Tag: aparecidos

En la empresa donde estoy trabajando uno de los socios me dio la oportunidad de poder visitar un lugar bellísimo y escondido de mi hermoso país, después de 6 horas de viaje en carretera y 45 minutos en lancha, llegamos a una finca “El Paraíso Perdido” en medio de la nada, rodeados de océano y pantanos, pude divisar 6 ranchos de visitas, la casa patronal, una sección de hamacas, y un rancho adaptado a ser la cocina y comedor, al momento de mi llegada, nos esperaban los ayudantes de la finca (ósea el guardián y su familia), personas que al verlas sonreír no despiertan ningún tipo de malicia, más seguridad y un alma pura, ayudaron con mi equipaje; y evitar que casi me ahogara al bajarme de la lancha, tropezarme con la orilla de la misma y caer directo al mar, en ese momento una intrépida mano me agarro de la camisa y saco de un tirón a flote…(no puedo dejar de sonreír al recordarme de ese momento)

Me dieron el mejor hospedaje del lugar, algo sencillo, mas no faltaba ninguna comodidad en la misma, simplemente la vista era una maravilla, todo alrededor era tal y como dice el nombre un “Paraíso”; No había nadie más hospedado en la finca, que hermoso tener este lugar solo para mí, mi pensamiento, mi…un merecido descanso…forzosamente me desconecte del mundo, sin tecnología, casi no se lograba señal de celular, mucho menos Internet, tras lograr de alguna forma encontrar un lugar especial y cabe mencionar único lugar donde raras veces entraba señal, aprovechaba para ver que estaba sucediendo leyendo alguna red social, sin embargo era una paz, estar lejos de todo…olvidarse de todo…de todo…

Caí rendido la primera noche, y no precisamente por cargar mi equipaje, más por cargar una vida tan desordenada y mierda que he tenido, en ese lugar haber encontrado paz de una forma casi automática, fue genial; esa noche no recuerdo haber tenido las fuerzas de ni si quiera haber soñado…lo único que me movió fue haber escuchado que alguien murmuraba mi nombre varias veces, pero al despertar sentí que eran las olas del mar que lo repetían sin parar…

Cuando tuve la fuerza de abrir los ojos, sentí que había dormido una eternidad, eran las 6 de la mañana, a lo cual no existía más remedio que levantarme, sí, me sentía renovado…después de una ducha, donde no necesitas agua caliente, porque de por si sale caliente…me puse mi short, y salí a apreciar el lugar…era magnifico, no podía creer que estaba en medio de un reino pantanal, era indescriptible, aves que no había visto nunca, no digamos las plantas, esto no había tenido la oportunidad de apreciar como se debe el día que llegue, pudo haber sido por la hora, o porque simplemente venia maldiciendo que no tenía señal de celular; a través de unas palmeras y un ancla gigante puedes ver un camino que te lleva directo a ver la orilla del mar, el cual estaba como a 200 metros de la casa…¡fantástico!…que suerte la que tuve, fue lo único que paso por mi mente…

Llegue al comedor/cocina donde ya me estaban esperando unas damas muy simpáticas, una siendo la esposa del guardián y la otra la hija, Doña Dulce y Delmi, cuando me vieron sonrieron y muy amablemente me ofrecieron jugo de naranja, y una taza de café hervido,  preguntaron que quería desayunar, a lo que respondí que no importaba…lo que fuera más sencillo, al preguntar por el guardián, me comentaron que había salido a pescar…que no tardaba en regresar, que ellas estaban para ayudarme en lo que necesitara…el desayuno fue esplendido, me senté a la mesa y sirvieron una diversidad de platos, todos con un toque especial de la región, fue tanta comida que pregunte si había llegado alguien más, o esperábamos a otras personas…lo que respondieron con una negativa…no preste mucha atención, y seguí desayunando…

Ese fue un día de ocio completo, y por lo visto así serian el resto de días…caminar por la playa, horas de horas…ver a lo lejos las fincas de los vecinos…y kilómetros de arena, no podía imaginar el final…después de una mañana de descanso, llego el guardia (le dicen Chon, nunca supe su nombre) y se sentó a la par mía, preguntándome si necesitaba algo, que si todo estaba bien, a lo que solo pude decirle que todo era magnifico…él simplemente sonrió…

Le pregunte de la pesca que había visto que salía muy temprano, y me dijo que salen en la primera hora del día, para no perturbar el espíritu de ella, y ademas que los cuide en su lucha con el mar…

… ¿de ella? cuéntame más, le dije –

Pues mire, hace mucho tiempo aquí vivía un extranjero, un gringo así alto y canche, que tuvo una cría hembra con una de por aquí, este cuando supo que la había dejado preñada, se fue huyendo a la capital y no se supo de él…mientras que ella salió linda la muchacha, era distinta a muchas patojas de aquí, todos la pretendían, hacían cola para verla, le llegaban, pero ella no se dejaba de nadie, así paso el tiempo…hasta se llegó a pensar que estaba como embrujada, porque le caían todos los machos, de aquí, los mejores pescadores, los más fuertes, y así hasta los de más billete…y ella no les ponía atención…pero ella se miraba feliz…siempre se miraba feliz…aprendió a pescar, era así bien pilas, ayudaba en casa…cazaba en el pantano…era muy diferente a todas las mujeres de por aquí…pero a todos nos llega ese momento de enamoramiento, como dicen un roto para un descocido…y vino el hijo del dueño de la finca junto al faro…se conocieron en la playa, y ese mismo día él la hizo suya, allí en la arena…fue algo así como de magia, ambos se querían mucho…así muchísimo, ella pasaba todo el tiempo con él, y él no podía dejar de pensar en ella…se deseaban todo el tiempo…era un amor muy raro por aquí…al final de un tiempo, él quería llevarse a la niña a vivir con él en la capital…y salió a hacer todos los arreglos necesarios, para pedir su compromiso y al parecer quería desposar a la muchacha…ella no supo nada de él por un tiempo, y se miraba su desesperación y tristeza en su rostro…no dormía, no comía…lo esperaba sentada debajo del faro, día y noche…ya usted se dio cuenta que aquí no estamos muy comunicados, dice…después de tanto esperar…llego el chisme que lo habían visto en puerto…y venia en camino por la muchacha…al ella escuchar eso regreso a esa felicidad que la distinguía, la verdad todos nos alegramos por ella…imagínese…su gran amor venia por ella…el día que tomo la lancha para venir, hubo mal clima…pésimo clima…parecía que algo no quería que este enamorado llegara a su destino, muchos le dijeron que saliera otro día del puerto, pero él desesperado por ver a su amor…salió con dos lancheros expertos, de esos que todo lo pueden en el mar…y adivine ¿què paso?, esa lancha, esa única lancha que salió ese día, no llego a destino…los vientos arreciaron, las olas y marea era fuertísima…nunca habíamos pasado por una tempestad así, el mar entro hasta el canal del pantano…nos inundamos, fue algo nunca vivido aquí…lo más misterioso que así, como comenzó así termino, de inmediato salimos todos en lanchas, porque sabíamos que ellos venían en camino, a buscar…no le miento que buscamos, y buscamos, y buscamos por horas…y fue como si el mar se los hubiera tragado, fueron horas de horas, y nada…al regresar ella estaba en la orilla, tenía una mirada de esperanza, la cual cambio así inmediato, al ver nuestro regreso no triunfal…fue como si le hubiera sacado la vida en ese momento…y lloro…las comadres las trataron de consolar, y nada quería la niña…solo lloraba…no decía nada…muchos dicen que el rey del mar, celoso de ese amor le quito la oportunidad de ser feliz, porque el también amaba a la muchacha…

¿qué paso con la muchacha? – le pregunte

ah…si la muchacha…perdió el brillo, se hundió en tristeza y caminaba entre sollozos y lágrimas en la playa por mucho tiempo, tenía la mirada perdida en horizonte como queriendo encontrar a su amor…dicen que un día, se levantó en los primero rayos del sol, a “pescar”, ella sola tomo su lancha y partió, nunca se supo nada mas de ella…dicen por allí, que cuando paso la reventazón se tiro al mar y nado hasta lo más profundo buscando a su amado…después de que se perdió, pasaron cosas raras…dicen muchos escuchar su voz, llamando su nombre…pero solo aquellos que han perdido un amor, solo aquellos que aun lloran un amor, que tienen el corazón roto…muchos dicen que los llamados los hipnotizan, que llegan al mar y se tiran en busca de ese amor que los lastimo, o que no han olvidado…algunos que quedan vivos, juran haberla visto, en la orilla y que ella los salva de ahogarse, pero amanecen con grandes moretes en el cuerpo, medio ahogados en la orilla del faro, cabal donde ella se sentaba a esperar…pues, no sé, eso cuentan los que han quedado vivos…por eso tomamos la tradición de pedirle su ayuda en la pesca, su protección, y salir después de la hora que se estima que ella salió al mar, nunca antes…es de mala suerte…

…quede fascinado con la historia, no lograba sacarme de la mente como alguien podría llegar a amar tanto a alguien que dio su vida por estar con él, y seguramente estarán en el fondo del mar, riendo y amándose como se merecen…después sentí un escalofrió, ya que recordé de las voces que llamaron mi nombre una noche antes; la cabeza me comenzó a jugar de una manera no justa…ya que me acababan de romper el corazón, y no la he podido olvidar…

…esa noche sucedió, la historia se volvió realidad, me fui a recostar cuando sentí un manto suave acariciar mi espalda, no bien despierto escuche como me llamaban de nuevo, y eras tú, si tú la que me rompió el corazón, por la que pase noches en vela, y en algún momento llore otras más…te seguí, te busque…y efectivamente, sentía esa presión de irte a buscar, salí corriendo y llegue a la orilla del mar…me sentía completamente despierto, cuál fue mi sorpresa que cuando me tire a buscarte, no fue tu rostro el que vi, más el de una muchacha, con rasgos similares a los lugareños…era la muchacha de la historia, que me llevaba al mar…y no podía decir que no…trate, luche, ni mi mente, ni mi cuerpo me hacían caso…trate de gritar y no pude emitir un sonido; ya que era demasiado tarde, estaba tragando agua…me estaba ahogando, y fue cuando paso lo que al final me salvo, subí la mirada para decir adiós, cuando vi una silueta…y sentí como de alguna forma me tomaron del brazo, me jalaron de tal fuerza, que no pudieron contenerme bajo el agua…lo otro que recuerdo, es que sentí tu aroma, y tu dulce voz diciéndome: – “no es tu momento aun”…entre abrí los ojos…a lo lejos observe tu silueta…

Amanecí tirado en la orilla del mar, frente a mi estaba el imponente faro…en las piernas me aparecieron unos moretes, como si alguien me hubiera jalado con una fuerza descomunal…el hombro derecho lo tenía zafado, y los dedos marcados en el antebrazo como si dos personas me hubieran querido partir en dos…esa es mi historia…ese fue el final, y el inicio de un año más…

Compartida y escrita por: Mr. J

A finales de 1790 en los alrededores de la pequeña comunidad de Tarrytown, New York, existía un solitario valle, hogar de demonios y seres espectrales. Entre estos había uno que regia sobre los demás: el espíritu de un jinete decapitado que atravesaba el lugar a toda velocidad sobre un negro e imponente corcel. Hubo quienes creían que se trataba del ánima de un soldado de Hesse a quien una bala de cañón arrancó de cuajo la cabeza mientras galopaba en batalla. Desde entonces, su fantasma se dedicó a deambular por el valle de sleepy hollow en busca de su testa perdida. Su cuerpo – se pensaba – estaba enterrado en el camposanto junto a la vieja iglesia del pueblo, donde algunos valientes decían haber visto al endemoniado caballo amarrado a una de las tumbas justo antes del amanecer.

