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Cuando algún visitante busca el  museo de los espíritus, se dirige al padre Ernesto Ricasoli y pide ver «El Museo de los Espíritus» el sacerdote supone serio, juzga con una ojeada a su interlocutor, y si lo cree una persona movida por simple curiosidad contesta que lo lamenta, «pero el pequeño museo esta cerrado al publico». En efecto, los fieles no pueden entrar libremente. Esta prohibición disgusta a muchos creyentes que consideran que el museo es un poderosa invitación a la fe, a la meditación y a la oración.

El museo contiene una desconcertante documentación guardada en un armario colocado en una salita a pocos metros cuadrados, anexa a la Iglesia parroquial del Sagrado Corazón de Sufragio, en Lungontevere Prati, a unos centenares de metros del castillo de Sant’Angelo.

La primera vez que el padre Ricasoli, al asumir el cargo de guardián del museo, se vio obligado a ordenar la exposición de tan extraordinarios documentos tuvo que vencer, si no una sensanción de temor, por lo menos cierto nerviosismo. Actualmente, después de tanto años, esta acostumbrado a ocuparse de aquellos objetos en que se pueden advertir las huellas dejadas por almas que decían estar en el Purgatorio.

La idea de esta original colección, según explica el padre Ricasoli, la tuvo el padre Vistorio Jonet, que quería celebrar la misa en una capilla consagrada a la Virgen del Rosario, situada a pocos pasos de la Iglesia del sagrado Corazón del Sufragio. Un día, exactamente el 15 de Septiembre de 1897, en el altar de la capillita se originó un pequeño incendio y en la pared a la izquierda del altar apareció una imagen que muchos fieles identificaron como un rostro atormentado. Se gritó que había sido un milagro y una ingente multitud acudió a la iglesita del Sufragio.

La autoridad eclesiástica, naturalmente, no se pronunció sobre el particular, pero se afirmó en la convicción de que la imagen había aparecido realmente entre las llamas del incendio. Tal convicción se vio reforzada por el hecho de que la imagen continuó siendo visible durante largo tiempo, causando un efecto realmente desconcertante en quienes la observaban. Todavía hoy, junto a la puerta de la sacristía, se conservan huellas del incendio milagroso, que para protegerlas del tiempo e impedir que los fieles fácilmente sugestionables llegasen a conclusiones no autorizadas, se han recubierto con un tríptico que representa a la Virgen rodeada de ángeles.

El padre Jonet interpretó este hecho extraordinario como una señal de la Providencia y con la ayuda y apoyo de los pontífices Pio X y Benedicto XV, edificó el santuario del Sagrado Corazón de Sufragio. Luego pensó realizar una obra que recordase a los fieles la devoción a la animas benditas. Emprendió varios viajes por Italia, Francia y Alemania, de donde trajo objetos de interés verdaderamente excepcional que fueron ordenados en una sala anexa al santuario. Así fue construido el «Museo del Purgatorio» o Museo de los Espíritus.

Hasta 1920 estos objetos estuvieron expuestos ordinariamente al público como si se tratase de un museo. Luego, el padre Jonet, director de la Archicofradía, pensó en reorganizar la exposición de estos objetos de manera más discreta y más en consonancia con el espíritu de la Iglesia eliminando los que no estuviesen avalados por una documentación autorizada.

Este es, pues, el origen y la historia del Museo, que el padre Ernesto narra al visitante seriamente interesado. A los que preguntan como es posible que la Iglesia (que no suele pronunciarse acerca de hechos semejantes) autorice no menos que un museo de esta clase, aunque no este abierto al público, el sacerdote contesta: «La Iglesia condena el espiritismo, entendido como creencia en la posibilidad de evocar mediante la practica de los mediums el espíritu de los difuntos. Aquí se trata de otra cosa. Son espíritus que espontáneamente se han manifestado para pedir sufragios y han dejado huella de su paso.» Un hecho semejante, nos cuenta el sacerdote, le ocurrió a San Juan Bosco, al hacerse amigo de un colegial, el joven Comollo, que murió poco tiempo después. Entre los dos habían pactado que quien muriese primero iría a tranquilizar al otro con respecto a su salvación eterna. El recuerdo de aquel hecho turbaba el espíritu de Juan Bosco cuando su amigo murió. Una noche en que pensando en ello no podía dormir, oyó el ruido de un carro que se aproximaba; el rumor crecía paulatinamente hasta el punto de hacer temblar el dormitorio. Los clérigos, asustadísimos, huyeron de sus lechos. Entonces en medio de un ruido semejante al de un trueno, se oyó claramente la vos del difunto Comollo que decía tres veces: «Bosco, !me he salvado¡» Dom Bosco, según confesó mas tarde sintió un pánico tan grande que enfermó gravemente.

La diferencia entre este extraordinario acontecimiento ocurrido a San Juan Bosco en su juventud y los que aparecen documentados en el Museo de los Espíritus consite en que a Dom Bosco el espíritu de su amigo se le manifestó ruidosamente, pero sin dejar huella clara e inconfundible de su paso. La mayor parte de la documentación sobre los espíritus del Museo consiste, en cambio, en huellas dejadas, por ejemplo, sobre los libros de oraciones, como si las almas del purgatorio quisiesen solicitar sufragios a los vivos. Existen las huellas dejadas en un libro de Margarita Sommerlé, de Elirgen (Metz), en Francia, por su suegra, que se le apareció treinta años después de muerta (1915) vistiendo el traje del país, como peregrina. Esta extraña figura de mujer bajaba cada día de las escaleras que conducían al granero, gemía y contemplaba con insistencia a su nuera como si quisiera pedirle algo. Margarita Sommerlé, aconsejada por su confesor, le dirigió un día la palabra y obtuvo esta respuesta: «soy tu suegra, muerta de parto hace treinta años. Ve en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Marienthal y hazme celebrar dos misas». Despues de la peregrinación, la suegra se le apareció de nuevo para anunciarle que había sido liberada del Purgatorio y sonriendo, puso su mano sobre el libro La imitación de Cristo, dejando en él la marca de una quemadura. Luego, resplandeciente de luz, desapareció para siempre.

A este grupo de documentos pertenecen las marcas de fuego dejadas por el difunto José Schiti al tocar con la extremidad de los cinco dedos de su mano derecha el libro de oraciones de su hermano jorge, el 21 de diciembre de 1838, en Sanalbe (Lorena); la marca de tres dedos dejada el domingo 5 de marzo de 1871 en el libro de oraciones de una tal Maria de Poggio Berni, de Rímini, por la difunta Palmira Ratelli, hermana del párroco, fallecida el 18 de diciembre de 1870, y otros episodios análogos.

También existe una serie de documentos impresionantes consistentes en a huellas dejadas por los espíritus sobre varias telas. Por ejemplo, la marca de fuego de un dedo de sor Maria Margarita la noche del 5 al 6 de junio de 1894. El relato conservado en el archivo del monasterio de Santa Clara, en Bastia (Córcega), cuenta como sor María, que sufría desde hacía cerca de dos años del pecho, con altas fiebres y tos asmática, fue presa del desaliento y del deseo de morir pronto para dejar de sufrir. Sin embargo, como era muy fervorosa, ante las exhortaciones de la superiora se sometió resignada a la voluntad de Dios. Pidió oraciones, y para atestiguar la autenticidad de su aparición, posó el índice sobre un cojín prometiendo volver. Se apareció de nuevo a la misma religiosa los días 20 y 25 de junio del mismo año para darle las gracias y algunos consejos espirituales para la comunidad.

