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En el chíripi… chíripi… de la noche ce­rrada, cuando las últimas gotas de la reciente lluvia ponen puntos suspensivos en la oque­dad de la floresta costeña, bultos furtivos se escabullen entre las encrucijadas de aquel 31 de octubre, víspera del día de todos los Santos.

El ojo avizor de cualquier pesquisidor descubriría de inmediato que la profesión de aquellos noctámbulos es precisamente la que recibieron de sus ancestros indígenas; eran brujos que al conjuro de hados infernales bus­caban los arboles de zapote para esperar la medianoche del día de todos los Santos de la corte celestial.

La amistad con uno de los miembros de aquella secta no organizada, pero debidamen­te identificada, me permitió asistir, a pru­dente distancia, al rito correspondiente a la magna fecha de la congregación brujeril.

Al llegar el Chimán Maestro al pie del árbol escogido, desenvolvió sus pertenencias; había algo de letanía en el temblor de los labios de aquel hombre, cuando fue sacando de unos trapos sucios los cuerpos degollados de unos gallos; en ritual nigromante las ayes sa­crificadas fueron colgadas cabeza abajo en las ramas del árbol símbolo. La escena cobró tintes diabólicos cuando entre los gallos sacó el cuerpo de un zopilote igualmente sacrifi­cado. El cuerpo negro y grande del ave ra­paz quedo colgando como una sentencia fu­nesta que amenazadoramente proviniera del más allá.

Las brasas depositadas en unos cacharros comenzaron a ser rociadas con un polvillo que al caer sobre ellas, se trasformaba en densas bocanadas de humo aromático. A todo esto se habían congregado otros miembros de la comunidad de brujos, quienes ocupaban pues­tos determinados por ignorada jerarquía; quizá la antigüedad en el oficio o el poder con­fiado a sus manos, daba la procedencia que cada uno respetaba y acataba para con sus merecedores, fueron formándose unos círculos concéntricos de tenebrosas figuras humanas.

El silencio de la noche lo embargaba todo, solo las volutas de humo ascendían en inter­minable caravana, después, ni un susurro. La sombra del árbol de zapote parecía no tener limite; en el comienzo de aquella noche esa sombra parecía que lo cubría todo: ni un co­cuyo, ni siquiera el paréntesis del canto de la lechuza Las horas de la noche caían de una en una con lentitud pasmosa; en un instante, adver­tido por pocos, el brujo maestro volvió dis­cretamente la cabeza como para percatarse de la presencia de los intrusos y cuando pasó sobre mi persona, sentí que su mirada era un halo frio que me registraba toda la huma­nidad.

Al filo de la medianoche los participantes comenzaron a retomar la adusta actitud del principio. El Chimán Maestro alzó las manos en pagana oración y pasándose el brasero por todo el cuerpo, se quedó estático por va­rios segundos. A una sola vez los circundan­tes alzaron los brazos pronunciando letanías ininteligibles y en coro.

El humo seguía prodigándose en locas bo­canadas, no pasó nada de lo que nuestra imaginación nos anticipó. Al término de las ceremonias de la medianoche, todos volvieron a su estática postura y como ídolos de piedra quedaron inanimados en espera del nuevo día.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Comentarios ( 2 )

  • superleyendas dice:

    Muchas gracias por tus comentarios, nos llena de felicidad poder cumplir con nuestro cometido, donde podamos apreciar juntos leyendas, historias o mitos de diferentes lugares…

  • josefa mejia dice:

    sus leyendas son buenisimas las leo siempre y todas las que e leido me han gustado por favor sigan publicando felicitaciones y sigan adelante bendiciones y muchas exitos.

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