la segur le degolló. Asombrados quedaban de tan contrarios efectos todos cuantos al espectáculo concurrían, y se promovieron en la plaza animados coloquios en comento de tal sucedido. El rey, que todo lo presenciaba desde una ventana del palacio, se asomó e impuso silencio, y de modo que pudiera de todos los asistentes ser oído, así como sigue se expresó:

»Nadie se entregue a murmurar de lo que acaba de hacerse con el halcón, puesto que todo se ajusta a perfecto derecho y equidad. Abrigo yo en mi ánimo firme convencimiento de que es misión forzosa de todo príncipe magnánimo conocer la virtud y el vicio, a fin de que pueda premiar las obras virtuosas y laudables y castigar las culpadas; de otro modo, no le corresponde el título de rey o príncipe, sino el de pérfido tirano. He aquí por qué, reconociendo yo en el degollado halcón, gran generosidad y aliento de ánimo, acompañados de una fiera bizarría, con la corona de oro he querido honrarle y galardonar su hazaña, que hazaña fue la de haber muerto tan valientemente al águila, y digna re­compensa por lo animosa y arrojada. Empero venía después el conside­rar que el halcón obró con audacia, y aun mejor con temeridad, per­siguiendo y matando a un águila, que reina es de las aves y reina, por lo tanto, del atrevido halcón, lo cual me ponía en el trance de impo­nerle justa pena correspondiente a la maldad de tal fechoría; que nunca al súbdito es lícito ensangrentar sus manos con sangre de su señor. Habiendo, pues, el halcón asesinado a la que era reina suya y de todas las otras aves, ¿quién habrá que en buena razón pueda reprocharme por haber mandado cortarle la cabeza? En mi conciencia digo que no lo espero.»

Curiosa es la simbólica tradición, marcada con el sello de la más remota antigüedad; pero lo peor es que tan viva estaba, según Bandel­lo, en la memoria de los persas y tanto significaba para ellos, que cons­tituía una especie de sapientísima ley en la cual apoyaron su severo fallo unos jueces de aquel país que condenaron a un infeliz y harto presuntuoso caballero a ser decapitado, pero después de coronarlo, por el gravísimo delito de haber querido vencer continuamente al rey Ar­tajerjes en generosidad, en liberalidad, en astucia, en talento, sin dejar de ser un buen vasallo. Tanto llegó a molestar la vanidad del rey, que se Rego al fallo de los jueces, ya citado, para darse el gusto el monarca de poder decir que solo a su generoso indulto debía la vida el caballe­ro. Pero ni aun asi logró quedar como perfecto vencedor aquel rey, en su lucha verdaderamente pueril con su vasallo, de inverosímil terque­dad: solo uniéndose a él por lazos de familia y convirtiéndolo en su consejero y ministro pudo llegar a vivir en paz remedio harto cono­cido, por otra parte, desde que hubo en el mundo quien mandara atri­buyéndose el derecho de disponer de la vida y hacienda ajenas.

La selección hecha por Felíu y Codina termina con un verdadero cuento de hadas que deja buena impresión en el lector y le lleva a imaginar que ha vivido un rato en la corte del rey don Pedro de Aragón en Sicilia.

 

Bibliografía

Perés, R. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. España: Editorial Ramon Sopena, S.A.

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La traducción de Leger, que lleva en sí la garantía de ser debida a un especialista, dice así, puesta en castellano:

Había una vez un rey y una reina que llevaban tres años de matri­monio sin tener hijos, lo que era objeto para ellos de constante pesa­dumbre. Cierto día se vio el rey obligado a emprender un viaje de inspección a través de su reino. Despidiéndose de su esposa y estuvo ausente de su compañía más de ocho meses. Había llegado el noveno cuando regresó a su corte; pero antes de entrar en ella, hubo de atravesar una árida campiña, precisamente en los más calurosos días del verano, y sintiéndose agobiado por ardiente sed, mandó a sus sirvientes que le buscaran agua por aquellos alrededores. Salieron ellos en diversas direc­ciones para cumplir la orden, mas después de estar durante más de una hora buscando y rebuscando, regresaron sin haber hallado el más mínimo indicio que pudiera complacer al rey.

Impaciente éste, fue entonces él mismo a realizar la ansiada bús­queda, con la esperanza de que en un sitio u otro hallaría señales de un manantial, y, en efecto, en cierta llanura donde nunca había habido agua descubrió un pozo.

El brocal de madera parecía nuevecito; hasta él llegaba el agua y sobre ésta flotaba una taza de plata con asa de oro. Se apeó el rey del caballo en que iba montado, apoyó la mano izquierda sobre el brocal y tendió la derecha para coger la taza; pero no parecía sino que estu­viera viva y dotada de un buen par de ojos, porque al ver aquel movi­miento saltó a un lado y volvió a flotar tranquilamente sobre el agua. El rey, ya un poco azorado, siguió intentando cogerla, ora con una mano, ora con la otra o, al fin, con ambas a la vez; pero la maldita taza dio un chapuzón, como si en vez de un objeto fuera un pez, y vol­vió a aparecer sobre el agua un poco más lejos.

¡Diablo! —Pensó el rey—, es inútil querer apoderarse de esa taza. Pues bien: prescindiré de ella. Y entonces echóse de bruces sobre el brocal del pozo, y bebió, bebió aquella agua cristalina, fresca co­mo el hielo. Entretanto su larga barba, que le llegaba hasta la cintura, se hundía en el agua. Una vez calmada su ardiente sed, quiso el rey in­corporarse, pero algo, un no sé qué, se había agarrado a aquella barba y no soltaba su presa a pesar de todos los esfuerzos del monarca, el cual gritó furioso:

— ¿Quién está ahí? Que me suelte de una vez.

—Soy yo —le contestaron—, el rey de los países subterráneos, Kos­tiei, el inmortal. No to soltaré hasta que me hayas dado lo que has dejado tú en tu casa —sin saber que lo tuvieras—, lo que tú no espe­rabas encontrar a tu regreso.

Miró el rey hacia el fondo del pozo, y vio una cabeza enorme con dos ojos verdes y una boca abierta hasta tocar con las orejas. Kostiei tenía al rey aprisionado entre sus uñas, tan fuertes y macizas como las pinzas de un cangrejo, y reía, reía con malvada risa. En cuanto al rey, pensó éste que el objeto que él mismo ignoraba que tuviera antes de su partida y que no esperaba encontrar a su regreso, no podía ser muy importante. Así, contestó al monstruo: —Te doy lo que me pides.

Lanzó aquel una carcajada, soltó su presa, arrojó un chorro de luz y desapareció. Junto con él desaparecieron también el agua, el brocal del pozo y la taza. El rey se encontró agachado sobre arena. Se levantó persignóse, montó a caballo, fue a unirse a su escolta real y siguió su camino.

