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Dice la leyenda que entre el Ganges y el Nepal, al pie de los eternos hielos del Himalaya, vivía el príncipe Sudhodana, descendiente de los Gotamas y cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos.

Su esposa, llamada Maya Devi, era tan bella y en­cantadora y a la vez estaba adornada de tantas virtudes que la hablan denominado «ilusión».

Cierta mañana, la hermosa Maya contó a su esposo un extraño sumo que había tenido aquella noche y que dejo inundada su alma de un gran placer y bienestar.

—Sin golpear la puerta —le dijo—, cuatro reyes pe­netraron en mi morada y con delicadeza elevaron mi lecho por los aires hasta colocarlo en la cima más ele­vada del Himalaya, dejándome a la sombra de un fron­doso árbol. Aparecieron luego cuatro reinas, me vistie­ron con ricos ropajes y me condujeron a una casa he­cha de oro. Un elefante de seis colmillos, blanco come la plata, entró en mi habitación y se postro ante mí; en su trompa llevaba un loto. Luego, el canto de un pájaro me despertó.

El sueño era tan grave e importante que el príncipe Sudhodana requirió a los más ilustres magos para que lo descifraran. Acudieron cuatro prestigiosos brahma­nes, y el más anciano de ellos dijo:

—Maya tendrá un hijo cuyo cuerpo nacerá con los signos de los grandes monarcas. Si consiente en reinar, será el soberano del mundo. Pero si lo abandona todo para seguir la vida de los ascetas, no reinará sobre la tierra, pero si sobre las almas. Llegará a «Buda» y librará a los hombres de los sufrimientos causados por la enfermedad, la vejez y la muerte. Sera el más grande monarca del Universo y vencerá por el amor, no por las arenas.

Por estas fechas reinaba la primavera. Los árboles ostentaban un verde follaje, y las flores lucían sus más vistosos y bellos colores.

El Bodhisatva (Buda) vivía feliz en el cielo de los bienaventurados, en su tienda divina, resplandeciente de indescriptibles magnificencias y en donde todos los habitantes del cielo le admiraban.

Cuando el Bodhisatva, porque aún no era Buda, vio desde lo alto a la que había de ser su madre, bajó a la tierra en forma de un hermoso elefante blanco.

Todo el Universo se conmovió y crujieron sus cimien­tos más poderosos, pero en el aire sonaron al mismo tiempo voces alegres y suaves. No hubo en parte alguna ni desorden, ni llanto, ni odio, ni discordia.

Cuando la hermosa Maya comprendió que la hora de ser madre estaba próxima, rogó a su esposo:

—Dejadme, amado mío, que vaya a dar a luz en casa de mis padres.

Y acompañada por un numeroso séquito emprendió el camino, pero Maya no pudo pasar del bosque de Lumbini. Entonces, de pie, rodeada de ninfas que le ofrecían sus servicios y que la animaban, dirigió gozosa su mirada al cielo y extendió su mano derecha con la que cogió la rama de un árbol.

Un deslumbrador relámpago iluminó el bosque, y en el acto salió de su costado derecho, sin herirla, el hijo que había de ser el salvador de quinientos millones de mortales.

Mientras los pájaros acudían entonando sus melo­diosos cantos, el propio dios Indra recibió al niño pre­sentando una tela divina. Al punto, dos magas, Nanda y Upananda, aparecieron y crearon dos corrientes de agua, una fría y otra caliente, para lavar al racial na­cido.

Acto seguido el niño dio siete pasos en dirección de cada uno de los siete puntos cardinales (?), proclaman­do con ello su futura gloria. A medida que andaba, los lotos nacían bajo sus pies.

En una choza solitaria al pie del Himalaya vivía a la sazón un sabio brahmán y gran poeta, el anciano Asita, que, al saber que había nacido el Siddartha, se elevó por los aires, trasladándose al palacio real de Capila. Cuando vio al niño en brazos del rey Sudhoda­na y observó la señal de «sacra» en sus plantas, incli­nóse respetuosamente y rompió a llorar.

  • ¿Por qué lloráis? —le preguntó asustado Sudhoda­na—. Os suplico que no me ocultéis nada, sea bueno o

Pero el anciano Asita le tranquilizó diciendo:

—No lloro por tu hijo ni veo desgracia alguna en su porvenir. Lloro por mí, que viejo y caduco como soy, no podré ver el día en que tu hijo dará al mundo su ley, que será la salvación de los hombres. Pero has de saber, ¡oh rey!, que este príncipe que acaba de nacer no se inclinara hacia los goces materiales y será un Buda.

A los siete días murió Maya, y subió al cielo de In­dra, pues era usual que la madre de un Bodhisatva pasara a mejor vida a los siete días justos de haber dado luz al hijo, porque así se ahorraba la pena de ver­lo convertido en humilde peregrino tan pronto como alcanzara la edad viral.

A Buda se he dio el nombre de Siddartha, y fue cria­do cariñosamente por Mahapradjapati, hermana de la difunta Maya Devi y segunda mujer del rey Sudho­dana.

Al llegar el día en que Buda debía ser presentado al templo de los dioses, su anciana aya Gautami lo atavió convenientemente. Pero las joyas que fueron prendidas en torno a su cuello y a sus brazos perdieron todo su brillo. Asita lo explico diciendo:

—Ello se debe a que la pompa material palidece ante el resplandor de Siddartha.

Cuando Buda entró con su brillante acompañamiento en el templo, cayeron de sus pedestales las imágenes de los dioses Siva, Vishnu e Indra.

Y, como de costumbre, tembló la tierra, llovieron pétalos de lotos y flores blancos y se oyeron cantos ce­lestiales.

Tanto la infancia como la juventud de Buda son tan maravillosas como su concepción y nacimiento. Puede decirse que toda su vida esta gloriosamente esmaltada de episodios celebres y sorprendentes.

Cuando el príncipe Siddhartha fue algo mayor, en­tró en la escuela para aprender las letras. Al verle, Vis­vamitra, el profesor bajo cuyos cuidados debía ser educado, cayó desmayado al suelo. Miles de jóvenes dije­ron al rey Sudhodana:

—Tu hijo nada tiene que hacer en la escuela, pues conoce todas las ciencias y las artes, y únicamente pue­de servir de guía y salvación a la juventud.

Entretanto, Buda contemplaba el incesante trabajo de las hormigas y el lento paso de las nubes. Interpre­taba el lenguaje de las flores y se estremecía de pena cuando veía a los pájaros devorar a los insectos que acuellan a las heridas producidas en la piel de los bue­yes por el agudo punzón de los campesinos.

Durante estos profundos momentos de contempla­ción extática el futuro Buda parecía ausente de este mundo.

Al cumplir el príncipe los veinte años, su padre or­denó construir tres estanques: uno, cubierto de lotos azules; otro, de lotos blancos y el tercero de lotos ro­jos, para que florecieran todo el año.

Por aquel entonces los ancianos «sakias» aconseja­ron al rey Sudhodana que dispusiera el casamiento de su hijo.

—De esta manera —añadieron— el príncipe renun­ciara a la vida de peregrino mendicante.

Buda solicitó un plazo de siete días para decidirse, al cabo de los cuales se mostró conforme con el pro­yecto de matrimonio. El rey mandó fabricar numerosas y ricas joyas que haría repartir por su hijo entre las doncellas, en cuya ocasión se vería cual le gustaba más.

Una semana después, se reunieron todas las pretendientes en la sala del consejo, y el príncipe Siddartha dio a cada una su regalo. Sin levantar la vista lo recibieron todas hasta quedar una sola, llamada Gopa o Yusodhara, hija del príncipe Dandapini, que se había mantenido alejada en medio de sus esclavas, pero que, adelantándose entonces, dijo a Buda:

  • ¿Qué te he hecho yo, que no has reservado joya alguna pare mí?

A lo que Siddartha respondió:

  • Se me han terminado los regalos.

Y luego añadió:

—Pero toma este, ya que la ciudad se enorgullece de tu belleza.

Y quitándose una preciosa sortija del dedo, se la ofreció a Gopa.

Tan pronto corno volvieron a posarse los pájaros en los árboles, la hermosa joven declaró a su padre que estaba locamente enamorada del príncipe Siddartha. El monarca se mostró un poco descontento de la elección hecha por su hija, y así lo anunció al rey Sudhodana.

—Si tu hijo ignora el manejo de las armas a causa de su indolencia y desconoce el arte de la guerra por haber sido educado con mucho mimo, ¿cómo puedo con­cederle la mano de mi hija?

Al saber esto, el príncipe exclamó con orgullo: ¿Hay alguien capaz de competir conmigo?

Y seguidamente ordenó disponer un magno torneo que habría de celebrarse siete días después, y cuyo vencedor, por voluntad del rey Dandapani, obtendría como premio la mano de su hija Gopa.

El día designado se presentaron en las afueras de la ciudad trescientos príncipes y los pueblos de varios rei­nos para presenciar las luchas. En el arte de la escritu­ra y en la interpretación de los libros sagrados venció fácilmente Siddartha, mostrándose muy superior, no solo a sus rivales, sino incluso al maestro y juez Ar­xuna.

Luego siguieron los deportes y juegos varoniles, ta­les como los saltos, la natación, las luchas y el tiro con arco. Ni que decir tiene que Buda triunfó, superan do a todos sus competidores y adversarios.

Es más, en el concurso de tiro, todos los arcos se quebraban en las poderosas manos de Siddartha. Hubo que ir a buscar el de su abuelo Simhahanu, que nadie pudo jamás armar. Pero el Bodhisatva, sin levantarse de su asiento lo coge con la mano izquierda y lo tiende con un solo dedo de la mano derecha. La flecha partió tan rápida, que la vista no podía seguirla. Y tras atra­vesar una serie de tambores de hierro, fue a hundirse en tierra a una gran distancia.

Dos parientes de Siddartha tomaron parte en el tor­neo: Ananda y Devadata. El primero fue, con el trans­curso del tiempo, discípulo suyo; el segundo, en cam­bio, irritado por la derrota sufrida, fue desde aquel día su más implacable enemigo.

La bella Gopa fue conducida a la morada de su esposo el príncipe Siddartha, el cual vivió desde enton­ces rodeado de placeres y en medio del fausto de las danzas y juegos de las numerosas mujeres que habita­ban en su suntuoso palacio.

Al príncipe la vida corriente, la vida de trabajos y sufrimientos, le era totalmente desconocida. No sabía tan siquiera cuan efímera y breve es.

Pero el momento de los «cuatro encuentros» había llegado.

Un día, Siddartha mostró sus deseos de efectuar una excursión a los bosques de recreo, y salió por la puerta oriental. Antes, su padre ordenó apartar de los lugares per donde tenía que pasar su hijo «todo cuanto pudiera no halagar los ojos del joven, o no serle agradable».

Sin embargo, no había recorrido la comitiva mucho trecho, cuando el destino quiso que se cruzara en su camino un anciano decrépito y tembloroso, apoyado en una larga caña. El príncipe, profundamente impre­sionado, preguntó a su cochero:

  • ¿Qué enfermedad padece este hombre?

—No es nada de particular —le respondió su auri­ga—. Este hombre paga el tributo a la vejez, que a na­die perdona.

Profundamente turbado y meditabundo, Buda regre­só a su palacio, sin haber llevado a cabo la proyectada excursión.

Transcurrido algún tiempo repitióse la salida al jardín de los entretenimientos, pero quisieron los dioses que encontraran a un enfermo. Y de nuevo el cochero, a instancias del príncipe, hubo de explicarle:

—Señor, sabed que todas las personas están expues­tas a las enfermedades que debilitan el cuerpo y hacen derramar lágrimas de dolor.

La comitiva se alejó de aquel triste espectáculo y re­gresó rápidamente a palacio.

Al poco tiempo se dispuso por tercera vez la excursión. Mas al salir la comitiva por la puerta de occidente tropezó con un entierro cuyo sequito daba muestras de gran dolor. Nuevamente el cochero explicó al príncipe el significado de todo aquello. Y el Siddartha, ape­sadumbrado al conocer los efectos de la muerte, regresó a su palacio.

Cuando se organizó por cuarta vez la expedición, cerca de la puerta del norte, un asceta errante, digno, alegre y tranquilo, pasó junto a ellos mendigando. Al ver al monje, una gratísima sensación de bienestar inva­dió el corazón del príncipe y entonces nació en su espíritu el primer brote de la fuerza que le empujaría a buscar, poco después, en la vida religiosa, la serenidad exenta de pasiones.

Realizada la excursión, Siddartha regresó muy satis­fecho a la ciudad. Y al día siguiente comunicó al rey, su padre, su inquebrantable propósito.

—Deseo ser monje mendicante —dijo.

El monarca intentó en vano disuadirle de aquella idea, prometiéndole que le daría cuanto pidiera. A lo cual repuso el príncipe:

—Renunciaré a mis deseos si me podéis conceder estas cuatro cosas: juventud y belleza permanentes; salud y vida; fortuna imperecedora, y librarme de toda clase de enfermedades.

El rey confesó, con el corazón oprimido, que nada de aquello podía concederle. Y entonces se limitó a de­searle buena suerte en su propósito de ser el salvador del mundo.

Sin embargo, el rey hizo vigilar al príncipe de cerca, y puso en las puertas de la ciudad hombres armados, con órdenes estrictas. Envió asimismo a hermosísimas mujeres que le distrajeran con toda clase de placeres, músicas y danzas. Pero Siddartha se dormía viéndolas y escuchándolas.

Al fin, una noche, salió de su cámara, se hizo traer su soberbio caballo «Kantaka» y escapó del palacio seguido de Chandaka, su fiel escudero. Los Lokopalas pusieron sus manos en los pies de los caballos para que no hicieran ruido al galopar. Y los dioses adorme­cieron a los centinelas de las puertas, abrieron estas y formaron incluso el cortejo triunfal del príncipe.

Los pájaros del bosque, despertando de su ligero sueño, saludaron al futuro Buda, que se alejaba hacia su nueva vida de penitencia, mientras los dioses guia­ban su corcel.

Cuando ya el palacio estaba muy a la lejos, las pri­meras luces del alba asomaron tímidamente poniendo sus reflejos sobre las tupidas alfombras de lotos. Fue entonces cuando el príncipe se despojó de sus atavíos principescos y regaló su corona de perlas y sus joyas a un aldeano que encontró en su camino, ya que en ade­lante las galas habían de serle del todo inútiles.

Luego, con la ayuda de su espada cortó su larga ca­bellera, quo arrojo al aire; pero el dios Indra la cogió y la llevó al cielo. Y coma le pareciera que sus ricos ves­tidos eran impropios de su nuevo genera de vida, los sustituyó por un burdo sayal de color rojizo.

Seguidamente entregó el caballo a su criado Chan­daka, le despidió y marchando a pie empezó su vida errante y miserable en busca de la verdad.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En cierta ocasión, hace de esto mucho tiempo, el futuro Buda nació en forma de liebre.

Vivía en un bosque, en cuyos linderos había una montaña, un río y un pueblo. Pero en aquel mismo bosque vivían otros tres animales: un mono, un chacal y una nutria.

Los cuatro animales eran buenos amigos y compañeros. Durante el día, cada uno de ellos cazaba y vivía a su propio modo, pero por la noche, se reunían para charlar un rato. Sin embargo, la liebre, debido a que sus camaradas la consideraban más sabia, era casi siempre quien llevaba la voz cantante en todos los asuntos. Ella les enseñaba también la doctrina y les exhortaba a seguirla.

— Dad limosnas —les decía—, guardad los preceptos, observad los días de ayuno.

Una de las veces que estaban reunidos, el futuro Buda miro al cielo para contemplar la luna y, al mi­rarla, se dio cuenta de que al día siguiente sería de ayuno.

—Mañana debemos ayunar —les dijo a sus compañeros—. Todos tenemos la obligación de observar este precepto. Y, como dar limosnas en ese día trae grandes recompensas, si alguien os suplica un presente, dadle in­cluso una parte de vuestra propia comida.

—Así lo haremos, amiga liebre —le respondieron los otros animales yéndose cada cual a su guarida para pa­sar la noche.

Al día siguiente, la nutria se despertó muy temprano y se dirigió directamente a las orillas del cercano rio a buscar alimento. Al llegar allí vio a un pescador que había cogido siete pescados rojos y los estaba ensartan­do en un sarmiento. Una vez hecho esto los enterró bajo la arena y continuó pescando a lo largo de la orilla del río.

Naturalmente, la nutria se dio cuenta, por el olor, de donde estaba enterrado el pescado y al ver lejos al pescador escarbó en la arena hasta dejar los peces al descubierto. Luego, y por tres veces, gritó sin que nadie pudiera oírla:

  • ¿Tiene dueño esto que esta aquí?

La astuta nutria esperó un rato, y como no recibiera ninguna respuesta, ni apareciese nadie a recogerlo, asió el sarmiento con los dientes y arrastró su presa hasta su madriguera. Sin embargo, al llegar allí, dejó los peces en un rincón sin atreverse a tocarlos, pues recordaba lo que la liebre había dicho y deseaba guardar los pre­ceptos.

  • Los comeré cuando acabe el ayuno —pensó.

También el mono se internó en el bosque en busca de comida. Cuando halló los mangos que le parecieron a su gusto, arrancó un racimo del árbol y se lo llevo a su casa. Creyó igualmente que era su deber no tocarlos hasta que hubiera pasado el día de ayuno.

  • Aunque tengo hambre —pensó— la aplacaré a su debido tiempo.

El chacal, por su parte, salió también a ver qué en­contraba. Y andando, llego a la cabaña de un guardabosque. Penetró con cautela en su interior y, rebuscan­do por todas partes, halló un tarro de manteca agria, dos trozos de carne asada y uno de iguana. El chacal, al igual que la nutria, antes de tocar las cosas, gritó por tres veces:

— ¿Tiene dueño esto que esta aquí?

Y como no obtuviera contestación, se colgó el cordón que servía de asa del tarro alrededor del cuello, cogió la carne y la iguana con los dientes, y se lo llevó todo a su madriguera. Pero tampoco el chacal probó bocado. Se acordaba del día que era y quería guardar el ayuno.

—Lo comeré a su debido tiempo —se dijo.

Sin embargo, el futuro Buda, es decir, la liebre, no se movió de su guarida. Tenía el propósito de permane­cer en ella hasta que pasara el día, para cumplir de esta forma el precepto divino.

Y mientras yacía en el suelo descansando, le vino a la mente una idea: ¿Qué podría ofrecer si venia al­guien a pedirle comida? No poseía nada. ¿Nada?

—Si alguien viene a pedir —se dijo con resolución – ­le daré mi propia carne.

El trono de mármol de Brahma se sintió conmovido por el ardoroso ímpetu con que aquella liebre ofrecía su sacrificio. Y, queriendo saber si era cierta y sincera su resolución, se disfrazó de bonzo y quiso poner a prueba por sí mismo la promesa de la liebre.

Primeramente visitó a la nutria. Esta, al ver al monje sentado a la puerta de su casa, le preguntó:

— ¿Qué haces aquí?

—Si tuviera tan solo un poco de comida —respondió el bonzo— podría guardar mis votos y cumplir mis deberes.

—No te preocupes, yo te daré comida —contestó la nutria—. Aquí tengo siete peces rojos que encontré en­terrados esta mañana en las arenas del rio.

—Gracias, amiga –le replicó el monje—. Te estoy muy agradecido. Volveré por ellos más tarde. Mañana tal vez. Hoy tengo que cumplir el ayuno.

Después de despedirse de la nutria, se fue a ver al mono y al chacal. Los dos animales al verle le ofrecieron su comida en cuanto hizo su petición. Sin embargo, también a ellos, les dijo lo mismo que a la nutria.

Sin pérdida de tiempo se fue a ver a la liebre. Cuan­do ésta oyó las suplicas del monje budista, se puso muy contenta.

—Has hecho bien en venir a mí para que te diera de comer —le dijo—. Hoy, por ser día de ayuno, me siento más generosa que otras veces, y te ofreceré algo que jamás di antes. Incluso con ello te ayudaré a man­tener los preceptos de no hacer daño a ninguna criatura viviente.

–¿Qué quieres decir? —replicó intrigado el bonzo.

—Amigo mío —respondió la liebre—, ye y haz un fuego en un claro del bosque. Cuando haya un buen lecho de brasas refulgentes, ven a buscarme. Saltaré entre ellas y te ofrendaré mi vida. Y cuando veas que mi cuerpo está suficientemente asado, come de mi carne y cumple después con tus deberes de monje.

Así se hizo. El sacerdote, con su mágico poder, encendió en seguida un montón de brillantes ascuas. Lue­go fue a visitar al futuro Buda, que se levantó rápidamente de su lecho de hierbas y le siguió hasta la ho­guera.

Antes de tirarse al fuego, sin embargo, se sacudió tres veces diciendo en voz alta:

— ¡Voy a perecer! Si algún insecto hay en mi piel, no tengo derecho a hacerle morir conmigo. Que se vaya si quiere.

Acto seguido, esclava de su bondadosa liberalidad, se arrojó a las ardientes brasas con la misma delicia que una abeja se posa en el corazón de una flor para libar.

Aquel fuego, sin embargo, no le llegó a chamuscar ni siquiera un pelo. Antes al contrario, al arrojarse en él, le pareció que se sumergía en un lecho de blandas y frescas nubes. Entonces miró al monje extrañada y dijo:

— ¿Quién eres tú? El fuego que encendiste esta tan frio que apenas ha caldeado mi cuerpo. ¿Qué significa este prodigio?

—Soy Brahma —respondió el monje—, y vine a po­ner a prueba tu promesa.

A lo que replicó el futuro Buda con voz de trueno:

—Señor, si todos los seres que habitan en el mundo trataran de poner a prueba mi prodigalidad, no descubrirían en mí falta alguna de inclinación a dar.

—Prudente y sabia eres, liebre —dijo Brahma—. Yo haré que tu virtud sea proclamada por todos los con­fines del mundo y aún más allá.

Entonces cogió una enorme montaña, la estrujó entre sus poderosas manos, y del jugo que estrajo de ella dibujo una liebre en el disco de la luna.

Después de hacer esto, ordeno a la liebre que se internara en lo más intrincado del bosque, e hizo crecer allí hierba adecuada para su alimento. A continuación se despidió de ella y partió hacia las celestiales mansiones.

Y por guardar los preceptos, los cuatro animales de esta leyenda vivieron feliz y armoniosamente en aquellos parajes.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.