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Aquella mañana, de un dulce color de miel, era magnifica. El cielo estaba de fiesta. La tierra estaba de fiesta. Era primavera.

Pero Ahmed, el alfarero, no podía ver esa belleza. En su alfarería, entre cantaros, platos y vasijas, meditaba amargamente. Pasando aquella puerta, en la pieza contigua, su hermano agonizaba. Ya nada había que hacer. Y Ahmed pensaba, desesperado, en su destino adverso, que le había hecho pasar siempre una vida de duro trabajo y eterna pobreza, y que ahora le arrancaba a su hermano.

Una plegaria férvida aleteo en sus labios, pidiendo a Alá la vida de su hermano, nada más que la vida de su hermano. Podía ponerle a la vista todos los tesoros, que él no titubearía.

De pronto, los ojos de Ahmed se abrieron desmesuradamente. ¡Qué veía! Todos los cántaros, todas las vasijas, modelados en greda y arcilla se habían transformado en cántaros de plata y en vasijas de oro. Y aparecían adornados por las más claras esmeraldas, los más ardientes rubíes, los zafiros más soñadores…

Pensó Ahmed en todo lo que representaba aquello: podía, al fin, descansar, viajar, cuidar su salud abatida. Pero no dudó. En su pequeña y humilde alfarería resonaron dos gritos suyos: ¡No!, ¡No!

Él prefería la vida de su hermano. Ya lo había dicho: sólo la vida de su hermano, más preciosa para él que todos los tesoros del mundo.

Y, según dicen, su amor fraternal – luego de pasar por aquella prueba – fue premiado por Alá, quien realizó el deseo del noble alfarero.

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A