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Hoy la zona 5 y especialmente el Barrio de San Pedrito, se yergue majestuoso con calles asfaltadas, modernos edificios y colonias residenciales, ¡qué lejos están los días cuando los abuelos celebrando las festividades de San Pedro hacían el viaje hasta la aldea lejana bajando por la Barranquilla, sitio donde hoy está ins­talado el Estadio Mateo Flores, pasando a un lado de la «Palma», sitio que ocupaba la residencia presidencial del licenciado don Manuel Estrada Cabrera, hace más de 60 años!

San Pedrito era una aldea con su iglesia y su tradicional ceiba centenaria. La que aún observamos en el parque, frente al Templo, inmenso árbol que escondió a más de un perseguido por la policía en aquellos tiempos románticos, uno de los fugitivos fue

FROI­LAN JUAREZ, que ante el acoso de la policía cabrerista, durmió muchas noches en dicho árbol legendario.

La aldea de San Pedrito se distinguió por sus ladrilleras y fábricas de adobe, de buen barro resistente, duro e impenetrable, nadie imaginaba en esos dorados tiempos que con el correr de los años, la pacifica aldea sería un barrio más de la gran ciudad. San Pedrito era una aldea, contó con su alcalde, alguaciles y ronderos, también con su cementerio propio que estaba instalado más o menos a la altura de la 31 Calle y 21 Avenida de la zona 5, extendiéndose hasta las inmediaciones de donde hoy está la colonia 20 de Octubre. Frescas en la memoria de algunos abuelos, están las fiestas del patrono de San Pedrito, cuando los platillos típicos de la época alternaban con el guaro de olla, jocote y nance, puestos a la vista del cliente, en limpios petates nuevos, para ser degustados al momento.

Cuentan por allí, que los sampedranos tenían fama de pen­dencieros, que había un decir popular, después de las festividades de la aldea, que más o menos era el siguiente: «Hoy la feria estu­vo triste porque sólo hubo dos matados».

O sea que, como en el viejo Oeste norteamericano —valga la comparación—, el guapo de la Parroquia, ven la directamente con navaja en mano a buscar al guapo de San Pedrito, para tirarse unos puyones.

El menos diestro, salía con los pies por delante, y el otro, derecho a la cárcel, o se esfumaba para siempre. La Avenida de La Barranquilla fue única por su desfile de damas, que a pie, o en carruaje, asistían a las festividades de San Pedrito, con sus enaguas limpias y enyuquilladas, que contrastaban con el lodo que las llu­vias formaban en sus estrechos callejones.

Pues, lo que hoy les cuento, sucedió precisamente para una feria de aquellas, y nuestra leyenda principia en un pequeño es­tanco de licores que abarrotado de personas daba servicio a los enfiestados vecinos.

Jacobo Suchité era un hombre medio indígena, medio la­dino que bebía con un grupo de amigos en el Fondin de referencia. Cada media hora sacaba su reloj del bolsillo del chaleco, para ver la hora, pero no lo hacía tanto por la hora, sino más bien para que vieran que tenía reloj, que esa noche le estrenaba.

Jacobo era un hombre del pueblo campesino, y solo cuando había ocasión se ponía saco y pantalón, de jerga momosteca, azul chillante, camisa blanca y pañuelo colorado atado al cuello, descalzo y con los pies bien limpios. El sombrero también era fino, y se lo echaba por un lado para darse más personalidad. A pesar de que ya era casado, chuleaba a las mozas del estanco que presurosas servían cerveza de barril o guaro blanco.

La recordada música de carreta, que tanto gusto a los abue­los, lanzaba sus notas al aire, y los valses de Strauss iban dejando en el ambiente su complemento de alegría y sabor vienés.

Jacobo seguía viendo la hora y presumiendo con el reloj de bolsillo. Los amigos se dieron cuenta de la presunción de Jacobo, y no dejaron de darle alguna coba por su actitud.

—Bueno señores, me esperan en mi rancho, yo «creyo» que ya es hora de irme a recoger, dijo Jacobo, levantándose de la mesa. Un campesino, viejo, que estaba a su lado, con voz aguardentosa, únicamente alcanzó a decirle:

— ¡Cómo va a ser eso!, la mejor mula se me está echando.

—Lo siento Saturnino —le dijo—, pero me tengo que retirar, porque yo sé hasta dónde mi cuerpo aguanta. A todos les dio la mano y se retiró del estanco, no tan bolo que digamos.

Había caminado como dos metros, cuando Saturnino volvió a la carga y les gritó:

  • ¡Cuidado con la Chuchitera! Las risas de los amigos se confundieron con las notas mal ejecutadas de una marimba vieja, que trataba de sacar El Barreño.

El bullicio de la fiesta se fue quedando atrás y por las vere­das emprendió el regreso, rumbo a su ranchito. En aquellas vere­das, únicamente el croar de las ranas y el canto de los grillos se escuchaba, una que otra zumbadora se le atravesaba, pero Jacobo listo con el corvo, las apartaba de un planazo.

Como a los diez minutos, pasaba la puerta principal del ce­menterio de la aldea, y no habiendo otro camino, por fuerza tenía que atravesarlo, pero él lo había hecho tantas veces que muy acostumbrado estaba, como buen campesino, no sentía miedo para caminar de noche, en medio de un camposanto.

Ya casi salía del cementerio, cuando diviso la silueta de una mujer del campo, con su manto, vestido largo, blanco y el canasto en la cabeza, con la luz de la luna se ayudó a ver la hora y por mo­mentos pensó que el reloj se había parado y la campesina era una de las que madrugaban rumbo al mercado de Guatemala.

Se fue acercando más y más a la mujer del canasto y cuando ya estaba cerca, esta le ofreció algo de lo que en él llevaba.

  • ¿No compra chuchitos? Van calientitos y sabrosos, señor.

Inmediatamente recordó que a su mujer no le llevaba nada y que era buena oportunidad para comprarle algo, y contentarla por llegar tarde.

—Deme cinco de los más grandes, dijo Jacobo a la mujer, que bajó el canasto, y despacho los chuchitos, únicamente se los entrego y se marchó presurosa por la vereda del cementerio, Ja­cobo le gritó dos veces, pero esta se desapareció en las sombras de la noche.

Lo caliente de los chuchitos quemaba las manos de Jacobo, que contento con la ganga, siguió el camino a su rancho.

Cuando llegó, como era lógico suponer, todos dormían y solo su esposa le esperaba impaciente con el jarro de café, entre las brasas del polio.

Por eso no to cambio Chinta, le dijo a su esposa abrazándola y entregándole el pequeño paquete con los chuchitos que aún se notaban calientes. Doña Jacinta, para contemporizar con Jacobo, fue a la cocina a traer una escudilla para colocarlos y comerlos junto a él, pero cuando regreso, vio que con una expresión de asco los sostenía en las manos. Aquellos chuchitos, minu­tos antes, calientes, hoy se tornaban fríos, y en lugar de masa y recado, contenían tierra del camposanto, flores de muerto y hue­secillos humanos.

—Que Dios nos ampare, dijo Jacobo, lanzándoles lejos del rancho, y sosteniendo a su esposa que temblaba como una engo­mada.

El resto de la familia se levantó de sus camas y acudieron a prestarle auxilio a doña Jacinta, faltaba poco para que amane­ciera y los gallos desde su escondite iban saliendo para informar con su canto mañanero, a los cuatro vientos, que otro día princi­piaba.

Un grito lejano se escuchó, más que grito, pareció una risa burlona de mujer loca. Esto basto para que Jacobo recordara las palabras de Saturnino, en la fonda de San Pedrito » ¡Cuidado con la chuchitera!»

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala