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Cuando Herodes ordenó la degollación de los Ino­centes, un ángel advirtió a la virgen María y a san José que junto con el niño Jesús salieran de Nazareth y huyeran a Egipto. Así lo hicieron acompañados de un asno cargado con lo más imprescindible.

Ya se creían a salvo, cuando vieron que eran perse­guidos por los soldados del rey. Entonces la Virgen sugirió a su esposo san José que se separaran: ellos, con el Niño, huiría por los campos, tratando de escon­derse entre los árboles y el follaje, mientras el con el burro continuarían su camino. Después, cuando se alejara el peligro, volverían a encontrarse.

No habían hecho más que separarse, cuando llega­ron los soldados de Herodes al lugar donde se hallaba san José con el asno.

— ¿Has visto a una mujer con un niño en brazos? —le preguntaron.

—No he visto pasar a nadie por aquí —respondió el santo temblando.

Y calculando que la mujer andaría por entre el folla­je, los soldados echaron a correr a campo traviesa, con las espadas desenvainadas.

La Virgen, que corría afanosamente estrechando al Niño contra su pecho, oyó sus gritos salvajes y sus pasos precipitados acercársele por momentos. Pero, cuan­do ya se creía perdida, descubrió un campo de lino, florido. La Virgen se metió entre las flores, implorando:

—Escondedme y yo os bendeciré eternamente.

Las plantas de lino se abrieron con leve rumor y a medida que la Virgen pasaba, los sutiles tallos volvían a unirse, flexibles como el agua, sin dejar ninguna huella de su paso, mientras las flores ondeaban al viento con rumor de seda.

Al llegar los soldados al borde del campo y ver las flores del lino ondeando tranquilamente, dieron media vuelta y se marcharon.

La Virgen pudo entonces salir del campo y dijo al lino:

— ¡Bendito seas! De ti se vestirán los hombres y los altares.

Con el Niño en brazos, la Virgen reanudó su camino y poco después entró en un bosque de olivos. Pero apenas había andado unos pasos, cuando el fragor de unas voces descompuestas la hizo estremecer. Eran los soldados, que volvían chillando e imprecando.

La pobre madre estaba aterrada y ya se disponía a invocar la ayuda de los Ángeles, cuando uno de aque­llos olivos, el más viejo de todos, cuyo tronco cente­nario estaba hueco cual una gruta, le gritó:

—Ven aquí, Virgencita, ven a esconderte en mi tron­co. Nadie te descubrirá. No tengas miedo.

Y mientras la Virgen, cuyo corazón desfallecía, se acomodaba en la oquedad del olivo, los soldados pasa­ron por delante el árbol como furias, pero no repararon en el escondite. Una vez pasado el peligro, la Virgen salió del tronco y dijo al olivo:

— ¡Bendito seas, olivo! Tus ramas serán símbolo de paz; tu fruto servirá a los hombres de alimento y de luz. Y cada año en la noche del quince de agosto, baja­re a la tierra para dar el aceite a tus frutos.

De esta forma quedó bendito el olivo. Y todos los años, quien contempla el cielo en la noche del quince de agosto, lo ve surcado hasta el alba por innumera­bles estrellas que caen, mientras miríadas de luciérnagas van errando entre las ramas de los olivos.

Las luciérnagas no son sino Ángeles con lucecillas de oro, que acompañan a la Virgen, mientras ella infunde en los frutos del olivo los vasos de aceite que otros Ángeles en forma de estrellas le bajan del cielo.

Después de burlar nuevamente a los soldados, la Virgen prosiguió su camino con el Niño Jesús en busca de san José. Pero no había hecho más que andar unos pasos, cuando detrás de unas zarzas oyó las voces fu­riosas de sus perseguidores.

—Debe de estar por aquí —decía uno de ellos–. Su manto celeste se confunde con el color de la hierba. ¡Mirad bien por todas partes!

Aterrorizada, la Virgen buscó nuevamente donde ocul­tarse, pero no hallo ni un Árbol, ni una zanja, ni unas matas donde hacerlo. No vio más que un campo de altramuces, que sacudía al viento sus vainas secas como pequeñas castañuelas. Pero, cuando ciega de espanto, la infeliz madre echo a correr entre las matas, estas empezaron a moverse con estrépito.

— ¡Oh, plantas malvadas! —dijo la Virgen sin dejar de correr—. Con vuestro ruido haréis que me descu­bran. ¡Desde hoy tendréis la amargura que yo tengo!

Por eso, desde aquel día, los altramuces tienen una amargura insoportable al paladar.

La Virgen, entretanto, llegó corriendo junto a una enorme higuera. Y tras subir al Árbol con la energía que da la desesperación, le dijo:

—Higuera, escóndeme entre tus grandes hojas y serás bendita.

Y el árbol acogió a la Virgen, abriendo sus brazos y alargó sus verdes hojas anchas, gruesas y ásperas en torno a Ella y al Niño, hasta cubrirlos por completo.

Cuando los soldados llegaron, poco después, no vie­ron huella de alma viviente por aquellos contornos y, desanimados, regresaron a Jerusalén para informar al cruel Herodes de su fracasada persecución.

La Virgen bajó del árbol que tan bien la había aco­gido. Y antes de ir en busca de san José, que la espe­raba a poca distancia, bendijo a la higuera con estas palabras:

— ¡Bendita seas, higuera! Tú darás fruto dos veces al año.

Es por esto que la higuera produce en junio y agosto frutos dulces como la miel.

Luego, una vez reunida la Virgen con su esposo san José, la sagrada Familia pudo continuar su viaje sin novedad hasta llegar felizmente a Egipto.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.