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Dícese que Metis, la encarnación de la Prudencia, hija de Okéanos y de Tethis, pasaba por ser la primera amante o esposa de Zeus. Al quedar embarazada de este dios, Gaia o Gea y Uranos dijeron a Zeus:

  • Tras la hija que vas a tener con Metis, vendrá un hijo que te destronará al igual que tú hiciste con tu padre y éste con tu abuelo.

Temeroso Zeus de que aquello pudiera realizarse, se tragó a su esposa convertida en mosca cuando llegó el momento de que ésta diera a luz.

Pero como luego sintiese un gran dolor de cabeza, ordenó a su hijo Hefaistos que le diese un hachazo en la frente para que se le quitase.

Obedeció el dios-herrero, y al hacerlo, salió de la brecha una hermosa joven cubierta de una armadura completa: era Atenea o Minerva. Entonces la hizo diosa de la sabiduría y de la guerra, y por este concepto se llamaba Palas.

A pesar de ser la diosa de la Sabiduría, Atenea no estaba exenta de vicios tan ridículos como el de la vanidad y tan bajos como el de la venganza.

Minerva llevaba sobre su cabeza un yelmo, sobre su pecho égida con la cabeza de Medusa, en una mano un escudo y en la otra una lanza. Otros ponen en su mano una rama de olivo, y ello se debe al siguiente motivo:

En cierta ocasión disputaron Neptuno y ella sobre el nombre que debía ponérsele a la capital de la Atica; aquél quería que fuese Posidonia, y ésta que llevase uno de los suyos, Atenea.

Neptuno y Minerva acudieron al Tribunal Supremo de los dioses para que fallase en su contienda y éstos dijeron:

  • Tendrá derecho a darle nombre a la ciudad aquel que sea capaz de crear la cosa más útil a los hombres.

Neptuno, golpeando la tierra con su tridente, hizo que surgiese el caballo y Minerva hizo que de la tierra brotase el olivo, y obtuvo el premio.

Otras muchas cosas en ciencias y artes enseno Atenea a los hombres. La más notable fue la construcción de la nave que tripularon los Argonautoas, a la que puso un leno que hablaba, gobernando y guiando la nave, haciéndole evitar escollos.

Al igual que Artemisa, Atenea también permaneció siempre virgen. Se cuenta, sin embargo, que tuvo un hijo de la forma más curiosa: un día fue a visitar a Hefaistos para que éste le facilitase armas. El dios cojo, a quien Afrodita había abandonado, se encaprichó de Atenea y quiso poseerla.

Pero Atenea escapó, no sin que Hefaistos, a pesar de su cojera, espoleado por un violento deseo, consiguiera cogerla y estrecharla entre sus brazos.

La diosa le rechazó con violencia, porque no sentía ningún interés por el feo y sucio dios del Fuego. Mas la pasión del herrero divino era tan fuerte que en el forcejeo, no pudiendo hacer otra cosa, profanó con su esperma una de las piernas de la hermosa Atenea.

Entonces ella, llena de asco, se limpió con un trono de lana, que después arrojó al suelo. Y ocurrió que de la tierra así fecundada nació el niño Erichtonios, al que Atenea consideraba como su hijo, y al que después de meterlo en un cesto confió a las hijas de Kekrops, y se dice que fue el primero de los reyes míticos de Atenas.

Cuando las princesas, llenas de curiosidad, abrieron el cesto, encontraron dentro a un niño guardado por dos serpientes.

También se dice que el niño tenía el cuerpo terminado en una cola de serpiente, como la mayor parte de los seres nacidos en la tierra. E incluso hay quien asegura que una vez abierto el cesto el niño escapó en forma de serpiente y se refugió en el escudo de su madre.

Sea como fuere, el hecho es que las princesas, enloquecidas de temor, se arrojaron desde lo alto de las rocas de la Acrópolis, matándose en el acto.

Además de su carácter guerrero, Atenea presidía todas las artes y trabajos de la paz, pues sus manos estaban caracterizadas por la más perfecta habilidad. También era la patrona de los alfareros y pasaba por haber inventado el torno que éstos utilizan.

Como era muy amiga de ensenar, la solían representar con un búho, para significar el estudio, porque vela de noche, y con un dragón, que significa la rígida virtud, con la que nadie se atreve.

Minerva, equivalente latino de la Atena griega, gozaba de gran importancia en Roma. Con Júpiter y Juno formaba la trinidad capitolina.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

En toda la poesía a griega no existe una diosa más pura, virginal y hermosa que brille como Artemisa, la hermana gemela de Apolo.

Artemisa era hija de Zeus y de Leto, y quizá por ser melliza de Apolo la variedad de facetas, de dones, de atributos, es decir, la complejidad de este dios flecha­dor y hermoso, la encontramos asimismo en ella en muchísimas ocasiones.

Diana nació en primer Lugar. Y al considerar las muchas penas y molestias que había pasado su madre, Leto, al dar a luz, pidió a su padre Zeus que le permi­tiese permanecer siempre soltera, lo que le fue conce­dido, haciéndola diosa de los bosques y de la cacería en la tierra. Su padre le dio por séquito sesenta ninfas, llamadas Océanas u Oceánidas, y otras veinte llamadas Asías, y en el cielo la constituyó en Luna.

La caza era su constante ocupación, por lo que se la representa con una túnica corta, recogida por un lado, llevando arcos y flechas, con la media Luna sobre su frente y perros de caza a su alrededor.

En una ocasión en que cazaba por los bosques, Ac­teón, hijo de Aristeo y de Antonea y nieto de Cadmo, faltó al respeto a Diana y a sus ninfas. La diosa, para castigar semejante desacato, le transformó, en venado, y sus propios perros le destrozaron y devoraron.

Esta diosa cazadora de los pies ligeros no era, en definitiva, sino el doble femenino de su hermano Apolo. En muchas ocasiones se dejaba llevar por su carácter cruel y sanguinario.

A Orión, per ejemplo, el hermoso cazador gigante, le mató haciendo que le picara un escorpión que lanzó contra él, porque se había atrevido a desafiarla a tirar el disco.

El ser la diosa de la luz pura y fría del astro de la noche, la Luna, transformó a Artemisa en una casta vir­gen que jamás gozó de las delicias del himeneo, aun cuando tampoco de las torturas que a veces acarrea el amor.

Se decía que esta castidad, que en ella llegaba a verdadero odio a los hombres o al sexo contrario al suyo, provenía de haber asistido a su madre Leto, en el parto de su hermano Apolo.

Al parecer, las angustias y dolores de que entonces fue testigo la apartaron, para siempre, de toda inclina­ción hacia el contacto carnal y la hicieron cruel con cuantos quedaban seducidos por su extremada hermo­sura.

Diana era en Roma la divinidad que correspondía a la Artemisa griega. El más célebre de los templos que se erigieron en su honor fue el de Efeso, que pasaba por ser una de las siete maravillas del mundo. Su construcción duró doscientos veinte años.

Pero un día, Erostrato, hombre oscuro y vano, por el necio afán de que hablasen de él y fuese nombrado en la Historia, prendió fuego a aquel magnifico templo, la misma noche en que  nació Alejandro Magno.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.