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Hacia fines del siglo xvi, ocurrió en América un atrevido episodio del que fue protagonista la famosa «Monja alférez», cuyo verdadero nombre era, en España, Catalina de Erauzo, de vascongado origen y dura como el hierro de aquellas montañas.

Había tomado el hábito de novicia, y estando a punto de profesar huyó del convento, se fue a América, sentó plaza de soldado, se batió bizarramente en Arau­co, alcanzó el grado de alférez con título real, y en los disturbios de Potosí se hizo reconocer por capitán en uno de los bandos.

También sirvió como soldado en los tercios de Chi­le bajo el nombre de don Antonio de Erauzo, pero desertó y, por su fama de camorrista y espadachín temible fue de todas partes expulsada.

Su última y menos conocida hazaña de aquella su turbulenta época, fue que cuando ya el verdugo iba a prepararse para ahorcar a aquel alférez, por numerosos crímenes que él no negó nunca, al confesarse con el cura e ir a comulgar, arrebató de pronto de manos de está la sagrada hostia, y echó a correr gritando:

¡A Iglesia me llamo! ¡A Iglesia me llamo!

Y entro en un próximo templo, dirigióse al altar ma­yor y arrodillándose depositó en el la divina forma, repitiendo lo que ya había dicho y que le otorgaba, según la ley, el derecho de asilo.

Tras ella iba alborotado el pueblo, sin atreverse a cas­tigar con las armas a quien, si bien había cometido un sacrilegio, obligaba a cometer otro mayor a quien qui­siera atacar al que en la mano llevaba la sagrada hostia y con ella penetraba en la iglesia.

El atrevido alférez estaba, pues, a salvo, de momento. Únicamente quedaba sujeto a la jurisdicción del obispo, un fraile agustino, que se dirigió al templo re­suelto a poner en práctica el duro castigo que se apli­caba a los autores de semejantes sacrilegios.

—Oidme antes en confesión —pidió el alférez al obispo.

Y concedida la súplica, la confesión fue tan larga, importante e inesperada, que terminó cogiendo de la mano el prelado al supuesto don Antonio de Erauzo, llevándolo a la portería de las monjas de Santa Clara, y tras una breve y secreta conversación con la abadesa, el desaforado criminal tuvo por cárcel el convento, bien cerrado y vigilado.

El asombro y las habladurías del pueblo fueron enormes; pero cuando los familiares del señor obispo le in­dicaron algo de lo que el pueblo criticaba, llegando a dudar de que estuviera en su sano juicio, el obispo se contentó con sonreír tranquila y seráficamente.

Pasó así algún tiempo, hasta que de Lima le envió el virrey unos pliegos reservados, tras cuya lectura hubo de partir hacia aquella capital del virreinato el supues­to alférez, conducido por una fuerte escolta.

Allí estuvo preso unas semanas, aunque también en un convento de monjas. Y, al fin, en el primer galeón que salió fue enviado a España aquel famoso camorris­ta, acerca del cual ya todo el mundo sabía que era una mujer maravillosamente disfrazada de hombre “en cuerpo y alma».

Por aquel entonces era el alférez un mozo de treinta años. Y, a pesar de lo imberbe de su rostro, habla sabido imponer respeto a los desalmados aventureros que, por estas fechas, pululaban en el Perú.

Al ser detenido vestía con cierto elegante desaliño. Sombrero con pluma y cintillo azul, golilla de encaje de Flandes, jubón carmesí, calzas de igual color con remates de azabache, y cinturón de terciopelo, del que pendía una espada con gavilán dorado.

Parece ser que “la monja alférez” de Esparta regre­só de nuevo a América sin que quisiera renunciar a su traje de hombre. Murió, ya vieja, en un pueblo de Méjico.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.