El museo también muestra una huella de fuego dejada sobre el delantal de sor Maria Herendorps, religiosa conversa del monasterio benedictino de Vinnemberg (Westfalia), por la mano de la difunta sor Clara Scholers, de la misma Orden, muerta a causa de la peste en 1637.

Asimismo se puede ver una huella dejada por la difunta señora Leleux sobre una manga de la camisa de su hijo José cuando se le apareció en Wodeco-Mas (Bélgica). Según el relato del hijo, la madre, que había muerto diecisiete años antes, se le apareció la noche del 21 de junio de 1789 (después de haber oído durante once noches consecutivas ruidos que le atemorizaron hasta el punto de hacerle enfermar) reprochando le su vida disipada, exhortándole a cambiar conducta y a rezar por la Iglesia. entonces apoyó la mano sobre la manga de su camisa dejando una huella muy visible. Jose Leleux, después de aquella aparición, se convirtió y fundó una congregación de laicos y murió en olor de santidad el 19 de abril de 1825.

Por último, el museo contiene la documentación relativa a las huellas dejadas sobre una tablilla de madera, la manga del hábito y la camisa de sor Clara Isabel Gornari, abadesa de las clarisas, por las manos del difunto padre Panzini, abad olivetano de Mantua, el 1 ero de noviembre de 1831. Son cuatro marcas, una de la mano izquierda sobre una tablilla que utilizaba la religiosa para su trabajo, muy visible, con la señal  de la cruz perfectamente impresa en la madera; la segunda, también de la mano izquierda, sobre una hoja de papel, viéndose la forma de la mano con gran nitidez; otra de la mano derecha sobre la manga del hábito, quemó de distinta manera la tela de la camisa religiosa, manchandola de sangre.

Esto es, en síntesis, el Museo de los Espíritus, cuyo valor se debe a la seriedad de las personas que han declarado como testigos y de las autoridades que se han encargado de examinar las piezas y controlarlas. «Sobre la delicada cuestión de la validez de los documentos y testimonios – escribió monseñor Pedro Beneditti, primer sucesor del padre Joneten la dirección de la Obra-, es preciso evitar a la gente que a priori se limita a encogerse de hombros y a sonreír incredulamente ante las manifestaciones sensibles del más allá, negando rotundamente el hecho. Estas personas obran con ligereza. En realidad, no es justo rechazar sin previo examen el testimonio de personas dignas de crédito cuya virtud ha sido reconocida por la Iglesia. Tampoco se puede negar la posibilidad de comunicación entre las almas de la Iglesia purgante y nosotros, que formamos parte de la Iglesia, con permisión divina. Por otra parte, hay almas ávidas de encontrar lo sobrenatural siempre y en todas partes, y por lo tanto, inclinadas a una devoción casi enfermiza e incluso demasiado cruel. Se empeñan en ver siempre y en todas partes manifestaciones sobrenaturales, visiones, revelaciones…Ni intrasigencia, ni fanatismo, ni indiferencia – concluye monseñor Beneditti – sino seriedad y respeto para la sinceridad de quien honestamente relata y afirma, y para la diligencia de los que estudian, investigan y examinan».

La Iglesia no se ha pronunciado oficialmente sobre los hecho expuestos en el Museo del Purgatorio, y los sacerdotes que están a su cuidado informan a los visitantes con las debidas reservas acerca de los episodios y documentos mas impresionantes.

Bibliografía

De Maria, C. (1971). Enciclopedia de la magia y de la brujería. Barcelona: Editorial De Vecchi, S.A.

Aquella tarde soleada del mes de marzo de 1912, quedaría en la mente de Alfonso Guzmán grabada para siempre. Jamás la podría olvidar, ya que como el decía lo habían espantado «por ay por la Reforma». Alfonso era un cochero de los buenos y con clientela de lo más granado de la sociedad chapina, siempre le buscaban para sus servicios de transporte y no digamos los señoritos o chancles capitalinos que le contrataban cuando de echar una cana al aire se trataba los fines de semana por la noche. Alfonsito conocía todos los sitios habidos y por haber.

Aquél grupo de muchachos inquiría por el paradero del cochero; ¿dónde está Alfonso? ¡Donde «La Zopilota» le encon­trás!, era la respuesta cortante que siempre se recibía.

Y allí estaba aquél hombre, ni joven ni viejo, siempre con la sonrisa a flor de labio discutiendo con otros cocheros el asunto del pésimo estado de las calles, especialmente las del Guarda Viejo, que en invierno rompían los ejes de los carruajes y en verano el polvo los ahogaba.

Siempre había discusión en aquella reunión de aurigas, unos viejos otros jóvenes, los primeros contando sus aventuras de antaño y resobando la frase de que tiempos viejos fueron mejo­res

Las sombras de la tarde iban cayendo poco a poco por las empedradas calles de Guatemala de La Asunción, las horas iban pasando y los minutos también con la rapidez que los cocheros se tomaban sus cuartitas de guaro blanco, haciendo bocas con tiras y revolcado.

Afuera tres indígenas discutían en lengua algo que tenía carácter económico, porque la cuenta de la «leña» no les salía, mientras las mulitas quizá aburridas de algo que no entendían ni entenderán nunca, se espantaban las moscas con la cola.

La puerta de la fonda de «La Zopilota» se vio de pronto invadida por un muchacho moreno bien plantado, hijo de cono­cido licenciado y político de mucho peso en el ambiente. Aquella voz casi retumbo en el pequeño estanco de licores:

— ¡Alfonso!

El auriga volvió a ver poco a poco porque ya los tragos le hacían efecto, había llegado a la cantina a las 2 de la tarde y cada tanda era copiosa y abundante.

— ¡Qué manda niño Julián?, dijo el cochero , sosteniéndose como pudo de la orilla del mostrador.

Pues, quiero que me hagás el viaje, te he buscado por todos lados y me dijeron que aquí te encontraría.

El muchacho abordó el viejo carruaje y al latigazo de Alfonso, los flacos caballos principiaron a caminar rumbo a la PIaza de Armas. El cochero ya sabía de memoria los lugares a recorrer el viernes por la tarde, las viejas casonas de la Calle de Mercaderes iban pasando en caravana aburrida ante los ojos de ambos, que poco o nada platicaban en el trayecto.

Perdone don Julián, ¿siempre lo llevaré donde mismo?…

Aquel hombre serio y con la vista perdida en el horizonte no contestaba a las preguntas que el cochero le hacía, al poco rato, le contestó con un poco de desgano y sin dejar de ver por la puerta del carruaje…

Hoy vamos a cambiar nuestra ruta, quiero dar una vuelta por La Reforma, tengo tan gratos recuerdos de allí, que hoy los quiero evocar en el lugar de los hechos…

Cuando pasaban por El Sagrario y sufriendo la inclemencias, del sol de marzo cayendo en el horizonte, quemante y penetrante uno de los «Turcos» discutía a grandes voces con uno de los más famosos pordioseros de la ciudad, al que llamaban «Pata Hueca», quien le había dicho una lanada a una de sus sobrinas, y como ya es costumbre tradicional, la policía brillaba por su ausencia, mientras que el hombre deforme y cojo se perdía entre los transeúntes del mercado central.

Todo aquél escenario de cosas y hechos ya era conocido por los dos hombres que iban en el carruaje, eran de la ciudad y todo esto en ella era corriente y común.

Las pocas luces de «La Calle Real» principiaban a encen‑
derse, mejor dicho los candiles o carbones que colocaban en las
farolas de las esquinas. . . El carruaje iba llegando a la altura de
La Concordia, cuando el cochero rompió el silencio una vez más:

—Niño Julián, ¿no cree que sea muy tarde ya, para dar la vuelta por La Reforma?

—¡No!

Aquella contestación seca y negativa hizo que Alfonso diera más rienda a las bestias y que éstas tomaran un trotesito rápido. El cochero saludó a unos amigos del mismo oficio que tomaban café por El Calvario, el clac, clac de los cascos de los cabal los se hizo más sonoro al pasar por la Penitenciaria.

— ¡Más rápido Alfonso!, dijo don Julián al cochero.

Cuando el cochero se dio cuenta, ya el puente había quedado a varios metros de distancia y el follaje de La Avenida de La Reforma principiaba a notarse con su canto de pájaros. Alfonso principió a ver muy raro al «niño Julián», ya que procedía no como siempre lo hacía.

—Más rápido Poncho, gritaba el apuesto joven desde el asiento trasero del viejo carruaje, que parecía partirse en dos por la velocidad que iba tomando. «Más rápido Alfonso» —repetía— y las bestias corriendo como almas que se lleva el diablo, echaban espuma por la boca y sudaban copiosamente, los enormes cipresales pasaban con rapidez en lado contrario, por momentos Alfonso pensaba en el chapinísimo chiste de don Chebo, que para regresar más pronto, mejor se subiría a un árbol. «Más rápido por favor», resonaba aquella voz. . . Alfonso ya no podía sacar más a sus animales, los ejes rechinaban como zapatos nuevos de soldado y por horas pensaba que todo terminaría en un momento.

Aquello tomó proporciones alarmantes, los cabal los habíanse desbocado y ahora ni la rienda y los gritos del cochero dete­nían a las bestias que a gran velocidad tomaban el camino que paralelo corre con los arcos.

El auriga clamaba con todos los cantos del cielo y una vez más suplicaba que las bestias se pararan. Finalmente fueron pa­rando poco a poco, hasta que todo quedó en calma, solo una nube de polvo empaño el ambiente, era como una invitada que llegaba de ultimo.

El cochero saltó del carruaje para verificar alguna falla, pero todo estaba en buenas condiciones. A los flacos animales, ya les había pasado el susto, aquel susto que quien sabe como se inició.

–¿Y el niño Julián? —se preguntó el cochero—, abriendo la puerta del carruaje, pero no aparecía por ningún lado; pensó para sus adentros: ¿Se quedaría botado en la carrera? Al pobre Al­fonso le daba vueltas la cabeza y no podía imaginar que un ac­cidente serio se hubiera podido suscitar a su pasajero.

Emprendió el regreso y buscó en todo el camino, y por la Avenida de La Reforma, pero ni señas había del tal niño Julián, regreso nuevamente y aquel hombre como que si la tierra se lo hubiera tragado. ¡No aparecía por ningún lado! «Él tuvo la culpa, diciéndome que corriera más de la cuenta» —se decía el cochero como queriendo justificar aquello que le acusaba.»

La noche estaba obscura y para colmo de males no encon­traba el fosforito para encender el viejo farol que los carruajes usaban en el lado derecho, por fin lo encontró en una de las bolsas secretas del chaleco y encendió el farolito rojo que en la amplia y silenciosa avenida identificaba at viejo carruaje.

Por razones inexplicables el auriga sintió un frio intenso que le corrió por todo el espinazo, pero continuo su camino; los arbolones iban quedando atrás y en la imaginación de Alfon­so parecían fantasmas gigantes que con las manos querían tomar las nubes negras de la noche de Marzo.

Cuando vio las covachitas del «Cielito» suspiró profundo y como un demente dijo —Menos mal que ya todo pasó y ahora a buscar at niño Julián, que con alguna entretención estará por allí.

Cuando pasó por la estación alguien le llama para un viaje al Callejón del Judío, rápidamente frenó el viejo armatoste y un venerable matrimonio de ancianos honorables con su hija subieron at carruaje.

Una vez más las casas de la 9a. Avenida principiaron a pasar ante los ojos de Alfonso, como algo aburrido y tedioso y como complemento los efectos de la «goma» principiaban a hacer estragos en su humanidad, y la plática del matrimonio de ancianos la escuchaba sin querer, pero de pronto se dio cuenta que habla­ban del «Niño Julián», y lo hacían en una forma muy especial, paró las orejas para escuchar mejor y siguió el hilo de la conversación.

—Tan buen muchacho y decente que era, dijo la anciana, y terció el señor confirmando; «Lo que es la vida si hoy por la mañana lo vi y me saludo tan cortésmente como siempre lo hacía”…

El cochero empezó a sentirse mal, no aguantó más y pre­gunto:

—Perdone don Antonio que me meta donde no me llaman, ¿pero qué fue lo que le sucedió al Niño Julián?

— ¡Ay Alfonso! —Contestó el viejo, ¿no sabes que se pegó un tiro hoy al medio día?

  • ¡Pero, como es posible!, se preguntaba el cochero.

El viejo carruaje siguió su ruta rumbo al Callejón del Judío y su conductor iba con la vista fija en el horizonte repitiéndose la misma f rase, » no puede ser, es materialmente imposible».

Cuando llegaron a la esquina del Teatro Colon, Alfonso vio más gente de luto y aquella noticia se confirmaba, los amigos del «Niño Julián» marchaban en grupos, él los conocía, porque en diferentes ocasiones los había llevado en su viejo carruaje a muchos sitios.

El cochero no quedo en paz, hasta que no vio el cadáver del «Niño Julián», tendido en la casona del Callejón del Judío en donde vivía, las palabras las repetía casi como un demente: «No puede ser, es materialmente imposible, pero si yo lo lleve en el carruaje y se me desapareció cuando las bestias se des­bocaron. No, no puede ser, que haya sido su espíritu. Bueno; quizá se despidió de mí en esa forma, pero lo veo tendido y no lo creo».

Alfonso, el cochero, querido de los muchachos estudiantes salió riendo a grandes carcajadas de aquel velorio, repitiendo las mismas palabras: «No puede ser, es materialmente imposible».

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

 

Cuando más pegados a la falda de la madre estaban, nueva­mente el grito se escuchó, en las inmediaciones del potrero de Co­rona, «Es ella», —decían las buenas ancianas, que santiguándose, escondían a los patojos y hacían cruces de ceniza, en el suelo de la pieza.

El grito ahora nuevamente, se escuchaba más cerca y más cerca, posteriormente más lejos, lejos como en dirección a la Pe­drera, el grito terrorífico era complementado por el silbar del viento y el aullar de los perros de las vecindades.

—Menos mal que ya se fue la condenada. Ojalá no regrese jamás. Cuando dijo la última palabra, doña Chabela somató con el puño la mesa y por poco lanza al suelo la veladora que le tenían puesta a San Judas Tadeo.

  • ¡No es lo que to digo, pues!

—Lo muy menos, alguna desgracia va a pasar, porque la llorona ya está fregando nuevamente —ésto lo decía la otra anciana que temblando del miedo aun sostenía un cristo en la mano—. A la mañana siguiente en todo el Callejón del Judío, no se hablaba de otra cosa, el tema de La Llorona era la comidilla del día. Unos inventaban más de la cuenta, y hasta llegaban a manifestar que les había tocado la puerta y que en la pilona de su casa tan colonial, como el Cerrito del Carmen, había buscado con sus gritos destem­plados, a su hijo Juan de la Cruz.

  • ¿Dónde estás Juan de la Cruz? iAyyyyy! ¿Dónde estás Juan de la Cruz?

El grito se perdía todas las noches en el potrero de Corona, y se alejaba para volver en breves momentos. Los patojos, del puro miedo, dormían amontonados, y no soltaban el vestido amplio de la abuela, que los ponía a rezar el Rosario, mientras en el espacio, el grito clásico y tradicional, sonaba fúnebre y aterrador.

El único que no creía en tamañas tonteras, era el zapatero remendón del barrio, que atribuía la el grito a un pájaro nocturno.

  • No, don Pancho, no hay que creer ni dejar de creer, le decía Doña Chabela, cuando hacía los comentarios de lo acon­tecido la noche anterior, pero el zapatero, siempre en sus trece, no cedía ni un momento en sus teorías, de que el grito era un pájaro nocturno.

Las noticias del aparecimiento de La Llorona por los linderos del Cerrito del Carmen, cundieron por toda la ciudad y algunos vecinos llegaron hasta desocupar sus cuartos para irse a vivir a otro lado.

Cuando la noche iba cayendo con su manto enlutado, los temerosos vecinos se disponían a descansar. En el solitario Callejón del Judío, sólo el pito destemplado del policía se escuchaba, en la otra cuadra, de vez en cuando se saludaban con los ronde­ros que también cumplían la misión de «velar por el orden».

Con los naipes en la mesa, en medio del cuartucho, oloroso a cueros viejos, el zapatero platicaba con uno de los guapos del barrio de la Recolección, que jugaba con él una partida.

  • Ve vos, yo creo que mejor to vas porque no tarda en salir La Llorona, dijo burlonamente don Pancho al compañero.

El humo de los cigarrillos subía verticalmente y se estrellaba en el cielo de manta, pintado con cal, a cada movimiento que el viejo hacía, la cama rechinaba, como quejándose del peso que cargaba.

Al filo de la media noche terminaron de jugar a los naipes. Don Pancho invito al joven amigo, a tomar una taza de café ca­lientito y aromático, don Pancho seguía gastándole bromas al amigo y, este, sentenciosamente le contestaba:

  • iNo hay que jugar con fuego, ni escupir al cielo!

La carcajada del zapatero resonó como un latigazo burlón, que asusto a los patojos de la vecindad, que ya se habían dormido. Los gallos tristemente cantaban a lo lejos, y los gatos en brama, hacían lo suyo en los tejados, mientras que alguien les lanzaba agua hirviendo para que dejaran de estar haciendo burla.

Llegaron al climax las bromas del zapatero, que el amigo le apostó, a que él, solitario después de las 12 de la noche, no pasaba por el Cerrito del Carmen, mucho menos por las inmediaciones del Potrero de Corona.

  • —¿Qué apostamos?, dijo el zapatero, aceptando el reto y lanzando un escupitajo que aplastó con el pie; con mucha solem­nidad se colocó el saco, la corbata y tomó el sombrero disponiéndose a salir, cuando cambio de idea, y repuso: «Mejor cada quien toma por su lado y nos encontramos en la bóveda que da frente a la Iglesia del Cerrito.

El aceptó de buena gana y tomó por un lado, el otro bajó hacia el extremo para reunirse allá arriba donde juntos esperarían a la Llorona, uno creía en el ser inmaterial y el otro aseguraba que, solamente, era un pájaro nocturno que asustaba a los igno­rantes.

Sólo el sonido de los pasos se escuchaba en el solitario Callejón del Judío, mientras don Pancho proyectaba su ruta hacia el Cerrito del Carmen.

Llegó finalmente a una esquina y allí encendió un cigarrillo haciendo tiempo; con la esperanza de encontrar a los ronderos y jugarle una buena broma al amigo que ya subía por el otro extremo del legendario Cerrito.

Don Pancho aunque un poco viejo era un cantineador empedernido y no dejaba nada cuando de faldas se trataba y la ocasión le daban, vio palpablemente que de la casa de doña Cha­bela, salía una linda mujer, y hasta se había despedido con un adiós romántico y picaresco.

Don Pancho, ni lerdo ni perezoso, abordo a la joven dama que a esas horas, y en semejantes condiciones, ofrecía un blanco perfecto para que el Don Juan del barrio entrara en acción.

  • Buenas noches distinguida señorita, le dijo con voz varonil, el viejo zorro. ¿Cómo es posible que tan elegante dama ande altas horas de la noche, sin que la compañía de un caballero le haga más grato el momento?

La risita de la muchacha le dio más confianza a don Pancho, que se creció, brotándole de los labios mil palabras, que más o menos hilvanaba.

  • ¿Sabe señorita, que uno entre más viejo, más conocedor y respetuoso es con las damas?, amor de viejo es el más seguro. . . un patojo nunca se sacará nada de nada.

La risita de la mujer, seguía la corriente de que don Pancho hablaba como un perico. «Imagínese que esta noche apostamos con un muchacho; el cual puede ser mi hijo, a subir hasta la cima del Cerrito del Carmen y con mi valor, hacerle entender que no existe La Llorona; como quisiera que nos viera juntos para demostrarle que Ud. como mujer, anda a estas horas de la noche, solitaria y sin miedo, a ese ser que solo existe en la mentalidad de los miedosos».

Ahora la risa de la mujer, se tornó en frase de elogio para don Pancho, éste con presunción, ante la dama, solo se retoco el mostacho amarillento y oloroso a tabaco barato.

¿Le gustaría dar una vuelta conmigo?, dijo don Pancho a la mujer guapa, que acompañaba.

—Por supuesto que sí, Francisco, contéstole la muchacha que con sus facciones finas cautivo a primera vista al zapatero remendón.

Don Pancho no perdió oportunidad y le metió el brazo a la muchacha y principiaron a subir las gradas anchas del Cerrito del Carmen, por el final de la 12 Avenida.

El amigo con más miedo que valor, fumaba nerviosamente frente a la bóveda de la Iglesia del Cerrito del Carmen, y don Pan­cho no se asomaba por ningún lado, él había cumplido subiendo, y únicamente el escapulario que su santa madre le obsequiara, pendía de su cuello.

Como a la media hora escuchó abajo, el movimiento y los gritos de los ronderos que corrían de un lado a otro, y a cuatro que en una camilla, cargaban a un hombre inconsciente. Ya no esperó más, y bajo corriendo para ver que sucedía, una corazona­da le decía que a don Pancho, algo le había pasado, y efectiva­mente, su intuición no le engañaba, era don Pancho al que lleva­ban medio muerto y con la cara desfigurada, en una tosca camilla, rumbo al Hospital de San Juan de Dios, un galeno anciano, dudaba de que el hombre llegara vivo al Hospital, y los que cargaban, corrían para ganar tiempo.

