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Madre Elvira de San Francisco, prelada del monasterio de Santa Catalina, sería con el tiempo la novicia que recortaba las hostias en el convento de la Concepción, doncella de loada hermosura y habla tan candorosa que la palabra parecía en sus labios flor de suavidad y de cariño.

Desde una ventana amplia y sin cristales miraba la novicia volar las hojas secas por el abraso del verano, vestirse los arboles de flores y , caer las frutas maduras en las huertas vecinas al convento, por la parte derruida, donde los follajes, ocultando las paredes heridas y los abiertos lechos, transformaban las celdas y los claustros en paraísos olorosos a búcaro y a rosal silvestre; enramadas de fiesta, al decir de los cronistas, donde a las monjas sustituían las palomas de patas de color de rosa, y a sus cánticos los trinos del cenzontle cimarrón.

Fuera de su ventana, en los hundidos aposentos, se unía la penumbra calientita, en la que las mariposas asedaban el polvo de sus alas, al silencio del patio turbado por el ir y venir de las lagartijas y al blando perfume de las hojas que multiplicaban el cariño de los troncos enraizados en las vetustas paredes.

Y dentro, en la dulce compañía de Dios, quitando la corteza a la fruta de los Ángeles para descubrir la pulpa y la semilla que es el Cuerpo de Cristo, largo como la medula de la naranja — ¡veré tu es Deus Absconditus!—, Elvira de San Francisco unía su espíritu y su carne a la casa de su infancia, de pesadas aldabas y levísimas rosas, de puertas que partían sollozos en el hilván del viento, de muros reflejados en el agua de las pilas a manera de huelgo en vidrio limpio.

Las voces de la ciudad turbaban la paz de su ventana, melancolía de viajera que oye moverse el puerto antes de levar anclas; la risa de un hombre al concluir la carrera de un caballo o el rodar de un carro, o el llorar de un niño. Por sus ojos pasaban el caballo, el carro, el hombre, el niño, evocados en paisajes aldeanos, bajo cielos que con su semblante placido hechizaban la sabia mirada de las pilas sentadas al redor del agua con el aire sufrido de las sirvientas viejas.

Y el olor acompañaba a las imágenes. El cielo olía a cielo, el niño a niño, el campo a campo, el carro a heno, el caballo a rosal viejo, el hombre a santo, las pilas a sombras, las sombras a reposo dominical y el reposo del Señor a ropa limpia…

Oscurecía. Las sombras borraban su pensamiento, relación luminosa de partículas de polvo que nadan en un rayo de sol. Las campanas acercaban a la copa vesperal los labios sin murmullo. ¿Quién habla de besos? El viento sacudía los heliotropos. ¿Heliotropos o hipocampos? Y en los chorros de flores mitigaban su deseo de Dios los colibríes. ¿Quién habla de besos?

Un taconeo presuroso la sobrecogió. Los flecos del eco tamborileaban en el corredor…

¿Habría oído mal? ¿No sería el señor pestañudo que pasaba los viernes a última hora por las hostias para llevarlas a nueve lugares de allí, al Valle de la Virgen, donde en una colina alzábase dichosa ermita?

Le llamaban el hombre-adormidera. El viento andaba por sus pies. Como fantasma se iba apareciendo al cesar sus pasos de cabrito: el sombrero en la mano, los botines pequeñines, algo así como dorados, envuelto en un gabán azul, y esperaba los hostearios en el umbral de la puerta.

Sí que era; pero esta vez venía alarmadísimo y a las volandas, como a evitar una catástrofe.

¡Niña, niña! — entro dando voces—, ¡le cortaran la trenza, le cortaran la trenza, le cortaran la trenza!

Lívida y elástica, la novicia se puso en pie para ganar la puerta al verle entrar; más calzada de caridad con los zapatos que en vida usaba una monja paralítica, al oírle gritar sintió que le ponía los pies la monja que pasó la vida inmóvil, y no pudo dar paso…

Un sollozo, como estrella, la titilaba en la garganta. Los pájaros tijereteaban el crepúsculo entre las ruinas pardas e impedidas. Dos eucaliptos gigantes rezaban salmos penitenciales.

Atada a los pies de un cadáver, sin poder moverse, lloró desconsoladamente, tragándose las lágrimas en silencio como los enfermos a quienes se les secan y enfrían los órganos por partes. Se sentía muerta, se sentía aterrada, sentía que en su tumba —el vestido huérfana que ella llenaba de tierra con su ser— florecían rosales de abras blancas, y poco a poco su congoja se hizo alegría de sosegado acento… Las monjas —rosales ambulantes— cortábanse las rosas unas a otras para adornar los altares de la Virgen, y de las rosas brotaba el mes mayo, telaraña de aromas en la que Nuestra Señora caía prisionera blando como una mosca de luz.

Pero el sentimiento de su cuerpo florecido después de la muerte fue dicha pasajera.

Como a una cometa que de pronto le falta hilo entre las nubes, la hizo caer de cabeza, con todo y trapos al infierno, el peso de su trenza. En su trenza estaba el misterio. Suma de instantes angustiosos. Perdió el trio en sus suspiros y hasta cerca del hervidero donde burbujearan los diablos torno a sentirse en la tierra. Un abanico de realidades posibles se abría en torno suyo: la noche con azucares de hojaldre, los pinos olorosos a altar, el polen de la vida en el pelo del aire, gato sin forma ni que araña las aguas de las pilas y desasosiega los papeles viejos.

La ventana y ella se llenaban de cielo…

¡Nina, Dios sabe a sus manos cuando comulgo! — murmuró del gabán, alargando sobre las brasas de sus ojos la parrilla de sus pestañas.

La novicia retiró las manos de las hostias al oír la blasfemia ¡No, no era un sueño! Luego palpose los brazos, los hombros, el cuello, la cara, la trenza…
Detuvo la respiración un momento, largo como un siglo al sentirse trenza. ¡No, no era un sueño, bajo el manojo tibio de su pelo revivía dándose cuenta de sus adornos de mujer, acompañada en sus diabólicas del hombre-adormidera y de una candela encendida extremo de la habitación, oblonga como ataúd! ¡La luz sostenía la imposible realidad del enamorado, que alargaba los brazos como un Cristo que en un viático se hubiese vuelto murciélago, y era su propia carne!
Cerró los ojos para huir, envuelta en su ceguera, de aquella visión de infierno, del hombre que con sólo ser hombre la acariciaba hasta donde ella era mujer — ¡La más abominable de las concupiscencias! —; pero fue bajar sus redondos párpados pálidos como levantarse de sus zapatos, empapada en llanto, la monja paralítica, y más corriendo los abrió… Rasgó la sombra, abrió los ojos, salióse de sus adentros hondos con las pupilas sin quietud, como ratones en la trampa, caótica, sorda, desemblantadas las mejillas — alfileteros de lágrimas,              sacudiéndose entre el estertor de una agonía ajena que llevaba en los pies y el chorro de carbón vivo de su trenza retorcida en invisible llama que llevaba a espalda…

Y no supo más de ella. Entre un cadáver y un hombre, con su sollozo de embrujada indesatable en la lengua, que sentía ponzoñosa como su corazón, medio loca, regando las hostias, arrebatóse en busca de sus tijeras, y al encontrarlas se cortó la trenza y, libre de su hechizo huyó en busca del refugio seguro de la madre superiora, sin sentir más sobre sus pies los de la monja…

Pero, al caer su trenza, ya no era trenza: se movía, ondulaba sobre colchoncito de las hostias regadas en el piso.

El hombre-adormidera buscó hacia la luz. En las pestañas temblábanle las lágrimas como las ultimas llamitas en el carbón de la cerilla que se apaga. Resbalaba por el haz del muro con el resuello sepultado, sin mover las sombras, sin hacer ruido, anhelando llegar la llama que creía su salvación. Pronto su paso mesurado se deshizo en fuga espantosa. El reptil sin cabeza dejaba la hojarasca sagrada las hostias y enfilaba hacia él. Reptó bajo sus pies como la sangre negra de un animal muerto, y de pronto, cuando iba a tomar la luz, saltó con cascabeles de agua que fluye libre y ligera a enroscarse como látigo en candela, que hizo llorar hasta consumirse, por el alma del que con ella apagaba para siempre. Y así llego a la eternidad el hombre-adormidera por quien lloran los cactus lágrimas blancas todavía.

El demonio había pasado como un soplo por la trenza que, al extinguirse la llama de la vela, cayó en piso inerte.

Y a la medianoche, convertido en un animal largo — dos veces un carnero por luna llena, del tamaño de un sauce llorón por la luna nueva —, con cascos de cabro, orejas de conejo y cara de murciélago, hombre-adormidera arrastro al infierno la trenza negra de la novicia que con el tiempo seria madre Elvira de San Francisco — así nace el cadejo mientras ella soñaba entre sonrisas de ángeles, arrodillada en su celda con la azucena y el cordero místico.

 

Bibliografía

Asturias, M. A. (2006).  Leyendas de Guatemala. Guatemala.

Compartida por: Fernando

País: Guatemala

Mi amigo Juan Luis, el más querido de mis amigos y compañeros de la infancia, y colega mío de correrías en los dorados y desgraciadamente ya idos tiempos en que pintos seguimos nuestros estudios en el Instituto Nacional Central de Varones de Guatemala, hecho ya todo un hombre, como yo, vino a visitarme un día de tantos. Se arrellanó en uno de los amplios sillones Chesterfield que hay en mi sala de escritorio, encendió un cigarrillo «Tigre» y, sin decirme agua va, se le desató la lengua, contándome la siguiente historia:

—Vos debes recordar, sin duda, pues la parranda con que me despediste te costó serios regaños de tu viejo, que allá por el año 1921, tras múltiples veces que me aplazaron en Algebra, me fui a trabajar a la finca «Heredia», que tiene tu tío Nacho en el departamento de Santa Rosa… ¿Te acordas, viejito?

¡Claro que me acuerdo! ¡Si hasta estuve dos domingos sin salida por causa tuya…!

—Pues bien; allá me sucedieron hechos tan extraordinarios, que no me he atrevido a contar a nadie porque vos sabes cómo son de águilas los
muchachos para dar coba. Si ahora me atrevo a contártelos a vos, es porque considero que sos persona sincera y «traslas» mío, y, como te ha dado por escribir, quizás podás sacarle algún partido a esto que te voy a contar.

—Veras lo que pasó. Al no más llegar a la finca —vos te debes acordar bien de la casa, pues has ido a pasar muchas vacaciones allá—, una de mis primeras preocupaciones fue buscarme la mejor pieza. ¡No faltaba más! ¿Crees vos que yo iba a dormir igual que el administrador? ¡Seré pajuil! Para lograr tal fin, recorrí el viejo caserón de extremo a extremo, hasta que en el segundo piso, frente al corredor que tiene vista al potrero de las vacas paridas, encontré lo que buscaba: una pieza «de a petate», la misma en que dormía to abuelito Chema.

Hice saber al mayordomo mi decisión de alojarme en ella, y le ordene que trasladara a ese lugar todos mis bártulos, entre los cuales iban mi Mauser y un revólver Smith y Wesson, legitimo, tan legítimo que cuando se le jalaba el gatillo hacia «tric».

— ¿A esa pieza, patrón? —me dijo el Chus, más asustado que si lo hubiera picado la cazampulga—. ¡Usted está loco! ¿No sabe, pues, que en ella se murió el finado patrón viejo, el tata de don Nacho, y que cuando alguno se va a dormir allí; se le aparece el Cadejo? Meterse alló patrón, es lo mesmo que puyar el hormiguero.

— ¿El Cadejo? ¿Que patrañas son esas, Chus? —le respondí.

—Adiós, pues, ¿conque el patrón no sabe lo que es el Cadejo? Es verdad que el patroncito es «chanclecito» que viene de la capital y que por allá tal vez no si’aparece; pero yo que soy más costeño que el «palo jiote», ¡vaya si lo conozco! Con estos mesmos ojos que si’han de comer los gusanos lo vide una vez: es ansina de grande, tiene el cuerpo peludo como de chivo, con cachos de toro, ojos que echan chispas como los de los gatos de monte, cola de lión, echa espumarajos por la boca y lo sigue a uno con el pensamiento…Cuando anda nu’hace ruido, parece que si’arrastra.

Ante tan peregrina como exótica descripción, yo, espíritu cuya mentalidad está plena del mas puro positivismo compteano, no pude hacer menos que sonreír y reiterar la orden de que se me instalara en esa pieza. ¡Tú tío Nacho, viejito, me había dado poderes de señor de horca y cuchillo!

—Bueno, patrón —fue la respuesta—. Usté sabe lo qui’hace. Pero, por aquello de las dudas, li’aconsejo que se merque una daga de cruz, pues ese fierro es con lo único que se puede ahuyentar al Cadejo. ¡No ve qu’es el mesmo ‘achudo (hizo la señal de la cruz) desfrazado!

Por la noche, después de darle cuerda a mi Longines, de acondicionar mis vestimentas en la silla y percatarme de si habían dejado agua suficiente en la garrafa, me acosté. A la luz del quinqué, que despedía un penetrante olor a gas, me enfrasque en la lectura de una novela de don Pepe Milla. «Los Nazarenos» eran, hermano.

Iniciaba la lectura del capítulo en que don Silvestre de Alarcón enseña a los iniciados el Santo aquel de «malo Mori», al cual responden, “Quan Phoedari», cuando, no se por qué extraña asociación de ideas —la lectura del bien escrito pasaje, tal vez—, vino a mi mente el recuerdo del Cadejo. Un intenso calofrío recorrió todo mi cuerpo, hermano. Mas, al instante, sobreponiéndome a mis nervios excitados, continúe la lectura.

«Don Silvestre exhortaba a los Nazarenos a ser fieles a su juramento», tal el pasaje que leía en ese instante, cuando escuche, nítido en el silencio de la noche, un ruido semejante al que hace un cuerpo pesado al arrastrarse sobre un entarimado. ¡Deben ser ratas! , pensé. Pero el ruido se hizo más fuerte, dándome la sensación de que se iba acercando. (¿Para qué te voy a engañar, viejito? Ya el susto me iba entrando en ese instante.) Decidí, haciendo un gran esfuerzo de voluntad, levantarme e inquirir, como era natural hacerlo, la causa que lo motivaba. Antes de hacerlo introduje la mano bajo la almohada para sacar mi «cuete», e iba a incorporarme cuando, al volver la vista hacia la puerta, en ella, ocupándola en toda su totalidad, estaba un cuerpo extraño y feroz, semejante al de un chivo grande y peludo, con cachos de toro y cola de león, echando espumarajos por la trompa y cuyos ojos, que eran dos brasas que echaban chispas, me miraban en una forma penetrante y aguda que no la olvidare jamás. ¡El Cadejo auténtico, similar al del retrato que del mismo me había hecho el Chus, estaba frente a mí! ¡Tuve aún alientos para intentar ponerme «las de hule» por la ventana, pero, no bien lo hube pensado, el Cadejo, que lo sigue a uno con el pensamiento, estaba frente a ella obstruyéndome el camino…!

¡No supe más de mí! ¡Sólo recuerdo que sentí los pies como de plomo y que di un grito feroz, salvaje! Cuando volví en mí, estaba rodeado por los mozos que, como vos sabes, duermen «jateados» y envueltos en sus «chamarras», en los corredores del primer piso. Uno de ellos, creo que fue el Chon Almendarez, el mismo que nos enseñó a montar a caballo, contemplaba el potrero de las vacas paridas y les decía a los otros:

—¡mírenlo, Muchá, allá va tu’avia el Cadejo! ¡El susto que le metió al patroncito…! ¡Bueno que les pase eso a estos «chanclecitos» por meterse a faroleros y creer que con el «cachudo» se puede jugar…!

—¡En efecto, viejito, en el potrero se divisaba una masa informe blanca, que caminaba lentamente…!

—¿Entonces, Juan Luis, la daga de cruz no te sirvió de nada?

—Vaya si no, viejo, más tarde supe que con ella fue con lo que lo logró espantar el Chon Almendárez.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

En los páramos de la baja costa, donde la tierra se da plena de pujanza, donde todo es vida, reverbera el sol en lontananza y llena el ambiente el rico olor donde se con­jugan los aromas del jaraguá, del calinguero y, en fin, de todas las plantas que saludan el paso del viajero con su regalo aromático en afanes de bienvenida.

Vaqueros sentados de medio lado en mon­turas rechinantes, realizan las faenas de la vaquería con singular destreza. En las labores de los arreos y las curas, caballo y ji­nete armonizan en un todo para dominar a los astados. El sol parece respetar la exis­tencia de los hombres de estas tierras.

Los días en la costa, cuando no llueve, son bien largos. El alba es coronada con los tri­nos de los pájaros mañaneros que saludan al sol con himnos gloriosos. A las nueve de la mañana ya el sol esta fuerte. Al mediodía un pesado sopor envuelve a todos los seres, hasta que la brisa de la tarde, insinuándose tímidamente, anticipa el frescor de la noche, unas veces estrellada, otras, tenebrosa. Cuando el manto de estrellas tachonan el firmamento, los hombres del campo se dan a la tarea de reconocer figuras dibujadas en el pabellón infinito del cielo. Cuando la no­che es oscura, todos se recogen temprano, parece que se dedicaran a oir el zumbido del silencio. Cuando hay luna llena florecen los amores, se preparan los cazadores y se largan a «lucear» venados; los pescadores se van a las riberas a camaronear o a pescar con fis­gas, anzuelos o atarrayas.

Así trascurre la vida de los hombres del campo, raras veces acontecen hechos que con­mueven las rutinas de sus vidas. Cuando algo sucede, por lo general es algo serio: o se ac­cidenta alguien perdiendo la vida en trágica forma, o bien los filos de los corvos salen a relucir agitando la noche con chasquidos de muerte, bien por viejas pendencias o por cobrar recientes agravios.

Por la zona de la Gomera había una ha­cienda, de cuyo nombre prefiero no acordar­me. Patrón y vaqueros vivían al ritmo del trabajo y en la comunidad que formaban jamás la discordia había arañado sus puertas, todo era cooperación y tranquilidad.

El dueño de la finca no sabía a ciencia cierta la extensión de las tierras que poseía, menos la cantidad de reses que, pastaban en sus vastas sabanas. Había regiones dentro de la misma finca que eran desconocidas, en ellas solo las reses cimarronas vivían; pasa­ban muchos meses sin ver seres humanos y cuando llegaban a ver a un hombre, la embes­tida rabiosa era la rápida respuesta.

Por lo menos una vez al año se hacían arria­das de cimarrones para ponerles el fierro. Cuentan los vaqueros que daba lástima ver a los animales cuyos cuernos habían crecido en forma viciosa y algunos llegaban con la cuenca de un ojo vacía y la punta del asta incrustada hasta el tondo de la órbita; el propio cuerno había dejado ciega a la bestia que no tenía el auxilio del hombre para de­tener su propia agresión. Las gusaneras en algunos novillos dejaban rastros enormes ha­biendo sido pasto de los gusanos, pagando en esa forma el tributo de su libertad cerril.

Daba gusto ver la forma bravía coma los cimarrones se comportaban cuando eran arria­dos, su recia figura y sus briosas contorsiones para devolverse al corazón del monte, hacían que los vaqueros pusieran todo su empeño y sus mejores artes para dominarlos.

Lo simpático era que en unos caulotales existentes en el medio del camino hacia la casa de la hacienda, vivía un mico que ayu­daba a los vaqueros en sus afanes con los ci­marrones. En cuanto el simio divisaba el tropel de vaqueros y reses, se aprestaba a subirse a un arbusto y al pasar debajo saltaba sobre los lomos de los cimarrones. Era de verse la respuesta de los cornúpetas salvajes al sentir sobre el espaldar las garras del cuadrumano; algunos se estremecían en muecas espantosas, pero el mico gozaba con aquellas cabriolas. Caminaba unos cuantos metros molestando a las reses y se regresaba al caulotal. Ya los va­queros le conocían y se entretenían tirándole ramitas que a veces el mico devolvía con fuer­za y certera puntería.

En una ocasión, unos vecinos regalaron al patrón de la finca un brioso y semisalvaje ejemplar equino de prieto y reluciente pelaje, que parecía tener al diablo metido. El día que lo llevaron fue puesto en un corral hecho con rieles; a pesar de su solidez temblaba toda la instalación con las embestidas de aquel animal.

Los mejores vaqueros fallaron en su intento de domarlo. Hubo quienes hilvanaron leyen­das fantásticas sobre la procedencia del garañón. Lo cierto es que los más diestros no pu­dieron imponerse con las mañas infernales de aquel cerril. Por fin al patrón se le ocurrió una idea: llevar al potro, a como diera lugar, al caulotal y dejarlo amarrado una noche en­tre los dominios del mico.

No podría relatar los esfuerzos y peripecias de los vaqueros para trasladar al fiero ani­mal; fueron muchas las cabriolas y patadas del potro en su denodada resistencia, por fin, se quedó fuertemente amarrado y con los bel­fos temblorosos y espumantes.

No sabemos que paso; quienes vivían cerca del caulotal percibieron un lejano retumbar de tierra y lastimeros relinchos. Pujidos y patadas formaron una mezcla de protesta y entrega. Al clarear el día y desdibujarse las sombras de la noche, todos corrieron a ver la obra del cuadrumano. Efectivamente encon­traron al potro completamente desfigurado y en una traza que daba pena. De su fiero comportamiento no le quedaba ni el recuer­do, se notaba que su lomo había recibido las gracias de las garras del mico y casi no podía tenerse parado. Cuando lo desataron siguió mansamente a quien le jalaba de la saga. A duras penas pudimos descubrir una fina y simétrica trenza que manos diestras habían te­jido con las crines de la frente del animal.

La fiera había sido domesticada, pero no sirvió jamás para nada; de aquel potro vo­luntarioso y rebelde, solo quedó un pobre ja­melgo taciturno e inservible.

Goyo Morales era el mayordomo de aque­lla hacienda, buen vaquero y buen hombre; trascurría su vida entre el trabajo y la feli­cidad de su hogar. Hasta que un día, la Tina, su hija casadera, a duras penas le relato que debía casarse con uno de los vaqueros de la finca vecina. Al terminar su hija la última frase, la cara de Goyo se desfiguró en un ric­tus de ira. Sin decir palabra, descolgó una manea de la pared del rancho y agarró con furia a su hija, asiéndola por las trenzas con sus enormes manazas. Casi a rastras la llevó al caulotal del mico y allí la dejó fuertemen­te atada. La joven no articuló ni un gemido, a pesar del daño que aquellas enormes tena­zas le inferían y del miedo que le infundía la oscuridad y el lugar.

La noche vino con su luto. Los que vivían cerca del caulotal se acercaron al lugar donde el padre había dejado a la Tina. Vieron horrorizados que alrededor de la muchacha, el mico bailo por varias horas en una lúgubre mezcla de rito y frenesí gimnástico. Al llegar la medianoche, la figura del mico se trasformó en la de un perro de ojos llameantes que daba humanos alaridos.

Cuando amaneció, desataron a la Tina, quien con una carcajada tenebrosa erizó los pelos de los presentes… ¡A la Tina se la había ganado el Cadejo…!

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

— ¡Arre muuuula…! …¡Arre muuuula…!

El patacho de bestias procedentes de Palencia iba llegando lentamente con su carga de leña hasta las inmediaciones del viejo amate…

El sol sofocante con sus rayos directos ponía más bronceada la piel de los arrieros que sudorosos, sucios y mal humorados ca­minaban a la par de los animales, prestos a descargarla en cualquie­ra de las tiendas de mala muerte que por el rumbo había.

— ¡Hoooo!, dijo el principal de los arrieros frenando con su ronca voz el tren de mulitas; unas blancas, otras cenizas y una ne­gra, de la antigua panadería de don Simón cae, una señora mu­lata que servía en la casa desde hacía muchos

—Buenos días don Cirilo.

—Mejor las tenga Ud., contestó el arriero, colocándose un puro de tabaco ordinario en la boca y encendiéndolo rápidamente. La leña la principiaron a colocar en promontorios pequeños; que conforme bajaban, iban creciendo.

El trabajo era agotador, siempre lo mismo; cada ocho días se preparaba la leña en el monte y después cargarla para venderla en la ciudad al mejor postor, en alguna panadería o tienda grande.

Uno de los sitios preferidos por los arrieros de Palencia era la fonda «La Trampa», que estaba ubicada a inmediaciones del Cerrito del Carmen. El olor a fermento salía hasta la calle y se confundía con el olor a tierra mojada que se elevaba en transpa­rente vapor. Eran los doce meridianos y de las puertas salían señoras con sus guacales de agua a regar el preciado líquido, y con la oración a flor de labio recorrían el frente de sus domicilios.

El «Talán, Talán» de la mulita que venía adelante delató at patacho que comandaba don Ceferino Escobar, palenciano de origen y de oficio arriero. La leña se había quedado en «El Guarda del Golfo» y después de la tarea cansada y tediosa, bien caía un trago de aguardiente.

Ceferino llegaba acompañado de otros mozos que él tenía bajo su dirección, ataron a las bestias en el poste que allí había y posteriormente entraron uno tras de otro colocándose en el mos­trador.

Piérdanme el respeto indios babosos, dijo don Ceferino a sus mozos al momento de tomarse el trago y hacer una cara más fea de la que tenía. Los otros lo imitaron y el más bajito de todos en un descuido lanzó por el suelo el líquido, nadie se dió cuenta y después hizo el ademán como que se lo había tornado.

¡Sólo otro y a escupir a la calle! Todos lo imitaron nueva­mente, pero el mozo que solo hacia el ademán de tomar, fue des­cubierto cuando intentaba repetir la operación. Ceferino lo vio con ojos de criminal y le reclamó su actitud, ya que le despreciaba un trago.

No es eso don Ceferino —dijo el campesino recalcando—. Lo que pasa es que yo cuando me tomo mis tragos miro al cadejo y no quiero sufrir esa visión que me dejó hasta con calenturas.

Todos los presentes soltaron una sonora carcajada cuando Tiburcio terminó de hablar, don Ceferino lo vio con un poco de desprecio diciéndole que le extrañaba que un palenciano fuera tan miedoso.

Tiburcio se sonrojó cuando escuchó lo que el patrón le decía y lanzándole un reto muy campesino le dijo:

¡Veya don Ceferino, yo siempre lo he respetado, pero hoy nos vamos a hartar de guaro hasta quedarnos botados y a ver quién es más hombre de los dos, pero le aseguro patrón que Ud. a la primera de cambio se raja!

La libación entre el grupo fue grande y cuando en la cente­naria iglesia del Cerrito del Carmen llamaban a la oración, los campesinos fueron saliendo de la cantina «La Trampa» de la Ave­nida Juan Chapín.

Bartolo, Esteban, Hermelindo y los otros mozos dejaron que don Ceferino y el atarantado del Tiburcio tomaran distinto camino, rumbo al Potrero de Corona, donde dormirían una pequeña siesta, pero no llegaron muy lejos; iban tan borrachos que únicamente les dio tiempo llegar hasta la medianía del Cerrito y al famoso potrero. El tañer de la vieja campana sonaba Iúgubre y solitaria en la pequeña ciudad, nuestros dos amigos se habían que­dado tendidos cuan largos eran bajo una Palma, la noche fue pro­gresando en oscuridad, avanzaba lentamente y las calles adya­centes iban quedando desiertas, tan desiertas que los pasos lejanos de personas presurosas se escuchaban claramente, después todo se fue quedando en silencio…, silencio.

Don Ceferino roncaba como en su cama y Tiburcio le hacía segunda, aquello era un concierto poco recomendable para oídos finos.

Un insecto pequeño y molesto fue el que interrumpió aquel sueño profundo de Tiburcio, era tanta la molestia que lo despertó, y por más que intentó, no logró conciliar el sueño. Tiburcio aún sufría los efectos de la gran borrachera y rápidamente recordó la apuesta con don Ceferino (su patrón) quien lucía tendido roncan­do como un bendito en el fresco y verde césped del Cerrito del Carmen.

Tiburcio, afinó el oído y escuchó a lo lejos el peculiar so­nido de los pasos de un perro, ese chocar de las unas en las Piedras de la calle que cada momento se acercaba más y más a lo lejos divisó, dos lucitas que poco a poco se fueron haciendo más grandes como el tamaño de dos bolitas de fuego.

—Parecen dos chencas de cigarro, dijo tembloroso Tiburcio, que ya conocía al mentado espanto, quizo mover con brusquedad a don Ceferino, pero este dormía profundamente y no hacía caso a los requerimientos del empleado.

Los pequeños casquitos seguían sonando, más y más cerca. Tiburcio seguía moviendo a su patrón con más insistencia, la luna era grande y cuando una nube pasó de largo, su luz se esparció por todo el cerrito iluminándolo totalmente.

Clac, Clac, Clac, sonaban finamente los casquitos en las Piedras. Finalmente, allí frente a Tiburcio, estaba aquel animal que parecía un perro con los ojos como brazas y en posición de ataque.
Tiburcio ya no supo más, todo le dio vueltas y cayó desmayado, junto donde dormía plácidamente don Ceferino, sentía el pobre campesino que iba caminando en el espacio después que todo fue quedando tranquilo, tranquilo; y un sueño profundo se
apodero de su cerebro. Cuando los dos hombres volvieron a sus cabales, estaban durmiendo al pie del amate del «Guarda del Golfo»; el primero que despertó fue don Ceferino que no sabía como había llegado hasta aquel sitio, inmediatamente despertó a Tiburcio y le suplico le dijera como diablos habían llegado hasta ese lugar donde todos los conocían, especialmente los pequeños comer­ciantes que de madrugada abren sus tiendas y panaderías.

Los patachos de mulas iban pasando nuevamente por el Guarda, y algunos arrieros saludaban a don Ceferino, este tomaba chicha junto con sus mozos para quitarse la goma.

— Vos Tiburcio, no me vayas a decir que fue el mentado Cadejo, el que nos trajo arrastrando anoche —preguntó el patrón.

— Pues, quien sabe don Ceferino, pero yo le juro por la Santa Cruz, que yo vide al Cadejo con mis propios ojos, pero después me quedé como bruto tirado, y Ud. sabe lo demás…

— Don Ceferino no entraba al aro y por lógica no alcanzaba a comprender la actitud del Cadejo; vio sus ropas hechas trizas, y lo que no le pasaba, era que una de sus mejores camisas, la que había estrenado con motivo de la fiesta de Palencia, la tenía hecha pedazos.

Dicen que el Cadejo defiende a los bolos y yo no comprendo porque a nosotros nos atacó, se preguntaba una y otra vez, recorda­ba la burla que le hicieron un día antes a Tiburcio y no dejó de sentirse mal cuando la voz de la conciencia le repetía: » ¡No hay que burlarse jamás de las creencias de los hombres y de los perseguidos por los espantos!

Cuando contaron las mulitas, hacía falta una; la negrita, que con su cencerro hacía un ruido especial, porque tenía dos péndulos.

— ¿Y la mula prieta qué diablos se hizo? ¡Tiburcio!, regre­semos al Cerrito del Carmen a buscar a esa condenada porque si no, sale más caro el caldo que los frijoles —manifestó don Ce­ferino tomando un lazo y emprendiendo la marcha. Cuando llegaron, al Cerrito no habían ni señas del animal, preguntando de casa en casa, le dijeron que tal vez por el potrero de Corona le daban razón.

Los muchachos tomaron por un lado y don Ceferino por otro para capturar al semoviente en forma rápida. El potrero estaba cercano y no tardo en llegar, divisando a lo lejos a la extraviada, suspiro profundo y esbozo una sonrisa de satisfacción al verla pastar en compañía de otros animales.

Ya la traía atada del lazo cuando alguien le dijo:

—Siquiera deme las gracias, porque yo fui el que la encontró cerca del Martinico, la pobre andaba asustada, anoche un loco escapó del manicomio y con machete en mano estuvo a punto de matar a varias personas, con decirle que unos arrieros que estaban durmiendo en las faldas del Cerrito, de no ser por su perro, los acaban a puro machetazo.

Inmediatamente don Ceferino recordó lo que Tiburcio le había contado relacionado con el Cadejo, a lo lejos aparecieron los mozos con el resto de las mulas y don Ceferino les hizo una señal, jamás volvió a dudar de lo que sus mozos y campesinos le contaban, recordando con cariño, al Cadejo se reunió con el grupo y regresaron a Palencia para contar la aventura.

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala