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Cuenta el poeta Costa y Llobera que en las montañas mallorquinas de Lluch, pervive, no sin horror, el recuerdo de una escena que parece revivir ante la contemplación del fondo de un hondísimo barranco maldito que en lejanos tiempos fue un alegre y alto ejido, no un abismo como ahora.

Allí había una era donde se trillaban las rubias ga­villas de trigo entre canciones y alegres francachelas, en las que el vino hacia perder el seso a gañanes y mozas de aquellas montañas.

Cierto domingo, sin respetar la fiesta, el bullicio y el trabajo andaban allí en su apogeo, cuando, de pron­to, oyóse sonar varias veces a lo lejos, una campanilla.

Era el santo Viático que se iba acercando, hasta pasar junto a la era.

Pero ni una rodilla de aquellos montañeses mallor­quines se dobló reverente, ni unos labios, abiertos a la estúpida risa, o a la brutal blasfemia, murmuraron una oración.

Y el Viático detuvo su bendito curso ante aquellos desalmados, enloquecidos trilladores, que redoblaron su algazara.

Sin embargo, no duró mucho esta, sino que se trocó en espanto, en horror, al ver que la tierra se abría bajo sus pies y se tragaba hombres, mujeres, animales, montones de trigo y gavillas.

Nunca más se supo de ellos. Y la alegre era quedó convertida en insondable abismo que evita, como em­brujado lugar, el caminante perdido entre los montes, porque dícese que allá, en las entrañas de la tierra, se oyen rarísimos rumores de canciones infernales, el acompasado trotar de animales de tiro y el sonido de sus cencerros.

Y es que Dios quiso que la trilla maldita continuase. Y así seguirá por los siglos de los siglos como castigo.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.