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  • Juan Reynelas, presente… Agustín Poca Sangre, presen­.. Juan José Najarro, presente…

Había sido el último de la lista, y precisamente esa mañana causaba alta en el primer cuerpo de la Policía Nacional, los es­tudios en la escuela los había ganado con buen punteo y el que llegaba a policía en tiempo de Ubico, no era tan tonto. Juan se afamaba de pertenecer a la Policía Nacional y no cabía de orgullo en su pulcro uniforme, luciendo sus polainas bien lustradas.

Siempre que pasaba por el barrio del Gallito por las noches, cuando los muchachos se reunían en las esquinas, con voz impos­tada y varonil les decía: —ya van a dar las nueve muchachos, es mejor que se vayan a dormir, porque si regreso y los veo donde mismo, me los llevo al cuartel.

La generación de 1930 era sumisa y no contestaba, el pequeño grupo se dispersaba y cada quien para su casa sin chistar palabra.

El policía Juan José Najarro, seguía cumpliendo con su deber en las solitarias calles del Gallito, donde solo su silbato se escuchaba que rompía el silencio y la paz imperante. Los únicos maleducados eran unos perros que a lo lejos aullaban. Juan José imaginaba que estaban viendo espantos, y por eso lo hacían; seguía empujando las puertas para cerciorarse si estaban bien cerradas, al hacer presión en una, la mano se le fue. Tocó para que la cerrarán bien. Cumplida la misión, tomó una de las calles del barrio y volvió a pasar por la misma esquina donde ya ni un alma había.

A lo lejos una mujer con paso apresurado llegaba en sentido contrario.

  • Buenas noches, dijo el policía; enfatizando – ¿le puedo servir en algo?

La mujer buscaba una farmacia y el agente la acompaño hasta la 13 Calle y 6a. Avenida, en una farmacia cercana compró la medicina, el policía la esperó en la esquina, la dama regresó y emprendieron el camino de regreso a lo largo de la 14 calle rumbo al Gallo.

Poco o nada hablaba la enigmática mujer, que él acompañaba cumpliendo un servicio, que distinguió a la policía de aquella época. Juan José rompió el silencio.

— ¿Exactamente en qué lugar vive Ud.?

La mujer se quedó sin responder, pero a los pocos momentos le dijo:

—En el Gallo.

El taconeo en la banqueta se escuchaba a varios metros a la redonda, pero lo peor del caso es que, sólo el taconeo de los relucientes zapatos del policía se notaban. La mujer que el gendarme acompañaba, más parecía que iba caminando en el aire. Juan José, con disimulo le vio las puntas de los zapatos, pero el amplio vestido no se lo permitía. Apresuró el paso, y la mujer como si fuese un globo, seguía caminando a su vera flotando en el espacio.

Por un momento el policía, a pesar de la compañía, se sintió completamente solo en la 14 calle, aquella noche, para colmo de males, ni un alma se miraba, y únicamente los gorgo­ritazos de otros gendarmes sonaban a lo lejos confundidos con el ladrar de perros y el canto lúgubre de los grillos.

Cuando llegaron a las inmediaciones del extinto «Llano de Palomo», el cumplido celador del orden sentía que las piernas le pesaban toneladas y la lengua se le hinchaba como morcilla compuesta.

Todavía caminó como diez metros con la muchacha, cuando de pronto vio que se le adelantaba y poco a poco se fue esfumando en el espacio.

Al gendarme de nuestro cuento lo levantaron otros policías hasta el otro día muy de mañana, siendo arrestado por abando­nar el puesto, y esto que le narró a otro compañero, al cabo de los años me lo contó, para que yo lo publicara en mi programa.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

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