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En tiempos remotísimos el Señor del Cielo ofreció al Día el don maravilloso del sol.

—Te concédo la bendición —dijo— de la luz alegre. Así colmarás de esperanza el corazón de los hombres, presidirás sus trabajos y los harás leves con tu luz.

La Noche, en cambio, quedó humillada en su triste mundo de tinieblas, envidiando la luminosidad radiante del Día.

Y ocurrió que el gigante Ti-Nu quiso consolarla, com­padecido de su tristeza. Entonces, con sus enormes manos, insensibles a la violencia destructora del fuego, ahondó en el cuerpo tórrido del sol y arrancó una parte del mismo. Después corrió con su carga hacia el oscuro reino de la Noche.

Pero el perrazo Pao se lanzó en su persecución. Ti-Nu corría velozmente. Sin darse cuenta había envuelto la porción de sol en un gran saco de nubes que tenía más agujeros y roturas que un viejo colador. Por esta razón la materia luminosa caía en los campos de la Noche, formando trizas de fuego, cual florecillas incan­descentes.

Sin embargo, el gigante Ti-Nu, preocupado por su fuga, no se daba cuenta de nada. No vio siquiera el gran balde en el cual Pa-Me, la mujer de la inmensidad, había vertido la leche argentina de la cabra Siol, la protegida de los dioses.

Ti-Nu tropezó, pues en aquel balde y la última porción de sol cayó dentro de la leche, quedó desleída, perdió el intenso resplandor y se convirtió en una forma redonda de discreta luminosidad.

Entonces el gigante, decepcionado, la arrojó en el seno de la Noche y siguió corriendo perseguido por el perrazo.

Lo que Ti-Nu no supo era que había creado el firma­mento, con las refulgentes estrellas y la pálida luna, protectora de los sueños y las ilusiones de los enamo­rados.

Poco después el padre de los dioses creó la tierra. Y en ella puso las plantas, los animales y el hombre. A este le dotó de todas las virtudes. Le dio la belleza, la inteligencia, la fuerza y la sensibilidad.

Pero en el momento en que el Señor del Cielo estaba otorgando tan esplendidos dones a su criatura, el espíritu de la sombra se presentó ante el para formularle una importantísima petición.

Por esta causa el padre de los dioses se olvidó de concederle al hombre el último don, el valor.

Y soplando sobre él le envió, tal como estaba, a la tierra.

El hombre era feliz entonces. Sonreía a las plantas, a las flores, a los pájaros, y se miraba complacido en el agua quieta y límpida de los lagos.

Pero cuando del espesor de un zarzal salió el cuerpo ondulante y viscoso de una enorme serpiente y los ver­des ojos enigmáticos del reptil le miraron con fijeza, aquel hombre, que no tenía entre las cualidades divinas, la del valor, sintióse morir de miedo, sin que pudiera dar ni un paso, ni lanzar un grito en demanda de auxilio.

Entretanto miraba desesperado y hechizado la cabeza del reptil que se le acercaba implacablemente y en la que brillaban como dos esmeraldas sus fríos ojos ver­des.

Kin, el espíritu del aire, corrió en su ayuda. Y logro salvarle. Pero ya la serpiente había soplado sobre el hombre su hálito emponzoñado y maligno.

Así fue como en el ánimo del hombre entraron entonces el egoísmo, la traición, la crueldad, la sospecha y la envidia. Y estos venenos trastornaron también su belleza. Por ello el hijo del sublime Señor de los Cielos es, desde tantos siglos, infeliz y desgraciado.

Y lo seguirá siendo mientras no logre liberarse del peso del mal que oprime su espíritu.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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