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Hace miles de años reinaba en Persia un joven em­perador, fuerte y valeroso, que se llamaba Tamuras.

Cierto día se presentó en el palacio real un anciano, un célebre mago llegado de lejanos países. En su rostro arrugado, sus ojos brillaban como carbones encendidos y tenía una larga barba blanca que le llegaba hasta las rodillas.

Cuando el mago estuvo en presencia del rey de reyes, que ese es el título del emperador de Persia, le dijo:

—Poderosísimo señor: a to perfección falta todavía una sola ciencia, la magia. Yo vengo de muy lejos y he andado noche y día para instruirte en esa misterio­sa ciencia que muy pocos conocen. Si quieres saber por qué hago esto es debido a que he pensado que no es justo que un soberano tan sabio, valeroso y recto, igno­re las ciencias ocultas en las que yo soy un maestro.

El emperador Tamuras agradeció al viejo mago sus palabras y luego se encerró con él en la habitación más solitaria de su palacio. Permanecieron allí siete días con sus siete noches, sin permitir que nadie cruzara el umbral de la estancia.

Jamás se supo lo que el mago dijo al joven monar­ca; para todos siguió siendo un misterio que palabras y que artes le enseño. Pero transcurridos los siete días, el viejo salió del palacio y de la ciudad, llevando al hombro un saco de piedras preciosas como recompensa del emperador Tamuras.

Y mientras el mago se alejaba, el monarca sentía una gran alegría en el corazón. Ahora ya sabía todo lo que era dado saber en in tierra a los hombres; sin duda era muy superior a todos los demás mortales y podría vencer a sus tradicionales enemigos, los terribles Divs, a los que sus antepasados no habían logrado aniquilar.

Se puso en acción inmediatamente. Tras ordenar a sus generales que prepararan un poderoso ejército, se encerró solo en una habitación y acto seguido pronunció unas palabras misteriosas. De repente se hizo invi­sible.

Entonces se trasladó en un segundo al interior del palacio de Ahrimán, el cruel rey de los Divs, entró en la sala del trono y, acercándose al monarca, pronunció otras palabras mágicas en su oído. En el acto también Ahriman se hizo invisible, desapareciendo a la vista de los presentes que, temerosos, no comprendían lo que ocurría.

Aunque los demás no lo veían, el joven rey Tamuras agarró al malvado Ahriman como si fuese un fardo y lo condujo a su reino, volando por los aires.

Una vez estuvo de nuevo en su palacio, se encerró con su prisionero en sus habitaciones, y sin pérdida de tiempo echó en un brasero encendido ramas de áloe y pétalos de rosa. En el acto se elevaron nubes de humo azulado, y el rey Tamuras volvió a pronunciar palabras extrañas.

Aún no había acabado de hablar cuando, de repente, Ahrimán se transformó en un hermoso caballo, negro como el azabache. Al ver el asombro de sus cortesanos, les dijo:

— ¿Os gusta este espléndido caballo? Me lo han re­galado y quiero que se le cuide de manera especial en mis cuadras, porque desde ahora será mi caballo favorito.

Efectivamente, desde aquel día, se vio salir al rey Tamuras todas las mañanas de palacio, montado en el soberbio caballo negro, para cabalgar por la llanura a galope tendido.

Pasado el plazo dado a sus generales para preparar el ejército, el rey de reyes Tamuras tomó el mando de las tropas y las condujo al país de los Divs, donde en aquel momento reinaba la discordia y el desorden, de­bido a la ausencia de su jefe.

Los dos hijos de Ahrimán, demasiado jóvenes e inex­pertos, intentaban en vano llamarles al orden. Por fin, desolados e impotentes, los dos príncipes pidieron con­sejo al jefe de los magos del reino. Y este, tras consultar sus libracos, y después de observar el firmamento y de haber quemado extrañas hierbas, les dijo:

—Queridos príncipes, no hay nada que hacer. Vues­tro padre está en poder del rey Tamuras, que le tiene prisionero con sus artes mágicas. No se puede luchar contra el destino. El reino de los Divs debe terminar, al igual que todas las cosas de este mundo.

Sin embargo, los dos jóvenes príncipes no se resig­naron con esta respuesta y se situaron al frente de su ejército para combatir al del soberano Tamuras. El en­frentamiento fue terrible, pero al final los dos príncipes fueron hechos prisioneros y sus tropas completa­mente deshechas.

Al verse ante su vencedor, reducidos a viles escla­vos, se inclinaron llorando ante él y le rogaron que les concediera la libertad a ellos y a su padre.

— ¡Por favor, rey Tamuras! —le dijeron—. ¡Devuélvenos a nuestro padre! Es ya viejo, y nada tienes que temer de él. Deja que pase en libertad sus últimos días, con el cariño de sus hijos. A cambio de su libertad y de la nuestra te revelaremos un secreto que hará grande e ilustre a Persia a través de los siglos. Haz lo que te pedimos y no te pesará.

El rey Tamuras accedió a las súplicas de los príncipes. Hizo que trajeran el caballo negro, lo tocó con el cetro de oro y murmuró algunas palabras mágicas que nadie entendió. Ahrimán recobro entonces su forma hu­mana. Y como a sus hijos ya les habían quitado sus ca­denas, se abrazaron los tres, sin cesar de gemir y de llorar al ver su triste suerte.

Seguidamente, fieles a su promesa, los príncipes Divs revelaron al rey Tamuras el hasta entonces desco­nocido arte de la escritura. Y a partir de este momento, los persas llegaron a ser muy sabios y difundieron su ciencia por todo el mundo.

Ahrimán y los suyos, sin embargo, no se resignaron a la derrota sufrida. Y en silencio se preparaban para tomar cumplida venganza del noble Tamuras tan pron­to como vieran la ocasión propicia.

—He de vengarme de quien tanto me ha humillado —decía el cruel Ahrimán.

Y con el corazón rebosando rencor y envidia, fue a vivir con sus hijos en una gruta de la montaña, lejos del mundo y de los hombres, para meditar mejor su terrible venganza.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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