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Han de estar y estarán…’ me dijo aquella tarde placida e inefable, tarde de Guatemala, bañada de luz y de sol desfalleciente, la Andrea López, la china india que contándome cuentos me hizo entrar en la dulces regiones del ensueño -. Hace de estos muchos años, ¡quién sabe cuántos!, había una ciudad que en nuestra lengua se llamaba Kurmarkaaj – que quiere decir “el lugar en donde nuestras cañas se marchitaron”-, y que era la misma que hoy se llama Guatemala. En ella había una flor que era muy buena y muy bella, como deben ser buenos y son bellos todos los niños, la cual quería mucho a su padre, que era un árbol muy hermoso, un Pino. Árbol mil veces sagrado, porque en nuestra lengua maya se llama chaaj, que quiere decir “árbol a través del cual se escucha el murmullo de la voz de Dios”, y su madre, santa y buena, como son todas las madres, que era la luz de una estrella, la luz de la estrella de la tarde…

La flor tenía muchas hermanas, que siempre estaban a su lado, rodeándola y agasajándola. Estas, como ella, también pertenecían a las flores que en Guatemala se llaman orquídeas.

Una tarde, como esta, la flor buena, pensando en sus padres y en sus hermanas, muy suavemente se durmió. Tuvo un sueño tan dulce y tan bello, como son dulces y bellos todos los sueños de los niños: se vio atraída con cariño maternal al regazo de Ixmucane, la abuelita, y tocada por las manos de Junapuh e Ixbalamque, que la acariciaban dulcemente y que, de flor que era, la convertían en un símbolo admirable, en algo que encarnaba todo el arte y la gloria maya.

A la mañana siguiente la flor despertó y, en efecto, ya no era flor. Hallábase convertida en un bello pájaro que volaba muy alto. Y ese pájaro en el cual amaneció convertida, por buena, por espiritual, por delicada y por bella, es, mi muchachito, nada menos que el Quetzal. ¡El Quetzal! Fiero y bello, que sabe lo mismo morir por la libertad, como lo hizo sobre el pecho del cacique Tecun-Umán, cuando este peleo cuerpo a cuerpo con el conquistador don Pedro Alvarado, como sabe ser dulce y bueno cuando profetiza días de luz, de esperanza y de grandeza para su tierra que hoy se llama Guatemala y que entonces se llamaba Kumarkaaj, que en nuestra melodiosa lengua maya quiere decir “el lugar en donde nuestras cañas se marchitaron…”

“Y me monto en un potro, pa’ que me cuenten otro…”

La Andrea López me recostó en sus piernas, y con sus manos trigueñas – manos que tienen el color de mi tierra india – me acaricio los bucles hasta que me quede dormido sonando con orquídeas, con estrellas y con pájaros.

¡Ese mismo día nació en mi cerebro un pájaro al cual he abierto hoy la jaula para echarlo a volar…!

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

 

 

 

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