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Hace mucho, muchísimo tiempo, el rey de los aristocráticos watusi, de Ruanda-Urundi (África Oriental), estaba enfermo de nostalgia, y todo su reino sufría las consecuencias de ello. Le ofrecieron todas las princesas de las tierras circundantes, pero el joven monarca no podía hallar entre ellas a la mujer de sus sueños.

Naturalmente, las aves favoritas de los watusi, los holi-holi, conocían de sobra esta triste historia, y a toda costa trataban de ayudar al nostálgico soberano.

Cierto día, uno de estos pajarillos vio a la más Linda muchacha watusi del mundo. Se podía juzgar su absoluta belleza, porque la joven salia en aquellos momentos de un pequeño estanque de agua cristalina en el que acababa de bañarse.

Entonces, el pequeño y juguetón holi-holi tuvo una idea. Con su pico arrebató a la muchacha el ligero delantal, única prenda con que se cubren las mujeres watusi, y se alejó volando. Inmediatamente, la doncella corrió tras el pájaro, riéndose, pues le hacía gracia la broma.

¡Holi-holi, dame mi vestido! —le gritaba.

–iPeechi, peechi! —dijo el pájaro, devolviéndole el pequeño delantal.

Pero cuando la hermosa muchacha, completamente desnuda, se lo iba a poner, volvió a quitárselo y voló algo más lejos. Y así varias veces.

De pronto, un joven watusi de más de dos metros de alto y de extraordinaria hermosura, apareció ante la muchacha y la contempló arrobado. Pero la joven, sumamente casta y decente, al verse sin su reducido delantal se sonrojó intensamente y el rubor dio un brillo aterciopelado a su oscura tez.

—iPeechi, peechi! —canto el pajarillo, dejando caer la escasa tela sobre los hombros del rey.

— ¡Dámelo, ese delantal es mío! —dijo la joven.

—Te lo devolveré si quieres casarte conmigo —dijo el soberano de los watusi, que al fin había encontrado a su verdadero amor.

Y la virgen… ¿qué podía hacer una virgen en tales circunstancias?

Pero de repente el pequeño holi-holi pensó que quizá su esposa se sentiría celosa si sabía que estaba contemplando tanto rato a aquella hermosa muchacha desnuda. Entonces, cantó “peechi, peechi” y echó a volar, púdicamente, hacia su nido.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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