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Desde los tiempos más remotos los araucanos dedicaban a sus hijos al alto de ejercicio de las armas; su habilidad en manejar el arco, la lanza, el hacha y la onda – únicas armas que en aquel tiempo conocían – era tan grande que todas las tierras de América fueron admirados y temidos.

Ni los Incas, cuyos Reyes poderosos y osados conquistaron territorios, ni otras tribus más salvajes y feroces lograron jamás someter a los hombres de Arauco. Nunca planta alguna extranjera pisó su noble tierra, nadie logró penetrar en el delicioso valle que era de todos codiciado por sus bellezas naturales, por sus ricos frutos y por sus minas de oro y plata.

Más he aquí que llegaron las huestes españolas. La formaban hombres blancos, que llevaban consigo armas de fuego, iban cubiertos de ricas vestiduras y hablaban en lengua extraña; aparecieron ante los indígenas como seres de un mundo sobrenatural.

  • ¡Son dioses, son dioses! – repetían llevan en la mano el rayo y el trueno, manda a los elementos y viven en el agua y en la tierra. ¡son dioses, son dioses!

Al principio los indígenas respetaron a los invasores como seres superiores.

¡Nada importa que saque en el oro y la plata en nuestro suelo! – decían los caciques.

A nosotros no nos hace falta nuestra tierra produce todo lo que necesitamos para vivir.

Los araucanos eran sobrios y nada ambicionaba. Obedientes, acataron la voluntad de los seres extraordinarios que habían llegado a su tierra en hermosas naves y que gobernaban el trueno y El Relámpago.

Más Los Invasores, ofuscados por el triunfo, la fama y la riqueza dieron en tratar a aquella noble gente con menosprecio y hasta con crueldad. Entonces se conmovió la hermosa tierra de Arauco y de su seno brotaron héroes sin cuento que trabajó en lucha a muerte con Los conquistadores.

¡No son dioses! ¡Son hombres como nosotros! – dijeron los nobles ulmenes. ¡Hemos sido humillados! ¡Levantémonos, hermanos! No habrá para nosotros descanso mientras no arrojamos al intruso de nuestra hermosa tierra.

Al momento partieron mensajeros a todos los rincones de la selva araucana citando a los caciques a una magna reunión. En ella debería ser elegido el Toqui – o sea el general en jefe de las huestes nativas.

Fueron llegando uno a uno los caciques acompañados de sus valientes guerreros y, reunidos todos en una vasta meseta, comenzó la deliberación.

¡Tengo a mis órdenes el mayor número de mocetones y estoy dispuesto a probar mis fuerzas con cualquiera de vosotros! – gritó Lautaro con voz estentórea.

Yo he de ser Toqui. Dispuesto estoy a Morir matando – alegó Purén.

Y a otros siguieron a los primeros hasta que se alzó la voz del anciano Lemolemo diciendo:

¡Valientes caciques, no os canséis hablando! todos sois valientes e iguales en linaje, probad la fuerza de vuestro brazo y aquel que durante más horas sostenga sobre el hombro, sin cansarse, un colosal madero, sea el que tenga derecho a dirigir en la lucha a los demás.

Todos acataron las atinadas razones del anciano.

Entre seis mosquetones fué traído un portentoso roble; tan ancho era su tronco que tres hombres con las manos enlazadas no podían rodearlo.

La prueba comenzó inmediatamente.

Paycabi, apuesto mozo de recia musculatura, fué el primero en entrar en la lid; echó El Roble sobre su hombro derecho y lo sostuvo hasta el mediodía. Le siguió Cayocupil sosteniendo el Madero sin sentir fatiga, por un tiempo inferior al primero. Otros muchos concurrieron y, cual más cual menos, todos demostraron ser resistentes y aguerridos.

Tucapel admiró a sus rivales soportando el peso del sol a sol. Pero hubo otro Lincoyán, que pasó un día entero sin dar muestras de cansancio. Y llegó la noche. Y despuntó la claridad del Alba y Lincoyán seguía con el madero al hombro. Sólo al mediodía, cuando llegaba el sol a la mitad del cielo, cayó el madero al suelo desde la espalda del fornido Araucano.

¡Lincoyán ha vencido! gritaron los presentes, caciques y mosquetones.

El anciano Lemolemo se aprestaba a pasar el hacha de piedra, signo de la primera dignidad militar, a Lincoyán cuando llega corriendo Caupolicán.

Llegaba solo, sin guerreros que lo acompañaran. Alto, fornido, de facciones varoniles, hábil diestro, sagaz y determinado cual ninguno, era Caupolicán de todos temido y a la vez adorado.

Llegas a tiempo para tomar parte en la gran prueba – dijo Lemolemo pero ya es tarde y todos descansaremos esta noche.

Al despuntar el día, comenzó la prueba Caupolicán tomó en sus manos el grueso tronco y se lo echó al hombro. Entró el claro día, el sol llegó a mitad del cielo y se puso detrás de los montes y llegó la noche. Caupolicán iba de un lado a otro y saltaba y corría sin demostrar cansancio. Volvió a salir el sol y pasó otro día largo. Llegó la noche y Caupolicán no soltaba la carga. Al cabo de tres días con sus noches, cuando el sol llega a la mitad de su carrera en el cuarto día, disparó Caupolicán el madero que fue a parar a dos lenguas del campo.

¡Salve, oh Toqui! – gritaron todos los presentes y, Lemolemo depositó el hacha de piedra en manos del vencedor.

Desde el mismo instante profiriendo su grito de guerra, salió la hueste araucana a combatir el extranjero bajo el mando del gran Caupolicán.

Él no conocía las leyes de la guerra, pero hizo sentir su brazo poderoso al enemigo que hubo de admirar su arrogancia y osadía.

Mas, envaleentonado con los triunfos de sus huestes, Caupolicán osó atacar al enemigo en sus propias fortalezas. Traicionado por un cobarde fue vencido por fuerzas superiores.

¡Yo soy Caupolicán, rey y señor de la tierra araucana! – dijo antes de entregarse – Yo amé a mi patria más que a todas las cosas, por ella viví y por ella muero. Mas, no por eso se rendirá Arauco. Muere Caupolicán, pero tras él vendrán otros Caupolicanes que libertaran a mi patria adorada, tierra de gentes nunca vencidas.

En el momento en que el bravo Caupolicán hablaba así, llegó un negro conduciendo una hermosa India que llevaba en sus brazos a un niño.

Traigo una prisionera que merodeaba por nuestro campamento – dijo el negro.

La prisionera se desprende los brazos que le sujetaban y, avanzando entre la multitud se acerca al sitio en donde tenían a Caupolicán atado a un poste.

¡Fresia! – exclama éste, reconociendo su esposas.

Sí, soy tu mujer exclama la brava araucana. – ¿y tú eres acaso el gran capitán que prometía arrojar de nuestro suelo al invasor?

¡He sido engañado, Fresia! Guarda a nuestro hijo, y enséñale a amar la tierra araucana.

No. ¡Toma, tu hijo! no quiero ser madre del hijo de un cobarde. Así habló aquella mujer, arrojando a su hijo a los pies del valiente guerrero.

La tradición nos ha transmitido este acto de crueldad de una madre para con su inocente hijo, pero nos muestra, en cambio, por entero, el amor patrio de la raza que pertenecía.

¡Y Caupolicán murió el tormento cruel ideado por los que no eran salvajes!

 

Bibliografía

Santa Cruz Ossa, B. (1938). Leyendas y Cuentos Araucanos. Chile: Universo – Valparaiso.