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Cualquiera a tenido en sus manos un pequeño aparatito para sacar fotografías, hasta un niño ha manipulado el mencionado artefacto, pero algunas veces una cámara puede ser la perdición de un hombre, como en el caso siguiente que alguien me contó y yo lo narro a Uds., tal como sucedió.

Jaime era uno de esos muchacho que siempre están a la moda y las camaritas de cajón eran la novedad en Guatemala, quién sabe como hizo, pero la realidad fue que, de la noche a la mañana, resultó con la presunción de que tenía una cámara de sacar fotografías, los muchachos del barrio, siempre embelequeros, le suplicaban mostrara el aparato.

Jaime era tan presumido que en su pequeño cerebro imaginaba que, una película filmaba cuando de sacar una simple fotografía se trataba; los escenarios que escogía eran siempre los sitios más visitados dominicalmente, por los capitalinos: El Cerrito del Carmen, El Parque Central, El Hipódromo o La Aurora.

Allá iba con la cantidad de amigos que con el interés de sa­lir en una amarillenta y borrosa fotografía, le seguían con sus mejores galas para posar ante la cámara del amigo. Y como todo es novedad en nuestro medio, el simple hecho de poseer una cámara fotográfica le daba ciertos privilegios al presumido del Jaime, por ejemplo: le invitaban a días de campo, a reuniones familiares, con tal que tomara una foto para recuerdo.

Se fue haciendo de alguna fama de barriada, que pronto cundió la noticia que él tomaba las mejores fotografías de cajón en los cuatro puntos cardinales de la pequeña capital guatemalteca.

—Mejor poné un tu estudio —le decía su madrecita—, noble, anciana que vivía del lavado de ropa ajena o haciendo servicios por día en casas grandes. Estas embelequeras patojas, ya no dejan en paz a mi muchacho —decía doña Encarnación—, siempre que saludaban a Jaime las señoritas del barrio.

Lo que a ella no le gustaba realmente, era que una «Pezpita» le andaba cusquiando al muchacho y este ya no cabía de orgullo. Pero todo era pasajero, el hijo de doña Encarnación estaba enamorado pero de otra que según los «decires», vivía por el Callejón Delfino.

Al muchacho se le vio muy cambiado en los últimos días ya que evadía al grupo y su preferencia era una patoja que él mencionaba mucho, pero que realmente nadie de los del barrio conocía.

  • ¿A dónde vas tan temprano Jaime?, ésta era La pregunta de La anciana madre, que al marcharse su hijo quedaba con pena y con un buen porcentaje de celos, ya que realmente aquel muchacho era lo único que ella tenía en el mundo.

Los domingos, muy temprano, después del baño, se asicalaba bien, tomaba el desayuno y marchaba rumbo al extinto Callejón Delfino, en una esquina esperaba a la guapa muchacha, fumando desesperadamente hasta que la divisaba a lo lejos, y levantando la mano la saludaba cortésmente.

Nunca supo realmente Jaime, de qué casa salía su novia; aquella mujer que había sido la causa de que dejara al grupo d muchachos del barrio y se entregara en cuerpo y alma a sus caprichos.

Por espacio de largos 15 días, el muchacho reunió una regular cantidad de dinero para que un domingo cualquiera fuera al Lago de Amatitlán a dar un paseo y como asunto ya tradicional tomar algunas fotografías. Doña Encarnación le pidió una noche de tantas, que quería conocer a la patoja porque ella por su edad y conocimiento, sabría decirle si le convenla o no.

—Primero se la voy a traer en fotografía, le decía tentati­vamente Jaime, pensando que para la autora de sus días, nin­guna muchacha por buena y honrada que fuera, siempre le encon­traría algún defecto.

Los días fueron pasando, y finalmente, llegó el ansiado domingo que fue iluminando las húmedas calles de Guatemala con un tibio sol que penetraba por las ventanas y callejones.

Jaime como de costumbre se levantó temprano y tomó su cámara para revisarla minuciosamente; el rollo únicamente tenla dos fotografías las cuales usaría en el ansiado viaje a Amatitlán.

El rollo era caro, y no podía darse el lujo de comprar otro pues el que ten la dentro de la cámara, contenía otras fotografías de la chica, tomadas en diferentes sitios donde habían asistido en calidad de paseo.

El clásico jaloneo del viejo bus emprendió la marcha dejando atrás el entronque de las «Cinco Calles». La Avenida Bolívar fue quedando lejos, y las majadas ofrecían su polvoriento camino al destartalado aparato que repleto de turistas buscaba la soledad del lago, el embrujo de la naturaleza; aburridos quizá, del «bullicio de la ciudad».

Cuando el chofer sonaba la bocina en cada recodo del camino, parecía graznido de pato. Como a la media hora fueron pasando por Villa Nueva y al frenazo brusco de la camioneta, un enjambre de vendedoras invadieron las ventanas del vehículo, para ofrecer sus mosquiados y polvorientos alimentos…

Había de todo; huevos duros con tortilla y chirmol, pan con frijoles, tostadas, y hasta elotes cocidos; lo único que hacía falta para engullir tanta comida, era el bendito pisto, que no iba numeroso, que digamos, en las bolsas de aquellos «felices turistas».

Cuando llegaron al Lago de Amatitlán, Jaime y su novia, fueron los primeros en salir y desentumecerse las piernas, después del largo viaje, desde la capital de la República. Nuevamente los grupos de vendedoras, ahora de pepitoria y dulces regionales les asaltaron, con el fin de que probaran la «Chancaca» que acababa salir.

Era muy temprano. La pareja alquiló una lancha y se internó lago adentro, con el objeto de estar más cerca de la natu­raleza, y disfrutar plenamente de aquel inolvidable domingo.

Estuvieron en varios sitios, fueron al Castillo. El pobre mu­chacho, sacando fuerzas de flaqueza, la llevó a dar un paseo por el «Relleno»; por la tarde dispusieron, después de un suculento al­muerzo, tenderse cuan largos eran, en una grama tan verde, que contrastaba con el blanco vestido de María Ledesma.

—Quédate allí como estás, le dijo Jaime— no te muevas, quiero sacar la mejor fotografía para mostrársela a mi madre—. La patoja sonrió picarescamente y el clásico «Clic» de la cámara, sonó calladamente perdiéndose en las quietas aguas del Lago de Amatitlán.

  • Ahora te paras cerca de la orilla, le dijo Jaime nuevamente, ordenando una pose artística para sacar la última exposición.

La fotografía fue tomada y todo se agasajó con una sonora carcajada; como dos chiquillos corretearon por la grama verde; cansado y sudoroso, Jaime quedó tendido, y ella con sus manos finas, llegó junto a él para acariciarlo y hacerle cosquillas con la punta de sus dedos largos y puntudos.

Jaime se fue quedando profundamente dormido, sólo el viento tibio le levantaba un riso que coquetamente usaba en la frente, pero a los pocos momentos, aquel tibio aire se tornó en frio, y cuando despertó, todo era soledad y silencio. La tarde ha­bía caído y las sombras de la noche iban cubriendo el pequeño valle.

— ¡María, María!, gritó por todos lados Jaime sin encontrar respuesta a sus gritos, dispuso finalmente emprender el regreso y a duras penas, tomó la última camioneta que regresaba a la capital.

El muchacho buscaba entre los pasajeros a María, pero en vano, sus ojos no encontraban al ser querido, y con un poco de cólera y pena a la vez, pensaba mil cosas ¿se metería al lago y se ahogó?, ¿o se regresó burlándose de mí, dejándome dormido? Muchas eran las preguntas que Jaime se hacía, mortificándose con las mismas.

Finalmente, llegó a su casa, donde la madrecita le esperaba con la cena caliente y el beso de las buenas noches. Doña Encarnación, le preguntaba por la desconocida, pero el muchacho no contestaba; pasaron los días y las semanas y por más vueltas que Jaime dio por el Callejón Delfino, no encontró a la mentada patoja. Por último dispuso desarrollar el rollo, que fue a dejar a uno de sus amigos, que laboraba en tales menesteres.

—Hoy si vas a conocer a la traidora que tengo, le dijo al en­tregarle el rollito.

Como a los tres días, Vicente buscaba afanosamente a Jaime para entregarle las fotografías y felicitarle por lo bueno que esta­ban.

Con las manos temblorosas Jaime tomó el paquetito y ex­trajo las fotografías, pero sus facciones empezaron a palidecer cuando vio que, efectivamente, las fotografías del lago, estaban con toda su belleza y paisaje, pero el objeto principal, ¡María Ledesma!, no aparecía en ninguna de ellas.

El tiempo pasó. Un día de tantos, en un periódico capita­lino salía la esquela luctuosa, donde invitaba conocida familia a misa de réquiem por el eterno descanso del alma de quien en vida fuera su hija: MARIA LEDESMA, fallecida trágicamente, y por cumplirse el 7o. aniversario de su deceso. Jaime para corro­borar lo leído, fue a la misa que se celebraba en Santo Domingo, y, allí platicó con un pariente de la finada, quien le narró, que ella había muerto ahogada en Amatitlán hacía siete años.

—Le comprendo, joven, dijo el pariente y prosiguió —No es Ud. el primero que sufre de esta alucinación, a varios a llevado, quién sabe con qué intenciones, la finada al Lago de Amatitlán. Jaime no espero más, con las manos entre la bolsa y con la vista

la banqueta, se marchó del sitio, con el pensamiento puesto en la mujer más bella que jamás había conocido.

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

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