Al cabo de una o dos semanas, llegó, por fin, a la capital de su reino. El pueblo en masa salió a su encuentro y lo llevó en triunfo has­ta la entrada del palacio. En el umbral le esperaba ya la reina apretan­do contra el pecho un almohadón bordado, sobre el cual dormía, en­vuelto en pañales, un niño recién nacido. Adivinó entonces el rey la conexión que esto tenía con lo que le había ocurrido, gimió tristemente y pensó “¡He aquí el objeto que yo ignoraba que tuviera antes de mi partida y que encuentro ahora inesperadamente!” Y ante el asombro de todos prorrumpió en amargo llanto, sin que nadie se atreviera a pre­guntarle la causa de ello. Después cogió entre sus brazos al niño contempló con amor su inocente carita, y quiso llevarlo él mismo al inte­rior del palacio y colocarlo en su cama. Con gran esfuerzo de voluntad logró hacerse superior a su honda pena, y volvió a ocuparse de los asuntos de su gobierno. Pero ya no se le vio más tan alegre y tranquilo como antes. Una idea fija le torturaba siempre: qué día vendría en que Kostiei le reclamaría la entrega de su hijo.

Sin embargo, las semanas, los meses, los años iban transcurriendo y nadie se presentaba reclamando al niño. El príncipe Inesperado, que éste era el nombre que le dieron, fue creciendo y llegó a ser un hermo­so doncel. El rey fue olvidando lo pasado y recobró su carácter alegre pero… ¡ay! … no todo el mundo olvidó lo pasado.

Cierto día, cazando el príncipe en un bosque, se separó de su séquito, y, perdido el rumbo, fue a parar al más intrincado rincón completa­mente cubierto de maleza. De pronto, apareció ante él un viejo mons­truo de ojos verdes.

–¿Qué tal, como estás, príncipe Inesperado? —le dijo—. ¡Cuán largo tiempo te has hecho esperar!

¿Y quién eres tú? —contestó el príncipe.

—Ya lo sabrás más tarde. Cuando hayas vuelto al hogar paterno, transmítele a tu padre mis saludos y dile que yo deseo que arreglemos nuestras cuentas pendientes; y que si deja de hacerlo, tendrá que arre­pentirse de ello amargamente.

Dicho esto, desapareció el monstruoso viejo. Volvió el joven las riendas buscando la salida de aquel mal paso, y en cuanto llegó a palacio contó a su padre lo que le había acontecido.

Palideció el rey al oír el horrible mensaje, y al punto, con lágrimas en los ojos, reveló a su hijo el espantoso misterio que hasta entonces le había ocultado.

—No llores, padre mío —le dijo el príncipe—. No es tan grave el mal como te figuras. Ya hallaré yo el medio de obligar a Kostiei a re­nunciar a los derechos que con engaño te hizo otorgarle sobre mí. Si dentro del plazo de un año no has vuelto a verme, será ello serial de que ya nunca más volveremos a vernos.

Y dicho esto, empezó el príncipe los preparativos para el viaje que iba a emprender. Le dio su padre una armadura de acero, un sable y un caballo. La reina púsole pendiente del cuello una cruz de oro purísimo, y al llegar el momento supremo de la despedida, besáronse tiernamen­te, lloraron un mar de lágrimas y el valiente príncipe se puso en ca­mino.

Tres días seguidos cabalgó. Al cuarto, hacia la puesta de sol, llegó a orillas del mar. Vio sobre la arena de la playa doce vestiduras de mujer, blancas como la nieve y que por su estilo hacían suponer que pertenecían a otras tantas doncellas que estaban bañándose; pero lo raro era que por muy lejos que mirara el joven no podía ver en el mar ni rastro de persona viviente. Movido de la curiosidad de saber qué misterio era aquél, se apoderó de una de las vestiduras, dejó pacer en libertad a su caballo en un prado vecino, y él se escondió entre unos juncales. Una manada de ánsares que había estado jugueteando sobre las olas saltó a la playa, y once de aquellas aves se cubrieron con las blancas vestiduras allí extendidas; después de lo cual, dando un golpe­cito con los pies en el suelo, convirtiéronse en hermosas doncellas. Una vez vestidas, se fueron volando las once por los aires. Pero la que completaba la docena, que era la más joven de ellas, no se decidía a salir del agua. Tendía el cuello mirando hacia todos lados. De pronto, des­cubrió al príncipe y le gritó:

i Príncipe Inesperado, devuélveme mi vestidura! j Te lo agrade­ceré mucho!

Inmediatamente fue obedecida. El hijo del rey colocó el vestido sobre el césped, donde pudiera darle alcance sin dificultad, y retiróse casta, prudentemente. Una vez verificada la metamorfosis de ánsar en doncella, fue ésta entonces al encuentro del joven, quien quedó asombra­do de su belleza. Era tal que ni ojos humanos habían visto otra seme­jante, ni oído alguno pudo escuchar la descripción de otra que rivalizara con ella. Ruborizándose, le tendió la mano al doncel y, bajos los ojos y con melodiosa voz, le dijo:

—Mil gracias te doy, noble príncipe, de haber atendido a mí ruego. Soy la hija menor de Kostiei, el inmortal. Doce hijas tiene y reina en el imperio de los países subterráneos. Mucho tiempo ha que te está esperando mi padre, y muy encolerizado se halla por ello. Sin embargo, no te aflijas ni nada temas, mientras hagas todo lo que yo te diga. En cuanto estés en presencia del rey Kostiei, te echas de rodillas, y sin hacer caso de sus gritos, pataleos y amenazas, acércate así valerosamente a él.

Lo que ha de suceder después, ya lo sabrás mas tarde. Por de pronto, ¡vámonos!

Al decir esto, dio con su piececito en el suelo, y Ia tierra abrió, y ambos descendieron al imperio subterráneo. Llegaron precisamente ante el palacio de Kostiei, que con su resplandor con ilumina más clara­mente que nuestro Sol todo aquel mundo desconocido. Atrevidamente, sin vacilar, entró el príncipe en el gran salón central.

Kostiei, coronado con una brillantísima diadema, estaba sentado en su trono de oro; relucían sus ojos como dos cristales glaucos y sus manos parecían dos pinzas de cangrejo. En cuanto le vio el príncipe, se echó de rodillas. Kostiei prorrumpió en espantosos gritos que hacían temblar las bóvedas de todo aquel imperio subterráneo. Pero el príncipe avanzo audazmente, siempre de rodillas, hasta llegar a pocos pasos del trono. Y he aquí que, al verle de aquel modo, todo el malhumor del rey se trueca en grandes carcajadas.

—Buena suerte has tenido —le dice entonces— al lograr hacerme reír: quédate, en pago, en nuestro imperio subterráneo; pero antes de que en el adquieras el derecho de ciudadanía, tendrás que cumplir tres órdenes que te daré. Hoy ya es demasiado tarde para empezar. Lo de­jaremos para mañana; entretanto, vete a descansar.

Durmió el príncipe muy bien en el aposento que le prepararon, y al dia siguiente lo mando a llamar Kostiei.

— ¡Bueno! —le dijo—. Veamos, príncipe, que es lo que tú sabes hacer. Esta noche tienes que edificarme un palacio de mármol. Las ventanas serán todas de cristal y el techo de oro. Sobre todo dónde no falte alrededor un parque magnífico, con sus fuentes y estanques. Si lo cons­truyes bien serás amigo mío. De lo contrario, te hare decapitar.

Oídas estas raras palabras, volvióse el príncipe a su habitación y se puso a reflexionar acerca de la inevitable muerte que le esperaba. Su­mido estaba en sus cavilaciones, cuando de pronto oyó que una abeja revoloteaba dando golpecitos en su ventana: “Déjame en­trar”. Abrió, pues, entró la abeja, y quien en su lugar vio el príncipe parada ante él fue la hija menor de Kostiei.

  • ¿En qué estás pensando, príncipe Inesperado? —le dijo. —Estoy pensando en que tu padre quiere hacerme morir. —Nada de eso temas. Duerme tranquilo, y mañana a la hora en que te levantes tu palacio estará listo.

Tal como ella dijo fue lo que ocurrió. Al día siguiente, por la mañana, al salir de su habitación el príncipe, lo primero que vio fue un palacio tan hermoso  como jamás había visto otro semejante. Al mismo Kostiei le parecía mentira lo que estaba contemplando muy pensativo.

—iBien!—dijo—.Esta vez tú has ganado la partida, pero otro trabajo he de encomendarte. Mañana hare venir aquí mis doce hijas; las veras juntas y si no adivinas cuál de ellas es la menor la equivocación te costará la cabeza.

Y entonces sí que el príncipe pensó: ¿Cómo? ¿Y si es posible que yo no reconozca a la menor? j Vaya! ¡Cosa más fácil! … Y diciendo esto entre sí, volvió a su cuarto.

—Pues para que lo sepas, tan difícil es la nueva prueba, que si yo no acudo en tu auxilio no eres tú capaz de salir triunfante de ella—le dijo la abeja que acaba de entrar también—. Tanto nos parece­mos las doce hermanas, que nuestro propio padre no se guía más que por el vestido para distinguirnos una de otra.

— ¿Que he de hacer, pues? —preguntó el joven.

—Fíjate bien en este detalle: la más joven, la menor, será la que lleve adherida a la ceja derecha una diminuta mariquita. Acuérdate y adiós, hasta la vista.

Al día siguiente, llamó de nuevo el rey Kostiei al príncipe Inespera­do, presentándole, puestas en fila, sus doce hijas, vestidas con trajes perfectamente iguales y fija la vista en el suelo. Dos veces pasó ante ellas el joven y en ninguna distinguió la convenida señal. Al fin, al pasar por tercera vez, vio la mariquita sobre la ceja de una de ellas.

— ¡Esta es la menor! —gritó.

— ¿Y cómo diablo lo has adivinado? —le pregunto furioso Kos­tiei—. Aquí ha de haber algo de sortilegio. Pero ahora voy a someterte a otra prueba de bien distinta clase. Dentro de tres horas has de estar aquí de nuevo en mi presencia y me demostraras hasta donde llega tu talento. Cogeré yo un puñadito de paja, le pegaré fuego y antes que se haya consumido del todo me tendrás hechas botas. De no estar listas a tiempo, ten por segura tu muerte.

Bien poco satisfecho volvió a su habitación el príncipe. Ya le estaba esperando la abeja.

— ¿Por qué te veo con ese aire tan apesadumbrado? — fue la acostumbrada pregunta.

— ¿Cómo quieres que no lo esté si a tu padre se le ha antojado ahora que le haga un par de botas? ¿Es que soy yo algún zapatero? — ¿Y que piensas hacer?

— ¡Ah, las botas no, de ningún modo! jPuedes estar seguro de ello! Yo no le tengo miedo a la muerte: al fin y al cabo, no se muere más que una vez.

—No, príncipe: no morirás. Yo intentare salvarte: o huiremos juntos, o juntos moriremos.

En cuanto hubo pronunciado estas palabras, escupió varias veces en el suelo. Después salió del cuarto con el príncipe, cerró tras sí Ia puerta y tiro lejos la llave. Cogidos de las manos, se elevaron rápidamente ambos por los aires, y salieron de aquellos abismos precisamente por el sitio en que no hacía mucho que habían bajado. Allí estaba el mismo mar ; la misma orilla llena de cañahejas y junqueras ; el mismo prado, por el cual correteaba el caballo del príncipe y que, al ver a su amo, relinchó gozoso y corrió hacia él. Sin perder un momento, montó el príncipe, sentó en la grupa a la princesa, a él abrazada, y partieron con la rapidez de una flecha…

Mas el rey Kostiei, al llegar la hora que había señalado, viendo que el príncipe no se presentaba, mandó a preguntarle qué motivo tenía para hacerle esperar. Salieron en su busca los criados, y hallando cerrada la puerta, golpeáronla con todas sus fuerzas. «Dentro de un momento”. Les contestó una voz. ¡Era uno de los escupitazos que, por magia, imitaba la voz del príncipe!

Aquella respuesta fue llevada a Kostiei, que siguió esperando. Pero el príncipe no llegaba. Nuevo recado de los mismos criados, y la misma contestación: «Dentro de un momento».

— ¡Es que se está burlando de mí! —Exclamó furioso ya Kostiei—. Id otra vez, derribad la puerta, y traédmelo aquí.

Van los criados, derriban la puerta, entran… Nadie. Sólo el escupi­tazo que hay en el suelo lanza una carcajada.

Al verse así burlado, monta en horrible cólera Kostiei y manda a sus servidores que vuelen en persecución del fugitivo. Si no se lo traen, ya saben la muerte que les espera. Y salen disparados todos en sendos caballos.

Sin embargo, el príncipe Inesperado y la princesa, que iban en el suyo tragando leguas a más y mejor, oyeron de pronto detrás de ellos, un ruidoso galopar. Se apeó de un salto el príncipe y, oído en tierra, dijo: —“Ya están ahí nuestros perseguidores”.

—Bien: no hay tiempo que perder. Y en un instante se transforma ella en río, luego al príncipe en puente, al caballo en cuervo, y el ancho camino que está más allá del puente lo divide en tres divergentes. Al llegar los corceles de los perseguidores al puente, sus jinetes se que­dan como petrificados ante ellos se presentan tres caminos y en nin­guno de ellos hay la menor huella de que alguien haya pasado para huir. ¿Qué van a hacer, pues? No hay más remedio que volverse con las manos vacías, sin prisionero alguno.

Otro arrebato de cólera de Kostiei. —«Pero, torpes —exclamó—, ¿cómo no se os ha ocurrido pensar que el puente y el río eran ellos? Volved allí inmediatamente». Y la patrulla emprende de nuevo su des­enfrenada carrera.

Sin embargo, también, salvado de momento el peligro, habían vuelto a emprender la suya el príncipe y la princesa fugitivos.

—Oigo galopar otra vez —exclamó de pronto la princesa.

Y cerciorándose de ello el príncipe por el mismo procedimiento de antes, lo confirmó.

En un instante, princesa y príncipe se metamorfosean en espeso bosque en el que los innumerables caminos y senderos se entrelazan. En uno de ellos parece oírse el galope de uno o dos caballos. Los mensajeros de Kostiei se precipitan hacia el bosque continuando la persecución. Por más que galopen ven siempre delante de ellos la espe­sura del bosque, el ancho camino y la pareja que huye. i Van a alcan­zarla ya! Y, de repente, pareja, bosque, todo, en fin, desaparece. En cuanto a ellos mismos, los perseguidores, se encuentran en el mismísimo lugar donde se inició su loca carrera. Han de confesarse vergonzosa­mente fracasados al presentarse de nuevo ante Kostiei.

Un caballo! i Dadme un caballo! —Grita éste echando espuma­rajos de rabia—. ¡Ya iré yo mismo en su busca! ¡Lo que es esta vez no se me escapan!

Y a poco, vuelve a decir la fugitiva princesa:

—Me parece que vuelven a perseguirnos. Y esta vez es Kostiei en persona. Pero, mira: la primera iglesia con que él se encuentre marca el límite de todo su poderío, y de allí no puede pasar. Dame la cruz de oro que llevas puesta.

Se quita del cuello el príncipe la cruz que le había dado su madre como protección, y la cruz se metamorfosea en una iglesia; el mismo príncipe en sacerdote, y el caballo en campanario. Unos momentos después llega Kostiei y pregunta:

— ¿No has visto, monje, unos viajeros que iban a caballo?

  • Sí: el príncipe Inesperado y la hija del rey Kostiei han pasado por aquí no hace mucho. Han entrado en la iglesia, han rezado un rato, han encargado una misa en sufragio tuyo y me han dicho que te saludara en su nombre si por azar pasabas por aquí.

Y Kostiei tuvo que volverse, mohíno, y confesando su fracaso, a su vez. En cuanto al príncipe Inesperado y la princesa, continuaron su camino libres ya de todo temor.

De pronto se hallaron frente a una ciudad, y se le antojó al príncipe visitarla.

—No vayas —díjole la princesa—; me está anunciando el corazón alguna desgracia.

—Es no más cuestión de un momento. Una vez vista por dentro la ciudad, seguiremos nuestro camino.

—El ir es fácil, pero ¿quién sabe si volverás? Si tanto te empeñas, ve. Yo me quedaré aquí, esperando tú regreso transformada en piedra blanca. Y oye mi consejo fijate bien en lo que te digo. El rey, la reina y su hija, irán a verte y acompañarán un hermoso niño. Guárdate bien de besarlo. Si lo hicieras, te olvidarías de todo lo pasado y no me verías más en este mundo, porque me moriría de desesperación. Te esperaré aquí, al borde del camino, durante tres días. Si transcurre el tercero y no has regresado, acuérdate de que me moriré, y tú habrás sido causa de mi muerte.

Se despidió de ella el príncipe y partió. La princesa convirtióse en piedra quedándose al borde del camino.

Pasan los tres días. ¡El Inesperado no vuelve! iPobre princesa! No había él hecho caso de los consejos de su amiga. El rey, la reina y la hija de entrambos habían ido a recibirle llevando con eIlos al precioso nifto, de ondulados cabellos, de ojos brillantes como dos estrellas. En cuanto vio al príncipe se arrojó en sus brazos, y tan lindo le pareció a aquél que, olvidándose de la advertencia consabida, le dio un beso. En el mismo instante oscurecióse su memoria y olvidó por completo a la pobre princesa hija de Kostiei.

Y ésta, convertida en piedra blanca, estuvo esperando los tres días a verle pasar por el camino, y al comprender que era inútil toda su esperanza, dando un desgarrador suspiro transformóse en silvestre flo­recilla de aciano y fue a ocultarse en un trigal lindante con el camino. —«Aquf me quedaré ya —dijo—. “Tal vez algún transeúnte me haga el favor de arrancarme o me deje sepultada bajo sus pies”. Y mientras tales palabras decía iban cayendo sus lágrimas, como perlas de rocío, sobre los pétalos de la azul florecilla.

Ocurrió entonces que quien acertó a pasar por allí fue un viejecito que al ver la deliciosa flor de azulejo quedó prendado de su belleza. Fue y la arrancó, sí, pero con el mayor cuidado e inteligencia para no dañarla; y llevándosela a su casa, la trasplantó a un tiesto, la regó y desde aquel día siguió cuidándola con el mayor esmero. Mas… i oh pro­digio! En cuanto la florecilla entró en la casa, ésta se convirtió en teatro de continuos milagros. Todas las mañanas, en cuanto el viejecito se levantaba del lecho, hallábase con que la limpieza de las habita­ciones había sido hecha con insuperable perfección. Ni el menor rastro de polvo quedaba en parte alguna. Al mediodía, al regresar a su hogar, se encontraba con la mesa puesta y preparada la comida. No tenía que hacer más que sentarse a comer. Su asombro ante lo que le sucedía acabó por convertirse en miedo, y éste le hizo decidirse a ir a consultar el extraño caso con una maga que gozaba de gran popularidad en el país. Su consejo fue el siguiente:

—Levántate al rayar el alba, antes de que cante el gallo, y fíjate en el primer objeto que se mueva en la casa. Échale entonces encima un pañuelo y verás lo que después sucede.

No durmió en toda la noche el pobre viejo. En cuanto apuntó la aurora, púsose a vigilar, y de pronto vio que la florecilla saltaba de su tiesto y empezaba a moverse por todos lados en la habitación. Inmedia­tamente los muebles se retiran y vuelven a colocarse en su sitio espontáneamente; el polvo desaparece sin más esfuerzo que el suyo propio, y la estufa se enciende por sí sola. Salta rápidamente el viejo de la cama, echa el pañuelo sobre la flor… y ésta se transforma en una hermosa doncella, la hija del rey Kostiei.

— ¿Qué has hecho? —Exclamó la princesa—. ¿Por qué me has vuelto a la vida? Esta se me ha hecho ya odiosa desde que mi prome­tido, el príncipe Inesperado, me tiene olvidada.

¡Cómo! ¿Tú prometido es el príncipe Inesperado? Pero si hoy se casa. Preparado está ya todo para la boda, y ya empiezan a llegar los invitados.

Prorrumpió en amargo llanto la princesa, pero, a poco, sobrepo­niéndose a la pena, seco sus lágrimas, apareció vestida pobremente como una rústica aldeana y se dirigió al centro de la ciudad. Penetró allí en la cocina del palacio real, en la que todo era febril actividad. Acercóse humildemente al jefe de los cocineros y con dulce voz le dijo:

—Honorable señor, concededme una gracia que vengo a pediros: permitidme que sea yo quien se encargue de cocer el pastel de la boda.

A todos los diablos del infierno la hubiera mandado de buena gana el atareadísimo cocinero, que para semejantes caprichos estaba; pero al volverse en redondo para contestar a la impertinente, vio que ésta era tan joven y tan bella que la repulsa no llegó a salir de su boca, sino que se trocó en esta respuesta:

—Hermosa entre las más hermosas, voy a complacerte. Haz lo que tanto deseas. Yo mismo me encargo de presentar tu pastel al rey.

¡Bien! Ya está cocido el pastel y todos los invitados ocupan en la mesa los lugares que les corresponden. El jefe de los cocineros presenta al príncipe un verdaderamente monumental pastel en una fuente de plata; pero apenas empieza a cortarlo el príncipe… ¡qué milagro! de él salen un palomo gris y una paloma blanca, y aquél se pasea por la mesa mientras la paloma se pone a arrullar este cantarcillo:

No huyas de mí, palomito, yo voy pegada a tus pasos. ¿Es que vas a serme infiel, como ejemplo te está dando el príncipe que a su amada hoy traiciona con sus actos?

En cuanto tal arrullo hubo oído, recobró de pronto el príncipe la perdida memoria. Se levantó bruscamente de la mesa corrió a la puerta y i oh! ¿Qué vio? Allí estaba la hija de Kostiei. Gogióle ella la mano y así, cogidos ambos, corrieron al umbral del palacio, donde les espe­raba ya un caballo enjaezado.

¿Qué he de deciros ya que no hayáis adivinado? Montaron el príncipe y la princesa, partieron a galope, y con toda felicidad llegaron al palacio de los padres del príncipe, donde con indescriptible jubilo los abrazaron éstos. No se hizo esperar mucho la celebración de la boda, que fue tal que ni humanos ojos vieron otra como aquélla, ni oídos llegaron a escuchar la descripción de alguna que pudiera comparár­sele.

 

Bibliografía

Perés, R. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. España: Editorial Ramon Sopena, S.A.

 

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Refiere una leyenda croata que, al principio, no existía más que Dios, pero Dios dormía y soñaba.

Este sueño duró siglos enteros. El momento fijado para que despertara llegó. Lo hizo bruscamente, miró en torno suyo, y de cada una de esas miradas nació una estrella.

Dios mismo se sorprendió de ello y comenzó a viajar para ver lo que sus ojos habían creado. Viajó, viajó interminablemente. Al fin llegó a nuestra tierra, pero estaba ya fatigado. Las gotas de sudor caían de su frente. Una de estas gotas adquirió alma, y ella fue el primer hombre.

Así el hombre nació de Dios. Pero no fue creado para los placeres: nació del divino sudor, y desde su origen quedó destinado a sufrir y a trabajar.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Don Ramón Menéndez Pidal cuenta esta versión de la célebre leyenda de don Rodrigo y su inseparable “La Cava”;

Cierto día, en el palacio real de Sevilla hablábase de hermosas mujeres y uno terció en la conversación afirmando:

—En toda la sierra no hay mujer más bella que la hija de Julián, el conde de Tangitania.

Estas palabras impresionaron al rey Getico o Vitiza, quien, apartándose del concurso, trató a solar con un duque el modo de enviar con cautela un mensajero a aquella doncella para poder verla cuanto antes. Y le dijo:

—Llama a Julián; que venga, y entrégate con él, du­rante algún tiempo, a los festines y a la embriaguez, en alegres orgías.

Y mientras Julián andaba en estas fiestas, Vitiza es­cribió cartas en nombre del conde, selladas con el sello de éste, y las envió a la condesa para que trajese cuanto antes a su hija Oliva (los moros le llaman «La Cava») a Sevilla. Y disipado el conde Julián en aquellos deleites del banquetear y del beber, Vitiza tuvo mu­chos días en su poder a la hermosa doncella y la es­tupró.

Y aún seguía Julián en sus espléndidos banquetes, cuando una vez, alzando los ojos, vio a un escudero suyo que habia dejado en Tángcr, y Hamán&le hacia si, le dijo:

— ¿Cómo has venido por acá?

A lo que él respondió:

–Como hiciste venir a tu mujer y a tu hija, yo vine acompañándolas.

—Vete —dijo Julián al escudero— y di a mi mujer que venga en seguida.

Al llegar, la mujer reveló a su marido cómo Vitiza las había hecho venir, a ella y a su hija, con engaño.

Entonces Julián dijo a la condesa:

—Anda, recoge todas tus cosas y corre a la ribera del rio, que allí cogeremos el navío y nos repatriare­mos, abandonando a nuestra hija.

Y subieron al barco y navegaron directa y rápida­mente a Ceuta.

Una vez llegados, y reunidas todas sus riquezas en oro, plata y ropas, Julián se dirigió a Alcalá, donde residía el rey moro Tárec, y le dijo:

–¿Quieres entrar en España? Yo to llevaré, porque tengo las naves del mar y de la tierra y puedo enca­minarte bien.

— ¿Y qué confianza —reparó Tárec— podré tener en ti, siendo tú cristiano y yo moro?

—En cuanto a eso —replicó Julian, bien puedes confiarte en mí, porque to entregaré mi mujer, mis hi­jos y riquezas innumerables.

Entonces, aceptadas estas seguridades, Tárec reunió gran muchedumbre de caballeros Árabes, y desembar­cando con Julián en la isla de Tárif (sic, no Tárac), subió al monte que está, entre Ceuta y Málaga, el cual hasta hoy se llama monte de Tárec, y desde allí se diri­gió a Sevilla, la combatió y la tomó.

Mientras esto sucedía, murió Getico o Vitiza, dejando dos hijos: Sebastino y Evo. Pero, como fuesen mucha­chos, los de la tierra no los quisieron para reinar eligieron a Rodrigo, el cual, reuniendo un gran ejército, salid a enfrentarse con Tárec.

Pero los hijos de Vitiza enviaron aviso a este último, ofreciéndole huir en la batalla, como lo hicieron, aca­rreando la derrota de los cristianos. Muchos de éstos perecieron, y entre ellos murió don Rodrigo.

Tárec dio un privilegio de ingenuidad a los traidores Sebastino y Evo, y éstos poseyeron pacíficamente tres mil sesenta villas, que era el patrimonio real que Vitiza había poseído.

También se dice que el rey don Rodrigo huyó, al verlo todo perdido, hasta la villa de Viseo, en el reino de Portugal, donde acabó su vida convertido en mozo de un hortelano.

Y cuéntase que hizo tan gran penitencia y murió como tan buen católico, que, en el momento de expirar, todas las campanas de Viseo tañeron por él sin que persona alguna las tocara.

Asimismo hay quien afirma que crió en la huerta “una muy grande culebra et, quando la vio poderosa, metióse con ella en una cueva et dexóse todo comer fasta que murió”.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Cuentan viejas historias que hace miles de años, en tiempos muy remotos, la vid no producía ningún fruto; era una planta estéril. En vista de ello, el campesino dijo un buen día:

—Voy a cortar esta planta, porque no sirve para nada.

Y, efectivamente, al llegar la primavera, cortó todas las ramas dejando sólo un abultado muñón. Al verse desnuda, la vid empezó a llorar amargamente, destilando lágrimas de las ramas cortadas y lamentándose con pena.

—i Ay, pobre de mí, que desgraciada soy! —decía.

Sin embargo, la verdad es que nadie escuchaba ni sus lamentos ni su llanto. Todos los árboles y las plantas estaban atentos sólo a los trinos del ruiseñor que, al oscurecer, empezaba a cantar de modo maravilloso en la enramada junto al rio.

—iOué pena! —se dijo la vid al escucharle—. Si este pajarillo me ayudase a llorar, bien pronto renacerían mis cepas y mis pámpanos.

Preocupada con esta idea, cierta noche, al fin, llamó al ruiseñor y le dijo con voz quejumbrosa y dolida:

—Oye, hermoso pajarito, ten compasión de mí; no soy más que un muñón de leño y no tengo ni una sola hoja. Te suplico que me ayudes a llorar.

Y como el ruiseñor tiene el corazón tierno e ingenuo como todos los poetas, no supo decir que no. Inmedia­tamente echó a volar desde donde estaba, se posó sobre el leño de la vid, de la que destilaba una abundante humedad, afianzó en la corteza sus finas uñas y empezó a cantar dulcemente.

En el acto se hizo en todo el valle un solemne silen­cio. Todos se pusieron a escucharle e incluso las estrellas del cielo se echaron a llorar. Y aunque parezca extraño, poco a poco, a medida que el ruiseñor cantaba, la vid se revigorizaba y la cortada cepa reverdecía, hasta aparecer las diminutas hojas que habían de ser luego espléndidos pámpanos verdes.

El ruiseñor cantó durante largas noches y de la vid surgieron ramas y hojas. Y entonces, sintiéndose feliz, alargaba sus sarmentosos brazos sobre la tierra, tra­tando de agarrarse y de trepar por los troncos cercanos.

Pero sabido es que la vid es traidora y engañosa; por algo es la madre del vino, que tantas jugarretas gasta a los hombres.

Cierta noche, con ingratitud sin igual, urdió contra el pobrecillo ruiseñor un pérfido engaño. Con uno de sus zarcillos envolvió las patitas del pajarillo y lo sujetó con fuerza a su tronco reverdecido y lleno de pám­panos.

Al día siguiente, el ruiseñor, que jamás había sos­pechado mal alguno de la vid, intentó volar, Pero no consiguió separarse de la planta. Estaba allí prisionero y jamás podría escapar de su prisión.

—iDéjame volar! —Suplicó llorando a la vid el pobre pajarillo—. ¿Qué mal te he hecho yo? ¿Así me pagas lo que he hecho por ti?

Pero todo fue inútil. La insensible y traidora vid, brillante de roció, se mecía sobre su tronco sin hacer caso de los ruegos y lágrimas del ruiseñor.

Y así fue como el confiado e infeliz pajarillo, no pudiendo ya volar ni comer, murió allí preso, quedando su gracioso cuerpecito colgando de la cepa traidora Como si fuera un racimo marchito.

Pero sabedoras las estrellas de lo ocurrido, quisieron transformar a su amiguito cantor en algo que embriagase a los hombres como hacía con su canto cuando estaba vivo. Y del ruiseñor muerto hicieron el dulce fruto de la vid: la uva.

Entonces las patitas hundidas en la corteza viva de la planta transmitieron la fresca humedad de la tierra. Y aquel jugo vital se esparció rápidamente por todo el mísero cuerpecillo, que se hinchó hasta transformarse en el turgente y dulce fruto de la vid.

Algo después, pasado el diluvio universal, nuestro antepasado Noé sería el primero que descubriría los maravillosos efectos del vino.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Toda España era tierra de sarracenos cuando Carlo­magno, con la barba ya encanecida, puso cerco a Córdoba.

El emperador era entonces el más grande señor de Occidente y contaba con una nutrida hueste y con la flor de la caballería. En torno de su persona estaban los doce Pares de Francia.

Un día llego al campamento de Carlomagno un em­bajador de Marsilio, el rey moro de Zaragoza, con esta propuesta: convertirse al cristianismo a cambio de que se le diera España en feudo. Carlomagno la abandonaría y Marsilio iría luego a Aquisgrán a ponerse a sus pies. Unos rehenes asegurarían el cumplimiento de esta promesa.

El gran monarca de Occidente convocó a sus caba­lleros. Estaban presentes el arzobispo Turpin, Ogier el danés, Ansies de Cartago, el poderoso duque Gaiferos, Gerardo de Rosellón, el fiero, Oliveros, Roldán, Ganelón, Astor, Berenguer…

Mientras unos opinaban en favor, otros dudaban. Los más, sin embargo, recomendaron a Carlomagno el envió de alguien que entrara en tratos con Masilio en persona.

Ganelón fue el encargado de ser el portador del men­saje con el guantelete cuya entrega cerraría el trato.

Pero éste protesto indignado por miedo a cumplir tan peligrosa misión. Dos mensajeros enviados poco antes hablan sido muertos.

  • ¿Por qué no va Roldán? —preguntó.

Elio se debía a que odiaba su valor y grandes virtudes.

Pero como Carlomagno dijo que debía ir Ganelón, el elegido para la embajada tomó el camino de Zara­goza rumiando venganzas contra Roldán. Tan pronto come se vio con el rey moro Masilio en lugar de con­certar con éste lo convencido, le propuso una mons­truosa conjura, según la cual Ganelón haría saber al monarca sarraceno el lugar por donde Carlomagno había de cruzar con su ejército los Pirineos.

Sabiéndolo, aunque los moros no podrían vencer a tan potente hueste, al menos lograrían diezmar su retaguardia en la que iban los más escogidos. Y entre ellos, bien to tenía en cuenta el traidor Ganelón, iban Roldán con los doce Pares de Francia.

Cuando Carlomagno tuvo que regresar a Francia para recibir, en Aquisgrán, el vasallaje de Marsilio de acuerdo con los tratos que Ganelón había llevado a Ca­bo, la mitad de su ejército se lo ofreció a Roldán, por­que la hueste de los moros era numerosísima, ya que pasaba de cuatrocientos mil hombres.

Pero el sobrino del emperador rechazó altivamente el ofrecimiento diciendo:

—Para nada necesito tanta gente. Me basta con tener a mi disposición “veinte mil francos bien valientes”.

Y agregó que su tío cruzara los puertos tranquilo, que por lo que a él se refería, Dios le confundiera si con su proceder desmentía su alta estirpe. Y que mientras “él estuviera vivo no temiera el emperador a hom­bre alguno”.

Carlomagno dejó a Roldán. Pero tan apesadumbrado iba, camino de Francia, que no podía contener el llanto, en la seguridad de que, si moría su sobrino, jamás podría hallar otro apoyo semejante para él y para su imperio.

Y llevado por estos pensamientos, pasó por Tudela y Pamplona, para entrar poco después de nuevo en su dulce patria por Roncesvalles, una angostura difícilmente practicable.

Delante iba el emperador con el grueso de sus hombres y el tren del ejército; y, en retaguardia, un grupo escogido de jinetes, capitaneados por Roldán, entre los que figuraban los doce Pares de Francia y el famoso arzobispo Turpin, heroico guerrero y terror de la morisma.

Cuando ya la vanguardia del ejército hacía rato que había traspuesto el desfiladero de Roncesvalles y Roldán con los suyos es disponía a hacerlo, Oliveros le aviso que barruntaba un ataque de los moros. Y como, en efecto, no tardaron en verlos asomando armados tras las rocas, agregó:

—Roldán, haz sonar el olifante para advertir a Car­lomagno.

—No es necesario —contestó el caballero—. Se reirían de mí si diera aviso por tan poca cosa. Si los moros atacan, nos defenderemos.

La morisma no tardó en hacerlo con piedras, flechas, caballería y miles de infantes con lanzas y picos. Inmediatamente se entabló un fiero combate en el que los infieles eran muchos más que los francos. Poco después algunos de los mejores caballeros estaban muertos o agonizando.

Nuevamente insistió Oliveros:

— ¡Roldán, haz sonar el olifante!

Y como, al negarse nuevamente, Oliveros le dirigiera agrias palabras, intervino el arzobispo Turpin para de­cir:

—No creo que nos sirva de mucho el que el emperador sepa to que aquí está ocurriendo, pues aunque regrese nos encontrará sin vida, pero al menos si viene podrá vengarnos. No está, pues, de más hacer sonar el olifante.

Estas palabras convencieron a Roldán que, acto se­guido, hizo sonar su marfileño cuerno, el famoso “olifán” y “olifante”, pidiendo auxilio a las lejanas tropas de Carlomagno.

Un sonido hondo y largo remontó el fragor del combate, penetrando en el silencio impasible de picos y va­lles. Y tal fuerza empleó Roldán en el tañido desde la primera vez, que estallaron las venas en sus sienes.

A pesar de la distancia, el emperador lo oyó, y ordeno inmediatamente que sesenta mil trompetas, que su ejército llevaba, le respondieran con su escalofriante resonar entre los montes.

—i Es Roldán quien llama! —dijo el emperador—. Al­go grave les está ocurriendo a mis Buenos caballeros.

Y cuando el olifante volvió a sonar insistentemente, Carlomagno, ardiendo en ira, se dirigió con todo su ejército a Roncesvalles, para acudir en ayuda de Roldán, a quien todos lloraban ya, dándole por muerto antes de llegar.

Todos menos el traidor Ganelón, cuya traición fue prontamente descubierta, por lo que quedó prisionero hasta que le llegara el día en que iba a ser ajusticiado.

Mientras tanto, en Roncesvalles, la pelea tomaba para los francos un cariz desesperado, y sólo el valor permitía robarle minutos, tal vez segundos, a la muerte.

Caídos ya los otros Pares de Francia (entre ellos Oliveros, el que más sintió Roldán), en el campo de batalla quedaron sólo dos: este último y el arzobispo Turpin, gravísimamente heridos. Ambos se prestaban mu­tuamente auxilio, cayendo y levantándose con férrea voluntad.

Al fin, murió el arzobispo. Sus últimas palabras fue­ron:

—Siento morir únicamente porque ya no podré ver al gran Carlomagno, cuando llegue.

Luego, juntó las manos y mirando al cielo, confesó sus culpas y pidió a Dios que otorgara el paraíso a su alma. Por el rogó también piadosamente Roldán, que le cruzó después sobre el pecho “aquellas blancas y pu­lidas manos”, mientras fuera del cuerpo veíanse las entrañas del muerto, destrozadas por las lanzas de los infieles.

Pero Roldán también sentía que su muerte se aproxi­maba, puesto que, debido a los esfuerzos que hiciera para tañer el gran olifante, por las rotas sienes iban derramándosele los sesos hasta los oídos.

El héroe cogió entonces el cuerno de marfil y empuñó su querida espada Durandal o Durandarte. Era un arma grande y pesada, de empuñadura de oro, en la que se guardaban reliquias: un diente de San Pedro, sangre de San Basillo, cabellos de San Denis, trozos de telas que vistió la Virgen… Una espada gloriosa que había conquistado Anjou y Bretafia, Poiteus y Normandía, Pro­venza, Aquitania, Lombardía y Borgoña.

Sintiéndose desfallecer y al ver que su muerte esta­ba próxima y presa de furor ante la idea de que su es­pada pudiera llegar a manos de un infiel, decidió rom­perla. Y, remontando un cercano cerro, intentó estre­llarla contra una roca.

Pero la espada era más dura que la piedra, y Roldán no pudo lograr su objetivo de que nadie pudiera alabar­se de usar aquella arma que tanta gloria había hecho ganar a su legítimo dueño.

Cuando llegó, Carlomagno adivinó, por las señales que habían quedado en la roca, quien fue el único que podía haberlas estampado allí, y que cerca había de estar su sobrino.

Con su último esfuerzo, Roldán cayó desvanecido al pie de un pino, sobre la hierba fresca y verde. Un astuto y forzudo moro que, cubierto de sangre, yacía en el campo de batalla, fingiéndose muerto, aunque ileso en realidad, había estado espiando los pasos del famoso paladín y, creyéndolo ya un cadáver más, el último y de mayor importancia, arrastró su cuerpo para llevárselo triunfalmente y le quitó la espada, con la esperanza de obtener de ella, en su tierra, un altísimo precio.

Pero, desgraciadamente para él, con los tirones que dio al cuerpo, Roldán recobró los sentidos, y, al ver su querida espada en manos del moro y no podérsela guitar, empuñó la única arma de que en aquel fatal momento disponía, su “olifante”, y de un furioso golpe dirigido a la cabeza del infiel, le rompió el yelmo y el cráneo y le vio caer sin vida al suelo.

Lo único que sintió es que también el gran cuerno de marfil se requebrajo con el golpe. Luego Roldán se colocó la cara a los enemigos y se dispuso a morir. Con la diestra apretaba el puño de la espada; a su izquierda estaba el “olifante”. Reprimió un amago de llanto y dijo:

  • ¡Dios Mío! Padre verdadero que resucitaste a Lazaró…

Y, a la vez levantó el brazo derecho en ademán de dar la mano a alguien que estuviera frente a él.  En efec­to, el arcángel San Gabriel estaba allí para recoger en la suya aquella

mano abatida y débil. Y él fue el encar­gado de llevar el alma de Roldán a los cielos.

 

Cuando al fin, Carlomagno pisó en su retroceso, el suelo de Roncesvalles, un espectáculo horroroso se mos­tró a sus ojos: miles y miles de cadáveres, hombres y caballos, se amontonaban en una mezcla sangrienta y hediente.

Verdad es que por cada cien infieles había uno de los francos pero cierto también que allí había quedado la flor de los caballeros de Francia: los doce pares del rey; Oliveros, Anseis, Turpin y, sobre todo, Roldán…

Carlomagno buscó afanosamente entre los cadáveres el de su sobrino, y al hallarlo tendido sobre la hierba “vuelto el rostro hacia el enemigo” (como ya había anunciado, si llegaba el caso de su muerte, para que constara que él no había, como un cobarde, vuelto la espalda para huir), cogió entre sus manos la cabeza, oprimiéndola amorosamente. Y fue tal su dolor que sufrió un desvanecimiento, y cayó, el también, tendido en el suelo.

Levantado y sostenido su vacilante cuerpo por cuatro de sus barones, dio orden, por indicación de uno de ellos, de que se enterraran en una misma fosa, en la que debía quemarse mirra y  tomillo, los cadáveres de sus principales amigos.

Pero hizo una excepción en favor de Roldán, Oliveros y del arzobispo de Turpin. A estos se les abrió el pecho, se les saco el corazón, que fue envuelto en telas de seda y encerrado en un féretro de mármol, y después de embalsamado el cuerpo, esté fue envuelto en pieles de ciervo.

Cada cadáver fue colocado en un carro cubierto de seda, siendo conducido y custodiado por el ejército hasta Francia, depositándolo luego en un marmóreo y blanco sepulcro, en la ciudad de Blaye, donde en San Román, los francos podrían encomendarlos a Dios y a los santos.

En cuanto al “olifante “de Roldán, el emperador lo dejó, al regresar a Francia, en Burdeos, depositándolo, como una reliquia, en el altar del barón San Severino para que los peregrinos pudieran contemplarlo.

Una vez recuperado, Carlomagno dispuso vengar la muerte de Roldan y de todos los suyos. Inmediatamente, con un gran ejército cruzó el Ebro, y Zaragoza, fortín del moro Marsilio, no tardó en ser tomada.

El castigo del traidor Ganelón se cumplió ya en Aquisgrán, residencia imperial de Carlomagno. Allí se formó un tribunal con toda la nobleza, pues el rey quiso que todos juzgaran al que así había traicionado a sus compañeros.

Fue condenado a morir descuartizado. Con manos y pies atados a cuatro alazanes  que fueron espoleados en distintas direcciones.

Después de hacer justicia, el emperador, siendo ya noche cerrada, fue a acostarse deseoso de descansar de las pasadas fatigas. Se sentía viejo y achacoso.

Pero no había hecho más que tenderse en el lecho cuando de pronto se le apareció San Gabriel y le dijo:

—Convoca enseguida a los componen tu ejército, para acudir en socorro del rey Vivien a quien los infieles tienen sitiado, u solo de ti espera la salvación del gran peligro que corre.

Carlomagno salto del lecho y exclamo resignado:

— ¡Oh, Dios mío, que penosa es mi vida, no hay paz para mi…!

Y mesándose su larga barba se dispuso a obedecer la orden del arcángel.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Tres fueron los hijos que tuvo Constancio, rey de Bretaña: Moines, Ambrosio, llamado también Uther, y Pendragón.

A la muerte del monarca le sucedió Moines en el trono; pero en lucha contra los sajones, fue derrotado y muerto por la traición de su senescal Vortingern. En­tonces subió al trono Pendragón, el cual también murió poco después derrotado por un fiero enemigo.

Empezó a reinar Uther, que añadió el nombre de su hermano al suyo para honrar su memoria. El mago Merlín, consejero áulico, influía poderosamente con su consejo en las decisiones del monarca.

Merlín era un mago bueno y muy poderoso, cuyos consejos fueron siempre preciosos al Gobierno del país. Pero no era fácil dar con él. Aparecía cuando menos se esperaba y se escondía, en cambio, cuando sabía que se le necesitaba, transformándose en lagartija, en enano, en niño o en mujer tomando, en fin, los aspectos más diversos. Con sus dotes mágicas ordenó trasladarse por el aire enormes piedras para el sepulcro del rey Pendragón, levantado en las llanuras de Salisbury.

En Carlysle estableció Merlín la famosa Tabla Re­donda, en la que se sentaba junto a los grandes nobles de su país. Todos aquellos a los que cabía el honor de ser invitados a tan alta institución juraban seguir fielmente ciertos deberes: asistirse unos a otros en todo peligro, emprender individualmente aventuras, las más peligrosas, no poder abandonar la lucha ni retroceder jamás y antes morir que dejarse vencer. Estaban obli­gados también a observar la retirada vida contemplativa y de penitencia, al igual que los monjes.

Fundada la Tabla Redonda, el rey Uther de Pendra­gón quiso celebrarla con grandes festejos, durante los cuales conoció a la bellísima Ingerme, esposa de Garlois, duque de Tentadiel. A la muerte de éste, el apasionado monarca, gracias a las dotes mágicas de Merlín, se casó con Ingerme, con la que tuvo un hijo, llamado Arturo, héroe de la leyenda.

Quince años tenía Arturo cuando murió, su padre y fue elegido rey. Algunos nobles de la Asamblea, sin embargo, no estaban de acuerdo, porque consideraban al nuevo monarca demasiado joven e inexperto para ocupar el trono.

—Arturo no sabrá dirigir el ejército ni manejar la pesada espada —dijeron.

Entonces, del castillo real de Logres, fueron enviados seis caballeros en busca del mago Merlín para pedirle consejo sobre tan importante decisión.

—Esta noche, víspera de Navidad —dijo el mago—, pensaré la forma de elegir el nuevo rey.

A la mañana siguiente apareció en medio de la plaza frente a la iglesia una enorme piedra. Tenía una espada clavada con una inscripción en la empuñadura que decía:

“Soy Scaliborn, la alta; soy el mejor tesoro de rey.”

—Deberá ser elegido rey aquel que sea capaz de arran­carla —dijo Merlín.

Inmediatamente, en presencia de todo el pueblo congregado en la plaza y bajo la presidencia del arzobispo Bruce, se presentaron, uno tras otro, todos los nobles del reino para intentar la prueba. Pero fue inútil; ninguno de ellos fue capaz ni tan siquiera de mover un centímetro la espada.

Ya estaban todos desanimados y se disponían a re­gresar a sus casas, cuando se adelantó el joven Arturo y tomando la empuñadura de la recia espada la des­prendió con la mayor facilidad.

Todos los nobles quedaron convencidos entonces por esta prueba, y entre las aclamaciones del pueblo, Artu­ro fue proclamado rey, juntándose las fiestas de la coronación con las de Pentecostés.

Una vez en el trono, el joven rey Arturo supo hacerse amar por sus súbditos debido a su gran bondad y su enorme valor. No había empresa temeraria que no in­tentase, cuando se trataba de defender la inocencia ca­lumniada. Y cuando él iniciaba una empresa, la llevaba siempre a buen fin, por difícil y peligrosa que fuera.

Arturo tuvo que vencer gran oposición por parte de los nobles. Aconsejado por Merlín, luchó con estos ca­balleros, once reyes tributarios y un duque, en el bosque de Rockingham, y después de encarnizado combate lo­gró vencerlos de forma total.

También combatió con éxito a los hasta entonces invencibles sajones. Pero Arturo empuñando su célebre espada Scaliborn y sin dejar de invocar a la Virgen, derrotó completamente a sus enemigos en Mount Ba­don.

En cierta ocasión, el rey Arturo infligió un serio cas­tigo al monarca Claudio de la Tierra Desierta, que había invadido el territorio del débil rey Leogadán, molestándole y persiguiéndole durante siete años.

Después de derrotar y matar él solo, no únicamente al invasor Claudio, sino a casi todo su ejército, el vale­roso Arturo recibió como premio a la hermosa princesa Ginebra, hija del rey Leogadán, a la que hizo su es­posa.

Poco más tarde, siempre por consejo del mago Merlín, el rey Arturo inauguró la gran a “Tabla Redonda”, que un día instituyera su padre, en torno a la cual se reunieron ciento cincuenta caballeros, la flor y nata del país.

Un solo asiento quedó vacío, siendo este destinado al Caballero Elegido, que algún día comparecería para ocu­parlo.

El mago Merlín, por su parte, envidioso de la felici­dad de su soberano, acabó casándose con la hermosa joven Viviana, a la que convirtió, a su vez, en maga, más conocida como la Dama del Lago.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.