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La leyenda siguiente quizá quede como un relato más, en el medio guatemalteco, pero para un viejo chofer de ambulancias, no fue eso, es algo más profundo, una rara experiencia que mientras viva jamás olvidara.

Hacía pocos días que había pasado la revolución de Oc­tubre del año 1944 y una destartalada oficina, el casi centenario teléfono, sonaba con poca fuerza, con un Riiiiinnnnn, Rlllllnnnnn, aburrido y monótono. Con desgano lo tomó el guardián y con el clásico —Aló—, se inició una breve charla que daría complementos a una leyenda, que para una persona es la más pura rea­lidad. El grito del guardián sonó fuerte e impotente, despertando de su profundo sueño al piloto que cabezeaba sobre el timón de una vieja ambulancia, en un patio grande tan grande, como las deudas y las penas de nuestro personaje.

— ¿Qué pasa?, dijo el hombre que dormía dentro del arma­toste —yo me siento muy mal y con temperatura—, el hombrón habría la bocona desperezándose, estiraba los brazos y como muerto en agonía, enfatizó: —Allí esta don Tulio, él puede hacer la campaña, y además, está de turno.

Para colmo de males, la lluvia de Octubre, hacia estragos con su temporalito que se quitaba y volvía a aparecer con más fuerza. El guardián tomó un pedazo de hule viejo y echándoselo sobre la espalda, se internó hacia el viejo edificio en busca de quien nunca decía «No» a una emergencia.

Hay que recoger a un baleado, en la Villa de Guadalupe, dijo el guardián desde la puerta del garage. Don Tulio tomó su capona negra y sin esperar más tiempo salió disparado rumbo al sitio indicado corriendo como un demonio y con la sirena a todo volu­men, por las solitarias avenidas de la capital.

Cuando la llanta trasera se metía en un charco, don Tulio, picarescamente, miraba por el espejo hasta donde saltaba el agua con lodo, iba recordando su niñez, porque en esos tiempos de hambre, nunca jugó con una entretención, todo había sido solo «Lazo y Sebo», y de vez en cuando, hacia alguna travesura, aun­que ruborizándose porque ya era un hombre maduro.

El ulular de la sirena, se fue haciendo más notorio al pasar por el relleno de la 12 avenida, rumbo al Barrio de San Pedrito, aquella sirena daba la impresión que era la llorona, viajando por el espacio en busca de su hijo, Juan de la Cruz. La noche era negra, y el viento se dispersaba sobre los techos de las cobachas, queriendo desclavar las láminas oxidadas.

Cuando pasó por la Guardia de Honor, el soldado de turno le dijo adiós, y el contestó el saludo con un apagón de las luces delanteras, que al empapado indígena le parecieron caídas de-ojos de una sirvienta mofletuda de Cobán. La ambulancia siguió su camino con grito fúnebre, pidiendo vía libre en las mojadas calles; allí los charcos eran más grandes y los saltos igual; los escasos cha­lets fueron quedando atrás, uno tras otro, uno tras otro, con todo y sus árboles y predios baldíos, llenos de matas de higuerillo, flores de muerto y guías de güisquil.

Ya había llegado, mejor dicho, estaba entrando al lejano barrio de La Villa, y efectivamente, allí estaba un grupo de curio­sos, haciendo rueda a un hombre caído, lo peor del caso fue que, cuando el bajo de la ambulancia, del grupo aquel no había ni un alma, únicamente el hombre con un uniforme militar, tirado en el suelo, quejándose de una herida en el estómago.

Don Tulio abrió rápidamente la puerta trasera de la ambu­lancia, y cargándolo en peso, lo subió, colocándolo cuidadosa­mente en la camilla, sujetándolo con unos cinchos especiales.

—Por favor, rápido, que me estoy muriendo —dijo el militar al humilde servidor que hubiera querido tener alas para volar y trasladarlo al hospital más cercano.

El viejo vehículo marcaba 100 Km. por hora, ya no daba más, pero don Tulio, parecía ir despacio porque palpablemente miraba que el hombre desangraba más y más, a cada instante; a pesar del ruido del motor, escuchaba sus quejidos claramente.

El aparato parecía que iba a cobrar más fuerza, cuando don Tulio pisaba el acelerador, ahora tomando por la Calle Real de la Villa, para salir al Obelisco, y la Avenida de la Reforma, por fin el motor de mil batallas respondía y allí iba nuevamente como un bólido dejando su estela de humo y sus gotitas de aceite quemado, que en el agua, daban colores al charco, que iba quedando atrás, lejos muy lejos.

De pronto y cuando ya cruzaba por la Calle Mariscal Cruz y 7a. Avenida, noto que los quejidos se fueron eliminando. Don Tulio pensó en un desenlace fatal. Echó un vistazo, y vio el cuerpo inerte que, únicamente lo movía el sangoloteo del vehículo. A los Locos momentos principió nuevamente, el hombre a quejarse, y esto hizo pensar a nuestro hombre que el paciente aún vivía.

Cuando pasó por la esquina de la 18 Calle y 7a. Avenida, tuvo que dar un giro violento, porque un borrachín se le atravezó imprudentemente, pero don Tulio, se jactaba de ser muy buen piloto, tener buen timón, y la emergencia fue salvada con pericia inteligencia.

Cuando llego al crucero de la 10a. calle y 7a. Avenida, un muchacho de la Guardia Cívica, le dio la vía, señalándole con el fusil en la mano, que podía pasar, sin ninguna pena, las llantas chirriaron en el suelo y caminando cuesta arriba en poco tiempo llego a la emergencia del Hospital, donde solicitó ayuda para bajar al herido, pero primero pensó en abrir la portezuela trasera, y después llamar al enfermero de turno. Casi se va de espaldas, cuando vio con sus ojos grandes, que no había nadie, únicamente la camilla, como él la había dejado, atada con fuerza, y en el sitio donde originalmente estaba.

— ¿Qué pasó?, dijo el enfermero, tan flaco y cadavérico, que hizo saltar a don Tulio, que no salía de su asombro, pero que reponiéndose le contesto:

—No es nada, mi querido amigo; chispas del oficio que suelen suceder.

Sin comprender aquellas palabras el enfermero se retiró del lugar, y don Tulio hizo lo mismo con su ambulancia, perdiéndose en las céntricas calles de la capital.

Cuando llegó a la oficina, su jefe superior le esperaba, con una cara de no muy buenos amigos, increpándole su manera de proceder al abandonar sin previo aviso y sin mediar motivo, su trabajo, con todo y la ambulancia.

Don Tulio vio al guardián de pies a cabeza y con mirada in inquisidora, casi temblando de rabia, le dijo:

  • ¡Acaso no fue usted, el que me dijo que recogiera un herido en la Villa de Guadalupe!

Ante las facciones de don Tulio, todos se quedaron espantados, y creyeron lo que el hombre decía. De una de las ambulancias aparcadas en el patio, salió un anciano chofer, que callando a todos les dijo:

  • Aquí nadie tiene la culpa, no es la primera vez que sucede, el llamado a don Tulio por parte del guardián, no fue más que una alucinación, y lo que vio más tarde es el desenlace de algo que nunca olvidara mientras viva, a mí me sucedió hace una semana y me quede callado, ahora le ha tocado a don Tulio, quizá mañana le toque a otro chofer de ambulancia, porque el espíritu ha quedado allí, eternamente.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala