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Ángel, humano o djinn

En su apartado de dedicado a genios, la enciclopedia Británica hace referencia a los djinn o yinn, un tipo de espíritus provenientes de la mitología arábiga que habitan la Tierra junto con nosotros. El Corán – libro sagrado del islam – indica que estos entes fueron creados por Alá (Al-iLah, el Dios), al igual que los ángeles y los humano, formando asi una tercera raza. Para la mitología musulmana los djinn poblaron la Tierra antes que el hombre, y fueron los primeros seres capaces de razonar. Su única finalidad es la adoración de Alá y, al igual que los humanos, tienen la libertad de elección, por lo que muchos tomaron el camino del mal, como los ifrits, espíritus paganos al servicio de Iblis (el diablo).

Desde que hombres y djinns fueran arrojados al mundo terrenal, han compartido sus destinos; se dice que cada vez que nace un humano surge su “compañero” o qarin, que lo seguirá el resto de su vida. El qarin es un djinn que alienta la maldad en las personas, pero también puede ser “domesticado” para ayudar al hombre a hacer el bien y seguir el camino de Alá. Mahoma (ca. 570 – 632), el único profeta para los musulmanes, también tenía su propio djinn, pero éste fue convertido al islam con ayuda de Dios.

Los dijnn, creados del “fuego sin humo” y relacionados con el calor del desierto, son representaciones del bien y del mal puesto que ayudan o atacan a los hombres según su conveniencia. De personalidad traviesa y bromista, algunas de sus manifestaciones podrían compararse con los “poltergeist” (espíritus escandalosos). Otros, los ghul – un tipo de djinn-, adoptan formas de animales como gatos, serpientes, alacranes, enormes canes negros o chacales. En general, tienen un temperamento volátil y con gran facilidad se les puede hacer enfurecer. Cuando eso pasa, se desquitan provocando tormentas de arena, causan pesadillas a las personas o propagan epidemias en las zonas urbanas. Incluso, si la gente no es lo suficientemente precavida, son capaces de poseer sus cuerpos y obligarlas a hacer actos deshonrosos.

Estos entes habitan de modo invisible en nuestro mundo, pero pueden aparecer de forma corpórea si se les llama, ofende o invoca – comúnmente son representados con un cuerpo de humo -. No obstante, su magia, los djinn tienen necesidades parecidas al hombre. Se deben alimentar y, dado que son mortales – aunque su lapso de vida es mucho más largo que el de nosotros -, también se reproducen entre ellos.

En algunas regiones del mundo islámico, la gente cree que interactúa entre estos espíritus todo el tiempo, y que los genios sienten especial atracción por sus actividades diarias. Eternos mentirosos, se entretienen metiéndose en las conversaciones para confundir a los humanos. Usualmente se les asocia con los lugares poco higiénicos o ruinosos, pero no es extraño que vaguen por las ciudades o husmen dentro las casas. Para alejarlos, el Corán recomienda orar en el nombre de Alá, lo cual se vuelve muy importante a la hora de tomar alimentos. Si un espíritu llega a poseerá alguien puede provocarle todo tipo de enfermedades, siendo la peor de ellas la locura.

La imagen occidental de los genios se basa en la historia de Aladino. De ahí pudo haber surgido la idea de los tres deseos y la regla que obliga a los djinns a servir al amo que lo libere de su encierro – que según el cuento puede ser dentro de una lampara o en algún antiguo anillo -. Las películas, cuentos y libros retoman estos elementos haciéndolos hoy parte del mito, junto con la premisa de “ten cuidado con lo que deseas”, idea rescatada del cuento La pata del mono, del novelista británico W.W. Jacobs (1863 – 1963).

Otro de los posibles orígenes de la relación genios-deseos quizá provenga del propio Corán (27:17, 38:40; 34:12-14), donde se dice que el mítico rey Salomón – personaje también mencionado en la Biblia, que reino de 970 a 930 a.C. – tenía a su servicio a los genios, quienes lo obedecían por mandato de Alá y crearon para él grandes templos.

Al final, poco importa de dónde venga estos más escondidos deseos con sólo pedirlo, sigue siendo parte del encanto que ha mantenido a los genios en el folclor universal actual, y no solo en el oriental.

 

Bibliografía

Extractos sacados de Muy Interesante (2016). Mitos y Leyendas.  Editorial GyJ Televisa S.A. DE C.V.

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Un sastre llamado Mustafá vivía en la capital de un reino de la China. Pero el hombre era tan pobre que casi no podía mantener a su esposa y a su hijo, llamado Aladino.

Este muchacho andaba siempre vagabundeando por las calles. Y aunque su padre quiso enseñarle su oficio de sastre, no pudo conseguirlo, por lo que el pobre Mustafá, apenado por la inutilidad y malas inclinaciones de su hijo, no tardó en morir.

Al ver que nada podía esperar de Aladino, su madre vendió los utensilios de la sastrería y cerró el estableci­miento, dedicándose a hilar para poder alimentarse.

Aladino, entretanto, a sus quince años, era el mucha­cho más travieso y menos trabajador de la ciudad.

Cierto día que estaba jugando por la plaza, conoció a un mago africano que, fingiendo ser hermano de su padre, le prometió convertirle en hombre de provecho si se iba con él.

—Te pondré al frente de una tienda de telas —le di­jo—, con lo que podrás llegar a ser un acaudalado co­merciante.

Y como el muchacho vio que aquella proposición le venía como anillo al dedo, aceptó encantado.

En los días siguientes, el mago fue enseñando al muchacho cosas maravillosas y extraordinarias, aunque ninguna de ellas relacionada con la tienda que le había prometido. Pero como el fingido tío viera que Aladino se quedaba admirado con cuanto veía, le dijo:

—Mañana verás algo nunca visto.

Hora es ya de saber que el mago africano no era hermano del sastre Mustafá, sino un aventurero que había llegado a aquellas tierras de China, atraído por la noticia de que existía una lámpara maravillosa con la que era posible obtener todas las cosas. Y si utilizaba a Aladino para buscarla, era porque sabía que solo un muchacho de su edad podía hacerlo sin peligro de muerte.

Así, pues, al día siguiente, el mago y Aladino se pu­sieron en marcha, hasta que al cabo de varias horas de andar llegaron cerca de un magnífico palacio rodeado de jardines, fuentes y frondosos árboles.

El mago prendió fuego a unas malezas y derramó un perfume sobre las llamas al tiempo que pronunciaba unas palabras mágicas. Y, ante el asombro y temor de Aladino, con un ligero temblor de tierra se abrió súbitamente una grieta en el suelo, dejando al descu­bierto una losa con una argolla de hierro oxidado.

—Aladino, tira de ella a la vez que pronuncias los nombres de tu padre y de tu abuelo —dijo el mago—. Verás con qué facilidad lo haces.

El muchacho tuvo miedo e intentó huir, pero su fin­gido tío le abofeteó diciéndole:

—Esto lo hago por tu bien, pues ahí dentro se escon­de un tesoro que te hará el hombre más rico del mundo.

Al fin hizo Aladino to que se le ordenaba. Y entonces vio que bajo la piedra aparecían una escalera y una puerta.

—Por ahí se entra a la gruta —dijo el mago—. Toma este anillo y baja. Con él evitarás cualquier mal que te pueda sobrevenir en el interior de la cueva.

Aladino descendió por las escaleras y no tardó en encontrar tres espaciosas salas llenas de jarrones de oro y plata colocados a los lados. Luego salió a un jardín y subió a una azotea, donde había un nicho que el muchacho abrió, siguiendo las indicaciones del mago.

Dentro había una lámpara, de la que se apoderó Aladi­no. Después de guardársela en el seno, el muchacho re­gresó de nuevo hacia la abertura.

Al pasar por el jardín, vio que los frutos que había en los árboles no eran sino perlas, brillantes, esmeral­das, etc. Codicioso de tanta riqueza, se Ilenó de joyas los bolsillos pero, como al llegar a la estrecha abertura le fue imposible salir por culpa de su rico cargamento, pidió al mago:

—Ayúdeme a salir de aquí.

—Dame la lámpara primero, hijo mío —replicó su falso tío.

Pero como Aladino se negara a entregársela a pesar de las insistentes amenazas del mago, éste, irritado, arro­jó unos polvos que tuvieron la virtud de cerrar inme­diatamente la abertura, dejando al muchacho sin posi­ble salida al exterior.

Pasado un rato, el mago intentó abrir nuevamente la grieta, pero todo fue en vano. Entonces fue presa de Ia mayor desesperación, ya que reconocía que por haberse dejado llevar de la ira, acababa de perder la mejor oportunidad de enriquecerse que había tenido en su vida. Finalmente, al ver que todos sus esfuerzos eran en balde, emprendió el camino de regreso y se dirigió hacia el corazón de África, donde estaba su pa­tria de origen.

Mientras tanto, Aladino llamaba en vano a su tío, implorando que le ayudara a salir de allí. Ya estaba desesperado y casi muerto de hambre, cuando se acordó del anillo mágico que llevaba. No hizo más que pedirle que le sacara de allí, cuando se abrió la tierra y Aladino quedó en libertad.

Lo malo fue que el muchacho, para poder salir de su encierro, tuvo que dejar todas las joyas que llevaba, por lo que llegó, a su casa tan solo con la lámpara.

Un día, la madre de Aladino, apurada por carecer en absoluto de dinero, pensó en vender aquella lámpara que había traído su hijo. Y como estaba bastante sucia de polvo, la frotó con un trapo antes de llevársela al trapero. Pero, al hacerlo, salió de ella un enorme gigan­te de aspecto andrajoso.

—¿Que deseas? —dijo—. He de obedecer ciegamente a quien posea la lámpara.

Al ver aquello, la madre de Aladino cayó desmayada, y cuando llego su hijo le contó todo lo ocurrido. El muchacho frotó nuevamente la lámpara y cuando vio aparecer al gigante, le dijo, temeroso:

—Tengo hambre. Dame de comer.

El genio partió al oír esto y no tardó en regresar con una fuente repleta de los más suculentos alimentos y platos, vasos y cubiertos de oro y plata.

A partir de entonces, la lámpara fue la solución de Aladino y de su buena, madre. Pero solo Ia utilizaban para cubrir las necesidades más perentorias.

Un día, sin embargo, Aladino vio a la hermosa prin­cesa Brudulbudura, hija del rey de la ciudad, y tan pren­dado quedó de ella que al instante concibió la idea de hacerla su esposa. Para ello pensaba valerse, natural­mente, de su mágica lámpara.

La madre de Aladino, aunque a regañadientes, fue a pedir al rey la mano de su hija, pero le fue denegada.  ¿Cómo podía una vieja miserable pretender semejante cosa?

Pero tantas joyas y regalos valiosos presentó la mu­jer, gracias al gigante, que, al fin, el monarca accedió a casar su hija con Aladino. También éste, por su parte, deslumbró a la princesa con tantas riquezas como ja­más hubiera podido soñar. Incluso hizo levantar al mago en una sola noche un magnífico palacio, en el que los nuevos esposos fueron a vivir.

Pero ocurrió que tantas maravillas llegaron a oídos del propio mago que un día se fingió tío de Aladino y le reveló el secreto de la lámpara al joven. Y lleno de ira y envidia decidió regresar a China para vengarse del muchacho.

Inmediatamente empezó a rondar por el palacio donde vivía Aladino. Y un día, aprovechando la ausencia de éste, se presentó como comprador de lámparas vie­jas. La princesa Brudulbudura, que sentía aversión hacia aquella lámpara anticuada y astrosa que su marido re­tenía, al parecer por puro capricho, decidió deshacerse de ella.

—Vendédsela a ese hombre —ordenó a sus criados.

Tan pronto como el mago se vio en posesión de la lámpara, la frotó y le pidió al gigante, que se puso a su disposición:

—Trasládame al corazón de África junto con el pala­cio de Aladino y su esposa.

Aladino quedó muy consternado al saber lo ocurrido. Y aunque todos creían que era obra suya to de haber hecho desaparecer el palacio, él sabía muy Bien que aquello era obra de su falso tío.

Y ocurrió que al frotarse las manos con desespera­ción, restregó, al hacerlo, el anillo mágico que le habla dado el mago y que ahora siempre llevaba en un dedo. Inmediatamente apareció el genio de la lámpara.

— ¿Que deseas de mí? —le dijo.

—Que me transportes al lugar donde se encuentra mi esposa.

En un santiamén, Aladino fue conducido al África, a los mismos jardines de su palacio, donde encontró a la princesa. Después de abrazarse con alegría, busca­ron la forma de recuperar la lámpara, que el mago llevaba siempre oculta en el seno.

Todo fue muy fácil. Mientras comían, la princesa echó disimuladamente en la bebida del nigromante unos polvos que le privaron por completo del conocimiento. Inmediatamente, salió Aladino de su escondite, le quitó la lámpara y pidió a continuación al gigante:

—Trasládanos a nuestro país.

Y en un abrir y cerrar de ojos, el palacio volvió a apa­recer en el sitio donde había sido colocado la primera vez. Pero cuando todos estaban otra vez felices y con­tentos, surgió una nueva desdicha, esta vez par culpa de un hermano del mago, hombre de instintos perversos y también muy ducho en cosas de magia.

Al saber lo ocurrido a su hermano, se trasladó al lugar donde vivía Aladino y con engaños y ardides, disfrazado de falsa vieja, intentó, finalmente, asesinar al joven con un puñal; pero éste le arrebató el arma homicida, y, en defensa propia, mató al hermano del mago.

Después todo fue felicidad en aquel reino. Y al morir el rey, Aladino ocupó el trono junto con su esposa Bru­dulbudura. Las crónicas dicen que se mostraron siempre como soberanos buenos y justos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.