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La diosa Amaterasu, cuya imagen simboliza al Sol y con el cual se confunde a veces, es considerada como fundadora de la nación japonesa, en cuyo país goza de universal veneración.

Amaterasu recibió de su padre, Izanagi, la orden de gobernar el mundo; pero envidioso de ello su hermano Susanoo —que significa «el macho impetuoso»—, puso obstáculos al bienestar de su reino. Además, el joven Susanoo perpetro mil fechorías y devastó el palacio de su hermana, en el que penetró por el techo a lomos de un caballo celeste al que había desollado vivo poco antes.

Tanto se ofendió y llenó de espanto Amaterasu que fue a ocultarse en el fondo de una gruta, dejando a os­curas el mundo y esparciendo por la tierra los malos espíritus.

Al verse privados de luz, los demás dioses decidie­ron buscar una fórmula para captarse de nuevo la bue­na voluntad de la diosa Amaterasu. Un astuto kami hizo llevar gallos cerca de la gruta para que con su canto pareciera que había llegado la aurora. También obligó a que todos los pájaros formaran un gran coro en torno a la cueva; y se plantaron quinientos árboles aromáticos para perfumar el albergue de la ofendida diosa.

Por si esto fuera poco, se situó frente a la gruta un gran espejo, mientras empavesaban de blanco algunos árboles en los que colocaron una infinidad de joyas que sirvieran de reflectores.

Entre tanto, una diosa subalterna de gran belleza, llamada Ameno Uszunu, ejecutaba artísticas danzas, de­jando caer a cada vuelta una prenda de su vaporoso vestido. A medida que iban cayendo los velos que la cubrían, los dioses, reunidos allí, prorrumpían en grandes carcajadas ante la cómica danza o bien elogiaban entusiásticamente el esplendor de las formas desnudas de la hermosa bailarina.

Y como quiera que Amaterasu oía, oculta, tales risas y alabanzas, más que curiosidad sintió celos y salió de la gruta, por lo que tornó a brillar la luz en el mundo.

Los dioses le entregaron el espejo para que se con­templase, y la diosa del Sol se sintió satisfecha al convencerse de que era mucho más hermosa que ninguna otra.

Entonces accedió a gobernar de nuevo y a iluminar el mundo. Por su parte, los dioses castigaron duramente a Susanoo, hermano de Amaterasu, expulsándolo del cielo y dándole el imperio de los mares. Pero antes, los dioses le arrancaron los cabellos y las uñas como casti­go a su osadía.

Susanoo acató la voluntad de sus superiores, pero antes hubo de luchar con un fiero dragón de ocho cabe­zas, que, sembrando el terror y cometiendo tropellas, se había erigido en dueño y señor de los mares.

–¡Toma este sable, el to ayudara a vencer! —dijo el dios de la Guerra, entregándoselo a Susanoo.

Y tras un combate valiente y peligroso, el antiguo dios de la Fuerza venció al dragón. Su astucia, su arro­jo, pudieron con el monstruo, que quedó sepultado en las profundidades marinas.

A continuación, Susanoo regresó a la tierra y regaló a su hermana Amaterasu, en desagravio de sus ofensas, una joya en forma de esfera que llevaba el dragón y el sable con el que le dio muerte.

Pasó el tiempo y, un buen día, de los incestuosos amo­res de la hermosa Amaterasu y del valeroso Susanoo nacieron otras familias de dioses, de una de las cuales procede la dinastía imperial del Japón. Al parecer, los dioses, primitivamente de una naturaleza sobrehurnana, fueron metamorfoseándose paulatinamente, hasta llegar a Jimmu, nieto de Amaterasu y Susanoo y primer em­perador-hombre, fundador de la dinastía del imperio japonés que empezó a regir el año 660 antes de Jesu­cristo.

Por eso, los emperadores del Japón, a los que se les da los calificativos de «Tenno» (Emperador celeste), y «Tenshi» (hijo del Cielo), son los únicos que se creen descendientes de dioses, ya que tuvieron por abuelos a la diosa del Sol y al dios del Valor.

Al nacer su nieto Jimmu Tenno, la diosa Amaterasu le regaló las Islas del Japón, nombrándole para siempre su emperador. Y al mismo tiempo le entregó los tres tesoros sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya.

Desde entonces estos son los emblemas del empera­dor japonés. Están guardados en el templo antiguo de Isé, envueltos en ricas telas de seda.

El Espejo es el mismo que los dioses entregaron a Amaterasu al salir de la gruta para que contemplase su belleza; el Sable es el que empleó Susanoo para matar al dragón de ocho cabezas, y la Joya es la misma que Susanoo quitó a esta fiera al matarla.

Por consiguiente, desde Jimmu Tenno, el primer emperador del Japón, hasta nuestros días, durante más de dos mil seiscientos años no ha habido discontinuidad entre sus emperadores. Todos han descendido en línea directa de la divina Amaterasu, la hermosísima diosa del Sol.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.