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Don Ramón Menéndez Pidal cuenta esta versión de la célebre leyenda de don Rodrigo y su inseparable “La Cava”;

Cierto día, en el palacio real de Sevilla hablábase de hermosas mujeres y uno terció en la conversación afirmando:

—En toda la sierra no hay mujer más bella que la hija de Julián, el conde de Tangitania.

Estas palabras impresionaron al rey Getico o Vitiza, quien, apartándose del concurso, trató a solar con un duque el modo de enviar con cautela un mensajero a aquella doncella para poder verla cuanto antes. Y le dijo:

—Llama a Julián; que venga, y entrégate con él, du­rante algún tiempo, a los festines y a la embriaguez, en alegres orgías.

Y mientras Julián andaba en estas fiestas, Vitiza es­cribió cartas en nombre del conde, selladas con el sello de éste, y las envió a la condesa para que trajese cuanto antes a su hija Oliva (los moros le llaman «La Cava») a Sevilla. Y disipado el conde Julián en aquellos deleites del banquetear y del beber, Vitiza tuvo mu­chos días en su poder a la hermosa doncella y la es­tupró.

Y aún seguía Julián en sus espléndidos banquetes, cuando una vez, alzando los ojos, vio a un escudero suyo que habia dejado en Tángcr, y Hamán&le hacia si, le dijo:

— ¿Cómo has venido por acá?

A lo que él respondió:

–Como hiciste venir a tu mujer y a tu hija, yo vine acompañándolas.

—Vete —dijo Julián al escudero— y di a mi mujer que venga en seguida.

Al llegar, la mujer reveló a su marido cómo Vitiza las había hecho venir, a ella y a su hija, con engaño.

Entonces Julián dijo a la condesa:

—Anda, recoge todas tus cosas y corre a la ribera del rio, que allí cogeremos el navío y nos repatriare­mos, abandonando a nuestra hija.

Y subieron al barco y navegaron directa y rápida­mente a Ceuta.

Una vez llegados, y reunidas todas sus riquezas en oro, plata y ropas, Julián se dirigió a Alcalá, donde residía el rey moro Tárec, y le dijo:

–¿Quieres entrar en España? Yo to llevaré, porque tengo las naves del mar y de la tierra y puedo enca­minarte bien.

— ¿Y qué confianza —reparó Tárec— podré tener en ti, siendo tú cristiano y yo moro?

—En cuanto a eso —replicó Julian, bien puedes confiarte en mí, porque to entregaré mi mujer, mis hi­jos y riquezas innumerables.

Entonces, aceptadas estas seguridades, Tárec reunió gran muchedumbre de caballeros Árabes, y desembar­cando con Julián en la isla de Tárif (sic, no Tárac), subió al monte que está, entre Ceuta y Málaga, el cual hasta hoy se llama monte de Tárec, y desde allí se diri­gió a Sevilla, la combatió y la tomó.

Mientras esto sucedía, murió Getico o Vitiza, dejando dos hijos: Sebastino y Evo. Pero, como fuesen mucha­chos, los de la tierra no los quisieron para reinar eligieron a Rodrigo, el cual, reuniendo un gran ejército, salid a enfrentarse con Tárec.

Pero los hijos de Vitiza enviaron aviso a este último, ofreciéndole huir en la batalla, como lo hicieron, aca­rreando la derrota de los cristianos. Muchos de éstos perecieron, y entre ellos murió don Rodrigo.

Tárec dio un privilegio de ingenuidad a los traidores Sebastino y Evo, y éstos poseyeron pacíficamente tres mil sesenta villas, que era el patrimonio real que Vitiza había poseído.

También se dice que el rey don Rodrigo huyó, al verlo todo perdido, hasta la villa de Viseo, en el reino de Portugal, donde acabó su vida convertido en mozo de un hortelano.

Y cuéntase que hizo tan gran penitencia y murió como tan buen católico, que, en el momento de expirar, todas las campanas de Viseo tañeron por él sin que persona alguna las tocara.

Asimismo hay quien afirma que crió en la huerta “una muy grande culebra et, quando la vio poderosa, metióse con ella en una cueva et dexóse todo comer fasta que murió”.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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