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En la gran Plaza que circunda el templo piramidal erigido en honor del dios Kukulkán, en Tayazal, capital del reino de los Itzaes —que, como se sabe, se encuentra en una isla, sobre el lago Chaltuná—, hay una animación nunca vista. Animación que sólo es dable observar en ella cuando el pueblo es convocado a unir sus voces y oraciones a las de los reyes y sacerdotes, para elevarlas a los dioses, en medio de grandes sacrificios, pidiéndoles que vacíen sobre sus tierras la lluvia que haga brotar de las milpas las pródigas mazorcas.

El pueblo no está reunido ahora para pedir a Kukulkán que haga llover, pues aún no estamos en Tocaxepual; sino para rogarle que ilumine a los grandes sacerdotes la forma de solucionar la enorme desgracia que ha caído sobre los Izaes desde el mismo día en que llegó el hombre blanco.

Hace poco pasó por Tayazal, con rumbo a tierras de Copán, el fiero conquistador Hernán Cortes. Encontrábase éste en Tayazal cuando sobrevínole una ligera enfermedad a su tzimimchac. Esperó varios días que éste mejorara; pero como la larga espera iba ya retrasando su viaje, decidióse a dejarlo al cuidado del Canek, a quien dijo que, a su vuelta, pasaría a buscarlo, y que ¡ay de él! si no lo hallaba vivo, y, sobre todo, ¡curado de su mal!

El Canek ordenó a sus más leales servidores que el tzimimchac fuera objeto de tan delicados cuidados como si se tratara de una persona de sangre real. El mismo iba a verlo, tres y más veces al día; y el mismo ordenó que al sagrado tzimimchac no se le diera otro alimento que no fuera oro. Pensaba el Canek que el tzimimchac debía alimentarse de lo mismo con que alimentaba su hambre insaciable el fiero conquistador su amo y dueño. A todas horas le era llevado el alimento; pero siempre el tzimimchac lo rehusaba con gestos que demostraban su desprecio por el áureo manjar. Sin embargo, se le dejaba allí, pues rey y servidores suponían que tarde o temprano habría de comerlo.

Las visitas del rey eran alternadas con las de los más famosos médicos, quienes hacían ingerir al tzimimchac variados y raros brebajes, sin lograr que se observara en él la más ligera mejoría. Un día —el anterior a aquel en que el pueblo se hallaba reunido frente al templo—, con gran sorpresa de Canek, el tzimimchac fue hallado sin vida. Un pánico enorme se apoderó de él. Hizo llamar a los grandes sacerdotes, quienes, después de mucho meditarlo, le dieron el consejo de que ordenara elevar preces y hacer sacrificios a los dioses, a fin de que estos devolvieran la vida al tzimimchac o dieran la fórmula para solucionar un caso de tanta gravedad como no se había presentado otro hasta entonces.

Un sol esplendoroso caía sobre la ciudad y sus rayos jugueteaban sobre las aguas del Chaltuná, que ese día estaba más bello que nunca. Con su hieratismo acostumbrado que sólo se turbó unos instantes para aclamar el aparecimiento del gran sacerdote, está el pueblo todo de los Itzaes. En la parte más alta del templo, en el mismo sitio donde está el tigre rojo manchado con jades que sirve de altar, están los cinco mancebos y las cinco vírgenes Itzaes que serán sacrificadas ese día. Las resinas del Pom —gratas a los dioses— han sido colocadas ya en los pebeteros. Las rajitas de ocote con que serán encendidas, están listas. El gran sacerdote y sus ayudantes tienen ya puestas las adornadas y sagradas vestiduras. Solo se espera que lleguen el Canek, su familia y su corte, para dar principio al magno sacrificio de cuyos resultados dependen los destinos del reino de Tayazal de los Itzaes.

Recibido por el vivo y jubiloso clamor de su pueblo, hizo su entrada, al fin, al Canek. Viene en su litera de oro, cuajada de pedrerías, que traen sobre sus hombros los esclavos lacandones. Un jaguar, atado a una áurea cadena, inicia la real marcha. El Canek, desde su litera, sonríe a su pueblo, al que dirige benevolentes miradas, en tanto que con su diestra acaricia, y juguetea con él, a un quetzal hecho de esmeraldas y rubíes que lleva en la otra mano. Los atabales, tunes y chirimías, con sus votes quejumbrosas que llenan el ambiente, reciben también al Canek. Hasta el sol, que se ocultó tras una nubecilla, rindió homenaje al rey y señor de Tayazal de los Itzaes.

El sacrificio da principio. Jobitzinaj, el gran sacerdote, ordena quemar el Pom, entre cuyas aromadas volutas se difumina su alta y grave estampa.

Con manos seguras toma a la primera de las víctimas, una virgencita Itzá, aun núbil, la muestra al pueblo, que se postra de hinojos; hecho esto, la tiende sobre el tigre rojo que sirve de piedra de sacrificios, y, lentamente, le acerca al pecho el delicado cuchillo de jade con el cual le abre el pecho, sin que la víctima lance un solo lamento, hasta sacarle el corazón palpitante que muestra a la multitud, para luego enseñarlo al dios cuya suprema representación es el sol esplendoroso que ese día irradia sobre Tayazal de los Itzaes.

En la misma forma fuéronse sucediendo los demás sacrificios, cuya ejecución, el Canek y su pueblo, contemplaban inmutables. Había tomado Jobitzinaj a la penúltima de las victimas cuando de pronto la soltó, cayendo él, como herido por un rayo, sobre el altar. Nadie se movió de su sitio, pero todos pensaron que los dioses, no satisfechos aún habían inmolado por sus propias manos al gran sacerdote. Con asombro general, el sumo sacerdote se incorporó. Su rostro bello era el de un iluminado. Su cuerpo todo irradiaba luz. El gran sacerdote había recibido de los dioses la fórmula para solucionar el grave conflicto que amenazaba la existencia de Tayazal de los Itzaes.

Las ceremonias dieron término; con la misma pompa con que había llegado, así marchóse el Canek; sólo que ahora lo seguía el pueblo que, mudo, caminaba tras él. La plaza del templo quedó vacía, y ella, como la ciudad toda, envuelta por el más absoluto silencio. Fue tal el recogimiento que hubo ese día en Tayazal de los Itzaes, que hasta las aguas del Chaltuná estuvieron tranquilas.

Lo que dijeron los dioses al gran sacerdote no lo supieron más que éste y el Canek. El pueblo sólo contempló la salida, esa tarde, del criado de confianza del palacio, quien llevaba unos rollos escritos con indescifrables jeroglíficos, tomando rumbo hacia las tierras de Chichen Itzá.

En la más bella de las cámaras del palacio del Canek, la que comunica precisamente con la cámara real, está sentado, frente a una cortina que parece ocultar algo, un hombre que se conoce que no es de las tierras de Itzá, por vestir en forma distinta a como lo hacen sus habitantes. En sus manos tiene un delicado cincel de piedra y una maza. El hombre parece que medita. Tiene los ojos fijos en un lugar determinado de la pieza, dándonos la sensación de que en su interior se opera una agitada lucha.

Viene a sacarlo de su meditación la presencia en la cámara de dos raros personajes. Uno, joven y ataviado con las vestimentas que solo usan los señores de sangre real; y el otro, anciano, trajeado como solo lo hacen los señores de la casta sacerdotal. Son, el Canek, rey y señor de los Itzaes, y Jobitzinaj, gran sacerdote de Tayazal.

A su presencia, el meditabundo se incorpora, haciendo una grave inclinación sin prorrumpir en una sola palabra.

El primero en hablar es el Canek:

—Siguán, por ser hoy el ultimo día del plazo que nos habíais fijado, hemos llegado hasta aquí, Jobitzinaj y yo, a ver vuestra obra terminada. Antes de mostrárnosla, pensad bien en lo que hacéis, porque de ello depende vuestra vida y aún la felicidad futura de vuestro pueblo.

Siguán da dos pasos hacia atrás, sin volver la espalda a los señores, y con sus manos trémulas por la emoción que lo invade, descorre el suntuoso cortinaje.

Ante los ojos atónitos del Canek y de Jobitzinaj, que se postran de hinojos, tal es la realidad de lo que ven, se presenta la más fiel imagen que se hubiera hecho hasta entonces de un tzimimchac. La emoción hace que transcurran breves momentos de silencio, que solo viene a romper la voz emocionada del Canek:

— ¡Vuestra obra es admirable, Siguán! ¡Habéis hecho honor al pueblo de Chichen Itzá, que goza de la merecida fama de poseer los más grandes escultores del imperio de Mayab. Vuestro pueblo! Es algo maravilloso, pero… el tzimimchac no tiene vida. ¿Quién se la dará?

—No os preocupe semejante cosa, mi rey y mi señor —interrumpe Jobitzinaj los dioses también nos dieron la fórmula para hacer tal cosa. Lo principal, la masa, está hecho; ahora les toca a ellos soplarlo con el hálito divino que le infunde la vida y el movimiento. Nuestros dioses me dijeron que para lograrlo es preciso sumergir al tzimimchac, una noche de plenilunio, en las aguas del Chaltuná, y dejarlo en ellas hasta que llegue a tocarlo y le de el hálito divino que habrá de infiltrarle la vida, Juracán «el corazón del cielo».

Esa noche, que por rara coincidencia era de plenilunio, la maravillosa escultura del tzimimchac, al cual bautizaron con el nombre de «tzimimchac», deificándolo, fue sacada sigilosamente del palacio de los Canek y llevada a las orillas del Chaltuná en cuyas aguas transparentes fue sumergido, de acuerdo con los consejos de los dioses.

Han pasado generaciones de generaciones. Hernán Cortes, para suerte del Canek y de su pueblo, no volvió jamás a Tayazal de los Itzaes. Y entre las aguas tranquilas del Chaltuná, esperando aún que Juracán llegue a darle vida con su halito divino, está el tzimimchac, que suele ser visto cuando las bajas mareas descubren su erguida y pétrea cabeza…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.