Tag: amor

… ¿Qué es paz?…¿qué es para ti un tesoro?…para mí, es poder ver el verde del bosque sin que nada más me perturbe, me moleste, es caminar tranquilo en la calle con la persona que amo, es verte sonreír en persona o bien en mis sueños, es saber que tengo un futuro por delante, y no puedo evitar dejar de desear vivirlo, es saber que nunca me voy a dar por vencido, es apreciar la belleza de esa abejita comiendo poco a poco la miel de las flores, es sacarte mil sonrisas y si puedo hasta lágrimas de felicidad con cada suspiro, es levantarme por las mañana y pensar en ti, es recostarme en un parque y ver tu rostro sonreír, en mi mente, mi imaginación, soñar despierto y sentir tu aroma, tus caricias…esos recuerdos, y todos los que formamos, son mi tesoro, lo que me da paz…y todo lo que forma mi ser…

…gracias por estar allí…gracias por ser quien eres…gracias por endulzar mi vida, día tras día…esto es para ti…

…aun así no lo puedo compartir en vida, más que con tu espíritu que me visita…así te puedo decir, que no dejo de ser feliz al verte sonreír…

 

Compatida por: Mr. J

Flor – hermosa india de grandes ojos negros – amaba a un joven indio llamado Agil. Este pertenecía a una tribu enemiga y, por tanto, solo podían verse a escondidas. Al atardecer, cuando el Sol en el horizonte arde como una inmensa ascua, los dos novios se reunían en un bosquecillo, junto a un arroyo juguetón, que ponía un reflejo plateado en la penumbra verde.

Los dos jóvenes podían verse solo unos minutos, pues de lo contrario despertarían las sospechas de la tribu de Flor. Una amiga de esta – una amiga fea, odiosa – descubrió un día el secreto de la joven y se apresuró a comunicárselo al jefe de la tribu. Y Flor no pudo ver más a Agil.

La Luna, que conocía la pena del indio enamorado, le dijo una noche: – Ayer vi a Flor que lloraba amargamente, pues la quieren hacer casar con un indio de su tribu. Desesperada, pedí a Tupa que le quitara la vida, que hiciera cualquier cosa, con tal de librarla de aquella boda horrible. Tupá oyó la súplica de Flor: no la hizo morir, pero la transformó en una flor. Esto último me lo contó mi amigo el viento.

  • Dime Luna, ¿En qué clase de flor ha sido convertida mi enamorada?
  • ¡Ay, amigo, eso no lo sé ni lo sabe tampoco el viento!
  • ¡Tupá, Tupá! Gimió Agil -. Yo sé que en los pétalos de Flor reconoceré el amor de sus besos. Yo se que la he de encontrar. ¡Ayúdame a encontrarla tu que todo lo puedes!

El cuerpo de Agil – ante el asombro de la Luna – fue disminuyendo, disminuyendo, hasta quedar convertido en un pequeño y delicado pájaro multicolor, que salió volando apresuradamente. Era un colibrí.

Y, desde entonces el novio triste, en una bella metamorfosis, pasó sus días besando ávida y apresuradamente los labios de las flores, buscando una, sólo una.

Pero según dicen los indios más viejos de las tribus, todavía no la ha encontrado…

 

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A.

Esta historia la escuché hace muchísimo tiempo, ahora es momento de compartirla…una sabia señora siempre decía que yo iba a encontrar dos maneras de seguir adelante, una a través de los ojos de la vida, y otra a través de los ojos de la muerte, por lo que ella me cuenta lo siguiente…

Hace mucho tiempo, cuando el tiempo no era aún tiempo, la vida y la muerte eran unidas, las dos de inigualable belleza, gran corazón, muy similares en muchas características, como bien diferentes en otras, lo que más las diferenciaba era el deseo de ser vistas por otros seres, la vida era humilde, sabia y reconocía perfectamente que era bella por dentro y fuera, la muerte era hermosa, un ejemplar divino, mas le encantaba que otros seres se lo recordaran, su vanidad era demasiado grande, no sabía cómo darse su lugar, y siempre buscaba que otros le admiraran…

…con el tiempo, se decidió el nacer del hombre, con su magnífica figura…ambas admiradas por este, desearon conocerlo, mas bien poseerlo, poco a poco se le acercaron, le coquetearon y a su vez ofrecieron miles de regalos; el hombre incrédulo de su suerte, se fue admirado por ambas. Pasando el tiempo, llego el punto donde la vida le otorgó toda su belleza emocional y física por igual, le enseñó el encanto de sus alrededores, lo guio por un buen camino, un camino difícil, lleno de tropiezos, sin embargo siempre estuvo a su lado, animando para que nunca se diera por vencido, esto enseñó al hombre a ser fuerte, perseverante…aun este no se diera cuenta que la vida siempre estaba a su lado, ella entre las sombras, siempre estaba ayudándolo a seguir adelante, el hombre satisfecho, con la vida, decidió rendirle homenaje a esta, y ella agradecida le otorgo su más grande regalo que fue un destino, bello, en paz, lleno de tranquilidad, sereno…

…al ver, la muerte de la felicidad que poseía el hombre con su vida, decidió ofrecer por igual, y haciendo del camino del hombre más fácil, lo hizo desearla, se creó esa conexión de dos amantes y este opto por seguirla ciegamente, a desearla, él loco por ella no le importó dejar a un lado su vida, pero la muerte estaba llena de sorpresas, porque ella no daba nada sin esperar nada a cambio…ella lo deseó sin igual, pero ella a escondidas del hombre deseaba a las sombras que la seguían…secretos, mentiras se fueron tejiendo sobre lo que la muerte ofrecía, nunca le fue honesta al hombre, siempre manipulaba la situación de forma que él se sintiera mal…el hombre enamorado de sus virtudes, se comenzó a entregar, mas la muerte solo deseaba ser vista, querida por alguien más, por lo que comenzó a absorber el alma de este, su espíritu, su felicidad; el hombre opacándose y sintiendo una tristeza profunda porque no era correspondido de la misma forma que la muerte pedía, comenzó a ocultarse en la oscuridad…el hombre ya estando por desfallecer, entre una perdición total, se le acercaron las mismas sombras que seguían a la muerte, estas se dieron cuenta del daño que ella le hacía, y sin dudarlo le enseñaron toda la verdad hasta guiar al hombre a descubrir todas sus mentiras…este cayó en trance de tristeza intensa…pensando en dejarlo todo a un lado…

…el hombre defraudado comenzándose a hacer a un lado, y la muerte mostrando frente a él a sus amantes, le rogó que no lo buscara más…esta guiada por los celos, y sin saber lo que sucedía a su espalda. La muerte lo buscaba con insistencia, pero con más mentiras luego de ver que lo perdía, ya que el hombre después de estar tan ciego, comenzó a ver la luz (gracias a las sombras de la muerte)…trató de salir del oscuro callejón donde se había encerrado, y meditó cómo se había alejado de su vida, y cada vez más del destino que tanto había esperado…la muerte en un momento de desesperación le ofreció un destino, el cual fue perdido con el tiempo, malos cuidado por mantener su apariencia y vanidad…oh sorpresa para el hombre, otra mentira…un destino falso, manipulado por la muerte para tenerlo de nuevo a sus pies…

…el hombre débil, cayó muchísimas veces a los pies de la muerte, aún sabiendo ya de todas las mentiras que ella le decía, el seguía allí, ¿era esto algún embrujo?, nunca lo sabremos…

…sin embargo la vida, con paciencia, paz y tranquilidad, buscó al hombre nuevamente, y ofreciendo miles de regalos de trabajo, realización y ayudándolo a levantarse, limpiándole todas sus heridas, le dio una oportunidad más, le mostró su destino, un camino muy difícil de seguir y comenzar, el cual acaricio al hombre con ternura…

…después de un tiempo el hombre comenzó el nuevo camino, hizo frente a su destino junto a su eterna vida…

…este buscó a la muerte, y está en una orgia de sombras, al verlo lloró, mas cuando se acercó a él, este solo pudo decir, recuerda que – “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, ni jactancioso, ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor es sacrificio. Es poner la felicidad de alguien por encima de la tuya”–

…ese día la muerte aprendió una lección, dada por un mortal…y hasta la fecha sigue luchando consigo misma…y oculta su tristeza aprovechándose de cuantas almas débiles encuentra en su camino, y creen su falsa bondad…

Contada por: Lichita

Dedicada: a ti

Compartida por Mr. J

Recostado en una banca del lindo parque central de Antigua Guatemala, viendo al cielo, y adormitándome, era temprano, antes de mediodía, no recuerdo la hora exacta…sentí un brisa tocar mi rostro, una delicia de caricia alrededor de mis ojos, y dibujar mis cejas…me quede deseando más…sentí tu respiración cerca de mí, tus extraños y conocidos labios comenzaron a tocar mi cuello, tu aroma invadió mi espacio, mi olfato…mi paladar…no quería despertar, deseaba que el tiempo se detuviera…más lo que se detuvo fue mi respirar…una ansiedad perturbo mi paz…