Si alguien tenia la mala suerte de estar en el bosque durante la noche, corría el riesgo de encontrarse con el jinete. Este se contentaba con dejar oír el ruido de los cascos de su bestia para provocar el pánico. Pero otras veces, si su victima iba montada, se colocaba a su par o galopaba detrás de ella, persiguiéndola en una enloquecida carrera tras la que sólo quienes eran lo suficientemente rápidos y diestros vivían para contarlo.

Uno de los cuentos populares en los que pudo inspirarse, es la llamada “Caza salvaje”. Según la versión más expandida del mito, éste es una partida de cazadores fantasmas montados a caballo que junto con sus enormes sabuesos, procedentes del infierno, se hallan inmersos en una desenfrenada carrera a través del cielo y la tierra. Algunos creen que estas ánimas se encargan de perseguir por las noches a los pecadores y a aquellos no bautizados, como se relata en una leyenda de los Países Bajos, en la que al morir, el espectro de la concubina de un cura católico es perseguido por estos seres, dejando escapar alaridos que, junto con los ladridos de los perros y el trote de los caballos fantasmales, hielan la sangre de quien los oye.

Dependiendo de la región donde la leyenda se cuente, este grupo puede ser liderado por un guerrero o señor de gran importancia, como el rey Arturo de Gran Bretaña, o una deidad, como ocurre en los países nórdicos, donde se creía que se trataba del dios Odín montando a lomos de su caballo de ocho patas Sleipnir. En una de las tantas versiones del folclor inglés, quien encabezaba la marcha era el rey Herla, monarca que luego de haber sido convidado a la montaña de los enanos fue advertido de no apearse de su caballo hasta que un perro de caza que iba en su silla de montar bajara primero. Trescientos años después se dice que tanto él como su comitiva siguen galopando.

El líder de la Caza Salvaje también podía tratarse de un personaje de la historia de cada localidad. Como en la leyenda alemana, donde un caballero tan aficionado a la caza se atrevió a continuar su pasatiempo incluso en domingo, día de asueto. En una de estas jornadas persiguió a su presa hasta los pies del altar de una iglesia en medio de la ceremonia, y ahí mismo le dio muerte. El sacerdote enojado ante la falta de respeto maldijo al cazador. Del suelo salieron varios enormes perros que tomaron al caballero entre sus dientes y lo hicieron pedazos. Desde entonces, durante las noches de tormenta se puede ver al espectro en busca de alguna presa que deberá llevar al infierno.

La comitiva que acompañaba a estos seres malditos estaba compuesta por almas perdidas que en tropel pasaban a gran velocidad presagiando catástrofes, guerras, epidemias y muerte. En algunas latitudes sólo se escuchaba el aullido terrible de los sabuesos ladrando de manera semejante al trueno. Cuando algún desafortunado llegaba a encontrarse con ellos, la única forma de salvar la vida era echarse pecho tierra y cubrir su cabeza, entonces los perros y caballos pasaban por encima sin hacerle daño. En cambio, si no lo hacía podía quedar atrapado por el sequito y ser arrastrado cientos de kilómetros lejos de su hogar, o morir atropellado. Si perecía, su destino era convertirse en un jinete más de esta terrible escuadra, que a veces vista en conjunto tenia la apariencia de un gran caballo blanco.

En las leyendas iberoamericanas existen también algunos jinetes fantasmales. En México el más conocido en el “Charro Negro”, ente que pasea en un caballo azabache por las calles de los pueblos ofreciendo un saco de monedas a quien lo vea; aquellos que aceptan serán condenados. Otra historia es la de “El sin cabeza”, este fantasma originario de Guanajuato es el alma en pena del forajido Gregorio Paredes, quien se cree ocultó un tesoro que pretendía dar a los pobres; sin embargo, murió y fue decapitado sin lograr su cometido, por lo que ahora deambula por la zona montando sobre su caballo en busca de alguien que desentierre el tesoro y lo reparta entre la gente.

Una de las historias mas antiguas en la que aparece un jinete decapitado, es el romance medieval Sir Gawain y el caballero verde, escrito a finales del siglo XIV. En él, un hombre cuya piel y ropas son de tono verde llega hasta Camelot, donde se hallan el rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda. Desafiante, los reta a pelear contra él y asestarle un golpe, el cual les promete devolver luego de un año. Sir Gawain, sobrino de Arturo y uno de sus más valientes hombres, se ofrece a luchar y, luego de un fiero combate, decapita al extraño. Mientras que todos los presentes observan la cabeza rodar por el suelo, el cuerpo del forastero verde se levanta para recogerla. Después la coloca bajo su brazo y se marcha, no sin antes recordar a Sir Gawain que el año próximo seria su turno de cortarle la cabeza. Un año después sir Gawain cumple su promesa y lo busca para sufrir el mismo destino, mostrando de este modo su honor y valor.

La visión de un hombre decapitado montado a caballo produce un miedo primigenio y cierta terrible fascinación, lo cual podría explicar porque este tipo de historias fantásticas atemorizan a chicos y grandes a pesar del tiempo.

Bibliografía

Extractos sacados de Muy Interesante (2016). Mitos y Leyendas.  Editorial GyJ Televisa S.A. DE C.V.

Cuando algún visitante busca el  museo de los espíritus, se dirige al padre Ernesto Ricasoli y pide ver «El Museo de los Espíritus» el sacerdote supone serio, juzga con una ojeada a su interlocutor, y si lo cree una persona movida por simple curiosidad contesta que lo lamenta, «pero el pequeño museo esta cerrado al publico». En efecto, los fieles no pueden entrar libremente. Esta prohibición disgusta a muchos creyentes que consideran que el museo es un poderosa invitación a la fe, a la meditación y a la oración.

El museo contiene una desconcertante documentación guardada en un armario colocado en una salita a pocos metros cuadrados, anexa a la Iglesia parroquial del Sagrado Corazón de Sufragio, en Lungontevere Prati, a unos centenares de metros del castillo de Sant’Angelo.

La primera vez que el padre Ricasoli, al asumir el cargo de guardián del museo, se vio obligado a ordenar la exposición de tan extraordinarios documentos tuvo que vencer, si no una sensanción de temor, por lo menos cierto nerviosismo. Actualmente, después de tanto años, esta acostumbrado a ocuparse de aquellos objetos en que se pueden advertir las huellas dejadas por almas que decían estar en el Purgatorio.

La idea de esta original colección, según explica el padre Ricasoli, la tuvo el padre Vistorio Jonet, que quería celebrar la misa en una capilla consagrada a la Virgen del Rosario, situada a pocos pasos de la Iglesia del sagrado Corazón del Sufragio. Un día, exactamente el 15 de Septiembre de 1897, en el altar de la capillita se originó un pequeño incendio y en la pared a la izquierda del altar apareció una imagen que muchos fieles identificaron como un rostro atormentado. Se gritó que había sido un milagro y una ingente multitud acudió a la iglesita del Sufragio.

La autoridad eclesiástica, naturalmente, no se pronunció sobre el particular, pero se afirmó en la convicción de que la imagen había aparecido realmente entre las llamas del incendio. Tal convicción se vio reforzada por el hecho de que la imagen continuó siendo visible durante largo tiempo, causando un efecto realmente desconcertante en quienes la observaban. Todavía hoy, junto a la puerta de la sacristía, se conservan huellas del incendio milagroso, que para protegerlas del tiempo e impedir que los fieles fácilmente sugestionables llegasen a conclusiones no autorizadas, se han recubierto con un tríptico que representa a la Virgen rodeada de ángeles.

El padre Jonet interpretó este hecho extraordinario como una señal de la Providencia y con la ayuda y apoyo de los pontífices Pio X y Benedicto XV, edificó el santuario del Sagrado Corazón de Sufragio. Luego pensó realizar una obra que recordase a los fieles la devoción a la animas benditas. Emprendió varios viajes por Italia, Francia y Alemania, de donde trajo objetos de interés verdaderamente excepcional que fueron ordenados en una sala anexa al santuario. Así fue construido el «Museo del Purgatorio» o Museo de los Espíritus.

Hasta 1920 estos objetos estuvieron expuestos ordinariamente al público como si se tratase de un museo. Luego, el padre Jonet, director de la Archicofradía, pensó en reorganizar la exposición de estos objetos de manera más discreta y más en consonancia con el espíritu de la Iglesia eliminando los que no estuviesen avalados por una documentación autorizada.

Este es, pues, el origen y la historia del Museo, que el padre Ernesto narra al visitante seriamente interesado. A los que preguntan como es posible que la Iglesia (que no suele pronunciarse acerca de hechos semejantes) autorice no menos que un museo de esta clase, aunque no este abierto al público, el sacerdote contesta: «La Iglesia condena el espiritismo, entendido como creencia en la posibilidad de evocar mediante la practica de los mediums el espíritu de los difuntos. Aquí se trata de otra cosa. Son espíritus que espontáneamente se han manifestado para pedir sufragios y han dejado huella de su paso.» Un hecho semejante, nos cuenta el sacerdote, le ocurrió a San Juan Bosco, al hacerse amigo de un colegial, el joven Comollo, que murió poco tiempo después. Entre los dos habían pactado que quien muriese primero iría a tranquilizar al otro con respecto a su salvación eterna. El recuerdo de aquel hecho turbaba el espíritu de Juan Bosco cuando su amigo murió. Una noche en que pensando en ello no podía dormir, oyó el ruido de un carro que se aproximaba; el rumor crecía paulatinamente hasta el punto de hacer temblar el dormitorio. Los clérigos, asustadísimos, huyeron de sus lechos. Entonces en medio de un ruido semejante al de un trueno, se oyó claramente la vos del difunto Comollo que decía tres veces: «Bosco, !me he salvado¡» Dom Bosco, según confesó mas tarde sintió un pánico tan grande que enfermó gravemente.

La diferencia entre este extraordinario acontecimiento ocurrido a San Juan Bosco en su juventud y los que aparecen documentados en el Museo de los Espíritus consite en que a Dom Bosco el espíritu de su amigo se le manifestó ruidosamente, pero sin dejar huella clara e inconfundible de su paso. La mayor parte de la documentación sobre los espíritus del Museo consiste, en cambio, en huellas dejadas, por ejemplo, sobre los libros de oraciones, como si las almas del purgatorio quisiesen solicitar sufragios a los vivos. Existen las huellas dejadas en un libro de Margarita Sommerlé, de Elirgen (Metz), en Francia, por su suegra, que se le apareció treinta años después de muerta (1915) vistiendo el traje del país, como peregrina. Esta extraña figura de mujer bajaba cada día de las escaleras que conducían al granero, gemía y contemplaba con insistencia a su nuera como si quisiera pedirle algo. Margarita Sommerlé, aconsejada por su confesor, le dirigió un día la palabra y obtuvo esta respuesta: «soy tu suegra, muerta de parto hace treinta años. Ve en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Marienthal y hazme celebrar dos misas». Despues de la peregrinación, la suegra se le apareció de nuevo para anunciarle que había sido liberada del Purgatorio y sonriendo, puso su mano sobre el libro La imitación de Cristo, dejando en él la marca de una quemadura. Luego, resplandeciente de luz, desapareció para siempre.

A este grupo de documentos pertenecen las marcas de fuego dejadas por el difunto José Schiti al tocar con la extremidad de los cinco dedos de su mano derecha el libro de oraciones de su hermano jorge, el 21 de diciembre de 1838, en Sanalbe (Lorena); la marca de tres dedos dejada el domingo 5 de marzo de 1871 en el libro de oraciones de una tal Maria de Poggio Berni, de Rímini, por la difunta Palmira Ratelli, hermana del párroco, fallecida el 18 de diciembre de 1870, y otros episodios análogos.

También existe una serie de documentos impresionantes consistentes en a huellas dejadas por los espíritus sobre varias telas. Por ejemplo, la marca de fuego de un dedo de sor Maria Margarita la noche del 5 al 6 de junio de 1894. El relato conservado en el archivo del monasterio de Santa Clara, en Bastia (Córcega), cuenta como sor María, que sufría desde hacía cerca de dos años del pecho, con altas fiebres y tos asmática, fue presa del desaliento y del deseo de morir pronto para dejar de sufrir. Sin embargo, como era muy fervorosa, ante las exhortaciones de la superiora se sometió resignada a la voluntad de Dios. Pidió oraciones, y para atestiguar la autenticidad de su aparición, posó el índice sobre un cojín prometiendo volver. Se apareció de nuevo a la misma religiosa los días 20 y 25 de junio del mismo año para darle las gracias y algunos consejos espirituales para la comunidad.

El museo también muestra una huella de fuego dejada sobre el delantal de sor Maria Herendorps, religiosa conversa del monasterio benedictino de Vinnemberg (Westfalia), por la mano de la difunta sor Clara Scholers, de la misma Orden, muerta a causa de la peste en 1637.

Asimismo se puede ver una huella dejada por la difunta señora Leleux sobre una manga de la camisa de su hijo José cuando se le apareció en Wodeco-Mas (Bélgica). Según el relato del hijo, la madre, que había muerto diecisiete años antes, se le apareció la noche del 21 de junio de 1789 (después de haber oído durante once noches consecutivas ruidos que le atemorizaron hasta el punto de hacerle enfermar) reprochando le su vida disipada, exhortándole a cambiar conducta y a rezar por la Iglesia. entonces apoyó la mano sobre la manga de su camisa dejando una huella muy visible. Jose Leleux, después de aquella aparición, se convirtió y fundó una congregación de laicos y murió en olor de santidad el 19 de abril de 1825.

Por último, el museo contiene la documentación relativa a las huellas dejadas sobre una tablilla de madera, la manga del hábito y la camisa de sor Clara Isabel Gornari, abadesa de las clarisas, por las manos del difunto padre Panzini, abad olivetano de Mantua, el 1 ero de noviembre de 1831. Son cuatro marcas, una de la mano izquierda sobre una tablilla que utilizaba la religiosa para su trabajo, muy visible, con la señal  de la cruz perfectamente impresa en la madera; la segunda, también de la mano izquierda, sobre una hoja de papel, viéndose la forma de la mano con gran nitidez; otra de la mano derecha sobre la manga del hábito, quemó de distinta manera la tela de la camisa religiosa, manchandola de sangre.

Esto es, en síntesis, el Museo de los Espíritus, cuyo valor se debe a la seriedad de las personas que han declarado como testigos y de las autoridades que se han encargado de examinar las piezas y controlarlas. «Sobre la delicada cuestión de la validez de los documentos y testimonios – escribió monseñor Pedro Beneditti, primer sucesor del padre Joneten la dirección de la Obra-, es preciso evitar a la gente que a priori se limita a encogerse de hombros y a sonreír incredulamente ante las manifestaciones sensibles del más allá, negando rotundamente el hecho. Estas personas obran con ligereza. En realidad, no es justo rechazar sin previo examen el testimonio de personas dignas de crédito cuya virtud ha sido reconocida por la Iglesia. Tampoco se puede negar la posibilidad de comunicación entre las almas de la Iglesia purgante y nosotros, que formamos parte de la Iglesia, con permisión divina. Por otra parte, hay almas ávidas de encontrar lo sobrenatural siempre y en todas partes, y por lo tanto, inclinadas a una devoción casi enfermiza e incluso demasiado cruel. Se empeñan en ver siempre y en todas partes manifestaciones sobrenaturales, visiones, revelaciones…Ni intrasigencia, ni fanatismo, ni indiferencia – concluye monseñor Beneditti – sino seriedad y respeto para la sinceridad de quien honestamente relata y afirma, y para la diligencia de los que estudian, investigan y examinan».

La Iglesia no se ha pronunciado oficialmente sobre los hecho expuestos en el Museo del Purgatorio, y los sacerdotes que están a su cuidado informan a los visitantes con las debidas reservas acerca de los episodios y documentos mas impresionantes.

Bibliografía

De Maria, C. (1971). Enciclopedia de la magia y de la brujería. Barcelona: Editorial De Vecchi, S.A.

Estoy seguro de que la vieja señora Sally creía en todo lo que contaba. Claro que nosotros lo tomábamos como cuentos que habían ido formándose con el paso del tiempo; pero siempre, bajo aquellas historias, había un algo de verdad inquietante.

La señorita Rebeca Chattesworth proporciona una relación curiosa sobre los hechos que sucedieron en 1753 en Tilded House.

Yo tenía la intención de hacer imprimir aquella carta íntegra, pero debo contentarme con los extractos más representativos de ella.

En aquel año, en el mes de octubre, había una guerra por el alquiler de Tilded House, entre el señor regidor Harper y Lord Castlemallard, que era el heredero por parentesco.

El señor Harper había acordado un contrato por renta de aquella mansión, para su hija y su esposo, de nombre Prosser. Había hecho gastos considerables en la remodelación general. La hija del regidor había llegado en junio y se había retirado a principios de octubre de la casa, por lo que el señor Harper fue a hablar con Castlemallard y le dijo que renunciaba a la renta por razones imposibles de explicar, que lo único que podía decir es que esa casa estaba encantada, y que por lo tanto debía ser demolida cuanto antes.

Lord Castlemallard presentó una queja en la cual pedía que el regidor cumpliera con el contrato anual de la renta. Pero el señor Harper mostro siete declaraciones juradas y el juez consintió en liberarlo de seguir alquilando aquella casa hechizada.

Los sucesos descritos ante el juez afirmaban que las molestias en la casa de Tilded House habían empezado a finales de agosto. Un atardecer en que la señora Prosser se encontraba sola, vio una mano firmemente apoyada en la parte exterior de la ventana de la cocina, como si alguien la hubiera alzado y escondido el resto del cuerpo. La mano era gorda, blanca y de edad avanzada. La señora Prosser creyó que era la de algún bandido dispuesto a entrar en la casa por la ventana. Lanzando un agudo grito de espanto, logró que la mano se fuera con rapidez.

Se registró el jardín, pero no había ningún indicio de que alguien hubiese estado parado ahí; además, una larga fila de macetas debería haber impedido que un hombre tomara la postura necesaria para alzar la mano como lo había hecho.

Esa misma noche se escuchó un intenso toqueteo en la ventana de la cocina. Un criado bajo mientras las mujeres esperaban asustadas. No vio nada ni a nadie, pero al cerrar la puerta observo como el picaporte se quería abrir solo. Los ruidos no cesaron en toda la noche.

A las seis de la tarde de un sábado, la cocinera estaba sola en la cocina y al alzar la mirada vio la palma de una mano apretada contra el cristal, moviéndose lentamente de arriba hacia abajo, buscando alguna irregularidad en su superficie. La mujer gritó y la mano se quedó todavía unos minutos más apoyada en la ventana.

Después de estas apariciones, comenzó a sonar en la puerta de la entrada, todas las noches, el toque de unos nudillos; primero tranquilo, luego colérico. El criado no abría la puerta y preguntaba insistentemente quien estaba ahí. Nadie le respondía, solo se escuchaban los golpes o un chirriar de uñas contra la puerta.

Siempre que el señor y la señora Prosser descansaban en la sala de estar, un golpeteo en la ventana los turbaba, a veces suave, otras veces con violencia, como queriendo romper el cristal.

Las cosas sobrenaturales siempre habían sucedido en la parte de atrás de la casa. Sin embargo, un martes por la noche sonó la misma llamada en la puerta del recibidor: golpes lentos, firmes y repetitivos. Con gran irritación y miedo escucharon durante dos horas seguidas, pues no se atrevían a asomarse.

Repentinamente las molestias cesaron y los habitantes de la casa creyeron que la mano se había cansado de molestarlos. ¡Que equivocados estaban!

La noche del trece de septiembre, una criada fue a la despensa y casualmente volteo hacia la ventana más pequeña de la cocina. Noto que en el orificio donde iba el cerrojo, un dedo blanco y arrugado metia la punta, luego entraban dos dedos moviéndose desesperados, ¡querían abrir la ventana! La sirvienta se desmayó.

El señor Prosser, que era muy necio, quiso acechar al fantasma, creía que todo era una mala broma y estaba dispuesto a atrapar en plena acción al bandido que había hecho nacer el pánico en la casa de Tilded House. Estaba seguro de que algún criado traidor quería volverlos locos.

Ya no solo eran los sirvientes, sino la misma señora Prosser, los que vivían aterrados, encerrándose rápidamente cuando comenzaba a anochecer.

Los golpes por la ventana habían parado nuevamente desde hacía ya una semana. Pero una noche, la señora Prosser se encontraba arriba escondida, mientras su marido reposaba en el salón de estar en la parte baja de la casa. Sus ojos se posaron en la puerta del vestíbulo, pues había sentido el llamado de la mano, pero esta vez de forma diferente los golpes habían sido muy quedos. Era la primera vez que se escuchaban en la parte superior de la casa.

El señor Prosser, que también había percibido los toquidos, dejó abierta la puerta del recibidor y se encaminó sin hacer ruido hacia aquél sonido infernal hecho con la palma de una mano por detrás de la puerta. Iba a abrirla con brusquedad, pero decidió ir por una pistola para dar una buena lección al fantoche que los estaba asustando.

Llamó a su criado y se presentó con él, los dos armados, caminando silenciosamente hacia el eco maldito que ya era insoportable para los nervios. El asediador de la casa no se asustó y continuó golpeando, cada vez con mayor intensidad, convirtiendo su lento toquido en golpes redoblados y estridentes.

El señor Posser abrió la puerta muy enojado. Nada. No obstante, su brazo fue sacudido de manera muy rara, como si lo hubiera agarrado una mano. El criado no vio ni sintió cosa alguna, y no comprendió por qué su amo miraba hacia atrás apresuradamente mientras la puerta se cerraba en sus narices.

A partir de ese momento la actitud del señor Prosser cambió, se volvió tan miedoso como el resto de los pobladores de la casa. Ni siquiera quería hablar del tema con nadie. Creía que había permitido la entrada de “eso” a la casa.

Prefirió no mencionarle a la señora Prosser lo que había ocurrido; subió más temprano que de costumbre para acostarse y estuvo leyendo la Biblia. No podía conciliar el sueño. Habian sonado las doce de la noche cuando sintió la palma de una mano dando pequeños golpes en la puerta del dormitorio y arañado para arriba y para abajo.

  • ¿Quién anda ahí?

No recibió más respuesta que los manotazos en la puerta.

Por la mañana, la criada estaba aterrorizada por la huella que había dejado una mano sobre el polvo de la mesa. Todos estaban nerviosos casi hasta la locura.

El señor Prosser hizo que entraran uno por uno al saloncito y comprobaran su medida de mano con la marca sobre el polvo. Pero esa huella era completamente distinta a la de todos los habitantes vivos de la casa y parecía corresponder con las descripciones que la señora Prosser había hecho de aquella mano sobre la ventana de la cocina. Sabían que el poseedor de esa mano y no estaba afuera, sino dentro de la casa.

Extraños y horribles sueños amargaban la vida de la señora Prosser, algunos de los cuales, detallados en la carta de la señorita Rebeca, eran pesadillas realmente aterradoras. Una noche, cuando el señor Prosser cerró la puerta del dormitorio, se extrañó de la rara quietud que lo invadía todo, no había sonido alguno, ni siquiera el de la respiración de la señora Prosser, lo cual era muy raro, pues él sabía que su esposa estaba acostada en la cama.

Una vela ardía al pie de la cama, sobre una mesita, y él llevaba otra en la mano. Apartó la cortina del lecho y pensó que la señora Prosser había fallecido, pues la palidez de su cara y la inmovilidad de su cuerpo cubierto por el sudor parecían indicar la muerte; a su lado, sobre la almohada, estaba la mano blanca y vieja extendiendo los dedos hacia la frente de la señora con movimiento lento y ondulante.

Prosser, lleno de pánico, arrojo un libro hacia la mano y esta se retiró inmediatamente; el señor dio una vuelta alrededor de la cama mientras la puerta de la alcoba se cerraba, según le pareció, por la misma mano blanca y estropeada.

Abrió la puerta con violencia y miro frenéticarnente a su alrededor, con los ojos desorbitados por el miedo; no había nada. Cerró bruscamente y puso varios cerrojos para protegerse. Por un instante se sintió «como si estuviera a punto de perder el juicio.» Luego, haciendo sonar la campana, llamó a la servidumbre y entre todos lograron que la señora Prosser saliera de aquel trance maldito en el que había caído. Parecía hacer pasado «por las angustias de la muerte.»

La señorita Rebeca añade en su carta «por lo que ella me ha podido contar de sus visiones; su marido habría agregado: y también del infierno».

Pero el acto que llevó la crisis a su culminación, fue la extraña enfermedad de la pequeña hija de seis meses. Sufría un insomnio que la hacía presa de la enajenación del terror; los médicos que la revisaron dijeron que su cerebro estaba llenándose lentamente de agua. La señora Prosser y la nodriza la cuidaban junto al fuego de la chimenea, preocupadas por su salud.

La cama de la niña estaba pegada a la pared y la cabecera de ésta chocaba contra la puerta del armario, que nunca estaba bien cerrada. Se daban cuenta de que la criatura se quedaba más tranquila cuando la sacaban de la cama y la cargaban. En una ocasión la habían dormido arrullándola, y cuando la colocaron en la cama, no pasó ni un minuto para que comenzara una de sus crisis de terror. Las dos mujeres descubrieron la causa del miedo de la niña.

Vieron claramente, saliendo de la abertura del armario y resguardada por la sombra, la espantosa mano blanca con la palma hacia abajo, justo encima de la cabeza de la niña. La madre y la nodriza salieron gritando del cuarto llevando a la niña en brazos y entraron a la habitación del señor Prosser; apenas llegaban cuando comenzaron a escuchar los enloquecedores golpecitos en la puerta.

Hay mucho más del horror, pero que baste con lo dicho. La singularidad de la narración parece describir una mano fantasma. Jamás apareció la persona a la cual pertenecía.

En una comida de alumnos en 1819, conocí a un anciano llamado Prosser, delgado, grave y parlanchín, que nos contó la historia de su primo Jacques Prosser, el cual, de niño, había dormido en una habitación que su madre decía que estaba hechizada, en una vieja casa cerca de Chapelizod; su primo, cada vez que estaba enfermo, sufría la visión de un caballero pálido, del que tenía fuertemente impresas en su mente la ropa y un rostro maligno y malsano, así como, la falta de la mano derecha.

El señor Prosser mencionó esto como un ejemplo de pesadilla monótona, individualizada y persistente, donde la angustia llegaba a extremos horribles…

 

Bibliografía

Balam, Alaric (2012). Cuentos Clásicos de Fantasmas. México: Editores Mexicanos Unidos.

Joseph Sheridan Le Fanu

Compartida por: Anónimo

Han pasado veinte años desde que vieran por última vez el talle alto y esbelto de la señora Jollife. Hoy
tiene más de setenta años pero su figura sigue erguida y su modo de andar continúa siendo ligero.

Dedicó estos últimos años a cuidar enfermos adultos, pero puso especial interés en una chica llamada Laura Mildmay, que ahora entra en la habitación con una enorme sonrisa y abraza a la anciana besándola.

  • ¡Qué suerte tienes, has llegado a tiempo para escuchar un cuento! — dijo la señora Jenner.
  • ¿De verdad? ¡Qué maravilla! — exclamó la niña.

—No es un cuento propiamente dicho, sino una historia de fantasmas, y no sé si deba contártela justo ahora que ya te vas a ir a dormir —agregó la señora Jollife.

–¿Fantasmas? Eso es lo que más me gustaría oír —repuso la niña, emocionada.

—Bien, siéntate aquí junto a nosotras y, si no tienes miedo, escucha con atención.

La señora Jenner y la muchacha miraban el rostro expectante de la anciana, que parecía hacer acopio de horrores con los recuerdos que invocaba.

Aquella vieja habitación era el marco perfecto para una historia de fantasmas: Tenía las paredes forradas de madera y un mobiliario raro y antiguo en el que destacaba la alta cama de cuatro pilares con cortinas negras.

La señora Jollife miró hacia todos lados, se aclaró la voz y comenzó la historia El fantasma de la señora Crowl.

— Hoy soy una anciana. Cumplía mis trece años cuando llegue a Applewale House, donde mi tía era el ama de llaves. En Lexhoe me esperaba un carruaje para transportarme. Estaba un poco asustada cuando al llegar vi la carroza con un caballo, conducida por el señor John Mulbery, quien me consoló comprándome frutas y prometiéndome una espléndida cena cuando llegáramos con mi tía.

«Me parece vergonzoso que personas mayores asusten a los niños. Recuerdo que en mi compartimiento del tren había dos personas y que una noche en que salió la luna, me preguntaron hacia dónde iba; les respondí que a Applewale House, cerca de Lexhoe, y uno de ellos me dijo burlonamente: ¡Ja!, note quedarás ahí mucho tiempo.

«Me quedé mirándolo fijamente como preguntándole por que, el pareció advertirlo y añadió a su comentario:

“— ¡Por tu vida no le cuentes a nadie lo que to voy a decir! Esa casa está poseída por el demonio; ahí vive un espantoso fantasma… ¿Tienes una Biblia?

  • Si señor, mi madre me puso una en la maleta.

«Cuando le respondí esto, me pareció que se miraba de forma extraña con su amigo, pero no estaba segura.

Bien -dijo él, asegúrate de ponerla bajo la almohada todas as noches, solo así podrás mantener alejadas las garras de esa maldita anciana.

«Me llene de esparto cuando escuche esa historia. Quería hacer muchas preguntas sobre aquella anciana, pero no dije nada. Pase el resto del camino pensando en cosas horribles, hasta que llegue a Lexhoe.

«El alma se me cayó del cuerpo cuando el carromato entró por aquella estrecha y oscura avenida del parque. Los arboles eran gruesos y altos, casi tan viejos como la mansión; ni cuatro hombres hubieran podido rodearlos tomándose de las manos.

«Nos detuvimos delante de la gran casa, pintada de blanco y negro, de madera, rodeada de árboles que tomaban un tono siniestro a la luz de la luna; se veía de estilo antiguo. Solo había tres o cuatro sirvientes, aparte de la anciana dama. La mayor parte de las habitaciones estaban cerradas.

«Cuando vi aquella residencia ante mí y comprendí que el viaje había terminado, se me subió el corazón a la garganta. Estaría muy cerca de mi tía, a la que ni siquiera conocía, y de la señora Crowl, de quien me habían dado espeluznantes referencias.

‘Mi tía me llevó a su habitación. Era una mujer delgada, encorvada, de cara pálida y manos afiladas. Tenía más de cincuenta años y hablaba de modo cortante. Una mujer dura.

«El hacendado Chevenix Crowl, nieto de la señora Crowl, iba a la casa dos o tres veces por año para visitar a su abuela y constatar que todo estuviese en orden. Solo lo vi dos veces mientras estuve en Applewale House.

«La señora Wyvem era una mujer gruesa y alegre; siempre estaba de buen humor y caminaba muy despacio. Acababa de cumplir cincuenta años y era muy avara. Usaba el mismo vestido todos los días a pesar de tener mucha ropa guardada, Dios sabe para qué. Nunca me regaló nada en todo el tiempo que estuve allí, pero siempre era grato estar con ella; hablaba sin parar contando historias risueñas, creo que me caía mejor que mi tía que, aunque siempre fue buena conmigo, era severa y silenciosa.

«Estaba descansando en el dormitorio de mi tía. Ella entró con un té preguntándome si sabía llevar a cabo los deberes del hogar. Antes de que le contestara me aseguro que yo era idéntica a mi padre y que esperaba que no me condenara al infierno como él lo había hecho. Fue cruel de su parte decirme eso.

«Cuando fui a la habitación de la señora Wyvem, ardía un buen fuego de carbón, había té, pastel y carne calientes; me quede con ella un buen rato mientras mi tía subía con la señora Crowl.

«—Ha subido a ver si la vieja Judith Squiles esta despierta, ella le hace compañía a la señora Crowl cuando yo y la señora Shutters (que era el nombre de mi tía) no estamos con ella. Hay que tener mucho cuidado con la señora, porque, si no, se caería al fuego o por la ventana. Es muy torpe –me explicó Wyvern en tono jovial.

— ¿Cuántos años tiene la señora? —pregunté.

«—Cumplió noventa y tres años hace ocho meses –dijo riéndose–. No hagas preguntas sobre ella delante de tu tía. Tómalo con calma.

— ¿Usted sabe cuál será mi trabajo en esta casa, señora Wyvern?

«—Tu tía te lo explicará, supongo que vigilarás a la vieja para que nada malo le pase, llevarle de comer y beber, dejar que se divierta con sus cosas de la mesa, vigilarla para que no se caiga, hacer sonar la campana si se pone pesada. Ya veremos.

«–¿La señora es sorda?

«–¡Claro que no! Y tampoco es ciega; es muy astuta, aunque no puede acordarse de nada, lo mismo le da la corte del rey que Blanca Nieves.

«—Mi tía le escribió a mi madre que la chica que la cuidaba antes se había marchado, ¿usted sabe por qué lo hizo?

—No lo sé, quizá le haya contestado mal a la señora Shutters, a ella no le gustan nada las chicas parlanchinas.

«De pronto entró mi tía en la habitación, las dos nos quedamos mudas. Comenzó a hablar con la señora Wyvern. Yo me puse a inspeccionar las cosas que había en la habitación, tomándolas con las manos y mirándolas con asombro.

— ¿Qué haces, niña? —dijo mi tía tajantemente          . —¿Qué tienes en la mano?

“— ¿Esto, señora? —le respondí mostrándole una chaqueta de cuero que había agarrado       . No sé lo que es.

«Sus ojos se encendieron de ira y creí que iba a golpearme, pero solo me sacudió bruscamente por los hombros al tiempo que me arrebataba la chaqueta.

–Mientras estés en esta casa, no agarres absolutamente nada que no sea tuyo –exclamó con rabia y cerrando la puerta con violencia.

«Yo tenía lágrimas en los ojos y la señora Wyvern se moría de la risa.

«La anciana señora Crowl tenía uno de sus berrinches de costumbre. Solía estar de pésimo humor todo el tiempo. No había nadie en Applewale que la recordara de joven. Poseía una cantidad de ropa impresionante, toda anticuada y extraña, pero de gran valor.

«Todos cuidaban con esmero a la anciana, pues cuando esta muriera nunca volverían a encontrar un trabajo donde no hicieran casi nada por el enorme sueldo que recibían.

«El médico venia dos veces por semana y siempre decía que no se le debía contradecir ni irritarla de ningún modo; había que seguirle la corriente.

«La primera vez que escuche hablar a la anciana, yo estaba sentada en mi cuarto, las velas de la habitación de la señora Crowl se hallaban encendidas, mi tía la acompañaba y la puerta estaba abierta. Recuerdo que dijo:

«—Fue un ruido extraño, hecho por un pájaro u otro animal, era muy tenue.

«—El Maligno no puede hacer daño a nadie, señora, a menos que Dios se lo permita —afirmo mi tía.

«—Entonces la extraña voz desde la cama dijo algo que no entendí

–agregó la anciana.

«-El señor está con nosotras, señora, no hay nada que temer.

«Escuche aquella conversación durante un buen tiempo, después ya no pude oír nada y me dedique a leer un libro; al rato percibí un ruido en la puerta, era mi tía con el dedo puesto sobre la boca.

«—Shhh —dijo en voz baja, acercándose de puntillas . Por fin se ha dormido, no vayas a hacer ruido.

«Seguí leyendo el libro, ni el más mínimo sonido se escuchó en aquella casa, comenzaba a sentir temor en aquella habitación tan grande. Así que me puse de pie y camine nerviosamente; mi curiosidad pudo más que el miedo y me asome a la habitación de la señora Crowl. Era un cuarto muy grande y muy elegante, fuertemente iluminado por varias velas. Miraba asombrada el lugar y decidí entrar, me observe en el enorme espejo y luego fui a asomarme a la cama de la señora para verla de cerca, quizá nunca volviera a tener una oportunidad tan esplendida.

«En medio de un silencio de muerte, deslice las cortinas de la cama despacio, muy despacio, y por fin vi a la señora Crowl, maquillada como la imagen de una mujer en la lápida mayor de la iglesia de Lexhoe. Ahí estaba, vestida con sus mejores ropas verdes y doradas, con los zapatos puestos. Con todo el rostro pellejudo pintado de blanco, ¡parecía una espantosa momia! Tenía las mejillas pintadas de rojo y las cejas de café. Orgullosa, tiesa; la nariz aguileña, muy larga y mostrando la mitad de los ojos en blanco. Las uñas muy largas y cortadas en pico.

«Creo que cualquiera se hubiera asustado. Me sentía incapaz de soltar la cortina o de moverme. Tenía los ojos clavados en su asquerosa figura; incluso mi corazón estaba inmóvil. Entonces, abrió los ojos, giro sobre sí misma en redondo y bajó de la cama haciendo sonar sus tacones y encarándose conmigo, me clavo su horrible mirada al tiempo que una sonrisa maligna se dibujaba en sus labios nauseabundos.

«Era la visión del mismísimo infierno. Me llene de un miedo terrible; parecía un cadáver con vida que me apuntaba con sus afilados dedos.

-¿Por qué has dicho que yo mate al niño? Te daré una golpiza que te matará —me dijo la monstruosa anciana.

“¡Quería salir corriendo! Pero algo más fuerte que mi voluntad me retenía donde estaba. Retrocedí y ella me siguió con su taconeo fantasmal apuntándome con las uñas a la garganta y haciendo un sonido sibilante con la lengua.

«Sus dedos casi me tocaban; me refugié en un rincón soltando un chillido como si el alma se me separase del cuerpo. Mi tía entró gritando, la anciana volteó hacia ella y yo salí corriendo lo más rápido que pude.

«Bañada en llanto, le contaba a la señora Wyvern lo que había sucedido. Ella se reía como siempre, pero se puso seria cuando le dije las palabras de la anciana.

«—Repite lo que dijiste —me ordenó con severidad.

«Así lo hice: — ¿Por qué has dicho que yo mate al niño? Te daré una golpiza que te matará.

«— ¿Tú dices que la señora mato a un niño? –pregunto.

«—Yo nunca dije tal cosa –le aseguré.

«Desde aquel incidente, Judith ya nunca se me despegaba. Al cabo de una semana, la señora Wyvern me conto algo que nadie sabía sobre la anciana Crowl.

«—Hace más de setenta años la señora se casó con el hacendado Crowl, de Applewale, viudo y con un hijo de nueve años. Una mañana el niño desapareció. Como tenía mucha libertad, nadie se preocupó mucho, solía ir al bosque o al lago a remar y pescar, pasaba largas horas afuera. Pero ya nunca apareció, encontraron su gorro junto al lago, al pie de un enorme espino y lo dieron por ahogado. Se hablaba mucho acerca de ese tema, decían que la madrastra lo había asesinado, pero la señora Crowl hacía lo que quería con su marido, pues era increíblemente bella. El tiempo borro la imagen de aquel niño de la memoria de la gente terminó de narrar la señora Wyvern.

«Cuando yo tenía menos de seis meses de haber llegado a la casa era invierno, la señora tenía su última enfermedad. El médico temía que fuera un ataque de locura como el anterior, en el que habían tenido que sujetarla con camisa de fuerza—que era aquella chaqueta de cuero que yo había agarrado; no se volvió loca pero se fue consumiendo con rapidez. Mostraba una extraña tranquilidad, hasta un día antes de su muerte, en que se puso a aullar en la cama y se cayó al suelo pidiendo misericordia. Yo no entraba en su habitación, me quedaba temblando de pánico mientras ella rugía y se revolvía en el piso. Mi tía, la señora Wyvern, Judith y una señora de Lexhoe estuvieron con la anciana hasta que murió.

«El sacerdote estuvo presente y rezaba por ella, mientras ponían a la vieja señora Crowl en un ataúd. Se escribió al viejo hacendado Chevenix para que viniera a ver por última vez a su abuela, pero estaba de viaje por Francia. El sacerdote y el médico dijeron que había que enterrarla y fue depositada en la cripta de la iglesia de Lexhoe. Nosotras nos quedamos viviendo en la gran casa esperando la vuelta del hacendado. Me cambiaron a una habitación más grande y una noche antes que llegara el señor Chevenix sucedió lo siguiente:

«Solo había una cama en mi nueva habitación y el espejo de la señora Crowl. Sabíamos que había regresado el hacendado Chevenix de su viaje. Yo estaba feliz, pues supuse que volvería a mi casa, lo cual me lleno de emoción. Dieron las doce de la noche y yo seguía despierta en mi habitación, que era negra como un pozo, pensando y soñando con mi regreso, cuando vi iluminarse la pared que estaba delante de mí, como si se le hubiera prendido fuego; las sombras de la cama comenzaron a bailar en las vigas del techo. Gire la cabeza rápidamente, pues creí que algo se había incendiado, pero lo que vi, ¡Virgen Santa!, fue la aterradora figura de la señora Crowl, cubriendo su horrible cadáver con finas ropas, los ojos muy grandes y brillantes, ¡parecía la cara del diablo! Una luz roja salía de ella envolviéndola y creando el efecto de que tuviera fuego en los pies. Se acercó directamente hacia mí, adelantando sus viejas manos contraídas como garras y como si fuera a estrangularme. Pero pasó de largo y fue a mover el armario, después abrió una puerta con una enorme llave dorada y llego a un gabinete para buscar algo mientras la alcoba se llenaba de un aire glacial. Luego se volvió nuevamente hacia mí girando con rapidez y la habitación volvió a quedar a oscuras. Lance un alarido terrible que hizo temblar toda la casa.

«Esa fue la peor noche de mi vida. Pase el tiempo que faltaba para el amanecer con una angustia atroz. Cuando salió el sol fui con mi tía para contarle lo que había sucedido. Al contrario de lo que yo esperaba, me tomo las manos diciéndome que no tuviera miedo y me preguntó si la anciana llevaba en las manos alguna llave.

«—Sí—dije haciendo memoria—, una llave grande y dorada.

«—¿Era como esta llave? —me dijo, mientras sacaba la pieza de un cajón.

«—Esa misma llave. –¿Estas segura? »               Claro que si, tía.

«—Bien, no to preocupes, el señor vendrá hoy al mediodía y debes contárselo todo, por la tarde podrás irte a tu casa.

«El hacendado Crowl llego y mi tía hablo con él en la habitación, después me llamaron y el me pregunto:

“— ¿Qué es lo que has visto, chiquilla? Creo que fue un sueño por lo menos yo no creo en fantasmas, pero cuéntamelo todo y formaré una opinión.

«Le conté lo que había sucedido y el hacendado, un poco nervioso, le dijo a mi tía:

«—Recuerdo ese gabinete. Oliver, el cojo, me contó de él cuando era niño.  Oliver tenía más de ochenta años y ya han pasado veinte desde que me comunicara el secreto. Ahí se guardaban las joyas de gran valor, cerradas con una chapa doble, que solo se podía abrir con una enorme llave de bronce. Vamos todos a buscar ese gabinete perdido, tú nos indicaras el lugar exacto en que lo viste — me dijo mientras me señalaba.

«Con el corazón en la garganta, los lleve a aquel sitio maldito donde estaba el armario que ocultaba la puerta que daba al gabinete. El hacendado quito la puerta con un martillo y un cincel y, al llegar al aposento, mi tía le dio la llave. Lo abrió y vimos una especie de cuarto de ladrillos completamente oscuro. Mi tía prendió una vela y su luz ilumino una especie de simio que estaba agazapado en un rincón.

“¡Santo Dios, cierre esa puerta, señor, ciérrela! –grito mi tía.

«Pero el hacendado entró cautelosamente al cuarto de ladrillos y le dio un empujón al simio, que se derrumbó. Era un costal de huesos y polvo. Se trataba de los huesos de un niño. Un silencio mortal invadió el ambiente. El señor paso del otro lado de la pequeña calavera.

«— ¡Un gato muerto! dijo el señor, pensando que yo era estúpida. Usted, muchachita, se ira a su casa, yo tengo que hablar con la señora Shutters.

«Una hora más tarde estaba tomando el tren rumbo a mi casa. Nunca he vuelto a ver a la señora Crowl, ni en aparición ni en sueños, pero cuando ya me había convertido en una mujer madura, mi vieja tía paso una noche conmigo y me confesó que aquellos huesos eran los del pobre niño perdido. La señora Crowl lo había encerrado dejándolo morir de hambre y sed, sepultado en la oscuridad. Lo habían reconocido por los objetos personales hallados entre el polvo de su cuerpo.

 

Bibliografía

Balam, Alaric (2012). Cuentos Clásicos de Fantasmas. México: Editores Mexicanos Unidos.

Joseph Sheridan Le Fanu

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Los años anteriores a que tuviera lugar el terremoto que en el año de 1917 destruyó casi por completo la ciudad de Guatemala de la Asunción, no se dibujaba en ella ni el más ligero esbozo de vida nocturna.

Tras el toque de ánimas que lanzaban al viento las lenguas de bronce de sus cien historiadas iglesias, y del toque de queda que rasgaba los aires de los clarines de los Castillos de Matamoros y de San José —que fueron construidos durante la época colonial—, sus tranquilos y pacíficos moradores, que seguían al pie de la letra el refrán de «mejor machete estate en tu vaina», se encerraban en sus casonas coloniales, que nos hacían recordar las españolas de grandes patios y de balcones enrejados. Ellos sabían, muchos por experiencia y otros de oídas, que el salir a la calle podría costarles más de un dolor de cabeza que les haría pasar las «rondas» de don Meme, que la recorrían de un confín a otro.

