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En muy remotos tiempos vivía en la actual provincia de Misiones una tribu de indios que era sabiamente gobernada por un cacique llamado Ner; su valor audacia y conocimientos le valían el cariño de sus súbditos ilimitadamente.

Cierto verano la sequía fue tan intensa, que todas las plantas morían con los frutos sin sazonar; los ríos perdían su precioso caudal, pereciendo los peces en su reseco lecho, y los vientos del Norte se llevaban polvaredas enormes que cegaban al que se atrevía a cruzar los campos. Pese a tantos inconvenientes, Ner consiguió arrastrar a toda su población hasta la selva más próxima, en cuyo recorrido emplearon poco más de una luna.

Allí sobrevivieron comiendo raíces y cazando algunos animales, pero pronto el hambre cundió entre todos pues se agotaron las reservas, que parecían ilimitadas en un primer momento. Desfallecientes, hombres, mujeres y niños se dejaban caer en cualquier parte esperando la muerte, que no tardaba en llegar. El mismo cacique sintió que por vez primera sus fuerzas le abandonaban, más aún al contemplar que su propio hijo, como tantas otras criaturas, desfallecía sin esperanzas.

Abrumado por tanto dolor y ansioso por hallar una salida a tan penosa situación se internó en un palmar donde lloró silenciosamente su importancia.

Así estaba cuando vio una urraca que revoloteaba en torno de él y acercándose lo más que pudo le ofreció su ayuda.

  • ¿Puedes tu hacer que mi tribu no perezca? – pregunto Ner.
  • Si, lo puedo – contéstale el ave.
  • ¿Qué me pides por ello? – inquirió el abatido indio.
  • Tu vida.
  • Acepto, pero con una condición; que después de salvar a mis hombres, les indiques como pueden prevenir estas catástrofes, como pueden sobrevivir sin sufrir estas calamidades.
  • Convenido – replico el pájaro.

En inmediatamente le explicó a Ner a buscar en el tronco de las palmeras el delicioso “tambu”, larva de una mariposa que allí desova, y que aún hoy constituye un manjar exquisito para los indígenas; con el además, preparan el aceite de gusano o aceite de palmera, que se consume golosamente.

Aliviada el hambre, debió el ave cumplir la segunda parte de su promesa. Entonces enseno a cultivar los campos, preparando la tierra y arrojando sobre ella las primeras simientes, que después de algunas lluvias bienhechoras fructificaron maravillosamente.

Satisfecho Ner por ver asegurada la subsistencia de su tribu, se dispuso al sacrificio.

Mando preparar un terreno, limpiarlo de maleza y cavarlo hondo como para recibir su cuerpo. Hizo traer “sogas” de liana y atándoselas al cuello, ordeno a varios de sus indios que lo ramearan hasta la fosa, donde cayó y fue sepultado.

Al poco tiempo nació en la sepultura del valiente Ner una planta de zapallo que se extendió con rapidez; su fruto termino para siempre con el peligroso hambre entre los suyos, que siempre lo recuerdan con amor.

 

Bibliografía

Honegger, S.A. Gran Manual de Folklore. Buenos Aires: Editorial Honegger.

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