Cuando pasaron por la Iglesia de La Merced, el pobre hom­bre solicito la presencia de un sacerdote porque presentía que la muerte ya se lo llevaba a un viaje sin retorno. El cura lo confesó y reconforto en los últimos momentos de su existencia, entre el grupo de gente y ronderos que allí estaba, identificó al amigo, y con voz entrecortada le dijo:

  • Cuánta razón tenías, no hay que creer ni dejar de creer. Fue lo único que alcanzo a decir, y hubo que llamar al juez de turno para que levantara el cadáver.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Nunca se supo si Modesto Martínez estaba de goma o andaba bolo; pero lo que si era cierto es que tenía 57 años, y llegó al sitio que otros albañiles le envidiaban por su inteligencia, siempre se culpaba de no haber aprendido más en la escuela y algunas veces hechaba la culpa a sus padres de no haberle dado la oportunidad.

Pero a pesar de los pesares, fue escalando poco a poco dentro del oficio y de simple «chunero», llegó a maestro de obra, y algunas veces con un par de tragos entre pecho y espalda, discutía elementales principios de construcción con honorables ingenieros; siempre se ponía ante los aprendices como ejemplo y con proféticas palabras les decía: «la cuchara se agarra así, hay que saber hacer las cosas, llevense de mis consejos y algún día cuando estén gozando de un buen sueldo, me van bendecir» proseguía—, «Hoy Uds. están en la gloria, antiguamente, en tiempos de Cabrera; entonces había que ver, recomendado, con todo y nalgas sin ganar nada». Y así entre plática, discusión y trago, la pasaba Modesto Martínez, originario de la capital guatemalteca, de oficio albañil y uno de los más entusiastas or­ganizadores del día de la Cruz. Fue precisamente ese día cuando algo le sucedió…

Aquel 3 de mayo de 1947, amaneció radiante de sol y con una invitación para disfrutarlo. Modesto laboraba en la construcción de un mausoleo de conocida familia capitalina, en el interior del Cementerio General. Antes de entrar a la necrópolis, complementó la compra con dos botellas de Ron Negrito que pasó comprando al «Ultimo Adiós»; con un día de anticipación había reunido el resto para celebrar dignamente «El día de la Cruz», que los del gremio de albañiles celebran con devoción.

En las bolsas llevaba chuchitos, tortillas y otras comidas que destaparía a la hora de descorchar las botellas, después de la quema de cohetes a los doce meridianos, con los muchachos de la obra. Modesto desde que llego a la obra preguntó por su compadre Manuel, pero nadie le dio respuesta, el compadre tenía que ayudarle a la colocación del altar y el adorno de la Santa Cruz.

Finalmente y cuando ya habían dado as siete y media, se fue asomando el compadre con otros dos paquetes y una bote­lla de guaro en la bolsa del pantalón. Con un fuerte silbido se identificaron y saludaron desde lejos. Modesto esbosó una son­risa de satisfacción, como diciendo: «Mi compadre nunca fa­lla»…

Cuando dieron las 12, justamente a la hora de las bombas voladoras, cohetes y campanas, ya los compadres habían tomado más de la cuenta.

Tomaron un rato más, y posteriormente, cada quien salió por su lado, pero Modesto y su compadre Manuel con media botella en la mano se internaron hacia la parte norte del Cemen­terio como buscando el osario general.

El sol de mayo era quemante, pero las nubes grises amena­zaban con descargarse. Uno de los compadres le señaló al otro, que por la Verbena estaba lloviendo a cántaros.

—Compadre Manuel, creo que mejor nos metemos en un buen mausoleo porque ya viene el agua y nos vamos a empapar.

Modesto como queriendo ver hacia el sitio que su amigo le señalaba, a duras penas alzó la cabeza. Era demasiado tarde. Los primeros goterones caían sobre la humanidad de los compa­dres.

Como Dios les ayudó, se introdujeron en una hilera de ni­chos nuevos, pero como la lluvia era inclemente y azotaba con aire, finalmente resolvieron colocarse cada quien en su agujero horizontal, «Son nuevos compadre» —le decía uno al otro como queriendo darse valor—.

La lluvia se regaba inclemente sobre los barrancos cerca­nos y tumbas del Cementerio, los rayos formaban figuras lumi­nosas en el espacio, y los goterones al estrellarse en el blanquesi­no mármol de las lápidas, producían un ruido raro salpicando los secos floreros viejos que con sus plantas marchitas, agradecían aquel regalo de Dios. Los compadres a todo esto, ya dormían la mona. Después de la borrachera, no parecían dos borrachos; daban la impresión de dos cadáveres sepultados en nicho y sin ataúd mostrando las plantas de los zapatos blanquesinos por mezcla y la cal.

El pobre Modesto, no se dormía por más que hacia la lucha, la lluvia le mojaba los pies y entre el estirar y enco­ger los pies, mejor optó por salirse y guarecerse en una capilla en construcción que daba frente a unos nichos con cadáveres recién sepultados. El otro compadre ya no sintió cuando Modesto se salió de su nicho, dormía profundamente; el cielo se obscureció y parecían las 6 y media de la tarde, la lluvia azotaba con fuer­za y nuestro hombre se defendía como podía en una pequeña puerta de un mausoleo viejo.

El viento hizo cambiar la lluvia y ahora azotaba del lado contrario,
dando oportunidad al pobre de Modesto a no mojarse más, sacó un cigarrillo y lo encendió como pudo, en eso estaba cuando escuchó una voz rara que desde un principio le heló la sangre:

—Modesto, no te mojes, puedes abrir la puerta del mauso­leo…, y entrar sin pena…

Sin esperar respuesta, salió, corriendo del lugar, saltando entre los charcos y promontorios de lodo que la lluvia había formado; no paro hasta que llegó a la puerta principal de la necrópolis donde lo atajaron unos amigos que le preguntaron que había pasado.

— ¿Pero qué te está pasando?, le decían a coro los otros que pasaban la lluvia en la puerta principal del Cementerio.

Modesto con la vista fija en el cemento, poco a poco dijo lo que había escuchado, «fue una voz que me pareció familiar»- repetía-

Otro de los compañeros, en broma le reprochaba «por andar de cantineador, pues a lo mejor fue la «Siguanaba». Todos rie­ron a mandíbula batiente por la puntada del flacucho albañil, que la había lanzado al grupo.

La lluvia no se quitó por completo. Una llovizna pertináz
siguió mojando la banqueta de la Avenida del Cementerio, la vieja
campana sonaba anunciando que pronto iban a cerrar;
como espectros iban saliendo algunos empleados con capas negras de hule y lo más humildes con enormes escaleras al hombro hechándole rayos a la lluvia.

Al infleiz de Modesto le seguían zaeteando con bromas de mal gusto por lo que había contado. Un albañil barrigón y bajito que le decían «Tachuelita», les invite, a todos a tomarse un buen trago para el frio…

Modesto los vio alejarse, y él tomó, camino distinto, rumbo a su covacha del cantón «BariIlas», la voz profunda y grave que escuchó no se le apartaba un solo momento de sus oídos. «Modesto, no te mojes, puedes abrir la puerta del mausoleo y entra sin pena».

Por fin fue llegando a la humilde casita donde lo esperaba su mujer y cuatro patojos, que necesitaban un presupuesto especial para la comida, el humo de la cocina se metía por todos lados y con voz desganada se escuchó el «ya vine», que resonó en la oscura alcoba. Para que los patojos no escucharan la conver­sacion de los mayores, Modesto les dijo que salieran a jugar un poco at pequeño patio.

— ¡Casilda, Casilda!, gritó Modesto, llamando a su esposa, la que acudió rápidamente secándose las manos con el delantal, que un día fue blanco.

—Pero, ¿qué te está pasando?, ya te he dicho mil veces que no me gusta que te juntes con el viejo de don Manuel y no me haces caso. Volvía a la carga doña Casilda, «siempre que andás con ese infeliz, chupan como desesperados y que les impor­ta el gasto y los patojos, como sabes que yo hago mis cachas con las tortillas, que te importa».

Modesto la miró, como queriendo darle la razón de todo aquello que increpaba abiertamente; de pronto quizo decirle algo, pero su mujer siguió reprochándole su proceder en los últimos cuatro días, desde que habían «agarrado la fuerza».

—Ya no tenes vergüenza, he querido decirte que desde hace tres días murió la madrina de los patojos, pero como siempre venís bolo, no ha habido modo.

El pequeño cerebro de Modesto, al escuchar estas últimas palabras, principio a trabajar, pensando en lo que había escucha­do en el Cementerio.

—Eso es lo que yo te quería decir, que me espantaron en el Cementerio hoy por la tarde, pero a vos sólo en regañar se te va todo el tiempo.

—Que espantos ni qué diablos —contesto doña Casilda—, lo que pasa es ya te estas engazando como la vez pasada.

—No mujer, te estoy diciendo a verdad —decía Modesto con un flato horrible, que se le manifestaba en la cara—, fue la comadre… Fue la comadre la que me hablo en el Cementerio… reconocí su voz —decía llorando desesperadamente.

Aquella espantada que le dieron a Modesto en el interior del Cementerio, fue santo remedio para que ya no chupara y se dedicara a sus hijos y como cosa muy especial, para que no aceptara ni «chapuces» o construcciones en el mismo. La última vez que platique con él, allá por el botellón me dijo son­rientemente: «Al Cementerio regresaré, pero cuando me muera».

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

El grupo de patojos se quedó con la boca abierta cuando del automóvil negro bajaba el popular «Tarzán Segura», con su maletín en una mano y con la otra saludando a algunos aficiona­dos.

Los fanáticos ya colmaban parte de la general del Estadio «Autonomía» de la 7a. Avenida y no era para menos, el encuentro revestía una aureola de emoción, interés y deseo de que ganara el de casa, el del barrio; el equipo donde el amigo juega y se consagra con la bola.

Unos pobres muchachos, apenas si habían desayunado, y únicamente se conformarían con escuchar los gritos o ver las posibilidades de «colarse», pero aquello estaba tan difícil porque la policía se había apostado en los alrededores del estadio desde temprana hora.

El deseo por entrar era enorme, la propaganda había sido buena y desde que se vieron los grandes cartelones en los sitos claves, el boletaje se había agotado por completo, aún se podían apreciar en las paredes los desplegados publicitarios.

Domingo 7 de Agosto, 10 Hrs.
MUNICIPAL Vrs. TIP NAC
Estadio Autonomía de Guatemala

Cuando Venancio entró al estadio, ya habían corrido 15 minutos del primer tiempo, y los rojos ganaban 2-0; ama­rrando en su bolsillo un triunfo que posteriormente fue rotundo y que con jugadas de filigrana, goles de antología y pepinazos de Carlos Toledo, fue formando «el clásico de antaño».

Venancio, era un muchacho que buscaba cualquier pretex­to para hacerse amigo de los grandes del fútbol de la época, y no desperdiciaba toda oportunidad que se le presentara, para entrar en acción. Desde aquel día de entrenamiento, que Rubén Aqueche, involuntariamente dejó en la gramilla su bille­tera, y Venancio rápidamente se la entregó, nació una amistad que le facilitó muchos privilegios.

Presumía en el barrio de ser amigo de Aqueche, Durán y Camposeco. Las grandes figuras tomaban en cuenta a Venancio y lo llevaban a cualquier reunión de confianza donde aquellos eran invitados. . . Y fue, precisamente, en una feria de Agosto, donde conoció a otro fanático y gran compañero de andanzas deportivas; este muchacho jugaba en uno de los pequeños equipos que medían sus fuerzas en los viejos y legendarios campos del desaparecido «Llano de Palomo».

Durante los partidos de campeonato no faltaban al «Autonomía». El mayor deseo del amigo de Venancio, era jugar algún día en el estadio con un lleno impresionante ante la mirada de las patojas de barrio y que sus fotografías se mostraran en todos los periódicos, viajar por Centro América, demostrando la belleza del Fútbol chapín. Juan Vicente, soñaba mucho, y aunque no tenía la “pinta» de un jugador de fútbol, por lo raquítico de su cuerpo, él pensaba lo contrario.

– Ve vos Venancio, ¿verdad que sí tengo cuerpo de profesional?

Venancio lo miraba de pies a cabeza, aconsejándole que se subiera un poco más la pantaloneta, y le tocaba la espalda en señal de aceptación. La charla se desarrollaba antes del inicio del partido contra el «Halcones del barrio de «El Gallito»; Juan Vicente, jugaba como alero y aquella tarde le iban a dar otra oportunidad a Venancio, a pesar de su fanatismo desmedido por el viril deporte, únicamente hablaba del mismo como un perico, pero no lo practicaba.

Cuando terminó el partido, ya se habían encendido las micas luces de los contornos del campo, y el equipo «Halcones» había humillado al equipo de Juan Vicente el «Deportivo Centro América», por la cuenta de 7-0, en un encuentro que dejo lágrimas, tristeza y decepción en el amigo de Venancio.

—Mañana entrenan los del Municipal en el Autonomía —dijo Venancio a Juan Vicente en un arranque de desesperación y recalcó – » iTe prometo que soy capaz hasta de hablarle a don Meme Carrera para que, por lo menos, entrenes con los mucha­chos y algo «les pesques…»

Venancio, era un muchacho de sentimientos nobles, y un
amigo a carta cabal; cumplió lo prometido, y por amistad, dejaron
que el amigo siguiera la sesión de ejercicios, que el entrenador ordenaba. Cuando daban vueltas al estadio, y Juan Vicente corría la par del «Maestro» Durán, se sonrojaba de pena y pensaba que quizá algún día alternarían juntos en un estadio lleno de fanáticos.

  • ¿Qué pensarían los muchachos si me vieran entrena con el gran Municipal? —Pensaba Juan Vicente—, y en su peque• no cerebro se organizaban los más grandes proyectos, que algún día llegarian a cristalizarse en la más pura realidad.

Juan Vicente, siguió asistiendo a las sesiones de entrenamiento, y por espacio de tres días, no vio a su amigo y protector, lamentablemente y apesar de la amistad que les unía, ignoraba la dirección de su casa aunque sabía que más o menos vivía por la Avenida Bolívar y 24 Calle en una casa antigua de altillo.

Los muchachos del Municipal ayudaron dentro de sus posibilidades a Juan Vicente, y por recomendación directa del «Maestro» Durán, fue aceptado en un equipo que jugaría un preliminar en el estadio Autonomía.