Las personas mayores, entre sorbo y sorbo de delicioso chocolate, servido en india jícara, hacían vida social en los salones, pelando al prójimo o hablando del chisme del día; y a la gente menuda, tras el habitual rezo del Rosario y el recitar de las preces del «bendito» y el «ángel mío de mi guarda», nos enviaban a la cama.

Yo siempre fui un niño flaco, enfermizo, tímido y miedoso —una síntesis del niño consentido—, que me asustaba ante la contemplación de un rincón obscuro o al escuchar el crujir de una puerta mal cerrada. Sin embargo, era muy dado a que me contaran «casos» de ánimas en pena y aparecidos, que solían relatarnos las criadas indias traídas a la capital de la finca de mi abuelo. Jamás me enviaban a acostar solo; siempre me acompañaba la Andrea, mi china, una india imaginativa, buena y leal, que sabía miles de historietas, a cuales más interesantes, y que vivía al lado de mi familia desde el casamiento de mi madre. Ella había recibido la orden de no separarse de mi lado, sino hasta que estuviese profundamente dormido.

Todas las noches, a la hora precisa en que me acostaba, escuchaba pasar frente a mi cuarto, que estaba situado al lado del de mi madre, y en el ala de la casa que daba a la calle, el ruido del arrastrarse raudo de un carruaje cuyos caballos, percherones negros me lo imaginaba yo, golpeaban con sus cascos herrados los embaldosados de las calles que vieron pasar por encima de ellas a muchos capitanes generales ya esbozados caballeros españoles de la época pre independencia.

La primera vez que lo sentí pasar, apenas si le di importancia. Pero como seguí sintiendo que lo hacia todas las noches, a la misma hora, principie a inquietarme y a bordar en mi infantil y enfermiza imaginación las más extrañas conjeturas. Una noche, por fin, decidí salir de dudas y; preguntarle a la Andrea lo que hacia ese carruaje a esas horas. ¡Cómo no lo va a saber ella —pensé­ que sabe tantas cosas?

  • ¿Que qué hace ese carruaje cuyos caballos pasan todas las noches a la misma hora haciendo pelenguén… pelenguén…? —me respondió. Pues, es el de Sixto Pérez. Si me ofreces quedarte dormido y no decirle a la «señora» que te lo he contado, te relato su historia.
  • Te lo prometo, pero cuéntamela…

—Todo esto —dijo— sucedió después de la Revolución de 1871, que derrocó al gobierno de los «cachurecos», llamado de los 30 años, y cuando hacía poco que había subido a «la guayaba» el general don Justo Rufino Barrios, don Rufo, como lo llamaban todos, y quien quería mucho a los humildes y odiaba a los aristócratas. Este señor, al no más subir al poder, dispuso que salieran de Guatemala, para bien de ella, los frailes, monjas y padres que había en los conventos. Como el mismo no podía ejecutar sus órdenes, comisionó para que las llevara a cabo a Sixto Perez, a quien, por su color, llamaban Sixto Negro, personaje en quien había depositado mucha confianza. Este no solo las cumplió, sino que dicen que se excedió en ellas; pero esto no viene al caso, y sigamos con la historia.

«Un Viernes Santo, llevada en hombros por los «cucuruchos» de la Hermandad de Jesús Sepultado de Santo Domingo, salió de ese templo la procesión del Santo Entierro. Esa misma procesión que sale ahora a las tres de la tarde y que recorre media Guatemala.

«Cuando la urna del Señor, adornada de flores y zahumada de incienso, venia por la esquina de esta misma calle (nuestra casa se hallaba situada en la 11 avenida norte y quinta calle), frente al atrio de la Merced, cuyas matracas imponían majestad a la procesión, se dejó venir sobre ella, como un huracán, un carruaje tirado por dos briosos caballos negros, adentro del cual iba gritando y cantando don Sixto Negro, a quien acompañaban varias «mujeres malas» que rompían el tradicional silencio de ese día con sus risotadas y cantos.

«Los «cucuruchos», ante el inesperado atropello, dejaron caer al suelo la anda, rodando por él la imagen, que si no se hizo trizas fue por un puro milagro… Sixto y sus acompañantes se perdieron entre la polvazón que se levantó y las maldiciones y candelazos que alcanzaron a tirarles algunos «cucuruchos».

«No habían pasado dos semanas de que esto sucediera, cuando se supo en Guatemala, que Sixto había desaparecido. Lo buscaron por todas partes; y nada: en su cuarto solo encontraron un fuerte y penetrante olor a azufre. Mi nanita, que Dios la tenga en su santa gloria, contaba que se lo llevó el «Cachudo», con ropa y todo, dejando pa’recuerdo, de que había estado por allí, la jediondez en el cuarto.

«Desde entonces, m’hijo, a esta hora, qu’es la hora en que salen las ánimas a cumplir sus penitencias por el mundo, la de él sale a pasearse por las mesmas calles en que cometió su desacato; y hace en el mesmo carruaje, que va tirado por dos caballotes negros, que van echando chispas por boca y haciendo sobre los empedrados pelenguén…pelenguén… Si no me crees lo que te cuento, abre la ventana mañana a esta mesma hora y lo vas a ver…

«Mi finada nanita, que según ella jamás dijo una mentira, me contó, como yo te lo cuento a ti, este «caso», y ella me aseguraba que una noche que la mandaron a comprar un manojo de cigarros de tuza a la tienda de la esquina, alcanzó a ver cuándo el carruajón, echando chispas por todos lados, doblaba la esquina de la quinta calle».

Raudos, como el carruaje de Sixto Perez, los años han pasado por mi vida. Me hallo lejos de mi Guatemala embrujada y llena de consejas, y siempre que por las noches oigo sobre los embaldosados el pelenguén…, pelenguén…, de algún coche, llega a mi imaginación el recuerdo del carruaje de don Sixto Perez, que, entre chispas y tirado por negros percherones, tal vez esté pasando por las calles de mi barrio de la Merced…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

Sabanas de la costa baja, calor aletargan­te, olor en el ambiente que conjuga la pu­janza de las tierras prodigiosas con el sudor de sus habitantes. En el horizonte reverbera el aire y el silencio del mediodía hace que todo se tome pastoso, sus moradores se cu­bren con una tenue y persistente pereza que también abarca a los animales.

A lo lejos el murmullo de un río se hace interminable a cada momento y solo vuelan, de vez en cuando, despaciosos zopilotes, cu­yos cuerpos enlutados y nefastos se balancean llevados por las corrientes de aire en tétricos planeos. El vuelo de estos rapaces parece un lúgubre reconocimiento aéreo; semejan sus alas al vistazo de la muerte para llevarse a prisa a los seres moribundos.

El cuerpo de los habitantes de estas zonas es magro, sus brazos languidecen en ade­manes lentos, abarcando remotas esperanzas. Únicamente su vientre voluminoso denotaría que están satisfechos por una copiosa comida, pero desgraciadamente no es así; en esos vientres hinchados, con ombligos saltones, se abri­gan millares de parásitos.

Cierta vez que pregunte quien asistía a los enfermos, o a las mujeres en trance de ser madres, un campesino me contestó: «Aquí no hay nada de eso, estos lugares están olvi­dados de la mano de Dios…».

Yo solo mascullé: vaya si no hay Dios, en estos parajes es donde más pura se manifiesta la voluntad de Dios, pues solo así se explica cómo sobreviven esos macilentos campesinos que a veces nacen, crecen y, sobre todo, mueren…

Bien, nos encontrábamos en esas intrinca­das lejanías por razones de negocios ganade­ros de mi padre; como yo estaba de vacacio­nes, le acompañaba; forzado por una parte, por mi padre quien se empeñaba en que co­nociera las artes de la vaquería. Por otra parte, mi propia curiosidad.

Ese día habíamos madrugado para poder ver unas reses que formaban parte del ne­gocio. Los dueños nos habían dado un capo­ral y las señas del camino, pues era más su pereza que el interés del negocio. Desgracia­damente el caporal perdió el sendero y se desorientó. Pasadas algunas horas creímos que sería fácil desandar el camino y volver a donde habíamos partido, pero no fue así.

Al principio no tomamos en serio nuestra condición de perdidos, nos dedicamos a ca­minar y caminar creyendo que retornábamos… En esas caminatas inútiles se nos pasó la mañana.

Bajo la sombra de un palojiote hicimos un alto para comer lo que llevábamos de al­muerzo. Gotas de sudor nos corrían por la frente y a veces al alzar la mirada entre las cejas se divisaba el horizonte. En silencio nos comimos las tortillas con huevos duros y frijoles volteados, esto repuso en parte nues­tra fuerza perdida. El calor y los vapores de la tierra a la hora del mediodía hacían que nuestra humanidad nos pesara aún más. En esos instantes el saber que estábamos perdi­dos nos produjo terror.

La situación era más o menos desesperante, pues con el rumbo perdido corríamos el ries­go de llegar al mar, si bien nos iba, o bien, quedarnos en uno de esos pantanos que cu­biertos de vegetación son trampas arteras para jinetes y cabalgaduras.

El refrigerio y el calor aumentaron nuestra modorra, apenas si cabeceamos un sueñito, cuando mi padre dijo que había que seguir y así se hizo.

De vuelta a los caballos, el monótono son acompasado del trote, nos aletargaba a cada instante, hasta tornarnos casi insensibles.

Las zarzas saludaban nuestro paso, a veces arrancando jirones de camisa, otras, hiriendo telegráficamente nuestra piel. Algo teníamos que dejar en pago por la acción de profanar las feraces tierras que forman las sabanas costeñas.

No podría decir cuantas horas trotamos, ni relatar las veces que creímos haber encon­trado el camino. Pero si podría asegurar que varias veces pasamos por el mismo lugar y que nadie dijo nada en voz alta por no des­corazonar a sus compañeros.

Poco a poco el sol fue poniéndose naranja y haciéndose más grande. Tímidamente aso­maron unos celajes rojizos por el lado del mar. Los aires se hicieron más pronunciados y simulaban que de afligidos se dedicaban a soplar el sendero de nuestro paso. Otras ve­ces, las hojas secas burlonamente jugaban rondas detrás de nosotros, como si se alegra­ran de vernos perdidos.

—Yo creo patrón, que luego va a caer la noche —dijo el caporal con una voz que era el anuncio de un chillido mal contenido. Mi padre se limitó a dar un pujido que no supe cómo interpretar. Por mi parte, la sola idea de la noche me produjo más miedo del que ya tenía.

Y fue así como el cielo, de un color na­ranja se tornó violáceo y poco a poco se fue poniendo gris. El día no quería morirse y aun en agonía se esforzaba en persistir. Una suave brisa vino a refrescar los cuerpos su­dados de las cabalgaduras, cuya traspiración dejaba marcas de espuma salobre. Sobre la piel de los jinetes el sudor dejaba surcos mu­grosos.

El olor de la tierra fecunda, su humus pro­digioso, venia hacia nuestro olfato con recie­dumbre. Era el olor de la hembra infecunda que busca consuelo para su libido. Así son las tierras de Guatemala: están desde hace siglos devanando su pasión por producir, es­perando que manos viriles las hagan dar toda la fuerza de su poder germinativo, pero ellas son solo el refugio de campesinos paliduchos que languidecen enfermizos y olvidados.

Por fin, es una de las tantas vueltas de aquel camino interminable, cuando la colum­na encabezada por mi padre y que remataba yo, así, al filito de la noche, se apareció la figura de un hombre que al principio fue bo­rrosa, delineándose poco a poco, hasta ha­cerse francamente visible.

El encuentro con el personaje produjo dis­tintas emociones: a mi padre le causó alegría encontrarse en tan amargo trance con un vie­jo amigo. A mí me produjo alegría, pues era la seguridad de salir del entrevero y lle­gar esa noche a dormir y comer bajo techo.

Al caporal el encuentro le produjo una mal disimulada carraspera y a veces tos…

Mi padre saludó al recién llegado con muestras de gran camaradería; igual cosa hizo éste y después de darse la mano, tomándose las puntitas de los dedos, como hacen los campesinos, se hicieron mutuos hallazgos en sus respectivas humanidades: «Que bien esta don fulano, lo veo más gordo».

«Y usted don mengano, no se diga, por su cara no pasan los años».

Después de preguntarse por las familias se acercaron al grano con una sola pregun­ta: ¿Qué anda haciendo por estos andurria­les?», dijo mi padre; y el otro contesto: «Yo por acá nomasito tengo mi rancho». A todo esto, el caporal tosía y la necia carras­pera llegaba a hacerlo impertinente…

Mi padre no esperó más y dijo al encon­tradizo que estábamos perdidos, este, sin de­cir palabra, tomó por la gamarra el caballo que montaba mi padre y se dispuso a enseñamos el camino. La tos del caporal demos­traba que quería hacerse notorio, pero no lo lograba.

Caminamos por espacio de una hora. La noche cerró su cúpula negra y profunda. Sus crespones de luto nos envolvían por completo y los arboles del camino tomaban formas fantasmagóricas y a veces parecían retorcerse en cómicos devaneos. De todos modos era de noche y nosotros éramos conducidos al cami­no real por un ser bondadoso que intempes­tivamente se apareció a nuestro paso. Cuan­do a lo lejos se oyó el latir de unos perros, el encontradizo paró, dijo que estábamos en terrenos conocidos y que siguiendo recto llegaríamos hasta unas casuchas. Dio a mi pa­dre la mano y muchos recuerdos para su familia, a mí me pareció que en vez de es­trecharme la mano me puso algo frio entre los dedos a guisa de despedida. Al caporal simplemente lo ignoró.

Desapareció entre las sombras de la noche y no tardó en confundirse con los pliegues de la oscuridad. A todo esto, el caporal adelanto atropelladamente su cabalgadura y en un tro­te desordenado alcanzó a mi padre, el pobre hombre tartamudeaba; sus palabras se agol­paban en sus labios propugnando por salírse­ en bloque, a duras penas se hizo entender y casi de un tiro dijo: «Dios santo, Dios fuerte… ¡Ay! patrón, por Dios, esa alma no es de esta vida, pertenece al reino de los difuntos… hace dos meses que se murió y lo enterraron en la aldea…».

Mi padre le dijo que se callara, pues lo había visto tan vivo como a cualquiera de noso­tros, pero cortó su respuesta, pues en ese mo­mento llegábamos a los ranchos y la bulla de los perros llenaba la escena. A la luz de unos candiles notamos que el caporal estaba pálido y que sus labios tenían un ligero tem­blor que delataba su miedo.

Cansados como estábamos, mordisqueamos unos tamales remojados con caldo de frijo­les y calmamos nuestra sed con café endul­zado con rapadura, después, caímos como fardos sobre los petates.

No sé cuántas horas dormiríamos, pero al clarear el día, con la diana de los gallos y los pájaros, mi padre me dijo en voz baja. «Vamos a pasar por el cementerio. …”.

El trote de los caballos hacía retumbar le­vemente la tierra: pasamos un cerco de sil­vinias que demarcaba los mojones del ce­menterio; después de caminar entre cruces tostadas por el sol y entre sepulcros semide­rruidos, mi padre se detuvo frente a una cruz recién pintada. Con voz a medio tono leímos la inscripción con el nombre del muerto y la fecha reciente que había sido la última en su vida… era el mismo del guía que nos había sacado la noche anterior de nuestro labe­rinto de zarzas… maleza y calor.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Doña Toribia Cristales, tenía fama y de la buena en el Cantón Barrios. Todos le temían por los maleficios que había hecho a varias personas que tenía enfrascadas. Otros que les había fumado el puro y tirado las cartas. Era tan acertada que le rodeaba una aureola de prestigio y su fama había traspasado los linderos del barrio donde habitaba y de lejanos sitios, como por ejemplo las Majadas y El Guarda del Golfo, le visitaban para «encarguitos» especiales, solteronas empedernidas la buscaban afanosamente, al igual que mujeres engañadas y hombres mal correspondidos. Todos desesperadamente requerían los servicios de la nía Toribia, que desde su casona de lepa, machiembre y papeles, manejaba aquel pequeño despacho o «Consultorio».

Pero la verdad era muy otra, a pesar de los viajes constantes que hacía al Cementerio para recoger tierra y floras amarillas de muerto, la tal doña Toribia, no era más que una viva, porque engañaba a todos con sus malabares y hechizos. Aquel había sido su modo de vivir desde hacía muchos años y ya no se podía dedicar a otra cosa; en dicha señora se operaba aquel dicho sabio, que dice: “vivir de los tontos”.

—Dejen lo que seya su voluntá, decía respecto a diezmos, porque el pago era al contado y la cuota por persona no bajaba de un Quetzal en puro billete. Los vecinos le contaban las costillas a la pobre bruja y como consecuencia de aquella contabilidad, no eran menos de 30 personas, las que llegaban diariamente a su casa.

Unos decían que «la vieja de doña Toribia», tenía más que el gobierno, que poseía algunas casas en La Palmita y otras en La Parroquia; a veces se inventaba más de la cuenta, pero algo había de cierto en aquellas bolas, que en la tienda del se echaban a rodar.

Un día lluvioso, llego al consultorio un hombre envejecido solicitando los servicios de doña Toribia para que le dijera lo que tenía, ya que había visto médicos y nadie le adivinaba el mal que cada día minaba más y más su salud.

 

  • Usté está enfrascado, o mejor dicho lo tienen enfrascado —dijo categóricamente doña Toribia.

Aquella respuesta puso en que pensar al pobre hombre que había llegado a consultarle sus males y de sus propios labios había escuchado su veredicto final.

  • Pero dígame doña Toribia, ¿dónde me tienen enfrascado? ¿En qué lugar?

Los ojos de la bruja se pusieron grandes y colorados, y con un ademán, más peliculesco que real, sentenciosamente, le dijo:

  • Eso es lo difícil, ya averiguaré, por de pronto deje un Quetzal para comprar las flores, y regrese dentro de cuatro días —prosiguió—, no vaya a faltar el jueves, porque quiero hacer un trabajo profundo; su caso me interesa mucho.

Los días volaron y el pobre anciano presa de la ignorancia más completa, llegaba el jueves a la hora indicada y con la espe­ranza de curarse del mal que le aquejaba. Cuando entró al pequeño «Consultorio» habían otras personas esperando su turno, con la esperanza puesta en la bruja, de aliviar sus males. Tomo asiento y colocó su sombrero en la mesita del centro, donde había algunas revistas y periódicos viejos.

Después de esperar largos cuarenticinco minutos le llamaron para que pasara adelante. El ambiente apestaba a tabaco barato y a flores amarillas silvestres.

  • Tome asiento, le tengo buenas noticias —dijo la mujer viendo con ojos de víbora al ignorante anciano, que nerviosamente estrujaba su sombrero negro con las dos manos.

—Bien fregado lo tienen… Pero creo que el próximo sábado ya me tienen la dirección exacta de su entierro, yo misma llegare a sacarlo.

  • ¿Pero todavía esperaré otros días mas?, dijo el anciano, como suplicando a la bruja que se valía de la ocasión para sacarle más dinero.

La puerta se cerró. El pobre hombre con su caminar lento y pausado, salió del pequeño recinto despidiéndose de todos con un «buenas tardes», que sonó a despedida fúnebre. La bruja so cercioró de que ya fuera lejos para reírse y comentar con su ayu­dante, la conversación sostenida con el paciente y con una mueca  picara e indecente le mostraba el Quetzal que le había sacado; las dos celebraron la trampa con una sonrisa burlona.

—Que pase el número 10, dijo la mujer gorda y mal vestida, que en la puerta del consultorio hacía de secretaria.

El día anterior al sábado, había llovido a cantaros, y los lodazales hacían intransitables las calles del barrio, al extremo que los desvencijados camiones modelo 1930, se quedaban atascados, y otros automóviles tenían que ser sacados con yuntas de bueyes. La bruja se enojó porque con el pésimo estado de las calles, ningún cliente llegaría a la «consulta».

Y efectivamente, no llegaba nadie ya eran más de las 10 de la mañana, y para colmo de males, nuevamente la lluvia principiaba a azotar con fuerza, sin señales de quitarse. Desde la pequeña ventana la bruja endemoniada miraba hacia la calle y su sonrisa se ilumino cuando vio la efigie del buen anciano que dándose valor evitaba los obstáculos, dando pequeños saltitos entre el fango húmedo de la media calle.

La llegada se la celebraron con unas sonrisitas hipócritas y burlonas. Le quitaron el sombrero y la vieja capa con la que se cubría, hasta le ofrecieron una toalla para que se secara las manos, la bruja y su empleada le dijeron mil cosas y a la vez inventaron qua el entierro ya lo habían sacado y lo que era mejor; lo tenían en su poder y consistía en un muñeco de cera atravesado con alfi­leres.

Posteriormente, la bruja principio a leerle muchas cosas que nadie entendía y que se perdían en el espacio de la pequeña habitación, le sobó el cuerpo con unas yerbas, finalmente le dijo que ya se podía marchar porque estaba completamente sano y salvo de cualquier hechicería.

El anciano, ya para despedirse, le dijo a la bruja, que lamentaba no haber traído dinero, pero que de todas maneras ese mismo día le pagaría el valor de sus servicios. Doña Toribia Cristales, disimulo su disgusto al aceptar el pago en fecha posterior.

— ¿No le es molesto que lleguemos hoy por la tarde por el pisto?, preguntó.

—De ninguna manera— repuso el anciano, manifestando enfáticamente—, allí descansando les estaré esperando.

La lluvia se había quitado por completo y cuando salió el anciano, solo unos patojos jugaban entre los pequeños charcos con sus barquitos de papel periódico, el humo de algunas tortillerías cercanas se hacía patente, con el clásico palmar de las torti­Ileras que preparaban el popular alimento para los del barrio, que ya hacían cola con su servilleta y canasto. Doña Toribia se quedó espiando desde la puerta de la calle, hasta que el anciano cruzó la esquina.

Cuando dieron la tres de la tarde en el viejo reloj despertador, doña Toribia apuraba a la empleada para que le acompañara a rea­lizar el cobro pendiente, la otra mujer se peinaba con parsimonia y ella aprovechó para ver el tarjetero, el nombre del cliente com­pleto y su dirección…

— ¡Aquí está!, dijo la vieja, como cuando se vence un obstáculo, — ¡Dolores, Dolores!—, gritó desde adentro apresurando una vez más a la empleada, revisó nuevamente la mugrosa tarjeta y allí estaba el nombre completo

JOSE BUENAVENTURA SALAZAR

Dirección: Callejón de Pavón No. 7

Edad: 68 años Sexo: Masculino

Jadeantes llegaron a la esquina del Callejón de Pavón y presurosas buscaron el número como desesperadas, no tocaron porque la puerta estaba abierta y numerosas personas entraban y salían con arreglos florales.

—Perdone, ¡aquí vive don José Buenaventura Salazar?, dijo la empleada a un señor que bajaba de un auto viejo, con unos candelabros.

Con el promontorio de velas y candelabros que poco a poco colocó en el suelo le contesto:

—Efectivamente, ¿qué deseaban? Si es por algún cobro del finado, yo soy el primero en suplicarles que vengan dentro de una semana porque hoy se terminaron los nueve días, y ya saben Uds., el problema de atender a los amigos…

Cuentan las malas lenguas, que doña Toribia Cristales fue internada en el manicomio de la capital de Guatemala, después de aquella impresión, y la pobre empleada quedo como idiotizada, y aún deambula por las calles de la ciudad.

 

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

La leyenda siguiente quizá quede como un relato más, en el medio guatemalteco, pero para un viejo chofer de ambulancias, no fue eso, es algo más profundo, una rara experiencia que mientras viva jamás olvidara.

Hacía pocos días que había pasado la revolución de Oc­tubre del año 1944 y una destartalada oficina, el casi centenario teléfono, sonaba con poca fuerza, con un Riiiiinnnnn, Rlllllnnnnn, aburrido y monótono. Con desgano lo tomó el guardián y con el clásico —Aló—, se inició una breve charla que daría complementos a una leyenda, que para una persona es la más pura rea­lidad. El grito del guardián sonó fuerte e impotente, despertando de su profundo sueño al piloto que cabezeaba sobre el timón de una vieja ambulancia, en un patio grande tan grande, como las deudas y las penas de nuestro personaje.

— ¿Qué pasa?, dijo el hombre que dormía dentro del arma­toste —yo me siento muy mal y con temperatura—, el hombrón habría la bocona desperezándose, estiraba los brazos y como muerto en agonía, enfatizó: —Allí esta don Tulio, él puede hacer la campaña, y además, está de turno.

Para colmo de males, la lluvia de Octubre, hacia estragos con su temporalito que se quitaba y volvía a aparecer con más fuerza. El guardián tomó un pedazo de hule viejo y echándoselo sobre la espalda, se internó hacia el viejo edificio en busca de quien nunca decía «No» a una emergencia.

Hay que recoger a un baleado, en la Villa de Guadalupe, dijo el guardián desde la puerta del garage. Don Tulio tomó su capona negra y sin esperar más tiempo salió disparado rumbo al sitio indicado corriendo como un demonio y con la sirena a todo volu­men, por las solitarias avenidas de la capital.

Cuando la llanta trasera se metía en un charco, don Tulio, picarescamente, miraba por el espejo hasta donde saltaba el agua con lodo, iba recordando su niñez, porque en esos tiempos de hambre, nunca jugó con una entretención, todo había sido solo «Lazo y Sebo», y de vez en cuando, hacia alguna travesura, aun­que ruborizándose porque ya era un hombre maduro.

El ulular de la sirena, se fue haciendo más notorio al pasar por el relleno de la 12 avenida, rumbo al Barrio de San Pedrito, aquella sirena daba la impresión que era la llorona, viajando por el espacio en busca de su hijo, Juan de la Cruz. La noche era negra, y el viento se dispersaba sobre los techos de las cobachas, queriendo desclavar las láminas oxidadas.

Cuando pasó por la Guardia de Honor, el soldado de turno le dijo adiós, y el contestó el saludo con un apagón de las luces delanteras, que al empapado indígena le parecieron caídas de-ojos de una sirvienta mofletuda de Cobán. La ambulancia siguió su camino con grito fúnebre, pidiendo vía libre en las mojadas calles; allí los charcos eran más grandes y los saltos igual; los escasos cha­lets fueron quedando atrás, uno tras otro, uno tras otro, con todo y sus árboles y predios baldíos, llenos de matas de higuerillo, flores de muerto y guías de güisquil.

Ya había llegado, mejor dicho, estaba entrando al lejano barrio de La Villa, y efectivamente, allí estaba un grupo de curio­sos, haciendo rueda a un hombre caído, lo peor del caso fue que, cuando el bajo de la ambulancia, del grupo aquel no había ni un alma, únicamente el hombre con un uniforme militar, tirado en el suelo, quejándose de una herida en el estómago.

Don Tulio abrió rápidamente la puerta trasera de la ambu­lancia, y cargándolo en peso, lo subió, colocándolo cuidadosa­mente en la camilla, sujetándolo con unos cinchos especiales.

—Por favor, rápido, que me estoy muriendo —dijo el militar al humilde servidor que hubiera querido tener alas para volar y trasladarlo al hospital más cercano.

El viejo vehículo marcaba 100 Km. por hora, ya no daba más, pero don Tulio, parecía ir despacio porque palpablemente miraba que el hombre desangraba más y más, a cada instante; a pesar del ruido del motor, escuchaba sus quejidos claramente.

El aparato parecía que iba a cobrar más fuerza, cuando don Tulio pisaba el acelerador, ahora tomando por la Calle Real de la Villa, para salir al Obelisco, y la Avenida de la Reforma, por fin el motor de mil batallas respondía y allí iba nuevamente como un bólido dejando su estela de humo y sus gotitas de aceite quemado, que en el agua, daban colores al charco, que iba quedando atrás, lejos muy lejos.

De pronto y cuando ya cruzaba por la Calle Mariscal Cruz y 7a. Avenida, noto que los quejidos se fueron eliminando. Don Tulio pensó en un desenlace fatal. Echó un vistazo, y vio el cuerpo inerte que, únicamente lo movía el sangoloteo del vehículo. A los Locos momentos principió nuevamente, el hombre a quejarse, y esto hizo pensar a nuestro hombre que el paciente aún vivía.

Cuando pasó por la esquina de la 18 Calle y 7a. Avenida, tuvo que dar un giro violento, porque un borrachín se le atravezó imprudentemente, pero don Tulio, se jactaba de ser muy buen piloto, tener buen timón, y la emergencia fue salvada con pericia inteligencia.

Cuando llego al crucero de la 10a. calle y 7a. Avenida, un muchacho de la Guardia Cívica, le dio la vía, señalándole con el fusil en la mano, que podía pasar, sin ninguna pena, las llantas chirriaron en el suelo y caminando cuesta arriba en poco tiempo llego a la emergencia del Hospital, donde solicitó ayuda para bajar al herido, pero primero pensó en abrir la portezuela trasera, y después llamar al enfermero de turno. Casi se va de espaldas, cuando vio con sus ojos grandes, que no había nadie, únicamente la camilla, como él la había dejado, atada con fuerza, y en el sitio donde originalmente estaba.

— ¿Qué pasó?, dijo el enfermero, tan flaco y cadavérico, que hizo saltar a don Tulio, que no salía de su asombro, pero que reponiéndose le contesto:

—No es nada, mi querido amigo; chispas del oficio que suelen suceder.

Sin comprender aquellas palabras el enfermero se retiró del lugar, y don Tulio hizo lo mismo con su ambulancia, perdiéndose en las céntricas calles de la capital.

Cuando llegó a la oficina, su jefe superior le esperaba, con una cara de no muy buenos amigos, increpándole su manera de proceder al abandonar sin previo aviso y sin mediar motivo, su trabajo, con todo y la ambulancia.

Don Tulio vio al guardián de pies a cabeza y con mirada in inquisidora, casi temblando de rabia, le dijo:

  • ¡Acaso no fue usted, el que me dijo que recogiera un herido en la Villa de Guadalupe!

Ante las facciones de don Tulio, todos se quedaron espantados, y creyeron lo que el hombre decía. De una de las ambulancias aparcadas en el patio, salió un anciano chofer, que callando a todos les dijo:

  • Aquí nadie tiene la culpa, no es la primera vez que sucede, el llamado a don Tulio por parte del guardián, no fue más que una alucinación, y lo que vio más tarde es el desenlace de algo que nunca olvidara mientras viva, a mí me sucedió hace una semana y me quede callado, ahora le ha tocado a don Tulio, quizá mañana le toque a otro chofer de ambulancia, porque el espíritu ha quedado allí, eternamente.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

  • Juan Reynelas, presente… Agustín Poca Sangre, presen­.. Juan José Najarro, presente…

Había sido el último de la lista, y precisamente esa mañana causaba alta en el primer cuerpo de la Policía Nacional, los es­tudios en la escuela los había ganado con buen punteo y el que llegaba a policía en tiempo de Ubico, no era tan tonto. Juan se afamaba de pertenecer a la Policía Nacional y no cabía de orgullo en su pulcro uniforme, luciendo sus polainas bien lustradas.

Siempre que pasaba por el barrio del Gallito por las noches, cuando los muchachos se reunían en las esquinas, con voz impos­tada y varonil les decía: —ya van a dar las nueve muchachos, es mejor que se vayan a dormir, porque si regreso y los veo donde mismo, me los llevo al cuartel.

La generación de 1930 era sumisa y no contestaba, el pequeño grupo se dispersaba y cada quien para su casa sin chistar palabra.

El policía Juan José Najarro, seguía cumpliendo con su deber en las solitarias calles del Gallito, donde solo su silbato se escuchaba que rompía el silencio y la paz imperante. Los únicos maleducados eran unos perros que a lo lejos aullaban. Juan José imaginaba que estaban viendo espantos, y por eso lo hacían; seguía empujando las puertas para cerciorarse si estaban bien cerradas, al hacer presión en una, la mano se le fue. Tocó para que la cerrarán bien. Cumplida la misión, tomó una de las calles del barrio y volvió a pasar por la misma esquina donde ya ni un alma había.

A lo lejos una mujer con paso apresurado llegaba en sentido contrario.

  • Buenas noches, dijo el policía; enfatizando – ¿le puedo servir en algo?

La mujer buscaba una farmacia y el agente la acompaño hasta la 13 Calle y 6a. Avenida, en una farmacia cercana compró la medicina, el policía la esperó en la esquina, la dama regresó y emprendieron el camino de regreso a lo largo de la 14 calle rumbo al Gallo.

Poco o nada hablaba la enigmática mujer, que él acompañaba cumpliendo un servicio, que distinguió a la policía de aquella época. Juan José rompió el silencio.

— ¿Exactamente en qué lugar vive Ud.?

La mujer se quedó sin responder, pero a los pocos momentos le dijo:

—En el Gallo.

El taconeo en la banqueta se escuchaba a varios metros a la redonda, pero lo peor del caso es que, sólo el taconeo de los relucientes zapatos del policía se notaban. La mujer que el gendarme acompañaba, más parecía que iba caminando en el aire. Juan José, con disimulo le vio las puntas de los zapatos, pero el amplio vestido no se lo permitía. Apresuró el paso, y la mujer como si fuese un globo, seguía caminando a su vera flotando en el espacio.

Por un momento el policía, a pesar de la compañía, se sintió completamente solo en la 14 calle, aquella noche, para colmo de males, ni un alma se miraba, y únicamente los gorgo­ritazos de otros gendarmes sonaban a lo lejos confundidos con el ladrar de perros y el canto lúgubre de los grillos.

Cuando llegaron a las inmediaciones del extinto «Llano de Palomo», el cumplido celador del orden sentía que las piernas le pesaban toneladas y la lengua se le hinchaba como morcilla compuesta.

Todavía caminó como diez metros con la muchacha, cuando de pronto vio que se le adelantaba y poco a poco se fue esfumando en el espacio.

Al gendarme de nuestro cuento lo levantaron otros policías hasta el otro día muy de mañana, siendo arrestado por abando­nar el puesto, y esto que le narró a otro compañero, al cabo de los años me lo contó, para que yo lo publicara en mi programa.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala