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Un chispazo de alegría, arco iris tras la lluvia, iluminó los sudorosos y cansados rostros de los “unionistas” –entre los defendían la barricada situada en la esquina del Callejón de Jesús, aquella tarde de la semana comprendida entre el 8 y el 15 de abril de 1920, cuando divisaron a un soldado que, montado en un caballo alazán, se dirigía hacia ellos llevando en la diestra una flamante bandera a la par que gritaba:

-¡En nombre de mi jefe el Coronel Milpas Altas, Jefe del Castillo de Matamoros, vengo a rendirme a las fuerzas unionistas, trayendo en prueba de nuestra rendición esta bandera blanca de paz y la propia espada del Coronel que, por intermedio mío, les envía!

¡Había razón para que la alegría los invadiera! Los esforzados muchachos tenían ya varios días, con sus noches, de estar defendiendo la barricada; y durante ellos habían comido poco y dormido menos, alentados sólo por el general anhelo de ver terminada aquella lucha fratricida que ensangrentaba el suelo patrio.

Además, la calidad del jefe que se rendía, era otro justo motivo de júbilo, así como la del fuerte que mandaba, pues éste era el principal arsenal de pertrechos de guerra con que contaban las gubernamentales, sumando a este valor el de su posición estratégica.

El jefe rendido era uno de los jefes más temidos. ¡Era un raro personaje el Coronel Milpas Altas! ¡Era un raro personaje el Coronel Milpas Altas! Debía su pintoresco mote a la circunstancia de haber nacido en el pueblo cercano al de Pinula que lleva este nombre, con el cual era él más conocido que con su nombre de pila. Pertenecía a la categoría de esos raros engendros que se producen con alguna frecuencia en nuestra América bárbara, incipiente y embrionaria raza no se ha podido encontrar hasta ahora: era el fruto de la mezcla de tres sangres: de español, de mestizo y de indio; sangres éstas que no le habían legado nada de lo bueno de cada una, sino sus taras; lo que hacía el coronel hubiera servido más bien para carne de laboratorio psicopático o de manicomio, que para tener en sus manos la suma de poder, como la tenía siendo Jefe de un Castillo de tanta importancia como era el que mandaba. Su psiquis-paranoica estaba de acuerdo con su físico: era bajo de cuerpo; rechoncho; de tez trigueña, tirando más bien a negra, la cual hacía contraste con sus ojos azules –si lo hubiera descrito un hombre del pueblo habría dicho que era de “cara remendada”-, y con un bigote hirsuto que le cubría todo el labio superior y cuyas puntas caían sobre las comisuras de los labios. El Coronel era un bebedor y un fumador empredernido. Cuando se le pasaba la mano bebiendo aguardiente se volvía más sanguinario que de costumbre y a cada instante se le escuchaba proferir frases y palabras groseras.

Antes de que el enviado de Milpas Altas descendiera del caballo, uno de los soldados de la barricada gritó:

-¿Quién vive?

-Patria Libre –respondió el emisario del Coronel.

Cumplimos estos requisitos que ordena la disciplina militar, y después de haberse percatado de la verdad de lo que decía el emisario, el Jefe de la barricada ordenó que diez de los treinta muchachos que había en ella, al mando de uno que ostentaba los galones de sargento, fueran al Fuerte, en calidad de parlamentarios, que el resto se quedara en ella de guardia, y él dispuso ir a dar cuenta de lo sucedido a la Comandancia General del Cuartel revolucionario.

A los diez muchachos enviados se les reunieron en el camino algunos curiosos que supieron la grata noticia del rendimiento, y juntos todos, penetraron, llenos de júbilo, al Castillo. Pero, cuál no sería su sorpresa al darse cuenta de que al entrar el último de ellos, se subían los puentes del Castillo. “Será alguna precaución” –pensaron, e iluminados por el ideal de ver terminada la lucha, siguieron con paso firme hacia adelante.

Salió a recibirlos la asquerosa figura del Coronel, que, en esa ocasión, vestía la más pintoresca de las vestimentas: pantalones de jerga de mostenango aplomados, guerrera militar de parada, con numerosos entorchados, y en la cabeza un sombrero de petate en el que lucía una cucarda con los colores nacionales desteñidos. Por todo recibimiento lanzó una sarcástica carcajada y las siguientes palabras:

-¿No andaban contando por allí que los unionistas eran tan águilas? Ahora lo vamos a ver, chanclecitos aguacateros que les ha dado por jugar a la revolución. ¡A ver, sargento Cojulún!

-¡A sus órdenes, mi Jefe!

-Registre a estos chancles; métalos para mientras al cepo, y después me los hace bañar, porque esta noche van a ser mis invitados de honor en la comida con que voy a celebrar mi santo.

***

Cuando los clarines del Castillo lanzaron al espacio las tristes notas del toque de queda, salió el Coronel, tambaleándose, del cuarto de Banderas, gritando con voz aguardientosa:

¡Sargento Cojulún!

-¡A sus órdenes, mi Jefe!

-¿Están listos los chancles?

-Están listos, mi Jefe.

-Entonces, tráigamelos y siéntelos a cada uno en el puesto que tienen destinado en la mesa. No se olvide de apagar las luces y ponga bastante “guaro”, porque me gusta que mis invitados estén alegres.

La orden fue cumplida con militar precisión. Los otros invitados –los amigos del Coronel- fueron ocupando, a tientas, su puesto, debido a la obscuridad reinante. El Coronel se sentó en el sitio de honor y así, sin verse unos a otros las caras, principiaron a comer y a libar copiosas copas que iban haciendo poco a poco su malévolo efecto. Nadie se atrevía a protestar ni a inquirir por este capricho del Coronel de comer a obscuras, temerosos de despertar sus hasta entonces dormidas iras.

Llegada la hora de los brindis –refinamiento que el Coronel había aprendido en sus visitas a Palacio-, el Coronel, tambaleante por el abuso del alcohol y con los ojos inyectados que relumbraban con la obscuridad, se paró sobre su asiento, llenó una copa hasta rebalsarse de aguardiente, y dijo:

-Voy a beber este trago a la salud de ustedes, mis buenos amigos, por mis nuevos galones de General de Brigada que me llegarán mañana, y porque a estos chanclecitos rejijos de la chin… les vaya bien en el viajecito que van a emprender al otro potrero… A ver, asistente, llénele su copa a ese chanclecito que parece gallina comprada y préndeme las luches, porque quiero ver qué cara ponen estos chancles cando toman olla legítima de San Chomo…

De un tirón arrancaron los asbirros de sus asientos a cuatro de los pobres cuchachos; los amarraron de un poste a cada uno, y sus cuerpos, regados previamente con gasolina, fueron encendidos con un fósforo, siendo las luces que iluminaron la báquica orgía con que el Coronel Milpas Altas celebró sus santo en aquella semana de abril de 1920..

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

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