Aquella noche, Juan Vicente no durmió de los nervios y de saber que los ojos de muchos fanáticos estarían puestos en sus jugadas; no era lo mismo jugar en «El Llano de Palomo’ que en un estadio formal, con arbitro y guarda líneas mal enca­rados.

El estadio Autonomía estaba casi lleno, porque el partido de fondo era de «campanillas’ ‘, nada menos que el MUNICIPAL contra el IRCA. Aquella mañana inolvidable, Juan Vicente, de­butaba con el HURACAN, que mediría sus conocimientos con­tra EL HOSPICIO F. C., que tenía un plantel de estrellas envi­diables, mientras «los pishacos» hacían ejercicios de calenta­miento, Juan Vicente miraba nerviosamente hacia los tendidos de la general, donde los gritos se confundían con el colorido especial y clásico de una mañana deportiva. Pensaba en su amigo Venan­cio. A él, le debía lo que ya había escalado y el sitio que ocupaba; era materialmente imposible ver a Venancio en la tribuna, ya que no había donde poner una aguja.

Cuando sonó el pitazo del árbitro, Juan Vicente sintió que mil hormigas se le subían por todo el cuerpo y que su sangre hervía de emoción ante el compromiso presente.

¡Por fin, Dios mío! ¡Por fin, estoy jugando en el estadio Anotomía!; ¡ayúdame Señor de San Felipe, ayúdame!

Al finalizar el primer tiempo del partido, el cronista Miguel Angel Cospín, comentó en rueda de amigos que el muchacho prometía y que los dos goles que había metido en la cabaña del HOSPICIO, F.C., eran de antología, de inspiración y que solo un predestinado los hubiera logrado…

Juan Vicente, se había asentado en la etapa complementaria, y en sus oídos solo escucha las mil voces que gritaban ¡G0000llll!

Y que se oían a muchas cuadras a la redonda. Al recibir el pase como los grandes sin parar la bola, hizo el disparo que se in­crustó directamente en el ángulo superior del arco de los «Pi­shacos» Juan Vicente quedó como idiotizado, sin saber que hacer despertándolo de su inspiración, los muchachos de HURA­CAN, que lo abrazaban efusivamente.

¡Otro Gol! ¡Otro Gol! ¡Otro Gol! . . ., Era el grito únanime en los graderíos, Juan Vicente, buscaba como un deses­perado con la vista hacia los graderíos de tribuna, y Venancio no aparecía por ningún lado, la bola salió fuera del campo, y hubo que ir a recogerla cerca de Ia malla. Juan Vicente corrió, y cuando se disponía a recogerla, vio allí, al otro lado de la malla, la sonrisa de Venancio, que quizá, estaba feliz por el resultado de aquel esfuerzo en el cual él participó.

Espérame en los vestidores, le dijo Juan Vicente a Venan­cio, al verlo. Regresó con la bola y realizó el saque de banda como lo ordenan las reglas, faltaban solamente para que finalizara el partido, tres minutos, y el triunfo estaba asegurado. El equipo HURACAN escribía una de sus páginas más gloriosas con los botines de once héroes en el césped del estadio Autonomía… Por fin sonó el silbatazo del árbitro dando por con­cluido el encuentro, y la ovación de los fanáticos en los tendidos no se dejó esperar.

Un comentarista con libreta en mano, le pidió su nombre, y Juan Vicente tartamudeo al dárselo; todos lo abrazaban, lo felicitaban y ante la emoción del público, el «Maestro Durán» le estrecho la mano, de los ojos y de Juan Vicente salieron dos lágrimas, lágrimas de triunfo, y de un deportista puro.

Como queriendo retener con la memoria, y para que nunca se le olvidara, miró fijamente la pizarra donde claramente decía: HURACAN 3 HOSPICIO NAC. 0. Muy poco tiempo disfruto de aquella vista que jamás la imaginó, porque inmediatamente los empleados colocaban: MUNICIPAL 0 IRCA 0.

Salió corriendo de las regaderas, como un desesperado, con la idea de escuchar los comentarios de su amigo Venancio, a quien había visto hacía unos momentos en la malla que dividía la tribuna del campo.

A pesar de que el partido de fondo, ya se había iniciado, los aficionados lo reconocían y le aplaudieron cuando paso cerca de la tribuna. Juan Vicente seguía buscando a Venancio, quien con todo y el maletín, llego hasta la puerta que daba a la 7a. Avenida; no había ni señas del tal Venancio, uno de los por­teros lo felicito y emocionadamente le abrazo diciéndole:

Juan Vicente, nunca hay dos glorias juntas, pero hay que tener paciencia y resignación.

Inmediatamente recapacitó Juan Vicente, y le preguntó: — ¿Qué me quiere decir con eso?

Bueno, yo pensé que no lo sabias, pero ayer enterramos a Venancio; su enfermedad fue rápida, y la pulmonía no respe­ta a jóvenes ni a viejos

Juan Vicente ya no quiso seguir escuchando más, y con paso lento, meditando en la experiencia que había vivido, tomó por la 7a. Avenida con su maletín al hombro, pensando en Ve­nancio, su entrañable amigo, con quien ya no pudo comentar el mejor partido que había jugado en toda su vida…

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Cualquiera a tenido en sus manos un pequeño aparatito para sacar fotografías, hasta un niño ha manipulado el mencionado artefacto, pero algunas veces una cámara puede ser la perdición de un hombre, como en el caso siguiente que alguien me contó y yo lo narro a Uds., tal como sucedió.

Jaime era uno de esos muchacho que siempre están a la moda y las camaritas de cajón eran la novedad en Guatemala, quién sabe como hizo, pero la realidad fue que, de la noche a la mañana, resultó con la presunción de que tenía una cámara de sacar fotografías, los muchachos del barrio, siempre embelequeros, le suplicaban mostrara el aparato.

Jaime era tan presumido que en su pequeño cerebro imaginaba que, una película filmaba cuando de sacar una simple fotografía se trataba; los escenarios que escogía eran siempre los sitios más visitados dominicalmente, por los capitalinos: El Cerrito del Carmen, El Parque Central, El Hipódromo o La Aurora.

Allá iba con la cantidad de amigos que con el interés de sa­lir en una amarillenta y borrosa fotografía, le seguían con sus mejores galas para posar ante la cámara del amigo. Y como todo es novedad en nuestro medio, el simple hecho de poseer una cámara fotográfica le daba ciertos privilegios al presumido del Jaime, por ejemplo: le invitaban a días de campo, a reuniones familiares, con tal que tomara una foto para recuerdo.

Se fue haciendo de alguna fama de barriada, que pronto cundió la noticia que él tomaba las mejores fotografías de cajón en los cuatro puntos cardinales de la pequeña capital guatemalteca.

—Mejor poné un tu estudio —le decía su madrecita—, noble, anciana que vivía del lavado de ropa ajena o haciendo servicios por día en casas grandes. Estas embelequeras patojas, ya no dejan en paz a mi muchacho —decía doña Encarnación—, siempre que saludaban a Jaime las señoritas del barrio.

Lo que a ella no le gustaba realmente, era que una «Pezpita» le andaba cusquiando al muchacho y este ya no cabía de orgullo. Pero todo era pasajero, el hijo de doña Encarnación estaba enamorado pero de otra que según los «decires», vivía por el Callejón Delfino.

Al muchacho se le vio muy cambiado en los últimos días ya que evadía al grupo y su preferencia era una patoja que él mencionaba mucho, pero que realmente nadie de los del barrio conocía.

  • ¿A dónde vas tan temprano Jaime?, ésta era La pregunta de La anciana madre, que al marcharse su hijo quedaba con pena y con un buen porcentaje de celos, ya que realmente aquel muchacho era lo único que ella tenía en el mundo.

Los domingos, muy temprano, después del baño, se asicalaba bien, tomaba el desayuno y marchaba rumbo al extinto Callejón Delfino, en una esquina esperaba a la guapa muchacha, fumando desesperadamente hasta que la divisaba a lo lejos, y levantando la mano la saludaba cortésmente.

Nunca supo realmente Jaime, de qué casa salía su novia; aquella mujer que había sido la causa de que dejara al grupo d muchachos del barrio y se entregara en cuerpo y alma a sus caprichos.

Por espacio de largos 15 días, el muchacho reunió una regular cantidad de dinero para que un domingo cualquiera fuera al Lago de Amatitlán a dar un paseo y como asunto ya tradicional tomar algunas fotografías. Doña Encarnación le pidió una noche de tantas, que quería conocer a la patoja porque ella por su edad y conocimiento, sabría decirle si le convenla o no.

—Primero se la voy a traer en fotografía, le decía tentati­vamente Jaime, pensando que para la autora de sus días, nin­guna muchacha por buena y honrada que fuera, siempre le encon­traría algún defecto.

Los días fueron pasando, y finalmente, llegó el ansiado domingo que fue iluminando las húmedas calles de Guatemala con un tibio sol que penetraba por las ventanas y callejones.

Jaime como de costumbre se levantó temprano y tomó su cámara para revisarla minuciosamente; el rollo únicamente tenla dos fotografías las cuales usaría en el ansiado viaje a Amatitlán.

El rollo era caro, y no podía darse el lujo de comprar otro pues el que ten la dentro de la cámara, contenía otras fotografías de la chica, tomadas en diferentes sitios donde habían asistido en calidad de paseo.

El clásico jaloneo del viejo bus emprendió la marcha dejando atrás el entronque de las «Cinco Calles». La Avenida Bolívar fue quedando lejos, y las majadas ofrecían su polvoriento camino al destartalado aparato que repleto de turistas buscaba la soledad del lago, el embrujo de la naturaleza; aburridos quizá, del «bullicio de la ciudad».

Cuando el chofer sonaba la bocina en cada recodo del camino, parecía graznido de pato. Como a la media hora fueron pasando por Villa Nueva y al frenazo brusco de la camioneta, un enjambre de vendedoras invadieron las ventanas del vehículo, para ofrecer sus mosquiados y polvorientos alimentos…

Había de todo; huevos duros con tortilla y chirmol, pan con frijoles, tostadas, y hasta elotes cocidos; lo único que hacía falta para engullir tanta comida, era el bendito pisto, que no iba numeroso, que digamos, en las bolsas de aquellos «felices turistas».

Cuando llegaron al Lago de Amatitlán, Jaime y su novia, fueron los primeros en salir y desentumecerse las piernas, después del largo viaje, desde la capital de la República. Nuevamente los grupos de vendedoras, ahora de pepitoria y dulces regionales les asaltaron, con el fin de que probaran la «Chancaca» que acababa salir.

Era muy temprano. La pareja alquiló una lancha y se internó lago adentro, con el objeto de estar más cerca de la natu­raleza, y disfrutar plenamente de aquel inolvidable domingo.

Estuvieron en varios sitios, fueron al Castillo. El pobre mu­chacho, sacando fuerzas de flaqueza, la llevó a dar un paseo por el «Relleno»; por la tarde dispusieron, después de un suculento al­muerzo, tenderse cuan largos eran, en una grama tan verde, que contrastaba con el blanco vestido de María Ledesma.

—Quédate allí como estás, le dijo Jaime— no te muevas, quiero sacar la mejor fotografía para mostrársela a mi madre—. La patoja sonrió picarescamente y el clásico «Clic» de la cámara, sonó calladamente perdiéndose en las quietas aguas del Lago de Amatitlán.

  • Ahora te paras cerca de la orilla, le dijo Jaime nuevamente, ordenando una pose artística para sacar la última exposición.

La fotografía fue tomada y todo se agasajó con una sonora carcajada; como dos chiquillos corretearon por la grama verde; cansado y sudoroso, Jaime quedó tendido, y ella con sus manos finas, llegó junto a él para acariciarlo y hacerle cosquillas con la punta de sus dedos largos y puntudos.

Jaime se fue quedando profundamente dormido, sólo el viento tibio le levantaba un riso que coquetamente usaba en la frente, pero a los pocos momentos, aquel tibio aire se tornó en frio, y cuando despertó, todo era soledad y silencio. La tarde ha­bía caído y las sombras de la noche iban cubriendo el pequeño valle.

— ¡María, María!, gritó por todos lados Jaime sin encontrar respuesta a sus gritos, dispuso finalmente emprender el regreso y a duras penas, tomó la última camioneta que regresaba a la capital.

El muchacho buscaba entre los pasajeros a María, pero en vano, sus ojos no encontraban al ser querido, y con un poco de cólera y pena a la vez, pensaba mil cosas ¿se metería al lago y se ahogó?, ¿o se regresó burlándose de mí, dejándome dormido? Muchas eran las preguntas que Jaime se hacía, mortificándose con las mismas.

Finalmente, llegó a su casa, donde la madrecita le esperaba con la cena caliente y el beso de las buenas noches. Doña Encarnación, le preguntaba por la desconocida, pero el muchacho no contestaba; pasaron los días y las semanas y por más vueltas que Jaime dio por el Callejón Delfino, no encontró a la mentada patoja. Por último dispuso desarrollar el rollo, que fue a dejar a uno de sus amigos, que laboraba en tales menesteres.

—Hoy si vas a conocer a la traidora que tengo, le dijo al en­tregarle el rollito.

Como a los tres días, Vicente buscaba afanosamente a Jaime para entregarle las fotografías y felicitarle por lo bueno que esta­ban.

Con las manos temblorosas Jaime tomó el paquetito y ex­trajo las fotografías, pero sus facciones empezaron a palidecer cuando vio que, efectivamente, las fotografías del lago, estaban con toda su belleza y paisaje, pero el objeto principal, ¡María Ledesma!, no aparecía en ninguna de ellas.

El tiempo pasó. Un día de tantos, en un periódico capita­lino salía la esquela luctuosa, donde invitaba conocida familia a misa de réquiem por el eterno descanso del alma de quien en vida fuera su hija: MARIA LEDESMA, fallecida trágicamente, y por cumplirse el 7o. aniversario de su deceso. Jaime para corro­borar lo leído, fue a la misa que se celebraba en Santo Domingo, y, allí platicó con un pariente de la finada, quien le narró, que ella había muerto ahogada en Amatitlán hacía siete años.

—Le comprendo, joven, dijo el pariente y prosiguió —No es Ud. el primero que sufre de esta alucinación, a varios a llevado, quién sabe con qué intenciones, la finada al Lago de Amatitlán. Jaime no espero más, con las manos entre la bolsa y con la vista

la banqueta, se marchó del sitio, con el pensamiento puesto en la mujer más bella que jamás había conocido.

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala