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En un principio, cuando “arriba”, el Cielo no tenía aun denominado “abajo”, la Tierra carecía de nombre, únicamente existía Apsú, el océano primordial, y Tiamat, el mar tempestuoso.

De sus aguas resultaron, al fundirse, todos los seres, incluso los dioses. Mummú (el tumulto de las olas) fue el primero en salir; luego Lahmú y Lahamú, una pareja de serpientes monstruosas, que a su vez dieron vida a Anshar (el mundo celeste) y a Kishar (el mundo terrestre).

De estas dos serpientes nacieron los grandes dioses: Anú, el poderoso; Bel Marduk, creador del hombre y posteriormente, el dios que intervenía en todo lo relativo a la Tierra; Ea, el dios anfibio de la vasta inteligencia, y las demás divinidades: los Igigi, que poblaron el Cielo, y los Anunnaki, extendidos por la Tierra y los infiernos.

Sin embargo, muy pronto los dos primeros elementos, Apsú y Tiamat, decidieron destruirlos porque estaban descontentos debido a que los dioses turbaban si divino reposo.

Ocurrió entonces que Ea, la que gracias a su poderosa inteligencia lo sabía todo, al darse cuenta de su propósito, hizo uso de las artes mágicas y se apodero del poderoso Apsú y del violento Mummú. Entonces Tiamat reunió a su alrededor un cierto número de dioses y dio nacimiento a enormes serpientes y espantosos monstruos (a los Monstruos de la tempestad, a los Huracanes, a los Hombres-peces, a los Hombres-escorpiones y a los Hombres-carneros, además de los perros furiosos).

Tiamat se dispuso inmediatamente a lucha contra los otros dioses después de elegir como jefe de su ejército a Kingú, al que hizo soberano de los dioses clavando en su pecho las “tabletas de los destinos”.

Anshar y Ea, por su parte, se prepararon para hacerles frente nombrando jefe del ejército de los dioses que estaban con ellos al valeroso Bel Marduk, por considerarlo más animoso que Anú.

Después de recibir la autoridad suprema, Bel Marduk cogió su arco y su carcaj y, tras iluminar su cara con un relámpago, construyó una red para envolver en ellas a Tiamat. Seguidamente, desencadeno los Vientos y los puso a su lado, y también al Diluvio, montó en su carro y seguido de sus tropas y precedidos de una horrenda tempestad, se dirigió “vestido de espanto “a desafiar a Tiamat.

La batalla fue indescriptible. Bien pronto, al resultar muerto Tiamat por una flecha que le arrojo Bel Marduk, encadenado Kingú y enviado al mundo infernal y en desbandada su ejército, Bel Marduk pudo cantar victoria.

A continuación, hendió el cráneo de Tiamat, “seccionó los conductos de su sangre, cortó el cuerpo como un pescado, en dos partes, y de una de ellas hizo la bóveda del Cielo, y de la otra, el soporte de la Tierra”.

Después enraizó el Mundo y lo organizo; primero construyo en el cielo una morada para los dioses y después instalo en lo alto las estrellas, regularizando el curso de los astros. Cuando el orden celeste estuvo establecido, se ocupó de la Tierra, que estaba totalmente sumergido bajo el mar. “En la superficie de las aguas trenzo un enrejado, creó el polvo y lo echo sobre el enrejado”. Y así creó la Tierra.

Después hizo la humanidad, amasando al hombre con su propia sangre. O, según otra interpretación, con la de Kingú, secundario en esta labor por el dios Ararú, que “produjo con Bel Marduk la simiente de humanidad”.

Finalmente, hizo aparecer los animales salvajes y domésticos y los grandes ríos.

De esta forma quedo terminada la creación del Mundo.

Tras la victoria de Bel Marduk sobre Tiamat, cada divinidad recibió sus propias atribuciones. A Anú le correspondió el Cielo, a Marduk la Tierra y a Ea el elemento líquido. Así quedo constituida la trinidad de los grandes dioses.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

 

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