…abro los ojos con lucha de no perder la vida, y allí estas…vestido de lino blanco, tus ojos negros como la noche o la muerte que me avecina, sonríes…no lo hago de vuelta…bajo la mirada y con un dolor profundo…me retiro…

…me atacan tus demonios, o serán los míos…más el frio de tus uñas desgarran mi piel al darte la espalda…mis cicatrices…todas las que me has dejado están frescas y cada vez que te veo, que te siento, que me buscas, sangran…

…he caído de rodillas mil veces por ti, en mil realidades…ese espíritu de bondad que aparentas ser, en los sueños de muchos, en la mirada de los que te siguen…sabemos que la verdad es distinta…sos una figura de maldad, de angustia, juegas con las almas y te satisface verlas sufrir…o por lo menos con la mía…que te mantiene con vida saber que me lastimas con tu actuar…

…todas mis heridas las sano con oro, para enseñarlas con orgullo…porque he sido derrotado, más nunca me he dado por vencido…eres la muerte…eres mi muerte…! No es mi momento¡…solo eso te digo…

Compartida por: Mr. J

Este hilo lleva contigo desde tu nacimiento y te acompañará, tensado en mayor o menor medida, más o menos enredado, a lo largo de toda tu vida. Así es que, el Abuelo de la Luna, cada noche sale a conocer a los recién nacidos y a atarles un hilo rojo a su dedo, un hilo que decidirá su futuro, un hilo que guiará estas almas para que nunca se pierdan…La leyenda versa así:

“Hace mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia.

Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con un bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, ordenó a su guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza.

Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda. Y en el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio que ese hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente.”

 

Compartida por: Santiago

Acostado en cama, silencio alrededor, tranquilidad total, vacío de horas, paz demoníaca, sentí tus caricias en la espalda, soledad total, tu seguidilla de  besos en mi nuca, tu aliento putrefacto…temía por mi vida…y así te busqué …mas solo encontré el roce de tu vestido de seda, en tu huida, y las marcas de la muerte en mi cuello…

Compartida por: Mr. J

Te encontré en mis sueños, en un camino rodeado de árboles, tu ibas caminando por delante, vestido blanco de lino, al darte alcance y poder rozar mis dedos en los tuyos, sentir el aroma de tu perfume, volteaste…me absorbió tu mirar, la demoníaca negrura de tu pupilas se clavaron en mi alma…lentamente separaste los labios, absorbiste mi último suspiro…ese fue mi último sueño…

Compartida por: Mr. J

 

Hoy me encontré escribiendo sin parar, al entrar la noche se me acerco me dio un beso y me dijo: Feliz Noche, mi amor, ¡Te amo!…

Cuando voltee para verla sonreír recordé, que ella falleció hace un año…vivo solo.

Compartida por: Mr. J

Flor —hermosa india de grandes ojos negros— ama­ba a un joven indio llamado Agil. Este pertenecía a una tribu enemiga y, por tanto, sólo podían verse a es­condidas.

Al atardecer, cuando el Sol en el horizonte arde como una inmensa ascua, los dos novios se reunían en un bosquecillo, junto a un arroyo cantarín y juguetón, que ponía un reflejo plateado en la penumbra verde.

Los dos jóvenes podían verse solo unos minutos, pues de lo contrario hubieran despertado las sospechas de la tribu de Flor. Una amiga de esta —amiga fea, odiosa—, descubrió un día el secreto de la joven y se apresuró a comunicárselo al jefe de la tribu. Y Flor no pudo ver más a Agil.

La Luna, que conocía la pena del indio enamorado, le dijo una noche:

—Ayer vi a Flor, que lloraba amargamente, pues la quieren hacer casar con un Indio de su tribu. Desespe­rada pedía al dios Tupa que le quitara la vida, que hi­ciera cualquier cosa, con tal de librarla de aquella boda horrible. Tupa oyó la súplica de Flor: no la hizo morir, pero la transformó en una Flor. Esto último me lo conto mi amigo el Viento.

—Dime, Luna, ¿en qué clase de flor ha sido conver­tida mi enamorada?

— ¡Ay, amigo, eso no lo sé yo ni lo sabe tampoco el Viento!

— ¡Tupá, Tupa! —Gimió Agil—. Yo sé que en los pétalos de Flor reconoceré el sabor de sus besos. Yo sé que la he de encontrar. Ayúdame a encontrarla, tú que todo lo puedes!

Y el cuerpo de Agil —ante el asombro de la Luna ‑ fue disminuyendo, disminuyendo, hasta quedar conver­tido en un pequeño y delicado pájaro multicolor, que salió volando apresuradamente. Era un colibrí.

Desde entonces, el novio triste, en esa bella meta­morfosis, pasó sus días buscando ávida y rápidamente los labios de las flores buscando una, solo una.

Pero, según dicen los indios más viejos de las tri­bus, todavía no la ha encontrado.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En la italiana ciudad de Verona no se hablaba de otra cosa que de los odios existentes entre las familias de los Capuleto y los Montesco. Su viva enemistad era una larga historia que tenía origen probablemente en alguna afrenta remota, tal vez en una muerte.

Desde entonces, todo había sido una serie inacaba­ble de riñas, peleas, duelos espada en mano, muertes…

Una noche primaveral en que el aire parecía car­gado de un especial embrujo, los Capuleto dieron una gran fiesta en su palacio. Bien pronto la enorme sala se llenó totalmente de hombres y mujeres ataviados con vistosos trajes y cubiertos con máscaras. Mientras la danza se animaba, bajo los antifaces todo eran risas, miradas intencionadas, frases insinuantes.

Cuando la fiesta estaba en su punto culminante, el joven Teobaldo se acercó a micer Capuleto, su tío, y le dijo al oído:

—Un Montesco se ha colado en la fiesta… Es Romeo, el heredero de la familia.

Como Romeo era un joven estimable, a quien se conocía por bueno y digno en la ciudad, micer Capuleto procuró calmar la irritación de su sobrino. Además, ya que estaba en su casa, el anciano Capuleto se consideraba ligado por el respeto que se debe al huésped. De afrentarle, allí hubiera deshonrado su casa…

—Esto es una provocación —decía Teobaldo–. ¿Por qué ha venido precisamente aquí?

Pero el buen Romeo no había ido a provocar a na­die. Su naturaleza sencilla y bondadosa le alejaba de las luchas con los Capuleto. Y si se coló de rondón en rasa de sus enemigos, fue siguiendo los pasos de la hermosa Rosalina, de la que esperaba obtener siquiera una sonrisa o una mirada amable…

Y ocurrido que en el ir y venir de la fiesta se encontró, sin darse cuenta, con que seguía los pasos de una jo­ven rubia, esbelta y bellísima. Inmediatamente, Rosali­na quedó olvidada.

— ¿Quién es esta mujer? —pregunto a un criado.

—No lo sé, señor.

Al quedar ella junto a una columna, Romeo se acercó a la joven hasta casi tocarla. Y coma si rezara le dijo:

—Si con mi mano, por demás indigna, profano este santo relicario…

Y mientras decía esto, su mano cogió la de aquella muchacha que tenía los dedos largos y finos, de piel suavísima. Todo fue rápido y maravilloso. Unos segun­dos bastaron para comunicarse fuego en las miradas y pasión en las palabras. Y al despedirse se dieron un beso que parecía sellar un amor de varios años.

Cuando Romeo abandonó el palacio de los Capuleto, iba absorto, con el corazón en vilo. Sus compañeros Mercurio y Benvolio, que le habían acompañado, todavía le gastaban bromas sobre Rosalina, pero el llevaba a Julieta Capuleto en la sangre. Si, a la bella hija del dueño del palacio donde se había introducido furtiva­mente poco antes.

A partir de aquel día, el jardín de los Capuleto amparó las secretas entrevistas de Romeo y Julieta. Se amaban tan intensamente que no podían pasar sin ver­se a diario. Y mientras la joven se preguntaba por qué Romeo sería un Montesco, la voz del amado surgía a menudo de entre los alhelíes, los claveles y las rosas, como un arrullo mágico de la noche, y decía:

—i Julieta, llámame  “amor mío” y seré nuevamente bautizado! ¡Desde ahora mismo dejare de ser Romeo! Mi nombre me es odioso por ser un enemigo para ti.

Cada vez eran más apasionadas las frases. Pasada la medianoche, Julieta se retiraba a su aposento. Pero no tardaba en salir otra vez, porque no acertaba a dejar la galería donde estaba su amado. Un día le dijo temblando de emoción:

—Esto no puede seguir así, querido Romeo. Por tanto, si me deseas por esposa dime dónde y a qué hora quieres que nos unamos en matrimonio. Pongo en tus manos mi suerte. Te seguiré siempre como a dueño y señor.

A los pocos días, la campana del convento replicó con alegría. Fray Lorenzo les casó en el mayor secreto. Sólo un amigo de Romeo y la dueña de Julieta tuvieron conocimiento de la boda.

Aquella misma mañana Teobaldo y algunos Capu­leto tropezaron con Mercurio y Benvolio. Se cruzaron algunas palabras e inmediatamente salieron a relucir los aceros, Romeo llegó cuando estaban en los primeros tanteos de la pelea. Se interpuso pidiendo paz y fin a la discordia.

—Teobaldo —le dijo humildemente—, tengo razones para apreciarte…

Pero ante aquella actitud de Romeo se crecía el Capuleto. Entonces, el impaciente Mercurio, sorpren­dido y humillado, saltó con la espada desenvainada. Volvió Romeo a interponerse y Teobaldo aprovechó la ocasión para herir mortalmente al infeliz Mercurio.

Sin poder contener su dolor, Romeo tuvo que ver morir por su culpa a su compañero más fiel. Pero pron­to a su pena se unió la ira y una sed de castigar al traidor y vengar a Mercurio. Alcanzo a Teobaldo quo se alejaba y de nuevo relucieron las espadas cuando el sol iba ya alto.

Momentos después la noticia corrió por toda la ciu­dad. Los chiquillos la voceaban por las calles:

  • ¡Han matado a Teobaldo! ¡Ha sido Romeo!

Cuando el cadáver llego a casa de los Capuleto, hubo allí escenas desgarradoras, gritos y llanto de las mujeres, promesas de venganza de los hombres. Julie­ta, recogida en su habitación, solo se enteró de lo ocurri­do cuando su nodriza le dijo:

—Romeo ha matado a Teobaldo y el príncipe le ha desterrado.

La infeliz Julieta quedó en un terrible desasosiego, debatiéndose en una difícil disyuntiva. Por una parte, ¿cómo podía querer al enemigo de su familia, al asesi­no de su primo? Y por otra, ¿cómo podía odiar a su esposo? No, eso no. A Romeo le amaba profundamente, con toda su alma…

Romeo tenía que abandonar Verona por orden del príncipe. Antes estuvo con fray Lorenzo, su confesor, que le conocía desde que era niño y el que le había casado en secreto con Julieta. Y esta vez, ¡una más!, fue también consuelo de su tribulación, paño de lágrimas.

—No to preocupes, Romeo —le dijo el fraile—, yo encontraré una solución.

Aquella noche, como todas las anteriores, Romeo escaló la tapia del jardín de Julieta, salvó también la baranda de la galería y fue a despedirse de su amada…

Entretanto fray Lorenzo intentaba encontrar la ma­nera de solucionar aquel enrevesado asunto. Estaba decidido a hacer saber a Capuleto y Montesco la boda de Romeo y Julieta. Creía el buen fraile que así haría regresar al desterrado marido a Verona y posiblemen­te desaparecería la eterna desavenencia entre ambas familias…

Pero las cosas se complicaron. Micer Capuleto, pa­dre de Julieta, había decidido casar a su hija con el conde Paris, que aspiraba a su mano desde hacía tiem­po. Julieta se negó, rotundamente a casarse. Y como sus padres ignoraban el vínculo que la unía a otro hombre, querían disuadirla, el padre, por la violencia y la madre por media de la persuasión.

Julieta acudió desesperada a fray Lorenzo, que también esta vez hallo un recurso, algo más complicado, es verdad, pero que sirvió a la joven de consuelo y esperanza.

Poco después llegó el día previsto para la boda de Julieta y Paris. Pero cuando todo estaba ya a punto, la nodriza dio la alarma al salir de la habitación de Julieta dando gritos desgarradores.

— ¡Está muerta! —decía llorando—. ¡Está muerta!

Acudieron todos y vieron desconsolados a Julieta tendida en la cama vestida con las galas de novia. Se acercó la madre y vio que su hija no alentaba. Su ros­tro enmarcado por el tul blanco estaba pálido, inani­mado, con una hermosura glacial, como si fuera de mármol o nácar.

El entierro se efectuó el día siguiente. La ciudad de Verona estaba consternada al ver como se acumulaban los males en casa de Capuleto… Solo fray Lorenzo sabía que en realidad Julieta no había muerto. El mismo había preparado una pócima, que la joven bebió, trémula y esperanzada, la noche de la vigilia de su boda.

Fray Lorenzo esperaba tenor a Julieta como muerta durante cuarenta y ocho horas en el panteón de los Capuleto. El tiempo justo para poder avisar a Romeo, que vendría para llevársela a Mantua.

El destino, sin embargo, vino nuevamente a desbor­dar sus proyectos. Rápidamente envió un fraile a Man­tua, donde se encontraba Romeo, con una carta en la que le explicaba su plan y la urgencia de que regresara. Pero la carta no llegó a su destino porque el mensajero fue detenido durante varias horas por sospechas de que pudiera llevar el gérmen de la paste. Al quedar libre, el fraile regresó al convento con la carta, sin haberla entregado a su destinatario.

Pero Romeo ya se había enterado de lo ocurrido gra­cias a la diligencia de uno de sus criados. Y el amante, sin pensar más que en la muerte de su amada esposa, se puso en camino hacia Verona. Era casi medianoche cuando llegó a la ciudad.

Sin pérdida de tiempo se dirigió al cementerio y entre las sombras, lápidas y cruces fue en busca del mausoleo de los Capuleto. Pero cuando se disponía a levantar la losa que tapaba la entrada del subterráneo, un hombre salió de detrás de un ciprés, gritando:

  • ! Detente, sacrílego Montesco! ¿Acaso quieres ven­garte más allá de la muerte?

Romeo, al pronto, no le reconoció. Era el conde Paris, el novio frustrado de Julieta, que desde la muerte de ésta estaba rondando como un perro el cadáver de la que debía ser su esposa.

— ¿Que vienes a hacer aquí? —preguntó.

Y como viera que Romeo quería evitar la lucha, le cortó el paso desenvainando la espada. Todo fue cosa de unos segundos. Romeo reconoció en su ocasional enemigo al conde Paris cuando ya éste se hallaba tendido en el suelo, muerto, entre un charco de sangre.

Inmediatamente, febril, presa de una obsesión invencible, Romeo levantó la losa del panteón y descendió sin vacilar. Una vaharada mefítica salía del fondo.

Con la lámpara que llevaba en la mano, el joven fue reconociendo las paredes desnudas, húmedas, el cuerpo en descomposición de Teobaldo… y a Julieta. Estaba intacta, como una figura de cera. Sollozando se abrazó a ella.

No tardó en llegar fray Lorenzo, presumiendo ya desgracias irreparables. Y no se equivocó. Tropezó primero con el cuerpo ensangrentado de Paris. Y al bajar a la cripta vio a Romeo junto a Julieta, también él sin vida. Acababa de morir envenenado.

Precisamente en aquel momento Julieta comenzaba a despertar, una vez terminados los efectos de la pócima del fraile.

  • ¿Dónde está mi Romeo? —preguntó anhelante.

El fraile intentó llevársela de allí, tratando de impedir que llegara a ver a su amado que yacía junto a ella, sin vida. Le daba prisas y hasta urdió una burda excusa, pero todo fue inútil.

Al ver el cadáver de Romeo, la infeliz Julieta se abalanzó sobre él. Pero fray Lorenzo se alarmó al ver que la joven, en lugar de reaccionar con llantos y gritos de desconsuelo, se mostraba con una serenidad desconcertante.

— ¡Vamos, Julieta, vayámonos de aquí! —le urgía el fraile.

Pero la joven no le hizo caso y continúo abrazada al cadáver de su amado Romeo.

–¡Besaré tus labios, Romeo…! —dijo—. Quizá quede en ellos un resto de ponzoña para hacerme morir.

Y sin que el fraile se apercibiera, mientras posaba sus labios en los de Romeo, calientes aún, Julieta sacó la daga del cinto de su amado, e inclinada como estaba sobre él, apretó con fuerza su punta contra el corazón…

El príncipe de Verona dispuso que se diera sepultura a los dos amantes, uno junto al otro. Y cuando al día siguiente el pueblo asistió conmovido a la ceremonia fúnebre, por primera vez Capuleto y Montesco iban juntos en paz. Ya ninguna de las dos familias pensaba en venganzas ni en odios.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.