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Cuéntase que en los primeros años del siglo cuando Pizarro era ya famoso en todo el territorio de las Indias por su arrojo y sus hazañas, el gran conquis­tador español, vivió uno de los momentos más difíciles de su agitada vida.

Cierto día, Pizarro y sus compañeros de aventuras, conocidos por Los trece de la fama, huían de la isla de Górgora, por estárseles agotando las provisiones. Y navegaban, sedientos y hambrientos, hacia una playa cercana, próxima al valle de Túmbez.

Cuando ya los conquistadores españoles daban gra­cias a Dios, porque divisaron al fin la meta de su travesía, esta alegría se trocó, en doloroso desencanto al ver que la playa estaba infestada de indios, que les es­peraban armados hasta los clientes, dispuestos a exter­minarlos.

— ¡Detened la nave y estudiaremos la situación! —or­denó Pizarro al ver el panorama que se presentaba.

Y, un tanto alejados de la playa, los ocupantes del barco, tras una larga discusión, decidieron en común esperar al día siguiente para tomar alguna resolución. Entretanto comieron algo de las escasas provisiones que les quedaban, y se tumbaron, desanimados, sobre cubierta.

Aquella noche, sin embargo, no descansaron mu­cho a Los trece de la fama. Todos tenían el ánimo in­tranquilo, agitado, ante el temor de no poder salir con vida de aquella situación.

Al amanecer del día siguiente, ya estaba Pizarro en pie y sus hombres con él. Fue un despertar angustioso, triste, tenso.

—Amigos —dijo Pizarro a sus compañeros—, solo veo una salida a nuestra difícil situación: desembarcar en la playa y luchar contra los indios como unos valien­tes. No olvidéis que debemos cumplir como lo que so­mos, como españoles a quienes nada puede intimidar.

Las palabras del conquistador fueron acogidas con el más absoluto silencio. Por lo visto la decisión de Pizarro no había esta vez calado en el ánimo de sus guerreros.

Solo uno de “Los trece”, un caballero llamado Pe­dro de Cabia, tomó la palabra para decir:

—Los indios nos aventajan en número y van bien armados. No hay duda de que nuestra situación es real­mente desesperada. Sin embargo, creo que hay una solución para vencerlos.

— ¿Cuál es esta solución, don Pedro? —preguntó paciente uno del grupo.

—Atemorizar a los indios por medio de un engaño —respondió el de Cabia—. Lo he pensado esta noche y yo voy a realizar la prueba. Sólo una cosa les pido, ca­balleros. Si fracaso en mi intento, recen por mi alma, por favor.

Tras decir esto, don Pedro de Cabia solicito de Pi­zarro permiso para utilizar uno de los botes y lanzarse al mar. Y, momentos después, entre la natural curiosi­dad y admiración de todos, el caballero remaba hacia la playa plagada de indios.

Al llegar a tierra, don Pedro empezó a caminar llevando en su mano derecha una cruz de madera, y en la izquierda su rodela o escudo. Don Pedro era alto, fornido y barbudo. Y como iba además cubierto por su cota de malla, su aspecto era realmente impresionante.

Desde la nave, sus compañeros miraban atentos y admirados cómo el de Cabia avanzaba arrogante y con paso decidido hacia los indios. Estos debieron creer que se hallaban ante una aparición sobrenatural, pues, además, la armadura del guerrero, al igual que su ro­dela despedían fuertes resplandores a su contacto con los rayos del sol.

Y asustados a la vista de aquel guerrero que avan­zaba sin miedo hacia ellos, huyeron despavoridos.

Esto dio nuevos ánimos a don Pedro, que siguió adentrándose majestuosamente en el poblado indio, causan­do su aparición el mismo efecto de pavor y sorpresa que en la playa.

El “curaca”, o jefe indio, se reunió con sus conseje­ros y ancianos de la tribu para ver que solución se había de adoptar. Muchos aseguraban que el aparecido era un mensajero del Sol, por su resplandeciente figura. Otros decían que se trataba del alma de un viracocha (nom­bre que los indios daban a los conquistadores españoles).

—Que se le echen leopardos a ese hombre extraño –ordenó el jefe indio—. Así veremos cómo se defiende.

Los indígenas soltaron dos leopardos contra don Pe­dro de Cabia. Y cuando este se halló ante aquellos ani­males, se dispuso a luchar contra ellos hasta el último momento, no sin antes encomendar su alma a Dios, pues creyó llegada su última hora.

Uno de los leopardos se abalanzó inmediatamente contra don Pedro, pero cuando iba a descargar sobre él su zarpa, un rayo de sol se reflejó en la rodela del guerrero hiriendo agudamente los ojos del animal, que retrocedió intimidado y con los ojos cegados.

Las fieras se mostraron entonces más cautelosas ante lo deslumbrante figura del conquistador, sin deci­dirse a acercarse a él. Y luego, ante el continuo juego de resplandores que la rodela emitía, los leopardos se acercaron mansamente a don Pedro y le lamieron las manos.

E incluso la cruz de madera que el guerrero no había abandonado un solo momento, brilló también con un extrañó fulgor.

Ni que decir tiene que al ver el acatamiento de las fieras, los indios no dudaron ya en arrodillarse ante el conquistador español, declarándole mensajero del Sol y rey suyo.

…Y Pizarro y sus hombres salieron de este modo con vida de su comprometida situación.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.